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martes, 18 de julio de 2017

Lisboa : O que o turista deve ver = What the tourist should see (Fernando Pessoa. Livros Horizonte, 2013)



Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos (Fernando Pessoa. Libro del desasosiego)

José Ortega y Gasset solía recomendar a sus alumnos la gimnasia del pensamiento, que consistía en pensar, al menos, diez minutos al día, lejos de la escritura y la lectura, y comprobar así cómo se desarrolla la musculatura intelectual. ¿Se podría aplicar igualmente este consejo al recuerdo, al trabajo de rememorar, de traer al presente para desempolvarla la vida pasada? Si aceptamos como válida la importancia de la perspectiva a la hora de interpretar la realidad de ayer y de hoy, esa capacidad que tiene de darle forma, sentido y vigencia, nos encontramos ante un escenario enriquecido en el que podemos hacer pie con relativa seguridad, despejadas todas las dudas y sombras que proyectamos a la hora de recuperar un momento pretérito.

Cuando intento pescar las primeras impresiones que produjeron en mi mente infantil Portugal en general, y Lisboa en particular, me vienen a la cabeza mi tía Pili, con mi tío Celes y mis primos Rudi y Pili, veraneando en una casita baja que alquilaban todos los años en Caparica, un pueblecito próximo a Lisboa. Por aquel entonces (yo aun no había nacido) no debía ser más que un pueblo de pescadores. Pero en mi imaginación, alimentada con las historias que años después me contaban mis padres, y con esos objetos fantásticos procedentes de Portugal (vistosas gafas de sol, bolsos, toallas, accesorios varios… ¡incluso mantequilla “a media sal”!) que traían invariablemente cada vez que iban a Badajoz, o venían mis tíos y primos a Madrid, se iba construyendo un Portugal estupendo, impregnado de un glamour y un bienestar muy alejado del prosaísmo común a una familia numerosa, la mía, que vivía sin estrecheces, pero con lo justo, en un popular barrio madrileño.
Acepto que la realidad portuguesa de los primeros años setenta poco tuviera que ver con la que yo me había forjado. Pero esta, para mi gobierno, me resultaba al menos tan válida como la otra, cuyos detalles, atrapados al vuelo entre noticias y comentarios, muchos de ellos a media voz, como en susurros, se me escapaban por completo. Igualmente, de mis primeras visitas a Portugal, de las que dan fe algunas fotografías conservadas en los álbumes familiares, no conservo un recuerdo tan vivo como esa impronta a la que acabo de hacer referencia, sin contar con una escala que hicimos en el Pantano, volviendo de Portugal, con una varicela galopante que me impedía salir del coche. De ese momento solo recuerdo la fiebre y una mujer de negro, con un bebé en brazos, apoyada en el marco de la puerta de una especie de nave. Pero eso ya es otra historia...

En este mismo blog y en 2012, aprovechando la coyuntura de las sucesivas olas de calor que, como las presentes, atravesábamos, sin un amago de estoicismo por lo que a mí respecta, dejé por escrito un recuerdo lisboeta, quizá el primero realmente constatable:
Hace más de 25 años, y en unas circunstancias muy similares, estábamos mi hermano José Ramón y yo en casa de mis padres, en el Pantano. Mi padre, bastante comedido y paciente por lo general, se veía tan crispado por el calor que tomó una decisión arriesgada y aventurada. Cogimos el coche (yo me acababa de sacar el carné, esto sería sobre el 85-86) y con lo puesto (“Y lo que me quito cuando me acuesto”, como apostillaba mi madre cuando se refería al equipaje más escueto posible) nos marchamos a Lisboa. Recuerdo que cogimos un par de habitaciones en el hotel Ambos Mundos, muy próximo a la Rua da Prata y durante las dos o tres noches que pasamos allí nos lavaban la ropa del día para tenerla lista a la mañana siguiente. También me acuerdo del pánico que me entró, conductor novato tenía que ser, al atravesar el puente de Salazar (perdón, “25 de abril”) y desembocar en una glorieta donde no había una triste señal que regulara el tráfico. “Respeta siempre a la derecha”, me repetía mi hermano. Incapaz de controlar el desbarajuste, le dejé el volante y no volví a cogerlo. Durante esos días que pedimos asilo vital en Lisboa, tomábamos el autobús que nos llevaba a Caparica, la playa más popular de la capital, y pasábamos el día como una familia lisboeta más. Entre la playa y los paseos por la ciudad, a pie o en tranvía, transcurrieron los más agobiantes días de aquella ola de calor un cuarto de siglo atrás”
En nuestra geografía sentimental Lisboa ocupa, pues, un lugar tan destacado (Vivir otra vida, El tiempo no se detiene) que sentía como una falta de consideración, una especie de ofensa hacia la ciudad donde tan buenos momentos he vivido con Carmen y los niños, no haberle dedicado ni una sola línea a un librito que compramos durante la última estancia en casa de Marisa, en 2015. Con la lectura aún reciente de Librerías, de Jorge Carrión, decidimos acercarnos un día a Bertrand, la librería más antigua del mundo que se encuentra ahora en la Rua Garret, en el corazón del Chiado. Por comprar algo, y venciendo a mi proverbial tacañería, aparte de alguna que otra libreta que eligieron los pequeños, opté por un tomito editado por Livros Horizonte en su colección “Cidade de Lisboa”.


 
Se trata de “Lisboa : O que o turista debe ver = What the tourist should see” una “guía turística” bilingüe escrita hacia 1925, o muy poco después, por Fernando Pessoa (1888-1935) y rescatada del conjunto de su obra inédita (el famoso arca o espólio de Pessoa, hoy custodiado en la Biblioteca Nacional portuguesa) con motivo del centenario del nacimiento del autor del Libro del desasosiego pero que, por retrasos burocráticos, no vio la luz hasta 1992.

Teresa Rita Lopes, en el detallado e interesante prólogo a esta guía, nos cuenta cómo fueron repartidos entre los “exploradores” del arca los más de 27.000 inéditos de que constaba, manuscritos en papel de oficio de aquellas empresas comerciales donde prestaba sus servicios el poeta. Entre el material entregado a Maria Amélia Gomes, una de las integrantes del grupo, se encontraban 42 páginas mecanografiadas, algo poco frecuente en el conjunto de sus inéditos, en inglés y portugués, con numerosas correcciones manuscritas, lo que venía a ser una obra cerrada, presta a su publicación.

Del proyecto de esta guía que estamos comentando, que sería solo una parte de una empresa de mayor calado: “All about Portugal”, existen bastantes pistas en el espólio: “guide to travellers in Portugal”, “guide-books, desenvolvidos e resumidos, para touristes”… Lo cierto es que hacia 1917-1918 Fernando Pessoa comienza a sentir la imperiosa necesidad de combatir lo que denomina descategorização europeia o descategorização civilizacional, es decir: elevar a Portugal (y, de paso, a Brasil) a la altura de los tiempos. En este sentido, proyecta un auténtico plan de acción dirigido a “colmatar as lacunas da informacão estrangera a respeito de Portugal”, ya que para el común de los extranjeros, si hacemos excepción de los españoles, “Portugal is a vague small country somewhere in Europe, sometimes supposed to be part of Spain”. El programa comprendía la publicación de libros y estudios orientados a la propaganda y reunidos en el mencionado “All About Portugal”, y la fundación en Londres de una revista, Portugal, en principio mensual. Esta acción exterior contemplaba la creación, en el ámbito intelectual, de un Grémio de Cultura Portuguesa, en el económico, de un “club comercial” portugués y, finalmente, Cosmopolis como institución oficial aglutinadora de tales esfuerzos. Por debajo de todo esto, aparte de la pretensión de armonizar los contrarios en un soñado nacionalismo cosmopolita, late ese aliento profético y mesiánico que, bautizado como Quinto Imperio, dibujará una línea sinuosa entre el sebastianismo y el propio Pessoa, con el supuesto impulso del malogrado y efímero quinto Presidente de la República, Sidónio Pais (1872-1918).


 
Nos encontramos, pues, con una obra de altos vuelos, que trasciende, a pesar de su brevedad -204 páginas de un texto bilingüe-, las intenciones de una simple guía turística, trasladando al lector, a lomos de una prosa bastante aséptica, carente de lirismo, casi administrativa, el orgullo que siente el autor por habitar la ciudad que describe con todo lujo de detalles. La guía comienza con el recurso literario a la figura del turista que desembarca en Alfãndega –¿no nos recuerda, acaso, a otra llegada, la del protagonista de El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago?- lo que le da pie a Pessoa a presentar la ciudad y sus servicios al imaginario visitante que se mueve en automóvil por la capital. Atravesamos con él las principales calles y avenidas, nos detenemos en cada monumento, escuchamos la historia de cada hito, conocemos el nombre de los escultores, arquitectos, pintores, diseñadores de cada plaza y rincón, de los jardines: Vítor Bastos, Mateus Vicente, Reinaldo Manuel, Verísimo José da Costa… Pessoa nos llama la atención sobre una fachada, sobre los horarios de visita a los museos, las tarifas de diversos servicios, mientras nos lleva de la mano -entramos agora, voltemos agora… tendo chegado até este ponto, o turista não debe agora deixar de visitar um dos mais belos parques de recreio de Lisboa –o Parque Eduardo VII…- para ver todo aquello que no debemos pasar por alto.
Ver, admirar, comparar... y asumir. Nos habla de las dimensiones de las grandes avenidas (Liberdade), de las fechas de construcción de los principales edificios y monumentos, de la calidad de los comercios, a la altura de cualquiera de similares características en Europa, del ocio y recreo de los lisboetas en zonas al aire libre con su media docena de bibliotecas  municipales, o en locales de  cierto empaque (Maxim's). Asistimos a la materialización de una continuidad histórica en la que no cabe el morbo de la melancolía. Desde la era de las exploraciones (Belem, los Jerónimos...; con anterioridad, la ), pasando por el delirante siglo XVIII pombalino, y todo el siglo XIX, hasta los años 20 de la pasada centuria, desfila ante nuestros ojos un proyecto de civilización cumplido y, en la mente de su autor, con claros visos de futuro.

A la guía le acompañan dos textos breves, igualmente bilingües: Jornais de Lisboa = Lisbon Newspapers –relación de diarios y semanarios publicados en la capital, con indicación “da sua natureza e da localização dos seus escritorios”-; y Uma visita a Sintra, via Queluz = A visit to Cintra, via Queluz: “O nosso automóvil avança agora definitivamente para fora da cidade”, donde nos describirá Benfica, Amadora, Queluz…
Unas mínimas fotografías de época, demasiado pequeñas para ser apreciadas en su justo valor, acompañan los textos, sirviendo de ilustración al relato.
Tenemos entre las manos un libro fundamental, de recomendada lectura antes, durante y después de una visita a la capital del Tajo y que nos puede enseñar a ver las cosas, a vernos en ellas e intentar admirarlas y aceptarnos tal como somos.












 
 


 

martes, 11 de julio de 2017

Reencuentro


“A Ortega le sorprendió que me hubiese detenido tanto, y hubiera entendido, su tesis:  “La reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del hombre”, y que me hubiera percatado de lo que es razón vital. Nuestra vinculación personal y filosófica quedó sellada para siempre” (Julián Marías Una vida presente, 1, 1988, p. 351)


En el prólogo a la cuarta edición de España invertebrada, Ortega y Gasset recogía una cita de Tácito: “quince años son una etapa decisiva del tiempo humano”, haciendo referencia al período transcurrido entre la primera edición de la obra (1920) y la que introducía con estas palabras en 1934, año bisagra en la historia de la joven II República. Esta idea, como eje del método de las generaciones históricas, tendrá su desarrollo en el volumen En torno a Galileo, y en 1949 será completada, matizada y sistematizada por el propio Julián Marías en la obra casi, casi homónima El método histórico de las generaciones.

Curioso: 1920-1934-1949…Si jugamos con esa cifra, quince, aplicándola a nuestra propia vida, y nos dejamos llevar por los encantos de la numerología, podemos llegar a conclusiones tan sorprendentes como ciertas, basadas todas ellas en el concepto de vida como argumento, trama o tragedia que se va escribiendo día a día, minuto a minuto, en tanto en cuanto tenemos capacidad de elegir una trayectoria o la contraria, en virtud de las circunstancias que tenemos a mano, y estas mismas trayectorias, proyectos u objetivos se cruzan y entrelazan con los del prójimo planteando nuevas empresas que podrán arribar o no a buen puerto, proponiendo a su vez diferentes escenarios de forma indefinida.

La de Julián Marías, como vida que fue, no se sustrae a esta gozosa interpretación. Sin profundizar demasiado, podemos trazar al menos tres segmentos vitales que responden, solapándose a menudo, a la afirmación del historiador romano:
1.      1933-1948. Con las fechas extremas en el Crucero efectuado con sus compañeros de facultad visitando todos aquellos lugares de las riberas del Mediterráneo donde nace la cultura occidental, y la creación con Ortega del efímero Instituto de Humanidades que pretendía re-iniciar, fuera de la órbita oficial, el tono académico interrumpido por la guerra y la primera postguerra. Del conocimiento del “mundo exterior”, con el consiguiente afianzamiento de aspiraciones y vocación, a la opción por la permanencia en España, consolidando una trayectoria liberal, de rescate de los valores de civilización y convivencia.


2.      1936-1951. La guerra, cómo no, deja su impronta y su enseñanza, la forma de ver las cosas se modifica, se aprecia la ruptura, el hiato entre lo real y lo oficial, la verdad y la mentira. Momento inaugural que acelera el conocimiento del entorno, el mero discernimiento, el comportamiento humano, la traición y el desengaño. Consolida su vocación de escritor (Blanco y Negro, ABC, Hora de España…). Convive con la Dictadura sin interiorizar su argumentario, sin adherirse a su discurso. Asume los reveses, encaja los golpes, supera las frustraciones… En 1951, “escritor español, profesor americano”, como le gustaba definirse, es contratado para impartir diversos cursos e inicia sus colaboraciones en la prensa española


3.      1931-1946. La instalación de la República coincide con el ingreso de nuestro autor en la Universidad. Inicio de una vida nueva, amistad con Dolores Franco, albores de su faceta intelectual, contacto con Ortega y otros maestros, estallido de la Guerra Civil, apoyo a Julián Besteiro en la tarea de liquidación de la misma, meses de prisión en 1939, ruptura del ambiente cultural en el que se había formado, imposibilidad de acceso a la docencia universitaria, veto a sus colaboraciones en prensa, sistemático ninguneo hacia su persona (silencio en torno a la concesión del Premio Extraordinario de Licenciatura, suspenso contra todo pronóstico de su tesis doctoral), boda con Dolores Franco y nacimiento de su primer hijo, publicación de sus primeras monografías de tema exclusivamente filosófico (Historia de la filosofía, La filosofía del P. Gratry…) En 1946 verá la luz Filosofía española actual en la que se pueden leer las biografías de sus maestros más admirados (y odiados por el Régimen): Unamuno y Ortega, además de las de García Morente y Zubiri. Filosofía española… constituye un hito, ejemplo de lo que se puede hacer apurando y ampliando el escaso margen de libertad concedida por el sistema vigente.


Edición de De vita beata

Son como tres dramas, con su planteamiento, nudo y desenlace, historias cerradas que dan paso a nuevos argumentos. Hoy me quiero referir solo a uno de ellos, concretamente a un fragmento de uno de esos periodos, el que se extiende entre 1939 y 1944.


Entre el 15 de mayo y el 7 de agosto de 1939 Julián Marías sufre prisión como consecuencia de una denuncia tramada por un antiguo amigo y compañero del Instituto. Su nombre permanecerá oculto hasta que, no hace mucho, lo sacó a la luz su hijo, Javier Marías. En pleno procedimiento, uno de los testigos de cargo le confesó a Dolores Franco: “Si Marías no vuelve a acordarse de que tiene una carrera, podrá vivir; en otro caso, lo hundiremos; porque gentes como Ortega, en España sobramos” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 276) ¿Cómo se podía superar semejante situación? Había terminado la carrera con cierto prestigio, colaborado en la prensa, realizado varias traducciones. Le esperaba el doctorado y trabajar al lado de sus maestros. Pero ya nada podía ser igual. Con Ortega, Zubiri y Gaos en el exilio, García Morente preparando su ordenación sacerdotal, Besteiro encarcelado y la reciente experiencia que le colocaba bajo sospecha, el mundo conocido parecía desmoronarse.



De izquierda a derecha: Zubiri, Ortega y García Morente


“Al lado de esto persistía mi vocación intelectual, nunca extinguida; el repertorio de mis estudios y lecturas; una resistencia a abatirme y darme por vencido, que nunca me ha abandonado; una fe religiosa, ciertamente puesta a prueba por unos y por otros, pero que era capaz de distinguir de todas las adulteraciones. Y un puñado de amigos leales, sobre todo –como siempre- amigas. Y Lolita. De ella dependía todo; vivía desde hacía mucho tiempo vuelto hacia ella, dándole todo lo que podía, recibiendo su maravillosa personalidad, su inagotable ternura, su inteligencia clara, su valor. Por ella valía la pena seguir viviendo y no ser un despojo, sino algo que se le pudiera ofrecer” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 280)


Edición introducida y anotada por Julián Marías


Una vez puesto en libertad, con un “sobreseimiento provisional”, se convocan en septiembre de 1939 las pruebas para obtener el premio extraordinario de licenciatura, al que optaban los alumnos que habían terminado sus estudios con la calificación de sobresaliente. Con el objeto de poder costearse el título y de continuar con una carrera y vocación a las que no quería renunciar, se presenta y lo obtiene, con la cerrada oposición de miembros del SEU que lo único que consiguieron fue que su nombre no apareciera en las listas de los premiados que se leen en la inauguración oficial del curso, el 1º de octubre.


Espasa-Calpe publicará una selección de esta obra
“Desde entonces, y durante muchos años, cada vez que hacía algo que rozara lo público, se lanzaban sobre mí con una saña que en el fondo me sorprende, dándome una importancia que sinceramente no creía tener” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 286)

Haciendo de la necesidad virtud, este alejamiento de lo público y oficial, marcará casi todo su hacer intelectual. Volcado en el anonimato, en el ámbito más estrictamente privado y rozando la invisibilidad, se dedica a la traducción mal pagada de obras de pensamiento para la Editorial Revista de Occidente (Max Scheler) y la Colección Austral (Paul Marcoy), y a dar clases de “Cultura” en una Academia que preparaba a los aspirantes a la Escuela de Caminos. Pero todo esto chocaba con su auténtica vocación tripartita: la universitaria, la filosófica y la de escritor. Vetadas como estaban sus colaboraciones en la prensa, por no hablar de la enseñanza universitaria, la única salida posible era escribir libros de filosofía. Aquí, la dificultad estribaba en que, para ser aceptados por un editor (sus posibilidades se reducían a Espasa-Calpe y la Revista de Occidente) debían tener una alta calidad y venderse bien.

Con Unamuno, en Santander


“Tanto como filósofo, tenía que ser escritor. Luego vi con claridad que para ser de verdad buen filósofo es menester ser buen escritor, pero esta condición se me impuso imperativamente para poder subsistir” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 293)
 


Tesis doctoral suspendida. Imagen de la obra antes de ser censurada con la retirada de la cubierta original


El primer fruto de este esfuerzo es su Historia de la Filosofía, un grueso volumen de 413 páginas dedicado a Lolita y que vio la luz en enero de 1941 en la editorial de la Revista de Occidente. La historia de su gestación es muy curiosa y refleja el papel de Dolores Franco en la vida de Julián Marías. Abatido, desanimado por las circunstancias que le rodeaban, Lolita le propuso poner en orden y publicar las lecciones de historia de la filosofía que durante el curso de 1933 impartió a algunas compañeras de la Facultad que tenían que superar el examen intermedio. La tarea parecía insuperable, pero Lolita, como alumna en ese momento, conservaba un puñado de cuadernos con las notas tomadas en las clases que se celebraban en la Residencia de Señoritas “los domingos, un par de horas por la mañana; y algunos días más. La historia entera de la filosofía, desde los presocráticos hasta el siglo XX; los problemas del conocimiento, la creación, la razón, la sustancia, Dios, qué sé yo. Lo más interesante es que las chicas, que eran encantadoras e inteligentes, no me tenían ningún respeto, porque yo era un estudiante como ellas; no cabía usar el argumento de autoridad; exigían entender por qué eran las cosas así, por qué tal filósofo pensaba una teoría, y por qué al siguiente le parecía inadmisible. Es decir, para que lo entendieran todo, tenía que entenderlo primero yo. No es para dicho el esfuerzo que tenía que hacer; pero, en primer lugar, lo pasábamos muy bien: era una delicia ver a aquellas muchachas curiosas, con cabezas claras, un poco irónicas, tratando de penetrar en la filosofía; pero además tuve que esforzarme en poner en claro, en sus líneas generales, toda la filosofía occidental; nadie, ni siquiera mis maestros, me había enseñado tanto como aquellas chicas” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 140-141)
 
Escrito a lo largo de 1940 en un frío piso de la C/ Encarnación

Sobre la base de dichos cuadernos, con una información evidentemente ampliada gracias la rica biblioteca personal que Marías iba engrosando día a día, después de un año de intenso trabajo y una “desusada dosis de pensamiento”, Historia de la Filosofía será el primer libro nuevo de un autor novel en la España de los cuarenta. La originalidad de todo esto estriba en que se trataba de una obra de pensamiento, escrita por un joven de 26 años, con un contenido actualizado (durante el proceso de corrección de pruebas fallece H. Bergson, noticia que será recogida en la obra), prologada por Zubiri (sibilinamente apartado de su cátedra madrileña) y que finalizaba con un párrafo que se podría considerar explosivo: “La historia de la filosofía se cierra en el presente, pero el presente, cargado de todo el pasado, lleva dentro de sí el futuro y su misión consiste en ponerlo en marcha. Tal vez en el tiempo venidero no sea ya ajena a ese movimiento España, que en Ortega ha hecho suya la filosofía”
En 1943 aparece Miguel de Unamuno. "Para entender a Unamuno, había puesto en juego lo que procedía del pensamiento de Ortega; pensé que este libro significaba... una especie de "reconciliación" real de los dos grandes maestros" 

La escritura, las clases privadas a grupos reducidos (Aula Nueva de Preparación Universitaria), la participación en modestas empresas editoriales (“Colección Ciencias del Espíritu” de la Editorial Pegaso), las traducciones, el cultivo de las nuevas amistades que van ampliando su círculo (Lilí Álvarez, José Luis Pinillos, Juan Lladó, Laín Entralgo, Enrique Lafuente, Fernando Chueca, Dámaso Alonso, Azorín, Menéndez Pidal…), la vida nueva junto a Lolita Franco, ocupan estos primeros años de postguerra. Si en octubre de 1939 la administración silencia su obtención del Premio Extraordinario de Licenciatura, en enero de 1942 hará algo parecido con su Doctorado. Antes de presentar la tesis sobre P. Gratry, Laín le propuso editarla en la colección “Escorial” de la Editora Nacional. Cuando, de forma extraordinaria, fue suspendida la tesis (en la papeleta solo podía figurar Aprobado  o Sobresaliente, aunque podía ser devuelta al aspirante), La Filosofía del P. Gratry ya se había publicado; lo único que pudo hacer la censura (aparte de darle un buen susto a Pedro Laín Entralgo) fue retirar las cubiertas de la edición para que no figurara mención alguna a la Editora Nacional ni a la colección “Escorial”.
Guillermo Lissarrague

En 1943, después de un desencuentro con la editorial Pegaso, publica en Espasa-Calpe su Miguel de Unamuno y El tema del hombre. Por su parte, Dolores Franco saca a la luz La preocupación de España en su literatura en Ediciones Adán, proyecto editorial nacido entre los alumnos de Aula Nueva y al que Marías prestó su apoyo intelectual, a comienzos del año siguiente. De estos primeros años datan las ediciones anotadas de Leibniz (Discurso de la metafísica) y de Séneca (Sobre la felicidad) Pronto le seguirá la recopilación de ensayos San Anselmo y el insensato. Con todo y con eso, la pareja Marías-Franco llegaba a fin de mes con no pocas dificultades.


1944. Recopilación de textos anteriores

Y un buen día, en la primavera de 1944, en este ambiente de angostura y precariedad recibe, por mediación de Salvador Lissarrage, una invitación de Eugenio Montes, a la sazón director del Instituto Español de Lisboa. Intelectual falangista, propone a Julián Marías dictar una conferencia en la capital portuguesa y aprovechar la ocasión para reencontrarse con Ortega, que había dejado Buenos Aires en 1942 “lleno de desilusión y melancolía”. Las pocas páginas en las que hace referencia Marías a este viaje son tan expresivas, tan emotivas, que no me resisto a traer aquí alguno de sus párrafos. Ortega, al que no veían desde el verano de 1936, recibe al joven matrimonio en la estación de Rossio. Instalados en un hotel de la Avenida da Liberdade, la primera impresión que les causa la ciudad del Tajo es impactante: “Vista desde Madrid, la capital portuguesa parecía una maravilla de prosperidad y refinamiento. Las tiendas estaban llenas de productos, muchos extranjeros; había muchos más coches, y mucho mejores. El ambiente era pacífico, con holgura y bienestar. Se trataba de una dictadura, ciertamente, pero la de Salazar no se parecía a la española: no procedía de una guerra, no había vencedores y vencidos, ni las terribles cicatrices […] No había represión, porque no había resistencia. Ambas cosas vinieron después, pero no existían en 1944. Cuando le preguntaron a Ortega qué le parecía Salazar, contestó: “Bien, muy bien; no se puede gobernar mejor a ocho millones de difuntos”” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 349-350)

Lisboa. Avenida Cinco Outubro 10.
Residencia de Ortega hasta 1945
(Fotografía: Marisa García Arévalo)
Fue una intensa semana de contacto con el maestro, con el amigo, juntos día y noche, paseando por los parques y las calles lisboetas, o en casa de los amigos del exiliado. “Teníamos hambre de palabras, de filosofía, de España, del mundo, de nuestras vidas. Nuestra amistad, tan viva, había ido madurando y creciendo en la distancia, en el silencio...” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 351)
Eugenio Montes
La conferencia proyectada por Eugenio Montes, finalmente no se pudo dar en el Instituto Español. Se optó por un gran salón de la Sociedad de Geografía. Y allí habló Marías sobre Unamuno. “Ortega había leído mis escritos, salvo el libro sobre Unamuno, que nunca quiso leer. “Yo no puedo leer un libro suyo sobre Unamuno –me dijo-; para usted es un tema; no se da cuenta de que me he pasado la vida luchando con él; me afectaría demasiado””

Sociedade de Geografía de Lisboa
“Ortega había llegado al límite de la ausencia; necesitaba volver a ver España, a vivir entre españoles. A total distancia del Estado, del régimen, quería experimentar de nuevo la sociedad española, conocer a los jóvenes, que al cabo de nueve años de exilio le eran desconocidos. Contaba con reacciones hostiles, que ciertamente no faltaron; pero sabía que eran muchos los que lo aguardaban con esperanza; y, sobre todo, que España lo necesitaba. Aquel otoño, conservando su residencia legal en Lisboa, llegó por fin a Madrid” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 353)


Lisboa. Jardim das Amoreiras



Ver:
La resaca de un sueño. (Julián Marías. 1) 21 de junio de 2017
"¡Por mí, que no quede!". (Julián Marías. 2) 27 de junio de 2017
Encuentro. (Julián Marías. 3) 4 de julio de 2017
El límite de la ausencia. Continuidad y despedida. 1 (Julián Marías. 5) 25 de julio de 2017




jueves, 9 de julio de 2015

Vivir otra vida (Verano 2014. Tercera parte)


Un rincón del Palacio de Pombal (Oeiras)


Itziar (Oeiras)
El sol, derramándose en la mullida alfombra del salón, inundaba con su luz bañada en un azul brillante nuestras mañanas. A través de la ventana, veíamos algún que otro autobús descendiendo silencioso la pronunciada pendiente de Alfonso III que desemboca en la breve Rua Nelson de Barros que, al bordear en su flanco norte el convento da Madre de Deus, recibe su nombre para adentrarse en Xábregas, acariciado por el Tajo pocos kilómetros antes de morir en el mar. Esas mañanas cristalinas y azules de Lisboa, mientras apañábamos el piso de Marisa antes de echarnos a la calle, la televisión local emitía un programa de música en el que una pieza fundamental y repetida hasta la saciedad era Chandelier, de la australiana Sia, que empezó a arrasar en España ya terminadas las vacaciones de verano. Los pequeños se alborotaban con el clip de la niña, (“!!Mamá, papá, el video de la niña que baila¡¡”) e intentaban imitar, con mayor voluntad que éxito, sus contorsiones y piruetas, o esa voz que cambiaba de registro pasando de la borrachera al lamento y al grito desgarrado.


Cacilhas


No sé por qué, pero la imagen de esa niña tocada con una peluca platino y embutidas sus escurridas carnes infantiles en unas mallas de bailarina, ejecutando una serie de movimientos y poses muy lejos de los propios de la niñez, me ha acompañado durante estos últimos once meses. Esos giros dislocados, así como la voz de Sia a ratos distorsionada y forzada por exigencias del guión, han ocupado un lugar desproporcionado, han adquirido un peso y una dimensión que no les pertenece por derecho a la hora de hacer recuento y pescar en el río de los recuerdos a recuperar del pasado mes de agosto.

La mítica Livraria Bertrand (Lisboa)

En  memoria a los portugueses caídos
durante la Grande Guerra.
Casi un año después de todo aquello, con este calor espeso que se ha apoderado de Madrid, más enrarecido aún con los rabiosos cantos de las cigarras de todo tipo, pelaje y condición que atronan día y noche sin cuartel, se echa de menos el silencio de Lisboa y a uno le gustaría descender de nuevo por la Avenida de Alfonso III, dejar a la derecha el desmonte que linda con los restos del fuerte de Santa Apolonia, donde pastan entre las basuras decenas de palomas alborotadas, enfilar la Calçada da Cruz da Pedra, que enseguida cambia su nombre por los de Rua de Santa Apolónia, Bica do Sapato y Caminhos de Ferro hasta desembocar en la plaza donde se enfrentan las impresionantes fachadas de la estación de ferrocarril bautizada con el nombre de la santa y la del Museo del Ejército, coronado con un gigantesco grupo escultórico. A estas alturas el paseante podría continuar por la Avenida del Infante Don Henrique, con su incesante tráfico rodado y sus interminables obras, u optar por Jardim do Tabaco. Lo mismo da. Con el Tajo casi convertido en mar a nuestra izquierda, y las mareas de turistas que todo lo invaden, el caminante menos avisado ya percibe la proximidad del centro de la ciudad. Jardim do Tabaco enlaza con la Rúa do Terreiro do Trigo, donde los monarcas ilustrados acumulaban el grano para distribuirlo entre los lisboetas en momentos de escasez, que no debían de ser pocos a tenor del señorío y majestad del edificio levantado al efecto. Sin abandonar el camino, ahora Cais de Santarem, poco después Alfandega, llegamos, a los veinte minutos de salir del piso, a la Praça do Comércio, que atravesamos para disfrutar de ese paseo marítimo sobre la Ribera das Naus salpicado de terrazas que compiten en chilloutismo.
Playa de Comporta
Sara (Oeiras)

Este trayecto, una y mil veces repetido durante los últimos años, es el único que los pequeños son capaces de afrontar sin manifestar la más mínima protesta. Ahí empiezan las negociaciones. La perspectiva de un día de caminata subiendo y bajando sin orden ni concierto por las empinadas calles de la ciudad, no les seduce ni poco ni mucho, por lo que solo nos queda el recurso de la playa. Fue posible visitar la Librería Bertrand, el Museo del Ejército, el de la Moneda o el ascenso inexcusable (¡ya nos vale!) al Cristo de Almada, intercalando entre unos y otros unas horitas en la Praia de Santo Amaro (Oeiras) o en la de Comporta (Setúbal). Esas horitas, convertidas en jornadas completas desde el momento en que tienes que echar mano del coche, nos depararon, no obstante, varias sorpresas.

Cala junto a la playa de Santo Amaro (Oeiras)



La playa de Santo Amaro, en Oeiras, de aguas esmeralda, es relativamente pequeña, y uno se siente trasladado, sin pensarlo, a algún lugar del Caribe, como Cuba o Santo Domingo, al estar ocupada en su mayoría por familias angoleñas, mozambiqueñas o guineanas. En este pueblecito cercano a Lisboa, se encuentra el Palacio del Marqués de Pombal con sus jardines neoclásicos, verdadero remanso de paz...

Palacio del Marqués de Pombal (Oeiras)
Por su parte, la playa de Comporta, muy conocida por los extremeños por ser de las más próximas a Badajoz, es otra cosa. Su difícil acceso, o el hecho de encontrarse rodeada por un paraje natural protegido, hace que sea frecuentada por el famoseo televisivo portugués. Más grande y abierta que la de Santo Amaro, comparten las dos una tonalidad en la coloración de sus aguas realmente de impresión.
Alejandro
Vivir otra vida… Así como la niña interpretaba un papel que no le correspondía al traducir a movimientos extravagantes la canción de Sia, yo al menos me sentía obligado, por un lado, a sumergirme en la vida de Nicolás Monardes para cumplir con el compromiso firmado con la Fundación Ignacio Larramendi para redactar la biografía del médico sevillano. Todo en Lisboa te traslada a otra época y el autor de la Historia medicinal se refería en muchas ocasiones a aquellos productos que, procedentes de Brasil, de la India o de China, arribaban al puerto lisboeta del Terreiro do Paço. Por otra parte, disfrutaba imaginando la vida en aquellos edificios levantados después del terremoto de 1755. Meses después, durante nuestra habitual visita navideña a Elvas, tuvimos la ocasión de conocer el interior de una vivienda dieciochesca, típica propiedad de un comerciante, con sus techos pintados, así como los zócalos y una pequeña capilla comunicada con el dormitorio de la dueña.

Baena


Vivir otra vida… A los pocos días de abandonar Lisboa, y con una interesante bajada de la temperatura, aterrizamos en Baena, donde pudimos saludar personalmente a los primos Pepe Cortés y Luis Salas, que ejercieron a la perfección su papel de cicerone, además de recibirnos y agasajarnos como si nos conocieran de toda la vida. Alojados en la céntrica Casa Grande (una vez más, gracias a Marisa), y de la mano de Pepe y de Luis, Carmen les puso cara a todas las historias, anécdotas, escenarios y dramas que había escuchado desde niña de labios de su madre, pisando los lugares donde se desarrollaron, entre otros,  los sangrientos episodios del verano de 1936: la Plaza y el Convento de San Francisco. Esas imágenes familiares, tan a menudo desdibujadas, de perfiles difuminados por lo inconexo de los datos con los que estaban formadas, iban adquiriendo cuerpo y sentido a medida que se contrastaba la dispersa información con que contaban unos y otros. Pero también planteaba nuevas interrogantes, lo que obligaba a adentrarse más y más en las interioridades de sus protagonistas: los abuelos y sus hermanos y primos, para recrear con la mayor fidelidad posible sus vidas. A finales de mes, regresando al Zújar desde Matalascañas, hicimos un alto en Umbrete (Sevilla), en casa de Lina Trujillo. La lectura de su novela “Los latidos del tambor”, un feliz descubrimiento, nos había acompañado durante todo el mes, excitando aún más la curiosidad de Carmen al ver en ella confirmadas muchas historias de familia. La conversación con Lina y con Juan se alargó durante horas gracias al frescor de la noche en su jardín hasta que, ya avanzada la madrugada, enfilamos al Pantano afrontando el final de nuestras vacaciones.

Inmensos olivares alrededor de Baena


viernes, 6 de septiembre de 2013

El tiempo no se detiene. Agosto 2013


Una parada en el camino, a la sombra de la Torre de Belém

Decía Unamuno que se viaja no en busca de un destino, sino para huir de donde se parte. En opinión de su contemporáneo Pessoa, alto poeta, los viajes son los viajeros, o sea: lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos. Yo estoy con Unamuno y con Pessoa, y comparto las palabras del gran Disraeli, que también pudo haber pronunciado Pero Grullo: yo he visto más cosas que las que recuerdo y recuerdo más cosas que las que he visto.

Típica calle de la Alfama. Por ahí nunca pasan los años...

¿Y alguien puede dudar, como afirmaba Montaigne, que los libros sean el mejor viático para este “humano viaje”? La polifacética y galardonada Colette, siguiendo la estela de su paisano y, un poco antes, Emily Dickinson, aseguraban que los viajes solo eran necesarios para las imaginaciones cortas y que la mejor nave para viajar era un libro.

Batalha. En los libros de arte parece más grande
Cuando Stevenson, culo inquieto donde lo haya, viajaba por el hecho de viajar, (la cuestión es moverse), Alphonse Karr ya se quejaba de que no se viajara por viajar, sino por haber viajado, signo de estos tiempos que nos ha tocado vivir. Y algo de esa triste modernidad debía barruntar Carlo Goldoni, en la Italia ilustrada, cuando afirmaba que un viajero sabio nunca debe despreciar su país, o el fabulista La Fontaine, un siglo antes, al advertir que quien mucho ha visto, poco puede retener. El belga Maeterlinck apuntará muchos años después, como quien no quiere la cosa, que lo mejor del viaje es lo de antes y lo de después…

Playa de la Aldea do Meco
Recorriendo la playa entre Matalascañas y Sanlúcar.
Parque Nacional de Doñana



Sara busca algo durante una parada en las dunas (Doñana)
Lo cierto es que, al final, como diría Pavese, no se recuerdan los días, solo se conserva el regusto del los momentos. Y aunque las instantáneas ayuden a fijar tales circunstancias, mostrándonos cada vez que a ellas nos asomamos unos rostros un poco más viejos, un poco más cansados, nunca brindarán la satisfacción completa de recuperar las sensaciones que rodearon el posado. Ahí muerde en hueso el historiador o el simple cronista, y tiene que dejar paso al poeta. Con este blog que ya casi nadie lee, aunque guardo la esperanza de que algún día lo hagan suyo nuestros hijos, en el que me empeño en encuadrar o servir de marco a las fotos que Carmen e Itziar disparan cuando estamos todos juntos, me gustaría trascender (en este caso) la mera enumeración de los días, el relato cronológico de lo acontecido: la crónica de nuestras vacaciones. Porque todo ello, forzando un poco la memoria, se puede reconstruir. Pero no prometo nada. Con un calendario en la mano, anotamos que el jueves, 8 de agosto, nos fuimos al Pantano, que entre el viernes 16 y el martes 20 estuvimos en Lisboa, o que la semana que va del sábado 24 al 31 de agosto  la pasamos en Matalascañas.

Junto a las Portas do Sol nos hicimos amigos de un senegalés
que hablaba maravillas de sus años de trabajo en Almería

Sin embargo, de ese calor que te aplasta contra el suelo y te altera hasta perder las formas, afortunadamente, no hay constancia en las fotos, y de nada vale lamentar su ausencia.


Palacio Nacional de Ajuda

Como de anécdota, bastante desagradable, eso sí, podemos calificar el tropiezo que tuvimos con unos trabajadores de las Auto-Estradas do Atlántico el sábado 17 de agosto. Debían ser las diez de la noche, plena madrugada lusitana cuando, saliendo de Nazaré camino de Lisboa, nos encontramos levantadas las barreras de la auto-estrada. Los coches cruzaban el peaje sin reducir un ápice la velocidad y por lo tanto creímos que, al igual que en las radiales que rodean Madrid, a partir de cierta hora y determinados días, con el objeto de ahorrarse unos euros en el salario de los empleados, se podía circular gratis.


Doñana. Junto al Palacio de las Marismillas

Cuando llegamos al passagem de acceso a la capital por el Norte y nos topamos con las barreras bajadas, explicamos a la señorita de la cabina lo sucedido a la salida de Nazaré, razón por la cual no teníamos títolo que validar. Ésta, ni corta ni perezosa, pretendió hacernos pagar lo mismo que si hubiéramos tomado la autovía en Oporto, esto es, ochenta y tantos euros. Evidentemente, nos negamos en redondo a ser objeto de semejante atraco. La mujer, Goldie Hawn un tanto descuidada y con unos años de más, cierto es que te repetía la normativa de aplicación sin convicción alguna. Bajamos del coche y, en un aparte, me dijo que teníamos tres alternativas: podíamos pasar a la oficina, poner una reclamación y pagar, o pagar y reclamar acto seguido, o, en voz queda, pasar de todo y continuar el camino sin abonar nada. A todo esto, ni siquiera había bajado la barrera para impedir nuestra huída. Cuando nos disponíamos a obedecer a Goldie, los coches que esperaban su turno comenzaron a impacientarse y descendió de no sé donde un empleado con toda la pinta de jefecillo a punto de perder los papeles. La rubia se encerró en la cabina y el buen señor nos dijo, en un tono muy poco habitual en nuestros vecinos, que la autopista no era nuestra y que esto no era España. Obedecimos humildemente, nos subimos al coche, y enfilamos la carretera sin mirar atrás.


Fregenal de la Sierra (Badajoz)

Bajando a la playa. Cuesta Maneli. Doñana
Por lo que nos dio a entender el trabajador de la auto-estrada, debe ser una costumbre muy extendida entre los españoles lo de saltarse a la torera los peajes pasando a toda velocidad por la barrera, siempre levantada, de adherentes. Pero no era nuestro caso, pues en todas las ocasiones en que hemos hecho uso de la autovía, excepto en ese momento, abonamos religiosamente lo establecido. Además, creemos haberlo pagado con creces aguantando durante varios días los reproches de Alejandro, temeroso de convertirse en víctima de esos guardiñas cuya presencia invocaba Carmen mientras discutíamos con la Señora (o Señorita) Hawn. Hasta la fecha, no hemos recibido ninguna notificación de la GNR (Guarda Nacional Republicana), ni siquiera de la Interpol, dándonos por prófugos.


Interiror de la abadía de Alcobaça. Panteón real
El precio de los peajes, así como el de acceso a los museos, es algo que se deberían replantear las autoridades competentes pues, unido al del combustible, siempre en aumento, se puede convertir fácilmente en el capítulo más importante dentro del presupuesto de cualquier españolito medio que se plantee pasar a Portugal.

Patio sin terminar del igualmente inacabado palacio de Ajuda
Ese mismo sábado nuestra intención primera era pasarlo en Nazaré, del que guardaba Carmen buenos recuerdos infantiles, pero decidimos pararnos en Óbidos, donde echamos toda la mañana paseando por sus calles y el adarve de la muralla, sin una triste barandilla a modo de quitamiedos.


Óbidos

Este detalle de los quitamiedos, barandillas, pasarelas, barandas o como queramos llamarle, es decir: su ausencia casi total en  lugares bastante transitados por el turista, que revisten cierto peligro e inspiran gran desconfianza en aquellos que padecen vértigo, es bastante común en Portugal. Además de en Óbidos, también se puede apreciar en la fachada del monasterio de San Vicente da Fora, donde uno se puede precipitar al vacío desde una altura de más de dos metros a poco que se empeñe.


Nazaré. Visita emplazada

De este pueblecito medieval muy bien conservado, del que, aparte de unas fiestas donde se recrean esos siglos oscuros, y que se habían celebrado unos días antes, con sus casitas de corcho y contrachapado, como de cuento de hadas, y unos rincones bien cargados de pintoresquismo, cabe destacar, entre otras muchas cosas, una librería muy bien surtida habilitada en la nave de una iglesia, próxima a la Pousada.



Atardecer en Cuesta Maneli. Doñana


Doñana. Pino de curioso crecimiento

Paisaje dunar
 Una vez comidos, nos dirigimos a Alcobaça, cuna del gótico portugués con su impresionante abadía cisterciense que hace las veces de panteón real donde descansan los restos mortales de los primeros reyes lusos, así como de Pedro I y la noble gallega Inés de Castro, mandada asesinar por su futuro suegro. La verdad, hay parentescos bastante jodidos. De allí saltamos a Batalha con tan mala pata que la imponente iglesia ya estaba cerrada y no pudimos disfrutar del espectáculo de sus vidrieras atravesadas por los rayos de un sol que, paulatinamente, se iba ocultando tras las nubes. Poco tardaron estas en cubrir el cielo, de manera que, al llegar a Nazaré, ya de noche, comenzaron a descargar una lluvia fina. Aparcamos arriba, junto al acantilado y la piedra donde la Virgen salvó a Dom Fúas Roupinho de una muerte segura cuando este, en una noche de niebla, perseguía a un ciervo. Como dice Antonio, había que rendir homenaje al caballero que le dio nombre a la calle donde se encuentra la casa de Marisa de la que tanto hemos disfrutado estos dos últimos años.

Praia da Figueirinha
No sé si sería el tiempo o el cansancio, pero Nazaré, al menos la parte del pueblo sobre el acantilado, me decepcionó un poco. Salvo la iglesia y el edificio anejo, con su preciosa logia, no aprecié en él el encanto de los pueblos portugueses, y ese espacio de la plaza, ocupado en uno de sus lados por el templo, mostraba un estilo arquitectónico bastante anodino, sin contar con el hecho curioso de las mujeres haciendo publicidad en plena calle de habitaciones de alquiler, o el exceso de puestos de venta de cachivaches turísticos, rápidamente recogidos bajo la llovizna…

En el castillo de Niebla (Huelva)
Del pueblo nuevo, el de la playa, el que se levantó tras el terremoto de 1755, nada puedo decir porque solo lo vimos desde la altura. Allá abajo, a más de cien metros, se apreciaba un grupo de surfistas recogiendo sus tablas. Como sucediera con Belém el año pasado, queda emplazado para el próximo una visita de jornada completa a Nazaré. El paseo que no pudimos dar por Belém en 2012 a causa de la lluvia, y de la andana previa, lo dimos el viernes 16, nada más llegar al piso de la Rúa Dom Fúas Roupinho, deshacer las maletas y comer. Se lo debía a Carmen y lo prometido es deuda. Nos perdimos por el barrio donde se levantan numerosos palacetes que albergan legaciones extranjeras, nos asomamos al jardín botánico e intentamos acercarnos al Palacio de Ajuda, pero nadie supo indicarnos correctamente dónde estaba. Entramos en los Jerónimos y compramos, por fin, los pastelitos típicos de Belém.

En el claustro de San Vicente da Fora
 
La mañana del domingo la dedicamos a pasear por Lisboa, que siempre proporciona rincones desconocidos por muchas veces que se pateen sus calles. Entramos en el gigantesco Panteón que ocupa la iglesia de Santa Engracia, y que fue rematado en tiempos de Salazar después de trescientos años, varias veces interrumpidos, claro está, que duró su edificación. Curiosamente, quien dio por terminadas las obras no está enterrado ni recordado allí; eso sí, los que a él se opusieron ocupan en él una sala. Subimos hasta la cúpula y la terraza que corona el edificio, después de asomarnos a la tumba de Amalia Rodrigues, siempre adornada con flores frescas. De allí, nos acercamos a los miradores de la Porta do Sol, donde tomamos algo en su terraza tan chill out (creo que esto ya lo he dicho en otro lugar), y de Santa Luzia, parada siempre inexcusable.

Palacio Nacional de Queluz

En este último mirador me hizo Carmen una foto con Itziar siendo esta un bebé de meses. Durante un par de años o tres, solíamos pasar una semana en julio en Caparica. Por la tarde, cogíamos el ferry en Cacilhas, Porto Brandao Almada y desembarcábamos en la Praca do Comércio… Pero eso es otra historia.

Alcobaça

También pudimos acceder, por fin, al interior de la que, por incompatibilidades horarias, nunca antes habíamos visitado. Regresamos a Fúas Roupinho callejeando por la Alfama, siempre deudora de una imagen que hay que conservar pase lo que pase. Por la tarde, un poco descolocados tras la siesta, decidimos coger un autobús que nos llevara al Parque das Naçoes, donde se levantaron las instalaciones de la Exposición Universal celebrada en Lisboa en 1998, y que ya conocíamos de una escapada que hicimos con Itziar en Semana Santa, cuando todavía no había nacido Alejandro, ocho o nueve años atrás.

Torre la Higuera. Matalascañas

El metro y el autobús, aparte de trasladarte de un lugar a otro, también sirven, si no para conocer, sí al menos para tener una idea aproximada de sus usuarios. La distancia entre el piso de Marisa y la Estaçao Oriente, si bien es corta cubriéndola en coche, por tu cuenta, (tomando Alfonso III hasta Infante Don Henrique y sin abandonar esta interminable avenida, se llega enseguida), se alarga perezosamente en autobús público, con numerosas paradas en los barrios de Xábregas, Madre de Deus, Marvila, Chelas…, subiendo y bajando empinadas cuestas, acercándote y alejándote del Tajo una y otra vez, deteniéndote tanto en barrios de reciente construcción, con sus flamantes edificios de viviendas de más de diez alturas, como en zonas “desmilitarizadas”, un poco arrasadas, digamos, pintorescas  Atravesamos la tan alabada Estaçao Oriente, en pleno Parque das Naçoes, cruzamos el modernísimo y animado Vasco de Gama Shoping Center, paseamos por toda aquella zona no hace mucho recuperada, bajo las ya detenidas cabinas del teleférico, con el kilométrico Ponte Vasco de Gama a nuestras espaldas y el sol apagándose en la línea del horizonte. Hay que alabar el esfuerzo invertido por los lisboetas a la hora de ganar para el caminante las orillas del Tejo. Cuando terminen las obras en la ribera del río a pocos metros de la Praça do Comércio, casi, casi se podrá recorrer en bicicleta o corriendo (el portugués es bastante presumido y le gusta cuidar su cuerpo) la distancia que separa Belém del Ponte Vasco de Gama... 

En el mirador de Santa Luzía, observando el cofrecillo adquirido en Nazaré
Si a Carmen le habíamos prometido una tarde en Belém, los niños también tenían reservada su jornada playera, aunque poco después nos fuéramos a tirar una semana en Huelva. Y ese fue el lunes. Tomamos el Ponte 25 de abril, repasamos el peaje, con las inevitables e insistentes preguntas de Alejandro sobre las consecuencias de nuestro falso delito del sábado, atravesamos Setúbal hasta adentrarnos en el parque natural de Arrábida y aparcar como buenamente pudimos en la Praia da Figueirinha, batida por las olas y la corriente, lo que limitaba el baño a una veintena de metros mar adentro. El agua, limpia y helada; la playa, hasta los topes.

Nazaré. Junto a la roca famosa

Comimos unos bocatas y con el depósito del coche en la reserva, continuamos al borde de los acongojantes acantilados del parque natural hasta alcanzar una gasolinera donde repostar. De allí, nos llegamos al Cabo Espichel con su iglesia descuidada, pelín arruinada, y las dependencias para peregrinos que escoltan el templo. Punto de peregrinación sacra y profana, fue elegido por la disparatada familia real portuguesa como lugar de descanso y entretenimiento, donde se celebraban grandiosas fiestas con música y teatro barroco.

Queluz. Por este seco canal se navegaba contemplando los azulejos

Óbidos

Un auténtico espectáculo del que solo se conservan restos abandonados, por la desidia y la incuria, de las dependencias donde se alojaban los artistas. Parecía un escenario de película del oeste americano, como de Nuevo Méjico, con su suelo de albero y un par de tenderetes destartalados que exhibían souvenir y agua fría, collares de conchas, vieiras decoradas, churros y almendras garrapiñadas. Dejamos atrás el cabo Espichel y su faro impecable, los abismos a los que no te podías asomar porque, una vez más, se les olvidó poner una barandilla y, por otra parte, existía el riesgo, este sí convenientemente advertido, de desprendimiento. A pocos kilómetros, a mano izquierda, tomamos una pequeña carretera que desembocaba en la Aldea de Meco, a cuya Praia, casi virgen, se accede bajando una pasarela de tropecientos escalones. Allí el agua no estaba tan fría como en Figueirinha, y las olas eran más espectaculares, casi tanto como la puesta de sol.

Preparándose para un chapuzón en la playa de Cuesta Maneli (Doñana)
El martes dimos por finalizada nuestra estancia en Lisboa. Recogimos la casa, cargamos el coche y aprovechamos la tarde para acercarnos a Ajuda y a Queluz, antes de volver al Zújar. Las colas enormes para entrar en el palacio de Ajuda nos hicieron desistir del intento, conformándonos con ver desde fuera su estructura inacabada pero enorme, diríase desproporcionada.

Subiendo a la cúpula del Panteón


Queluz
Esta falta de proporción, esta discrepancia entre los cánones arquitectónicos portugueses y aquellos a los que estamos acostumbrados por aquí, hemos tenido ocasión de comprobarla varias veces: en las enormes esculturas salidas de los talleres de Joaquim Machado de Castro, en el monumental Arco Triunfal diseñado por Santos de Carvalho a través del cual se accede a la Rua Augusta desde la Praça do Comércio, en el Panteón, en la estatua ecuestre del condestable, en un costado de la iglesia de Batalha, en las esculturas de la fachada principal del monasterio de Alcobaça o en la iglesia-monasterio-palacio de Mafra, cuya construcción y sus avatares sirvieron de pretexto para la novela homónima de  José Saramago. Y en Queluz. Confieso que esperaba toparme con algo parecido a La Granja, El Pardo o Aranjuez, por lo que nos sorprendió encontrarnos con un palacete “modular”, de muy pequeñas dimensiones, donde convive el estilo rocaille con el neoclásico y el rococó. Por 14 euros entramos en los jardines (creo que ya me he referido al insensato precio de los museos), no muy bien conservados, desde luego, con la mitad de sus fuentes secas, parterres sin labrar, las fachadas y carpinterías exteriores pidiendo a gritos una manita de pintura. Eso sí: los grupos escultóricos son realmente curiosos, pues aparte de a las típicas escenas mitológicas, abundan las referencias al arte teatral. Sin llegar a los extremos de abandono de la iglesia de Espichel, va por el mismo camino si no se le pone remedio. Y de nada vale el manido recurso a la crisis.


Dos jabalís al borde de las marismas de Doñana
Como viene ocurriendo los últimos años, el mes de agosto en el Zújar se convierte en un intermedio o en un preludio, en un tiempo de espera, en la línea de salida hacia las auténticas vacaciones. Los días pasan con cierta monotonía, combinando los baños en la Isla, en las varias veces consecutivas abanderada de azul playa de Orellana, algún paseo si el tiempo lo permite, o una cita o encuentro inesperados, como la oportunidad que tuvimos de conocer, por fin, a Marisa y Enrique (un auténtico y grato descubrimiento). O las dos ocasiones en que quedamos con Merche y Pedro. La primera de ellas, el sábado 10 de agosto, feliz, pues fuimos a casa de los padres de Merche, a Malpartida de la Serena, donde, a punto de terminar nuestra guerra, Cela bailaba con las mozas “al son de la dulzaina y el tamboril”, según cuenta en Memorias, entendimientos y voluntades. Nos acercamos a tomar algo en la charca de Zalamea, y cenamos (muy bien, por cierto) en la terraza del Hotel Trajano, en la carretera que va de Zalamea a Quintana, a base de pizzas, bacalhau dourado y albariño. La segunda, triste, muy triste, el viernes 23, cuando cerca de la medianoche les acompañamos un rato en un tanatorio de Miajadas, donde velaban al padre de Pedro, fallecido repentinamente aquella misma madrugada, para darles un abrazo y poco más, pues apenas se puede hacer nada en momentos como ese, tan solo demostrar al amigo el cariño y afecto que por él se tiene. También estuvieron allí, desde el mediodía, Marie y Rafa, pero no pudimos coincidir con ellos ya que cuando llegamos nosotros ya se habían retirado a Trujillo. Le enterraban a la mañana siguiente en Villamesías, pero para entonces nos encaminábamos a Huelva.

Acceso al Vasco de Gama Shoping Center. Parque das Naçoes (Lisboa)


Queluz
 El sábado 24, al mediodía, ya estábamos comiendo en Matalascañas. Con cuatro kilómetros de longitud y uno y medio de ancho, el espacio que ocupa Matalascañas (oficialmente, Concejalía de Matalascañas y Caño Guerrero) fue desgajado a mediados de los sesenta de Doñana y depende administrativamente de Almonte. A finales de esa década comenzaron a construirse los primeros chaléts y viviendas hasta formar lo que hoy es una urbanización con media docena de hoteles (dos de ellos cerrados en la actualidad y otro convertido en apartamentos), con un carácter marcadamente familiar y muy bien provista de todo tipo de servicios. Nos alojamos en Dunas de Doñana Golf Resort, a un precio más que razonable, en un apartamento espacioso y cómodo con una terraza-jardín, gracias a una oferta que encontró Carmen a comienzos de año. La playa, enorme y limpia, se encontraba a cien metros del hotel, y se accedía a la misma por una escalera a un costado de la urbanización Kabila I, con sus preciosas casitas al estilo de los Picapiedra. Al igual que Matalascañas, el ambiente playero era familiar, sin chiringuitos ni horteras ruidosos.

Cabo Espichel
Este año, la verdad, no nos movimos mucho. No sé si a causa de la proximidad del nivel del mar o de la comida del hotel, el caso es que nos encontrábamos más bien aplatanados, pero a gusto. El lunes a primera hora nos acercamos a Huelva (a unos 40 kilómetros, vía Mazagón) a cambiar la luna delantera del coche, que se había rajado. Y por la tarde fuimos a bañarnos a una playa dentro del Parque Natural de Doñana, a Cuesta Maneli, en cuyo aparcamiento destrocé el portón trasero del coche. Después de atravesar un inmenso pinar durante casi dos kilómetros por una pasarela de tablas llegamos a la playa. En su día, por la dificultad de acceso, se practicaba allí el nudismo pero ahora tan solo cuatro o cinco valientes "desnudan sus cuerpos al sol" en un extremo de la playa. Al ser una playa casi, casi virgen, zona de especial protección y no estar permitida la entrada de coches, abundan los plásticos y basuras de todo tipo. Curioso

Interior de la iglesia habilitada como librería. Óbidos
Y el martes hicimos una excursión por Doñana que había reservado Carmen desde Madrid. A las cuatro y media de la tarde estábamos en el centro de visitantes El Acebuche, a siete kilómetros de Matalascañas. Allí nos esperaba un vehículo como de ciencia ficción: un Mercedes con capacidad para veinte pasajeros, con unas ruedas enormes y altas, muy anchas, especialmente preparado para circular por el desierto. Salimos por la carretera, dirección Matalascañas.


En Nazaré

Antonio, el guía-conductor, que no sabía disimular su pasión por el asunto, iba explicando todo, respondiendo a las preguntas y animándonos a plantearle cualquier duda. Por él supimos que los costosísimos puentes que cruzan la carretera que separa el Parque Natural de Doñana, donde se encuentra El Acebuche, del Parque Nacional de Doñana, se construyeron para que los animales pasaran sin peligro de uno a otro parque. Pero los ciervos, gamos, jabalíes, zorros, linces y demás pobladores del Parque, indiferentes a la enorme inversión que supuso lanzarlos, prefieren cruzar la carretera a la buena de Dios, por lo que dichas millonarias pasarelas están prácticamente sin estrenar. Entramos en el Parque Nacional por el lateral del Hotel El Coto, la última construcción de Matalascañas.

Búnker a orillas del Guadalquivir, frente a Sanlúcar
Desde allí hasta Sanlúcar de Barrameda, todo es parque. Fuimos por la playa, levantando (con mucho respeto, eso sí, que para algo somos ecologistas) bandadas de gaviotas y otras aves marinas. A nuestra derecha vimos cómo se acumulaba la basura que arrojaban los barcos al mar y que no se podía retirar porque, al tratarse de una zona de especial protección, no podían acceder a ella vehículos a motor [sic]. También pasamos por delante de la Torre de los Carboneros, torre defensiva que vigilaba la llegada de piratas, y por varias viviendas de pescadores. Llegando a Sanlúcar y mirando hacia Chipiona se apreciaba en el horizonte la silueta partida en dos del Weishorn, barco de bandera chipriota "demediado" en 2004 con un cargamento de seismil toneladas de arroz y, a orillas del Guadalquivir, mientras abandonábamos la playa, dos bunkers perfectamente conservados. Nos adentramos en el Parque y llegamos al Palacio de las Marismillas, construido a principios de siglo, hoy residencia de verano de los presidentes de gobierno, desde Felipe González. En pocos minutos entramos en las marismas, ahora completamente secas, paisaje blanco y lunar a cuyos bordes, que conservan vegetación y humedad, acuden a pastar todo tipo de animales que, a esas horas de la tarde ya avanzada, pudimos contemplar sin dificultas. De allí, a las dunas, con su arena limpia y tibia, de vuelta a la playa y a El Acebuche. En total, 70 kilómetros y casi cuatro horas de camino.

Comiendo en Óbidos
El miércoles por la tarde, Carmen e Itziar alquilaron en el taller de Felipe, junto al Hotel El Coto, dos bicicletas y rodaron por dentro y por fuera de la urbanización durante más de tres horas. Sara, Alejandro y yo cogimos el típico trenecito, como el de Mazagón, que te enseñaba lo mismo que vieron ellas, pero bien sentados. Dato curioso: en Matalascañas abundan las glorietas (como decía de guasa Antonio, el guía-conductor de Doñana: “Al Alcalde de Almonte le dijeron un buen día: si compras dos rotondas, te regalamos diez”) y los monumentos. Los hay dedicados al atardecer, al pescador de coquinas, a los delfines, a los pescadores, a Santiago, el pescador de “El viejo y el mar”, la novela de Hemingway… Y como nuestros amigos portugueses, tienen, en mucha menor medida, eso sí, su propia víctima del terremoto de Lisboa de 1755: la Torre la Higuera (o Torre de la Higuera o Torre Almenara o La Piedra) edificación con funciones militares que, literalmente (como no se cansa de decir últimamente Alejandro) se dio la vuelta con el seísmo y hoy está cabeza abajo, a unos cincuenta metros de la playa, mar adentro…

Nazaré
El terremoto de Lisboa, al igual que la Revolución Francesa o nuestra Guerra Civil, es la causa primera que se aduce para justificar la incuria y la dejadez en lo referente a la falta de voluntad en el cuidado y conservación del patrimonio, tanto artístico como documental. La existencia de lagunas en las colecciones archivísticas o el mantenimiento de edificios civiles y religiosos que muestran en la actualidad signos de destrucción hasta su aniquilación total, se comprenden y perdonan perfecta, cómodamente con el recurso a dichas catástrofes políticas y naturales.



Para el jueves daban mal tiempo, así que nos fuimos a Niebla. Pero fallaron las predicciones. Aunque por la tarde se levantó una tormenta que quedó en trompetería, no más de cuatro gotas y miles de mosquitos cabreados, la mañana de Niebla fue calurosa. Vimos todo el castillo, menos dos salas que no se podían visitar. Las dedicadas a los instrumentos de tortura podían dar en el gusto a las mentes más sádicas. Las dos iglesias que pudimos ver por fuera (San Martín y Nuestra Señora de la Granada) eran una impresionante acumulación de estilos y formas, y el centro de interpretación del Condado de Huelva, muy bien montado y documentado con gusto y amenidad.
El sábado 31 volvimos al Zújar, por la Vía de la Plata, haciendo una parada en Fregenal de la Sierra, ya en Badajoz.


Óbidos
Retomando a Fernando Pessoa, que en gran medida ha dado pie a estas palabras que ya se extienden demasiado, lo que vemos es lo que somos. Y muy triste sería viajar para huir de nuestras raíces, como lamenta Unamuno. Quizá por eso, confesando cierto narcisismo, repitamos una y otra vez los mismos viajes, visitemos los mismos lugares hasta hacerlos nuestros, asumiendo como propios los pequeños cambios que experimenta el espacio, comprobando, en definitiva, que el tiempo, practicando su propia labor de zapa, no se detiene nunca, que el paisaje se asocia íntimamente al estado de ánimo. Para Torrente Ballester, el tiempo lo mide nuestro corazón, emanando incluso de él. Al final, aseguran Pooper y Toynbee, ciencia y civilización comparten esa definición del viaje como búsqueda y movimiento constantes, tan ajena al concepto de acabamiento, de llegada, de pasar página: de final.

Paseo marítimo en el Parque das Naçoes.