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viernes, 18 de febrero de 2022

Noche de pandemia

El tres de marzo de 2020 publiqué mi último trabajo en este blog. Por entonces, se abría para nosotros un mundo de posibilidades que quise simbolizar en una Gran Vía cosmopolita y brillante, y un edificio que acababan de reabrir después de una reforma que parecía no tener fin. Tanto en lo personal, como en lo profesional e intelectual, encaraba ese mes de marzo entrante cargado de buenos presagios. Apenas diez días después, el universo se paró, se detuvo de golpe, y con él quedaron emplazados sine die, suspendidos, cuando no arruinados y eliminados, millones de proyectos vitales, embarcados todos nosotros en un "eterno domingo", como llegó a afirmar un miembro del Gobierno. Pues bien, una noche del mes de abril tuve un sueño que plasmé tal cual en mi cuaderno pocas horas más tarde. Ese bloc nunca dejó de acompañarme. Pero ahí se quedaron las últimas cuatro o cinco páginas emborronadas calamo currente, paralizando desde entonces cualquier pretensión de escribir. Hoy, en un intento de desbloqueo (o exorcismo), lo transcribo tal cual lo viví, con unas mínimas modificaciones respecto al original

My little girl / drive anywhere / do what you want / I don't care / tonight / I'm in the hands of fate / I hand myself / over on a plate... / Sweet little girl / I prefer / You behind the wheel / and me the passenger
("Behind the wheel". Depeche Mode, 1987)





...desconozco cómo llegué ahí, abandonando el calor del lecho, sin alterar el plácido y profundo sueño de Carmen y de los niños, atravesando las sombras y el silencio espeso de la madrugada, pero con una levedad inusitada, como si mi consistencia fuese gaseosa, me encaramé de un salto en el frágil alféizar del ventanal, sin necesidad de subirme a la mesa donde Teo y Dido, sentados cada uno en un extremo de la misma, respetando el portátil y los papeles de Carmen, y mi cuaderno Miquelrius, observaban las evoluciones de un helicóptero de la policía que apuntaba con potente foco algún punto indeterminado del barrio, quietos, inmóviles, las orejas muy tiesas, como al acecho, dispuestos a saltar sobre una presa imaginaria pero indiferentes a mi proeza gimnástica, inmutándose solo mínimamente cuando alargué con desmesura mi brazo derecho para cerrar el cuaderno y salvarlo de la voracidad papirófaga de Dido, auténtica máquina trituradora de papel, protegiendo las últimas anotaciones, la letra del "Lascia ch'io pianga", deja que llore mi cruel suerte, el Händel arrebatado que ambientaba algún documental sobre el Palacio de Boadilla y el mundo del Infante D. Luis, y ajustándose mi altura a la del ventanal, sin recurrir a contorsiones ni encogimientos, sin padecer el vértigo que los quince metros que me separaban del suelo de otro modo me paralizara, formando una cruz con mis brazos, aspiré la fragancia de la noche oscura, y tanto me llené de su embrujo que me confundí con el aire, y desdibujando mi perfil en un delicado proceso de simbiosis con el entorno, mezclados de forma embriagadora los conceptos de tiempo y espacio, henchido de emoción y seguridad en mis escasas habilidades en la técnica del vuelo libre, me lancé al vacío, cayendo en picado a una velocidad pasmosa hasta que, a punto de estamparme contra el banco del jardincillo, arrestado con una cinta de plástico por orden de las autoridades municipales para evitar reuniones y su corolario de contagios de un virus tan desbocado como desconocido, rectifiqué mi singladura atraído por una fuerza invisible, cogí altura, notando en mi rostro el verde arañazo de la hiedra que trepa tapizando el talud salvador del desnivel que separa el parquecillo trasero de nuestro bloque de las vías del Metro, y ya por encima de los hangares, ganando unos metros más, planeé sobre la Avenida de los Poblados y el extenso centro comercial dormido, con sus bóvedas y grandes masas cuadradas que le dan ese raro aspecto de templo antiguo donde se adora a deidades desconocidas, y en su costado meridional, barrí de un vistazo la moderna y rutilante Calle Guareña, no mucho tiempo atrás animada por sus bares, cervecerías y restaurantes que desplegaban por la acera sus terrazas tan concurridas en las noches templadas, ahora desierta, triste, deshumanizada, las flamantes urbanizaciones apagadas, con sus jardines interiores y sus piscinas clausurados, extendidas hasta el enorme polideportivo de Aluche indefinidamente cerrado, que semanas atrás daba servicio a  esos barrios que ahora discurren por debajo de mí a medida que me aproximo a la carretera de Extremadura, y tomando su tantas veces transitado trazado como ruta involuntaria, me dejé llevar sobrevolando Parque de Europa, Cuatro Vientos, San José de Valderas, la enormidad de Alcorcón unida sin solución de continuidad a la de Móstoles, sus polígonos industriales y centros comerciales, Arroyomolinos y la bajada al Guadarrama, escenario no muchos días atrás de atascos monumentales, cuando se ponía en juego la paciencia y los nervios de aquellos que huían en estampida de la colmena de Madrid y ahora ven pasar el tiempo encerrados en sus ergástulas, resignados o convencidos de la necesidad de su gesto, de cualquier forma atemorizados, renunciando de forma acrítica a la sensación de libertad que proporciona superar con un ligero planeo Navalcarnero, Valmojado, Maqueda, las inmensas llanuras que se suceden hasta fundirse con el paisaje más accidentado que nos anuncia la proximidad de Talavera, la vega del Alberche, dehesas de encinas y alcornoques por las que un día imaginé perderme, Montes de Toledo a la izquierda, Gredos a la derecha, pero estoy flotando, brazos en cruz, piernas separadas, todos los músculos del cuerpo relajados, indefensos, al igual que cuando hago la `plancha sobre las olas suaves de un mar en calma y me abandono a su movimiento caprichoso, pero no es agua lo que me sostiene, es puro aire, o esa materia indefinida que nos envuelve en el sueño, y boca arriba, con mi cabeza como proa abriendo camino, las ondulaciones de la montaña toledana desfilan a la diestra mientras que a la siniestra, con su perfil dentellado, altivo y orgulloso, se pierde Gredos hacia las tierras de Ávila, y en la noche negra se derraman destellos por su ladera, y de niño pensaba que un dios burlón había dejado caer, esparcida como simiente rutilante por mano de sembrador experimentado, cientos, miles de lucecitas parpadeantes, pues no otra cosa eran esos pueblos a los que, a lomos de mi fantasía, años después me dirigía sin un plan preconcebido, ¿por qué no?, dar un volantazo, abandonar la calzada y enfilar cualquier camino, no hay prisa, ¡desbaratemos la idea inicial!, la posponemos, nos perdemos por esos pueblos que con sus bonitos nombres y sonoros apellidos escalonan la sierra, seguro que las fachadas de sus casas se engalanan con tiestos y flores de colores y por el centro de sus calles aún empedradas corre el agua fresca y limpia, susurrante y cristalina, pero nunca lo hice y ahora me arrepiento, como tampoco me atreví jamás a seguir las indicaciones que, alrededor del embalse de Cíjara, invitan a tomar una carretera en muy mal estado que, auténtica aventura, desemboca un centenar de kilómetros después en Navahermosa, o ascender un poco después, sorteando infinidad de curvas, pendiente de no salirme de la carretera mientras atisbamos al atardecer los ciervos y los jabalíes que bajan a la orilla del embalse a saciar su sed, a ese pueblo de nombre tan sonoro: Minas de Santa Quiteria, en otra ocasión será, siempre posponiendo pequeños proyectos, primeras intenciones, emplazando a un futuro incierto huidas y escapes inocentes, depende de nosotros, tiempo habrá, total, dos horas más en llegar a casa no va a ninguna parte, pero ya no está en nuestras manos, y me invade una sensación de tristeza, y a medida que mi cuerpo o ese otro yo que me usurpa se desliza a escasos metros sobre el nivel del suelo, me empapo de melancolía y nostalgia de lo que en su momento pudo haber sido y no fue, atrapando fogonazos de plenitud considerados como tales solamente en la distancia, momentos invocados, instantes ordenados por grados de intensidad, por la huella que en mí dejaron, convertidos por su impronta en lugares amenos, espacios que frecuento cuando persigo seguridad y sosiego, al pairo de vaivenes y temblores, de ruidos, seísmos y amenazas, solo lo efímero perdura: la llegada al Pantano una luminosa tarde otoñal con mis padres, los tres solos y la calle desierta, las hojas caídas de los plataneros arracimándose a los pies de los setos de arizónica  tras el paso de una borrasca, espesas, cargadas nubes cabalgando hacia el crepúsculo dejando entreabierta esa ventana de luz que todo lo incendia, sol al poniente, agua al saliente,  aroma de tierra mojada impregnándolo todo, instantáneas de imposible datación que me afano en dibujar una y otra vez, revivir esas sensaciones de lasitud, de refugio protector de la lluvia que anuncia su vuelta, al abrigo del mundo o en él inmerso o inventado o soñado, ¡qué más da!, ya ni sé qué es más real, salir de un bar del centro embriagado por las combinaciones baratas y el soberbio narcisismo de los veinte años, cuando pensamos que todo es posible, que está al alcance de nuestra mano por el solo hecho de proponérnoslo, una ráfaga de aire frío me revuelve el flequillo al salir del local, las farolas derraman una luz amarillenta y espesa, llueve, siempre llueve, y el asfalto refulge, y los neumáticos de los coches, al rodar sobre los charcos de la calzada, entonan una melodía calmante, como el de las olas en su vaivén arrastrando las piedrecillas en una estrecha e infinita playa bajo el blanco sol de mediados de septiembre, y esos sonidos, esos olores, inundan espacios que acostumbro invocar en momentos huérfanos, son siempre los mismos, el perfume de una mañana de primavera avanzada, cuando el sol comienza a caldear los arbustos y flores, esparciendo robustas oleadas entre dulzonas y frutales, la frenética y chillona algarabía de los vencejos en sus vuelos enloquecidos, casi suicidas, audaces aproximaciones a las fachadas de ladrillos, preludio de las últimas jornadas escolares, anuncio de vacación y lenta procesión de interminables horas muertas en la terraza de la casa de mis padres, toldos bajados rozando casi los geranios, la pista vacía en el sopor de la siesta canicular y hacia arriba, al final de los últimos bloques, los desmontes tapizados de chabolas que se suceden sin solución de continuidad hasta el perfil neoyorquino de la exagerada mole del Hospital Militar Gómez Ulla, altura insultante y desmesurada, de cualquier forma desconcertante, ascenso arrogante y lejano plantado en un Carabanchel que, en mi infancia, se me antojaba otro mundo, como los restos que a mis espaldas aguantaban impávidos el peso y paso de los años, apenas tres paredes con manchones de alicatado en ruinas, cobijo de ratas y basura, abrigo de mendigos, mudo testimonio de lo que fue una vivienda en la cima del terraplén que desciende hacia la pista, bajar por él arrastrando el culo, sin calibrar el peligro de aterrizar entre las ruedas de alguno de los vehículos que circulan por la vía, una y otra vez, azuzados por la atracción que ejerce en los niños lo prohibido, pantalones rotos, piernas arañadas, salpicadas de mataduras, greñas alborotadas, sucias de polvo, arena y sudor, sentados a la tímida sombra de esos tres muros astrosos que en mi ya por entonces morbosa imaginación se mantenían como fruto de un bombardeo durante el asedio a Madrid, esa ciudad que, superado el océano de miseria controlada en su fachada sur, se extendía delante de nosotros de forma anárquica e insolente, hermosa en su desorden, rutilante con los destellos que el sol de poniente arrancaba de su metal y cristal, y entonces creía adivinar el mar, necesariamente el mar tenía que estar detrás de estas apretadas filas, preludio de mar imaginado muchos años después en Atocha y hace unos meses reconstruido mientras convalecía en una cama del Hospital Clínico, un mar al que solo se llegaba tras largas horas de viaje en coche, los siete apretados en un Seat-1500, las ventanillas bajadas, madrugadas sin fin atravesando oscuridades entre paradas en gasolineras cerradas, perfume de adelfas, concierto de grillos, soledad en torno, luces mortecinas que nos acompañan hasta un escenario final de palmeras alineadas a las afueras de Santa Pola, zona de obras, apartamentos de reciente y compulsiva construcción, primera y última vez que, con la excusa de la abuela, compartimos el alquiler del piso que la tía Adela tenía por costumbre arrendar el  mes de agosto, larga caminata hasta Playa Lisa, ni una triste ola, mi padre nos llevaba a Guardamar para bañarnos en un mar auténtico, se mezclan los años en mis recuerdos y, en el vuelo, aumenta la sensación de vértigo y zozobra, imposible poner orden, sistematizar la barahúnda de momentos evocados, justificar la preeminencia de unos sobre otros, rastrear el porqué de esa vívida presencia que tanto me acongoja: la llegada al Pantano, los bares de mi primera juventud, una playa de Granada o Almería, el terraplén de Caramuel o Santa Pola, situaciones que no guardan relación unas con otras pero aparecen estrechamente imbricadas poniendo en riesgo la seguridad del vuelo, provocando remolinos y turbulencias, no voy a llegar jamás, ¡y barrunto que estoy tan cerca!, porque ya he dejado atrás Trujillo, la Sierra de Lares y sus casonas desperdigadas a la sombra de jaras, encinas y olivares que ascienden por la ladera, sucediéndose, en una suave transición hacia el valle, Herguijuela, Conquista, Zorita, dando paso al llano y, desde Madrigalejo, con el Macizo de las Orellanas o Sierra de Pela al fondo, veo o siento o imagino, ya no lo sé, una lucecita a lo lejos, un resplandor, una ceja abierta en el cielo que me llama, mi amor es mi peso, por él voy donde quiera que voy, verdes colinas suavemente perfiladas contra un firmamento que comienza a encenderse surcado por espesos nubarrones de panza grisácea y lomos blancos, algodonosos, mecidos ligeramente por encima de mi o de quien esto escribe, y comienzo a recordar con total nitidez y claridad que un día, en los primeros pasos emocionados de nuestra vida en común, cuando el amor nos lleva en volandas y nos consideramos poderosos frente a un mundo hostil, Carmen y yo fantaseamos con que un día fueran aventadas allí nuestras cenizas, entre amargas retamas y afilados dientes de perro, sobre una hierba fresca bañada de rocío, con el rumor de las esquilas de fondo y, en lo alto, enormes pajarracos flotando en el aire, dibujando círculos cada vez más amplios, el aliento de la mañana sobre mis mejillas, y lo demás, silencio insondable, ¡qué bien se debe estar así!, lejos de todo cuando ya nada importe, sin dolor y sin peso, ahora lo veo, era el lugar escogido, una garganta producida por la erosión donde se cruzan dos o tres cerros que contemplan desde lo alto el paso del Almorchón en su esplendor de primavera lluviosa, rumor lejano como de arrastre de piedras y barro, veo también la carretera que zigzaguea en esa maraña de lomas que rompen la monotonía de la estepa, y llega hasta mí un lamento apagado que pugna por hacerse oír escondido en la maleza, maullido de gato, llanto de niño, gemido lastimoso de animal herido que me derrumba y me hace renquear perdiendo altura, inundados mis ojos de lágrimas, mi pecho comprimido por la angustia y la ansiedad, y ese ruido alrededor, frufrú de plásticos que rozan unos con otros, estoy cayendo, cayendo, cayendo cada vez más cerca del suelo hasta despertar bañado en sudor...



martes, 3 de marzo de 2020

Cumpliendo ilusiones


A Carmen, siempre.

Vista nocturna de la Gran Vía desde una de las terrazas de la habitación 2028 del Hotel Riu Plaza de España


Sucede a menudo que lo no vivido se me hace presente de tal modo que, en virtud de unos extraños mecanismos, puedo reconstruir sus perfiles, trazar un plano con sus detalles e iluminarlo todo con esa luz que cada uno de nosotros irradia sobre lo que considera propio. Si tuviera que remontarme a los orígenes de esta “facultad”, que en no pocas ocasiones resulta ser un doloroso defecto, me veo de niño asistiendo como espectador no invitado, a veces incómoda presencia, a las conversaciones de los mayores, intentando desentrañar el sentido de sus gestos y ademanes, de sus pausas y silencios, el significado de aquellas palabras cuyo alcance se me escapaba pero que transmitían alegría o sufrimiento, serenidad o angustia. De cualquier forma, podía llegar a asumir como mías esas historias, padeciendo o gozando las circunstancias descritas en esas narraciones a las que, prudentemente, fingía no prestar la menor atención.





La cosmogonía infantil, edificada sobre los cimientos de una imaginación no pocas veces morbosa, a base de retazos de diálogos, interesadas tergiversaciones y recuerdos compartidos o robados, necesariamente acaba siendo contrastada con todo aquello que rodea al niño que fuimos, experimentando ambas, memoria y realidad, importantes matizaciones y trasvases de información. Creo que ahí radica la base del conocimiento primero, ese que nos permite encajar en el mundo que gira a nuestro alrededor y proyectarnos al futuro sin perder de vista el lugar de dónde venimos.




La nostalgia de lo que no se ha conocido es un recurso al que debe acudir el historiador, enriquece al poeta y, transformada en melancolía enfermiza, resulta letal en el político. Por lo demás, no deja de ser balsámico en algunos momentos, como el que me ocupa.




La entrada en escena de la generación de mis padres, esos años 40 y 50 que tantos imaginan en un triste y apagado blanco y negro, yo los percibí siempre a pleno color, con las tonalidades inherentes a una juventud, la suya, que sufrió en su primera adolescencia, y en carne propia, los crueles zarpazos de una guerra terrible para todos, pero que encaraba un futuro siempre incierto con unas dosis de optimismo, alegría, vitalidad y esperanza que envidiaríamos muchos de nosotros. Gracias a las fotografías que dormitaban en esos álbumes que de tarde en tarde visitábamos, de los objetos personales conservados (ropa, complementos…), de las anécdotas familiares que salpicaban sus historias, historias y anécdotas tantas veces repetidas, iba poniendo en pie una vida, la suya, de la que, en cierta medida, me consideraba (y considero) uno de sus depositarios y guardianes.





Sus interminables años de noviazgo, larga demora debida a la falta de vivienda que, entre otras cosas, caracterizó la precariedad previa a la etapa del desarrollismo, quedó inmortalizada por mi padre en las numerosas fotografías que conservamos de ellos. Recuerdo ahora una, fechada en 1947, que un tercero tomó a los dos paseando por la calle Bailén. ¿Paseando? Puede que mi padre acompañara a mi madre a su casa, en la calle de San Isidro, de vuelta del trabajo que compartían ambos en el las oficinas del Sindicato del Papel, en el edificio del Palacio de la Prensa, en la Gran Vía. Él, más bajito que ella, no para de hablar mientras camina por la calzada; ella, más alta que él, habiendo renunciado ya a los tacones, andando por la acera, parece ajena a su perorata. En otra instantánea, mi madre posa de perfil, en algún punto de la confluencia de las calles Ferraz y Bailén, con un vestido blanco de tirantes y (creo, ya me falla la memoria) un pañuelo en la cabeza. A sus espaldas se puede ver la “Torre de Madrid” en construcción e, imponente, el flamante y rutilante “Edificio España”




Calles de Ferraz, Bailén, Plaza de España, Gran Vía… Para un niño de barrio como yo, criado al otro lado del Manzanares, en un ambiente y entorno controlados donde cada cosa estaba en su sitio, siempre los mismos comercios, las mismas caras de los vecinos y de la gente con la que te cruzabas por la calle, idénticas rutinas de horarios y hábitos, el respetuoso silencio de la siesta y el más largo y profundo de la noche, para mí, digo, el centro de Madrid ejercía una poderosa atracción. La espontaneidad, la aparente ausencia de normas, la libertad con la que se movía la gente por la calle, entrando y saliendo del metro, de grandes almacenes y modernas cafeterías y restaurantes, el constante y ruidoso fluir de coches, motos y autobuses resultaba fascinante.




Más o menos a los once años, cogí el autobús sólo por primera vez, sin la preceptiva compañía de adultos, con mi amigo Arturo, para ver “El libro de la selva”, que ponían en el ya desaparecido Cine Imperial, de la Gran Vía. Y debió ser por entonces cuando, ahora no recuerdo con quién, nos colamos en el Edificio España con el objeto de vender unas papeletas. Las lámparas suntuosas del vestíbulo, el mármol verde que cubría sus paredes y los dos monumentales relieves que lo adornaban, le daban al conjunto un empaque propio de otros tiempos, rebosante de glamour y elegancia. Mezclados en la marea de los huéspedes que entraban y salían del Hotel Plaza, de los empleados de las numerosas oficinas y agencias de viajes que albergaba el edificio, y de los vecinos del mismo, alcanzamos uno de los ascensores sin que nadie se percatara de nuestra presencia y fuimos parando en las diferentes plantas. Venta de papeletas aparte, lo que de verdad me interesaba era asomarme por las ventanas de los pasillos que daban a la calle Maestro Guerrero y admirar la altura desde el piso 15, 20, 25…, con los tejados a nuestros pies y la gente y los coches diminutos allá abajo.




Desde siempre, ese edificio, así como la Gran Vía, representa para mí la faceta más moderna y cosmopolita de Madrid, sin renunciar en ningún momento a sus raíces, a su originalidad. Era el espacio que ocupaban mis padres, las calles que pateaban, el escenario de sus fotografías, donde desarrollaban sus vidas. De la mano de sus palabras, de lecturas posteriores (un coche bajando a toda velocidad por la Gran Vía en “Tiempo de destrucción”, de Martín Santos; los jóvenes descerebrados de “Nuevas amistades” de García Hortelano en Rosales…), de esas películas españolas tan inocentes y coloristas, de la música que tarareaban y las modas que seguían, alimentaba una imagen de aquellos años no vividos y, sin embargo, en cierta medida, añorados.




Hace poco más de un mes, cenando en un restaurante de la calle Guareña, Carmen sugirió que podíamos celebrar San Valentín en el Hotel Riu Plaza de España. Su propuesta no podía ser más original y oportuna. Mi apatía y abulia proverbiales se habían acentuado estos últimos años a causa de unos achaques periódicos que me estaban minando el ánimo y la moral de tal manera que, ocupándome únicamente de lo urgente y cotidiano, del puro día a día, había abandonado lo importante hasta el punto de poner en serio peligro nuestra relación. No quería ver lo que a todas luces era evidente. Es un error considerar eterno lo que nos ha sido dado de forma gratuita. El amor es una planta delicada, de la que hay que estar pendiente a diario si no queremos que se marchite o, lo que es más habitual, mute en cariño y respeto. Y en plena reconquista de un espacio común iniciada hace solo unos meses, la idea de enlazar esa parte que anidó en mi alma, con un presente ilusionado y que quiero cargado de porvenir, me llenó de emoción. No exagero al afirmar que la tarde-noche del viernes y la mañana del sábado fueron uno de los momentos más felices de mi vida.




Difícilmente tenían encaje en la realidad de 2020 el reparto y la escenografía de ese mundo de los 40-50 que un buen día comencé a soñar e imaginar. O quizás sí. Si lo poco o mucho que la cadena hotelera propietaria había sido capaz de conservar de la decoración original del edificio (mármoles y relieves del vestíbulo, escalera principal, cuadros de bronce de los ascensores…), los pequeños detalles de nueva creación pero inspirados en el momento (pienso en parte del mobiliario de la habitación que ocupamos), si todo eso, digo, con no poco esfuerzo, consigue trasladarte al año 1953, lo abigarrado de los huéspedes del hotel y la especie de discoteca acristalada de la planta 26 te anclan definitivamente a la actualidad. Pero poco importa ya todo aquello cuando se trata de cerrar un círculo, de incorporar el pasado al presente, o permitir que el ayer no sea atropellado por un hoy enloquecido. Alojados de forma imprevista en la lujosa Suite Presidencial ubicada en la planta 20 (habitación 2028), con dos enormes terrazas que propiciaban una panorámica privilegiada del más bonito Madrid, disfrutamos (creo poder hablar por los dos) como no puedo recordar hace tiempo. Cenar en el 360 Rooftop bar de la planta 27 es toda una experiencia, como atravesar la pasarela de cristal que une dos de los cuerpos posteriores del edificio que da a la calle Maestro Guerrero y sentirte suspendido en el aire…

Cumplido uno de mis sueños en la mejor compañía.


En un mundo tan supersticioso como el nuestro, se "eliminó" la planta 13 del Edificio España. La gran terraza que siempre ocupó la planta 26 y última, ahora está en la 27. 


Nota: Excepto la primera y última fotografía que ilustran el texto, el resto han sido tomadas del interesantísimo informe redactado el 4 de junio de 2014 por Madrid. Ciudadanía y patrimonio "El Edificio España"
Los paseantes de la Gran Vía fueron retratados por el genial Francisco Catalá Roca. 



miércoles, 22 de enero de 2020

Una justificación circular


Aquel día, ya anochecido, regresaba a casa con los pequeños después de dar un paseo por el parque. Era uno de los previos a Reyes, cuando las fiestas declinan a la espera de la traca final y el tiempo nos regala, como anticipo de lo que ha de venir, algunos minutos más de luz y unos olores nuevos, como de estreno.

Durante la caminata habíamos tocado, como en tantas otras ocasiones a lo largo de la última semana, con la intención de dulcificar el desencanto que rumiaba Sara desde que el día de Navidad recibiera como un jarro de agua fría la “mala nueva” de la humanidad de Papá Noel y de Sus Majestades de Oriente, de la permanencia de la magia, de la ilusión, de la creencia en lo que no se ve; de mantener encendidas unas tradiciones, costumbres o hábitos que nos van a acompañar, moldeándonos de alguna manera, durante toda la vida; de la necesidad de cierta liturgia, de cultivar unos ritos que reconocemos como propios y auténticos, asumimos de nuestros padres y esperamos transmitir a nuestros hijos.

Mientras esperábamos en silencio que bajara el ascensor, recibí una llamada de Carmen. Desde algún centro comercial apalabraba con urgencia los últimos regalos.

-“¿Qué tienes de Ayn Rand?”, preguntó a bocajarro.

“Todo, o casi todo”, pensé

Patricia Neal y Gary Cooper
En ese instante, de una duración incalculable, como invocados por el nombre de la rusoamericana, se agolparon en mi cabeza un par recuerdos, más o menos recientes, y una sensación agridulce.

El recuerdo amargo de una tarde de junio, cubriendo a pie la distancia entre Alonso Martínez y Plaza de España después de renovar nuestros carnets de identidad en Santa Engracia. Bajábamos por Fuencarral callados los tres, (Sara, Carmen y yo), sin atrevernos a pronunciar una palabra que sonara a reproche o a culpabilidad utilizados como armas arrojadizas, intentado encajar de la mejor forma posible la última ocurrencia de la dirección de colegio de la niña. A la altura de la Casa del Libro, en Gran Vía, mientras ellas continuaban su camino, me detuve sorprendido al ver que uno de los escaparates lo ocupaba, creo que en su totalidad, un buen número de ejemplares de una recientísima edición de “La rebelión de Atlas”.

El recuerdo sensual asociado al tacto, al olor, a los colores que siempre acompaña al libro de segunda mano, cuando compré en una librería de viejo “Los que vivimos”, con ese papel tan ácido y precario de los años cuarenta, áspero, demasiado oscuro, como sucio, casi quebradizo; y “El manantial”, este ya era otra cosa, con su cubierta a todo color protegida por una solapa de plástico, en la que Patricia Neal y Gary Cooper, los protagonistas de la película de King Vidor, posaban sonrientes.

-“¿Qué tienes de Ayn Rand?”. Insistió

-¿Por qué? – Respondí con una pregunta retórica, pues ya adivinaba la respuesta, sujetando la puerta del ascensor mientras entraban en la cabina Sara y Alejandro,

- “La rebelión de Atlas”, ¿lo tienes?


Siempre había querido tener una edición en papel que facilitara su lectura lenta, anotada, reposada; que permitiera registrar todos sus detalles, los guiños, los mensajes reiterativos que contiene… Aunque ya han pasado muchos años de mi inmersión apresurada, un tanto agitada y muy superficial, en la obra de A. Rand, (1, 2, 3, 4 y 5),  reconozco ahora que el deslumbramiento que me provocaron sus novelas, como tantas veces me ocurre, se transformó en poco tiempo en una obsesión, y fue uno de los motivos que me empujaron a iniciar la andadura de este proyecto truncado de blog un 27de mayo de 2011

Últimamente recurro a menudo a la idea del retorno a los orígenes, a visitar de nuevo esos lugares del alma en los que uno se reconoce y sosiega; allí encuentro tantas explicaciones como fuerza para afrontar lo venidero. Con ese símil circular, donde ignoramos qué ocurrirá cuando se cierre la figura, me identifico plenamente.

Creo que fue en ese momento, mientras subíamos en el ascensor, cuando resolví volver a escribir. De ahí la sensación agridulce, teñida de ilusión y de temor, que acarrea la intención que hoy asumo de recuperar y reanudar una relación que rompí por pereza y desidia, sin dar ninguna explicación, el 25 de julio de 2017.

Desde el 6 de enero el grueso tomo de “La rebelión de Atlas”, en su edición española revisada de 2019, me vigila desde la mesita del sofá como el testigo de un compromiso que espero no defraudar esta vez.

martes, 18 de julio de 2017

Lisboa : O que o turista deve ver = What the tourist should see (Fernando Pessoa. Livros Horizonte, 2013)



Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos (Fernando Pessoa. Libro del desasosiego)

José Ortega y Gasset solía recomendar a sus alumnos la gimnasia del pensamiento, que consistía en pensar, al menos, diez minutos al día, lejos de la escritura y la lectura, y comprobar así cómo se desarrolla la musculatura intelectual. ¿Se podría aplicar igualmente este consejo al recuerdo, al trabajo de rememorar, de traer al presente para desempolvarla la vida pasada? Si aceptamos como válida la importancia de la perspectiva a la hora de interpretar la realidad de ayer y de hoy, esa capacidad que tiene de darle forma, sentido y vigencia, nos encontramos ante un escenario enriquecido en el que podemos hacer pie con relativa seguridad, despejadas todas las dudas y sombras que proyectamos a la hora de recuperar un momento pretérito.

Cuando intento pescar las primeras impresiones que produjeron en mi mente infantil Portugal en general, y Lisboa en particular, me vienen a la cabeza mi tía Pili, con mi tío Celes y mis primos Rudi y Pili, veraneando en una casita baja que alquilaban todos los años en Caparica, un pueblecito próximo a Lisboa. Por aquel entonces (yo aun no había nacido) no debía ser más que un pueblo de pescadores. Pero en mi imaginación, alimentada con las historias que años después me contaban mis padres, y con esos objetos fantásticos procedentes de Portugal (vistosas gafas de sol, bolsos, toallas, accesorios varios… ¡incluso mantequilla “a media sal”!) que traían invariablemente cada vez que iban a Badajoz, o venían mis tíos y primos a Madrid, se iba construyendo un Portugal estupendo, impregnado de un glamour y un bienestar muy alejado del prosaísmo común a una familia numerosa, la mía, que vivía sin estrecheces, pero con lo justo, en un popular barrio madrileño.
Acepto que la realidad portuguesa de los primeros años setenta poco tuviera que ver con la que yo me había forjado. Pero esta, para mi gobierno, me resultaba al menos tan válida como la otra, cuyos detalles, atrapados al vuelo entre noticias y comentarios, muchos de ellos a media voz, como en susurros, se me escapaban por completo. Igualmente, de mis primeras visitas a Portugal, de las que dan fe algunas fotografías conservadas en los álbumes familiares, no conservo un recuerdo tan vivo como esa impronta a la que acabo de hacer referencia, sin contar con una escala que hicimos en el Pantano, volviendo de Portugal, con una varicela galopante que me impedía salir del coche. De ese momento solo recuerdo la fiebre y una mujer de negro, con un bebé en brazos, apoyada en el marco de la puerta de una especie de nave. Pero eso ya es otra historia...

En este mismo blog y en 2012, aprovechando la coyuntura de las sucesivas olas de calor que, como las presentes, atravesábamos, sin un amago de estoicismo por lo que a mí respecta, dejé por escrito un recuerdo lisboeta, quizá el primero realmente constatable:
Hace más de 25 años, y en unas circunstancias muy similares, estábamos mi hermano José Ramón y yo en casa de mis padres, en el Pantano. Mi padre, bastante comedido y paciente por lo general, se veía tan crispado por el calor que tomó una decisión arriesgada y aventurada. Cogimos el coche (yo me acababa de sacar el carné, esto sería sobre el 85-86) y con lo puesto (“Y lo que me quito cuando me acuesto”, como apostillaba mi madre cuando se refería al equipaje más escueto posible) nos marchamos a Lisboa. Recuerdo que cogimos un par de habitaciones en el hotel Ambos Mundos, muy próximo a la Rua da Prata y durante las dos o tres noches que pasamos allí nos lavaban la ropa del día para tenerla lista a la mañana siguiente. También me acuerdo del pánico que me entró, conductor novato tenía que ser, al atravesar el puente de Salazar (perdón, “25 de abril”) y desembocar en una glorieta donde no había una triste señal que regulara el tráfico. “Respeta siempre a la derecha”, me repetía mi hermano. Incapaz de controlar el desbarajuste, le dejé el volante y no volví a cogerlo. Durante esos días que pedimos asilo vital en Lisboa, tomábamos el autobús que nos llevaba a Caparica, la playa más popular de la capital, y pasábamos el día como una familia lisboeta más. Entre la playa y los paseos por la ciudad, a pie o en tranvía, transcurrieron los más agobiantes días de aquella ola de calor un cuarto de siglo atrás”
En nuestra geografía sentimental Lisboa ocupa, pues, un lugar tan destacado (Vivir otra vida, El tiempo no se detiene) que sentía como una falta de consideración, una especie de ofensa hacia la ciudad donde tan buenos momentos he vivido con Carmen y los niños, no haberle dedicado ni una sola línea a un librito que compramos durante la última estancia en casa de Marisa, en 2015. Con la lectura aún reciente de Librerías, de Jorge Carrión, decidimos acercarnos un día a Bertrand, la librería más antigua del mundo que se encuentra ahora en la Rua Garret, en el corazón del Chiado. Por comprar algo, y venciendo a mi proverbial tacañería, aparte de alguna que otra libreta que eligieron los pequeños, opté por un tomito editado por Livros Horizonte en su colección “Cidade de Lisboa”.


 
Se trata de “Lisboa : O que o turista debe ver = What the tourist should see” una “guía turística” bilingüe escrita hacia 1925, o muy poco después, por Fernando Pessoa (1888-1935) y rescatada del conjunto de su obra inédita (el famoso arca o espólio de Pessoa, hoy custodiado en la Biblioteca Nacional portuguesa) con motivo del centenario del nacimiento del autor del Libro del desasosiego pero que, por retrasos burocráticos, no vio la luz hasta 1992.

Teresa Rita Lopes, en el detallado e interesante prólogo a esta guía, nos cuenta cómo fueron repartidos entre los “exploradores” del arca los más de 27.000 inéditos de que constaba, manuscritos en papel de oficio de aquellas empresas comerciales donde prestaba sus servicios el poeta. Entre el material entregado a Maria Amélia Gomes, una de las integrantes del grupo, se encontraban 42 páginas mecanografiadas, algo poco frecuente en el conjunto de sus inéditos, en inglés y portugués, con numerosas correcciones manuscritas, lo que venía a ser una obra cerrada, presta a su publicación.

Del proyecto de esta guía que estamos comentando, que sería solo una parte de una empresa de mayor calado: “All about Portugal”, existen bastantes pistas en el espólio: “guide to travellers in Portugal”, “guide-books, desenvolvidos e resumidos, para touristes”… Lo cierto es que hacia 1917-1918 Fernando Pessoa comienza a sentir la imperiosa necesidad de combatir lo que denomina descategorização europeia o descategorização civilizacional, es decir: elevar a Portugal (y, de paso, a Brasil) a la altura de los tiempos. En este sentido, proyecta un auténtico plan de acción dirigido a “colmatar as lacunas da informacão estrangera a respeito de Portugal”, ya que para el común de los extranjeros, si hacemos excepción de los españoles, “Portugal is a vague small country somewhere in Europe, sometimes supposed to be part of Spain”. El programa comprendía la publicación de libros y estudios orientados a la propaganda y reunidos en el mencionado “All About Portugal”, y la fundación en Londres de una revista, Portugal, en principio mensual. Esta acción exterior contemplaba la creación, en el ámbito intelectual, de un Grémio de Cultura Portuguesa, en el económico, de un “club comercial” portugués y, finalmente, Cosmopolis como institución oficial aglutinadora de tales esfuerzos. Por debajo de todo esto, aparte de la pretensión de armonizar los contrarios en un soñado nacionalismo cosmopolita, late ese aliento profético y mesiánico que, bautizado como Quinto Imperio, dibujará una línea sinuosa entre el sebastianismo y el propio Pessoa, con el supuesto impulso del malogrado y efímero quinto Presidente de la República, Sidónio Pais (1872-1918).


 
Nos encontramos, pues, con una obra de altos vuelos, que trasciende, a pesar de su brevedad -204 páginas de un texto bilingüe-, las intenciones de una simple guía turística, trasladando al lector, a lomos de una prosa bastante aséptica, carente de lirismo, casi administrativa, el orgullo que siente el autor por habitar la ciudad que describe con todo lujo de detalles. La guía comienza con el recurso literario a la figura del turista que desembarca en Alfãndega –¿no nos recuerda, acaso, a otra llegada, la del protagonista de El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago?- lo que le da pie a Pessoa a presentar la ciudad y sus servicios al imaginario visitante que se mueve en automóvil por la capital. Atravesamos con él las principales calles y avenidas, nos detenemos en cada monumento, escuchamos la historia de cada hito, conocemos el nombre de los escultores, arquitectos, pintores, diseñadores de cada plaza y rincón, de los jardines: Vítor Bastos, Mateus Vicente, Reinaldo Manuel, Verísimo José da Costa… Pessoa nos llama la atención sobre una fachada, sobre los horarios de visita a los museos, las tarifas de diversos servicios, mientras nos lleva de la mano -entramos agora, voltemos agora… tendo chegado até este ponto, o turista não debe agora deixar de visitar um dos mais belos parques de recreio de Lisboa –o Parque Eduardo VII…- para ver todo aquello que no debemos pasar por alto.
Ver, admirar, comparar... y asumir. Nos habla de las dimensiones de las grandes avenidas (Liberdade), de las fechas de construcción de los principales edificios y monumentos, de la calidad de los comercios, a la altura de cualquiera de similares características en Europa, del ocio y recreo de los lisboetas en zonas al aire libre con su media docena de bibliotecas  municipales, o en locales de  cierto empaque (Maxim's). Asistimos a la materialización de una continuidad histórica en la que no cabe el morbo de la melancolía. Desde la era de las exploraciones (Belem, los Jerónimos...; con anterioridad, la ), pasando por el delirante siglo XVIII pombalino, y todo el siglo XIX, hasta los años 20 de la pasada centuria, desfila ante nuestros ojos un proyecto de civilización cumplido y, en la mente de su autor, con claros visos de futuro.

A la guía le acompañan dos textos breves, igualmente bilingües: Jornais de Lisboa = Lisbon Newspapers –relación de diarios y semanarios publicados en la capital, con indicación “da sua natureza e da localização dos seus escritorios”-; y Uma visita a Sintra, via Queluz = A visit to Cintra, via Queluz: “O nosso automóvil avança agora definitivamente para fora da cidade”, donde nos describirá Benfica, Amadora, Queluz…
Unas mínimas fotografías de época, demasiado pequeñas para ser apreciadas en su justo valor, acompañan los textos, sirviendo de ilustración al relato.
Tenemos entre las manos un libro fundamental, de recomendada lectura antes, durante y después de una visita a la capital del Tajo y que nos puede enseñar a ver las cosas, a vernos en ellas e intentar admirarlas y aceptarnos tal como somos.












 
 


 

jueves, 9 de julio de 2015

Vivir otra vida (Verano 2014. Tercera parte)


Un rincón del Palacio de Pombal (Oeiras)


Itziar (Oeiras)
El sol, derramándose en la mullida alfombra del salón, inundaba con su luz bañada en un azul brillante nuestras mañanas. A través de la ventana, veíamos algún que otro autobús descendiendo silencioso la pronunciada pendiente de Alfonso III que desemboca en la breve Rua Nelson de Barros que, al bordear en su flanco norte el convento da Madre de Deus, recibe su nombre para adentrarse en Xábregas, acariciado por el Tajo pocos kilómetros antes de morir en el mar. Esas mañanas cristalinas y azules de Lisboa, mientras apañábamos el piso de Marisa antes de echarnos a la calle, la televisión local emitía un programa de música en el que una pieza fundamental y repetida hasta la saciedad era Chandelier, de la australiana Sia, que empezó a arrasar en España ya terminadas las vacaciones de verano. Los pequeños se alborotaban con el clip de la niña, (“!!Mamá, papá, el video de la niña que baila¡¡”) e intentaban imitar, con mayor voluntad que éxito, sus contorsiones y piruetas, o esa voz que cambiaba de registro pasando de la borrachera al lamento y al grito desgarrado.


Cacilhas


No sé por qué, pero la imagen de esa niña tocada con una peluca platino y embutidas sus escurridas carnes infantiles en unas mallas de bailarina, ejecutando una serie de movimientos y poses muy lejos de los propios de la niñez, me ha acompañado durante estos últimos once meses. Esos giros dislocados, así como la voz de Sia a ratos distorsionada y forzada por exigencias del guión, han ocupado un lugar desproporcionado, han adquirido un peso y una dimensión que no les pertenece por derecho a la hora de hacer recuento y pescar en el río de los recuerdos a recuperar del pasado mes de agosto.

La mítica Livraria Bertrand (Lisboa)

En  memoria a los portugueses caídos
durante la Grande Guerra.
Casi un año después de todo aquello, con este calor espeso que se ha apoderado de Madrid, más enrarecido aún con los rabiosos cantos de las cigarras de todo tipo, pelaje y condición que atronan día y noche sin cuartel, se echa de menos el silencio de Lisboa y a uno le gustaría descender de nuevo por la Avenida de Alfonso III, dejar a la derecha el desmonte que linda con los restos del fuerte de Santa Apolonia, donde pastan entre las basuras decenas de palomas alborotadas, enfilar la Calçada da Cruz da Pedra, que enseguida cambia su nombre por los de Rua de Santa Apolónia, Bica do Sapato y Caminhos de Ferro hasta desembocar en la plaza donde se enfrentan las impresionantes fachadas de la estación de ferrocarril bautizada con el nombre de la santa y la del Museo del Ejército, coronado con un gigantesco grupo escultórico. A estas alturas el paseante podría continuar por la Avenida del Infante Don Henrique, con su incesante tráfico rodado y sus interminables obras, u optar por Jardim do Tabaco. Lo mismo da. Con el Tajo casi convertido en mar a nuestra izquierda, y las mareas de turistas que todo lo invaden, el caminante menos avisado ya percibe la proximidad del centro de la ciudad. Jardim do Tabaco enlaza con la Rúa do Terreiro do Trigo, donde los monarcas ilustrados acumulaban el grano para distribuirlo entre los lisboetas en momentos de escasez, que no debían de ser pocos a tenor del señorío y majestad del edificio levantado al efecto. Sin abandonar el camino, ahora Cais de Santarem, poco después Alfandega, llegamos, a los veinte minutos de salir del piso, a la Praça do Comércio, que atravesamos para disfrutar de ese paseo marítimo sobre la Ribera das Naus salpicado de terrazas que compiten en chilloutismo.
Playa de Comporta
Sara (Oeiras)

Este trayecto, una y mil veces repetido durante los últimos años, es el único que los pequeños son capaces de afrontar sin manifestar la más mínima protesta. Ahí empiezan las negociaciones. La perspectiva de un día de caminata subiendo y bajando sin orden ni concierto por las empinadas calles de la ciudad, no les seduce ni poco ni mucho, por lo que solo nos queda el recurso de la playa. Fue posible visitar la Librería Bertrand, el Museo del Ejército, el de la Moneda o el ascenso inexcusable (¡ya nos vale!) al Cristo de Almada, intercalando entre unos y otros unas horitas en la Praia de Santo Amaro (Oeiras) o en la de Comporta (Setúbal). Esas horitas, convertidas en jornadas completas desde el momento en que tienes que echar mano del coche, nos depararon, no obstante, varias sorpresas.

Cala junto a la playa de Santo Amaro (Oeiras)



La playa de Santo Amaro, en Oeiras, de aguas esmeralda, es relativamente pequeña, y uno se siente trasladado, sin pensarlo, a algún lugar del Caribe, como Cuba o Santo Domingo, al estar ocupada en su mayoría por familias angoleñas, mozambiqueñas o guineanas. En este pueblecito cercano a Lisboa, se encuentra el Palacio del Marqués de Pombal con sus jardines neoclásicos, verdadero remanso de paz...

Palacio del Marqués de Pombal (Oeiras)
Por su parte, la playa de Comporta, muy conocida por los extremeños por ser de las más próximas a Badajoz, es otra cosa. Su difícil acceso, o el hecho de encontrarse rodeada por un paraje natural protegido, hace que sea frecuentada por el famoseo televisivo portugués. Más grande y abierta que la de Santo Amaro, comparten las dos una tonalidad en la coloración de sus aguas realmente de impresión.
Alejandro
Vivir otra vida… Así como la niña interpretaba un papel que no le correspondía al traducir a movimientos extravagantes la canción de Sia, yo al menos me sentía obligado, por un lado, a sumergirme en la vida de Nicolás Monardes para cumplir con el compromiso firmado con la Fundación Ignacio Larramendi para redactar la biografía del médico sevillano. Todo en Lisboa te traslada a otra época y el autor de la Historia medicinal se refería en muchas ocasiones a aquellos productos que, procedentes de Brasil, de la India o de China, arribaban al puerto lisboeta del Terreiro do Paço. Por otra parte, disfrutaba imaginando la vida en aquellos edificios levantados después del terremoto de 1755. Meses después, durante nuestra habitual visita navideña a Elvas, tuvimos la ocasión de conocer el interior de una vivienda dieciochesca, típica propiedad de un comerciante, con sus techos pintados, así como los zócalos y una pequeña capilla comunicada con el dormitorio de la dueña.

Baena


Vivir otra vida… A los pocos días de abandonar Lisboa, y con una interesante bajada de la temperatura, aterrizamos en Baena, donde pudimos saludar personalmente a los primos Pepe Cortés y Luis Salas, que ejercieron a la perfección su papel de cicerone, además de recibirnos y agasajarnos como si nos conocieran de toda la vida. Alojados en la céntrica Casa Grande (una vez más, gracias a Marisa), y de la mano de Pepe y de Luis, Carmen les puso cara a todas las historias, anécdotas, escenarios y dramas que había escuchado desde niña de labios de su madre, pisando los lugares donde se desarrollaron, entre otros,  los sangrientos episodios del verano de 1936: la Plaza y el Convento de San Francisco. Esas imágenes familiares, tan a menudo desdibujadas, de perfiles difuminados por lo inconexo de los datos con los que estaban formadas, iban adquiriendo cuerpo y sentido a medida que se contrastaba la dispersa información con que contaban unos y otros. Pero también planteaba nuevas interrogantes, lo que obligaba a adentrarse más y más en las interioridades de sus protagonistas: los abuelos y sus hermanos y primos, para recrear con la mayor fidelidad posible sus vidas. A finales de mes, regresando al Zújar desde Matalascañas, hicimos un alto en Umbrete (Sevilla), en casa de Lina Trujillo. La lectura de su novela “Los latidos del tambor”, un feliz descubrimiento, nos había acompañado durante todo el mes, excitando aún más la curiosidad de Carmen al ver en ella confirmadas muchas historias de familia. La conversación con Lina y con Juan se alargó durante horas gracias al frescor de la noche en su jardín hasta que, ya avanzada la madrugada, enfilamos al Pantano afrontando el final de nuestras vacaciones.

Inmensos olivares alrededor de Baena