"Habría amado la libertad, creo yo, en cualquier época, pero en los tiempos en que estamos me siento inclinado a adorarla" Alexis de Tocqueville. De la democracia en América. 1835
Ponerse a trastear en YouTube nos puede deparar muchas sorpresas si nos atrevemos a invocar ciertos fantasmas musicales. En plena adolescencia escuchába(mos) a unas bandas que muy poco tienen que ver con los gustos de nuestros hijos mayores. Con el tiempo, me sorprende descubrir el extremado amaneramiento de que hacían gala algunos cantantes, las ropas extravagantes, el descaro ilimitado, irreverente... Bien se puede decir que se trataba de unos "años locos", de insolencia desenfrenada, cuando todo valía y con todo se experimentaba: nuevos ritmos y melodías, música y sonidos electrónicos, repetitivos, pegadizos... Mientras los gustos musicales de mis hermanos iban de Joan Baez a Carole King, de Hilario Camacho a Silvio Rodríguez, pasando por Quilapayún, Paco Ibáñez, Mocedades, Jarcha, Cecilia, Nuestro Pequeño Mundo, Serrat, Aute... , abarcando toda la gama que va del folk a la canción melódica, o a la protesta y comprometida, los míos seguían un curso muy diferente, ante la sorpresa (y preocupación) de todos. ¿Sería conflicto generacional? No lo sé. Desde luego, debo reconocer que la música y la adscripción a un determinado estilo (pop, tecno-pop, rock, heavy, punk, mod...) proporcionaban una marca de clase, la pertenencia a un grupo con todo lo que ello conlleva de rito iniciático y un tanto sectario.
He seleccionado algunas canciones; ni son todas ni siquiera las mejores. Las de Information Society y Soft Cell tampoco son las versiones originales. Pero ahí quedan, como una pequeña muestra.
Running (Information Society, 1985)
P-Machinery (Propaganda, 1985)
Never again (Classix Nouveaux, 1982)
Torch (Soft Cell, 1981)
Electricity (Orchestral Manoeuvres in the Dark (OMD), 1980)
Desde luego, más cara de buena gente no podía tener el neñu. Poco más de 30 años después, abrazará emocionado a Rodríguez y se entregará al gesto de la cejita
No voy a entrar en la trayectoria de Víctor Manuel y Ana Belén. Ellos son responsables de sus actos y de las posturas políticas que adopten, y sabrán encajar las reacciones que unos y otras provoquen entre el público.
Pero al hilo de la última entrada de Manuel Molares do Val en su blog Crónicas bárbaras, me han venido a la cabeza tres canciones que, seguramente, conocerá todo el mundo.
Los villancicos de Víctor Manuel, grabados en 1969 (Belter), son de escucha obligada en casa todas las navidades. La inocencia aproximadamente astur de "El portalín de piedra" y la novia lloriqueando junto al Belén de "Ya se escuchan las panderetas" son francamente entrañables.
Por otro lado, y aquí cuelgo el video tal cual, aún no se le ha hecho justicia a Ana Belén por su interpretación magistral, junto a Fernando Rey incorporando al payaso, en esa película inolvidable, "Zampo y yo" (1965). De la cinta, me quedo con la canción "Muy cerca de ti", versionada hacia 1980 por Alaska. La original, la que cantaba Ana B., nos hemos hartado de oirla este verano en el coche, pues a mis hijos les encanta. ¿No será deudor nuestro pop de los primeros 80 de esa canción, compuesta por Algueró e interpretada por la niña prodigio junto al grupo "Los Shakers"?.
Carlos Berlanga era un tipo elegante y bastante tímido. Incluso en el periodo disparatado de los Pegamoides y de Dinarama mantuvo, en lo que pudo, cierta discreción. Su música, después de varios intentos fallidos, inimitable. Una mezcla de sonido philadelphia, disco, pop; letras inclasificables que tan pronto narraban pasiones al más puro estilo de la copla con asesinato incluido, como se internaban en el mundo de los sueños, del futurismo o de la fantasía, eludiendo siempre el falso compromiso. Sus incursiones en el "mundo del arte" (recordemos las viñetas aparecidas cada semana en el suplemento Gente y aparte de ABC o la exposición que se celebró en Valencia no hace mucho), las colaboraciones en la banda sonora de alguna serie de TV, o los temas compuestos para, por ejemplo, Sara Montiel, hicieron de él un artista peculiar. La ruptura con Nacho Canut y Alaska, que supuso para estos la formación de Fangoria y la búsqueda de una imagen y sonido propios, y el inicio de la carrera en solitario de Carlos, marcó un hito en la música pop española. Con su muerte se cerró una manera de componer. Dejamos aquí unas muestras de su etapa en solitario.
Breakaway (Tracy Ullman, 1983)
Tracy tiene alguna perla más. Inigualable
Girls just want to have fun (Cindy Lauper, 1984) ¿Quién da más? Hasta ha sido "merecedora" de una versión, que no está mal, por cierto, por parte de M. Cyrus
Useless (Depeche Mode, 1997)
De lo mejorcito de Depeche Mode. El entorno desolador, la voz levemente nasal de Dave Gahan, y la música que solo ellos saben componer
Aunque no deja de ser un tópico, resultan extraños los mecanismos de que se sirve la memoria para clasificar los recuerdos o para invocarlos. Un olor, un sabor, una luz especial, o una melodía son suficientes para dar la señal de salida a ciertas vivencias que se agolpan desordenadas y sin freno, hasta morir en el silencio o abrir el espacio de una conversación. Sí, admito que es un lugar muy transitado
Desconozco los motivos, pero al indagar los “primeros principios” o de dónde surgió mi afición por este grupo aragonés, me viene a la cabeza un compañero de la facultad, a quien solía acercar a Moncloa en la moto, y cuyo nombre se me escapa por completo; y una imagen: los dos sentados en las escaleras del Filosofía B sacando un disco de su funda. Sería 1988, y quiero creer que él también se emocionaba al escuchar Héroe de leyenda, el primer éxito de Héroes del silencio
Siempre en la oscuridad
la voz no tiene sentido
el silencio lo es todo
héroe en su propio olvido
Hoy veo un no sé qué de blandenguería en aquellas letras, pero con 20 años los sentimientos tienden a magnificarse, como es natural. Eran los años de la grandilocuencia, fruto de una adolescencia más bien iletrada y ayuna de una educación lírica de cierta envergadura que, una o dos generaciones antes, nos habría preparado a afrontar la veintena libres de tales arrobos. Confieso que me seducían esos versos que no tenían principio, fin y, a veces, sentido alguno:
siempre acompañados de una música que no podíamos encasillar ni en el puro rock ni en el pop menos light a que estábamos acostumbrados, así como de una puesta en escena aliñada con cierto estilo a medio camino del enfant terrible cabreado con el mundo entero, una estética levemente gótica, suavemente heavy... En fin, una empanada de primera magnitud que me hacía asociar esas letras de Enrique Bunbury con el Rimbaud de "Una temporada en el infierno":
¿Debido a qué crimen, debido a qué error merecí mi actual debilidad?
Así me (nos) las gastaba (mos) por entonces.
Luego llegó el segundo trabajo. 1990. En enero de ese año estaba haciendo la mili en el CIR Santa Ana (Cáceres), y nuestra compañía (la segunda) se despertaba a diario, no sé muy bien porqué, con Entre dos tierras
Pierdes la fe, cualquier esperanza es vana, no sé qué creer
Deprimía bastante, todo hay que decirlo, vestirte a toda prisa y formar, todavía de noche, entre los barracones, con la cancioncita de marras rondándote por la cabeza. Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecer, no le cogí manía, aunque sí es cierto que poco a poco fui perdiendo el primer entusiasmo y, de hecho, solo compré sus dos primeros discos, aparte del maxi que le enseñé a mi amigo en las escaleras de la facultad. A sus siguientes trabajos no les presté demasiada atención hasta que, no hace mucho, me hice con un recopilatorio que encontré de oferta y…
La sirena varada ("El espíritu del vino", 1993)
Ahí estaba. Era una de esas canciones que tienen la rara virtud de atraparte en cuanto te tropiezas con ellas y las escuchas una y otra vez sin llegar al hartazgo.
La letra, como nos tienen acostumbrados, bastante extraña, inquietante, surrealista. En algún lugar leí que era el resultado de una ingesta desaforada de alucinógenos fruto de un viaje por oriente [sic]. Puede que sea cierto, pero parece un flipe demasiado elaborado. Luego está la querencia a mezclar la vigilia y el sueño, lo onírico y lo real, que tan buenos resultados ha dado en el arte, en general, y en la literatura en particular. Pero, sin perjuicio de su corrección formal, tampoco satisface del todo esta interpretación. Si nos centramos en la literatura, encontramos una obra de teatro de Alejandro Casona, de la que toma el título esta canción, que obtuvo en 1933 el Premio “Lope de Vega” y que fue la consagración de su autor. En su momento fue merecedora de duras críticas porque, tal y como estaban las cosas, presentaba la fantasía como evasión de una realidad que había que transformar, no eludir. Ahora encaja todo. La frontera de los nombres, el afán de los protagonistas de no llamarse por sus propios nombres para mantener así intacta la ilusión de la “República de hombres libres” que Ricardo, el protagonista, pretendía instaurar en el viejo caserón; el simbolismo del mar y de las algas enmarañadas, imagen de una relación complicada, la del protagonista y Sirena (María), que no hacen otra cosa que huir de la realidad; la violencia a la que someten a Sirena aprovechándose de su locura; en definitiva, la decepción que supone la vuelta a la realidad.