jueves, 16 de junio de 2011

Héroes del Silencio. La sirena varada




Aunque no deja de ser un tópico, resultan extraños los mecanismos de que se sirve la memoria para clasificar los recuerdos o para invocarlos. Un olor, un sabor, una luz especial, o una melodía son suficientes para dar la señal de salida a ciertas vivencias que se agolpan desordenadas y sin freno, hasta morir en el silencio o abrir el espacio de una conversación. Sí, admito que es un lugar muy transitado

Desconozco los motivos, pero al indagar los “primeros principios” o de dónde surgió mi afición por este grupo aragonés, me viene a la cabeza un compañero de la facultad, a quien solía acercar a Moncloa en la moto, y cuyo nombre se me escapa por completo; y una imagen: los dos sentados en las escaleras del Filosofía B sacando un disco de su funda. Sería 1988, y quiero creer que él también se emocionaba al escuchar Héroe de leyenda, el primer éxito de Héroes del silencio

Siempre en la oscuridad
la voz no tiene sentido
el silencio lo es todo
héroe en su propio olvido

Hoy veo un no sé qué de blandenguería en aquellas letras, pero con 20 años los sentimientos tienden a magnificarse, como es natural. Eran los años de la grandilocuencia, fruto de una adolescencia más bien iletrada y ayuna de una educación lírica de cierta envergadura que, una o dos generaciones antes, nos habría preparado a afrontar la veintena libres de tales arrobos. Confieso que me seducían esos versos que no tenían principio, fin y, a veces, sentido alguno:


siempre acompañados de una música que no podíamos encasillar ni en el puro rock ni en el pop menos light a que estábamos acostumbrados, así como de una puesta en escena aliñada con cierto estilo a medio camino del enfant terrible cabreado con el mundo entero, una estética levemente gótica, suavemente heavy... En fin, una empanada de primera magnitud que me hacía asociar esas letras de Enrique Bunbury con el Rimbaud de "Una temporada en el infierno":

¿Debido a qué crimen, debido a qué error merecí mi actual debilidad?

Así me (nos) las gastaba (mos) por entonces.
Luego llegó el segundo trabajo. 1990. En enero de ese año estaba haciendo la mili en el CIR Santa Ana (Cáceres), y nuestra compañía (la segunda) se despertaba a diario, no sé muy bien porqué, con Entre dos tierras

Pierdes la fe, cualquier esperanza es vana, no sé qué creer


Deprimía bastante, todo hay que decirlo, vestirte a toda prisa y formar, todavía de noche, entre los barracones, con la cancioncita de marras rondándote por la cabeza. Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecer, no le cogí manía, aunque sí es cierto que poco a poco fui perdiendo el primer entusiasmo y, de hecho, solo compré sus dos primeros discos, aparte del maxi que le enseñé a mi amigo en las escaleras de la facultad. A sus siguientes trabajos no les presté demasiada atención hasta que, no hace mucho, me hice con un recopilatorio que encontré de oferta y…

La sirena varada ("El espíritu del vino", 1993)

Ahí estaba. Era una de esas canciones que tienen la rara virtud de atraparte en cuanto te tropiezas con ellas y las escuchas una y otra vez sin llegar al hartazgo.


La letra, como nos tienen acostumbrados, bastante extraña, inquietante, surrealista. En algún lugar leí que era el resultado de una ingesta desaforada de alucinógenos fruto de un viaje por oriente [sic]. Puede que sea cierto, pero parece un flipe demasiado elaborado. Luego está la querencia a mezclar la vigilia y el sueño, lo onírico y lo real, que tan buenos resultados ha dado en el arte, en general, y en la literatura en particular. Pero, sin perjuicio de su corrección formal, tampoco satisface del todo esta interpretación. Si nos centramos en la literatura, encontramos una obra de teatro de Alejandro Casona, de la que toma el título esta canción, que obtuvo en 1933 el Premio “Lope de Vega” y que fue la consagración de su autor. En su momento fue merecedora de duras críticas porque, tal y como estaban las cosas, presentaba la fantasía como evasión de una realidad que había que transformar, no eludir. Ahora encaja todo. La frontera de los nombres, el afán de los protagonistas de no llamarse por sus propios nombres para mantener así intacta la ilusión de la “República de hombres libres” que Ricardo, el protagonista, pretendía instaurar en el viejo caserón; el simbolismo del mar y de las algas enmarañadas, imagen de una relación complicada, la del protagonista y Sirena (María), que no hacen otra cosa que huir de la realidad; la violencia a la que someten a Sirena aprovechándose de su locura; en definitiva, la decepción que supone la vuelta a la realidad.

Y me he enredado siempre entre algas,
maraña contra los dedos
Cierras la madeja
con el fastidio del destino
y el mordisco lo dan otros
encías ensangrentadas
y miradas de criminales, a grandes rasgo
podrías ser tú.
Echar el ancla a babor
y de un extremo la argolla
y del otro tu corazón
mientras tanto, te sangra;
y el mendigo siempre a tu lado
tu compañero de viaje
Cuando las estrellas se apaguen,
tarde o temprano, también vendrás tú
Duerme un poco más
los párpados no aguantan ya
luego están las decepciones
cuando el cierzo no parece perdonar
Sirena vuelve al mar
varada por la realidad
Sufrir de alucinaciones
cuando el cielo no parece escuchar
Dedicarte un sueño
cerrar los ojos
y sentir oscuridad inmensa,
entregado a una luz,
como un laberinto de incertidumbre
Esquivas la pesadilla
y sobrevolar el cansancio
y en un instante, en tierra otra vez
El miedo a traspasar la frontera
de los nombres, como un extraño
dibuja la espiral de la derrota
y oscurece tantos halagos.
Sol, en la memoria que se va
Y duerme un poco más,
los párpados no aguantan ya.
Luego están las decepciones
cuando el cierzo no parece perdonar.
Sirena vuelve al mar
varada por la realidad.
Sufrir de alucinaciones
cuando el cielo no parece escuchar
(Enrique Bunbury).



2 comentarios:

Anónimo dijo...

me gustó mucho tu apreciación

Nelson Alvarez dijo...

Quién es la actriz del video Sirena Varada averiguarlo parece misión imposible, lo cual es por demás increíble.