“...esto
no es sino una purga del mundo, una purga preventiva y sangrienta pero no
apocalíptica…” (333)
Aprovechando el
trigésimo aniversario del final de la Guerra Civil, Camilo José Cela(1916-2002) lanza al mercado editorial una de sus novelas más complejas,
elaboradas e inquietantes. Eclipsada por los éxitos de público y crítica
justamente obtenidos por “La familia de Pascual Duarte” (1942) y “La Colmena”
(1951), y teniendo que compartir el favor de los lectores con todas esas obras
nacidas al abrigo del boom literario
hispanoamericano, parece que “San Camilo, 1936” (1969) no gozó en su día de la
acogida que merecía su indiscutible calidad.
Tal como reza su título
completo, “Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid”,
de acertadas resonancias litúrgicas, es una llamada a la conciencia, al
recuerdo del martirio, a la eterna recreación del sacrificio. Pocas veces se
encuentra tan imbricado el asunto a tratar con la técnica escogida para su
exposición. Larguísimo monólogo reflexivo en segunda persona, como si de una
febril letanía se tratara, dividido en tres grandes bloques (vísperas,
festividad y octava) y un epílogo, está construido de una manera tremendamente
original con materiales de muy distinta procedencia: anuncios de productos
farmacéuticos, cuñas publicitarias aparecidas en la radio (Unión Radio), extractos y titulares de noticias, digresiones
demenciales del narrador que van de lo escatológico a lo grotesco, rayando a
menudo en lo admonitorio… Gracias a las mínimas pinceladas con las que el autor
consigue dar consistencia de manera magistral a los más de doscientos cincuenta
personajes que se mueven por la novela, mezcladas con los fragmentos referidos
más arriba, se ilustra la vida de una ciudad, Madrid, los días inmediatamente
anteriores y posteriores al pronunciamiento militar del 18 de julio de 1936,
con el asedio al Cuartel de la Montaña de fondo y los premonitorios vientos de
guerra. Estos sucesos, presentados de forma aséptica, unas veces como titular y
otras como recreación, no destacan entre los demás fragmentos, a no ser porque
aceleran o trastocan la evolución de esos personajes.
Esa labor de
ensamblaje, que da lugar a un producto cerrado y compacto, con el inequívoco
sello del autor, solo es posible con el recurso a las sensaciones de todo tipo.
Podríamos calificar a “San Camilo, 1936”
como obra multimedia desde el momento
en que nos arroja a la cara, a veces con violencia, una multitud de olores, de
ruidos y sabores difíciles de digerir; nos hace experimentar el hambre, la
enfermedad o el asco, el miedo y la desesperación, así como la ternura y la
empatía, en muchas ocasiones sin solución de continuidad entre una y otra:
“El 14 de abril [de
1931] los oradores hablaron al pueblo desde el balcón del Centro Republicano,
la multitud cantaba la Marsellesa pero como la gente no sabía la letra la
tarareaba, era un espectáculo bastante raro y dramático oír tararear la
Marsellesa a dos o tres mil personas llenas de buena intención y de dudas, de
muchas dudas. El 18 de julio [de 1936] a las seis y media de la mañana un
automóvil se estrella contra una farola del Banco de España, es un dodge coupé
de color negro y tiene manchas de sangre en el parabrisas, en los asientos y en
el suelo, mueren sus tres ocupantes, dos señoritos y una prostituta… “ (p.
15-16)
Este párrafo recoge los
tres ejes vertebradores de la novela y dos de sus recursos literarios. Por una
parte la política que nunca acaba de entenderse del todo, aunque levante
adhesiones y entusiasmos:
“la política no es el
arte del todo o nada sino al revés, en política no se parte jamás de cero, la
política es el arte de salvar lo que se pueda y gobernar a los españoles para
que no se cacen a tiros” (`p. 204)
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Un joven Camilo José Cela |
La juventud, a la que
presta su voz un CJC de 20 años que desnuda su alma frente al espejo para
exhibir sus miserias, humillaciones y claudicaciones. No en vano, la novela
está dedicada a los mozos del reemplazo del 37 “todos perdedores de algo: de la
vida, de la libertad, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia”:
“A las siete de la
mañana la Estación del Norte es un hervidero de excursionistas que van a la
sierra a respirar aire puro, los jóvenes de ambos sexos de los partidos de
extrema izquierda, socialistas y comunistas, llevan camisa blanca y pañuelo
rojo al cuello y cantan el Chíbiri… hacen
gimnasia sueca… algunos hacen la instrucción, comentan textos clásicos del
marxismo y se sienten vagamente depositarios de las esencias revolucionarias…”
(50) “En el Águila, en la otra acera de la calle de Serrano, toman cerveza los
señoritos de Renovación Española, parecen medio inflagaitas pero son valientes,
muy valientes, con un valor jaranero y un poco a la antigua entre caballeresco,
deportivo y fanfarrón… también hay falangistas y algún estudiante de la AET”
(59)
Y de otra, el lado más
oscuro y golfo de unos seres que parecen evadirse de una vida cotidiana gris
para sumergirse en el igualmente rutinario hedonismo. Toda la novela, sobre
todo la primera parte, es un catálogo del golfo Madrid la nuit, con una descripción detalladísima de los prostíbulos, meublées, casas de tolerancia y sus
madames y frecuentadores. El deleite del autor en esa sociedad miserable y mezquina,
alimentada por el engaño, la impostura y la falsa apariencia, submundo en
absoluto representativo del conjunto, concuerda con su visión pesimista e
irracional del conflicto que se está gestando:
“la preocupación se
quita (o al menos se distrae) yendo de putas, el remordimiento de conciencia
ayuda mucho, si un hombre está cachondo y además le remuerde la conciencia,
¿qué más puede pedir?” (180)
La combinación del
humor y el chascarrillo con las escenas o situaciones del más puro tremendismo,
alcanzando muy a menudo la sordidez, es una constante en la novela, uno de los
recursos más felices del autor, logrando, así, un efecto sobrecogedor e
impactante en el lector. Del mismo modo, la dosificación de los sucesos reales
que presiden y marcan con su pauta la vida de todos esos seres imprime un ritmo
infernal, como de pesadilla, al adquirir cada vez más peso hasta llegar a
paroxismo en pasajes como el de la petición al Gobierno de entrega de armas a
las milicias:
“las revoluciones van a
su aire y después salen como pueden, bien o mal pero revolucionariamente, lo
que quiere el pueblo es gritar armás, armás, armás e ir de un lado para otro en
grupos compactos…” (157)
Porque lo que se
persigue es transmitir una atmósfera angustiosa, de la que es imposible escapar;
como si estuviéramos inmersos en un absurdo y pesado sueño. Y, lo peor del
caso, es que dicho via crucis no
tiene un fin purificador. CJC no aporta una solución, pues elude escudriñar las
posibles causas finales de la guerra, o facilitar una clave que impida la
repetición del mismo drama en un futuro.
Se podría decir que el
autor adopta la interpretación más castiza y biológica del conflicto, así como la que menos se presta a debate o
a réplica, al rehuir la búsqueda de sus motivaciones y sus causas en el ámbito
de la razón. Las citas que, a modo de lemas, encabezan cada una de sus cuatro
partes, son suficientemente taxativas. Por ejemplo, el paradójico verso de
César Vallejo que abre el Epílogo (“!Cuídate, España, de tu propia España”) se
puede interpretar como un guiño al lector: “lo que tienes en tu mano es poesía,
no busques nada más”. Porque siempre se prestará más al lirismo hablar del ser de los españoles (“al español le
gusta más tirar piedras al suelo que levantarlas” (241)) y de su inevitable destino cruel (“cada cual viene al mundo
con su destino señalado, nadie puede escaparse de lo que está escrito” (237))
que una crítica al peligro de una perversa interpretación de determinadas
ideologías.
“la estulticia de las
fuerzas conservadoras sólo es comparable a la estulticia de las fuerzas
revolucionarias, que también son fuerzas al servicio del retrogradismo aunque
de signo contrario, las fuerzas revolucionarias no luchan contra las banderas
los himnos y las condecoraciones sino en defensa de otras banderas otros himnos
y otras condecoraciones, aquí es donde quiebra la teoría y se entumece la
autenticidad del hombre..” (331)
Con esta novela dura en
su contenido e innovadora en su formato, en la que se da rienda suelta de nuevo
la sensibilidad y el absurdo con tanto éxito ensayadas en Pabellón de reposo (1943) y Mrs.
Cadwell habla con su hijo (1953), CJC esquiva el enfrentamiento ideológico
y opta por una solución de compromiso, que volveremos a encontrar en los años
80 en el bellísimo “Discurso de la quiebra”,
puro oxímoron que juega con el recuerdo y el olvido como medicina curativa,
que servirá de epílogo a la famosa historia de la guerra civil escrita por Hugh
Thomas.
Este artículo se publicó en la revista "Frente de Madrid", número 22, noviembre de 2012.