lunes, 2 de septiembre de 2013

Un mes de julio sin fin


Monsagro (Cantabria)
El canto de las cigarras, su cháchara frenética que obedece a una ley desconocida, siempre mensajera del calor y de los presagios más oscuros, me acompaña las primeras horas de la tarde. En vano intento dormitar mientras el volumen de su metálico cri-cri asciende a rachas, como olas que se rompen hasta desaparecer durante unos minutos. Creo que solo callan para reponer fuerzas, pues enseguida regresa, corregida y aumentada, su loca sinfonía. Como ejércitos al acecho, se esconden entre las ramas de las moreras y los plataneros que dan sombra a la calle, y solo parece silenciar su orden de ataque el cansino jadeo del autobús. 


Itziar y Alejandro en el nacimiento del Ebro (Fontibre)

Me tumbo sobre el lado izquierdo, el del corazón, el que convoca a las pesadillas, dando la espalda a la ventana y a sus amenazas, y juego a componer un texto a base de retazos, de materiales de derribo, como si se tratara de una labor de patchwork. Porque estos dos últimos meses he sido incapaz de coger el cuaderno y disfrutar con el mero hecho de escribir. Lo llevo a todas partes y guardo entre sus hojas cuadriculadas recibos del banco, avisos de convocatorias del colegio, fotocopias… Y cuando lo abro para descargar el peso del macuto, encuentro las últimas y desordenadas anotaciones del mes de mayo sobre los cuervos y su graznido. Después, el vacío blanco y delator…

Picos de Europa (Fuente Dé)


El calor y las cigarras invocan imágenes y sensaciones que solo recuerdo estos días de verano. Me acuerdo de la terraza de Caramuel con los toldos bajados y meciéndose con el aire caliente, mi madre haciendo punto en la terraza con las piernas estiradas, cruzadas a la altura de los tobillos. Llega hasta nosotros un olor como de trapos quemándose y al final de la calle, sobre los tejados abigarrados de las chabolas, asciende una columna de humo negro.. Y los documentales de la guerra, con dos o tres cadáveres debajo de un pino, en blanco y negro, con las cigarras como agobiante banda sonora… 

Al concierto desacompasado de las cigarras se suman hoy los lamentos terribles de la vecina. Al principio era como el zureo desgarrado de una enorme paloma, hasta que Itziar me aclaró que aquellos gritos no procedían de ningún animal herido, sino de la garganta aterrorizada de una mujer que vive en el portal de al lado, que se pasea por la terraza cono un lobo enjaulado vistiendo una especie de camisón, mientras estruja entre sus manos una tela y se mesa los cabellos. El calor parece agudizar sus temores, es como si le persiguieran recuerdos o visiones del horror, como si viviera inmersa en un mundo de pesadilla. 


Fontibre

En este tiempo de la siesta, los minutos se convierten en horas y el reloj se detiene. Cierro los ojos con la vana esperanza de descabezar un sueño y así esquivar las reclamaciones de Sara y Alejando, a los que la temperatura no parece afectar. Oigo sus carreras por el pasillo, cómo cuchichean algo incomprensible cuando se aproximan a la puerta de nuestra habitación, y al igual que los indios ante una víctima propiciatoria, me lanzan sus flechas cargadas de exigencias.

-. ¿Por qué no vamos a la piscina? Podemos coger las bicis, el patín, el cubopala (esta es Sara). ¡Lo prometiste!

Me libero de ellos con un rabotazo más o menos destemplado, sabiendo que sólo detendré su ataque momentáneamente, que sus reclamaciones y exigencias seguirán allí, tan acusadoras como la inactividad y pereza que me atenazan, y que Carmen no deja de reprocharme. 


Mirador de Piedras Luengas (Montaña Palentina)

Pero me empecino en ensamblar escenas y sensaciones dispares, en rechazar un discurso lógico, coherente.

Desde el mes de mayo, el cuerpo me pedía recordar de alguna manera el cierre de la bolsa de La Serena, aprovechando que en julio se cumplía su 75 aniversario. En ese sentido, orienté mis lecturas de entonces, aderezadas con las sugerencias tomadas de los correos que me enviaba mi amigo Juan Casco Solís que, conociendo mi estado de letargo, tan pronto me hablaba de Arthur Machen, los ejércitos celestiales y el peso del “Diccionario infernal”, de Collin de Plancy, en la redacción de “Oficio de tinieblas 5”, como de las memorias de Cela, donde narra sus aventuras por los alrededores de La Serena, en las últimas y demenciales semanas de la guerra civil. 


Potes

Ante el desbarajuste emocional que supuso la desaforada confirmación de Itziar y los sucesos que se desencadenaron a continuación, me impuse, no sé muy bien porqué, la obligación de releer “Oficio de tinieblas”, que pude recuperar cuando estuvimos en el Pantano el primer fin de semana de julio. La tarde de ese sábado, fuimos a bañarnos a la Isla del Zújar. Sentado en la orilla, frente a la vía cortada y con la silueta de los eucaliptos al fondo que, difuminada por la calima, se asemeja a un perro gigantesco con las fauces abiertas, comencé a verlo claro. En el corazón de la península de los Caserones, el mismo escenario donde se desarrollaron los acontecimientos de los que estos días se cumplen los 75 años, enfrentamiento tan sangriento como inútil y, lo que es incluso peor, tan olvidado por unos y por otros, convertido hoy en una zona de recreo y esparcimiento, comprendí el absurdo de mi insistencia en el asunto. Y la inmersión en el universo tan demencial como humano de la novela de Cela no me hizo sentir mucho mejor. 


Vistas desde los apartamentos Fargo

Julio transcurría despacio y plomizo, con sus tardes eternas y vacías, con menos calor que el habitual, pero con mucho más que el vaticinado por algunos. Nos acostumbramos a combinar el logopeda de Sara y la piscina del polideportivo de Aluche, transformada por las circunstancias en una festiva reunión de la organización de estados americanos. De vez en cuando, a última hora, nos dejábamos caer con las bicis por el parque de las Cruces, o nos pegábamos una andana de campeonato hasta Madrid Río, una auténtica maravilla por la noche, con sus terrazas junto a la Estación del Norte. Si el trabajo se lo permitía, Carmen le daba un empujón a la tarea de recopilar material para uno de los dos capítulos del libro que le encargaron. Pasaron los días, fuimos a Acebedo a ver a Alejandro, entreteníamos las horas de ocio como buenamente podíamos, llegaron los mayores del campamento y preparamos el viaje a Proaño.

Torre de Proaño

Una noche lluviosa y desapacible de esta Semana Santa en el Pantano, mientras tomábamos algo alrededor de la mesa camilla con la prima Mari Cruz, Pepe, Antonio y Rosa, salió a relucir Proaño y un viaje que hizo Mari Cruz con unos amigos hace más de 20 años por el norte. Proaño es una aldea de Cantabria, muy cerca de la estación invernal del Alto Campóo, donde se levanta una torre señorial del siglo XIII, que ha pertenecido desde entonces a la familia de los Ríos, a su rama santanderina. El abuelo de Carmen y su tío José Luis (padre de Mari Cruz) dedicaron muchos años de sus vidas a investigar en archivos y bibliotecas el origen y las vicisitudes del apellido de los Ríos, y el fruto de tanto esfuerzo es un manuscrito de más de 200 páginas donde se recogen los avatares de la familia y de sus diferentes ramas. El tío José Luis le dio una copia del mismo a Carmen que, con 14 o 15 años, tuvo la ocurrencia de elaborar un gigantesco árbol genealógico con los datos tomados del texto. Como por estas fechas Itziar suele pasar unos días en Villorquite, que está relativamente cerca de Proaño programamos una visita a la torre, que pudimos hacer por fin el fin de semana del 3 y 4 de agosto, y tributar así un recuerdo a José Luis, a quien tan unida estaba Carmen. 

Sara y Alejandro. Al fondo, los Picos de Europa

Como es natural, Carmen estaba entusiasmada con la idea, así que se puso en contacto con Jesús Martín de los Ríos (rebautizado como “el primo Jesús”), el actual propietario de la torre, fotocopió algunas de las hojas del manuscrito que hacían referencia a Proaño, y concertamos una visita para el sábado 3 de agosto.

Salimos de Madrid el viernes por la tarde con dirección a Potes. La rapidez con la que hicimos la reserva en los Apartamentos Fargo, nos impidió caer en la cuenta de que la aparente proximidad en el mapa entre Potes y Proaño, al encontrarse las dos en el corazón de Picos de Europa, no era tal si teníamos que trasladarnos en coche con ciertas garantías de seguridad. Al final, nos liamos la manta a la cabeza, nos apretamos más de 500 kilómetros, pues tuvimos que subir hasta Torrelavega, para bajar luego hacia Unquera, Panes, desfiladero de la Hermida, terrible a las doce de la noche, y llegar agotados a Ucedo, un pueblecito a dos kilómetros escasos de Potes.



Madrugamos el sábado, volvimos sobre nuestros pasos, pasando y repasando el Deva, con los cortes espectaculares del desfiladero, y llegamos poco antes de las doce a Proaño, muy cerca de Reinosa, donde habíamos quedado con Rosa y Antonio.

Santo Toribio

Jesús, acompañado de su hijo Carlos y su mujer Blanca, nos recibieron afectuosamente, enseñándonos no solo la torre, sino también la vivienda, un edificio del siglo XVIII habitado durante casi todo el año por Jesús, que conserva un mobiliario espléndido, parte del cual era originario de la casa y otra parte traído desde Cebreros, perteneciente a una herencia familiar. Tuvimos la suerte de ver numerosos ejemplares de la biblioteca que fuera de Ángel de los Ríos, el “Sordo de Proaño inmortalizado por Pereda en su novela “Peñas arriba”, último habitante de la torre y sus dependencias hasta finales del siglo XIX. La biblioteca también cuenta con una colección de la correspondencia que mantuvo Ángel de los Ríos con personajes como Menéndez Pelayo o el propio Pereda… La casa cuenta igualmente con una deliciosa galería acristalada desde la que se disfruta de unas vistas impresionantes de los Picos de Europa. 

Los niños intimaron enseguida con las hijas de Blanca y Carlos, a las que no tardaron en llamar primas.

-. Primas. Sí… pero muy, muy, muy lejanas

-. No tanto, responde Catalina. Muy lejanas no somos, porque vivimos en Madrid...

Nos despedimos de la familia con el compromiso de intercambiar correos y no perder contacto.

Balneario de la Hermida, en el desfiladero del que recibe el nombre, a orillas del Deva

Comimos muy cerca de Proaño, en Espinilla, y nos acercamos a Fontibre, donde se localiza el nacimiento del Ebro. De allí, bajamos a Reinosa, que en mi mente cargada de prejuicios imaginaba gris e industrial, pero la realidad vino a desbaratar dicha imagen, pues se trata de un pueblo bastante digno y cuidado. Allí comimos unas pantortillas, muy recomendadas y jaleadas por Blanca. 

Antonio y Rosa regresaron a Villorquite, y nosotros volvimos a casa de Jesús a devolver a la “prima Catalina” unas zapatillas que le había dejado a Sara cuando esta se metió en un riachuelo cerca de la casa, empapando las que llevaba.. 

Vivienda aneja a la Torre, donde nos recibió Jesús

El domingo, Rosa y Antonio tuvieron que salir precipitadamente a Ponferrada a recoger a Jorge, que un malentendido había dejado tirado en Compostela con las bicicletas con las que Héctor y él habían hecho parte del camino de Santiago. Nosotros nos acercamos a Potes, uno de los pueblos más bonitos e inaccesibles que conozco. A pesar de la dificultad de llegar a él, al mediodía era un hervidero de turistas y visitantes. (Sobre estos, quiero destacar su carácter, que tan poco tiene que ver con las maneras tumultuosas y ruidosas del típico sumakilómetros con el que te sueles topar en otras latitudes. Abunda el viajero de autocaravana o furgoneta, con su casa y enseres a cuestas, pero cuya presencia no deja ningún plástico residuo ni contaminación acústica). Vimos en la torre del Infantado la exposición sobre el Beato de Liébana, que ocupa tres de sus cinco plantas, una verdadera muestra de erudición y didactismo, paseamos por el pueblo, a esas horas próximas al mediodía prácticamente intransitable, con los intrépidos que se lanzaban en tirolina desde un puente, junto a la torre, hasta la orilla del río, unos doscientos metros más allá. Nos llegamos a Santo Toribio en el momento en que exhibían un fragmento del lignum crucis, comimos unos bocatas en unos bancos reservados a los peregrinos y, sobre las cuatro, subimos a Fuente Dé. Allí cogimos el teleférico que ascendía casi mil metros en un trayecto de lo más alpino. Los niños se entretuvieron con unas cabras, que parecían contratadas por la Consejería de Cultura de Cantabria, tan mansas y civilizadas se mostraban. Tras una larga espera, cogimos de nuevo el teleférico y, en un involuntario homenaje a las arcas de Repsol, nos dirigimos a Herrera del Pisuerga vía Cervera, haciendo una parada en Monsagro, por una carretera de curvas enloquecidas que tomamos en Potes. En Cervera dejamos a Itziar, una vez recuperado Jorge y las bicicletas.

Sara bajo un panel de la exposición que visitamos en Potes
Termino de escribir estas líneas con el canto de las cigarras de fondo. Al final, no ha sido tan difícil, parece que me reconcilio con ellas y con el verano cuando pensaba que había llegado al final de un camino sin retorno. Hoy empezamos las vacaciones. De un momento a otro llegará Carmen y cargaremos el coche. Espero dar cumplida cuenta de todo lo que nos suceda a partir de ahora.

1 comentario:

elena clásica dijo...

Querido Nacho:

He leído varias veces esta intensa meditación enraizada en el verano, en los recuerdos, en el devenir cotidiano mezclado con las emociones más viscerales. Encuentro que es profundamente poética y vuelvo una y otra vez a algunos pasajes. Quizá ya es el momento de hacerme presente y compartir desde las palabras y no solo desde la fibra, las intensas sensaciones que revelas y que dejan libre la luz interior.

"El canto de las cigarras, su cháchara frenética" es un comienzo que me estremece, pues unido está en un solo hilo el recuerdo de todos los veranos cumplidos y que me retrotraen incluso a momentos que, de repente, se aparecen. Misterio de una ley desconocida que inevitablemente en el alma sensible se impregna de "los presagios más oscuros". Callan para volver, como las vivencias soterradas, que siempre han de regresar, locas, frenéticas, escandalosas.

"Como ejércitos al acecho, se esconden entre las ramas de las moreras y los plataneros que dan sombra a la calle", ¿cabe más belleza?

En auténtico estado de gracia continúas camino, confesando que te derramas sobre el lado izquierdo, "el del corazón" y a su vez "el que convoca a las pesadillas", yo creo que llevas escrita mucha vida, muchos sueños en estos retazos, materiales de ensayo y de maestría.

Y entonces llega el momento cumbre de esta introspección, que se remonta a la terraza de un Madrid ajetreado, cercano a su punto crucial, donde los sentidos reclaman su lugar: el olfato acompañando al cuadro de la madre que teje, mientras se mece el aire caliente. El fondo oscuro, como los documentales que se exhiben libres con quienes, desde otro mundo, reclaman remembranzas. Pero las cigarras machaconas insisten en convertir cada tapiz en escena de una misma pieza teatral.

Los lamentos, entonces, se hacen terribles, una mujer que habita al lado, pero que vive en su propia pesadilla. Oficio de tinieblas 5... como quien se deja mecer por un universo sin sentido, sino el de la entropía.

Es la llegada a este punto la que tanto me ha conmovido y a él he de volver. Aparece un viaje maravilloso con unos paisajes encantadores. Como increíble es la visión de parte de la biblioteca del "Sordo de Proaño" y esa galería acristalada donde deben pasear los fantasmas, felices y plenos, disfrutando de los soñadores Picos de Europa. El camino continúa en un hilo argumental hermoso, ordenado y comprensible, pero las cigarras de nuevo, en su su estructura cíclica me hacen recordar el caos, que acecha Cela, que mirando a lo bello continúa lo siniestro, y que soy nietzscheana de corazón.

Así que he de celebrar esta entrada con unos versos de mi amado Dylan Thomas. Sea un homenaje al oficio de tinieblas, que a algunos les ha tocado ejercer en esta vida, quién sabe por qué, helo aquí:

"Una extraña ha venido
a compartir mi cuarto en esta casa que anda mal de la cabeza,
una muchacha loca como los pájaros,

traba la puerta de la noche con sus brazos, sus plumas.
Ceñida en la cama revuelta
alucina con nubes en esta casa a prueba de cielos,

hasta alucina con sus pasos este cuarto de pesadilla.
libre como los muertos
o cabalga los mares imaginarios del pabellón de hombres.

Ha llegado posesa
la que admite la alucinante luz a través del muro saltarín,
posesa por los cielos

ella duerme en el canal estrecho, hasta camina el polvo,
hasta desvaría a gusto
sobre las mesas del manicomio adelgazadas por mis lágrimas.

Y tomado por la luz de sus brazos, al fin, mi Dios, al fin
puedo yo de verdad
soportar la primera visión que incendia las estrellas."

Menuda entrada, Maestro, grande.
Un abrazo para todos.