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viernes, 31 de enero de 2020

Una guerra sin fin. "Antes de decirte adiós" (Guillermo Galván Olalla, 2010)

"La verdad se puede contar de muchas formas. La novela es una de ellas" (p. 185)


Para Borges, el libro no es más que una extensión de la imaginación y la memoria. Nos ayuda, pues, a fijar el recuerdo, a solventar su intrínseca precariedad, a reconstruirlo cuando se trata de noticias sueltas o deslavazadas, o a levantar uno con el que nunca habíamos contado. Cuando un creador es capaz de tocar esa fibra en el lector, éste consigue establecer una relación con su obra muy difícil de romper. Algo similar me sucedió con la novela que paso a comentar, varias veces leída, anotada, manoseada, arrumbada en ese purgatorio de los libros que nunca se acaban de dar por amortizados, mientras acumula polvo componiendo un apretado pelotón que se niega a formar con aquellos otros que ya nos han dado todo lo que esperábamos de ellos.

De mi primer acercamiento a ella conservo la impresión que me causó, por un lado, la descripción de los alrededores del Puente de Segovia y de la Puerta del Ángel una fría noche de finales de marzo de 1939 y, por otro, la escena de unos niños de doce años hurgando entre los escombros de una casa bombardeada en el barrio de Lavapiés en busca de maderos con que alimentar el fuego.

Estos días se cumplen diez años de la aparición en las librerías de “Antes de decirte adiós”, sexta novela del escritor valenciano Guillermo Galván (Grao, 1950). Firmada en Tres Cantos en mayo de 2004, tardaría más de cinco años en salir de la imprenta, plazo a todas luces excesivo tratándose de un autor ya consagrado por aquel entonces. La propia dedicatoria de esta novela (“A mi padre, in memoriam por caprichos del mercado”) nos da una pista sobre el tipo de obra que tenemos entre manos: novedosa, atrevida, ¿tendrá fácil acogida?...



Efectivamente, en “Antes de decirte de adiós” se combinan a la perfección el género policíaco (la intriga, el suspense, un final insospechado), el picaresco, el romántico y el histórico, con el siempre exitoso tema del “manuscrito encontrado”, la denuncia política y la Guerra Civil (considerada prácticamente un género en nuestro mundo literario) como hilo conductor de la trama. Su estilo, que muy a menudo alcanza altas cotas de lirismo, se sirve a discreción del ritmo proporcionado por la técnica periodística, e incluso, en más de una ocasión, cinematográfica.

Su armazón estructural, de una solidez y firmeza poco comunes, vertebra  la narración en dos (quizá tres) partes perfectamente diferenciadas.


Guillermo Galván Olalla

La primera, “Cuatro días de marzo”, título que nos recuerda a los “Tres días de julio” (Luis Romero, 1967) es una novela en sí misma. En ella asistimos a las últimas jornadas de la guerra civil en Madrid. Matías Cabedo, Marcos Tobera “Marquitos”, Nick y Fidel Ubiazu, soldados pertenecientes a un batallón penitenciario de Los Llanos, bajo la atenta vigilancia del sargento Burgallo y del teniente Laviana, se trasladan a la capital para cumplir una misión un tanto extravagante, absurda y bastante arriesgada ordenada por el capitán Gandarias: rescatar el cadáver de Anselmo Carrachano, un antiguo profesor de Azaña.

“La senda de los vencidos” es el título de la segunda parte. Cambiamos completamente de registro y damos un salto de más de 20 años. Abril de 1961. Plena Guerra Fría. Fidel Castro ha afianzado su poder en Cuba, la Unión Soviética supera a Estados Unidos en la carrera espacial, un grupo de exiliados franceses en Madrid, mezclados en la trama de la independencia de Argelia, es protegido por policías españoles destinados en la Brigada de Extranjería. Uno de estos agentes, Dimas Tallón, hijo mayor de un conocido notario y consejero nacional del Movimiento, ante la insistencia de Mercedes Dávila, madre de Rosa, la novia de su hermano Rodrigo, acepta investigar los sucesos recogidos en un manuscrito que ha llegado a sus manos titulado “Cuatro días de marzo".

Podríamos considerar “Vivos y muertos” como una tercera parte de la novela, aunque parece más bien un acelerador al que llegamos después de atar los cabos que han ido quedando sueltos a lo largo de la trama. En una tensión cada vez más acentuada y, en cierto punto, frenética, se nos muestran los aspectos más turbios del ejército de África de los años 20 (informe Picasso), el mundo del cine, el soborno, la corrupción… desencadenando un desenlace verosímil que con toda seguridad satisface al lector.

“Media docena de hombres en busca de un olvido del presidente, o ex presidente, qué coño importaba ya, Azaña” (p. 20)




¿Otra novela sobre la guerra…? Sí… y no. Me voy a detener únicamente en un par de aspectos

“Cuatro días de marzo”, efectivamente, es una narración de guerra cuya trama se desarrolla en Madrid los cuatro últimos días de marzo de 1939. Se trata de una unidad independiente, autónoma, un relato de 136 páginas que tendría vida propia desgajado del conjunto de “Antes de decirte adiós”; sin embargo ésta no tendría sentido sin “Cuatro días de marzo”. Sus protagonistas están nítidamente caracterizados, huyendo del arquetipo fácil, lo que hace de ellos unos personajes creíbles, muy realistas y cercanos. Con algunos recuerdos iniciales de la ofensiva contra Huesca o la batalla del Alfambra, necesarios para comprender las especiales circunstancias del “héroe” principal, Matías Cabedo, un hombre hecho a sí mismo, con una infancia que no deja de recordarnos a la de los pícaros de las novelas de nuestro Sigo de Oro. Las alusiones al momento histórico concreto vienen de la mano de las notas de prensa (Heraldo de Madrid, El Sol, El Mercantil Valenciano), de los anuncios de la cartelera (“Gary Cooper y la Marion Davis en La espía número trece […] Pompoff y Thedy que dice el papel que están en el Variedades”, p. 79…); de las alocuciones radiofónicas en Unión Radio de miembros de la Junta; de la definitiva ruptura del frente en el sector de Pozoblanco y en Toledo, “camino de Ocaña” (p. 74); de las menciones a los escasos bares y restaurantes (El Vencejo, Casa Luis, Chicote…); y, por último, de las descripciones, a pinceladas gruesas pero expresivas, de esos lugares de una ciudad fría y gris, alfombrada de cascotes y miseria, por los que pulula el grupo de soldados de paisano un tanto alucinado, siempre desubicado: el pueblo de Vallecas, Atocha, Embajadores, Lavapiés… y el Puente de Segovia, con su glorieta, el Paseo de Extremadura y la Puerta del Ángel, escenario del prolegómeno impactante y dramático de un final no menos cruel e inesperado:

“La piedra centenaria del puente disfrazada ahora de sombra esculpida, cañada para reses destino al matadero…. A la derecha [del Puente de Segovia], el pardo cemento de la Casa de Socorro se alzaba mudo y ciego; a la izquierda, en medio de la plazoleta, el viejo cuartel de carabineros […] A una orden […] se plantaron ante los muros de un bloque evacuado, como lo estaban todos los del barrio desde que en noviembre del treinta y seis el ejército franquista se presentó en las puertas de la ciudad: a partir de esa fecha, y tras los iniciales escarceos de vaivén, ni un palmo se había movido el frente, instalado un kilómetro largo más arriba, en lo alto de la ancha calle, una zona donde cada acera estaba dominada por un bando y los combatientes se hostigaban de un lado a otro de la calzada desde parapetos y ventanas, o bajo tierra como topos cargados de dinamita. […] Bajo la protección de muros y sombras, siguieron sus pasos hasta los alrededores de la iglesia de Santa Cristina sin percibir el menor movimiento humano y, desde allí, por la Puerta del Ángel, se sumergieron entre la arboleda de la Casa de Campo hasta las cercanías de un edificio de planta baja con muros calados por la metralla y tejado milagrosamente intacto. A su pie, y junto a lo que en tiempos debió de ser un pequeño y coqueto cenador, el chico descubrió una boca de tierra bien oculta bajo un disco de metal…” (p. 114 y 116)


Vista del Puente de Segovia

Respecto a otras “novelas de/sobre la guerra” que hemos comentado en este blog, y a falta de establecer un esquema o estructura común en el que se sientan cómodas, “Cuatro días de marzo” comparte ciertos rasgos con ellas.

La ciudad de Madrid con un papel que, en cierto modo, trasciende al de mero “escenario de los hechos” (“Madrid parecía asumir con estoicismo lo inevitable” p. 42), adquiriendo un rol protagonista, humanizado (“Acero de Madrid”, de José Herrera "Petere"; "A lo lejos, una lucecita", de Manuel Chaves Nogales,  “Celia en la revolución”, de Elena Fortún, “Las últimas banderas”, de Ángel María de Lera, “San Camilo, 1936”, de Camilo José Cela…)

El héroe o actor principal como un ser desarraigado, con una vida rota, truncada (“Celia…”, “Duelo en El Paraíso”, de Juan Goytisolo, “Las últimas banderas…”,  “San Camilo…”) que concibe América como un Edén. En palabras del protagonista de “Las últimas banderas”, ese lugar “que les esperaba y donde, en su opinión, el trabajo valía más que nada y la libertad era, para los hombres, como el aire para los pájaros”

Para Matías Cabedo, encerrado en el batallón penitenciario del acuartelamiento del aeródromo de Los Llanos, la proximidad de los aviones le inspiraba, necesariamente, “Volar. Y llegar a América, a esa tierra cuya noche es nuestro día y el día nuestra noche, donde los inviernos se hacen veranos y los hemisferios se disputan la hegemonía de los puntos cardinales. América, el lugar donde se palpan estrellas nunca vistas y promesas diferentes. Buenos Aires, Caracas, Río quizá, ciudades cuyos cielos son distintos y en las que los sueños pueden ser soñados bajo otras constelaciones” (P. 28-29)

Al igual que en la novela de Ángel María de Lera, asistimos en “Cinco días de marzo” a la socorrida y exitosa escena cervantina del escrutinio de libros: “[Inés Alfaro] con una caja a su lado llena de libros y papeles que ella iba depositando ritualmente en el fuego y removía con un atizador como si cocinase un caldo de brasas […] Libros de Marx, Bakunin, Engels y otros autores que le sonaban a personajes revolucionarios, documentos de trabajo de la Agrupación Socialista Madrileña y de la UGT, proclamas y octavillas llamando a la resistencia antifascista.” (p. 50-51) De la quema se salvará "Crimen y castigo", de Dostoievski. La personalidad de su protagonista, Raskòlnikov, gravitará sobre la figura de Matías Cabedo y el ejemplar rescatado de la segura destrucción adquirirá una importancia vital hacia el final de la novela.

Con “Acero de Madrid” y “Tiempo de héroes”, de Jorge Martínez Reverte, “Cinco días de marzo” comparte una ausencia, una renuncia: en ningún momento, ni autor ni protagonistas se plantean la necesidad de proponer una reflexión sobre el conflicto que están sufriendo. Desprecian aventurar una explicación de largo alcance, lo menos circunstancial posible; parecen cerrarse a indagar en las actitudes propias y ajenas, tanto políticas como sociales, del presente y del pasado, las causas del desastre.

“También los muertos tienen derecho a que se piense en ellos” (p. 201)

Nos preguntábamos si “Antes de decirte adiós” es otra novela de guerra. Podemos añadir que es la novela de una guerra que no ha terminado aún.

El título que encabeza la segunda parte o narración, “La senda de los vencidos” y el delirante desenlace “Vivos y muertos”, parecen bastante elocuentes. Por si fuera poco, abundan las referencias a las luchas de poder dentro del Régimen, duras críticas a Franco y a su dictadura, alusiones a Millán Astray, Pemán, Manuel Aznar, la amargura de los vencidos por su doble derrota (militar y civil) o la impotencia a la hora de hacer frente a la nueva situación política. 

En abril de 1961, Madrid es una ciudad de claroscuros. Ya no es el lugar frío, gris, húmedo, con ese cielo de acero que amenaza con desplomarse sobre los actores de “Cuatro días de marzo”. Pero las borrascas no terminan de disiparse. Guillermo Galván recurre sistemáticamente a la simbología del tiempo atmosférico para ambientar el estado de ánimo de sus personajes. La guerra, como los nubarrones que descargan inopinadamente, sigue presente, y a Dimas Tallón, el agente de Extranjería protagonista de esta “segunda novela”, encargado de “custodiar” a Salan, uno de los militares franceses enredados en el conflicto por la independencia de Argelia perseguido por el gobierno De Gaulle, le recuerda todo eso al 18 de julio, “primero África y después la metrópoli” (p. 205)

Dimas Tallón, policía fumador de grifa, gran escéptico, unido sentimentalmente a una prostituta, un poco de vuelta de todo ("tiene que ser reconfortante creer en algo", p. 209), sin esperanzas ni ilusiones, enfrentado con su padre, destacado jerarca del Régimen, que representa lo que más odia, se vuelca en el esclarecimiento de los hechos narrados en un manuscrito titulado “Cuatro días de marzo”, lo que le da nuevo sentido a una existencia anodina en virtud de la similitud de lo expuesto en el texto con su propia vida.

“Al avanzar en el último capítulo, con referencias concretas al paseo de Extremadura, tuvo que tomarse un respiro. Abrumado por la familiaridad del escenario, por un aluvión de recuerdos infantiles que le llegaban en tromba como una horda invasora […] El cuartel de carabineros frente al puente de Segovia, la Casa de Socorro, la tienda de jabones de don Manuel en el número 8…; la carnicería de doña Silvestra en el 10… [el] colegio del Ave María de doña Antonia Medrano. Y de nuevo su madre, el vientre hinchadísimo como nunca y sin apenas poder dar un paso, organizando la evacuación de su casa, como se evacuaban todas las del barrio porque los fascistas, así los llamaban todos, tiraban ya desde muy cerca. Y el grupo de milicianos que cargaba su escasa media docena de muebles hasta un camión, y entre ellos, vestido como un miliciano más, a don Simón Valera, el cura de Santa Cristina” (175-176)


El estilo y el ritmo cambian de forma radical en "Vivos y muertos". La narración nos traslada a otros escenarios, como Aranda de Duero, Aranjuez, Chinchón y Pau, y se intercalan los largos testimonios en primera persona de Rodrigo Tallón, Néstor Plaza y Pedro Gandarias que, al modo cervantino de novela dentro de la novela, ponen en pie las vidas de los personajes de "Cuatro días de marzo", salvándolos de un casi inevitable olvido.


En conclusión, y para no alargar más de lo debido este comentario, "Antes de decirte adiós", con la excusa de un impecable "manuscrito encontrado", entra de lleno en el género policíaco, de suspense muy bien trabado, donde se aclaran todos y cada uno de los puntos oscuros planteados con una enorme pericia y se cierra un círculo que nos mantiene suspendidos durante toda su lectura.


"No le ibas a abandonar, y yo no podía contártelo todo antes de decirte adiós para dejarte con esa verdad comiéndote la vida" (p. 396)

Guillermo Galván. Antes de decirte adiós. 1ª edición. Madrid: Santillana Ediciones Generales, 2010. Colección "Suma de Letras". 421 p.



martes, 27 de junio de 2017

"¡Por mí, que no quede!"


Tomada de "Una vida presente" I, 1988

El 26 de marzo de 1939, en plenos estertores de la guerra civil, el ABC de Madrid publicó un artículo sin firma titulado “La división del pueblo español”. En él se podía leer lo siguiente:

"La pasión política no suele detenerse ante la verdad de las cosas. Si llega a los extremos de violencia de una guerra, menos aún. Si se trata de gentes tan poco fieles a lo verdadero como los españoles, esto se acentúa. El pueblo español está dividido, y por eso ha habido guerra. El año 36 se había perdido el sentido de la convivencia, el sentido nacional. Vivir en una nación supone que se puede discrepar cuanto se quiera, pero dentro de ciertos límites, en los que se convive. Se puede ser muy diferentes, siempre que a la vez se sea unos. En España, el socialista y el falangista o el republicano y el requeté se sentían separados y opuestos por sus opiniones; esto es justo; pero en cambio, no se sentían unidos de un modo vivo y eficaz por su origen, por su pasado, por todo su haber común y por una cosa muy importante más: por el objeto mismo de esas apasionadas actividades opuestas, que era, ¡qué casualidad!, la misma nación española. Sin acordarse de esto, no pensaron más que en sus divergencias, no contaron con los demás y cada bando se comportó como si fuese, él solo, el pueblo español. Mientras tanto, éste, dividido, más aun desgarrado, se desangraba sobre nuestros campos, a lo largo de la trágica linde de los frentes. Necesitamos rectificar urgentemente esta situación anormal; necesitamos, para eso, entenderla bien. Porque de poco nos servirá dejar el curso libre a los ríos, que ya no arrastrarán sangre mezclada, ni hacer que los ferrocarriles crucen una vez y otra el cuerpo entero de España, si no se hace lo mismo con el pueblo, hasta conseguir que vuelva plenamente a vivir como tal, con todas sus diferencias, pero sin volver la espalda a la unidad, más profunda que todas ellas, en que tiene que estar, quiera o no, irremediablemente” (Tomado de Helio Carpintero. Una voz de la Tercera España. Julián Marías, 1939, 2007, pp. 106-107)
Este texto forma parte de una serie de catorce editoriales que vieron la luz en dicho diario entre el 11 y el 28 de marzo del último año de la guerra. No está de más traer aquí, al menos, los títulos de los 13 restantes: “Juicio ante la historia” (11 de marzo), “Nuestro ejército y la paz” (12 de marzo), “Madrid, lección española” (14 de marzo), “La solución de nuestra guerra la darán los españoles” (15 de marzo), “La ocasión de la paz” (18 de marzo), “La República ante Europa, ante el mundo y ante los españoles” (19 de marzo), “La ruptura con lo anterior” (21 de marzo), “Las condiciones de la paz” (22 de marzo), “El estado de ánimo con que llegamos a la paz” (23 de marzo), “Alrededor de la paz” (24 de marzo), “El papel de los republicanos en la paz” (25 de marzo) y “La nobleza del Consejo de Defensa” (28 de marzo).
Durante demasiado tiempo dichos trabajos, en el mejor de los casos, habían pasado desapercibidos, aunque es de temer que, por lo general, hayan sido despreciados o, siguiendo la más arraigada costumbre hispana, ninguneados. Su anonimato y la forma de abordar el asunto a debate pudieron disuadir a los historiadores a la hora de tenerlos en cuenta en sus estudios sobre el final de la contienda. Basta con echar un vistazo tanto a los ya clásicos de Martínez Bande y Luis Romero, o a los publicados más recientemente por Preston o Bahamonde para comprobarlo.
¿Por qué dicho silencio? Aparte de reflejar la postura de su autor, respondían al sentir general de los miembros del Consejo de Defensa, organismo que, de unos años a esta parte, en virtud de una tendencia generalizada en la historiografía al uso, ha sido objeto de las más duras, y a menudo injustas y despiadadas, críticas. El planteamiento del asunto, tan lejos del utilizado en ambos bandos, es el propio de la mayoría de los que conforman esa Tercera España que a muy pocos interesa hoy reivindicar y a demasiados borrar sus huellas y su recuerdo.

Pero, siendo sinceros y dejando a un lado la historia-ficción o cómo nos habría gustado que hubiese terminado el asunto... ¿qué otra cosa se podía hacer? La dimisión de Azaña, la casi simultánea declaración de guerra por parte de la República (más de dos años después de iniciado el conflicto), la imposibilidad de convocar elecciones en el plazo que marcaba la ley para solventar semejante acefalia en la jefatura del Estado, solo dejaba libre el recurso constitucional al Ejército para manejar las riendas de la situación, posibilidad que ni deseaba ni contemplaba el gobierno errante y, desde ese mismo instante, deslegitimado de Negrín. En esa tesitura, con el final de la guerra en ciernes, se organiza en Madrid el Consejo Nacional de Defensa (Miaja, Besteiro, Casado, Wenceslao Carrillo, Miguel San Andrés, Eduardo Val, José González Marín y José del Río) con un único y claro objetivo: acelerar las negociaciones de paz con el enemigo, pactando una rendición en las mejores condiciones posibles. Que el resultado de las mismas (rendición incondicional) se colocara en las antípodas del deseado (rendición con condiciones), no resta un ápice de valor a las pretensiones del Consejo y al papel de todos y cada uno de sus miembros.
En tal coyuntura, en medio de esa pequeña guerra civil dentro de la guerra civil en que se convirtió la oposición a las legales y legítimas iniciativas del Consejo por parte de aquellos que deseaban continuar con la sangría a cualquier precio, Julián Marías Aguilera, un joven licenciado en Filosofía, movilizado a comienzos de 1937 y destinado en oficinas militares en calidad de traductor, entró en contacto con Julián Besteiro para ofrecerle su apoyo, este sí incondicional.

Una voz de la “Tercera España”. Julián Marías en 1939 es el título del trabajo de Helio Carpintero (Madrid, Biblioteca Nueva, 2007) donde se desvela, a lo largo de 153 páginas la autoría de dichos artículos, reproduciendo íntegramente sus textos. El estilo narrativo de los mismos, el uso holgado de conceptos de clara raigambre orteguiana tan queridos por Marías, bastarían casi por si solos para identificar a su responsable. No obstante, en el tomo primero de sus memorias (Una vida presente) publicado en 1988, Julián Marías hace referencia a sus colaboraciones político-literarias durante la guerra:
“Lo más importante, sin embargo, fue que escribí cierto número de artículos en el ABC republicano que aparecía en Madrid, dirigido primero por Elfidio Alonso, diputado de Unión Republicana y hermano de mi amiga y compañera de la Facultad María Rosa. Me pidió algunas colaboraciones, y cuando dejó el periódico continué en relación con el secretario de redacción Antonio Dorta, canario también y buenísima persona, con quien mantuve gran amistad hasta su muerte hace pocos años. ABC era el menos virulento y tendencioso de los periódicos, en una época en que todos lo eran, en ambas zonas. Cuando reanudaron la publicación de Blanco y Negro, también escribí algunos artículos; recuerdo uno sobre el tercer centenario del Discurso del método, en 1937; y otro, a fines de 1938, sobre la muerte de Unamuno dos años antes. Otros artículos, firmados unos, editoriales otros, se referían a las circunstancias españolas; a veces me asombra cómo pudieron publicarse, y sin graves consecuencias para mí, porque eran de una independencia total y no ahorraban las críticas a lo que parecía deplorable” (Una vida presente, 1, 1988, pp. 222-223). 
Año XLVIII. Nº 10, 1938.
J. Marías La formación del Ejército

Esa misma sorpresa causará a Javier Tusell (1945-2005) la lectura de sus colaboraciones en el diario madrileño cuando se procedió, en los años 80, a la edición de una amplia selección del ABC de la guerra, en tinta azul el impreso en Sevilla y en roja el madrileño. ¿Cómo era posible escribir con tal grado de libertad? Si nos atenemos al lema que Julián Marías hizo suyo y con el que hemos encabezado estas líneas: “por mí, que no quede”, se comprende que la defensa de la verdad y la lucha por la conservación de lo mejor de nosotros mismos poniendo por encima de todo la realidad de la situación, movilizara todas sus energías aun a sabiendas del riesgo real que podía correr su propia vida y la de sus seres queridos. De hecho, por él mismo confesado en estas mismas memorias, en las que brilla por su ausencia todo gesto de vanidad o vanagloria, su actuación durante esos días de marzo de 1939 es una de las pocas cosas de las que se siente realmente orgulloso.




”Para que se pudiera hacer la paz en España –y no me refiero a las negociaciones con el otro bando, que estaban totalmente fuera de mi alcance y que no eran lo decisivo-, lo primero que hacía falta era la expresión y difusión de la verdad. Era menester barrer la espesa nube de mentiras que envolvía a todos los españoles de ambas zonas desde el comienzo de la guerra, de manera que se instalaran en la realidad. Era menester que los republicanos comprendieran y aceptaran su derrota, y reconocieran en qué medida habían contribuido a ella con sus errores y sus crímenes y que los adversarios vieran también la parte que tenían en los mismos males, aunque la suerte –acaso inmerecida- los hubiera acompañado. […] Besteiro me pidió que escribiera lo que me parecía oportuno. Se enviaba a los periódicos y a las emisoras. Dio órdenes de que mis escritos se tomaran como si fueran suyos. […] Cuando pienso en mi edad, en mi insignificancia social, en mi nulidad política, siento asombro y gratitud […] Cubrí un amplio espectro de cuestiones: el balance real de la guerra, las conexiones internacionales, la necesidad de despojarse del espíritu de odio, y aun de beligerancia, el papel que los republicanos, aun vencidos, podrían y deberían representar en la paz. Besteiro estaba enteramente de acuerdo, trabajábamos cada uno por su lado, sin conexión, pero en armonía y aprobaba lo que yo escribía. A tanta distancia de edad, formación, experiencia política y todo lo que se quiera, llegamos a una amistad profunda, hecha de mutua lealtad y confianza, de participación a la vez triste e ilusionada en una empresa que nos parecía justificar nuestras vidas. Yo aportaba mi juventud, un entusiasmo que nunca me abandonó, cierta esperanza en la capacidad creadora de la realidad, que inventa sus fórmulas aun cuando parecen imposibles” (Una vida presente, 1, 1988, pp. 244-246)
Julián Besteiro (1870-1940), “modelo de liberalismo, cordura y tolerancia”

Hasta aquí, este pequeño recordatorio del papel jugado por Julián Marías durante esas convulsas semanas. La lectura de estos editoriales nos llena, a un tiempo, de tristeza y esperanza. Tristeza al comprobar cómo acabaron las cosas, qué lejos quedaba la reconciliación y la mera convivencia. Esperanza al constatar la existencia de personas profundamente liberales que pusieron su vida a una carta, sin importarles el precio de la apuesta, sin permitirse un adarme de derrotismo o envilecimiento.
 
Gracias a la iniciativa de Helio Carpintero, en un leal homenaje a la larga amistad de su familia con el filósofo, conocemos esta faceta fundamental en su trayectoria intelectual, que se puede completar con un “librito” que comentamos aquí hace unos años, "La Guerra Civil, ¿cómo pudo ocurrir?" y con otras referencias dispersas a lo largo de su obra.

Ver
La resaca de un sueño (Julián Marías. 1) 21 de junio de 2017
Encuentro (Julián Marías. 3) 4 de julio de 2017
Reencuentro (Julián Marías.4) 11 de julio de 2017
El límite de la ausencia. Continuidad y despedida. 1 (Julián Marías. 5) 25 de julio de 2017

 

viernes, 29 de abril de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Primera parte



Monumento a Elena Fortún en el Retiro

A modo de justificación

Hace ya tres años, en su blog “Carta de batalla”, Bremaneur lanzó una pregunta al aire: “¿Qué queremos leer sobre la guerra?”. Pocos días después, el 3 de septiembre, colgué este comentario al final del post: “…espero encontrar ese detalle, ese pálpito de vida que haga más inteligible el desastre. A veces me temo que solo nos queda la literatura para hacernos una idea aproximada de la realidad”.


Esa esperanza nunca me ha abandonado, y únicamente se ha visto satisfecha, aunque de forma parcial o fragmentaria, en alguna de las novelas o ensayos que me he atrevido a reseñar aquí estos últimos años, a excepción del librito de Julián Marías “La GuerraCivil, ¿cómo pudo ocurrir?”  y los relatos de Manuel Chaves Nogales reunidos bajo el título “A sangre y fuego”. Si el primero me ayudó a cimentar sobre una sólida base de pensamiento todas las ideas dispersas que había ido acumulando sobre los motivos que empujaron a los españoles a un enfrentamiento de semejante envergadura, la lectura de las narraciones del periodista sevillano supuso el descubrimiento de una forma diferente de recrear lo sucedido, un camino que se salía de lo común, una vía, esa “tercera vía” tan traída y llevada, como desconocida, silenciada y, ¿por qué no decirlo?, ninguneada por todos.



Con la impresión que me habían dejado los cuentos de Chaves Nogales todavía a flor de piel, volví a toparme con el personaje en la monumental obra de Andrés Trapiello “Las armas y las letras”, otro Eldorado, una fuente inagotable de datos y opiniones a la que siempre hay que acudir y que merece algún comentario que no puedo abordar aquí y ahora.
Encarnación Aragoneses (Elena Fortún, 1886-1952)

Y como si de un canasto de cerezas se tratara, tirando de Trapiello salió enredada otra pieza y con ella se derramó todo el cesto, mezclándose sobre el tapete lo personal y lo intelectual, los recuerdos familiares y muchas preguntas que, apena reconocerlo, ya nunca obtendrán respuesta. Porque cada libro que leemos, aparte de lo que invoca su lectura, vive unido al momento en que decidimos dejarnos llevar de su mano y a las circunstancias que lo rodean, creando otra narración, otra historia, que añaden un valor intangible y emocional al original...

Intentaré explicarme.
A finales del pasado año y comienzos de este se divulgó la noticia de la inminente reedición de la novela de Elena Fortún “Celia en la revolución”, puesta en borrador el 13 de julio de 1943, e inédita hasta 1987, 35 años después de fallecer su autora. Desde entonces, se había convertido en una de esas rarezas bibliográficas que los aficionados son incapaces de encontrar por mucho que rebusquen en librerías de viejo. El prólogo de esta nueva edición, que saca a la luz la editorial sevillana Renacimiento, corre a cargo de Andrés Trapiello, al que sigue una pequeña, demasiado escueta introducción de Marisol Dorao, biógrafa de Encarnación Aragoneses (1886-1952), la escritora que se oculta detrás del pseudónimo de Elena Fortún, y a cuya tesis doctoral en curso hacía referencia, lamentando no haber podido ocuparse de este trabajo, Carmen Martín Gaite en un ciclo de conferencias que dictó en la Fundación Juan March en otoño de 1992 bajo el título “Elena Fortún y su tiempo”. Antonio Gallego actuó como maestro de ceremonias en dicha ocasión, anunciando que en cualquier momento TVE proyectaría la serie “Celia”, con guión escrito al alimón por la salmantina y José Luis Borau. Dicha serie, que consiguió grabar en video mi cuñado después de mil insistencias de su madre y cuando habían pasado ya diez años de su estreno televisivo, se veía una y otra vez, independientemente de la calidad de una cinta gastada por exceso de uso, en casa de mis suegros con la intención de entretener, con mayor voluntad que éxito, a nuestra hija Itziar, que no contaría con más de cuatro o cinco años y que apenas era capaz de entender el aparentemente sencillo argumento de la trama. Qué duda cabe que con ello la abuela Clara recuperaba un paraíso infantil a través de una niña en la que podía verse reflejada, al haber compartido unas circunstancias vitales similares, a lomos del recuerdo de los momentos de placer que le proporcionó la lectura de su vida y andanzas. También disfrutaba sacando parecidos entre la niña que interpretaba a la preguntona e inquieta Celia e Itziar que, como no podía ser menos, salía ganadora de toda comparación.

Yo no sé si mi madre leyó alguna novela de Elena Fortún, aunque conocía los cuentos de Celia y su hermano Cuchifritín (apelativo que siempre he considerado a medio camino entre lo ñoño y lo pijo) y probablemente cayera en sus manos antes de la guerra algún ejemplar de Celia editado por Aguilar y que fueron prohibidos por la censura en 1945, curiosamente el mismo año en que se alzara Carmen Laforet con el Premio Nadal con su novela “Nada”, una novela en absoluto complaciente con la realidad que le rodeaba. Cosas de la censura. Lo cierto es que al leer “Celia en la revolución”, no he dejado de pensar en ella, en mi madre, y de recordar todas esas anécdotas que nos contaba de pequeños, mil veces repetidas, pero que en cada ocasión parecía única, ya fuera por la entonación o la emoción que se adivinaba detrás de sus palabras y sobre todo, de sus silencios. Los miedos, las penalidades, los bombardeos, el hambre, el ingenio desplegado para paliar en lo posible las necesidades y las ausencias son los motores que impulsan la vida de Celia Gálvez en la novela que vamos a reseñar, los mismos que padecieron Merche, Pili y Menchu, mi madre y sus hermanas, tres chicas de la misma edad que la protagonista, que compartían el miedo a los coches que frenaban en seco delante del portal y que, seguidos de pasos apresurados por la escalera, no auguraban nada bueno, las incursiones aéreas, o las ratas que campaban a sus anchas por las calles. De haber tenido entonces las inquietudes que ahora me acompañan, habría intentado apurar al máximo ese caudal de recuerdos, retomando un hilo ya imposible de recuperar.





Portada de la edición de 1987 de "Celia en la Revolución"