Mostrando entradas con la etiqueta Biografías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Biografías. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de junio de 2017

"¡Por mí, que no quede!"


Tomada de "Una vida presente" I, 1988

El 26 de marzo de 1939, en plenos estertores de la guerra civil, el ABC de Madrid publicó un artículo sin firma titulado “La división del pueblo español”. En él se podía leer lo siguiente:

"La pasión política no suele detenerse ante la verdad de las cosas. Si llega a los extremos de violencia de una guerra, menos aún. Si se trata de gentes tan poco fieles a lo verdadero como los españoles, esto se acentúa. El pueblo español está dividido, y por eso ha habido guerra. El año 36 se había perdido el sentido de la convivencia, el sentido nacional. Vivir en una nación supone que se puede discrepar cuanto se quiera, pero dentro de ciertos límites, en los que se convive. Se puede ser muy diferentes, siempre que a la vez se sea unos. En España, el socialista y el falangista o el republicano y el requeté se sentían separados y opuestos por sus opiniones; esto es justo; pero en cambio, no se sentían unidos de un modo vivo y eficaz por su origen, por su pasado, por todo su haber común y por una cosa muy importante más: por el objeto mismo de esas apasionadas actividades opuestas, que era, ¡qué casualidad!, la misma nación española. Sin acordarse de esto, no pensaron más que en sus divergencias, no contaron con los demás y cada bando se comportó como si fuese, él solo, el pueblo español. Mientras tanto, éste, dividido, más aun desgarrado, se desangraba sobre nuestros campos, a lo largo de la trágica linde de los frentes. Necesitamos rectificar urgentemente esta situación anormal; necesitamos, para eso, entenderla bien. Porque de poco nos servirá dejar el curso libre a los ríos, que ya no arrastrarán sangre mezclada, ni hacer que los ferrocarriles crucen una vez y otra el cuerpo entero de España, si no se hace lo mismo con el pueblo, hasta conseguir que vuelva plenamente a vivir como tal, con todas sus diferencias, pero sin volver la espalda a la unidad, más profunda que todas ellas, en que tiene que estar, quiera o no, irremediablemente” (Tomado de Helio Carpintero. Una voz de la Tercera España. Julián Marías, 1939, 2007, pp. 106-107)
Este texto forma parte de una serie de catorce editoriales que vieron la luz en dicho diario entre el 11 y el 28 de marzo del último año de la guerra. No está de más traer aquí, al menos, los títulos de los 13 restantes: “Juicio ante la historia” (11 de marzo), “Nuestro ejército y la paz” (12 de marzo), “Madrid, lección española” (14 de marzo), “La solución de nuestra guerra la darán los españoles” (15 de marzo), “La ocasión de la paz” (18 de marzo), “La República ante Europa, ante el mundo y ante los españoles” (19 de marzo), “La ruptura con lo anterior” (21 de marzo), “Las condiciones de la paz” (22 de marzo), “El estado de ánimo con que llegamos a la paz” (23 de marzo), “Alrededor de la paz” (24 de marzo), “El papel de los republicanos en la paz” (25 de marzo) y “La nobleza del Consejo de Defensa” (28 de marzo).
Durante demasiado tiempo dichos trabajos, en el mejor de los casos, habían pasado desapercibidos, aunque es de temer que, por lo general, hayan sido despreciados o, siguiendo la más arraigada costumbre hispana, ninguneados. Su anonimato y la forma de abordar el asunto a debate pudieron disuadir a los historiadores a la hora de tenerlos en cuenta en sus estudios sobre el final de la contienda. Basta con echar un vistazo tanto a los ya clásicos de Martínez Bande y Luis Romero, o a los publicados más recientemente por Preston o Bahamonde para comprobarlo.
¿Por qué dicho silencio? Aparte de reflejar la postura de su autor, respondían al sentir general de los miembros del Consejo de Defensa, organismo que, de unos años a esta parte, en virtud de una tendencia generalizada en la historiografía al uso, ha sido objeto de las más duras, y a menudo injustas y despiadadas, críticas. El planteamiento del asunto, tan lejos del utilizado en ambos bandos, es el propio de la mayoría de los que conforman esa Tercera España que a muy pocos interesa hoy reivindicar y a demasiados borrar sus huellas y su recuerdo.

Pero, siendo sinceros y dejando a un lado la historia-ficción o cómo nos habría gustado que hubiese terminado el asunto... ¿qué otra cosa se podía hacer? La dimisión de Azaña, la casi simultánea declaración de guerra por parte de la República (más de dos años después de iniciado el conflicto), la imposibilidad de convocar elecciones en el plazo que marcaba la ley para solventar semejante acefalia en la jefatura del Estado, solo dejaba libre el recurso constitucional al Ejército para manejar las riendas de la situación, posibilidad que ni deseaba ni contemplaba el gobierno errante y, desde ese mismo instante, deslegitimado de Negrín. En esa tesitura, con el final de la guerra en ciernes, se organiza en Madrid el Consejo Nacional de Defensa (Miaja, Besteiro, Casado, Wenceslao Carrillo, Miguel San Andrés, Eduardo Val, José González Marín y José del Río) con un único y claro objetivo: acelerar las negociaciones de paz con el enemigo, pactando una rendición en las mejores condiciones posibles. Que el resultado de las mismas (rendición incondicional) se colocara en las antípodas del deseado (rendición con condiciones), no resta un ápice de valor a las pretensiones del Consejo y al papel de todos y cada uno de sus miembros.
En tal coyuntura, en medio de esa pequeña guerra civil dentro de la guerra civil en que se convirtió la oposición a las legales y legítimas iniciativas del Consejo por parte de aquellos que deseaban continuar con la sangría a cualquier precio, Julián Marías Aguilera, un joven licenciado en Filosofía, movilizado a comienzos de 1937 y destinado en oficinas militares en calidad de traductor, entró en contacto con Julián Besteiro para ofrecerle su apoyo, este sí incondicional.

Una voz de la “Tercera España”. Julián Marías en 1939 es el título del trabajo de Helio Carpintero (Madrid, Biblioteca Nueva, 2007) donde se desvela, a lo largo de 153 páginas la autoría de dichos artículos, reproduciendo íntegramente sus textos. El estilo narrativo de los mismos, el uso holgado de conceptos de clara raigambre orteguiana tan queridos por Marías, bastarían casi por si solos para identificar a su responsable. No obstante, en el tomo primero de sus memorias (Una vida presente) publicado en 1988, Julián Marías hace referencia a sus colaboraciones político-literarias durante la guerra:
“Lo más importante, sin embargo, fue que escribí cierto número de artículos en el ABC republicano que aparecía en Madrid, dirigido primero por Elfidio Alonso, diputado de Unión Republicana y hermano de mi amiga y compañera de la Facultad María Rosa. Me pidió algunas colaboraciones, y cuando dejó el periódico continué en relación con el secretario de redacción Antonio Dorta, canario también y buenísima persona, con quien mantuve gran amistad hasta su muerte hace pocos años. ABC era el menos virulento y tendencioso de los periódicos, en una época en que todos lo eran, en ambas zonas. Cuando reanudaron la publicación de Blanco y Negro, también escribí algunos artículos; recuerdo uno sobre el tercer centenario del Discurso del método, en 1937; y otro, a fines de 1938, sobre la muerte de Unamuno dos años antes. Otros artículos, firmados unos, editoriales otros, se referían a las circunstancias españolas; a veces me asombra cómo pudieron publicarse, y sin graves consecuencias para mí, porque eran de una independencia total y no ahorraban las críticas a lo que parecía deplorable” (Una vida presente, 1, 1988, pp. 222-223). 
Año XLVIII. Nº 10, 1938.
J. Marías La formación del Ejército

Esa misma sorpresa causará a Javier Tusell (1945-2005) la lectura de sus colaboraciones en el diario madrileño cuando se procedió, en los años 80, a la edición de una amplia selección del ABC de la guerra, en tinta azul el impreso en Sevilla y en roja el madrileño. ¿Cómo era posible escribir con tal grado de libertad? Si nos atenemos al lema que Julián Marías hizo suyo y con el que hemos encabezado estas líneas: “por mí, que no quede”, se comprende que la defensa de la verdad y la lucha por la conservación de lo mejor de nosotros mismos poniendo por encima de todo la realidad de la situación, movilizara todas sus energías aun a sabiendas del riesgo real que podía correr su propia vida y la de sus seres queridos. De hecho, por él mismo confesado en estas mismas memorias, en las que brilla por su ausencia todo gesto de vanidad o vanagloria, su actuación durante esos días de marzo de 1939 es una de las pocas cosas de las que se siente realmente orgulloso.




”Para que se pudiera hacer la paz en España –y no me refiero a las negociaciones con el otro bando, que estaban totalmente fuera de mi alcance y que no eran lo decisivo-, lo primero que hacía falta era la expresión y difusión de la verdad. Era menester barrer la espesa nube de mentiras que envolvía a todos los españoles de ambas zonas desde el comienzo de la guerra, de manera que se instalaran en la realidad. Era menester que los republicanos comprendieran y aceptaran su derrota, y reconocieran en qué medida habían contribuido a ella con sus errores y sus crímenes y que los adversarios vieran también la parte que tenían en los mismos males, aunque la suerte –acaso inmerecida- los hubiera acompañado. […] Besteiro me pidió que escribiera lo que me parecía oportuno. Se enviaba a los periódicos y a las emisoras. Dio órdenes de que mis escritos se tomaran como si fueran suyos. […] Cuando pienso en mi edad, en mi insignificancia social, en mi nulidad política, siento asombro y gratitud […] Cubrí un amplio espectro de cuestiones: el balance real de la guerra, las conexiones internacionales, la necesidad de despojarse del espíritu de odio, y aun de beligerancia, el papel que los republicanos, aun vencidos, podrían y deberían representar en la paz. Besteiro estaba enteramente de acuerdo, trabajábamos cada uno por su lado, sin conexión, pero en armonía y aprobaba lo que yo escribía. A tanta distancia de edad, formación, experiencia política y todo lo que se quiera, llegamos a una amistad profunda, hecha de mutua lealtad y confianza, de participación a la vez triste e ilusionada en una empresa que nos parecía justificar nuestras vidas. Yo aportaba mi juventud, un entusiasmo que nunca me abandonó, cierta esperanza en la capacidad creadora de la realidad, que inventa sus fórmulas aun cuando parecen imposibles” (Una vida presente, 1, 1988, pp. 244-246)
Julián Besteiro (1870-1940), “modelo de liberalismo, cordura y tolerancia”

Hasta aquí, este pequeño recordatorio del papel jugado por Julián Marías durante esas convulsas semanas. La lectura de estos editoriales nos llena, a un tiempo, de tristeza y esperanza. Tristeza al comprobar cómo acabaron las cosas, qué lejos quedaba la reconciliación y la mera convivencia. Esperanza al constatar la existencia de personas profundamente liberales que pusieron su vida a una carta, sin importarles el precio de la apuesta, sin permitirse un adarme de derrotismo o envilecimiento.
 
Gracias a la iniciativa de Helio Carpintero, en un leal homenaje a la larga amistad de su familia con el filósofo, conocemos esta faceta fundamental en su trayectoria intelectual, que se puede completar con un “librito” que comentamos aquí hace unos años, "La Guerra Civil, ¿cómo pudo ocurrir?" y con otras referencias dispersas a lo largo de su obra.

Ver
La resaca de un sueño (Julián Marías. 1) 21 de junio de 2017
Encuentro (Julián Marías. 3) 4 de julio de 2017
Reencuentro (Julián Marías.4) 11 de julio de 2017
El límite de la ausencia. Continuidad y despedida. 1 (Julián Marías. 5) 25 de julio de 2017

 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Luis S. Granjel (1920-2014). In memoriam


Creo que fue a mediados de 2012. Estaba sentado con Julián Sanz Esponera mientras Mercedes recogía el coche para regresar a Salamanca. Bromeaba feliz, radiante, satisfecho después de entregar los trastos a su sustituto. Desde entonces, manteníamos una regular comunicación telefónica y comprobaba con tristeza cómo se iban apagando sus fuerzas, pero no así sus ganas de trabajar. No hace mucho, con la intención de abrir la espita del recuerdo, hablamos de los últimos días de la Guerra Civil y lamenté sinceramente que se hubiera negado a escribir sobre las experiencias vividas y todas aquellas personas con las que trató, auténticos protagonistas de un siglo XX, un siglo que se cierra con él.
La tarde del sábado, 29 de noviembre, murió Luis S. Granjel a los 94 años de edad. Con él se va una forma de hacer historia, una manera de estar en el mundo. Descanse en paz.
Reproduzco a continuación un texto que escribí en este mismo sitio hace más de dos años.
Luis S. Granjel (Segura [Guipúzcoa], 1920). La pasión por el trabajo.
23 de marzo de 2012.



El martes pasado no pudo disimular su enojo. Mientras le exponíamos Araceli y yo el proyecto que poco después iba a ser presentado a la Junta Directiva de la Academia, aumentaba su inquietud, su disgusto al sospechar que el trabajo de descripción archivística se vería interrumpido indefinidamente. De poco sirvieron nuestras protestas y explicaciones. A pocos meses de dejar su cargo de Académico Bibliotecario, confirmaba uno de sus grandes temores: el catálogo del Archivo no vería la luz antes de 2012.

La elaboración de la Historia de la Real Academia Nacional de Medicina (2006) le puso en contacto con la documentación recogida en su archivo, así como con la casi total ausencia de instrumentos de descripción capaces de recuperar de forma satisfactoria la información contenida en el mismo. Este hombre metódico, con una enorme capacidad de trabajo, que siente como una obligación moral inherente al cargo que desempeña dejar un testimonio fehaciente de su paso por el mismo, apoyó sin reservas mi propuesta de encargarme de la catalogación, bajo su directa supervisión, de los más de dos centenares de legajos y otros materiales que daban fe de la andadura de la Real Academia Nacional de Medicina desde su fundación allá por 1733.


La confianza que Luis S. Granjel depositó en mí, traducida en el reconocimiento remunerado de un trabajo intelectual justo en el momento en el que esperábamos la llegada de nuestro segundo hijo, justifica estas líneas de homenaje y sincero agradecimiento.




Tomo V y último de su Historia general de la
medicina española (1985), que cubre desde
principios del s. XIX hasta 1936
Hoy lamento no haber registrado todas las conversaciones celebradas con el Profesor, esa ventana abierta a la historia de España de los últimos setenta años. Un simple estímulo, un comentario al hilo de, eran/son suficientes para provocar una lección magistral. Al principio, esas lecciones se limitaban a eso, casi a discursos, a emocionadas peroratas que no daban opción a intervención alguna. Con el tiempo, el monólogo fue dando paso a un diálogo, que daba pie a saltar de un tema a otro, de una época a otra, hilvanando datos, anécdotas y curiosidades capaces por si solas de completar un volumen de historia vivida. En más de una ocasión le sugerí la empresa, pero él se ha negado de forma sistemática a escribir sobre el presente, sobre la actualidad que comienza con la guerra civil.
Lo repito. Me arrepiento enormemente de no haber anotado, a modo de periodista, el resumen de todas las charlas mantenidas con Granjel, que recordaba  la figura de Unamuno paseando por las calles de Salamanca, o la amistad entablada años después con Pío Baroja, del cual siempre llevaba consigo una novela para leer en el tren, o del comentario que corría por las tertulias que regentaba Antonio Tovar acerca de Carmen Martín Gaite y las "cosas raras" que escribía a raíz del tifus que padeció... Entre ambos momentos, la guerra civil que se llevó por delante a un hermano suyo, y a él mismo a las proximidades del frente de Madrid, en Pozuelo; y a punto estuvo de participar en la última gran batalla de la contienda que se desarrolló al sur de la provincia de Badajoz a principios de 1939, de no ser por una enfermedad que le devolvió a Salamanca...


Publicada en 2008, dedicada por el autor a la
Real Sociedad Bascongada de Amigos
del País, donde ingresó en 1982
Historiador de vocación, su carrera médica, orientada hacia la psiquiatría, se vería afortunadamente truncada durante los cursos de doctorado a principios de los cuarenta, tras un encontronazo con Vallejo Nájera, factótum por aquel entonces de la disciplina en España. Una de las asignaturas la impartía Marañón, que acudía a la Facultad en un coche de la embajada británica, ya que su situación, nada más regresar del exilio, no debía estar muy clara. De Marañón escribiría la primera y una de las mejores biografías en 1960, que publicaría Gredos, la prestigiosa editorial donde conoció a Torrente Ballester, que también tramitaba la edición de su famoso manual de literatura...

El camino hacia la simbiosis entre la medicina y la historia se lo abrió Laín Entralgo cuando, al ver cerradas las puertas de la psiquiatría, le aconsejó, casi le hizo el encargo de dedicarse al estudio de la historia de la medicina española, campo que desde que fuera trillado, a principios del siglo XIX, por Villalba, Chinchilla y Hernández Morejón, había permanecido inculto e intransitado. Y se puso a la tarea con el mismo ahínco que aún hoy, a sus 92 años y con las limitaciones que la edad impone a la vida, imprime a los trabajos que emprende, e impresiona a propios y extraños.

Es la laborterapia de que habla mi amigo Juan Casco Solís, único salvavidas al que aferrarse si las desgracias familiares o la enfermedad hacen estragos en uno. Del marasmo que le produjo la muerte de su mujer y de un hijo muy joven, consiquió salir redoblando los esfuerzos invertidos en el trabajo cuando, una vez jubilado o próximo a retirarse, alejado de las aulas, se podía permitir el lujo de practicar el ocio.



Trabajo y rutina. El 12 de marzo de 2003, hace ahora nueve años, ingresa en la Academia de Medicina. Tiene 83 años, lo que no le impide viajar todos los martes a Madrid. Obligado a participar en la vida de la Academia, presenta comunicaciones, interviene activamente en las conferencias de su especialidad. Pasa la noche en un hotel de la Cuesta de Santo Domingo y los miércoles por la mañana trabaja en la Biblioteca, para regresar a Salamanca, en tren, al mediodía. Aunque, en su opinión, el café que sirven en Madrid es muy malo y los colchones de los hoteles habría que tirarlos a la basura, persiste en sus viajes semanales, hasta que un par de caídas, y el lógico temor de sus hijos a que sufra un accidente más grave, le sugieren espaciar sus venidas a Madrid. Algún que otro achaque le mantuvo en la inactividad durante cierto tiempo. Por teléfono me transmitía su contrariedad, y se podía adivinar un conato de depresión. Las molestias en la espalda y en las piernas le dieron como compañero un bastón del que ya no se desprende.



Cuando todo estaba por hacer...
No hace mucho, me transmitió un plan de trabajo personal que abarcaba la friolera de tres años, en los que tenía que ventilar todo el material acumulado en cajas y carpetas, entre el cual se encontraba el relativo a una inconclusa historia de la vejez. Pero no debe extrañarnos. Con un tesón a prueba de bombas, levantó ex nihilo  todo un centro de investigación de historia de la medicina, el Seminario de Historia de la Medicina Española, vinculado a la Universidad, en el palacio salmantino de Fonseca, reuniendo un gran número de ejemplares microfilmados de los títulos más significativos de la medicina clásica hispana, sobre los que puso a trabajar a un nutrido grupo de investigadores, a partir de una guía, una especie de catecismo que publicó en 1961: Estudio histórico de la medicina. Lecciones de metodología aplicadas a la historia de la medicina española. Allí debió concebir el ambicioso plan editorial que dio a luz múltiples publicaciones monográficas, tanto propias como de sus alumnos, y una de las revistas más interesantes de su campo: Cuadernos de Historia de la medicina española (1962-1975), donde se podía leer a todos los que tenían que decir algo en la materia: Diego Gracia Guillén, Agustín Albarracín Teulón, Antonio Carreras Panchón, Juan Riera, José Danon, Linage Conde, José María López Piñero, Rafael Sancho de San Román, José R. García-Talavera, Juan Luis Carrillo, Luis García Ballester..., unos, tristemente desaparecidos, otros, aun en activo, todos ellos creadores de escuela en los departamentos de historia de la ciencia de las diferentes universidades o en el Instituto de Hstoria del CSIC.

Luis S. Granjel siempre ha supervisado  muy de cerca  la
edición de sus trabajos, sobre todo los aspectos tipográficos
Resulta asombroso (y envidiable) su afán de independencia, de "no molestar a nadie", como él dice. Pasea todas las mañanas antes de que las calles de su ciudad se llenen de turistas y de universitarios. Lee y trabaja hasta que se le cansa la vista. Y protesta. Protesta porque ya no tiene la misma energía que años atrás. Puede parecer huraño, un tanto misántropo al expresar su indiferencia hacia todo lo que no le interesa personalmente. Pero casi un siglo de vida te da derecho a eso y mucho más.




Su penúltimo proyecto de recuperación
de los clásicos españoles. La modesta pero elegante
edición facsímil de la obra del médico español
Martín Martínez (1684-1734)


Últimamente bromea con los cambios que aprecia a su alrededor. Injustamente amortizado, no se recata a la hora de ironizar sobre el rumbo que adoptan aquellas instituciones por las que tanto ha luchado durante años. Asomado a la atalaya levantada por la edad, la experiencia y el aval de un trabajo concienzudo, puede discernir lo permanente de lo efímero, lo consistente de lo frágil y endeble, virtud esta que no le es dada a todo el mundo.

----------------------

Fotografías tomadas durante el homenaje que le hizo el Colegio de Médicos de Salamanca.
Semblanza de Luis S. Granjel escrita por José María Urkia Etxabe.

viernes, 13 de julio de 2012

Juan Casco Solís a través de Arthur Machen y la crisis

 
En agosto de 1914, unos ángeles del cielo impidieron que el ejército
alemán invadiera Inglaterra. Curioso


El mes de julio transcurre con lentitud y parsimonia. Parece que no quiere terminar sus días, que nadie ose arrancar su hoja del calendario. Y se aferra a esa falsa esperanza de eternidad que le proporciona el continuo fluir de acontecimientos que devoramos como boas constrictor incapaces de entender, y mucho menos digerir. Y las tardes cansinas y pesadas como una noche de camino, en las que se quiebra la voluntad golpeada por la pereza y el sopor, se alargan con la luz de un sol inclemente y cruel que no cesa, empeñado en aplastarnos e inmovilizarnos contra el suelo.

  
Consciente de los compromisos que debo cumplir, de los planes y proyectos que yo mismo me he marcado, mientras el reloj imperturbable sigue su curso, me vence la parálisis y atiendo exclusivamente las necesidades más inmediatas.


 La actualidad nos envenena y la crisis, como una amenazadora nube gris que oculta el horizonte, distorsiona un futuro que solo podemos adivinar como un dramático muestrario de renuncias y penalidades. A la espera del milagro que no llega, discurre nuestra vida en una constante expectación muy receptiva a las promesas de lo irracional y a las delicias de los cantos de sirena que estrellarán sin remedio nuestra nave contra las rocas.



Últimamente me acuerdo mucho de Juan Casco Solís y de las charlas que mantenemos en los descansos de nuestras respectivas ocupaciones. Mi trabajo me ha brindado la oportunidad de conocer a gente interesante, personas que tienen mucho que ofrecer y cuya conversación es un auténtico regalo. Después de un par de meses de silencio, el otro día hablamos por teléfono. Abrumado por el “turismo de los pobres”, como él llama a las continuas visitas al hospital que se ven obligados a girar los enfermos crónicos, entre pruebas, análisis y revisiones sin fin, se puso en contacto conmigo como en tantas otras ocasiones en que espacia sus trabajos en la biblioteca más de lo acostumbrado. Invariablemente, cuando descuelgo el auricular después de una de estas ausencias prolongadas, noto en su voz ese matiz en el que se mezcla un temor recién despejado y el alivio consiguiente. Temor de que no sea yo el que conteste y alivio disimulado con el desmesurado interés sobre mi estado y mis cosas.

Una institución psiquiátrica

Psiquiatra jubilado, se está dedicando estos años a reconstruir el tortuoso camino seguido por la psiquiatría española en su formación como disciplina independiente y autónoma. Consulta de manera exhaustiva prensa especializada, tratados y folletos del siglo XIX sobre la materia, con la tranquilidad que otorga trabajar por amor al arte, sin prisas, deteniéndose con auténtico deleite el tiempo que haga falta en la lectura de aquellos asuntos que, lejos de su objetivo inicial, despierten su interés. Amor al arte o laborterapia, usando otra de sus expresiones, con que ocupar la peligrosa inactividad en la pueden y suelen caer los viejos.

Relato de Machen que dio lugar a la
leyenda de los Ángeles de Mons. ¿Seguro?

 No consigo poner en pie aquella vez que empezamos a intercambiar algo más que los saludos de rigor. Pero lo cierto es que no tardamos en conectar. Entre lectura y lectura hablamos de todo un poco: me comenta lo que acaba de leer identificando siempre un nexo de unión entre el pasado y el presente, o relacionándolo con algo de la actualidad, o sea, la crisis, esta crisis que él califica como posmoderna por los desconocidos derroteros que está siguiendo.

Y si no puedo ubicar ese primer recuerdo, me sucede lo mismo con el motivo que ha inspirado estas líneas, ya demoradas en exceso. El caso es que varios asuntos me han llevado a la persona de Juan, convertido así en el punto de convergencia de numerosos caminos.
Por un lado, un proyecto en el que nos hemos embarcado relacionado con las topografías médicas, curiosas e interesantes publicaciones a las que dedicó uno de los dos únicos trabajos de calidad existentes hasta el día de hoy, centrados en su sistematización, y en cuyo catálogo o inventario anexo aparece la que escribiera su padre: Geobiografía e historia de Quintana de la Serena (Prensa Española, 1961). Más casualidades o coincidencias, pues esto es como coger una cereza y arrastrar dos o tres enredadas por los rabos. A Juan Casco Arias, su padre, que ejercía de médico en Quintana de la Serena (Badajoz) le entrevistó Ángel María de Lera que, ya con el Premio Planeta en el bolsillo, estaba realizando una serie de entrevistas a médicos rurales. Cuando me lo dijo Juan, yo acababa de leer Las últimas banderas (1967) y tanto me había impresionado que estaba preparando un comentario, resumen o reseña de la novela.

Paisajes después de la batalla (o de la crisis)

Por otro lado, la irracionalidad a la que hice mención más arriba. Y esta confusión, este no saber qué dio pie a la conversación sí que me molesta, pues solo conservo el regusto agradable del momento, pero no sus detalles. En dicha ocasión, no sé muy bien a raíz de qué acontecimiento, pero que debió ser lo suficientemente sonado, hablando sobre las alucinaciones e histerias colectivas, las leyendas urbanas o la imperiosa necesidad de creer en algo a pies juntillas aunque no se sostenga bajo ningún concepto, Juan sacó a relucir el caso de los Ángeles de Mons, ese ejército celestial que, presuntamente, se interpuso entre las tropas alemanas y las inglesas la noche del 22 al 23 de agosto de 1914 impidiendo la invasión de las islas británicas por los teutones. Mencionó a Arthur Machen, el novelista que popularizó el montaje en su relato The Bowmen (“Los arqueros”) publicado un mes después de la batalla, el 24 de septiembre, en The Evening News, aunque no está muy claro qué fue primero, la gallina o el huevo, la leyenda o su narración. A los pocos días me regaló Juan un librito del propio A. Machen, El terror, escrito y ambientado igualmente durante la Gran Guerra.



A lo que iba. En dicho relato se describe un ambiente muy similar, salvando las distancias, al que vivimos hoy en día. Se intuye que algo malo, muy malo va a ocurrir, pero no se sabe muy bien qué es, aunque se sospecha su enorme y terrible dimensión. Una angustiosa calma que precede a la tempestad. Y tenemos experiencia de lo calamitosas que resultan en España esas tormentas de julio.
Ya falta menos para que llegue el mes de septiembre y volvamos a vernos para retomar esas charlas interrumpidas sobre la psiquiatría española durante la guerra civil, la sanidad en el siglo XIX o por qué extraños vericuetos llegaron los libros propiedad de Jaime Vera a la biblioteca.