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domingo, 22 de enero de 2012

"American Horror Story" o la moral en TV

Parece extraño que la TV se dedique a algo distinto del adoctrinamiento y la propaganda disfrazados  de entretenimiento e información. Miento: tembién suele emplearse en el embrutecimiento del sufrido y pagano telespectador.



Hace unos días anoté aquí mismo la grata sorpresa que me deparó el descubrimiento de alguna serie en la versión española del canal temático norteamericano FOX, donde se estrenan no pocos títulos que a las pocas semanas se podrán ver en nuestros canales de TV.



Concretamente estoy hablando de American Horror Story. Creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk, responsables también de Glee y Nip/Tuck, está protagonizada por  Dylan McDermott (Ben Harmon), Conie Britton (Vivien Harmon), Evan Peters (Tate Langdon), Taissa Farmiga (Violet Harmon), Jessica Lange (Constance) y Frances Conroy/Alexandra Breckenridge (anciana y joven Moira O'Hara). Se estrenó en Estados Unidos el 5 de octubre de 2011 y empezó a emitirse en España, con un descanso en navidades, el 7 de noviembre.



Se trata, en apariencia, de un thriller que combina el suspense con el terror en el escenario nada original de una mansión de Los Ángeles poblada de fantasmas. Con guiños descarados a Los otros, El sexto sentido y La semilla del diablo, y con el aditamento de escenas y situaciones francamente tórridas y escabrosas, se lanza de lleno a la explotación de un tema muy querido por la literatura de todos los tiempos: la combinación explosiva del sexo, el pecado y la muerte. Ignorando si el desenlace de la trama traerá consigo algún tipo de "enseñanza moral" explícita, sí es cierto que, hasta el momento, los horrores que entretejen el argumento y desencadenan la tensión, a menudo insufrible, que alientan la serie son la infidelidad, la promiscuidad sexual y el aborto a gran escala. La práctica de estos pecados, que los personajes asumen poco a poco como tales, les lleva inexorablemente a la muerte, que no se concibe como un descanso, ni siquiera como una nada absoluta, si no como una eterna continuidad de los yerros cometidos en vida, más infierno que purgatorio, en constante conflicto con los vivos que tienen la desdicha de compartir su espacio.



Tan permeable resulta la frontera entre vivos y muertos, tan sutil, que estos se permiten el lujo de impartir lecciones a los primeros. En este sentido, hay una escena especialmente llamativa en la que Moira O'Hara, la vieja criada de la casa que practica un extraño feminismo, adoctrina a la dueña, Vivien Harmon, sobre la supuesta inferioridad del sexo masculino respecto al femenino, afirmando que, mientras las mujeres son capaces de ver el interior de los hombres, estos sólo ven lo que quieren ver, de manera que Ben Harmon, el psiquiatra marido de Vivien, muy a menudo no ve en la sirvienta a una mujer mayor, con un ojo de cristal, si no a una joven con un provocativo disfraz de criada más propio, como él dirá, de una "orgía fetichista". En otro capítulo Moira, hablando siempre con Vivien, expondrá una curiosa teoría de la histeria, en virtud de la cual esta patología fue convertida por los hombres en un arma de dominio sobre la mujer, hasta tal punto que los médicos de la antigüedad pretendían sanar a las histéricas provocándoles violentos orgasmos.



Esta vía dolorosa hacia la deshumanización y el sadismo la transitan todos los personajes: los dos hombres que se entregan, o pretenden entregarse, a prácticas masoquistas; los tres jóvenes que quieren reproducir, en las personas de Vivien y su hija Violet, con todo lujo de detalles y exactitud, un horrendo crimen perpetrado en la casa treinta años antes; el joven Tate, acosado por unos irreprimibles deseos de matar... Todos se ven empujados, movidos por un afan destructivo que no cesa con la muerte.

!Qué lejos quedan las historias de terror en las que éste podía ser conjurado con un simple crucifijo, una ristra de ajos o una aspersión de agua bendita¡ De las acechanzas del demonio en El exorcista, y de las tentaciones de cualquier drácula de tres al cuarto se podía uno librar con una profesión de fe o una cruz colgada al cuello. Era un miedo, digamos, razonable, producto de una sociedad estable, segura de si misma y de sus capacidades. Se temía, sobre todo, a la muerte o a dejar de seguir existiendo de una forma convencional.

El terror sofisticado de AHS es muy difícil de abarcar, de reducir o de objetivar, ya que nace del hombre mismo, de sus miserias y debilidades. La muerte no supone el desenlace final del horror, si no la amplificación del mismo, la condena a repetir hasta el infinito los mismos errores. El leit motiv por todos compartido es la insatisfacción y la cobardía. La insatisfacción provocada por los problemas cotidianos que, con enorme cobardía, se afrontan con el escapismo, complicándolo todo hasta el infinito. ¿Terror postmoderno? ¿Horrores solamente americanos? Esperemos el desenlace.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Sobre cine y series. "Hair", "American horror story" y "The walking dead"



Mi cultura cinematográfica es paupérrima, lo confieso. Muchas veces lo he comentado y, cuando lo hago, la gente me mira con extrañeza. Porque no comprendo que nadie, en su sano juicio, sea capaz de ver dos, tres o cuatro películas a la semana y pretenda conservar cierto grado de equilibrio emocional. Bueno, acepto tanta ingesta de cine en un crítico (no en vano, se gana los garbanzos con ello, al igual que los que disecan cadáveres) o en alguien a quien le dé igual ocho que ochenta debido a su falta de criterio o a un desaforado afán de consumo cultural. Miento: también comprendo a la generación de nuestros padres, que engañaban el frío y el hambre de la guerra y la posguerra, y lograban olvidar por un momento las penurias y carestías gracias a los noventa minutos de glamour que les debían proporcionar esas películas de la edad de oro.
Esta inclinación mía se ha visto agudizada con los años, hasta el punto de desconocer gran parte de la nómina de actores que la gente ensalza o denigra según el favor del viento. Y, que quede claro, no hago distingos entre el cine nacional y el foráneo.


Las razones son muy sencillas, y quedan resumidas en una sola: mi tendencia maldita a creerme lo que me cuentan. Me identifico con aquellos espectadores que huían despavoridos cuando se proyectaban las primeras películas con caballos que galopaban hacia el (o locomotoras que se lanzaban al) patio de butacas. Si se trata de un melodrama, me emociono con los protagonistas, y si hablamos de horrores reales, me dura la resaca un par de días. La decisión de Sophie, La lista de Shindler,.. me provocaron tanta zozobra que juré que una y no más...


La primera vez que experimenté esa desazón fue por culpa de la película de Milos Forman Hair. Musical hippy cuando ya no los había, que se debió estrenar en España en 1980 y lo proyectaron, entre otros, en el cine Extremadura, una de esas salas de sesión contínua donde no se caían los carteles durante semanas. Aparte del Extremadura, en mi barrio (y en mi época) había otros dos: el Astoria, muy cerca del Puente de Segovia, y el Lisboa, en el Alto de Extremadura, y los fines de semana también "echaban películas" en el colegio de los Salesianos. La escena del hipy embarcando en el avión rumbo a una muerte segura en Vietnam me apenaba, cuando lo traigo a la memoria treinta años después, de una forma un tanto excesiva.



"Aquarius", una de las canciones emblemáticas de Hair, la escuché el otro día en la entrada del capítulo segundo o tercero de una de las series más impactantes de los últimos tiempos: American horror story. Porque si mi rechazo al cine es casi total, por la razón más arriba expuesta, mi adhesión a las series de ambientes un tanto extraños y retorcidos empieza a ser preocupante.


Aprecio en estas series la atmósfera que han conseguido crear y la tensión sostenida.

En el caso de The walking dead se palpa el calor, la humedad de los estados sureños. Queda muy bien reflejado el agobio de esos personajes agotados, sudando constantemente, sucios, transitando por un mundo que se va pero que ellos insisten en conservar, con el sonido angustioso de las cigarras como un hilo conductor que une lo improbable con lo imposible. Con ser lo más vistoso, los muertos vivientes, zombies o caminantes como les llaman ellos, no es, sin embargo, lo más importante de la trama. Esta se nutre más bien de las distintas posturas adoptadas ante lo que parece ser el fin del mundo, un mundo donde ha desaparecido cualquier rastro de autoridad y organización, donde la máxima es el sálvese quien pueda, pero en el que, sin embargo, se lucha por reconstruir una imagen de lo que fue.

La angustia y la opresión de American horror story reside en la casa de Los Ángeles, receptáculo de ese mal intrínseco tan grato a Lovecraft. Cada capítulo es introducido por uno de esos crímenes espantosos, reales o ficticios, al estilo de los perpetrados por Charles Manson. Aún teniendo una gran carga erótica, así como elevadas dosis de escenas gore y de casquería, lo mismo que sucede con The walking dead, el interés de esta serie reside en la confusión y el desorden, no saber quién está vivo y quién no, qué se debe a los efectos del láudano y qué es real, dónde está la barrera entre la vigilia y el sueño.... Es de destacar, igualmente, la intención moral del argumento al presentar la infidelidad matrimonial como un desencadenante de la trama y que provocó en su momento la destrucción de casi todos esos personajes que pululan alrededor de la casa, como las polillas se ven atraídas por la lámpara incandescente.

Ya que vamos de confesiones, ahí va otra: mi proverbial dispersión solo puede verse retenida ante una permanencia no superior a sesenta minutos ante la TV. Por lo tanto, los canales que me proporcionan el visionado completo de un capítulo de cualquier serie son FOX y TNT, responsables de otros productos del mismo género, aunque en su faceta vampírica. Aquí sí hago distingos entre lo nuestro y lo que no lo es. Pero eso es harina de otro costal.