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jueves, 7 de agosto de 2014

Un viaje en el tiempo (Verano 2014. Segunda parte)

Panorámica desde la ventana del Hostal Gogar
Puentenansa (Cantabria)
A menudo nos asomamos a la ventana del tiempo con la intención de recrearnos en la contemplación de un paisaje detenido. En otras ocasiones, creemos percibir alguna modificación en sus detalles y nos afanamos en perseguir al responsable, desenmascarando su identidad. Es un ejercicio interesante, en el que se practica, con dosis e intensidades homogéneas, la historia, la imaginación y el sentimiento.

La segunda etapa de este verano, que abrimos el 16 de julio mientras embarcaban los niños en el autocar rumbo a Puentenansa (Itziar y Sara, como si no hubieran hecho otra cosa en su vida; Alejandro, por enésima vez, protagonizando una de sus performances favoritas, sumiendo a Carmen en un estado a medio camino entre el cabreo y la pena) y damos hoy por finalizado, se puede considerar un viaje en el tiempo.

Hablo de un tiempo tridimensional, como tiempo vivido, reconstruido y soñado, que es la noción que tengo yo del mismo, nada académica, por cierto.

El hecho de que estuviéramos solos Carmen y yo después de quince años sin niños alrededor, dueños de nuestro tiempo y nuestro destino, sumado a las tardes con Mari Cruz y Armando, la visita a Proaño y a los escenarios de la novela de Pereda a las orillas del Nansa, ha desembocado en esta reflexión sobre el tiempo y su epifanía, de qué forma se nos aparece y qué consecuencias se pueden extraer de todo ello.

Durante la estancia de Mari Cruz en Madrid, tuvimos ocasión de hablar de las inquietantes trampas de la memoria (la calurosa noche del 16 de julio, en casa de Armando y Coco) y de sus relatos como obra en marcha que Carmen se ha comprometido firmemente a impulsar: visitas a Bubok y organización de un blog para dar salida a todas sus creaciones literarias y teatrales. De la reconstrucción de la historia familiar en la que está sumergida Carmen con el descubrimiento de primos en Baena y Sevilla. Recuperación como comprensión de una vida, y de lo que en ella suponemos dislocado, como rastreo de una línea transmitida de generación en generación, no como acumulación de blasones, honores e hidalguías.

También nos asomamos al mundo desinhibido de Armando y sus amigas (Coco, Peli y Pili) durante un concierto en la plaza del Matadero. El desparpajo y la frescura de su conducta (su sincera insistencia en que fuéramos un día a la azotea que habita Pili de forma circunstancial junto al palacete modernista de la Sociedad General de Autores), habida cuenta que nos separaban más de 20 años, no dejó de sorprenderme, y no pude evitar echar la vista atrás para comprobar qué distinto me veía yo a su edad….


Playa de Comillas. No cabe un alfiler


Otra noche cenamos Carmen y yo en la cantina del Matadero, un gran descubrimiento, con sus menús vegetarianos y su escenografía de arqueología industrial presidida por una alta chimenea de ladrillo.

El fin de semana del 19 y 20 de julio, con un fuerte descenso de la temperatura, nos acercamos al Zújar, iniciando nuestro voluntario tributo a las arcas de Cepsa, que se vio incrementado el viernes 25 cuando subimos a Puentenansa a ver a los niños. Nos alojamos en el Hostal Gogar, y desde allí nos acercamos el sábado a San Vicente de la Barquera, Comillas y Santillana del Mar. El excesivo buen tiempo que disfrutamos (yo no recuerdo haber sudado tanto en mi vida, aunque el termómetro no subía de los 27-28 grados) convirtió aquellos lugares en algo prácticamente intransitable, más propio de otras latitudes. El domingo por la mañana visitamos Tudanca, la Tablanca de “Peñas arriba”, con la casa de Cossío donde Pereda escribió su novela, y que fue frecuentada por figuras tan dispares como Miguel Hernández y Cela. Escuchar a esas gentes de Celis, Puentenansa o Tudanca hablar casi con los mismos giros que transcribe el montañés, causaba impresión. Ya no sé si compartirán ese mundo tan inocente inmortalizado por el novelista, donde cada cual ocupaba felizmente su lugar y la modernidad, los fallos inherentes a la misma, se vivía como un peligro acechante.


Puentenansa (Cantabria)
El 30 de julio ya estaban los niños de vuelta. Debidamente desparasitados, y con las cinco o seis lavadoras recogidas, el sábado 2 de agosto volvimos casi sobre nuestros pasos, dirección Palencia. Al mediodía llegamos a Olleros, justo a la hora de comer, muy a gusto, como siempre, con Antonio, Rosa, Jorge, Marisa y Enrique, bajo un cielo negro que no tardó en transformarse en una tromba de agua. Camino de Guardo, donde nos alojaríamos con Marisa y Enrique, y sorteando los chaparrones, nos pasamos por Aguilar de Campóo (hay que volver con más tiempo) y Cervera de Pisuerga. Allí se quedó Itziar con los Villar, pues Jorge tenía la intención de bajar, una vez en Villorquite, a las fiestas de Herrera de Pisuerga
.

De Cervera, nos fuimos con Marisa y Enrique a Guardo, al Hotel Montaña Palentina. Cena y larga sobremesa, con Sara y Alejandro dormidos encima del mantel, sobre proyectos de todo tipo y la necesidad de un cambio en las prioridades de la gente como solución a la crisis. El domingo por la mañana, sin despedirnos de Marisa y Enrique (habían madrugado para hacer una ruta) nos acercamos a Proaño a ver al primo Jesús, visita emplazada desde el fin de semana anterior.

Una vez encauzada por Carmen la solución de un problema que tenía su primo con Movistar, bajamos a comer a Espinilla al igual que el año pasado. Mientras tomábamos el café, se acercaron a la terraza Jesús y Lola, una sobrina suya, a charlar un rato de las transcripciones de su tío, de las anécdotas de los miembros de la familia dispersos por el valle del que, según nos aconsejaron (después de comentarles lo abarrotado de Comillas) no se debe salir durante el mes de agosto.

Llegamos a Villorquite bien entrada la tarde, después de parar en la colegiata de San Pedro de Cervatos, con sus esculturas eróticas en las ménsulas y capiteles de la portada y del ábside que harían sonrojar a Passolini. Nos despedimos de Itziar y emprendimos el camino de regreso a Madrid.

Con esto, damos por concluida la segunda etapa del verano. A partir de ahora, ya estamos los cinco de vacaciones.


Hasta pronto.

Tudanca (Cantabria)
Casa de JM Cossío, donde Pereda redactó
"Peñas arriba"

viernes, 26 de julio de 2013

Como un sol de invierno al mediodía. Acebedo (León), 20 y 21 de julio de 2013



Embalse de Riaño, también conocido como Fiordos Leoneses
La luna, colgada de un firmamento azul y limpio, se reflejaba espléndida en la superficie esmeralda y cristalina. A medida que descendíamos por las curvas de la CL635, como si de una epifanía se tratara, nos mostraba el embalse tramos cada vez más grandes de su lecho, hasta llegar al espectáculo de Riaño iluminado. Como un paseo marítimo interior, dejaba adivinar la simetría y el ritmo arquitectónico del urbanismo al que servía de pantalla. Y por encima de todo aquello, la silueta alpina y encrestada de los Picos de Europa que, en el apogeo del plenilunio, adquiría matices fantasmagóricos, con la textura del sueño.


Alojamaiento rural "Sol del Mediodía". Un auténtico descubrimiento
Acebedo (León) C/Caldevilla, 2
Pocas horas antes, paramos a cenar algo en una estación de servicio ya pasado Venta de Baños. A nuestras espaldas quedaba el llano castellano y sus campos amarillos recién segados. Sara cenó de lujo y Carmen apuntó las señas del lugar para volver en nuestro próximo viaje a Potes.
-. Deberíamos llevar un cuaderno y anotar todas estas cosas..
Nos acordamos de nuestro amigo Pepe, libreta en mano. Al principio escribía medio a escondidas, apoyando el papel en la pierna, por debajo de la mesa: la marca del vino, el nombre del restaurante donde estábamos comiendo o del pueblo que se veía en el horizonte. A medida que ganaba confianza, ponía la agenda sobre el mantel e incluso se la prestaba a Sara para que garabateara…
Dejamos atrás el pueblo que da su nombre al embalse y, atravesando Burón y Lario, llegamos a Acebedo poco después de medianoche. Aparcamos el coche en la calle Caldevilla, 2 y enseguida salió a recibirnos Ester, la dueña de la casa rural “Sol del Mediodía”, donde habíamos alquilado una habitación. La temperatura exterior, que apenas llegaba a 14 grados, la paz que todo lo inundaba con el contorno grisazulado del Mampodre de fondo y la afabilidad de Ester que, después de las presentaciones, se dirigía a nosotros como si nos conociera de toda la vida, presagiaban un buen fin de semana, disipando las dudas que nos acompañaron durante el viaje.


Alturas del Mampodre con sus neveros
El motivo de nuestra estancia en el pueblín leonés era pasar el día con Alejandro, que llevaba acampado en los alrededores, con el resto del grupo scout Planeta, desde el martes 16 de julio. Al igual que sucediera el año anterior en Llames de Parres, los familiares de algunos niños, que se han construido un nicho en el mismo (“Rama de Padres”), habían organizado una “jornada partida” de padres consistente en una velada nocturna el sábado y un maratón de juegos la mañana del domingo, con la traca final del cocido al que nos invitaban los monitores. La idea no nos seducía ni poco ni mucho, no acabábamos de vernos jugando al pañuelo o a guerras de agua. Pero si queríamos estar con Alejandro (Itziar todavía estaba haciendo el camino de Santiago, entre San Sebastián y Bilbao, y no se incorporaba al grupo hasta el martes 23), no teníamos más remedio que transigir y pasar por el aro…
Los senderos que se bifurcan, como en el cuento de Borges
A las diez de la mañana del sábado, durante el típico desayuno a base de pan tostado, bizcocho, zumo y café, coincidimos en el salón-comedor con tres o cuatro parejas, perfectamente pertrechadas, que hablaban de hacer un tramo del Cares.
Preguntamos a Ester cómo se llegaba a la campa:
- ¿A cuál de las dos…?
No sabíamos que había otro grupo en las proximidades. Por lo visto, estaban en unos prados, a dos o tres kilómetros del pueblo. Como no teníamos nada mejor que hacer, echamos a andar y, antes de salir de Acebedo, nos cruzamos con dos coches conducidos por gente conocida:
- Si seguís el camino – nos indicaron- veréis unos coches aparcados. Allí está el otro grupo. Más adelante, hay un coche gris debajo de un poste. Arriba están los nuestros. ¿Vais a acampar?
- No, estamos aquí, en el pueblo
- !Ah, bueno...¡ Los que traen tiendas, han quedado a las cinco para plantarlas cerca del campamento… Nosotros llegamos anoche
-. ¿…?
Seguimos subiendo, sin toparnos con ningún coche aparcado
Acebedo es un pueblo pequeño, con una treintena de casas de piedra, rodeadas de impecables jardincillos y huertos, dos bares y una panadería. Los vecinos parecen competir en el cuidado y apariencia de sus hogares, pues abundan las flores adornando balcones y fachadas. En la plaza, una fuente que mana agua helada, la iglesia parroquial consagrada a Nuestra Señora de la Puente, con cierto regusto minero y, a pocos metros, el ayuntamiento, levantado en los años veinte.


Arroyo Erendia. Campa Planeta
Saliendo del pueblo, el camino se bifurca y, tal vez por pereza, tomamos el que bajaba (!y luego, subía, claro¡). En dos kilómetros, unos coches estacionados a la derecha del sendero, anunciaban la cercanía del primero de los campamentos. Nos asomamos al terraplén y, al fondo, a orillas del río de la Vega, se veían unas cuantas tiendas, y dos o tres piscinas hinchables para los más pequeños. Proseguimos con la marcha y, al final de una cuesta, bajo un poste de la luz, aguardaba el coche gris. Al fondo y a la izquierda, los picos pelados de Cuesta Rasa, Valjarto y Mediodía, con alturas entre 1900 y 2200 metros conservaban aún, a estas alturas de julio, algún que otro nevero, cuya visión ya nos había sorprendido desde la ventana de la habitación. Dejamos atrás el coche, nos quitamos las cazadoras (hasta entonces, no sobraban) y Carmen se adelantó con la cámara. Sara y yo, rezagados, nos entreteníamos viendo el paisaje, las vacas que pastaban a ambos lados del camino, las cigüeñas que surcaban el cielo con su parloteo inconfundible… Al llegar a un arroyo, que se precipitaba desde los picos, nos detuvimos, incapaces de vadearlo sin mojarnos los pies. Al poco, apareció Carmen, que no había dudado en empaparse.
-.  Por aquí no hay nada. Tendremos que enterarnos mejor, si no queremos perdernos esta noche.


Nunca viene mal un achuchón en medio del camino
Regresamos sobre nuestros pasos. Al alcanzar de nuevo el coche testigo, nos pararon tres automóviles que manejaban sendos padres del otro campamento. Durante la charla, dedujimos que los Planeta habían acampado siguiendo un camino de cabras muy empinado que nacía justo donde el coche gris de marras. Y allá fuimos, subiendo y bajando cuestas hasta alcanzar un otero desde el cual, esta vez sí, se veía el campamento. Es más: a una distancia por encima de trescientos metros, Carmen llegó a distinguir a Alejandro. Confieso que yo no fui capaz.
-. Sabes que no podemos pasarnos hasta la noche…
-. Bueno, ahora nos vamos a comer a Riaño, compramos una empanada, y la traemos a las cinco



Enormes y verdes prados
En uno de los mil juegos que tenían preparados...
Bajamos al pueblo, cogimos el coche y llegamos a Riaño en media hora. Aparcamos en la Avenida de Valdayo y encargamos una empanada, que estaría lista sobre las tres. Mientras tanto, tomamos algo en una terraza sobre el embalse, en la Plaza de Cimadevilla, junto a la iglesia parroquial y el museo etnográfico. Al marco no se le podía pedir más y nos extrañaba que no estuviera impracticable. Todo era nuevo y limpio, como de exposición…; y todo estaba vacío. Alguna pareja de extranjeros se desperdigaba por las mesas, plano en mano y macuto al hombro. Al embalse le venía que ni pintado el apodo que recibía: Fiordos Leoneses.

Y otra vez las flores por doquier y, en el hotel La Presa, apoyadas sobre una pared, rodeadas de rosales y buganvillas, cuatro o cinco bicicletas pintadas de negro, sostenían macetas de prímulas, margaritas, tagetes, pensamientos y gitanillas. Recogimos la empanada, comimos unos garbanzos con setas, calamares y gambones y sobre las cinco regresamos a Acebedo, subiendo con el coche hasta el dichoso poste de la luz.


Desde el otero



Bajando al campamento


Alejandro y Sara, la "precastora"
Madrigueras de los castores
Algunos padres se habían atrevido a acercarse conduciendo hasta el otero, junto a La Matona, desde el que divisaba el campamento. Por la mañana solo estaba el Qashcai alquilado por el grupo, con el que iban a hacer la compra al pueblo y a Riaño. Bajamos la cuesta, cruzamos el arroyo Erendia sobre unos tablones que bailaban y no sé cómo aguantaban con nuestro peso, y nos dejamos caer, como quien no quiere la cosa, y con la excusa de la empanada, en La Frecha, donde habían instalado el campamento. Vimos a Alejandro y le prometimos que volveríamos por la noche.

Para hacer tiempo, bajamos andando al pueblo por tercera vez y con gran disgusto de Sara, que no entendía cómo no hacíamos el trayecto en coche. De tanto andar (calculo que hicimos unos 15 kilómetros aquel día) y con el tiempo que disfrutábamos, nos habíamos abrasado. Tomamos algo en uno de los bares de Acebedo y charlamos un poco con Ester en su jardín. A su casa, “Sol del Mediodía”, no le faltaba ningún detalle, todos ellos escogidos con gusto. Cuajada de manualidades y cacharros recuperados, plantas aromáticas que despedían ese aroma inconfundible, como de balneario, y que aumentaban la sensación de confort y recogimiento, tanto que nos propusimos volver con Alex e Itziar más adelante, en otoño. Las parejas con las que coincidimos esa mañana en el salón, ya estaban de vuelta: eran los padres de algunos críos del otro campamento que pertenecían a un grupo scout que se reunía, antes de que lo cerraran indefinidamente, en el Centro Cultural Fernando de los Ríos. ¡Ya es casualidad!
Lateral del hotel La Presa (Riaño)

El hotel La Presa, desde la plaza de Cimadevilla
Subimos (cuarta vez) sobre las nueve, comimos unos bocadillos en el otero acompañados por tres terneros y su madre que nos observaban con desconfianza, a cierta distancia. A la hora fijada bajamos de nuevo al campa. Los padres implicados plantaron sus reales en un pequeño claro, prudentemente alejados de las instalaciones. Perfectos campistas, se habían llevado todos los archiperres necesarios para hacer más llevadera su estancia montuna.



La plaza de Cimadevilla (Riaño). !Triste y sola...¡
En La Frecha abundaban los robles y las hayas, helechos y abedules, cerezos y manzanos silvestres. A esas horas, se mezclaba el aroma dulzón de la hierba húmeda al de la boñiga, y con el sonido cristalino del Erendia saltando las rocas, nos vimos sumergidos en un ambiente de lo más bucólico y pastoril, tan relajante y entrañable como un sol de invierno al mediodía. Junto a la cocina, un avellano de mil varas cobijaba con su sombra a quien así lo quisiera.
A esta distancia Carmen fue capaz de identificar a Alejandro...
Carmen participó en la gincana prevista, a la que asistieron los monitores como simples comparsas, como si nada tuvieran que ver con el asunto, de tal manera había acaparado la atención el grupo de padres que, no lo olvidemos, eran los invitados de sus hijos. Con la noche, comenzó el frío y el cansancio de las andanas acumuladas. Sara se durmió en una silla y yo no veía el momento de que acabara la fanfarria.



Sara posando en la Avenida de Valdayo (Riaño)
A las doce y media, y gracias a que Jorge, el cocinero, se apiadó de la niña y nos acercó al coche, ya estábamos, molidos y destrozados, en la cama.


Gárgola inquietante de la Catedral de Palencia


Quemado por el sol
Aunque los actos del domingo empezaban a las diez de la mañana, nosotros teníamos que dejar la habitación, por lo que no llegamos hasta las once y media. Con todo y con eso, Sara se hartó de jugar, Carmen de hacer fotos y yo de tumbarme bajo la sombra protectora del avellano que presidía la campa. Lo que realmente queríamos, para lo que habíamos recorrido 400 kilómetros, era para estar con Alex, que nos enseñara su tienda y las cosas que habían hecho. Comimos con ellos un cocido (muy aparente, todo hay que decirlo) y cuando pudimos nos despedimos, después de que el niño nos mostrara orgulloso (no era para menos) las madrigueras (así llaman a sus tiendas) de los castores, el macutero, el tendedero, las duchas junto al arroyo e, incluso, las letrinas perfectamente adaptadas. Este era su segundo campamento, y aparte de la lógica morriña (tiene 8 años) se veía integrado y feliz, algo que nos preocupaba razonablemente. 
Junto a la iglesia rescatada de las aguas (Riaño)
Esto del “día de padres”, nuestras reticencias hacia la forma que tienen de plantearlo, y no me refiero al kraal o monitores, si no a la rama paternal que ha monopolizado el asunto con la mejor de sus intenciones, resulta a todas luces una batalla perdida de antemano. En mis años de scout la cosa era más sencilla: te visitaban los padres en el campamento, les mostrabas orgulloso las tiendas y comías con ellos allí o en los alrededores. Aprovechabas para ver lugares que, de otra manera, no podías ver; si no venían los tuyos, te acoplabas con otra familia (o al revés), y se dejaba a los monitores unas horas de merecido descanso. El año pasado Alejandro no llegó a visitar Ribadesella o Cangas, y este año le pasará lo mismo con Riaño



En la plaza del ayuntamiento palentino
La intención de Carmen era parar en varios sitios de camino a Madrid, pero la villa romana de La Olmeda, cerca de Saldaña, ya estaba cerrada y el cielo amagaba tormenta. Entramos en Palencia, una ciudad y provincia que hasta hace pocos años me resultaban completamente desconocidas, hasta el punto de preguntar, medio en guasa, medio en serio: “Pero… ¿Palencia existe?” Tuvimos la suerte de cruzar las puertas de la iglesia de San Miguel cuando estaba terminando la misa y el sacerdote transmitía a los fieles allí congregados un mensaje del obispo que, ante la proximidad de la festividad de Santiago Apóstol, y teniendo en cuenta que este año era laborable, aconsejaba a los “patrones” [sic] que permitieran a todos los que se dedicaban aquellos días a las labores de la siega [sic] a asistir a los oficios religiosos [y sic]. Era como hacer un viaje en el tiempo hasta una Castilla inmóvil, detenida, orgullosa y sorda, en algún momento indefinido de la Historia.
Palencia. Plaza del Ayuntamiento
La ciudad en si nos decepcionó. No había padecido los estragos de una guerra o de una catástrofe natural, si no algo infinitamente peor: los despropósitos de un urbanismo descerebrado y un tanto psicópata. A muy pocos metros de la Catedral, con sus gárgolas sobrecogedoras, se levantan unos edificios que destrozan el entorno de forma imperdonable. Alguna calle (como la del casino o la plaza del ayuntamiento) conserva todavía ese encanto provinciano tan característico pero, a falta de una visita más detenida, son bastante pocas.
Volvimos a Madrid con un buen número de imágenes y sensaciones impresas en la memoria, con el gusto de dejar Alejandro en mejores condiciones que el año pasado, esperando la llegada de las vacaciones y del próximo viaje.


Esquinazo del Casino
P. D. Agradecemos desde aquí a Kike, Alberto, Rasti, Carlota, Jorge, Dudu, Arco, los chavales "de prácticas" y al resto del Kraal el esfuerzo invertido en la organización y buena marcha de este campamento 2013, así como en acompañar a los niños en esos momentos de inseguridad y "penita". A Ester, por su hospitalidad y cercanía, de las que tan escasitos andamos últimamente. Y pido perdón por los errores que haya podido cometer en la identificación de localizaciones: ya va siendo hora de seguir el buen ejemplo de Pepe y meter en el bolsillo libreta y lápiz...


La felicidad...

lunes, 10 de septiembre de 2012

Del "Cuartel de la Montaña" a la Montaña palentina. 24 de julio-4 de agosto de 2012

Ignoro si es por cultura o por tradición, pero el caso es que consideramos las vacaciones como la meta en una carrera de desgaste, maratoniana y rompedora, lo cual no se explica muy bien teniendo en cuenta nuestros escasos hábitos calvinistas, ni siquiera anglosajones. Por regla general, abordamos ese periodo de impass en las peores condiciones posibles. Ignorando que esa total ruptura con la normalidad solo es pasajera, que las tres o cuatro semanas son eso, una veintena de días, a la vuelta de los cuales nos zambulliremos sin salvavidas en el torbellino de siempre, nos empeñamos en cortar con todo practicando una insensata política de tierra quemada. El balance es la pérdida de un tiempo precioso, despilfarrado al principio restañando las heridas provocadas por el cansancio acumulado de todo un curso y malgastado los últimos días lamentando su final o temiendo el retorno.

 

Portada del número 21 de la revista "Frente de Madrid" aparecido este mes de julio. Hace más de seis años, mucho antes de iniciar ningún tipo de relación con la asociación que la edita, lancé en su foro una pregunta sobre la desaparición y muerte de mi abuelo Leopoldo en otoño de 1936 en Madrid. En este número, por invitación de uno de los vocales de GEFREMA, aparece un artículo que publiqué aquí mismo sobre "Las últimas banderas", de Ángel María de Lera
Este artículo es el primero de los tres en que intentaré resumir nuestras vacaciones de este verano de 2012.
Con Itziar y Alejandro de campamento en Asturias, aprovechamos la calurosa tarde del martes 24 de julio para acudir a la presentación del número 21 de la revista “Frente de Madrid”, órgano oficial de GEFREMA (Grupo de Estudios del Frente de Madrid), que ya empieza a tener su huequito no desdeñable en este blog. Fuimos convocados en la sede de Ecologistas en Acción, que había cedido sus locales situados en Marqués de Leganés, una pequeña calle a espaldas de la Gran Vía, entre San Bernardo y Libreros. Como viene siendo habitual, la revista recoge en cada número un trabajo, que podríamos llamar monográfico, y otros artículos de menor extensión agrupados en diferentes secciones fijas. En esta ocasión, haciendo coincidir la fechas de publicación con alguna efeméride, estaba dedicado al asalto al madrileño Cuartel de la Montaña (20 de julio de 1936), uno de los primeros episodios del inicio de la Guerra Civil. Otros años era recordado por la Asociación con una visita a lo que queda del escenario de aquellos sucesos, guiada e ilustrada por Bibiano, el padre de Antonio Morcillo (presidente de GEFREMA), testigo presencial de esas horas desdichadas, fallecido recientemente. Cuádruple homenaje, pues, el que rindió Antonio Morcillo en la larga y, sin embargo, muy amena y erudita conferencia que pronunció con el Cuartel de la Montaña como eje. Sentido homenaje a la memoria de su padre, a la de los defensores y asaltantes de la plaza, y a su propia infancia, en cierta medida vinculada a aquel barrio.



"El frente de la Casa de Campo", monografía de Antonio Morcillo que recoge un inventario de los restos de la Guerra Civil que se conservan en un sector muy concreto de la Casa de Campo. Lo que son las cosas... Antonio es profesor del colegio Lourdes, adscrito en su dia a la Fundación Hogar del Empleado, de la que formaba parte también el centro donde estudié desde párvulos hasta 3º de BUP (Santa Cristina). El colegio Lourdes, además, está puerta con puerta con el local del Grupo Scout de Alejandro e Itziar...Esta guía contiene un plano muy detallado donde están señalados los restos visitables, así como fotografías y bocetos de las secciones de los diferentes tipos de fortificación, además de una interesante introducción histórica a la Casa de Campo como lugar de recreo de la Monarquía y como frente de guerra

No voy a hablar aquí del artículo, ahí está la revista para quien esté interesado, de la conferencia o del hecho en sí que inauguró el baño de sangre que se prolongaría casi tres años. Unos y otros se sentirían cargados de razones para manejarse como lo hicieron. Con los años, a unos y a otros nos merecerán distintas opiniones dichos motivos. Lo cierto es que la chapuza, la indecisión y la improvisación, al más puro estilo español, guiaron los actos de los de dentro y de los de fuera, con unos resultados a partes iguales heroicos y sanguinarios, teñidos de valentía y cobardía. Muy crueles de cualquier modo, si nos atenemos a que el número de muertos en las seis horas que duró el asedio ascendió a más de doscientos.
 
Pasada la gasolinera que se encuentra en la confluencia de la Avenida de Portugal y el Paseo de Extremadura, donde hemos repostado infinidad de veces, a mano derecha, se encuentra la Puerta de Dante, uno de los accesos de toda la vida a la Casa de Campo abiertos en la antigua cerca de ladrillo y mampostería levantada por Fernando VI . Esta entrada da a un parque y a la carretera que baja hasta el Parque de Atracciones. Allí mismo comienza el itinerario, con dos búnker y la base de una fuente construída durante la República, hoy desaparecida


Con Sara, experta trepadora de fortines
 
 
 
Después de la conferencia, mientras bebíamos unas cervezas, saludamos a José María Sánchez (¡gracias por sugerir la publicación de mi artículo sobre “Las últimas banderas”!) y a Antonio Morcillo y estuvimos hablando un buen rato de todo un poco: sobre nuestra afición a los restos de la guerra, el tratamiento de la historia en los estudios de secundaria (Antonio es profesor en el Colegio Lourdes) y el desarrollo del frente en la Casa de Campo…




En arqueología la imaginación es una herramienta fundamental de conocimiento. Aquí tenemos los restos de una casamata fortificada de ladrillo junto a la pista que sube al Teleférico desde el Pinar de las Siete Hermanas, pasada la acequia abandonaba. Con veinte kilos menos, cuando todavía no peinaba canas, habré pasado por ese mismo lugar miles de veces, pues forma parte del tramo llano del comienzo del circuito de footing. A su alrededor se aprecian todavía las trincheras


 
Fortín abovedado
Retomando el proyecto de una excursión demorada ya en demasiadas ocasiones, aunque un poco fuera de estación, decidimos el sábado 28 visitar los restos de las fortificaciones que aún se conservan en la Casa de Campo, que no son pocos. Con la publicación de Antonio Morcillo como guía, cargamos un par de mochilas con agua y bocadillos, nos calzamos las gorras, prometimos a Sara encontrar algún parque y atravesamos la Casa de Campo, subiendo y bajando cerros, saltando alguna que otra alambrada, desorientándonos más de una vez, y sudando de lo lindo, desde la Puerta del Dante (conocida entonces como Puerta de la República), hasta el Puente de los Franceses.
 



Entre 1939 y 1946 permaneció cerrada al público la Casa de Campo, que se iría abriendo por partes en años sucesivos. El motivo: la limpieza de los restos de bombas y metralla que pudiera quedar. Y ¿por qué no?: el enterramiento de los fortines bajo toneladas de tierra, cascotes y olvido
Impresiona la cantidad de ejemplares inventariados, una veintena, en un espacio relativamente limitado, lo que nos puede dar una idea de la actividad bélica que sufrió este sector. El hecho de que la Casa de Campo se mantuviera cerrada al público durante siete años, sometida a labores de limpieza y retirada de materiales peligrosos, además del deterioro que presentan los búnker, nidos y casamatas demuestran igualmente un fuerte intercambio artillero.


Sara, testigo de excepción, posa ante uno de esos búnker que solo pudo localizar Carmen después de saltar una alambrada. "Seguro que ya falta poco para llegar a el parque", parece pensar.



Cuando la Casa de Campo era una finca real con su propio sistema de explotación agrícola-ganadera, contaba con un importante número de empleados. Estos son los restos del "cementerio de empleados". Al fondo, uno de los postes del tendido del Teleférico



 
Itinerario de la excursión
En este sentido, Carmen recordaba lo nervioso que se ponía su padre (“!No te metas por ahí, que puede haber una bomba¡”) cuando, siendo una niña, jugaba alrededor de las fortificaciones próximas a la Carretera de Boadilla. Años después, convertida en una auténtica rastreadora, sin necesidad de consultar el plano que recoge la guía, nos llevaba, siguiendo el nervioso racimo de las trincheras, como esos entretenimientos consistentes en unir unos puntos numerados hasta conseguir formar una figura, a todos los hitos que, inmediatamente, serían fotografiados. Figura ésta que se asemeja a un arco, un tanto quebrado, con sus extremos en la Puerta de Dante y en la Casa de Covatillas. Debo confesar que solo fui capaz de localizar a ciegas un resto casi al final de la ruta.




El fuerte calor nos obligaba a rellenar de vez en cuando las botellas de agua

 

Desde esa línea ofensiva, Madrid ofrece, para mi gusto, su imagen más hermosa, limpia y evocadora. ¿Qué pensarían los ocupantes de esos fortines, levantados una vez estabilizado el frente en julio de 1937, tras la batalla de Brunete, cuando veían extendida a sus pies, casi al alcance de la mano, esta ciudad tan próxima y lejana a un tiempo, siempre esquiva?



Lento atardecer en la canícula, descendiendo desde los últimos restos hasta el Paseo del Marqués de Monistrol
Desentrenados, llegamos a casa bastante maltrechos, (a excepción de Sara que, entera y verdadera, apenas acusó la caminata), pero con ganas de repetir la experiencia en otoño o invierno, con el tiempo más a nuestro favor...

 

Panorámica de la Ciudad Universitaria desde último fortín visitado. Los restantes
quedan emplazados para otra oportunidad

 
El 31 de julio regresaron Alejandro e Itziar de Asturias sin rasguño ni abolladura y fuimos cubriendo la primera semana de agosto, entre Parque de Atracciones y Zoo, sorteando como podía, antes de que fueran pronunciadas, las denuncias de aburrimiento que nos arrojan a la cara nuestros hijos, y creo que los de todos, que comparten esa generacional intolerancia al tedio.



Con Antonio en Frómista


Fachada de San Zoilo (Carrión de los Condes)

 
El sábado 4 nos acercamos a Frómista, donde habíamos quedado con Rosa, Antonio y Jorge, que estaban con su temporada palentina de todos los años, a la que habían invitado otra vez a Itziar. Allí se celebraba una fiesta del peregrino, por lo que abundaban caminantes y ciclistas de todo tipo, color y condición.




El río (Carrión) a su paso por Carrión de los Condes

 

Sara en Carrión de los Condes
 
Después de comer, visitamos Carrión de los Condes, que albergaba aquellos días una de esas ferias aproximadamente medievales, por las que siempre da gusto perderse un poco, en la que se promocionaba el turismo cultural de la comarca y de la región. Paseamos por la ciudad y la ribera, disfrutando de una temperatura muy agradable, el cielo encapotándose por momentos, tan lejana del calor madrileño que presagiaba las olas sucesivas que nos acompañarían el resto del verano. Descartamos la idea primera de ir a Palencia, sustituida por la de acompañarlos a ellos a Villorquite, donde se alojaban en casa de la familia del padre de Rosa.



Desde la bodega de la familia de Rosa se tiene el privilegio de asistir a escenas como ésta
 
Villorquite de Herrera es un pueblecito con no más de 20 habitantes. La primera vez que estuve allí, por esas mismas fechas, y con igual motivo de llevar a Itziar, quedamos con Antonio a pocos kilómetros, en un cruce de carreteras. Nada más bajar del coche, toqué el asfalto con la mano y ¡estaba frío!... ¡Impresionante…!. Y el pueblo, otro tanto: prácticamente deshabitado en invierno, cuando deben caer chuzos de punta quedándose aislado del resto del mundo por la nieve y las heladas, durante el verano no es mucho menos tranquilo. Lugar perfecto para caminar, montar en bicicleta, correr o, simplemente, no hacer nada, al caer la tarde desciende la temperatura de forma brusca, con lo que resulta necesario cargar con ropa de abrigo y echarse una (o dos) mantas para dormir. Muchos vecinos cuentan, en las afueras, con una bodega o cueva centenaria enterrada en una pendiente, unas más habilitadas y actualizadas que otras, donde se reúnen para comer, tomas unos vinos o, sencillamente, sentarse a la puerta a observar cómo descienden los corzos del monte para pastar en un claro en esa inquietante hora del relevo de luces…


Alejandro, con la pañoleta como segunda piel, y Sara observan una exposición de aves rapaces, con su cetrero y todo.A sus espaldas, Jorge y yo pelín decapitados.
Carrión de los Condes
 
A Itziar, que todavía no es muy sensible a las tentaciones del conflicto generacional, y a mí nos sedujo desde el principio. “Es de esos pueblos que tanto nos gustan, donde seguro que huele a leña”, dijo aquella vez. Por eso quería que Carmen lo conociera, así que no puse ningún reparo cuando optamos por no ir a Palencia.


Itziar con los árboles de la ribera del Carrión al fondo
 
A eso de las 12 de la noche emprendimos el camino de regreso. Pasamos un control de alcoholemia al entrar, por equivocación (mea culpa) en Herrera de Pisuerga, donde, como en un silencioso carnaval, todo lo festivo y bullanguero que puede ser un sarao castellano, nos cruzamos con varias carrozas que cargaban con enormes y aparatosos crustáceos construidos con cientos de bombillas, celebrando la fiesta del cangrejo.



Monumental friso en la portada de la iglesia de Santiago (Carrión de los Condes)
 

Pasadas las cuatro de la mañana llegamos a Madrid.

 
(Continuará)