sábado, 14 de abril de 2012

Entre el desarraigo y la deshumanización. "Las últimas banderas" (Ángel María de Lera, 1967)

"En lo más alto quedan siempre las banderas de la esperanza, madre. Son las últimas que nos quedan y ¿quién será capaz de abatirlas definitivamente?" (p. 318)



La edición de que dispongo es la 37ª, de 1982
Unas palabras que escribí inspiradas por una de las fotografías de Deschamps, ilustrativas de un artículo de Florentino Areneros sobre las obras de Eduardo Torroja, merecieron un largo comentario de Gerión, responsable de ese estupendo y ameno blog llamado Frente de batalla. La foto en cuestión representaba para mí esa amalgama de sensaciones encontradas, y como tales inefables, que impregnan el final de una lucha, de cualquier enfrentamiento donde todos han sufrido de lo lindo. En esas lineas dejé constancia de mi afán por levantar acta de algo tan intangible como los sentimientos que guiaban a unos y a otros en los momentos en que se anuncia la victoria o se teme la derrota. Sí, ya sé que es algo así como intentar llenar de agua un cesto de mimbre. Gerión, sin duda consciente de que semejante información difícilmente la podría proporcionar, de forma sistemática, la historia al uso, tal como hoy la conocemos, me facilitó un buen número de referencias literarias, casi todas desconocidas por mi.

La primera de ellas es la novela de Angel María de Lera (Baides [Guadalajara] 1912 - Madrid, 1984) Las últimas banderas, ganadora del Premio Planeta en su edición de 1967, título con el que se abre la serie Los años de la ira, al que seguirían Los que perdimos (1974), La noche sin riberas (1976) y, por último, Oscuro amanecer (1977).



Las últimas banderas expone, con un escrupuloso respeto a la cronología, y teniendo como eje la figura de Federico Olivares (claro trasunto del autor), Molina, Julio Cubas, Matilde..., las vivencias de unos personajes acorralados, atrapados en el Madrid de los últimos días de la guerra, desde la creación de la Junta de Casado y la reacción de los seguidores de Negrín, hasta poco después de la entrada de las tropas nacionales. Esta narración lineal se ve interrumpida ocasionalmente por varias interpolaciones que nos muestran cómo se fueron construyendo los protagonistas en varios escenarios y momentos: el comienzo de la guerra en un pueblecito de la costa de Cádiz, la conquista de Málaga y el consiguiente éxodo de la población, las luchas en torno a la capital de la República en el otoño-invierno de 1936...

Y por encima de todo ello, como un ave de mal agüero, el hambre ("Si la gente comiera, siquiera medianamente, terminarían la guerra nuestros nietos", p. 85) y el temor ("La verdad, es que lo que todo el mundo desea es terminar de una vez y volver a vivir normalmente. Unos lo dicen, pero todos lo piensan. La gente tiene, eso sí, un miedo cerval al desenlace", p. 86)

Desarraigo y resignación

Superados por los acontecimientos, los hombres y mujeres que pululan por la novela son como los habitantes de esa casa de la película de Buñuel El ángel exterminador, incapaces de cruzar el umbral de una puerta abierta de par en par, encaminándose sin saberlo hacia la propia destrucción. Hablan del pasado, de reanudar sus actividades, volviendo a ser dueños de sus vidas, pero no hacen nada para poner en práctica dichos planes. Se resignan. Desarraigados, trasplantados por los efectos de la guerra a una tierra que no es la suya y con la que parece que no han estrechado vínculos, ponen sus miras en una América un tanto idealizada "que les esperaba y donde, en su opinión, el trabajo valía más que nada y la libertad era, para los hombres, como el aire para los pájaros " (p. 173), tras comprobar cómo las potencias europeas han dado la espalda a un Gobierno por cuya supervivencia tanto han luchado

Deshumanización y embrutecimiento

Angel Mª de Lera (1912-1984)
Los comentarios y opiniones vertidos por Federico, Julio Cubas, Molina y los miembros del comité que se reúne en la C/ Fortuny hacen sospechar su pertenencia a alguna agrupación de tipo anarquista. Apuntan también a esta adscripción  sus críticas a los republicanos burgueses: "Eran comerciantes o profesionales acomodados. Hombres de casino republicano y de logia. Pequeños burgueses con hijos radicalizados políticamente, en uno u otro sentido, a su paso por la Universidad. De costumbres morigeradas, cuya ideología seguía alimentándose del !escuela y despensa! de Costa, de los discursos de Castelar y de los recuerdos cantonales de la primera República. Seres cómodos también, amigos de las plácidas discusiones de café sobre política, toros o mujeres" (p. 50-51). Los comunistas de Negrín: "- ... más vale morir de pie que vivir de rodillas. - Sí, eso dijo la Pasionaria. Pero ¿dónde está ahora? - Ella estará donde el partido le haya ordenado que esté, no lo dudes....- Ni  España es Rusia, ni el año 39 es igual que el año 19. Aquí no habéis luchado solos los comunistas. Aquí hemos luchado todos los partidos y organizaciones de izquierda, incluso muchos indiferentes y hasta adversarios en principio que luego se unieron con nosotros. Por consiguiente, lo verdaderamente democrático hubiera sido consultar a todas las fracciones antes de tomar una determinación. ¿Que se acordaba resistir? !Pues a resistir!" (p. 190-191).

O el escaso entusiasmo que despierta en ellos la creación de la Junta de Casado, así como su profesión de fe revolucionaria. Se consideran menos guerreros que revolucionarios,

"- Me olvidé de que soy un revolucionario... Nunca fui un guerrero, pero siempre he sido un revolucionario... " (p. 310)

y tan antifascistas o más que el resto, aunque dudan del fascismo de los que tienen enfrente

"...¿dónde está el fascismo español? Hay algún grupito, como tú sabes, pero nada. En España no hay fascismo, como tampoco hay comunistas. No. Sólo hay derechas enfrente. ¿Y qué pueden pretender las derechas? Pues la vuelta al principio, es decir, a como estaban las cosas antes de la venida de la República." (p. 58)

Es curiosa la evolución que experimenta la figura del enemigo a lo largo de la obra. El elenco de protagonistas está ocupado exclusivamente por izquierdistas; son los únicos que gozan de una personalidad definida, expresan opiniones y sentimientos, poseen voz y peso específico, con todos sus matices, luces, sombras y recovecos.

Por contra, el adversario, que cuando adquiere personalidad literaria se trata de un mero esbozo, un arquetipo, es como una música de fondo que está allí, pero solo entra en escena en los últimos momentos de la novela, en esas horas finales, como de ensueño.

Así en las interpolaciones, que se situan en en las primeras semanas de la guerra, días de confusión y represión, del avance de las columnas, el enemigo es un ser deshumanizado, una sombra que actúa pero no se ve, como ese animal que acecha, cuya presencia se percibe pero no así sus intenciones.

Esta apariencia cambia de forma radical en el presente de la novela, cuando comienza a adivinarse cierta empatía entre los bandos en liza y se especula de forma gratuíta sobre los planes del vencedor:

"La gente quiere la paz, compañeros, aunque les cueste mucho, con tal de salvar la vida. Y estoy seguro también que la del otro lado de las trincheras piensa lo mismo. El pueblo de aquella parte está también harto de discursos, de sangre y de miedo. Que van ganado, ¿y qué? Porque ¿quiénes son los que ganan? Unos pocos. Y los que pierden, sea cual sea el resultado final, son todos los demás, todo el pueblo, el de aquí y el de allá..." (p. 86)

"Si nos plantásemos, todavía habría mucho que hablar... ¿y qué necesidad tiene el vencedor de complicarse la vida a última hora, eh? A enemigo que huye, puente de plata, ¿no es eso? Pues en eso consiste todo: en que nos dé tiempo para marcharnos los que queramos irnos, que vamos a ser muchos, pero en buenas condiciones y no como se hizo la evacuación de Cataluña. !Menudo quebradero de cabeza que le quitamos con desaparecer de aquí! ¿Qué iba a hacer con nosotros? ¿Fusilarnos? Somos muchos. ¿Meternos en la cárcel? Pues no iba a necesitar cárceles ni nada...  Además, tendría que darnos de comer, aunque fuera poco" (p. 172)

La tercera y última fisonomía que adopta el vencedor, viene acompañada de la sorpresa que provoca en Federico el descubrir que Matilde perteneció siempre a la quinta columna. Ahí empieza el derrumbe del protagonista, su paulatino abandono de toda esperanza, de cualquier salida. La actitud de uno de los compañeros falangistas de su novia le abre definitivamente los ojos a la realidad:

 "- Como has estado en contacto con los rojos tanto tiempo, sabrás algunos nombres y direcciones. Nos ahorrarías luego mucho trabajo... Sí, camarada. Nombres y direcciones de los que hayan cometido fechorías...
La ira se le amontonó en la garganta a Olivares.. 
(Y ese chaval no me gusta. Tiene los ojos de fanático. Tan joven y ya odiando de esa manera... Claro, a lo mejor tiene motivos personales para ello... !Ha sembrado tanto odio esta guerra! Todo el país está podrido de odio: el aire, la tierra, las gentes... Como no sea que la Iglesia nos eche una mano... ¿Pero será capaz de defendernos y de pedir piedad para los vencidos?)" (p. 314-316)

Ya es un enemigo en el que no caben los principios porque está por completo despersonalizado; y se ve cómo menudean los emboscados, se practica el chaqueterismo antes incluso de que finalice la guerra, cómo todos, el que más y el que menos, arriman su sardina al fuego del ganador

Reflexiones después de la batalla

Mientras Julio Cubas y su amiga intentan una huída desesperada, muy cinematográfica, y Molina se aferra a un infundado optimismo antropológico ("Sigo creyendo, y te lo digo en serio, que no habrá represalias. Vamos, no me cabe en la cabeza" p. 369), Federico se desconecta de todo, entre la resignación y la anticipación de un exilio interior, simbolizado en el hecho de enfrascarse en la lectura de la Historia de Roma de Theodor Momssen, concretamente los episodios relativos a las guerras civiles. En una recreación cervantina, Molina arroja al fuego los libros de Marx, Engels, Sorel, Bujarin... que tenía en su poder ("Siempre me toca quemar papeles y libros después de cada fracaso... Y no creas que es fácil. Parece al pronto que el papel arde fácilmente. Pues no es así...¿Será por las ideas que lleva dentro?", p. 366). Junto él, en la cocina familiar, Federico desgrana las razones que han podido llevarles a la derrota, como las disensiones entre las facciones republicanas ("Nunca hubo en nuestro campo unanimidad de criterio"), la actitud de las potencias extranjeras ("se internacionalizó [la guerra] y eso fue lo peor que pudo ocurrirnos...el principal [enemigo] ha sido Inglaterra, por encima de Alemania e Italia") o las características del adversario:

"En la otra zona estaban los hombres experimentados, los que van a lo práctico; y, en la nuestra, los ideólogos... Aquí, ni Franco hubiera podido hacer la unificación. Y aunque hubiéramos ganado la guerra, ¿qué? A saber lo que hubiéramos hecho después. Yo creo que hubiera pasado lo mismo que con la República, que entre todos la mataron y ella sola se murió" (p. 367)

Y otro motivo, en mi opinión, el más significativo:

"- Hemos pasado revista a alguna de las causas de nuestra derrota, pero algún día tendrá que hablarse de las conductas. Porque ¿qué me dices de aquellos célebres escritores e intelectuales que trajeron la República y que fueron nuestros maestros? Ellos nos lanzaron (hablo de los estudiantes de mi generación) a la lucha por una  España nueva, y luego, a la hora de la verdad, se pusieron al margen y nos dejaron en la estacada. !Qué faena! ¿Qué se creían ellos que iba a pasar cuando el pueblo jugara el papel que ellos le habían escrito? Yo no sé qué pensaron. Tal vez que el drama político y social de España podría ventilarse como un acto académico, ¿no? Pero ¿no habían denunciado ellos el hambre y el atraso de nuestras gentes? ¿Es que luego, con decir que aquello no era lo deseado y hacer frases se puede uno retirar por el foro mientras los españoles se despedazan? !Qué asco!" (p. 368)

7 comentarios:

José Mª Sánchez dijo...

Excelente! A mi también me atrajo mucho esta novela. Un saludo.

elena clásica dijo...

Querido Nacho:

Nos traes a un autor extraordinario para una fecha bien marcada en nuestra historia.

El sentimiento íntimo de cada personaje en este novelista, trasunto de cada uno de los lectores, y más allá de los seres humanos a los que toca vivir el fracaso o la victoria en una contienda bélica, aparece reflejado con una hondura y una sensibilidad exquisitas en sus obras.

De Lera huye de una politización fácil, de una ideología intransigente. Pero no pasa de puntillas sobre la realidad, sobre la soberbia de los vencedores amparados por el poder político y militar, sobre la absurdidad de un poder fáctico que bajo el nombre de la religión se convierte en la reserva espiritual de occidente en el más puro estilo intolerante, cruel y asesino de los tiempos de la Inquisición.
Tampoco hay una defensa a ultranza de la calidad de los teóricos que amparados por bellas palabras y bajo fáciles consignas abandonan a muchos miles bajo una maquinaria sangrienta.
Más allá de la autocomplacencia, Ángel María de Lera examina el trasfondo histórico de los acontecimientos y la realidad cotidiana de personas desamparadas con su frágil corazón. Ellos nos muestran la paleta completa de los colores de la vida: desde los más nobles, valientes, entregados, a las personas que simplemente tienen miedo y no entienden de poderes políticos hasta los arribistas, traidores, mezquinos y viles: ¿Cómo olvidar alguna vez el momento en que conocemos verdaderamente a Matilde?

Te centras, Nacho, en una novela grande. En mi ánimo quedarán también otras de sus obras, como "Los olvidados", es tal la carga de desesperanza, de espanto en el acontecer del espíritu, ¡imposible desatender el tono gris que acecha!

A su vez "Los clarines del miedo", es una obra simbólica de miedo más ancestral del ser humano, del más profundo. Así como en "Las últimas banderas", la más terrible certeza es enfrentarse a la fibra demoledora de las personas, más allá de las circunstancias, a veces fortuitas de sus filiaciones políticas.

Ángel María de Lera me ha llevado directamente al recuerdo de otro maestro: Francisco Ayala, no, no todos tenían la conciencia de Santolalla, el inolvidable protagonista del relato "El Tajo" en "La cabeza del cordero". Como aquel exiliado en "El regreso" de la misma obra, que descubre cómo su amigo, querido amigo, lo había denunciado para que fuera capturado y ejecutado.

Asistimos en "Las últimas banderas" a una sensación, que me ha gustado mucho como defines, algo así como el miedo irracional de "El ángel exterminador", las puertas que se cierran no son seguramente las de las fronteras, al menos para muchos, más allá están las que descubren el alma infame de algunos. Difícil trance...

El tono gris, el grito desgarrador de la desesperanza, de la humanidad herida, el hambre que toma forma propia, me llevaron también a "Nada" de Carmen Laforet, donde no ocurre nada, nunca ocurre nada y ese no ocurrir nada, quiere decir que algo está pasando.

Un privilegio gozar de esta entrada, de este homenaje al gran escritor y a otros escritores y novelas que me trajiste al recurdo consciente.

Un abrazo, Nacho, para mi Carmen otro desde la intensa perspectiva espiritual que nos une.

Nacho Díaz-Delgado Peñas dijo...

Muchas gracias, Elena. Tus aportaciones enriquecen enormemente el texto, contextualizándolo de forma magistral. Completamente de acuerdo con la referencia a "Nada". La oba de Lera ha sido un auténtico descubrimiento, y no me había asomado antes a ella por puro prejuicio: haber obtenido el premio Planeta. Un abrazo

GERIÓN dijo...

Hola Nacho.

Enhorabuena, me alegro de que mis humildes referencias hayan servido para que escribas este magnífica entrada, contribuyendo con ello a reivindicar la figura y obra de Ángel María de Lera.

Muchas gracias por todo y recibe un cordial saludo.

Marina Escobar dijo...

increíblemente bueno tu artículo, como siempre. Estoy deseando leer el libro.

Anónimo dijo...

Por casualidad, buscando en casa de una amiga un "librito fácil" de leer en la playa hace pocos dias, me encontré con Las Ultimas Banderas.Me ha fascinado, me emocionó. Podría llenar páginas de lo que tus padres y abuelos te contaban y que están magníficamente relatados en esta novela. Qué buen libro.

Anónimo dijo...

Hola:
Estoy releyendo el libro después de 20 años. Siendo adolescente me emociono sideno adulto me recuerda que es España. Soy del 65 he crecido oyendo hablar de la guerra a los que la vivieron pero ya con años por medio, sin apasionamiento.Ademas también eran militares y de Madrid.
El libro es recordar las historias de mis abuelos y mis padres y la imagen del Madrid de la guerra que da el libro coincide con mi imagen familiar.
Es un libro que me ha querer la lectura.