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viernes, 31 de enero de 2020

Una guerra sin fin. "Antes de decirte adiós" (Guillermo Galván Olalla, 2010)

"La verdad se puede contar de muchas formas. La novela es una de ellas" (p. 185)


Para Borges, el libro no es más que una extensión de la imaginación y la memoria. Nos ayuda, pues, a fijar el recuerdo, a solventar su intrínseca precariedad, a reconstruirlo cuando se trata de noticias sueltas o deslavazadas, o a levantar uno con el que nunca habíamos contado. Cuando un creador es capaz de tocar esa fibra en el lector, éste consigue establecer una relación con su obra muy difícil de romper. Algo similar me sucedió con la novela que paso a comentar, varias veces leída, anotada, manoseada, arrumbada en ese purgatorio de los libros que nunca se acaban de dar por amortizados, mientras acumula polvo componiendo un apretado pelotón que se niega a formar con aquellos otros que ya nos han dado todo lo que esperábamos de ellos.

De mi primer acercamiento a ella conservo la impresión que me causó, por un lado, la descripción de los alrededores del Puente de Segovia y de la Puerta del Ángel una fría noche de finales de marzo de 1939 y, por otro, la escena de unos niños de doce años hurgando entre los escombros de una casa bombardeada en el barrio de Lavapiés en busca de maderos con que alimentar el fuego.

Estos días se cumplen diez años de la aparición en las librerías de “Antes de decirte adiós”, sexta novela del escritor valenciano Guillermo Galván (Grao, 1950). Firmada en Tres Cantos en mayo de 2004, tardaría más de cinco años en salir de la imprenta, plazo a todas luces excesivo tratándose de un autor ya consagrado por aquel entonces. La propia dedicatoria de esta novela (“A mi padre, in memoriam por caprichos del mercado”) nos da una pista sobre el tipo de obra que tenemos entre manos: novedosa, atrevida, ¿tendrá fácil acogida?...



Efectivamente, en “Antes de decirte de adiós” se combinan a la perfección el género policíaco (la intriga, el suspense, un final insospechado), el picaresco, el romántico y el histórico, con el siempre exitoso tema del “manuscrito encontrado”, la denuncia política y la Guerra Civil (considerada prácticamente un género en nuestro mundo literario) como hilo conductor de la trama. Su estilo, que muy a menudo alcanza altas cotas de lirismo, se sirve a discreción del ritmo proporcionado por la técnica periodística, e incluso, en más de una ocasión, cinematográfica.

Su armazón estructural, de una solidez y firmeza poco comunes, vertebra  la narración en dos (quizá tres) partes perfectamente diferenciadas.


Guillermo Galván Olalla

La primera, “Cuatro días de marzo”, título que nos recuerda a los “Tres días de julio” (Luis Romero, 1967) es una novela en sí misma. En ella asistimos a las últimas jornadas de la guerra civil en Madrid. Matías Cabedo, Marcos Tobera “Marquitos”, Nick y Fidel Ubiazu, soldados pertenecientes a un batallón penitenciario de Los Llanos, bajo la atenta vigilancia del sargento Burgallo y del teniente Laviana, se trasladan a la capital para cumplir una misión un tanto extravagante, absurda y bastante arriesgada ordenada por el capitán Gandarias: rescatar el cadáver de Anselmo Carrachano, un antiguo profesor de Azaña.

“La senda de los vencidos” es el título de la segunda parte. Cambiamos completamente de registro y damos un salto de más de 20 años. Abril de 1961. Plena Guerra Fría. Fidel Castro ha afianzado su poder en Cuba, la Unión Soviética supera a Estados Unidos en la carrera espacial, un grupo de exiliados franceses en Madrid, mezclados en la trama de la independencia de Argelia, es protegido por policías españoles destinados en la Brigada de Extranjería. Uno de estos agentes, Dimas Tallón, hijo mayor de un conocido notario y consejero nacional del Movimiento, ante la insistencia de Mercedes Dávila, madre de Rosa, la novia de su hermano Rodrigo, acepta investigar los sucesos recogidos en un manuscrito que ha llegado a sus manos titulado “Cuatro días de marzo".

Podríamos considerar “Vivos y muertos” como una tercera parte de la novela, aunque parece más bien un acelerador al que llegamos después de atar los cabos que han ido quedando sueltos a lo largo de la trama. En una tensión cada vez más acentuada y, en cierto punto, frenética, se nos muestran los aspectos más turbios del ejército de África de los años 20 (informe Picasso), el mundo del cine, el soborno, la corrupción… desencadenando un desenlace verosímil que con toda seguridad satisface al lector.

“Media docena de hombres en busca de un olvido del presidente, o ex presidente, qué coño importaba ya, Azaña” (p. 20)




¿Otra novela sobre la guerra…? Sí… y no. Me voy a detener únicamente en un par de aspectos

“Cuatro días de marzo”, efectivamente, es una narración de guerra cuya trama se desarrolla en Madrid los cuatro últimos días de marzo de 1939. Se trata de una unidad independiente, autónoma, un relato de 136 páginas que tendría vida propia desgajado del conjunto de “Antes de decirte adiós”; sin embargo ésta no tendría sentido sin “Cuatro días de marzo”. Sus protagonistas están nítidamente caracterizados, huyendo del arquetipo fácil, lo que hace de ellos unos personajes creíbles, muy realistas y cercanos. Con algunos recuerdos iniciales de la ofensiva contra Huesca o la batalla del Alfambra, necesarios para comprender las especiales circunstancias del “héroe” principal, Matías Cabedo, un hombre hecho a sí mismo, con una infancia que no deja de recordarnos a la de los pícaros de las novelas de nuestro Sigo de Oro. Las alusiones al momento histórico concreto vienen de la mano de las notas de prensa (Heraldo de Madrid, El Sol, El Mercantil Valenciano), de los anuncios de la cartelera (“Gary Cooper y la Marion Davis en La espía número trece […] Pompoff y Thedy que dice el papel que están en el Variedades”, p. 79…); de las alocuciones radiofónicas en Unión Radio de miembros de la Junta; de la definitiva ruptura del frente en el sector de Pozoblanco y en Toledo, “camino de Ocaña” (p. 74); de las menciones a los escasos bares y restaurantes (El Vencejo, Casa Luis, Chicote…); y, por último, de las descripciones, a pinceladas gruesas pero expresivas, de esos lugares de una ciudad fría y gris, alfombrada de cascotes y miseria, por los que pulula el grupo de soldados de paisano un tanto alucinado, siempre desubicado: el pueblo de Vallecas, Atocha, Embajadores, Lavapiés… y el Puente de Segovia, con su glorieta, el Paseo de Extremadura y la Puerta del Ángel, escenario del prolegómeno impactante y dramático de un final no menos cruel e inesperado:

“La piedra centenaria del puente disfrazada ahora de sombra esculpida, cañada para reses destino al matadero…. A la derecha [del Puente de Segovia], el pardo cemento de la Casa de Socorro se alzaba mudo y ciego; a la izquierda, en medio de la plazoleta, el viejo cuartel de carabineros […] A una orden […] se plantaron ante los muros de un bloque evacuado, como lo estaban todos los del barrio desde que en noviembre del treinta y seis el ejército franquista se presentó en las puertas de la ciudad: a partir de esa fecha, y tras los iniciales escarceos de vaivén, ni un palmo se había movido el frente, instalado un kilómetro largo más arriba, en lo alto de la ancha calle, una zona donde cada acera estaba dominada por un bando y los combatientes se hostigaban de un lado a otro de la calzada desde parapetos y ventanas, o bajo tierra como topos cargados de dinamita. […] Bajo la protección de muros y sombras, siguieron sus pasos hasta los alrededores de la iglesia de Santa Cristina sin percibir el menor movimiento humano y, desde allí, por la Puerta del Ángel, se sumergieron entre la arboleda de la Casa de Campo hasta las cercanías de un edificio de planta baja con muros calados por la metralla y tejado milagrosamente intacto. A su pie, y junto a lo que en tiempos debió de ser un pequeño y coqueto cenador, el chico descubrió una boca de tierra bien oculta bajo un disco de metal…” (p. 114 y 116)


Vista del Puente de Segovia

Respecto a otras “novelas de/sobre la guerra” que hemos comentado en este blog, y a falta de establecer un esquema o estructura común en el que se sientan cómodas, “Cuatro días de marzo” comparte ciertos rasgos con ellas.

La ciudad de Madrid con un papel que, en cierto modo, trasciende al de mero “escenario de los hechos” (“Madrid parecía asumir con estoicismo lo inevitable” p. 42), adquiriendo un rol protagonista, humanizado (“Acero de Madrid”, de José Herrera "Petere"; "A lo lejos, una lucecita", de Manuel Chaves Nogales,  “Celia en la revolución”, de Elena Fortún, “Las últimas banderas”, de Ángel María de Lera, “San Camilo, 1936”, de Camilo José Cela…)

El héroe o actor principal como un ser desarraigado, con una vida rota, truncada (“Celia…”, “Duelo en El Paraíso”, de Juan Goytisolo, “Las últimas banderas…”,  “San Camilo…”) que concibe América como un Edén. En palabras del protagonista de “Las últimas banderas”, ese lugar “que les esperaba y donde, en su opinión, el trabajo valía más que nada y la libertad era, para los hombres, como el aire para los pájaros”

Para Matías Cabedo, encerrado en el batallón penitenciario del acuartelamiento del aeródromo de Los Llanos, la proximidad de los aviones le inspiraba, necesariamente, “Volar. Y llegar a América, a esa tierra cuya noche es nuestro día y el día nuestra noche, donde los inviernos se hacen veranos y los hemisferios se disputan la hegemonía de los puntos cardinales. América, el lugar donde se palpan estrellas nunca vistas y promesas diferentes. Buenos Aires, Caracas, Río quizá, ciudades cuyos cielos son distintos y en las que los sueños pueden ser soñados bajo otras constelaciones” (P. 28-29)

Al igual que en la novela de Ángel María de Lera, asistimos en “Cinco días de marzo” a la socorrida y exitosa escena cervantina del escrutinio de libros: “[Inés Alfaro] con una caja a su lado llena de libros y papeles que ella iba depositando ritualmente en el fuego y removía con un atizador como si cocinase un caldo de brasas […] Libros de Marx, Bakunin, Engels y otros autores que le sonaban a personajes revolucionarios, documentos de trabajo de la Agrupación Socialista Madrileña y de la UGT, proclamas y octavillas llamando a la resistencia antifascista.” (p. 50-51) De la quema se salvará "Crimen y castigo", de Dostoievski. La personalidad de su protagonista, Raskòlnikov, gravitará sobre la figura de Matías Cabedo y el ejemplar rescatado de la segura destrucción adquirirá una importancia vital hacia el final de la novela.

Con “Acero de Madrid” y “Tiempo de héroes”, de Jorge Martínez Reverte, “Cinco días de marzo” comparte una ausencia, una renuncia: en ningún momento, ni autor ni protagonistas se plantean la necesidad de proponer una reflexión sobre el conflicto que están sufriendo. Desprecian aventurar una explicación de largo alcance, lo menos circunstancial posible; parecen cerrarse a indagar en las actitudes propias y ajenas, tanto políticas como sociales, del presente y del pasado, las causas del desastre.

“También los muertos tienen derecho a que se piense en ellos” (p. 201)

Nos preguntábamos si “Antes de decirte adiós” es otra novela de guerra. Podemos añadir que es la novela de una guerra que no ha terminado aún.

El título que encabeza la segunda parte o narración, “La senda de los vencidos” y el delirante desenlace “Vivos y muertos”, parecen bastante elocuentes. Por si fuera poco, abundan las referencias a las luchas de poder dentro del Régimen, duras críticas a Franco y a su dictadura, alusiones a Millán Astray, Pemán, Manuel Aznar, la amargura de los vencidos por su doble derrota (militar y civil) o la impotencia a la hora de hacer frente a la nueva situación política. 

En abril de 1961, Madrid es una ciudad de claroscuros. Ya no es el lugar frío, gris, húmedo, con ese cielo de acero que amenaza con desplomarse sobre los actores de “Cuatro días de marzo”. Pero las borrascas no terminan de disiparse. Guillermo Galván recurre sistemáticamente a la simbología del tiempo atmosférico para ambientar el estado de ánimo de sus personajes. La guerra, como los nubarrones que descargan inopinadamente, sigue presente, y a Dimas Tallón, el agente de Extranjería protagonista de esta “segunda novela”, encargado de “custodiar” a Salan, uno de los militares franceses enredados en el conflicto por la independencia de Argelia perseguido por el gobierno De Gaulle, le recuerda todo eso al 18 de julio, “primero África y después la metrópoli” (p. 205)

Dimas Tallón, policía fumador de grifa, gran escéptico, unido sentimentalmente a una prostituta, un poco de vuelta de todo ("tiene que ser reconfortante creer en algo", p. 209), sin esperanzas ni ilusiones, enfrentado con su padre, destacado jerarca del Régimen, que representa lo que más odia, se vuelca en el esclarecimiento de los hechos narrados en un manuscrito titulado “Cuatro días de marzo”, lo que le da nuevo sentido a una existencia anodina en virtud de la similitud de lo expuesto en el texto con su propia vida.

“Al avanzar en el último capítulo, con referencias concretas al paseo de Extremadura, tuvo que tomarse un respiro. Abrumado por la familiaridad del escenario, por un aluvión de recuerdos infantiles que le llegaban en tromba como una horda invasora […] El cuartel de carabineros frente al puente de Segovia, la Casa de Socorro, la tienda de jabones de don Manuel en el número 8…; la carnicería de doña Silvestra en el 10… [el] colegio del Ave María de doña Antonia Medrano. Y de nuevo su madre, el vientre hinchadísimo como nunca y sin apenas poder dar un paso, organizando la evacuación de su casa, como se evacuaban todas las del barrio porque los fascistas, así los llamaban todos, tiraban ya desde muy cerca. Y el grupo de milicianos que cargaba su escasa media docena de muebles hasta un camión, y entre ellos, vestido como un miliciano más, a don Simón Valera, el cura de Santa Cristina” (175-176)


El estilo y el ritmo cambian de forma radical en "Vivos y muertos". La narración nos traslada a otros escenarios, como Aranda de Duero, Aranjuez, Chinchón y Pau, y se intercalan los largos testimonios en primera persona de Rodrigo Tallón, Néstor Plaza y Pedro Gandarias que, al modo cervantino de novela dentro de la novela, ponen en pie las vidas de los personajes de "Cuatro días de marzo", salvándolos de un casi inevitable olvido.


En conclusión, y para no alargar más de lo debido este comentario, "Antes de decirte adiós", con la excusa de un impecable "manuscrito encontrado", entra de lleno en el género policíaco, de suspense muy bien trabado, donde se aclaran todos y cada uno de los puntos oscuros planteados con una enorme pericia y se cierra un círculo que nos mantiene suspendidos durante toda su lectura.


"No le ibas a abandonar, y yo no podía contártelo todo antes de decirte adiós para dejarte con esa verdad comiéndote la vida" (p. 396)

Guillermo Galván. Antes de decirte adiós. 1ª edición. Madrid: Santillana Ediciones Generales, 2010. Colección "Suma de Letras". 421 p.



domingo, 23 de abril de 2017

Cartas de mujeres. A propósito de un epistolario entre Carmen Laforet y Elena Fortún. “De corazón y alma (1947-1952)”. Madrid, 2016.



Carmen Laforet, 1921-2004

Durante un par de semanas, ese lapso de tiempo que la actualidad otorga a toda  novedad antes de dejar de serlo, lo observaba a través del cristal del escaparate protegido convenientemente por un toldo de la violenta luz que a las diez de la mañana barre la acera de los pares de la calle Mayor. Ocupaba un lugar destacado en el mismo, justo a la altura de los ojos, entre otros títulos de diversa enjundia seleccionados por la madrileña librería Méndez. Como en tantas otras ocasiones, dejé pasar la oportunidad de comprarlo, ya encontraría otro momento, total, ¿para qué?, ¿cuándo podría leerlo.?

Porque esa no es una cuestión baladí, la de las horas siempre breves y escurridizas, ¡qué envidia me dan los que ventilan por las redes sus numerosísimas lecturas!, este mes 30, con un poco de empeño, el mes que viene llego a la cincuentena, ¿de dónde sacarán el tiempo?, por mucho que apiñe y amontone sus rutilantes portadas, no me van a caber en la foto que suba a Facebook, profesional montaje, si es posible, animado y todo. Afán juvenil de consumista lector, fiebre padecida hace tantos años que vértigo me da echar cuentas: Cuesta de Moyano en mañanas sabatinas haciendo acopio de ediciones de bolsillo, australitos, destinolibros, bibliotecabreves…; librería en el entresuelo del Corte Inglés de Princesa camino de la Facultad, donde manoseaba los pequeños volúmenes de Gibbon o de Mommsen, ya no me acuerdo, prolijamente anotados; la  Casa del Libro en Gran Vía una fría, lluviosa, desapacible tarde de invierno, arrastrando un constipado de los míos y ese ejemplar bajo el brazo de “Dafne y ensueños” camino de un fin de semana tirado en la cama, envuelto entre las mantas y  en las historias familiares de las Torres Bermejas y que hace solo unos días acabo de encerrar en una caja parecida a aquellas que servirían para trasladar un par de años atrás los miles de volúmenes del establecimiento de la Travesía del Arenal (Librería de los bibliófilos españoles, libros antiguos, literatura e historia, ciencias y artes) que, de la noche a la mañana, sin ese aviso previo que enciende el celo del comprador, echó el candado dejándonos a todos un poco huérfanos, a medio camino entre el vacío y el arrepentimiento por no haber adquirido en su momento ese título de la GC de precio tan asequible y bien conservado, como la colección editada por el Servicio Histórico Militar, o aquellos planos antiguos de Madrid sobre los que, en alguna ocasión, me gustaría localizar los domicilios de los médicos madrileños de la Ilustración. 

Elena Fortún, 1885-1952

Proyectos siempre pospuestos, emplazados a un mañana incierto donde soñamos con el dominio del tiempo o, al menos, con una tregua concedida por esas infinitas y pequeñas obligaciones cotidianas que, como piedrecillas afiladas, siembran nuestro caminar descalzos por la vida, siempre a la defensiva, intentando sortear, con mayor voluntad que éxito, los obstáculos puestos en nuestra carrera hacia aquel espacio personal, seguro, al abrigo del vendaval de distracciones y quehaceres inaplazables. 

En realidad, sobre la queja siempre planea la excusa como un enorme pajarraco de tupidas alas que da forma a la pereza, a la justificación  que avala la inactividad y la desidia. Aunque me pueda aferrar al argumentario de la falta de tiempo, o al menos sostenible  de las ocupaciones, digamos, domésticas, lo cierto es que detrás de mi primera negativa lo que existía era cierto temor, una especie de escrúpulo al creer o imaginar cuestionado uno de mis referentes más queridos por estar vinculado precisamente a mis primeras experiencias de lector, esas que se quedan grabadas para toda la vida con la firmeza de las sensaciones gratificantes que uno espera encontrar cuando se asoma a las páginas de un libro. Esa impronta queda marcada en la adolescencia y más que a la calidad de lo leído o independientemente de ella, está estrechamente ligada al momento, a la situación en la que se produjo la lectura. Y esa circunstancia, esa geografía personal quedará por siempre asociada a una mujer que mis padres habían visto a menudo con una gabardina “de hombre” y una carpeta en la mano bajo la lluvia madrileña (Carmen Laforet) y una novela “Nada”

Intentaré explicarme.





La Fundación Banco de Santander acaba de sacar a la luz, en su colección “Cuadernos de obra fundamental”, un volumen bellamente editado con la correspondencia que mantuvieron Carmen Laforet y Elena Fortún entre 1947 y 1952. Desconocía la existencia de esta colección de elegante acabado, donde figuran títulos de autores tan dispares como Cela, Rosa Chacel, Ridruejo, León Felipe o Juan Larrea. He hablado de la belleza y la elegancia de la edición porque no es habitual encontrar en el mercado volúmenes de semejante factura (calidad del papel, tipos, sobriedad, amplitud de márgenes) a un precio tan módico como los 10 € de este que tengo entre manos. Por encima del acierto tipográfico, son de agradecer los tres textos que introducen el epistolario, firmados por dos hijas de Carmen Laforet (Cristina y Silvia Cerezales) y por Nuria Capdevila-Argüelles. Las dos primeras constituyen sendas piezas literarias que aúnan sentimiento y rigor, lirismo y homenaje sentido. Las peripecias por las que tuvo que atravesar Cristina para recuperar las cartas son dignas de una trama detectivesca, y las evocaciones infantiles del universo de Celia traídas por Silvia nos trasladan directamente a esos años dichosos de la literatura española extendidos a lo largo de los años cuarenta y cincuenta . Por su parte, Nuria Capdevila-Argüelles, en “Queridas, lejanas”, nos pinta el cuadro de parte de una generación con Elena Fortún al fondo; más que de generación,  cabría hablar de grupo o de “colegio invisible”: el formado por aquellas narradoras que, por  esos años, se sentían unidas por los lazos de las dificultades que impone el choque del ser con el deber ser, la complicada combinación de la obligación con la vocación. Eterna cuestión que a todos nos afecta en mayor o menor medida y que quedaría desvirtuada si la reducimos a un asunto de género.




El lanzamiento de “De corazón y alma (1947-1952)” vino precedido de una inteligente campaña de marketing de la que solo conozco la desplegada en las redes sociales, que imagino paralela a la desarrollada en los suplementos literarios de la prensa escrita. En ella se mezclaba sutilmente, con la excusa del tirón editorial de Elena Fortún (reedición de “Celia en la revolución”, publicación del inédito “Oscuro sendero”), la denigración de un momento histórico soslayando las cimas literarias entonces alcanzadas con la cada vez más poderosa y omnipresente “ideología de género”, creando una expectación que supera con creces la calidad del producto presentado. Entiéndase con esto que no pretendo restar ningún valor al contenido de las cartas, al que me referiré a continuación. Muy al contrario: si alguien espera encontrar un epistolario de tintes sáficos o lésbicos se va a llevar tremenda decepción. Y quien, como es mi caso, pretenda asomarse al taller del escritor, y tropezarse con  noticias curiosas sobre una obra en marcha, o acerca de las condiciones en que desarrollan su trabajo los  autores, el chasco no va a ser menor. Si exceptuamos algunas referencias, muy pocas, al estado de ánimo de Carmen Laforet mientras redactaba “La isla y los demonios” o al cansancio y poco interés que le causaban sus colaboraciones en la revista “Destino”, lo que queda es el intercambio de cartas entre una autora joven y consagrada (Laforet) y la creadora de los cuentos que esta leía de niña y por la que siente auténtica devoción (Fortún). Las cartas de Carmen, breves, se demoran con frecuencia; las de Elena, más elaboradas, impregnadas del sufrimiento provocado por el cáncer nunca diagnosticado, están cargadas, no obstante, de un optimismo que inútilmente intenta trasladar a la autora de “Nada”  Recomendaciones de libros, referencias a amigas comunes (Fernanda Monasterio, Lily Álvarez, Carmen Conde), el inicio de la crisis espiritual de C. Laforet completarían el contenido de este epistolario bajo el que fluye un torrente de cariño, respeto y mutua admiración. Y sobre todo, la entereza ante la adversidad, el importante mundo de las pequeñas cosas (Carmen justifica la tardanza en las respuestas porque olvidó comprar papel....) y la grandeza de la relación maestro-discípulo que ya se ha olvidado y a nadie interesa recordar.

Libro de indudable interés que ilustra la vida de dos grandes narradoras que, después de demasiados años de olvido, vuelven a la actualidad con recopilaciones como esta y algún que otro bien documentado programa de radio y televisión.



Enlaces de interés:
Carmen Martín Gaite. Elena Fortún y su tiempo.

jueves, 12 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Sexta parte (y última)


Soldados leyendo
Que la guerra está perdida es un hecho que todos parecen asumir... menos Celia. Todavía en Madrid, poco antes de emprender el camino a Valencia y al exilio, la antigua alumna del Instituto San Isidro se encuentra a una profesora, la señorita Amelia:




“- [] Mi esperanza de “Escuela Única” la he visto aquí realizada [] ¡Es milagroso lo que hemos conseguido aquí en unos meses…! ¡Lástima que todo esté próximo a terminar!

-¿Usted cree..?

-Sí… ¡todo está perdido! Creo que por culpa de unos y otros [] Tu padre pasará los Pirineos, y… yo me quedaré aquí… pase lo que pase [] y no sé lo que harán conmigo por mi pecado de democracia [] Por lo menos me llevará a la cárcel… Es lo lógico… Yo también les llevaría a ellos con el único fin de que no me inquietaran…” (295-296)

Poco a poco va asumiendo las dimensiones del desastre y surge, en las últimas páginas de la novela (hay que recordar que se trata de un borrador, muy completo, pero no definitivo) la auténtica Elena Fortún, nos referimos a los tres detalles personales o biográficos más evidentes. En primer lugar, aparece la figura de Aguilar, que no es otro que Manuel Aguilar Muñoz (1888-1965), fundador y propietario de la prestigiosa editorial que lleva su nombre y en la que publicó su obra Encarnación Aragoneses (Elena Fortún). Este le prestará todo su apoyo, e incluso intentará, en vano, disuadirla de emprender el viaje final.

“No se vaya, hija, no se vaya –dice la madre [de Aguilar]-. Una mujer sólo está segura en su casa.

-¡Estoy sola! –digo casi llorando.

-Nos tiene a nosotros que la queremos de verdad. Tendrá trabajo en nuestra editoral.

-¿Mis hermanitas?

-Su padre le enviará a las niñas y seguirá siendo su madrecita.” (306-307)

Camino de Valencia, es abordada por un joven:

“-Discúlpeme, señorita… ¿Usted es Celia Gálvez… la de “Blanco y Negro”?... La que contaba cuentos y…

-Sí, señor…

-Me han dicho que usted sabe leer las líneas de las manos, ¿es verdad?” (315)

Vasco nacido en Argentina, confunde autor con personaje y protagoniza uno de los momentos más surrealistas de la novela, cuando le confiesa a una Celia ya de vuelta de todo, que ha inventado un sistema para que el hombre vuele por sus propios medios:

“-Figúrese usted… Si un hombre solo vuela, bien puede volar un ejército cogidos de las manos, formados, como una nube que se abate sobre una nación, o un pueblo…” (322)

Esta habilidad quiromántica, de la que Celia reniega una y otra vez, podría estar relacionada con uno de los momentos más duros de la vida de la Fortún: la muerte de su primer hijo, a los diez años de edad, momento en el que, sumida en una profunda depresión, se abandonó a prácticas espiritistas y de comunicación con el más allá. Es una hipótesis.

La última pista biográfica es su salida de España en barco rumbo a Francia, desde un puerto próximo a Valencia. Sabemos por Inés Field, íntima amiga de Encarnación en Buenos Aires, que la embarcación en que navegaba naufragó, permaneciendo a la deriva a cierta distancia de la costa hasta que el pasaje fue rescatado. En las últimas páginas del borrador abundan las advertencias a los riesgos que conlleva el viaje, reiteradas una y otra vez por sus amigos y los que, sabedores que los suyos ganarán la guerra, comienzan a darle la espalda. Del 18 de marzo de 1939, fecha en la que emprende el exilio, es esta cita:

“Yo oigo hablar de todo esto como los moribundos deben de oír hablar de la vida… Ya estoy al margen de todo… Ya no soy de este mundo… Dentro de unas horas navegaré hacia no sé dónde, sin un céntimo… sola…” (338)
El madrileño Instituto de San Isidro, varias veces
mencionado en la novela.

No me gustaría finalizar este ya demasiado largo comentario, más paráfrasis que reseña, sin señalar la importancia que otorga Celia a los libros, la lectura y la Historia. Apuntamos más arriba, en referencia a Eusebio Gorbea, marido de Encarnación Aragoneses, las estrechas vinculaciones de la pareja con el ambiente creado en torno a y a partir de la Institución Libre de Enseñanza. Elena Fortún será socia del Lyceum Club, un centro de reunión de carácter femenino, un lugar de encuentro y de remanso de mujeres rondando la cuarentena, lejos del bullicio e inquietudes consideradas entonces eminentemente masculinas. Impulsado por María de Maeztu (1882-1948), contaba con una nutrida biblioteca y sería incautado por Falange en 1939.

“Es como si me fuera de la revolución del frente, de los fusilamientos y me refugiara en una época de paz de la Historia de España… ¿cuándo? ¿Reinando Fernando VII? ¿O Carlos IV?... No, es antes… aún Galdós no ha conocido a Gabrielillo… ni Inesita ha ido a vivir con Don Braulio a la calle de la Sal…” (178)

En Barcelona, acompañada por su amiga Lydia, se detienen ante el escaparate de una librería:

“¡Cuántos libros! Nos pasamos media hora en el escaparate.

-¿Tú has leído algo de Valle-Inclán? Yo, no.

Compramos dos libros, y pedimos un catálogo para comprar más.

-Tengo que consultar a papá. Él quiere leer “La Montaña Mágica” y se la voy a regalar por su santo.” (226)

Curiosamente, con Valle-Inclán montaría Eusebio Gorbea una efímera compañía de teatro que representaba sus obras en casa de Ricardo Baroja. Y la mención a la obra de Thomas Mann, que rezuma enfermedad y muerte, parece un anticipo macabro del triste final de Eusebio Gorbea, en el que se inspiró Elena Fortún para levantar el personaje del Señor Gálvez. En 1948, mientras Encarnación Aragoneses estaba en Madrid preparando el regreso definitivo a España, su marido pondrá fin a su vida en su apartamento de Buenos Aires, incapaz de superar la pérdida de la guerra.

Y no podía faltar la referencia a la lectura en el frente:

“-Y ¿es verdad que en el frente los soldados reclaman libros? ¿Es verdad que leen?

-Sí, se lee mucho… se lee como no se ha leído nunca… Mucha gente había que en su vida cogió un libro en sus manos y ahora lee con una ansiedad... como para desquitarse del tiempo perdido…

-¿Leen a Galdós?

-Sí… y a Pereda, y a Valera, y a Gómez de la Serna, y a Pérez de Ayala, y a Azorín… Pio Baroja gusta mucho… Y también se leen muchos libros extranjeros traducidos… Todos los libros tienen público… Es posible que la guerra tenga un fin social que nadie hubiera sospechado...” (333)

Al igual que sucediera con los cuentos de Chaves Nogales, “Celia en la revolución” no podía gustar a nadie. Por esa misma razón, en carta a Inés Field desde Madrid, en la que le ruega le envíe un cajón con sus libros y escritos, insiste en que dicho paquete no incluya el sobre con el borrador de la novela. Ni el Régimen de Franco ni el exilio aceptarían de buen grado lo que en ella se cuenta, por lo que estaría condenada, antes de nacer, a la censura o al ninguneo. Como bien dice Andrés Trapiello, “Celia en la revolución” tendría que ser leída detenidamente por los nietos de los unos y de los otros.


“Casi tres años de revolución y guerra, de seres absurdos, de sangre y de destrozos, han gastado la curiosidad de todos. [] A nadie le importa el ruido. Por estas callecitas de colonia suburbana han pasado cañones ruidosos, tanques, soldados, gentes silenciosas con sólo el ruido de sus pasos y que caminaban hasta hallar una tapia donde poner a un hombre, gentes gritonas, mujeres y chicos corriendo desatinados hacia la carnicería donde despachaban carne de burro o de caballo… Por eso la curiosidad se ha gastado. ¡A nadie le importa ya nada!” (289)

El final de la guerra.


FIN

Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Cuarta parte
Quinta parte



martes, 10 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Quinta parte




Ludendorff,, creador de la "Guerra total",
posa junto a Hitler.

Hasta aquí, parecería que la obra se limita a la exposición casi pormenorizada de los crímenes perpetrados por uno de los bandos. Nada más lejos. Comprobamos que Elena Fortún habla sólo de lo que conoce, de lo que ha vivido. Aparte del asesinato del abuelo en Segovia, sufrido en primera persona, lo que le llega del otro lado son meras referencias:

“-Ella [le cuenta a Celia María Orduña, en febrero de 1937, refiriéndose a una tercera persona] oye Radio Salamanca todos los días y dice que dentro de un mes está aquí Franco… es un hombre muy piadoso y oye misa todos los días… su mujer es toda una señora… y tienen una niña que es un encanto.” (157)

Lo mismo en Barcelona, cuando la señorita Subiría asigna la responsabilidad última de los ataques aéreos:

“-¡Son italianos! –dice la señorita Subiría-. ¡Son italianos! Han tenido que buscar extranjeros para que nos maten… ellos no se hubieran atrevido… son italianos y alemanes…” (227)

O cuando su amigo Jorge Miranda, ya en Valencia, menciona los asesinatos cometidos en la playa del Saler, y concluye: “No te imagines que los otros hacen menos (181)

El enemigo, ese otro lado nunca bien caracterizado, ocupa su espacio en el relato en forma de aeroplanos (pocas veces dirá Celia aviones) y de obuses. Hará su aparición estelar durante la batalla de Madrid, otoño de 1936:

“... De pronto suena el motor de un aeroplano… y lejos las sirenas con el desgarrador lamento…

-¡Nenas, aquí… venid aquí!

Las tomo de las manos y nos tiramos al suelo… ellas se ríen, divertidas… Pasa bajo… muy cargado… ¡Bummmm! ¡Bum! ¡Bum! Caen las bombas cada vez más cerca… ¡Papá, solo, arriba en su cuarto, pensando en nosotras! Aún oigo tres estallidos más y al fin los aeroplanos se alejan” (107)

En Albacete, mientras intenta localizar a los niños del albergue, su amiga Fifina habla del último bombardeo:

“-.. ¿Y qué dirás que hicieron los bribones? Pues iluminarnos con sus reflectores y, cuando nos veían, bajar, poner de costado el avión y ametrallarnos con las ametralladoras… ¡Canallas! …Yo les insultaba… ¿Y sois vosotros los cristianos? ¿Y eso lo manda Dios? [] ¡No quiero decirte lo que ha sido esto al otro día!... Asaltan la cárcel, sacan a los fascistas… los fusilan, los maltratan… ¡Han fusilado sin piedad!” (173)

Bombardeo sobre Barcelona


O en Barcelona, los primeros meses de 1938, en plena campaña de Levante… Hay un capítulo, el XVIII (“La guerra totalitaria”, derivada infantil de la “guerra total” de Erich Ludendorff), del que traemos aquí una cita muy expresiva:

“¡Esto no es vivir! En Barcelona no hay refugios. El Metro está muy poco profundo…, los bombardeos hay que soportarlos sin amparo ninguno… y ya son continuos… Cuento las veces que han venido aviones en el día y son dieciocho… Dicen que en la Diagonal hay un tronco de mujer colgando de un árbol… Yo he visto un pegote de masa encefálica en la pared de una casa… Ayer corría un hombre llevando en la mano agarrada la otra mano separada del brazo… ¡Se oyen horrores! (238-239)

Insistimos en la postura adoptada por la autora: “dicen que…”, “yo he visto…”

Y teniendo en cuenta que “la bomba que oímos ya no puede hacernos daño… y la que nos mate no la oiremos…” (227), Celia nos proporciona un par de “remedios” para minimizar en lo posible, o evitar, los daños causados por las incursiones aéreas. Además de situarse en las paredes medianeras..

“Me han dicho que es bueno meterse entre los colchones. En los escombros de algunas casas se han encontrado vivas a las personas que habían tomado esa precaución” (215)

Albacete, bombardeado


Sea como fuere, lo mejor es huir. Güena, uno de los amigos que hace nuestra protagonista en Barcelona, indica:

“-… Créeme, se está mejor en el frente… Yo no he visto allí estos horrores… Creo que se llama Ludendorff el que inventó la guerra totalitaria” (221)

Hasta tal punto se hace insoportable la estancia en Barcelona, que decide regresar a Madrid. Es la primavera de 1938 y la capital ha dejado de ser un objetivo militar de primer orden:

“¡Qué aspecto de pueblo grande tiene Madrid! La Castellana, según me voy acercando a las calles del centro, se asemeja a una carretera de las afueras… De árbol a árbol han atado cuerdas donde se seca la ropa de unas pobres mujerucas que cosen al sol, sentadas en sillas bajas, al cuidado de sus ropas… Los palacios están abiertos… En el jardín de uno de ellos una silla de manos preciosa, una joya de museo, ha debido de soportar las lluvias y las heladas del invierno…, uso chiquillos desharrapados entran y salen de ella jugando al escondite… Sin embargo, el ambiente es de paz…, no de paz y trabajo (salvo las mujerucas que cosen al sol), sino de paz de domingo…[] Aquí todo es extraño, desagradable y ajeno a su vida, menos el sol, el dulce sol que visita las covachas y los palacios con la misma alegre ternura…” (257-258)

Pero el hambre, de la que se había librado en Valencia y en Barcelona, ha hecho presa de la población madrileña:

“-Aquí, al principio, nos comíamos las vacas de leche y los bueyes de carreta que traían los refugiados de Talavera [dice María Luisa]… Luego la emprendimos con las mulas y los caballos cansinos… Ya hemos acabado con los perros y los gatos y ahora nos estamos comiendo los burros… Esos van a durar hasta el fin de la guerra, porque ya sabes que son los que más abundan… [] Luego vinieron las habas con bichos… Figúrate: había quien las tenía desde la boda de San Isidro… Aún quedan algunas. ¡Ya verás qué ricas! Ahora, cuando vayamos a casa, te voy a regalar un puñado para que comas mañana, que es domingo…” (259-261)





El hambre que se empezó a padecer en otoño de 1936, alcanza el clímax dos años después en la ciudad sitiada. Hablan María Luisa y Celia:

“-Dice mamá que venas a comer hoy. Ha conseguido una lengua de caballo que le llegaba al animal desde la boca al rabo… [] Luego de la lengua sigue el gorguero, y carne y más carne… Porquerías y piltrafas, hija, que en otro tiempo nos hubieran dado asco, pero que ahora nos vamos a relamer… ¡Ya me estoy relamiendo! []

-¿Tenéis algo de comer?

-Hoy no… un poco de pan…

-En casa tampoco hay nada, pero me dicen que en el Mercado de Torrijos venden hierbas…

-¿Hierbas? ¿Qué hierbas?

-¡Ay, hija, no sé! Hierbas de cuneta de carretera… de las que riegan los milicianos. []

“Se venden ratas, muy grandes y muy gordas, en el barrio de Argüelles” (269-273)

Estas carencias no tardan en provocar debilidad y delgadez extrema en quienes las sufren.

“-… está usted muy delgada… [le dice el portero de María Luisa Celia en cuanto la ve]

No me atrevo a decirle que él es un esqueleto. “ (258)

“La falta de grasa me hace adelgazar horriblemente en unos días… Los párpados se me resecan y la piel de la cara me tira.” (269)

A la falta de alimentos, y la consiguiente malnutrición, se añade la precariedad de combustible, luz eléctrica y otros productos de primera necesidad como el jabón, lo que hace que aflore un sistema de intercambios conocido como la “Bolsa de Contratación”:

“-¿Tenemos carbón?

-No, señorita. Yo hago bolas de papel mojado y las seco al sol… Luego arden bien. Lo malo es que hacen mucho humo y se ensucian tanto los tubos de la cocina que no tienen tiro” (256)

“La luz eléctrica alumbra mucho menos que una vela y no se puede leer ni coser con ella… Además, me entristece, me aplana, como si las tinieblas pesaran y cayeran sobre mí…” (262)

“El combustible se nos ha terminado, y ponemos el puchero en un hornillo eléctrico que calienta poquísimo. Se hace necesario poner el puchero a hervir por la noche al acostarnos, con la esperanza de que por la mañana esté hecho el guiso…” (267)

 “… tirito de frío horas y horas en la biblioteca de papá. El termómetro marca tres grados… Envuelta en mantas oigo a Guadalupe trajinar en la cocina. ¿Qué hace, si no hay nada qué guisar?

-Estoy lavando –me dice.

-¿Y cómo? –desde hace mucho tiempo no hay jabón y es un problema el lavado de la ropa.

-Pues he cocido la ceniza, luego he colado el agua por un paño fino y en esa agua tengo la ropa en remojo… Me ha dado la receta esa señora que vive ahí detrás… en la calle de Padilla…” (286)

“En la calle de Alcalá, después de Torrijos, se hacen cambios en la acera de la izquierda. Ese trozo de calle es llamado “Bolsa de contratación”… (280)

En estas condiciones extremas, se da la circunstancia de que algunas dolencias desaparecen, como ese dolor de estómago que la madre de María Luisa ha dejado de padecer desde el momento en que en los comercios sólo se despachaba té (té chino, té Lipton”) y algunas especias y ella se vio obligada a ingerir más infusiones que de costumbre. Pero también sucumben los más débiles:

“Poco a poco van muriendo todos los ancianos. Tal vez es porque tienen menos resistencia que los jóvenes, y porque se hartan de estar en este mundo, pero también puede ser porque su racionamiento se lo comen los nietos… Todo es posible.” (276)

“Por la noche me duele la cabeza y el estómago. Ya hace días que lo poco que como me produce náuseas. Hoy justamente la señora de Aguilar me ha llamado para llevarme al médico []

-¡Bah, no es nada! Debilidad, cansancio del estómago por la ingestión de tantas cosas absurdas…” (297)

Y también se tienen reacciones alucinadas:

“… un glorioso reflejo me retiene… ¡Naranjas! Un camión cargado de naranjas… Su color caliente, alegre, como el sol hecho fruta, ilumina la calle gris… Todos los que pasan se van parando como yo” (288)

Pero hay que mantener la apariencia de normalidad, ese “aquí no pasa nada” tan a menudo utilizado como arma política. Ya a comienzos de la contienda, con los primeros reveses del ejército republicano, se disfrazaban las derrotas como repliegues o simples maniobras:

“En los árboles frondosos del Prado han aparecido unos carteles: “Los revolucionarios no se detienen, se encauzan”” (150)

Y la vida cotidiana tenía que continuar como de costumbre

“Las tiendas de telas, abiertas porque está prohibido cerrarlas, tienen las estanterías casi vacías, y dos o tres viejos parecen aburridos tras los mostradores” (158)

Lo mismo sucede en Barcelona. En una escena, el padre de Celia se niega a darle permiso para acudir con Jorge a la Ópera:

“¡Ya lo verás! Se ha anunciado mucho esa temporada para dar impresión de tranquilidad y demostrar al enemigo que nosotros vivimos debajo de las bombas como si no ocurriera nada… cosa que está muy bien, pero que nos va a costar caro… ¡Ya verás, ya, lo que va a ocurrir esta noche! []

Los periódicos de la mañana no hablan de desgracias, sino del efecto del teatro, sólo iluminado por dos velas en el escenario y el público de pie cantando el himno de Riego… ¿Qué habrá sido de Jorge?” (236-238)

Tendiendo la ropa en una céntrica calle.

Pero lo cierto es que ya ni el dinero tiene valor. Hasta los trabajos más pequeños se hacen a cambio de comida, tan conscientes son de que se aproxima el final y la moneda oficial no va a servir para nada. Y las pocas mercancías de que disponen los comercios se ocultan, sabedores sus propietarios del precio que pueden alcanzar cuando ya no haya nada de nada en el mercado:
“Por lo visto, no quieren vender.
-No, no quieren –me dice María Luisa-. Están seguros de que pierden la guerra las izquierdas y que el dinero de ahora no servirá para nada luego…Por eso prefieren conservar sus mercancías, que siempre tienen valor…

-Entonces ¿por qué abren la tienda?

-Porque les obligan… ¿No ves las tiendas de comestibles abiertas también? Y, sin embargo, no hay a la venta más que cominos, pimienta y en algunas pimentón y hasta manzanilla…” (261)

Sexta parte

domingo, 8 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Cuarta parte.



Celia, como sus amigas, se ven inmersas en un conflicto cuyos fundamentos políticos e ideológicos ignoran. Pero tampoco hacen nada para cubrir esas lagunas. De este modo, inconscientemente se ponen al margen, aunque sufran los coletazos de unos y otros, al igual que debió hacer la mayor parte de la población:

“-Mis hermanos discuten de la mañana a la noche… [confesará María Luisa a Celia]. Bueno, Jacinto, el mayor, está escondido no sé dónde… Era de Falange…

-¿Qué es eso?

-No sé… un partido o una sociedad, no sé… En cambio, Luis se ha ido a la sierra con el fusil… Te digo que están locos… y la pobre mamá sufriendo por todos…” (65).

En otra ocasión, hablando con Jorge en Valencia a finales de 1937:

 “Yo soy... lo que sea papá y lo que seas tú…

-¡Mira qué idea! ¿De qué partido es tu padre?

-No sé… es republicano… Es muy bueno ¿sabes?

-¡Eres grande, Celia! Tú quieres ser del partido de los buenos, ¿no es eso? Pues yo soy comunista… Si quieres, mañana mismo te presento en el Partido []

-Yo no quiero que me manden así [refiriéndose al Partido]... y que me denuncien por esto o por aquello… y que se tengan que meter en todo lo que hago… [] Lo primero es ser libre y hacer lo que se quiere” (189-192)

Protegiéndose de los bombardeos.

Y más adelante, en la Barcelona acosada por los bombardeos durante los primeros meses de 1938, Celia y Lydia se encuentran con unas amigas de ésta una tarde en el Salón Rosa:

“Hablan siempre de la guerra, de los albergues de los niños.

-Hay que crear en ellos el odio al hijo del burgués, el desprecio al niño rico, el…

-¡No, no! –protesto-. Yo no quiero que mis nenas odien a nadie. Los niños son todos iguales…

Se arma una discusión terrible. Yo no sé discutir. Yo no sé nada de política, ni de sociología… Me gritan cosas que no entiendo, y no puedo contestar.
[]

-Ah, piensas que me van a fusilar! ¡Bah, qué tonta! Eso no puede ser… Papá me ha explicado que eso no puede ocurrirnos ni a él ni a mí…” (224-225)

El padre juega un papel de referente que evolucionará a lo largo de la guerra hasta encarnar el del ídolo caído. Sus parlamentos, con ser un personaje relativamente secundario, son los más largos del relato y están trufados de doctrinas en las que, paulatinamente, Celia deja de creer. Detrás del Sr. Gálvez se adivina la figura del marido de la autora, Eusebio Gorbea, militar y autor teatral relativamente conocido antes de la guerra. Comparten los dos un idealismo imposible de llevar a la práctica:

“-¡Papá,…! El pueblo… ¿sabes que han abierto las puertas de las cárceles? ¿Que hay miles y miles de criminales por las calles?

Papá se pone furioso contra mí, y siento haber hablado.

-¡Tú no sabes lo que dices! ¿Quién tiene la culpa de lo que hace el pueblo? ¿Quién ha hecho esta revolución sino los señoritos? Los señoritos de los cuarteles, los de las borracheras y las juergas de los cortijos… ¿Es que crees que sólo el pueblo mata? A mi primo Ramón, el de Bilbao, lo han matado a palos el otro día los fascistas, y a mi sobrino Felipe, el de La Granja, le han fusilado…, y a tu pobre abuelo…

Los gritos de papá me hacen estallar en sollozos… ¡Dios mío, Dios mío… yo ya no puedo más de horrores!

-¡Hija querida, no llores! No me hagas caso… Es que estoy nervioso… Tienes razón: todos son iguales… ¡La humanidad es una porquería…! La actitud de una persona honrada debe ser la inhibición… Mataos y matadme si no sabéis hacer otra cosa, pero entretanto, dejadme pensar, que es pensando únicamente como me siento fuera de vosotros” (115)

Muy representativo de una época, del ambiente creado por la Institución Libre de Enseñanza, de los ideales educativos que desaparecieron con la Guerra Civil, así como de las asociaciones que surgieron inspiradas en los dictados de los institucionistas, comparte con ellos una fe casi religiosa en la educación y en la instrucción como salvaguardas de la paz social, pero sin abandonar un inconfesado sentimiento de elite, democrático ma non troppo, dirigido a una capa muy concreta de la población:

“[En el Hospital Militar de Carabanchel] La discusión sobre la masa y la lectura y la barbarie comienza a elevarse de tono y papá se sofoca… A mí a veces me parece que tiene razón papá y otras creo que es Gerardo [el primo falangista]…

-Ese pueblo al que defiendes –volvió a decir el primo- está fusilando hombres de ciencia, frailes, bibliotecarios, señores sin otro pecado que ser señores…

-¡Mentira! –chilló papá ahogándose-. ¡Mentira! Y si fusilan tendrán razón: quedáis aún demasiados traidores…
[]

-Eso [los asesinatos], hija mía, es inevitable. Siempre hay gente mala que aprovecha las desgracias para sacar partido… pero ten en cuenta que la educación y la cultura modelan el cerebro y le dan una moral… Esas pobres gentes, golpeadas y maltratadas por una sociedad que les niega todo, devuelven mal por mal… ¡serían ángeles si no lo hicieran!

-Pues ya ves, Valeriana…

-Valeriana es un caso de bondad natural, de vocación, de dedicación… un cerebro perruno…

Pobre Valeriana, ¿qué sería de nosotros sin ella?” (69-76)



Hospital Clínico de Madrid.


Quinta parte
Sexta parte