lunes, 30 de enero de 2012

El sentido de una fotografía

El pasado 25 de enero, encabezándolo con esta fotografía, Florentino Areneros publicó en su blog Sol y moscas un artículo, interesantísimo como todos los suyos, sobre los viaductos de la Ciudad Universitaria de Madrid. Ya he comentado en alguna ocasión las aportaciones que Florentino, y otros tantos como él, a través de  blogs y asociaciones como GEFREMA, están llevando a cabo en el estudio desapasionado de nuestra Guerra Civil a través de los restos materiales de la misma y de las huellas que fue dejando en el paisaje.

Sin llegar a la obsesión, vicio por el que me dejo llevar no pocas veces, últimamente siento un especial interés por todo lo relativo al final de la guerra, a sus últimas semanas, a los sentimientos por los que se movía la gente. ¿Qué les pasaba por la cabeza? ¿Hartura, esperanza, aburrimiento, agobio? ¿Qué pensaban los soldados, abandonados en sus trincheras y fortines, cuando veían cómo se derrumbaban los frentes como un castillo de naipes...?
Hoy solo quiero hablar de esta fotografía que, al igual que un insistente moscardón, me está rondando la cabeza y se ha grabado en algún rincón de mi memoria reciente del que no quiere salir. Como un run-run que desespera, me acompañó durante todo el fin de semana, distrayendo mi atención de otros asuntos. Cerraba los ojos y estaba allí, en blanco y negro, en color o en sepia; y, con sonido de fondo o en silencio, recreaba la escena que en un momento dado, años después, captara con su cámara el reportero francés Albert-Louis Deschamps.

Florentino añadirá este pie a la instantánea: "Fotografía de Albert Louis Deschamps tomada a las pocas horas de la entrada de las tropas de Franco en Madrid a finales de Marzo de 1939. En la imagen vemos el viaducto de cantarranas o de los Quince Ojos, una de las estructuras que Eduardo Torroja construyó en la Ciudad Universitaria antes de la guerra. En primer plano observamos dos cadáveres que debieron quedar en tierra de nadie durante los combates y que serían recogidos al finalizar la guerra"

Por falta de imaginación o a causa de una escasita sensibilidad, yo no soy muy dado a interpretar las manifestaciones artísticas. Por lo general, los años que estudié, entre otras asignaturas, historia del arte en la Facultad (1985-1990), cubría el expediente con mayor o menor dignidad, pero sin alharacas. Por cierto: atravesábamos todos los días el viaducto, que todavía conservaba los railes del tranvía, atribuido a Eduardo Torroja, y que une Moncloa con la Ciudad Universitaria, hasta llegar al edificio de Filosofía B, la caja de cerillas. A ese tranvía contaba mi padre que se subían los estudiantes de cualquier manera y, en una ocasión, cayó sobre la vaguada que salvaba, muriendo bastantes de ellos. Y pisábamos el mismo suelo convertido en su día en campo de batalla donde unos y otros dieron pruebas de heroicidad y sacrificio.

Pero volvamos a la foto, de la que destacaría la modernidad que representa la obra de Eduardo Torroja, ese enorme y esbelto viaducto de hormigón armado; la imagen cosmopolita de un autobús de dos plantas, que uno imagina circulando por la tan neoyorkina Gran Vía madrileña; el resplandor del sol de una muy luminosa (y seguramente fría) mañana de marzo madrileño, con la primavera en ciernes...;  y, queriendo ocupar algo más que el ángulo inferior derecho del escenario, los dos cuerpos irreconocibles cual amasijo informe, en avanzado estado de descomposición. Nadie sabe quiénes eran, cuánto tiempo permanecieron en esa tierra de nadie, o a qué bando pertenecían. Poco importa. Porque, en contra de lo que pudiera parecer, lo grotesco y macabro no son ellos, si no la extraña mezcla de muerte y modernidad, podredumbre y glamour, con la primavera anunciándose al fondo, como queriendo decir: "Aquí no ha pasado nada. Ya es hora de recoger los escombros y continuar la tarea"

De entre todas las fotografías que se dispararon durante nuestra guerra, y las hay para todos los gustos y colores (la gefremera revista Frente de Madrid, según me comenta Florentino, dedicó un número especial a ese medio durante la GC), me quedo con esta de Deschamps que tan perfectamente ilustra el final de una lucha, de cualquier lucha, cuando llega la hora de remangarse, retirar los escombros y enterrar a nuestros muertos.

Addenda. 21 de junio de 2012. Florentino Areneros, en su artícuno del pasado domingo 17 de junio "Un cadáver en la Universitaria" ha aportado datos e interpretaciones de interés que arrojan luz sobre los hechos que recogen la fotografía de Deschamps.

5 comentarios:

Carmen MdlR dijo...

La foto y tu articulo me han conmovido. Yo experimente una sensación parecida frente a una foto que consevan en el AGA (creo recordar) en la que aparecían una anciana y una niña refugiandose de un bombardeo, en el metro de Madrid, bajo un cartel con el lema "No pasaran". La expresión de sus rostros, mezcla de miedo, angustia y hastío me persiguió durante mucho tiempo y aun me impresiona recordarla.

Enhorabuena, es un gusto leerte.

GERIÓN dijo...

Hola Nacho.

Permíteme realizar algunas breves reseñas respecto a tu interés por todo lo relativo con el final de la guerra civil, por cierto, un tema interesantísimo y que puede resultar realmente apasionante.

Te recomiendo la novela “Las últimas banderas” (Premio Planeta de 1967), de Ángel María de Lera, cuya trama principal se desarrolla entre la constitución del Consejo o Junta del coronel Casado y la ocupación de Madrid por parte de las tropas de Franco, con algunos episodios retrospectivos que permiten tener una panorámica más amplia de la guerra y que, a la vez, sirven para apreciar el contraste entre las ilusiones y esperanzas que se vivieron en los primeros días del conflicto, y como terminó desmoronándose todo.

Este libro, recoge perfectamente las angustias, miedos, tensiones políticas e incertidumbres que se vivían en las filas republicanas en aquellos días.

Para mí, no se ha escrito otra cosa mejor para introducirse en el ambiente de aquellos días.

Ángel María de Lera, es un escritor injustamente olvidado, que merecería ser recuperado. Como militante del Partido Sindicalista, el de Ángel Pestaña, vivió en primera persona los ambientes y experiencias que recoge en su novela. “Las últimas banderas” es la primera parte de una trilogía que no tiene desperdicio, seguida por los títulos “Los que perdimos” y “La noche sin riberas”, en las que recorre la realidad que tuvieron que vivir los derrotados en las cárceles franquistas y como, los que se salvaron de la pena de muerte, tras cumplir sus condenas, tuvieron que afrontar la reincorporación a una sociedad en la que apenas tenían cabida.

Si no los has leído, estoy convencido de que te van a gustar. Son libros descatalogados, pero relativamente fáciles de conseguir en librerías de viejo.

Otro autor imprescindible para sumergirse en la hecatombe de los últimos días de guerra para los vencidos, es Eduardo de Guzmán, uno de los grandes cronistas de nuestra guerra civil. Para mí, Eduardo de Guzmán es uno de los mejores periodistas españoles del siglo XX. Fue redactor jefe de La Tierra, editorialista y redactor político de La Libertad y director de Castilla Libre.

Su libro “La muerte de la esperanza”, recoge, desde la óptica de un periodista que vivió todo aquello, los cuatro primeros días de la guerra civil en Madrid y los cinco últimos días, cuando decenas de miles de vencidos intentaban alcanzar los puertos de Levante para poder salir del país.

“La muerte de la esperanza” forma parte también de una trilogía (“El Año de la Victoria” y “Nosotros los asesinos”). Tres libros que, durante muchas décadas, fueron piezas muy cotizadas por los bibliófilos, recibiendo el nombre de “Los Guzmanes” en el argot de los cazadores de libros. Eran títulos muy difíciles de conseguir y por los que se podían llegar a pedir importantes cantidades de dinero. Afortunadamente, hace pocos años fueron reeditados por Ediciones Vosa (Madrid, 2006), a precios muy accesibles.

Otros libros muy recomendables de Eduardo de Guzmán son “Madrid rojo y negro” y “1930, Historia política de un año decisivo”. Imprescindibles en cualquier biblioteca que se precie.

Bueno, podría dar algunas referencias más, pero creo que, por ahora, es suficiente, tampoco es cuestión de atosigar al personal.

Gracias por permitirme participar en este blog y perdón por lo mucho que me haya podido extender.

Recibe un cordial saludo.

J. M. C. M.

Nacho Díaz-Delgado Peñas dijo...

Muchas gracias por toda la información que me has facilitado. Ha sido una lección magistral, pues desconocía todas las referencias, a excepción de la primera de las novelas de Lera. Y no hay nada que perdonar, si no mucho que agradecer. Un abrazo

José Mª Sánchez dijo...

Muy interesante esta fotografía de Deschamps y toda una incógnita. Si te fijas los dos cuerpos tienen una manta debajo por lo que podemos descartar que fueran alcanzados por disparo o por explosión de proyectil en el sitio en el que están yertos. O bien fueron transportados (como bien dice el Sr. Areneros en su artículo al que haces referencia) hasta allí a lomos de la manta o antes de echarlos en el suelo les pusieron una manta debajo. ¿Porqué? Creo recordar que durante un tiempo el Viaducto fue hospital de sangre (o de campaña) de las tropas nacionales. Evidentemente si uno transporta dos muertos o casi muertos no les pone una manta debajo, pero si lo hace a un sitio que es un "hospital" tal vez si lo haga. Lo que está claro es que los dos cuerpos llevan mucho tiempo allí, uno de ellos está tapado por otra manta ¿tal vez porque tenía heridas más graves?, están si no en estado de descomposición casi momificados. Hay otra foto tomada el mismo día por Deschamps en la que se ve otro cuerpo enfrente justo de la Casa de Velázquez. Esta vez si que se le puede identificar como un soldado republicano (Areneros aventura, con mucha razón, que podría ser un brigadista) y es indudable que este otro cuerpo lleva allí, en zona de nadie, más tiempo porque es sólo un amasijo de ropa y huesos. Mi hipótesis es que los cuerpos que se ven en la foto debajo del Viaducto son soldados republicanos y que, además debían llevar ya bastante tiempo allí cuando se inició, como tu bien dices, “la hora de enterrar a los muertos”.

Un saludo, enhorabuena por tu blog que es un placer leerlo y muchas gracias por tus comentarios elogiosos a Frente de Madrid.

Sundance

Nacho Díaz-Delgado Peñas dijo...

Muchas gracias otra vez, José Mª. Desde luego, es un honor que gente como tú, Gerión o Florentino, con toda vuestra carga de conocimientos, comenten alguna de las cosillas que escribo. Un abrazo