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miércoles, 15 de octubre de 2014

Resurrección de Lazar(ill)o






Si Carmen no quiere sacarle partido a su reflexión, lo haré yo: es lo malo que tiene no registrar adecuadamente las ideas que se nos ocurren, que viene cualquier mandria desocupado y se apropia de ellas sin el menor recato y disimulo. No es mi caso, que conste. Yo citaré, de hecho estoy citando, la fuente autorizada y, con un poco de suerte, le animo de esta manera a plasmar negro sobre blanco este y otros muchos pensamientos que comparte conmigo.

El asunto tiene enjundia, y como punto de abordaje de un análisis de la cultura resulta impecable y atractivo. Admitiendo que las cimas literarias y biográficas de un pueblo o comunidad son representativas y dicen mucho de aquellos que las produjeron y dieron cobijo, y del ambiente que respiraron y de alguna manera transmitieron generación tras generación hasta el día presente, basta con dar una vuelta por el panorama español para echarnos las manos a la cabeza y pedir asilo político a Liechtenstein.
Un puñado de ejemplos tomados de la literatura y de la vida real son suficientes para mover a una meditación convulsa y sobresaltada, pues nuestro Siglo de Oro, aquel en el que consciente o inconscientemente nos queremos ver singularizados y diferentes de los demás, parió nada más y nada menos que a Alonso Quijano, Celestina, Lazarillo y Cristóbal Colón. Obviamente, a muchos más. Pero si desgajamos estos cuatro pilares del edificio que conforma nuestra cultura, lo que quedaría de ella no sería más que un amasijo deforme e irreconocible, un monigote en el que no sabríamos (ni querríamos) vernos retratados.
Quijote, Celestina, Lazarillo y Colón que, aunque genovés de nación, su vida solo cobra sentido en nuestro suelo... Un loco, una puta, un golfo ladronzuelo y un visionario irresponsable.... Un zumbado que tenía a torteruelo a todos los que le rodeaban, una vieja bruja intrigante y aduladora que se lucraba explotando y estimulando los instintos más rastreros de la gente, y un constructor de castillos en el aire que, sin la más mínima certeza científica de la viabilidad de su proyecto, se embarcó en el mismo con el dinero de los demás y murió sin tener la menor idea del lugar al que había llegado.

Parece triste que cinco siglos no sean suficientes para que estos tipos dejen de encarnarse una y otra vez y regresen definitivamente a su mundo de fantasía y pesadilla, de cuyos ropajes literarios nunca se debieron desprender. Hoy, como ayer y como mañana, padecemos la resurrección del Lazarillo (!ay, el episodio de Lázaro y el ciego!) que, amarradito a otros espectros del mismo jaez, y sin ocultar sus aviesas intenciones, se pavonea por esta triste España con tremenda desfachatez y trompetería, adueñándose de carteras ministeriales, escaños parlamentarios, cargos directivos de partidos y sindicatos, consejos de administración, fundaciones sin fundamento, puestos de responsabilidad (para los que no están ni medianamente preparados) de pequeñas, medianas y grandes empresas públicas, privadas y mediopensionistas, donde sientan sus reales hasta hundirlas en el fango.

Ya va siendo hora de que los locos, las furcias, los ladrones y los carísimos soñadores dejen de manejar y alterar  el curso natural de nuestras vidas, y queden reducidos de una vez y para siempre a eso que los ingleses llaman lunatic fringe, ese fleco demencial, aislado y manejable que una sociedad sana es capaz de asumir y gestionar como un mal menor. 

sábado, 29 de junio de 2013

Bajo las alas del cuervo

 “Pálidos miedos comparados con los que experimentan todos los niños en la oscuridad de sus lechos, sin poder confesárselos a nadie en la esperanza de ser comprendido, a no ser a otro niño. No hay terapia de grupo, ni psiquiatría, ni servicios sociales de la comunidad para el niño que debe hacer frente a eso que todas las noches está en el sótano o debajo de la cama, a eso que acecha, se mueve y amenaza detrás del punto donde la visión se acaba. Y noche tras noche hay que librar la misma batalla solitaria, y la única cura es que al final las facultades imaginativas terminan por anquilosarse, y a eso se le llama ser adulto.” Stephen King, Salem’s Lot, 1975


La otra noche soñó Alejandro con el Pequeño Vampiro. Allí estaba Rüdiger, en nuestra casa que, a la vez, era el colegio y mi hijo, convertido por arte de birlibirloque en un nuevo Anton, disfrutó tanto de aquel momento que, al día siguiente, nada más levantarse, le faltó tiempo para contármelo con todo lujo de detalles. No contento con ello, volvió a la carga por la tarde, y hablamos largo y tendido de los sueños, asunto que, por otra parte, me apasiona; de cómo se sirve de ellos la mente para descansar mientras procede a una ordenación de la información almacenada durante el día; de esos sueños que nos traen a los que ya no están y de los que despertamos dulcemente; o de aquellos otros que nos sumergen en una angustia que ahoga y de la que no podemos huir…. El niño fijaba la mirada en algún punto del vacío, signo inequívoco de que iba a proceder con una batería de preguntas que venía acariciando horas antes. Hasta entonces nunca había manifestado la menor curiosidad por ese mundo que habitamos mientras dormimos, por lo que no tardó en recuperar el tiempo perdido. ¡Y de qué manera! Yo respondía a su interrogatorio como buenamente podía intentando, por un lado, calmar sus inquietudes quitándole hierro al hecho de soñar, pues me daba cuenta de hasta qué punto le había afectado el asunto; y, por otra parte, de forma un tanto irresponsable, animándole, ma non troppo, a explorar ese terreno de lo irreal y fantástico a modo de entretenimiento y escape. Por la noche, cenó a toda velocidad, se duchó, y se metió en la cama cuando apenas habían dado las nueve. “¿No es un poco pronto, Alejandro? ¡Aún es de día!”, le pregunté un tanto extrañado. Con la mayor naturalidad, me respondió: “Así duermo más horas y, a lo mejor, sueño con Doraemon”.




Siempre hemos cultivado, Carmen en bastante mayor medida que yo, ese mundo de magia e ilusión que rodea a los niños. Debo confesar que a mí, en determinadas ocasiones, como las navidades, sus cumpleaños y otro tipo de celebraciones, llega a agotarme físicamente mantener tanta tensión, pero, al cabo, participo en el jolgorio de mejor o peor gana y en la medida de mis posibilidades. Quedan en la historia familiar aquella bruja que se escondía en un armario del piso de mis suegros y a la que el abuelo Fernando logró arrebatarle hace años un jirón de su vestido. O la casa de los tres cerditos completamente arruinada por las fechorías del lobo, uno de los primeros hitos que hay que superar si queremos alargar un tanto los paseos en el Pantano….

Algunos de los educadores que han estado a cargo de nuestros hijos insisten en el carácter infantil e inmaduro que comparten los tres. Nos cuesta trabajo entender cómo es posible que unos niños, carne de guardería, comedores escolares y “horas extendidas” desde los cuatro meses de edad que, al contrario que la inmensa mayoría de sus compañeros, no han gozado de la entrega sin límites de sus abuelos, y que han visto a sus padres trabajar como mulas dentro y fuera de casa, sean tan infantiles e inmaduros como nos aseguran.

Habría que aclarar qué se entiende por madurez en una sociedad que contrapone este concepto al de ingenuidad, de manera que la inmadurez y el infantilismo se caracterizarán por la simpleza, la facilidad de ser engañado, la ausencia de malicia, astucia o doblez al obrar, la inocencia, la sinceridad y carencia de malas intenciones.


Es cierto que, como acabo de decir, hemos alimentado en no poca medida ese mundo mágico que no nos parece mal visiten con frecuencia, como también es verdad que siempre procuramos que tengan seguridad en si mismos, en el mundo y en la gente, sobre todo en la más cercana a ellos, y que valoren, además de lo propio, a las personas,  no en función de qué beneficio puedan obtener de ellas, si no en virtud de sus principios y del ejemplo que ofrecen. Es una tarea muy difícil, ya que a menudo hay que sustraerse del ambiente que nos rodea que muy poco ayuda.

En este empeño siempre hemos depositado toda nuestra confianza en aquellos profesores y personal no docente que durante ocho horas diarias tienen en sus manos la educación y el cuidado de los niños. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a Enriqueta y Conchi, Susana, Marta y Adolfina, Sergio, las dos Encarnas, Manolo y Gema, Sandra, Jesús, Virginia y Mª Carmen, Nieves, Elena y Esperanza… Todos ellos supieron ver más allá de las apariencias y los gestos de los críos, encauzando su energía, descubriendo sus potencialidades, corrigiendo sus defectos o advirtiendo sus temores para poder disiparlos, al tiempo que les transmitían conocimientos y, lo que es más importante: las ganas y la curiosidad por adquirirlos.

El fruto de su trabajo ahí está, y guardamos hacia ellos el afecto y el agradecimiento más sincero. Dedicados a la siembra y cultivo de una serie de valores muy poco cotizados hoy en día, como el esfuerzo, la integración, el optimismo, el respeto a la diferencia, la curiosidad y admiración por el mundo en torno…, reflejaban en todos y cada uno de sus actos la vocación propia del maestro. Esta palabra tan grande, tan cargada de significado: Maestro, está siendo sustituida hoy por la de educador, ambigua y extraña, cajón de sastre y arma de doble filo, cuando por experiencia profesional o perfil vital aún no se está a la altura de tan excelso papel.



Porque de arma letal podemos calificar aquellas artimañas, las de algunos educadores que, no contentos con renunciar a guiar al alumno en el aprendizaje y en la adquisición de las herramientas que tan útiles le serán en la vida, vuelcan todo su afán en ahondar en sus debilidades, para apartarlo del grupo, o en segar con violencia aquellas actitudes o inclinaciones, no estrictamente académicas, que le hacen destacar por encima del rebaño. Son unos auténticos maestros, pero de la exclusión y de la segregación, alrededor de los cuales gira necesariamente todo un enjambre de psicólogos, y psicopedagogos que en ocasiones les proporcionan el argumentario imprescindible para justificar todas las torpezas que tienen ocasión de  perpetrar a diario.

Recientemente tuvimos una experiencia difícil de calificar a raíz de una gamberrada infantil que había cometido Itziar. Tan grande fue para nosotros el impacto recibido, por lo inesperado, arbitrario e incomprensible, que pasamos un fin de semana toledano, de esos que no se olvidan fácilmente. Carmen, con su cabeza siempre más ordenada y metódica, no tardó en racionalizar el asunto, haciendo acopio de datos que avalaban no solo la falta de apoyatura legal de la medida adoptada (nada más y nada menos que una expulsión del centro), sino también el repudio que inspiraba entre los expertos en la materia. Pero de nada sirvió. Lo que se perseguía con la sanción era precisamente  la eliminación social, el apartamiento momentáneo de la víctima del grupo al que pertenece justo en la edad en que tanto se valora la opinión que los demás tienen de uno mismo. Es decir: la más descarada humillación.

Podemos atribuir tal decisión, con el ánimo de sortear todo conflicto, a la inexperiencia (y consiguiente inseguridad) de quien tuviera la potestad de escoger la sanción más adecuada a la falta cometida… teniendo en cuenta que en un contexto escolar el castigo no busca reprimir conductas sino encauzar comportamientos. El caso es que, a medida que avanzaba la regañina, (pues me citaron, no para consensuar la sanción más adecuada, dentro de la tradicional llamada a la colaboración de los padres con la escuela, sino solo para rubricar una decisión inapelable), se inflamaba su discurso, se multiplicaban los improperios, alusiones a denuncias anónimas y argumentos contradictorios bajo la comprensión hacia nuestra dificultad para educar correctamente a los niños. Y en un discurso que se decía  y desdecía con pasmosa soltura, afloró por fin aquello que convertía un delito aparentemente trivial en un comportamiento  intolerable y preocupante: el don de gentes de Itziar (“haga lo que haga tu hija, a la que tenemos, por otra parte, un gran cariño, le seguirán todos los demás, y eso no podemos consentirlo”) y su defensa a cualquier precio de una reivindicación reclamada por sus compañeros y de la que la niña no se iba a beneficiar pues no le interesaba lo más mínimo, pero que estaba obligada a defender en su calidad de delegada y representante de sus compañeros.

Era inevitable nuestra perplejidad ante lo que no podíamos valorar más que como una reacción violenta y algo primitiva ante el  temor de que se tambalee un mundo de adulación y ciego seguidismo que, consciente o inconscientemente,  termina por edificar una visión así del mundo. Como afirma Plutarco: “El hombre supersticioso teme la tierra y el mar, el aire y el cielo, las tinieblas y la luz, el ruido y el silencio: teme hasta los sueños

Sea como fuere el daño ya está hecho. Yo apenas acabo de salir del marasmo. Porque por encima de esa mezcla, desgraciadamente muy común hoy en día, de inexperiencia e inseguridad, se veían las negras alas del saqueador de conciencias, de ese cuervo empeñado en abortar cualquier atisbo de diferencia, en desgarrar todo conato de cuestionamiento de la arbitrariedad impuesta, ofendiendo no solo a la razón, si no poniendo en entredicho los más altos principios, con la apelación a rumores e infundios que se prestan a  tergiversaciones… dicho sea en un plano abstracto y desde el más profundo respeto.

Sin duda su intención era acelerar la entrada en la madurez de la educanda. Pero probablemente sin quererlo han pisoteado su ingenuidad (no olvidemos que ingenuidad también es sinónimo de libertad y se opone a esclavitud y servilismo), dificultando su  acceso a la madurez de la mano del tiempo y la experiencia adquirida, como es lo deseable. De momento, y como primer éxito de gestión, han conseguido confundir, en una mente en plena formación, acción de la Pastoral (loable en si misma, pero independiente de la acción docente) con actividad académica (guiada por  criterios pedagógicos y nunca doctrinales), ahondando un poco más en la dificultad que cualquier adolescente tiene para diferenciar ambientes distendidos (lo denominan así) de vida escolar. Por todo ello no puedo evitar que me venga a la cabeza aquella famosa cita  bíblica "!Ay de quien escandalice a estos pequeños, más le valdría no haber nacido¡".

Con planteamientos así no veo que se pueda establecer ningún puente ni valen medias tintas. Tampoco cabe aquello de "el mejor desprecio es no hacer aprecio", ni diplomacia, ni mucho menos elegancia.  Entablar un diálogo con quien solo acepta lo que piensa poder imponer a la fuerza es ridículo, un vano esfuerzo. Como bien dijo Churchill a Chamberlain cuando éste aprobó la invasión de los Sudetes por Hitler, con el estúpido objetivo de apaciguar a la bestia: “Te han dado a elegir entre el deshonor y la guerra. Elegiste el deshonor, y tendrás la guerra” Bastante clara tenía la bestia su meta y se perdió un tiempo precioso (y millones de vidas) en filigranas y puentes que una de las partes jamás tuvo intención de cruzar.


Por suerte en esta ocasión soy consciente de ser tremendamente exagerado (y me tranquiliza constatar que el centro por el momento no dispone de duchas ni de jabón). Sin duda el humor es una salida más inteligente que el conflicto cuando el individuo se niega a renunciar a la razón. Clasificaré este post en la categoría de Desahogos y no en Personal. Espero no terminar siendo esclavo de mis palabras.

martes, 14 de mayo de 2013

En busca de la portada perfecta


Ahora mismo no lo recuerdo muy bien, pero debió ser hacia 1987 o 1988 la primera de las dos veces que estuve en Taizé, donde se celebraban los encuentros ecuménicos organizados por el hermano Roger (Roger Schutz, 1915-2005). En aquel pueblecito de la Borgoña se reunían jóvenes de todas las iglesias cristianas (y, si no me equivoco, también de otras confesiones) para, unidos en una sola fe, orar al mismo Dios. Resultaba emocionante comprobar las adhesiones que despertaba frère Roger, tantas que el propio Juan Pablo II se dejaba caer por allí con frecuencia. A Taizé, situado a una decena de kilómetros de Cluny, acudían personas de todos los países, colores y credos, y se respiraba un ambiente festivo y distendido, nada encorsetado, muy alejado de la mojigatería y ñoñez que, en principio, las circunstancias pudieran dar a entender.


Iglesia de la Reconciliación (Taizé)


Por muchos años que pasen, nunca podré olvidar el estado muy cercano a la catarsis que se alcanzaba al escuchar a miles de voces entonar el kyrie Eleison o aquellos versos de Teresa de Jesús, “Nada te turbe, nada te espante…”, a modo de salmodia infinita, de mantra recitado con todos los acentos del mundo. Ni los árboles desnudos que amanecían el domingo de Resurrección engalanados con multicolores huevos de Pascua. También conservo memoria de la lluvia y humedad constantes, de los paseos por Cluny y su abadía, del TGV, el paradigmático tren de alta velocidad que cubría el trayecto París-Lyon y veíamos volar silencioso a lo lejos. Y de las gentes, de esos irlandeses como recién salidos de Las cenizas de Ángela que nos preguntaban muy interesados si a España había llegado la televisión, de los italianos camorreros, los polacos circunspectos, los americanos siempre admirados y curiosos, los graves alemanes… Y esas amistades por correspondencia que  se apagaban poco a poco al ritmo que se desvanecían nuestras ganas de escribir…

Por aquel entonces, yo debía estar enredado con la Confirmación y practicaba cierta vida de parroquia y catequesis. Pero anda todo tan revuelto en la espiral del recuerdo que, a la hora de llamarlo, se me presenta mezclado con fechas y personas que nada tienen que ver entre sí. Quizá en otro momento, revisando fotos, contrastando testimonios y releyendo cartas (si es que no me desprendí ya de ellas al volver alguna página de mi vida), pueda poner en pie mis dos estancias en Taizé y la de Londres, motivadas las tres por el movimiento ecuménico.


Pero hoy las prisas ganan a la reflexión y el acaloramiento e inmediatez a la mesura. Porque los sentimientos que me inspiran  los modos y maneras en que se va a verificar la confirmación de Itziar el próximo sábado 18 de mayo, en nada se parecen a lo que viví en Taizé o en la parroquia de mi barrio, y que se amontonaron el mi cabeza el domingo pasado mientras, sentado a los pies de un pilar de la nave central de la catedral de la Almudena, con Alejandro en mis rodillas acribillándome a preguntas, asistíamos los cinco al ensayo de esa especie de desagravio presentado como macro-Confirmación, verdadero espectáculo que, al igual que el Transiberiano o la muralla china, se podrá ver desde la Luna.
Interior de la iglesia de la Reconciliación


Porque contra todo pronóstico, pateando la tradición, al menos en la Archidiócesis de Madrid, las confirmaciones no las van a impartir los vicarios en las diferentes parroquias. Con la excusa del Año de la Fe (o algo así), será el Cardenal Rouco Varela, con todo su boato, y auxiliado por la friolera de más de una treintena de sacerdotes, quien administre el sacramento a unos 1200 chavales en la explanada de la Catedral. De manera que, si Dios no lo remedia (y parece que no va a ser así) entre confirmandos, padrinos, sacerdotes, catequistas y familiares de los protagonistas del acto nos concentraremos, en el sacro y regio aprisco improvisado en la Plaza de la Armería y la susodicha explanada, no menos de ocho mil personas.


Catedral de la Almudena
 

Querámoslo o no, sin consultar previamente a los interesados (en este caso: afectados), el sacramento que, con la extremaunción, debería ser el más íntimo y familiar que asumiera todo cristiano, se va a convertir en una fiesta de luz, color, calor y tenderete, en una demostración tiránica del poder de convocatoria del Papado madrileño. Lo vivido el domingo en ese pastiche que tenemos por catedral, completamente abarrotada de público, con los chicos exhibiendo el más monumental de los despistes, los padres disimulando a duras penas el cabreo, un sacerdote intentando ensayar unas canciones anodinas, el cardenal pronunciando palabras vacías y un maestro de ceremonias afanándose en que la performance quedara lucida y aconsejando, de paso, generosidad con los donativos…; toda esa escenografía que bien podría haber salido del caletre de un Berlanga o un Almodóvar, resultó algo inenarrable.


Fachada de la catedral, desde la Plaza de la Armería
 

El sentimiento religioso, como cualquier otro impulso, se evapora si no se cultiva, aunque siempre queda un rescoldo capaz de darle vida si se sabe estimular. Si bien es cierto que, por unas razones u otras, tal vez por pura pereza básicamente, hace años que me alejé un tanto de la Iglesia y su entorno, siempre he respetado a la Institución como tal y a sus miembros, y hemos procurado inculcar a nuestros hijos, además del mismo respeto, cierta afición. Personalmente, defiendo y defenderé a la Iglesia de cuantos ataques y críticas infundadas recibe tan a menudo, pues la considero depositaria de unos principios de mera conducta que todos nosotros, independientemente del ambiente en que hayamos crecido, hemos recibido en mayor o menor medida. Tampoco rehúyo sus ceremonias y liturgias, tan revestidas de espiritualidad. Y no obstante conocer (y padecer) a más de un “católico profesional”, con la palma de la mano encallecida de tanto golpearse el pecho; de esos a los que solo les falta exclamar: “¡Hay que joderse lo bueno que soy!” (luego te pago el copyright, Carmen); no obstante el gran número que suman todos aquellos que perpetran tremendas fechorías que nada tienen que ver con el mensaje que aseguran seguir y proclamar, no dejo de pensar que todos ellos no son más que una excepción, una triste anécdota que en nada enturbia una trayectoria, la de la Iglesia, cuyo balance general es positivo.
 
¿Cuántos efectivos de la policía se destinaran a este "servicio"?

Con todo y con eso, repitiéndomelo a diario desde que tuvimos constancia de lo que se avecinaba, no me abandona esa sensación de estar siendo manipulado, esa conciencia de estar regalando un tiempo y un esfuerzo que no me sobran al engrandecimiento de una causa que no es la mía. Porque una cosa es evidente: sólo se puede sacrificar el carácter íntimo y familiar del sacramento de la confirmación cuando el beneficio obtenido es superior al valor al cual se renuncia. Y ahora mismo, cuando Madrid se ha convertido en un “concentracionódromo”, todos quieren echar su cuarto a espadas y demostrar que son capaces de reunir al mayor número de personas. Esfuerzo inútil y ridículo donde lo haya pues nuestra ciudad, con cuatro millones de habitantes, es capaz de dar cabida a varias decenas de miles de personas que respondan a la llamada más insospechada y disparatada. En definitiva, poco importa el motivo que aúne, cuando lo que se persigue en realidad es una favorable reacción de los medios (una buena fotografía, un minuto en un informativo…). Que conste que yo no critico el hecho en sí. Cada cual es muy libre de aportar su granito de arena a la causa que considere más justa. Insisto en el matiz de la libertad. A nosotros nos han obligado a formar en unas filas determinadas para que el domingo 19 de mayo ABC publique una portada en la que se vea a una muchedumbre apiñada de mala manera entre el Palacio Real y la Almudena, bajo este previsible titular: “Madrid se vuelca en la Confirmación de sus jóvenes”

Yo solo pido que respeten mi derecho al pataleo.

martes, 30 de abril de 2013

Si la montaña no va a Mahoma... Segunda parte. La estrategia del piojo

De camino a la montaña se encuentran numerosos obstáculos. Se yergue, a lo lejos, poderosa y altiva, tan fría como el metal. A medida que las convulsiones del suelo han ido moldeando su fisonomía, sembraba de vástagos su entorno, unos más grandes, otros más chicos, algunos una simple meseta chata y roma, y los de más allá, de crecimiento rápido e insolente, apenas resisten las embestidas del huracán… Todos intentan imitar a su matriz, exhibiendo su majestuosidad e imperio a una escala reducida, casi ridícula, como de opereta.
De cerca, no dejan de imponer respeto, pues ocultan con su sombra a la Gran Madre, usurpando incluso su personalidad y sus destellos. Muchos dicen, sin duda inspirados por ese miedo irracional que nace de la pasta animal con que estamos moldeados, que el aventurero incauto corre el riesgo de sucumbir a su fulgor y hechizo, lo cual es un grave error pues, toda vez que pisa la cima, esta se aplasta hasta desaparecer. Pero, entonces, como por arte de magia, surge de las profundidades de la tierra otra cordillera más que se extiende indefinidamente rayando el horizonte antes de alcanzar a la Montaña. Eso, al menos, es lo que dicen.…

Bueno, no es exactamente así, o no siempre se desarrolla la acción de la misma manera. Todo depende del carácter de quien pretende llegar a la Montaña, de su fuerza y disposición, de la entereza de su ánimo. Para algunos, el terreno no se presenta tan accidentado, y la empresa más se parece a un paseo militar que a un safari delirante y peligroso. Para los más, todo adquiere proporciones ciclópeas y muy pocos se atreven a incorporar el papel de un nuevo Hércules aceptando el reto de las doce pruebas.
Porque de reto se puede calificar el empeño en sortear las piedras que un poder omnímodo y dulce, terrible y silencioso, pone bajo los pies descalzos de quien pretende desarrollar una vida plena, con sus potencialidades solo mediatizadas por los imponderables de la naturaleza, contra los que bien poco podemos hacer, no por los caprichos de esas mentes antojadizas y bienintencionadas que rigen nuestro destino..
Pocos saben que, coronada con éxito la primera de las cimas, el resto de la cadena se difumina como un espejismo y, de forma inopinada, se reduce drásticamente la distancia que nos separa de nuestro objetivo.

Contra todo pronóstico, el político no es un ente aislado, lejano e inaccesible; un compartimento estanco sin comunicación con el exterior; no habita un Olimpo apartado de la realidad, ajeno a los problemas de la gente a la que dice servir. Esta imagen de la clase política, fomentada tal vez por ella misma de forma involuntaria, aunque parezca una paradoja, facilita sobremanera la canalización del descontento. Genera unos espacios de protesta controlada donde derramar la insatisfacción y la impotencia. Heredera de la tan traída y llevada lucha de clases, en virtud de la cual la Historia se reducía a una confrontación sin tregua ni cuartel entre grupos que se concebían como unidades cerradas y compactas, formadas por miembros iguales entre si, cuyos únicos objetivos en la vida se limitaban a dominar y a no dejarse dominar, dicha cosmovisión peca, en el mejor de los casos, de una candidez infantil, de un maniqueísmo que impide alcanzar la raíz de los problemas, hipotecando cualquier análisis serio de la sociedad y sus agentes.

Bien es cierto que simplificar el mundo a una lucha entre ángeles (nosotros) y demonios (todos ellos), consuela como un bálsamo, al igual que enjugaba las lágrimas y el dolor de los afligidos aquella feliz creación del Purgatorio durante las convulsas y críticas décadas del la Baja Edad Media, con la muerte siempre presente, años de epidemias y guerras que diezmaron a la Cristiandad.
De siempre, las sociedades, y en mayor medida las modernas, son bastante permeables, aunque se hayan impuesto desde las cátedras universitarias una panoplia de esquemas y estructuras a los que tenía que amoldarse, sí o sí, la realidad, tanto la presente como la pasada, con la intención de ejercer un mayor control sobre la futura.
Esa permeabilidad, ese constante y promiscuo intercambio de modos y maneras entre la sociedad y sus dirigentes, hacen que la identificación de los responsables de los problemas resulte complicadísima. Lo que repudiamos en un político, lo estamos viendo a diario en nuestro entorno más inmediato sin apenas darnos cuenta. Por lo tanto, es necesaria una tarea previa de introspección, porque: ¿qué fue primero: la gallina o el huevo?, ¿quién corrompe a quién?...

En momentos como este de gran confusión conviene revisar nuestra escala de valores, actuar conforme a lo que nos dicte la conciencia y estrechar aún más los lazos que mantienen unido nuestro ámbito más próximo. Solo la coherencia y la honradez, la adecuación del pensamiento con los actos, nos hará fuertes y libres para hacer frente con ciertas probabilidades de éxito a la estrategia del piojo. Advierto que no es tarea fácil.
Porque todos sabemos cómo se las gasta este bichejo. No basta con localizarle y eliminarle, pues para entonces ya habrá sembrado sus huevos. Muchos creen que con su muerte se acabó el problema, ignorando que este será recurrente si no se identifica al primer transmisor y no se hace un seguimiento diario de los huéspedes hasta su total aniquilación (¡de los bichos, claro!). Con los piojos pasa como con los vampiros: existen desde hace miles de años porque nadie creía en ellos; y como con las almorranas: nadie las ha tenido nunca hasta que alguien comenta que las padece… Hay quien asegura que esos parásitos los diseminan en las entradas de los colegios los fabricantes de productos farmacéuticos orientados a su erradicación. El que no se conforma es porque no quiere…

Podemos reconocer, con nombre y apellidos, a varias de estas liendres. A una de ellas le debo la creación de este blog, pues del impacto que me produjo confirmar su maldad intrínseca salieron dos o tres reflexiones relativas a los saqueadores y esa chusma de similar pelaje. Asistí a la epifanía del horror hablando con ella, hará cosa de cuatro o cinco años. Desde entonces, se ha repetido la situación en tantas ocasiones que me es permitido sacar una ley. En estas sucesivas entrevistas con el vampiro, sin el encanto de un Brad Pitt, la agilidad verbal de la escritora Anne Rice, ni la conciencia de que si no ponía remedio me iban a sacar la sangre (y a meter la mano en la cartera) a la primera de cambio (como así sucedió), se repetían con asombrosa puntualidad una serie de técnicas extraídas de un manual pardo de habilidades sociales, como pueden ser el despliegue de una humildad desmedida, la alabanza al interlocutor (deslizando de vez en cuando alguna crítica a los que considera adversarios del mismo) y la promesa de un futuro cuajadito de posibilidades de promoción… De haber conocido a esa liendre en la actualidad, creo que no habría sucumbido a su hechizo. Nunca es tarde si la dicha es buena…





A lo que voy. El problema está tan extendido, que la clase política solo es una más de las responsables del mismo. La liendre a la que he hecho mención más arriba sigue robando y saliendo en las fotos por mucho que un puñado de personas combativas rodeen el Congreso. Todos podríamos enumerar varias soluciones que despejarían tales problemas. Pero esas medidas, en mi opinión, cargaditas de las mejores intenciones, adolecen de la falta de radicalidad que exige la gravedad del asunto. Sería como arrancar la mala hierba de un sembrado con las manos o limitarse a matar el piojo que descubrimos en una cabeza infantil. En ambos casos, y a muy corto plazo, parecería que habríamos conseguido nuestro objetivo sin demasiado esfuerzo; pero, al poco tiempo, comprobaríamos cómo se extiende la cizaña por el trigal y las liendres por el cabello de la criatura.

Si admitimos abiertamente que nos han invadido los piojos, que el mal  también está en nosotros mismos y no solo en los demás, habremos avanzado mucho en el camino de la montaña, de la recuperación de las riendas de nuestra vida.

martes, 9 de abril de 2013

Si la montaña no va a Mahoma... Primera parte. Algunas claves para entender (y soportar) la crisis


Revisando el blog, compruebo que llevo unos cinco meses, o más, sin escribir nada de política. Parecería a simple vista que suscribo lo que está perpetrando el PP, o que apruebo a pies juntillas las tácticas puestas en práctica por sus adversarios, y por eso guardo un silencio cómplice con unos o con otros. Nada más lejos.
Sucede a veces que al volcar toda nuestra energía en un trabajo determinado, ya salga este adelante o no, llega un momento que acabamos exhaustos, agotados y tan saturados que nos quema, y huimos de todo aquello que tenga algo que ver con lo que, para bien o para mal, consideramos concluido. También, con frecuencia, se cruzan asuntos que despiertan nuestro interés hasta el punto de abandonar el camino ya emprendido para enfilar una senda cuyo destino último desconocemos. Y ese nuevo itinerario nos entretiene y cautiva, porque en él todo está por descubrir. Y aunque echemos la vista atrás para saber qué ha sido de lo que hemos desechado, cuesta trabajo retomarlo, la misma pereza que provoca recuperar unas relaciones que, cuando estaban en vigor, no eran lo suficientemente sólidas.
La guerra civil, La Serena, nuestras andanzas y el rescate de recuerdos han ganado su lugar en este cuaderno que, en principio, no estaba dedicado a su cultivo. Pero, por mucho empeño que pongamos en su control, la combinación de varios estímulos de naturalezas diferentes, si no se anulan mutuamente con el roce, pueden dar lugar a un producto insospechado que no deja de perseguirnos hasta que le demos forma. Porque, ¿qué pueden tener en común estos largos meses de lluvia que han cubierto todo con un halo de tristeza, por una parte, con la formulación orteguiana de las ideas y las creencias? ¿O la letra de una canción de Luz Casal con las palabras sobre la Política (así, con mayúscula) que dejó escritas Petere en “Acero de Madrid”? En principio, nada. Sin embargo, uno de ellos me lleva al otro y al otro y al otro… en un bucle sin fin, y resulta divertido embarcarse en dicha empresa, ¿qué saldrá de todo ello?, similar a aquel juego de mesa que consistía en formar frases o palabras con unas letras que nos asignaba el azar, aceptando el riesgo de llegar, en uno y otro caso, a conclusiones peregrinas.
De cualquier manera, nos ha tocado vivir unos tiempos en que todo es posible, sin excluir el panorama más disparatado. En lo que ahora nos atañe, hemos pasado, casi sin solución de continuidad, de una fe ciega, diríase sagrada, en la política y sus gestores, a una demonización sin paliativos de la clase dirigente. No seré yo quien defienda ni a una ni a otros. Las críticas que reciben, en mi opinión, están mal orientadas, y son más suaves que las que tendrían que padecer si estuvieran formuladas con criterio. Pero habitamos un mundo maravilloso en el que todo se mezcla, lo real con lo imaginado, lo esperado con lo temido…; y si esto tiene su encanto y su tirón en la poesía, en política genera confusión y desmán.

Todos sabemos que el amor y la guerra difícilmente se sujetan a reglas. En ellos todo está permitido, pues son procesos orientados a la obtención de fines teóricamente intangibles, inmensurables: el bienestar, el resarcimiento de afrentas reales o fingidas, el honor, la tranquilidad o la venganza. La relación que ha mantenido el español tradicionalmente con la política podría calificarse de amorosa, pero en su faceta más tormentosa y patológica, con sus ingredientes de malos tratos, infidelidades, mentiras y dependencia abusiva. “Tal para cual” se titulaba la canción de Luz Casal (que, en parte, ha motivado estas líneas) donde se narraban las dificultades en la convivencia de una pareja que cayó en picado al formalizar su relación mediante un “contrato social”. Como esos amantes que un día se tiran los trastos a la cabeza para, acto seguido, perdonarse con la seguridad compartida de que el culpable de sus males es, necesariamente, un tercero en discordia, así ha transcurrido históricamente nuestra relación con la política.

Hoy, el agente distorsionador es la gran banca (o las humildes cajas). Quienes han malmetido con sus chismorreos, introduciendo el hedor de la suspicacia, son las multinacionales y las instituciones europeas (con Alemania a la cabeza, of course), deteriorando la convivencia entre los españoles y la política que, aun con los altibajos propios de un matrimonio ya mayor, discurría por unos cauces adecuados a tantos y tantos años de vida en común.
Cuando se elimina la razón en la interpretación de la cosa pública, pasa lo que pasa: en el fragor de la pasión, se confunde al enemigo, proporcionando un balón de oxígeno al verdadero responsable de nuestro tremendo estado de cosas. Esa percepción desenfocada del entorno hunde sus raíces en las creencias difusas que informan y amalgaman nuestra existencia. Si las creencias son frágiles e insolventes.. ¿qué textura tendrán las ideas que puedan concebir? José Ortega y Gasset escribió sobre ese feliz distingo entre creencias, especie de molde o continente inherente al ser humano, e ideas, las herramientas que dichas creencias fabrican para entender y dominar el mundo que nos rodea. Independientemente de todas las connotaciones peligrosas que esta teoría pueda arrastrar consigo, posee un mérito evidente, y nos facilita una clave para, si no resolver, al menos enfrentarnos con mayores probabilidades de éxito al problema que nos acucia. 
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Si asumimos la libertad del hombre, el respeto a su integridad y la fe en sus infinitas capacidades para identificar y alcanzar por sus propios medios la felicidad, así como para establecer las oportunas asociaciones con otros individuos con el fin de obtener objetivos comunes…; si abrazamos con toda sinceridad dicha radicalidad, estaríamos cimentando una creencia con tanta solidez que no tendrían cabida todas las quimeras que han pululado por doquier, inspirando esas políticas tan nefastas que nos han traído hasta el paisaje yermo y desesperanzado que hoy habitamos.
Esas creencias frágiles y difusas en que hemos crecido las últimas dos o tres generaciones, no obstante su intrínseca debilidad, se han extendido como un virus malsano con asombrosa facilidad. Como las arcillas expansivas sobre las que se edificaban muchos bloques de viviendas, llevaban la marca de la muerte al instante de nacer. Cuando el hombre, implícitamente, renuncia a ejercer la plenitud de sus facultades, delegándolas en entidades superiores al individuo a cambio de una falsa paz, entidades que, como los Estados, ostentan una inconfesada vocación de metástasis, está renunciando igualmente a su condición de ser humano, poniendo el fin último de su existencia, esa búsqueda incansable de la felicidad, con todos los medios y recursos que ha conseguido allegar para su consecución, en manos de unas terceras personas que no tienen porqué compartir, ni siquiera conocer, el concepto de felicidad que alberga el individuo en cuestión.

Esa penosa dejación de responsabilidades, que ha adquirido unos ritmos y cadencias distintos según la época que estemos tratando, jalona, con sus hitos, la inconclusa historia de la libertad, esa libertad que hoy presenta un estado comatoso. Paulatinamente, de forma casi imperceptible, ponemos en manos de partidos e instituciones la gestión de nuestros asuntos, la planificación de los detalles más insignificantes de la vida, y cuando queremos recuperar las riendas, al ser conscientes de nuestra individualidad, ya es demasiado tarde. Nace entonces la insalvable sensación de insatisfacción que acogota al hombre actual, el lamento por la pérdida, la conciencia del vacío. Y se pone en marcha toda una suerte de mecanismos de defensa, ese argumentario que recitamos desde niños, como si de un catecismo se tratara, que gira en torno a tres o cuatro ideas eje de una pasmosa eficacia y perversidad, en tanto en cuanto son ajenas a la naturaleza del hombre: la apelación a la igualdad, y la solidaridad y sacrificio, estos dos últimos ejercidos sin el necesario concurso de la voluntad, lo que les resta gran parte de la eficacia que se les supone. Pues cuando tales impulsos nacen del corazón son capaces de mover montañas. Por el contrario, al ser impuestos desde el poder y la coacción, esa apelación, en vez de ensalmo, solo sirve para enturbiar la relación entre los hombres, y entre estos, en cuanto agrupación, y los gobiernos, extendiéndose, como un susurro insidioso, esa salmodia que nadie se atreve a cuestionar: el divorcio entre la sociedad y el los gobiernos.
 Y como en esas parejas repentinamente malavenidas, se suceden los reproches, las acusaciones mal o bien fundadas, los donde dije digo, digo Diego. Y toda una vida construida de común acuerdo se tambalea, y lo que por ambas partes era aceptado con gozo, ahora se torna insoportable. Y la propia institución, ese “contrato social”, su misma esencia, es puesta en entredicho con una violencia no disimulada.

 Las normas y las reglas que nos hemos dado durante 200 años de repente pierden su valor. O, al menos, eso parece, a tenor de las exigencias y protestas de una gran parte de la gente que viene sufriendo de forma cada día más encarnizada los rigores de una crisis que se empeñan en resolver los propios autores de la misma.
Es como una pescadilla que se muerde la cola. Frente a un problema nuevo, se aplican recetas trasnochadas, que quizá, solo quizá, surtieran efecto en otros escenarios, con la lógica efusión de sangre y violencia. Desgraciadamente, la política aun conserva su encanto y su poder. ¡Cuánta razón tenía Petere cuando escribía en la ciudad sitiada de 1938, justificando su “Acero de Madrid”, esta descarada alabanza!: “…¿qué hay en el mundo más poderoso que la Política? ¿Qué hay más bello, más rico, más suave y más fuerte, más trueno y más rayo? ¿Qué ha hecho fijar las miradas y las voluntades?... La Política es la nube de fuego que guía a la nueva Poesía… La guerra no es solo la guerra, sino una parte de la Política”.
Sin embargo, me gusta conservar cierto optimismo (¿anarquista a fuerza de liberal o liberal a fuerza de anarquista?), y creo que aún estamos a tiempo de enderezar la situación, aunque el proceso va a ser largo y doloroso. Más de un siglo de “mala educación” no se corrige de un plumazo. Pero disponemos de los conocimientos y enseñanzas, de toda la historia acumulada que nos puede facilitar las herramientas precisas para alcanzar ese objetivo. Está claro. A estas alturas, a nadie se le puede ocultar que la montaña, esto es, la política, es inamovible, que por mucho que elevemos la voz, como un grito en el desierto, ella seguirá allí, impertérrita y sorda, alimentándose y engrandeciéndose con nuestra energía, cada día más inaccesible y segura de sí. Si la montaña no va a Mahoma, ¿cuándo sonará la hora de que Mahoma vaya a la montaña?



miércoles, 14 de noviembre de 2012

Una foto por 40 euros


Un espectáculo: La Serena verde como hacía años


Que el tiempo y el espacio están ligados de alguna manera ha sido y es materia de estudio y reflexión por parte de físicos, filósofos y poetas. A mis cortas entendederas se le escapan los detalles de sus cálculos y conclusiones, todas ellas cargadas de poderosas razones científicas susceptibles de réplica o debate. Sin embargo, desde muy pequeño sí he percibido la intervención del tiempo en el espacio. Y no me refiero al tiempo cronológico, al de reloj o calendario, y a su labor de desgaste; ni siquiera al tiempo meteorológico, al que tanta atención prestamos y que a menudo nos condiciona. Hablo de una acepción más anodina o convencional del tiempo, más humana de cualquier forma: es el tiempo que marcan los días de la semana, regulado por la actividad del hombre, ese trabajo que, de ordinario y dependiendo de nuestras ocupaciones, nos sustrae del entorno en que vivimos y nos movemos.
 
Paseando por el Zújar

 
Como decía, en relación al poder del tiempo sobre el espacio, conservo esas impresiones infantiles, no muy distintas de aquellas que vuelvo a sentir de vez en cuando en la actualidad. Era la luz que entraba en mi habitación en aquellas ocasiones que una indisposición me impedía ir al colegio y mi madre, tras una breve exploración que descartara pereza o fingimiento, me aconsejaba permanecer en la cama hasta que llegara el médico. Solo me levantaba mientras ella aireaba el cuarto, estiraba las sábanas y recogía la ropa y los trastos. Cuando volvía a acostarme, al cabo de unos minutos, ahí seguía esa luz, tan distinta de aquella que inundaba las aulas después de acariciar las enormes y majestuosas copas de los retorcidos pinos del patio y la torre neo-mudéjar de Santa Cristina. Quizás fuera más brillante y fría, con toques metálicos, cristalinos. Y a lomos de la luz, los sonidos de la calle: el afilador con su silbante llamada a los potenciales clientes, apostado en alguna esquina estratégica; el butanero, golpeando las bombonas a la espera de que alguien, desde la ventana, le hiciera una seña con los dedos (una, dos); el tapicero, proclamando la excelencia, baratura y rapidez de su trabajo; el repartidor de Skol, que suministraba, además de cerveza, gaseosa de Mora (Toledo) y que aumentó su oferta de productos hasta incluir dulces y mantecados… A esos sonidos se sumaban los puramente domésticos, como el de la lavadora, la aspiradora, el frenético silbido de la olla a presión o el timbre que anunciaba la visita más o menos oportuna de alguna vecina, dependiendo de lo avanzado o no del estado de las tareas planificadas por mi madre para ese día. La fiebre y ese runrún me adormecían, creando una especie de atmósfera protectora y amable.
 
 
 
 
El viernes pasado tuve una experiencia muy parecida. Cuando salimos del Pantano camino de Villanueva me invadió esa sensación de diferencia, como si el campo fuera consciente de que se trataba de un día laborable y nosotros fuéramos insignificantes (e invisibles) forasteros. Había otra luz, una calma y quietud características. ¡Qué sensación de bienestar! El pasto, de un verde poderoso y contundente, brillaba despidiendo mil destellos, meciéndose con la brisa templada de esta húmeda primavera de noviembre. Punteado de flores blancas y amarillas, recorrido por caudalosos (ayer secos) y sonoros arroyos que recogían las aguas de las colinas, se extendía como un manto ondulado hasta las sierras de Castuera y Monterrubio, en cuyas alturas se enredaban nubes esponjosas y de un blanco insultante. El momento pedía una fotografía, que decidimos posponer hasta terminar las gestiones que nos habían llevado a Villanueva.
 
 
 
 
Sobre las tres de la tarde retomamos el camino acompañados de una pequeña borrasca que, descargando parte de su contenido en el pueblo, seguía nuestros pasos. Al llegar al punto donde tanto nos había impactado el paisaje, detuvimos el coche en la carretera y salí a hacer con el móvil las fotos que reclamaba la situación. La borrasca que parecía perseguirnos y las nubes enredadas en la sierra amenazaban con unirse, oscureciendo un tanto el entorno. Aún así, tiré unas cuantas hasta que un coche de la Guardia Civil, que venía desde La Coronada, se detuvo a mi lado. Se apeó uno de los agentes y me espetó:
 
El río Zújar. Las aguas bajan ocres de tanto barro recogido

 
-¿Sabe Vd. que no puede detenerse aquí?- Me dijo en un tono de enfado, como si se tratara de algo personal.
-Sí… Bueno, creo que no molesto a nadie-Efectivamente, el tráfico era inexistente-De todas formas, ya me voy
-De momento, le voy a poner una sanción… Son 80 €, si la abona antes de 20 días, se queda en 40. Así que, suba al coche y deténgase pasado el río, a la derecha.
Estupefacto, miré a su compañero, que no sabía muy bien dónde meterse. Obedecí sin rechistar.
 
 
Canal del Zújar

Paramos pasado el Zújar e intentamos suavizar la tensión del momento, aduciendo que estábamos de acuerdo con que había cometido una falta (leve: puntualizó el agente), pero que no creíamos causar ningún perjuicio a la circulación ya que, aparte de no existir, estábamos bastante alejados de cualquier cambio de rasante que supusiera, de antemano, un peligro. Que sí, que el código de circulación lo dice bien claro, pero que también se puede contar con la flexibilidad de su intérprete y ejecutor; que, en realidad, si observamos los códigos con lupa y aplicamos con rigor todas sus normas, no hay nadie que se libre de infringir todos los días un par de veces lo estipulado en alguno de sus artículos. Eso no pareció gustarle:
-Vd. no tiene que decirme cómo debo hacer mi trabajo- Protestó el que llevaba la voz cantante, encantado de su condición de autoridad a tenor de cómo presumía del uniforme y las exageradas e inoportunas gafas de sol que no se dignó a quitarse en ningún momento- ¡Haga el favor de enseñarme la documentación!
Le acerqué lo que pedía. Carmen insistía en mantener con ese individuo una charla entre amistosa y firme, lo cual parecía gustarle:
-Señora, con Vd. sí se puede hablar. Voy a decirle una cosa. –Entonó de forma didáctica y solemne- Yo hago todos los meses 9000 kilómetros. Si a fin de mes ve mi jefe que no he puesto ninguna sanción, ¿qué cree que me diría?
-¿…?
-Pues que no estoy cumpliendo con mi obligación
-O sea, que no cumple objetivos…
-No, no… No son objetivos, son puntos. Si yo paro a un conductor y da positivo en el control de alcoholemia y me dice que no volverá a hacerlo, yo tengo que sancionarle, de todas formas. Es mi trabajo. Además su sanción (la de Vds.) es muy leve, la pueden pagar en cualquier sucursal del Santander
-A ver, un momento- Insistió Carmen- Yo creo que con un rapapolvo, con ponernos la cara colorada, el objetivo de la sanción está cubierto. Tenga por seguro que ya no se nos ocurrirá pararnos otra vez en la carretera
-No sigan por ahí, que no me van a convencer. Además, tenemos mucha prisa, pues tenemos aviso de un accidente en esta misma carretera, no sé si por allí o por allí.
-¡…!
-La ley es la ley y todos tienen que cumplirla, ¿o no?. Así que, haga el favor de firmar en este recuadro. Tengo que dársela en papel porque aquí no tengo cobertura.
Solo faltó decirnos: “Anda, continúen su camino, y no pequen más”
 
Canal del Zújar

Con el sentimiento de haber sido víctimas del sheriff de Nottingham, mezclado con el convencimiento de que la arbitrariedad y la corrupción (“Bonificación por pronto pago”) están tan arraigados que va a ser difícil la necesaria regeneración, seguimos carretera adelante, bendecidos por una autoridad que, en sus formas, nos acerca cada día más a latitudes que nunca hubiéramos imaginado habitar.
Sin embargo, no sé si será el yoga, pero el caso es que este incidente no consiguió empañar un gran día.