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sábado, 24 de mayo de 2014

Ni Münchhausen ni Alí-Baba. Razones para no votar

Que uno exprese en voz alta su intención de no dar por válido, a través de su voto, el patio de Monipodio en que se ha transformado el panorama político, se está convirtiendo en un acto que raya la heroicidad. Cuando murió Franco yo tenía ocho años, por lo que no viví ni participé en los debates previos a la reinstauración de la Democracia, ni tuve la oportunidad de concurrir con mi sufragio en las primeras elecciones libres, gesto, este de votar, al que ha quedado reducida la faceta política del individuo, que paulatinamente va perdiendo su condición de ciudadano para adoptar la de contribuyente. Quiero decir con esto que no siento añoranza ni nostalgia al comprobar cómo se desvirtúa algo que fue construido con esfuerzo e ilusión, ni me siento moralmente obligado a respaldarlo pase lo que pase. Por otra parte, como todo hijo de vecino, aporto mi granito de arena, vía impuestos y de forma involuntaria, a la “fiesta de la democracia”, de esta democracia alelada y postmoderna que tan poco tiene que ver con lo que, en buena lógica, y sin pedir peras al olmo, podemos esperar de ella. Y lo hago financiando los disparates de sus asistentes y sus actitudes de niños consentidos, manirrotos y malcriados. No se me puede exigir más.

Confieso que mi desencanto por los partidos políticos que pastan, sin la contrapartida de ese estiércol que fertiliza, en los Presupuestos Generales del Estado nació hace ahora diez años. Hasta entonces solía entrar en las discusiones partidistas, como lo haría un elefante en una cacharrería, defendiendo con vehemencia y acaloramiento a determinados políticos que no tardaron en defraudarme. Ponía la mano en el fuego por este o aquel y, al poco, salía chamuscado, haciendo cola en la unidad de grandes quemados.



La tragedia de Atocha de 2004, tomada por ambos partidos como arma arrojadiza en vísperas de unas elecciones que debieron suspenderse hasta aclarar todos los extremos de la masacre, hizo sacar a cada grupo lo peor que tenía dentro. Al resultado de esa convocatoria electoral se le puede aplicar la frase genial de Julián Marías con la que encabecé la entrada anterior, definiendo a los dos grandes partidos en liza, el PP y el PSOE como los justamente vencidos y los injustamente vencedores. Y así, de fiasco en fiasco, se me cayó la venda de los ojos, percibiendo con abrumadora nitidez que tanto unos como otros pisoteaban las esperanzas y los anhelos que sus propios afiliados y seguidores habían puesto en sus programas y personas.



Decepción fructífera donde la haya pues, mediante un sencillo mecanismo de espejos, y gracias a otras experiencias desagradables que fui acumulando con el tiempo, me hizo ver que la clase política no es una entidad aislada como esa célula que, de buenas a primeras, y sin saber muy bien cómo ni porqué, se convierte en cancerígena, destruyendo poco a poco al resto de las células y, con ellas, el cuerpo sano que hasta entonces conformaban. Más bien es el reflejo de la sociedad, en este caso, de una sociedad pelín aletargada y acomodaticia, de donde es demasiado fácil (y, por ende: erróneo) concluir que tenemos la clase política que nos merecemos.
Si aceptamos que nadie se merece ser gobernado por gente así, cabría preguntarse si esas actitudes y comportamientos que tanto execramos son propiedad exclusiva de aquellos a los que cada cuatro años se le renueva de forma acrítica y ciega su contrato millonario. Porque lo que realmente nos subleva es la constatación del mal uso que se está haciendo de un dinero que, de forma irresponsable, ponemos en manos de una gente que ha demostrado sobradamente su incapacidad para administrar unos presupuestos que salen de nuestros bolsillos. La discusión política, a la que hace tiempo no visitan las ideas, se limita a desgranar con mayor o menor cabreo los últimos escándalos de corrupción; de donde estar al día de la actualidad no es otra cosa que conocer con todo lujo de detalles el último robo perpetrado por tal o cual político ¿No estamos viendo a diario, en empresas, instituciones y fundaciones algo similar? ¿Qué fue primero: la gallina o el huevo? La mediocridad, la adulación como medida universal, el marica el último a la hora de apropiarse de lo ajeno… ¿va de arriba abajo o de abajo a arriba? Pura ósmosis.



El ataque sistemático a lo público, esto es: a lo poco o mucho que se hace gracias a la mordida que todos los meses sufren nuestras nóminas, acompañado de la mentira, el engaño y la fantasía morisca, son las fuerzas directoras de la política de hoy. Como liberal trasnochado que soy considero, por una parte, que la caja común, más o menos nutrida, es sagrada, y todo lo que salga de ella tiene que estar perfectamente justificado porque no nos pertenece a nosotros, si no a nuestros hijos y por lo tanto no se puede regalar impunemente a los amigotes (eso que ahora se llama, con la mayor desvergüenza, y la sonrisilla cómplice de los delincuentes que la maquinan, privatizar) sin caer en un grave delito social. ¿No estaríamos incurriendo en alguna falta grave tipificada por el Código Penal si a cualquiera de nosotros se nos ocurriera hacer la mitad de la mitad de lo que hacen con total impunidad nuestros representantes y administradores? Paulatinamente, damos pasos hacia atrás, volviendo a confundir, como sucedía en la Edad Media, el tesoro  personal del Rey con el patrimonio del Reino. Por otra parte, mis tonterías liberales, con sus antiguallas de devoción al individuo y a sus capacidades creadoras, a su libertad e integridad, hacen que me escandalice con el engaño al que nos vemos sometidos, con el sistemático falseamiento de la realidad y las promesas de imposible cumplimiento, con las que pretenden que comulguemos como si se tratara de ruedas de molino.


Cuando escribo esto, (falta media hora para que se enfrenten Lisboa, en esa perla del Atlántico, los dos equipos madrileños y la borrasca que nos ha acompañado durante toda la semana se deshace poco a poco) me viene a la cabeza el barón de Münchhausen, concretamente esa patología llamada “síndrome de Münchhausen por poderes”, en virtud de la cual el enfermo es capaz de desvivirse atendiendo a una tercera persona a la que ha provocado una enfermedad. La razón de existir de este enfermo es atender la enfermedad que ha inducido, casi casi como los políticos que se afanan, sin éxito, en solucionar los problemas generados por su mala gestión. Y, de la mano del barón, Alí-Babá, seguido de su cohorte de 40 (o 40.000) ladrones, dando lecciones de honradez y probidad.
No obstante estar cargado de razón quien afirmó que “si no te ocupas de la política, la política se ocupará de ti”, de momento cualquier cosa es mejor que dedicar esta jornada de reflexión a pensar a quién voy a entregar mi voto, si a Münchhausen, Alí-Babá o cualquiera de sus mil variantes. Pero tengo un pequeño problema: a mí no me gusta el fútbol.

martes, 30 de abril de 2013

Si la montaña no va a Mahoma... Segunda parte. La estrategia del piojo

De camino a la montaña se encuentran numerosos obstáculos. Se yergue, a lo lejos, poderosa y altiva, tan fría como el metal. A medida que las convulsiones del suelo han ido moldeando su fisonomía, sembraba de vástagos su entorno, unos más grandes, otros más chicos, algunos una simple meseta chata y roma, y los de más allá, de crecimiento rápido e insolente, apenas resisten las embestidas del huracán… Todos intentan imitar a su matriz, exhibiendo su majestuosidad e imperio a una escala reducida, casi ridícula, como de opereta.
De cerca, no dejan de imponer respeto, pues ocultan con su sombra a la Gran Madre, usurpando incluso su personalidad y sus destellos. Muchos dicen, sin duda inspirados por ese miedo irracional que nace de la pasta animal con que estamos moldeados, que el aventurero incauto corre el riesgo de sucumbir a su fulgor y hechizo, lo cual es un grave error pues, toda vez que pisa la cima, esta se aplasta hasta desaparecer. Pero, entonces, como por arte de magia, surge de las profundidades de la tierra otra cordillera más que se extiende indefinidamente rayando el horizonte antes de alcanzar a la Montaña. Eso, al menos, es lo que dicen.…

Bueno, no es exactamente así, o no siempre se desarrolla la acción de la misma manera. Todo depende del carácter de quien pretende llegar a la Montaña, de su fuerza y disposición, de la entereza de su ánimo. Para algunos, el terreno no se presenta tan accidentado, y la empresa más se parece a un paseo militar que a un safari delirante y peligroso. Para los más, todo adquiere proporciones ciclópeas y muy pocos se atreven a incorporar el papel de un nuevo Hércules aceptando el reto de las doce pruebas.
Porque de reto se puede calificar el empeño en sortear las piedras que un poder omnímodo y dulce, terrible y silencioso, pone bajo los pies descalzos de quien pretende desarrollar una vida plena, con sus potencialidades solo mediatizadas por los imponderables de la naturaleza, contra los que bien poco podemos hacer, no por los caprichos de esas mentes antojadizas y bienintencionadas que rigen nuestro destino..
Pocos saben que, coronada con éxito la primera de las cimas, el resto de la cadena se difumina como un espejismo y, de forma inopinada, se reduce drásticamente la distancia que nos separa de nuestro objetivo.

Contra todo pronóstico, el político no es un ente aislado, lejano e inaccesible; un compartimento estanco sin comunicación con el exterior; no habita un Olimpo apartado de la realidad, ajeno a los problemas de la gente a la que dice servir. Esta imagen de la clase política, fomentada tal vez por ella misma de forma involuntaria, aunque parezca una paradoja, facilita sobremanera la canalización del descontento. Genera unos espacios de protesta controlada donde derramar la insatisfacción y la impotencia. Heredera de la tan traída y llevada lucha de clases, en virtud de la cual la Historia se reducía a una confrontación sin tregua ni cuartel entre grupos que se concebían como unidades cerradas y compactas, formadas por miembros iguales entre si, cuyos únicos objetivos en la vida se limitaban a dominar y a no dejarse dominar, dicha cosmovisión peca, en el mejor de los casos, de una candidez infantil, de un maniqueísmo que impide alcanzar la raíz de los problemas, hipotecando cualquier análisis serio de la sociedad y sus agentes.

Bien es cierto que simplificar el mundo a una lucha entre ángeles (nosotros) y demonios (todos ellos), consuela como un bálsamo, al igual que enjugaba las lágrimas y el dolor de los afligidos aquella feliz creación del Purgatorio durante las convulsas y críticas décadas del la Baja Edad Media, con la muerte siempre presente, años de epidemias y guerras que diezmaron a la Cristiandad.
De siempre, las sociedades, y en mayor medida las modernas, son bastante permeables, aunque se hayan impuesto desde las cátedras universitarias una panoplia de esquemas y estructuras a los que tenía que amoldarse, sí o sí, la realidad, tanto la presente como la pasada, con la intención de ejercer un mayor control sobre la futura.
Esa permeabilidad, ese constante y promiscuo intercambio de modos y maneras entre la sociedad y sus dirigentes, hacen que la identificación de los responsables de los problemas resulte complicadísima. Lo que repudiamos en un político, lo estamos viendo a diario en nuestro entorno más inmediato sin apenas darnos cuenta. Por lo tanto, es necesaria una tarea previa de introspección, porque: ¿qué fue primero: la gallina o el huevo?, ¿quién corrompe a quién?...

En momentos como este de gran confusión conviene revisar nuestra escala de valores, actuar conforme a lo que nos dicte la conciencia y estrechar aún más los lazos que mantienen unido nuestro ámbito más próximo. Solo la coherencia y la honradez, la adecuación del pensamiento con los actos, nos hará fuertes y libres para hacer frente con ciertas probabilidades de éxito a la estrategia del piojo. Advierto que no es tarea fácil.
Porque todos sabemos cómo se las gasta este bichejo. No basta con localizarle y eliminarle, pues para entonces ya habrá sembrado sus huevos. Muchos creen que con su muerte se acabó el problema, ignorando que este será recurrente si no se identifica al primer transmisor y no se hace un seguimiento diario de los huéspedes hasta su total aniquilación (¡de los bichos, claro!). Con los piojos pasa como con los vampiros: existen desde hace miles de años porque nadie creía en ellos; y como con las almorranas: nadie las ha tenido nunca hasta que alguien comenta que las padece… Hay quien asegura que esos parásitos los diseminan en las entradas de los colegios los fabricantes de productos farmacéuticos orientados a su erradicación. El que no se conforma es porque no quiere…

Podemos reconocer, con nombre y apellidos, a varias de estas liendres. A una de ellas le debo la creación de este blog, pues del impacto que me produjo confirmar su maldad intrínseca salieron dos o tres reflexiones relativas a los saqueadores y esa chusma de similar pelaje. Asistí a la epifanía del horror hablando con ella, hará cosa de cuatro o cinco años. Desde entonces, se ha repetido la situación en tantas ocasiones que me es permitido sacar una ley. En estas sucesivas entrevistas con el vampiro, sin el encanto de un Brad Pitt, la agilidad verbal de la escritora Anne Rice, ni la conciencia de que si no ponía remedio me iban a sacar la sangre (y a meter la mano en la cartera) a la primera de cambio (como así sucedió), se repetían con asombrosa puntualidad una serie de técnicas extraídas de un manual pardo de habilidades sociales, como pueden ser el despliegue de una humildad desmedida, la alabanza al interlocutor (deslizando de vez en cuando alguna crítica a los que considera adversarios del mismo) y la promesa de un futuro cuajadito de posibilidades de promoción… De haber conocido a esa liendre en la actualidad, creo que no habría sucumbido a su hechizo. Nunca es tarde si la dicha es buena…





A lo que voy. El problema está tan extendido, que la clase política solo es una más de las responsables del mismo. La liendre a la que he hecho mención más arriba sigue robando y saliendo en las fotos por mucho que un puñado de personas combativas rodeen el Congreso. Todos podríamos enumerar varias soluciones que despejarían tales problemas. Pero esas medidas, en mi opinión, cargaditas de las mejores intenciones, adolecen de la falta de radicalidad que exige la gravedad del asunto. Sería como arrancar la mala hierba de un sembrado con las manos o limitarse a matar el piojo que descubrimos en una cabeza infantil. En ambos casos, y a muy corto plazo, parecería que habríamos conseguido nuestro objetivo sin demasiado esfuerzo; pero, al poco tiempo, comprobaríamos cómo se extiende la cizaña por el trigal y las liendres por el cabello de la criatura.

Si admitimos abiertamente que nos han invadido los piojos, que el mal  también está en nosotros mismos y no solo en los demás, habremos avanzado mucho en el camino de la montaña, de la recuperación de las riendas de nuestra vida.

jueves, 25 de abril de 2013

El barco que se hundió en Aluche

El Centro Cultural "Fernando de los Ríos" me recuerda a un imponente catamarán
 
 
Dormimos por vez primera en el piso recién adquirido una calurosa noche de julio de 2007. Cuando empezamos a sentir los vagones del Metro renqueando por las vías con su inconfundible sonido metálico y chirriante, se nos cayeron los palos del sombrajo: !de modo que habíamos cambiado, como vecinos ruidosos, la Carretera de Boadilla del Monte por la Línea 5 del Metro de Madrid¡. Aunque la emoción del estreno amortiguara el impacto inicial, y ahora lo recordemos bromeando, bien es cierto que asumimos enseguida esa pequeña contrariedad, pues la única parte de la casa que asomaba al Metro, que, nunca mejor dicho, estaba en primera línea de la línea verde (como le llaman los castizos), era la cocina y el lavadero. Tan acostumbrados estamos ya a su compañía que se le echa de menos durante las jornadas de huelga, parece que nos falta algo. “Ha debido ser un éxito esta vez, porque llevo más de media hora sin oír los trenes”, pensamos en voz alta.
 
A todo se hace uno. Amueblamos nuestro paisaje con una serie de complementos que hacen la vida más llevadera o, al menos, así lo creemos. Si no circulan los autobuses o los trenes, además del trastorno evidente, nos sumimos en una auténtica cojera emocional. El hecho de que nos arrebaten los servicios de que hacemos uso con frecuencia, aparte de la lógica indignación inherente a la conciencia de haber sufrido un atraco, nos provoca tal marasmo que, entre la sorpresa y la estupefacción, tardamos un tiempo precioso en reaccionar…
 
 
El CAD de Aluche comparte el solar que ocupa el centro cultural
 

Es el momento de duración indefinida de la sorpresa, cuando se nos pinta en la cara ese gesto característico de estupefacción, el mismo que debimos poner Carmen y yo al ver cómo el remolque de la barca se deslizaba suavemente por la pendiente de cemento de la playa de Orellana, hasta sumergirse a tres metros de profundidad bajo las aguas heladas y grises de Semana Santa, allá por el año 2000 o 2001. Entonces tuvimos la suerte de contar con mi hermano Rafa y con Erno, que improvisaron un rescate de lo más profesional y pudimos recuperarlo sin mayor dificultad…

Hay otros salvamentos  que parece que no tendrán un final tan feliz como aquél.
 
Una de las manifestaciones convocadas por diversas agrupaciones de vecinos



Al igual que un gigantesco catamarán con exceso de carga, encalló hará unos treinta años, con la proa apoyada en la calle Camarena y la popa arrastrando a la embarcación hacia la calle Valmojado y el Parque de Aluche. Le bautizaron con el nombre del histórico dirigente socialista Fernando de los Ríos y a su inauguración, estando de servicio como voluntaria de la Cruz Roja, asistió Carmen.

Hasta hace cuatro o cinco años yo no prestaba demasiada atención al Centro Cultural Fernando de los Ríos. Lo conocía, pasaba delante de él con el autobús, pero nunca había subido a bordo… Su modernísimo diseño, con los altos pilares cilíndricos y sus planchas blancas cubriéndolo todo, como si de mármol se tratara, competía en originalidad, aunque con estilos diferentes, con la fábrica de la parroquia de San Juan Bautista de la Concepción, ambos perfectamente integrados en una de las urbanizaciones más conocidas de Aluche: San Bruno.

Cuando Itziar se matriculó en el colegio anejo a la parroquia (San Juan García), y todavía era pequeña para manejarse sola por el barrio, le dejaba todas las mañanas sobre las 8 y cogía el 25 frente al centro cultural. Por la tarde repetíamos, a la inversa, la operación. Por aquel entonces, en más de una ocasión quedaba con sus amigos en la biblioteca del Fernando de los Ríos para hacer algún trabajo y, básicamente, conectarse a Internet en alguno de los terminales de acceso público. Tanto en la sala de lectura, como en el resto de las instalaciones, se veía un movimiento incesante, con chavales entrando y saliendo, provocando el inevitable barullo. Pero no solo había críos. Gente de todas las edades acudía a diario, lo supe más tarde, a participar en alguna de las numerosas actividades que se ofrecían a un módico precio. A saber: Aeróbic, Batuka, G.A.P., Gimnasia, Masaje, Pilates, Tai chi, Teatro, Yoga, Conocer Madrid, Historia de España, Historia del arte, Letras, Neuróbic (taller de memoria), Alemán, Francés, Inglés, Bailes de salón, Salsa, Danza del vientre, Danza española, Bolillos, Cerámica, Corte y confección, Cuero, Encuadernación - Encuadernación y dorado, Manualidades, Marquetería, Pintura, Restauración, Telares, Tiffanys, Teatro infantil, Ajedrez infantil, Inglés infantil (5 a 8 años), Inglés infantil (9 a 12 años), Danza española infantil (5 a 8 años), Danza española infantil (7 a 12 años), Danza española infantil (12 a 16 años), Pintura infantil (6 a 11 años), Pintura infantil (5 a 10 años), Pintura infantil (11 a 16 años) y Guitarra infantil.
 
Parroquia de San Juan Bautista de la Concepción

 

Después de algún amago de suspensión de actividades, un buen día nos informaron que por una avería en la cubierta de proa y a estribor, donde se localizaban la biblioteca y un par de aulas, se veían obligados a cerrar la mitad del centro cultural. Transcurrieron varias semanas, llegó Navidad y, no sé si por simpatía o por cualquier otra razón que nadie fue capaz de explicar, acabó clausurándose la totalidad del Fernando de los Ríos, distribuyendo las actividades que se desarrollaban en el mismo entre otros centros del distrito de Latina.

¿Qué había pasado? ¿Qué motivos empujaron a las autoridades municipales a cerrar, con nocturnidad y alevosía, una institución que cumplía con creces una importante labor de dinamización y cohesión en el barrio?. La información que no fluye deja un espacio precioso por donde discurre libremente el rumor y el bulo. Se llegó a decir que el hermoso catamarán se iba a reconvertir en un Mercadona…; o que se volvería a abrir a finales de 2014 (¡cuán largo me lo fiáis!), una vez finalizadas las obras de rehabilitación que ni tienen trazas de comenzar a estas alturas del año.
 
Vista lateral del centro cultural enclavado en la urbanización San Bruno
 
 
Y a los rumores les sigue una estela de temor que no es fácil borrar. Como anejos al Centro Cultural Fernando de los Ríos, hay una cafetería y el CAD (Centro de Atención al Drogodependiente) de Latina. Adrián es quien lleva la cafetería y no ve nada claro su futuro, vinculado a un centro cultural en funcionamiento, según el contrato firmado con el Ayuntamiento. Y en cuanto al CAD, todavía ondean las pancartas que avisan de su posible desmantelamiento…

¿Qué está pasando? Las asociaciones de vecinos convocaron un par de concentraciones precedidas de sendas recogidas de firmas contra el cierre. Lo que hasta hace poco era un constante trajín y bulle-bulle ahora ya no es nada. Escribo en la vacía cafetería de Adrián, donde solo me acompaña una madre que le echa una mano a su hijo en las tareas escolares; y me había resistido a tratar este asunto pues me parecía tan grosero que esperaba un reconsideración por parte de los responsables del desaguisado.
 
¿Tenemos que presenciar impasibles cómo se desmorona una parte importante de nuestro entorno? ¿Qué medidas deberíamos adoptar para evitar que se sucedan estos desmanes? Esa es la cuestión, y la respuesta tendremos que buscarla en nosotros mismos.

Porque mucho me temo que, más de cinco meses después del desastre, el cambio de rumbo que todos esperamos no se va a dar, y el catamarán que encalló hace tres décadas en Aluche acabará hundiéndose en el puerto sin que el equipo municipal, embarcado en otros menesteres cuyo alcance se me escapa por completo, mueva un dedo para remediarlo.





 

martes, 9 de abril de 2013

Si la montaña no va a Mahoma... Primera parte. Algunas claves para entender (y soportar) la crisis


Revisando el blog, compruebo que llevo unos cinco meses, o más, sin escribir nada de política. Parecería a simple vista que suscribo lo que está perpetrando el PP, o que apruebo a pies juntillas las tácticas puestas en práctica por sus adversarios, y por eso guardo un silencio cómplice con unos o con otros. Nada más lejos.
Sucede a veces que al volcar toda nuestra energía en un trabajo determinado, ya salga este adelante o no, llega un momento que acabamos exhaustos, agotados y tan saturados que nos quema, y huimos de todo aquello que tenga algo que ver con lo que, para bien o para mal, consideramos concluido. También, con frecuencia, se cruzan asuntos que despiertan nuestro interés hasta el punto de abandonar el camino ya emprendido para enfilar una senda cuyo destino último desconocemos. Y ese nuevo itinerario nos entretiene y cautiva, porque en él todo está por descubrir. Y aunque echemos la vista atrás para saber qué ha sido de lo que hemos desechado, cuesta trabajo retomarlo, la misma pereza que provoca recuperar unas relaciones que, cuando estaban en vigor, no eran lo suficientemente sólidas.
La guerra civil, La Serena, nuestras andanzas y el rescate de recuerdos han ganado su lugar en este cuaderno que, en principio, no estaba dedicado a su cultivo. Pero, por mucho empeño que pongamos en su control, la combinación de varios estímulos de naturalezas diferentes, si no se anulan mutuamente con el roce, pueden dar lugar a un producto insospechado que no deja de perseguirnos hasta que le demos forma. Porque, ¿qué pueden tener en común estos largos meses de lluvia que han cubierto todo con un halo de tristeza, por una parte, con la formulación orteguiana de las ideas y las creencias? ¿O la letra de una canción de Luz Casal con las palabras sobre la Política (así, con mayúscula) que dejó escritas Petere en “Acero de Madrid”? En principio, nada. Sin embargo, uno de ellos me lleva al otro y al otro y al otro… en un bucle sin fin, y resulta divertido embarcarse en dicha empresa, ¿qué saldrá de todo ello?, similar a aquel juego de mesa que consistía en formar frases o palabras con unas letras que nos asignaba el azar, aceptando el riesgo de llegar, en uno y otro caso, a conclusiones peregrinas.
De cualquier manera, nos ha tocado vivir unos tiempos en que todo es posible, sin excluir el panorama más disparatado. En lo que ahora nos atañe, hemos pasado, casi sin solución de continuidad, de una fe ciega, diríase sagrada, en la política y sus gestores, a una demonización sin paliativos de la clase dirigente. No seré yo quien defienda ni a una ni a otros. Las críticas que reciben, en mi opinión, están mal orientadas, y son más suaves que las que tendrían que padecer si estuvieran formuladas con criterio. Pero habitamos un mundo maravilloso en el que todo se mezcla, lo real con lo imaginado, lo esperado con lo temido…; y si esto tiene su encanto y su tirón en la poesía, en política genera confusión y desmán.

Todos sabemos que el amor y la guerra difícilmente se sujetan a reglas. En ellos todo está permitido, pues son procesos orientados a la obtención de fines teóricamente intangibles, inmensurables: el bienestar, el resarcimiento de afrentas reales o fingidas, el honor, la tranquilidad o la venganza. La relación que ha mantenido el español tradicionalmente con la política podría calificarse de amorosa, pero en su faceta más tormentosa y patológica, con sus ingredientes de malos tratos, infidelidades, mentiras y dependencia abusiva. “Tal para cual” se titulaba la canción de Luz Casal (que, en parte, ha motivado estas líneas) donde se narraban las dificultades en la convivencia de una pareja que cayó en picado al formalizar su relación mediante un “contrato social”. Como esos amantes que un día se tiran los trastos a la cabeza para, acto seguido, perdonarse con la seguridad compartida de que el culpable de sus males es, necesariamente, un tercero en discordia, así ha transcurrido históricamente nuestra relación con la política.

Hoy, el agente distorsionador es la gran banca (o las humildes cajas). Quienes han malmetido con sus chismorreos, introduciendo el hedor de la suspicacia, son las multinacionales y las instituciones europeas (con Alemania a la cabeza, of course), deteriorando la convivencia entre los españoles y la política que, aun con los altibajos propios de un matrimonio ya mayor, discurría por unos cauces adecuados a tantos y tantos años de vida en común.
Cuando se elimina la razón en la interpretación de la cosa pública, pasa lo que pasa: en el fragor de la pasión, se confunde al enemigo, proporcionando un balón de oxígeno al verdadero responsable de nuestro tremendo estado de cosas. Esa percepción desenfocada del entorno hunde sus raíces en las creencias difusas que informan y amalgaman nuestra existencia. Si las creencias son frágiles e insolventes.. ¿qué textura tendrán las ideas que puedan concebir? José Ortega y Gasset escribió sobre ese feliz distingo entre creencias, especie de molde o continente inherente al ser humano, e ideas, las herramientas que dichas creencias fabrican para entender y dominar el mundo que nos rodea. Independientemente de todas las connotaciones peligrosas que esta teoría pueda arrastrar consigo, posee un mérito evidente, y nos facilita una clave para, si no resolver, al menos enfrentarnos con mayores probabilidades de éxito al problema que nos acucia. 
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Si asumimos la libertad del hombre, el respeto a su integridad y la fe en sus infinitas capacidades para identificar y alcanzar por sus propios medios la felicidad, así como para establecer las oportunas asociaciones con otros individuos con el fin de obtener objetivos comunes…; si abrazamos con toda sinceridad dicha radicalidad, estaríamos cimentando una creencia con tanta solidez que no tendrían cabida todas las quimeras que han pululado por doquier, inspirando esas políticas tan nefastas que nos han traído hasta el paisaje yermo y desesperanzado que hoy habitamos.
Esas creencias frágiles y difusas en que hemos crecido las últimas dos o tres generaciones, no obstante su intrínseca debilidad, se han extendido como un virus malsano con asombrosa facilidad. Como las arcillas expansivas sobre las que se edificaban muchos bloques de viviendas, llevaban la marca de la muerte al instante de nacer. Cuando el hombre, implícitamente, renuncia a ejercer la plenitud de sus facultades, delegándolas en entidades superiores al individuo a cambio de una falsa paz, entidades que, como los Estados, ostentan una inconfesada vocación de metástasis, está renunciando igualmente a su condición de ser humano, poniendo el fin último de su existencia, esa búsqueda incansable de la felicidad, con todos los medios y recursos que ha conseguido allegar para su consecución, en manos de unas terceras personas que no tienen porqué compartir, ni siquiera conocer, el concepto de felicidad que alberga el individuo en cuestión.

Esa penosa dejación de responsabilidades, que ha adquirido unos ritmos y cadencias distintos según la época que estemos tratando, jalona, con sus hitos, la inconclusa historia de la libertad, esa libertad que hoy presenta un estado comatoso. Paulatinamente, de forma casi imperceptible, ponemos en manos de partidos e instituciones la gestión de nuestros asuntos, la planificación de los detalles más insignificantes de la vida, y cuando queremos recuperar las riendas, al ser conscientes de nuestra individualidad, ya es demasiado tarde. Nace entonces la insalvable sensación de insatisfacción que acogota al hombre actual, el lamento por la pérdida, la conciencia del vacío. Y se pone en marcha toda una suerte de mecanismos de defensa, ese argumentario que recitamos desde niños, como si de un catecismo se tratara, que gira en torno a tres o cuatro ideas eje de una pasmosa eficacia y perversidad, en tanto en cuanto son ajenas a la naturaleza del hombre: la apelación a la igualdad, y la solidaridad y sacrificio, estos dos últimos ejercidos sin el necesario concurso de la voluntad, lo que les resta gran parte de la eficacia que se les supone. Pues cuando tales impulsos nacen del corazón son capaces de mover montañas. Por el contrario, al ser impuestos desde el poder y la coacción, esa apelación, en vez de ensalmo, solo sirve para enturbiar la relación entre los hombres, y entre estos, en cuanto agrupación, y los gobiernos, extendiéndose, como un susurro insidioso, esa salmodia que nadie se atreve a cuestionar: el divorcio entre la sociedad y el los gobiernos.
 Y como en esas parejas repentinamente malavenidas, se suceden los reproches, las acusaciones mal o bien fundadas, los donde dije digo, digo Diego. Y toda una vida construida de común acuerdo se tambalea, y lo que por ambas partes era aceptado con gozo, ahora se torna insoportable. Y la propia institución, ese “contrato social”, su misma esencia, es puesta en entredicho con una violencia no disimulada.

 Las normas y las reglas que nos hemos dado durante 200 años de repente pierden su valor. O, al menos, eso parece, a tenor de las exigencias y protestas de una gran parte de la gente que viene sufriendo de forma cada día más encarnizada los rigores de una crisis que se empeñan en resolver los propios autores de la misma.
Es como una pescadilla que se muerde la cola. Frente a un problema nuevo, se aplican recetas trasnochadas, que quizá, solo quizá, surtieran efecto en otros escenarios, con la lógica efusión de sangre y violencia. Desgraciadamente, la política aun conserva su encanto y su poder. ¡Cuánta razón tenía Petere cuando escribía en la ciudad sitiada de 1938, justificando su “Acero de Madrid”, esta descarada alabanza!: “…¿qué hay en el mundo más poderoso que la Política? ¿Qué hay más bello, más rico, más suave y más fuerte, más trueno y más rayo? ¿Qué ha hecho fijar las miradas y las voluntades?... La Política es la nube de fuego que guía a la nueva Poesía… La guerra no es solo la guerra, sino una parte de la Política”.
Sin embargo, me gusta conservar cierto optimismo (¿anarquista a fuerza de liberal o liberal a fuerza de anarquista?), y creo que aún estamos a tiempo de enderezar la situación, aunque el proceso va a ser largo y doloroso. Más de un siglo de “mala educación” no se corrige de un plumazo. Pero disponemos de los conocimientos y enseñanzas, de toda la historia acumulada que nos puede facilitar las herramientas precisas para alcanzar ese objetivo. Está claro. A estas alturas, a nadie se le puede ocultar que la montaña, esto es, la política, es inamovible, que por mucho que elevemos la voz, como un grito en el desierto, ella seguirá allí, impertérrita y sorda, alimentándose y engrandeciéndose con nuestra energía, cada día más inaccesible y segura de sí. Si la montaña no va a Mahoma, ¿cuándo sonará la hora de que Mahoma vaya a la montaña?