martes, 30 de abril de 2013

Si la montaña no va a Mahoma... Segunda parte. La estrategia del piojo

De camino a la montaña se encuentran numerosos obstáculos. Se yergue, a lo lejos, poderosa y altiva, tan fría como el metal. A medida que las convulsiones del suelo han ido moldeando su fisonomía, sembraba de vástagos su entorno, unos más grandes, otros más chicos, algunos una simple meseta chata y roma, y los de más allá, de crecimiento rápido e insolente, apenas resisten las embestidas del huracán… Todos intentan imitar a su matriz, exhibiendo su majestuosidad e imperio a una escala reducida, casi ridícula, como de opereta.
De cerca, no dejan de imponer respeto, pues ocultan con su sombra a la Gran Madre, usurpando incluso su personalidad y sus destellos. Muchos dicen, sin duda inspirados por ese miedo irracional que nace de la pasta animal con que estamos moldeados, que el aventurero incauto corre el riesgo de sucumbir a su fulgor y hechizo, lo cual es un grave error pues, toda vez que pisa la cima, esta se aplasta hasta desaparecer. Pero, entonces, como por arte de magia, surge de las profundidades de la tierra otra cordillera más que se extiende indefinidamente rayando el horizonte antes de alcanzar a la Montaña. Eso, al menos, es lo que dicen.…

Bueno, no es exactamente así, o no siempre se desarrolla la acción de la misma manera. Todo depende del carácter de quien pretende llegar a la Montaña, de su fuerza y disposición, de la entereza de su ánimo. Para algunos, el terreno no se presenta tan accidentado, y la empresa más se parece a un paseo militar que a un safari delirante y peligroso. Para los más, todo adquiere proporciones ciclópeas y muy pocos se atreven a incorporar el papel de un nuevo Hércules aceptando el reto de las doce pruebas.
Porque de reto se puede calificar el empeño en sortear las piedras que un poder omnímodo y dulce, terrible y silencioso, pone bajo los pies descalzos de quien pretende desarrollar una vida plena, con sus potencialidades solo mediatizadas por los imponderables de la naturaleza, contra los que bien poco podemos hacer, no por los caprichos de esas mentes antojadizas y bienintencionadas que rigen nuestro destino..
Pocos saben que, coronada con éxito la primera de las cimas, el resto de la cadena se difumina como un espejismo y, de forma inopinada, se reduce drásticamente la distancia que nos separa de nuestro objetivo.

Contra todo pronóstico, el político no es un ente aislado, lejano e inaccesible; un compartimento estanco sin comunicación con el exterior; no habita un Olimpo apartado de la realidad, ajeno a los problemas de la gente a la que dice servir. Esta imagen de la clase política, fomentada tal vez por ella misma de forma involuntaria, aunque parezca una paradoja, facilita sobremanera la canalización del descontento. Genera unos espacios de protesta controlada donde derramar la insatisfacción y la impotencia. Heredera de la tan traída y llevada lucha de clases, en virtud de la cual la Historia se reducía a una confrontación sin tregua ni cuartel entre grupos que se concebían como unidades cerradas y compactas, formadas por miembros iguales entre si, cuyos únicos objetivos en la vida se limitaban a dominar y a no dejarse dominar, dicha cosmovisión peca, en el mejor de los casos, de una candidez infantil, de un maniqueísmo que impide alcanzar la raíz de los problemas, hipotecando cualquier análisis serio de la sociedad y sus agentes.

Bien es cierto que simplificar el mundo a una lucha entre ángeles (nosotros) y demonios (todos ellos), consuela como un bálsamo, al igual que enjugaba las lágrimas y el dolor de los afligidos aquella feliz creación del Purgatorio durante las convulsas y críticas décadas del la Baja Edad Media, con la muerte siempre presente, años de epidemias y guerras que diezmaron a la Cristiandad.
De siempre, las sociedades, y en mayor medida las modernas, son bastante permeables, aunque se hayan impuesto desde las cátedras universitarias una panoplia de esquemas y estructuras a los que tenía que amoldarse, sí o sí, la realidad, tanto la presente como la pasada, con la intención de ejercer un mayor control sobre la futura.
Esa permeabilidad, ese constante y promiscuo intercambio de modos y maneras entre la sociedad y sus dirigentes, hacen que la identificación de los responsables de los problemas resulte complicadísima. Lo que repudiamos en un político, lo estamos viendo a diario en nuestro entorno más inmediato sin apenas darnos cuenta. Por lo tanto, es necesaria una tarea previa de introspección, porque: ¿qué fue primero: la gallina o el huevo?, ¿quién corrompe a quién?...

En momentos como este de gran confusión conviene revisar nuestra escala de valores, actuar conforme a lo que nos dicte la conciencia y estrechar aún más los lazos que mantienen unido nuestro ámbito más próximo. Solo la coherencia y la honradez, la adecuación del pensamiento con los actos, nos hará fuertes y libres para hacer frente con ciertas probabilidades de éxito a la estrategia del piojo. Advierto que no es tarea fácil.
Porque todos sabemos cómo se las gasta este bichejo. No basta con localizarle y eliminarle, pues para entonces ya habrá sembrado sus huevos. Muchos creen que con su muerte se acabó el problema, ignorando que este será recurrente si no se identifica al primer transmisor y no se hace un seguimiento diario de los huéspedes hasta su total aniquilación (¡de los bichos, claro!). Con los piojos pasa como con los vampiros: existen desde hace miles de años porque nadie creía en ellos; y como con las almorranas: nadie las ha tenido nunca hasta que alguien comenta que las padece… Hay quien asegura que esos parásitos los diseminan en las entradas de los colegios los fabricantes de productos farmacéuticos orientados a su erradicación. El que no se conforma es porque no quiere…

Podemos reconocer, con nombre y apellidos, a varias de estas liendres. A una de ellas le debo la creación de este blog, pues del impacto que me produjo confirmar su maldad intrínseca salieron dos o tres reflexiones relativas a los saqueadores y esa chusma de similar pelaje. Asistí a la epifanía del horror hablando con ella, hará cosa de cuatro o cinco años. Desde entonces, se ha repetido la situación en tantas ocasiones que me es permitido sacar una ley. En estas sucesivas entrevistas con el vampiro, sin el encanto de un Brad Pitt, la agilidad verbal de la escritora Anne Rice, ni la conciencia de que si no ponía remedio me iban a sacar la sangre (y a meter la mano en la cartera) a la primera de cambio (como así sucedió), se repetían con asombrosa puntualidad una serie de técnicas extraídas de un manual pardo de habilidades sociales, como pueden ser el despliegue de una humildad desmedida, la alabanza al interlocutor (deslizando de vez en cuando alguna crítica a los que considera adversarios del mismo) y la promesa de un futuro cuajadito de posibilidades de promoción… De haber conocido a esa liendre en la actualidad, creo que no habría sucumbido a su hechizo. Nunca es tarde si la dicha es buena…





A lo que voy. El problema está tan extendido, que la clase política solo es una más de las responsables del mismo. La liendre a la que he hecho mención más arriba sigue robando y saliendo en las fotos por mucho que un puñado de personas combativas rodeen el Congreso. Todos podríamos enumerar varias soluciones que despejarían tales problemas. Pero esas medidas, en mi opinión, cargaditas de las mejores intenciones, adolecen de la falta de radicalidad que exige la gravedad del asunto. Sería como arrancar la mala hierba de un sembrado con las manos o limitarse a matar el piojo que descubrimos en una cabeza infantil. En ambos casos, y a muy corto plazo, parecería que habríamos conseguido nuestro objetivo sin demasiado esfuerzo; pero, al poco tiempo, comprobaríamos cómo se extiende la cizaña por el trigal y las liendres por el cabello de la criatura.

Si admitimos abiertamente que nos han invadido los piojos, que el mal  también está en nosotros mismos y no solo en los demás, habremos avanzado mucho en el camino de la montaña, de la recuperación de las riendas de nuestra vida.

jueves, 25 de abril de 2013

El barco que se hundió en Aluche

El Centro Cultural "Fernando de los Ríos" me recuerda a un imponente catamarán
 
 
Dormimos por vez primera en el piso recién adquirido una calurosa noche de julio de 2007. Cuando empezamos a sentir los vagones del Metro renqueando por las vías con su inconfundible sonido metálico y chirriante, se nos cayeron los palos del sombrajo: !de modo que habíamos cambiado, como vecinos ruidosos, la Carretera de Boadilla del Monte por la Línea 5 del Metro de Madrid¡. Aunque la emoción del estreno amortiguara el impacto inicial, y ahora lo recordemos bromeando, bien es cierto que asumimos enseguida esa pequeña contrariedad, pues la única parte de la casa que asomaba al Metro, que, nunca mejor dicho, estaba en primera línea de la línea verde (como le llaman los castizos), era la cocina y el lavadero. Tan acostumbrados estamos ya a su compañía que se le echa de menos durante las jornadas de huelga, parece que nos falta algo. “Ha debido ser un éxito esta vez, porque llevo más de media hora sin oír los trenes”, pensamos en voz alta.
 
A todo se hace uno. Amueblamos nuestro paisaje con una serie de complementos que hacen la vida más llevadera o, al menos, así lo creemos. Si no circulan los autobuses o los trenes, además del trastorno evidente, nos sumimos en una auténtica cojera emocional. El hecho de que nos arrebaten los servicios de que hacemos uso con frecuencia, aparte de la lógica indignación inherente a la conciencia de haber sufrido un atraco, nos provoca tal marasmo que, entre la sorpresa y la estupefacción, tardamos un tiempo precioso en reaccionar…
 
 
El CAD de Aluche comparte el solar que ocupa el centro cultural
 

Es el momento de duración indefinida de la sorpresa, cuando se nos pinta en la cara ese gesto característico de estupefacción, el mismo que debimos poner Carmen y yo al ver cómo el remolque de la barca se deslizaba suavemente por la pendiente de cemento de la playa de Orellana, hasta sumergirse a tres metros de profundidad bajo las aguas heladas y grises de Semana Santa, allá por el año 2000 o 2001. Entonces tuvimos la suerte de contar con mi hermano Rafa y con Erno, que improvisaron un rescate de lo más profesional y pudimos recuperarlo sin mayor dificultad…

Hay otros salvamentos  que parece que no tendrán un final tan feliz como aquél.
 
Una de las manifestaciones convocadas por diversas agrupaciones de vecinos



Al igual que un gigantesco catamarán con exceso de carga, encalló hará unos treinta años, con la proa apoyada en la calle Camarena y la popa arrastrando a la embarcación hacia la calle Valmojado y el Parque de Aluche. Le bautizaron con el nombre del histórico dirigente socialista Fernando de los Ríos y a su inauguración, estando de servicio como voluntaria de la Cruz Roja, asistió Carmen.

Hasta hace cuatro o cinco años yo no prestaba demasiada atención al Centro Cultural Fernando de los Ríos. Lo conocía, pasaba delante de él con el autobús, pero nunca había subido a bordo… Su modernísimo diseño, con los altos pilares cilíndricos y sus planchas blancas cubriéndolo todo, como si de mármol se tratara, competía en originalidad, aunque con estilos diferentes, con la fábrica de la parroquia de San Juan Bautista de la Concepción, ambos perfectamente integrados en una de las urbanizaciones más conocidas de Aluche: San Bruno.

Cuando Itziar se matriculó en el colegio anejo a la parroquia (San Juan García), y todavía era pequeña para manejarse sola por el barrio, le dejaba todas las mañanas sobre las 8 y cogía el 25 frente al centro cultural. Por la tarde repetíamos, a la inversa, la operación. Por aquel entonces, en más de una ocasión quedaba con sus amigos en la biblioteca del Fernando de los Ríos para hacer algún trabajo y, básicamente, conectarse a Internet en alguno de los terminales de acceso público. Tanto en la sala de lectura, como en el resto de las instalaciones, se veía un movimiento incesante, con chavales entrando y saliendo, provocando el inevitable barullo. Pero no solo había críos. Gente de todas las edades acudía a diario, lo supe más tarde, a participar en alguna de las numerosas actividades que se ofrecían a un módico precio. A saber: Aeróbic, Batuka, G.A.P., Gimnasia, Masaje, Pilates, Tai chi, Teatro, Yoga, Conocer Madrid, Historia de España, Historia del arte, Letras, Neuróbic (taller de memoria), Alemán, Francés, Inglés, Bailes de salón, Salsa, Danza del vientre, Danza española, Bolillos, Cerámica, Corte y confección, Cuero, Encuadernación - Encuadernación y dorado, Manualidades, Marquetería, Pintura, Restauración, Telares, Tiffanys, Teatro infantil, Ajedrez infantil, Inglés infantil (5 a 8 años), Inglés infantil (9 a 12 años), Danza española infantil (5 a 8 años), Danza española infantil (7 a 12 años), Danza española infantil (12 a 16 años), Pintura infantil (6 a 11 años), Pintura infantil (5 a 10 años), Pintura infantil (11 a 16 años) y Guitarra infantil.
 
Parroquia de San Juan Bautista de la Concepción
 

Después de algún amago de suspensión de actividades, un buen día nos informaron que por una avería en la cubierta de proa y a estribor, donde se localizaban la biblioteca y un par de aulas, se veían obligados a cerrar la mitad del centro cultural. Transcurrieron varias semanas, llegó Navidad y, no sé si por simpatía o por cualquier otra razón que nadie fue capaz de explicar, acabó clausurándose la totalidad del Fernando de los Ríos, distribuyendo las actividades que se desarrollaban en el mismo entre otros centros del distrito de Latina.

¿Qué había pasado? ¿Qué motivos empujaron a las autoridades municipales a cerrar, con nocturnidad y alevosía, una institución que cumplía con creces una importante labor de dinamización y cohesión en el barrio?. La información que no fluye deja un espacio precioso por donde discurre libremente el rumor y el bulo. Se llegó a decir que el hermoso catamarán se iba a reconvertir en un Mercadona…; o que se volvería a abrir a finales de 2014 (¡cuán largo me lo fiáis!), una vez finalizadas las obras de rehabilitación que ni tienen trazas de comenzar a estas alturas del año.
 
Vista lateral del centro cultural enclavado en la urbanización San Bruno
 
 
Y a los rumores les sigue una estela de temor que no es fácil borrar. Como anejos al Centro Cultural Fernando de los Ríos, hay una cafetería y el CAD (Centro de Atención al Drogodependiente) de Latina. Adrián es quien lleva la cafetería y no ve nada claro su futuro, vinculado a un centro cultural en funcionamiento, según el contrato firmado con el Ayuntamiento. Y en cuanto al CAD, todavía ondean las pancartas que avisan de su posible desmantelamiento…

¿Qué está pasando? Las asociaciones de vecinos convocaron un par de concentraciones precedidas de sendas recogidas de firmas contra el cierre. Lo que hasta hace poco era un constante trajín y bulle-bulle ahora ya no es nada. Escribo en la vacía cafetería de Adrián, donde solo me acompaña una madre que le echa una mano a su hijo en las tareas escolares; y me había resistido a tratar este asunto pues me parecía tan grosero que esperaba un reconsideración por parte de los responsables del desaguisado.
 
¿Tenemos que presenciar impasibles cómo se desmorona una parte importante de nuestro entorno? ¿Qué medidas deberíamos adoptar para evitar que se sucedan estos desmanes? Esa es la cuestión, y la respuesta tendremos que buscarla en nosotros mismos.

Porque mucho me temo que, más de cinco meses después del desastre, el cambio de rumbo que todos esperamos no se va a dar, y el catamarán que encalló hace tres décadas en Aluche acabará hundiéndose en el puerto sin que el equipo municipal, embarcado en otros menesteres cuyo alcance se me escapa por completo, mueva un dedo para remediarlo.





 

jueves, 18 de abril de 2013

Volviendo a Ángel María de Lera (1912-1984)

El 14 de abril de 2012 colgué en este blog un comentario sobre la novela de Ángel María de Lera “Las últimas banderas”, ganadora del premio Planeta en 1967. Al poco, José María Sánchez, editor de la revista Frente de Madrid, me propuso publicarlo en el número que vería la luz a lo largo del mes de julio, dedicado a la sublevación en Madrid, concretamente, a los sucesos que se desarrollaron alrededor del Cuartel de la Montaña, el 20 de julio de 1936. Así, con unos pequeños retoques, que en nada afectaban al sentido del texto ni a mi intención al escribirlo, apareció en el número 21 de la revista de GEFREMA (Grupo de Estudios del Frente de Madrid).
 
Desde entonces hasta ahora, esta novela ha salido a relucir en varias ocasiones en que, hablando con amigos, se han tratado asuntos relativos a la guerra civil en Madrid, o a la censura de libros durante los años sesenta, proyecto éste en el que se encuentra embarcada Carmen últimamente.

A medida que pasa el tiempo, aumenta mi aprecio por la novela de Lera, tan original (y necesaria) en el tratamiento de nuestra guerra desde la literatura, tan pionera y tan humana, que en alguna oportunidad he podido percibir la sombra de Ángel María proyectada sobre textos (por ejemplo, “Antes de decirte adiós” (2010), de Guillermo Galván) cuyos autores no sé si han reconocido la fuente de su inspiración…

Por otra parte, la coherencia ideológica del autor y los juicios que vierte en la novela, justifican que volvamos la vista a ella de vez en cuando, máxime en estos años tan convulsos.
 
Reproduzco, a continuación, el artículo aparecido en "Frente de Madrid" (nº 21, julio 2012, p. 49-50)

 


 

Entre el desarraigo y la deshumanización. “Las últimas banderas” (Ángel María de Lera, 1967). Editorial Planeta, Barcelona. 410 páginas.

 

“En lo más alto quedan siempre las banderas de la esperanza, madre. Son las últimas que nos quedan y ¿quién será capaz de abatirlas definitivamente?” (p. 318)

Entre las numerosas obras que tienen como fondo y excusa la guerra civil española, cabe destacar la novela de Ángel María de Lera (Baides [Guadalajara] 1912 - Madrid, 1984) “Las últimas banderas”, ganadora del Premio Planeta en su edición de 1967, título con el que se abre la serie Los años de la ira, al que seguirían “Los que perdimos” (1974), “La noche sin riberas” (1976) y, por último, “Oscuro amanecer” (1977).

“Las últimas banderas” expone, con un escrupuloso respeto a la cronología, y teniendo como eje la figura de Federico Olivares (claro trasunto del autor), Molina, Julio Cubas, Matilde..., las vivencias de unos personajes acorralados, atrapados en el Madrid de los últimos días de la guerra, desde la creación de la Junta de Casado y la reacción gubernamental, hasta poco después de la entrada de las tropas nacionales. Esta narración lineal se ve interrumpida ocasionalmente por varias interpolaciones que nos muestran la fragua de los protagonistas en varios escenarios y momentos: el comienzo de la guerra en un pueblecito de la costa de Cádiz, la conquista de Málaga y el consiguiente éxodo de la población, las luchas en torno a la capital de la República en el otoño-invierno de 1936...

Y por encima de todo ello, como un ave de mal agüero, el hambre (“Si la gente comiera, siquiera medianamente, terminarían la guerra nuestros nietos”, p. 85) y el temor (“La verdad, es que lo que todo el mundo desea es terminar de una vez y volver a vivir normalmente. Unos lo dicen, pero todos lo piensan. La gente tiene, eso sí, un miedo cerval al desenlace”, p. 86)

Desarraigo y resignación

Superados por los acontecimientos, los hombres y mujeres que pululan por la novela son como los habitantes de esa casa de la película de Buñuel El ángel exterminador, incapaces de cruzar el umbral de una puerta abierta de par en par, encaminándose sin saberlo hacia la propia destrucción. Hablan del pasado, de reanudar sus actividades, volviendo a ser dueños de sus vidas, pero no hacen nada para conseguirlo. Se resignan. Desarraigados, trasplantados por los efectos de la guerra a una tierra que no es la suya y con la que no han estrechado vínculos, ponen sus miras en una América un tanto idealizada “que les esperaba y donde, en su opinión, el trabajo valía más que nada y la libertad era, para los hombres, como el aire para los pájaros” (p. 173),

Ángel María de Lera (1912-1984)



Deshumanización y embrutecimiento

Por los comentarios y opiniones que vierten Federico, Julio Cubas, Molina y los miembros del comité que se reúne en la calle Fortuny, sospechamos su pertenencia a alguna agrupación de tipo anarquista. Apuntan también a esta adscripción sus críticas a los republicanos burgueses: “Eran comerciantes o profesionales acomodados. Hombres de casino republicano y de logia. Pequeños burgueses con hijos radicalizados políticamente, en uno u otro sentido, a su paso por la Universidad. De costumbres morigeradas, cuya ideología seguía alimentándose del ¡Escuela y despensa! de Costa, de los discursos de Castelar y de los recuerdos cantonales de la primera República. Seres cómodos también, amigos de las plácidas discusiones de café sobre política, toros o mujeres” (p. 50-51). Los comunistas de Negrín: “–...más vale morir de pie que vivir de rodillas. –Sí, eso dijo la Pasionaria. Pero ¿dónde está ahora? –Ella estará donde el partido le haya ordenado que esté, no lo dudes... –Ni España es Rusia, ni el año 39 es igual que el año 19. Aquí no habéis luchado solos los comunistas. Aquí hemos luchado todos los partidos y organizaciones de izquierda, incluso muchos indiferentes y hasta adversarios en principio que luego se unieron con nosotros. Por consiguiente, lo verdaderamente democrático hubiera sido consultar a todas las fracciones antes de tomar una determinación. ¿Que se acordaba resistir? ¡Pues a resistir!” (p. 190-191).

O el escaso entusiasmo que despierta en ellos la creación de la Junta de Casado, así como su profesión de fe revolucionaria. Se consideran menos guerreros que revolucionarios:

“–Me olvidé de que soy un revolucionario... Nunca fui un guerrero, pero siempre he sido un revolucionario...” (p. 310)

y tan antifascistas o más que el resto, aunque dudan del fascismo de los que tienen enfrente:

“...¿dónde está el fascismo español? Hay algún grupito, como tú sabes, pero nada. En España no hay fascismo, como tampoco hay comunistas. No. Sólo hay derechas enfrente. ¿Y qué pueden pretender las derechas? Pues la vuelta al principio, es decir, a como estaban las cosas antes de la venida de la República." (p. 58)

Es curiosa la evolución que experimenta la figura del enemigo a lo largo de la obra. El elenco de protagonistas está ocupado exclusivamente por izquierdistas; son los únicos que gozan de una personalidad definida, expresan opiniones y sentimientos, poseen voz y peso específico, con todos sus matices, luces, sombras y recovecos.

Por contra, el adversario, que cuando adquiere personalidad literaria se trata de un mero esbozo, un arquetipo, es como una música de fondo que está allí, pero sólo entra en escena en los últimos momentos de la novela, en esas horas finales, como de ensueño.

Así en las interpolaciones, que se sitúan en las primeras semanas de la guerra, días de confusión y represión, del avance de las columnas, el enemigo es un ser deshumanizado, una sombra que actúa pero no se ve, como ese animal que acecha, cuya presencia se percibe pero no así sus intenciones.

Esta apariencia cambia de forma radical en el presente de la novela, cuando comienza a adivinarse cierta empatía entre los bandos en liza y se especula de forma gratuita sobre los planes del vencedor:

“La gente quiere la paz, compañeros, aunque les cueste mucho, con tal de salvar la vida. Y estoy seguro también que la del otro lado de las trincheras piensa lo mismo. El pueblo de aquella parte está también harto de discursos, de sangre y de miedo. Que van ganado, ¿y qué? Porque ¿quiénes son los que ganan? Unos pocos. Y los que pierden, sea cual sea el resultado final, son todos los demás, todo el pueblo, el de aquí y el de allá...” (p. 86)

“Si nos plantásemos, todavía habría mucho que hablar... ¿y qué necesidad tiene el vencedor de complicarse la vida a última hora, eh? A enemigo que huye, puente de plata, ¿no es eso? Pues en eso consiste todo: en que nos dé tiempo para marcharnos los que queramos irnos, que vamos a ser muchos, pero en buenas condiciones y no como se hizo la evacuación de Cataluña. ¡Menudo quebradero de cabeza que le quitamos con desaparecer de aquí! ¿Qué iba a hacer con nosotros? ¿Fusilarnos? Somos muchos. ¿Meternos en la cárcel? Pues no iba a necesitar cárceles ni nada... Además, tendría que darnos de comer, aunque fuera poco.” (p. 172)

La tercera y última fisonomía que adopta el vencedor viene acompañada de la sorpresa que provoca en Federico el descubrir la auténtica personalidad de Matilde. Ahí empieza el derrumbe del protagonista, su paulatino abandono de toda esperanza, de cualquier salida. La actitud de uno de los compañeros falangistas de su novia le abre definitivamente los ojos a la realidad:

“–Como has estado en contacto con los rojos tanto tiempo, sabrás algunos nombres y direcciones. Nos ahorrarías luego mucho trabajo... Sí, camarada. Nombres y direcciones de los que hayan cometido fechorías...

La ira se le amontonó en la garganta a Olivares…

(Y ese chaval no me gusta. Tiene los ojos de fanático. Tan joven y ya odiando de esa manera... Claro, a lo mejor tiene motivos personales para ello... ¡Ha sembrado tanto odio esta guerra! Todo el país está podrido de odio: el aire, la tierra, las gentes... Como no sea que la Iglesia nos eche una mano... ¿Pero será capaz de defendernos y de pedir piedad para los vencidos?)" (p. 314-316)

Ya es un enemigo en el que no caben los principios porque está por completo deshumanizado; y se ve cómo menudean los emboscados, se practica el chaqueterismo antes incluso de que finalice la guerra, cómo todos, el que más y el que menos, arriman su sardina al fuego del ganador

Reflexiones después de la batalla

Mientras Julio Cubas y su amiga intentan una huída desesperada, muy cinematográfica, y Molina se aferra a un infundado optimismo antropológico (“Sigo creyendo, y te lo digo en serio, que no habrá represalias. Vamos, no me cabe en la cabeza.” p. 369), Federico se desconecta de todo, entre la resignación y la anticipación de un exilio interior, simbolizado en el hecho de enfrascarse en la lectura de la Historia de Roma de Theodor Momssen, concretamente los episodios relativos a las guerras civiles. En una recreación cervantina, Molina arroja al fuego los libros de Marx, Engels, Sorel, Bujarin... que tenía en su poder (“Siempre me toca quemar papeles y libros después de cada fracaso... Y no creas que es fácil. Parece al pronto que el papel arde fácilmente. Pues no es así... ¿Será por las ideas que lleva dentro?” p. 366). Junto a él, en la cocina familiar, Federico desgrana las razones que han podido llevarles a la derrota, como las disensiones entre las facciones republicanas (“Nunca hubo en nuestro campo unanimidad de criterio”), la actitud de las potencias extranjeras (“se internacionalizó [la guerra] y eso fue lo peor que pudo ocurrirnos... el principal [enemigo] ha sido Inglaterra, por encima de Alemania e Italia”) o las características del adversario:

“En la otra zona estaban los hombres experimentados…; y, en la nuestra, los ideólogos... Aquí, ni Franco hubiera podido hacer la unificación. Y aunque hubiéramos ganado la guerra, ¿qué? A saber lo que hubiéramos hecho después. Yo creo que hubiera pasado lo mismo que con la República, que entre todos la mataron y ella sola se murió.” (p. 367)

Y otro motivo, en mi opinión, el más significativo:

“–Hemos pasado revista a alguna de las causas de nuestra derrota, pero algún día tendrá que hablarse de las conductas. Porque ¿qué me dices de aquellos célebres escritores e intelectuales que trajeron la República y que fueron nuestros maestros? Ellos nos lanzaron (hablo de los estudiantes de mi generación) a la lucha por una España nueva, y luego, a la hora de la verdad, se pusieron al margen y nos dejaron en la estacada. ¡Qué faena! ¿Qué se creían ellos que iba a pasar cuando el pueblo jugara el papel que ellos le habían escrito? Yo no sé qué pensaron. Tal vez que el drama político y social de España podría ventilarse como un acto académico, ¿no? Pero ¿no habían denunciado ellos el hambre y el atraso de nuestras gentes? ¿Es que luego, con decir que aquello no era lo deseado y hacer frases se puede uno retirar por el foro mientras los españoles se despedazan? ¡Qué asco!” (p. 368)

Tenemos entre manos el testimonio de un escritor de raza que vivió la guerra y la posguerra y fue capaz de pintarnos el cuadro de una ciudad y unas gentes que vivieron el derrumbe de un mundo y el cuestionamiento de la estructura ideológica que lo sustentaba. Unos con esperanza y otros con desolación, compartiendo todos, en mayor o menor medida, el desarraigo y la deshumanización.

martes, 9 de abril de 2013

Si la montaña no va a Mahoma... Primera parte. Algunas claves para entender (y soportar) la crisis


Revisando el blog, compruebo que llevo unos cinco meses, o más, sin escribir nada de política. Parecería a simple vista que suscribo lo que está perpetrando el PP, o que apruebo a pies juntillas las tácticas puestas en práctica por sus adversarios, y por eso guardo un silencio cómplice con unos o con otros. Nada más lejos.
Sucede a veces que al volcar toda nuestra energía en un trabajo determinado, ya salga este adelante o no, llega un momento que acabamos exhaustos, agotados y tan saturados que nos quema, y huimos de todo aquello que tenga algo que ver con lo que, para bien o para mal, consideramos concluido. También, con frecuencia, se cruzan asuntos que despiertan nuestro interés hasta el punto de abandonar el camino ya emprendido para enfilar una senda cuyo destino último desconocemos. Y ese nuevo itinerario nos entretiene y cautiva, porque en él todo está por descubrir. Y aunque echemos la vista atrás para saber qué ha sido de lo que hemos desechado, cuesta trabajo retomarlo, la misma pereza que provoca recuperar unas relaciones que, cuando estaban en vigor, no eran lo suficientemente sólidas.
La guerra civil, La Serena, nuestras andanzas y el rescate de recuerdos han ganado su lugar en este cuaderno que, en principio, no estaba dedicado a su cultivo. Pero, por mucho empeño que pongamos en su control, la combinación de varios estímulos de naturalezas diferentes, si no se anulan mutuamente con el roce, pueden dar lugar a un producto insospechado que no deja de perseguirnos hasta que le demos forma. Porque, ¿qué pueden tener en común estos largos meses de lluvia que han cubierto todo con un halo de tristeza, por una parte, con la formulación orteguiana de las ideas y las creencias? ¿O la letra de una canción de Luz Casal con las palabras sobre la Política (así, con mayúscula) que dejó escritas Petere en “Acero de Madrid”? En principio, nada. Sin embargo, uno de ellos me lleva al otro y al otro y al otro… en un bucle sin fin, y resulta divertido embarcarse en dicha empresa, ¿qué saldrá de todo ello?, similar a aquel juego de mesa que consistía en formar frases o palabras con unas letras que nos asignaba el azar, aceptando el riesgo de llegar, en uno y otro caso, a conclusiones peregrinas.
De cualquier manera, nos ha tocado vivir unos tiempos en que todo es posible, sin excluir el panorama más disparatado. En lo que ahora nos atañe, hemos pasado, casi sin solución de continuidad, de una fe ciega, diríase sagrada, en la política y sus gestores, a una demonización sin paliativos de la clase dirigente. No seré yo quien defienda ni a una ni a otros. Las críticas que reciben, en mi opinión, están mal orientadas, y son más suaves que las que tendrían que padecer si estuvieran formuladas con criterio. Pero habitamos un mundo maravilloso en el que todo se mezcla, lo real con lo imaginado, lo esperado con lo temido…; y si esto tiene su encanto y su tirón en la poesía, en política genera confusión y desmán.

Todos sabemos que el amor y la guerra difícilmente se sujetan a reglas. En ellos todo está permitido, pues son procesos orientados a la obtención de fines teóricamente intangibles, inmensurables: el bienestar, el resarcimiento de afrentas reales o fingidas, el honor, la tranquilidad o la venganza. La relación que ha mantenido el español tradicionalmente con la política podría calificarse de amorosa, pero en su faceta más tormentosa y patológica, con sus ingredientes de malos tratos, infidelidades, mentiras y dependencia abusiva. “Tal para cual” se titulaba la canción de Luz Casal (que, en parte, ha motivado estas líneas) donde se narraban las dificultades en la convivencia de una pareja que cayó en picado al formalizar su relación mediante un “contrato social”. Como esos amantes que un día se tiran los trastos a la cabeza para, acto seguido, perdonarse con la seguridad compartida de que el culpable de sus males es, necesariamente, un tercero en discordia, así ha transcurrido históricamente nuestra relación con la política.

Hoy, el agente distorsionador es la gran banca (o las humildes cajas). Quienes han malmetido con sus chismorreos, introduciendo el hedor de la suspicacia, son las multinacionales y las instituciones europeas (con Alemania a la cabeza, of course), deteriorando la convivencia entre los españoles y la política que, aun con los altibajos propios de un matrimonio ya mayor, discurría por unos cauces adecuados a tantos y tantos años de vida en común.
Cuando se elimina la razón en la interpretación de la cosa pública, pasa lo que pasa: en el fragor de la pasión, se confunde al enemigo, proporcionando un balón de oxígeno al verdadero responsable de nuestro tremendo estado de cosas. Esa percepción desenfocada del entorno hunde sus raíces en las creencias difusas que informan y amalgaman nuestra existencia. Si las creencias son frágiles e insolventes.. ¿qué textura tendrán las ideas que puedan concebir? José Ortega y Gasset escribió sobre ese feliz distingo entre creencias, especie de molde o continente inherente al ser humano, e ideas, las herramientas que dichas creencias fabrican para entender y dominar el mundo que nos rodea. Independientemente de todas las connotaciones peligrosas que esta teoría pueda arrastrar consigo, posee un mérito evidente, y nos facilita una clave para, si no resolver, al menos enfrentarnos con mayores probabilidades de éxito al problema que nos acucia. 
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Si asumimos la libertad del hombre, el respeto a su integridad y la fe en sus infinitas capacidades para identificar y alcanzar por sus propios medios la felicidad, así como para establecer las oportunas asociaciones con otros individuos con el fin de obtener objetivos comunes…; si abrazamos con toda sinceridad dicha radicalidad, estaríamos cimentando una creencia con tanta solidez que no tendrían cabida todas las quimeras que han pululado por doquier, inspirando esas políticas tan nefastas que nos han traído hasta el paisaje yermo y desesperanzado que hoy habitamos.
Esas creencias frágiles y difusas en que hemos crecido las últimas dos o tres generaciones, no obstante su intrínseca debilidad, se han extendido como un virus malsano con asombrosa facilidad. Como las arcillas expansivas sobre las que se edificaban muchos bloques de viviendas, llevaban la marca de la muerte al instante de nacer. Cuando el hombre, implícitamente, renuncia a ejercer la plenitud de sus facultades, delegándolas en entidades superiores al individuo a cambio de una falsa paz, entidades que, como los Estados, ostentan una inconfesada vocación de metástasis, está renunciando igualmente a su condición de ser humano, poniendo el fin último de su existencia, esa búsqueda incansable de la felicidad, con todos los medios y recursos que ha conseguido allegar para su consecución, en manos de unas terceras personas que no tienen porqué compartir, ni siquiera conocer, el concepto de felicidad que alberga el individuo en cuestión.

Esa penosa dejación de responsabilidades, que ha adquirido unos ritmos y cadencias distintos según la época que estemos tratando, jalona, con sus hitos, la inconclusa historia de la libertad, esa libertad que hoy presenta un estado comatoso. Paulatinamente, de forma casi imperceptible, ponemos en manos de partidos e instituciones la gestión de nuestros asuntos, la planificación de los detalles más insignificantes de la vida, y cuando queremos recuperar las riendas, al ser conscientes de nuestra individualidad, ya es demasiado tarde. Nace entonces la insalvable sensación de insatisfacción que acogota al hombre actual, el lamento por la pérdida, la conciencia del vacío. Y se pone en marcha toda una suerte de mecanismos de defensa, ese argumentario que recitamos desde niños, como si de un catecismo se tratara, que gira en torno a tres o cuatro ideas eje de una pasmosa eficacia y perversidad, en tanto en cuanto son ajenas a la naturaleza del hombre: la apelación a la igualdad, y la solidaridad y sacrificio, estos dos últimos ejercidos sin el necesario concurso de la voluntad, lo que les resta gran parte de la eficacia que se les supone. Pues cuando tales impulsos nacen del corazón son capaces de mover montañas. Por el contrario, al ser impuestos desde el poder y la coacción, esa apelación, en vez de ensalmo, solo sirve para enturbiar la relación entre los hombres, y entre estos, en cuanto agrupación, y los gobiernos, extendiéndose, como un susurro insidioso, esa salmodia que nadie se atreve a cuestionar: el divorcio entre la sociedad y el los gobiernos.
 Y como en esas parejas repentinamente malavenidas, se suceden los reproches, las acusaciones mal o bien fundadas, los donde dije digo, digo Diego. Y toda una vida construida de común acuerdo se tambalea, y lo que por ambas partes era aceptado con gozo, ahora se torna insoportable. Y la propia institución, ese “contrato social”, su misma esencia, es puesta en entredicho con una violencia no disimulada.

 Las normas y las reglas que nos hemos dado durante 200 años de repente pierden su valor. O, al menos, eso parece, a tenor de las exigencias y protestas de una gran parte de la gente que viene sufriendo de forma cada día más encarnizada los rigores de una crisis que se empeñan en resolver los propios autores de la misma.
Es como una pescadilla que se muerde la cola. Frente a un problema nuevo, se aplican recetas trasnochadas, que quizá, solo quizá, surtieran efecto en otros escenarios, con la lógica efusión de sangre y violencia. Desgraciadamente, la política aun conserva su encanto y su poder. ¡Cuánta razón tenía Petere cuando escribía en la ciudad sitiada de 1938, justificando su “Acero de Madrid”, esta descarada alabanza!: “…¿qué hay en el mundo más poderoso que la Política? ¿Qué hay más bello, más rico, más suave y más fuerte, más trueno y más rayo? ¿Qué ha hecho fijar las miradas y las voluntades?... La Política es la nube de fuego que guía a la nueva Poesía… La guerra no es solo la guerra, sino una parte de la Política”.
Sin embargo, me gusta conservar cierto optimismo (¿anarquista a fuerza de liberal o liberal a fuerza de anarquista?), y creo que aún estamos a tiempo de enderezar la situación, aunque el proceso va a ser largo y doloroso. Más de un siglo de “mala educación” no se corrige de un plumazo. Pero disponemos de los conocimientos y enseñanzas, de toda la historia acumulada que nos puede facilitar las herramientas precisas para alcanzar ese objetivo. Está claro. A estas alturas, a nadie se le puede ocultar que la montaña, esto es, la política, es inamovible, que por mucho que elevemos la voz, como un grito en el desierto, ella seguirá allí, impertérrita y sorda, alimentándose y engrandeciéndose con nuestra energía, cada día más inaccesible y segura de sí. Si la montaña no va a Mahoma, ¿cuándo sonará la hora de que Mahoma vaya a la montaña?