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El Puente de Segovia en 1939 |
A menudo, mi madre contaba una anécdota que le sucedió durante la guerra. Debió ser en los primeros meses de 1937, cuando se alojó en su casa una familia de evacuados que se vieron obligados a abandonar su hogar por la proximidad del frente. Como era habitual, salían a diario a hacer colas en los repartos de comida, y en una de esas salidas cruzaron el Manzanares, subieron por la carretera de Extremadura y, poco antes de la Puerta del Ángel, enfilaron a la izquierda hasta llegar a una casa bombardeada. Entre las dos, cargaron con una viga de madera que, una vez astillada, les serviría para calentarse durante algún tiempo. Satisfechas por el botín adquirido, se disponían a regresar a la calle de San Isidro cuando unos milicianos les cortaron el paso. Insensibles a las protestas de la mujer, que juraba y perjuraba, con lágrimas y lamentos (fingidos), ser propietaria de la viga y de la casa destruida, tuvieron que dejar el tesoro donde lo encontraron y desandar el camino hasta casa.
Casualmente, poco más de 20 años después de aquella historia que mi madre recordaba sonriendo y sin asomo de amargura, mis padres se compraron un piso en ese mismo barrio. Y allí viví yo hasta 1997.
Y más casualidades.
Mecado Tirso de Molina con el escudo republlicano |
Comenzó la gira en el metro de Puerta del Ángel con una afluencia importante, pues unas 30 personas ocupando la calle a a las nueve y media de la mañana de un domingo sin nada que reivindicar es, por lo menos, curioso. El guía, José Ignacio, nos facilitó un dossier con fotografías, planos y noticias que ilustraban punto por punto todo lo que íbamos a ver, desde curiosidades como el escudo de la República en el frontón del mercado de Tirso de Molina, levantado en 1933 y del que nadie se percató cuando Regiones Devastadas reconstruyó el barrio después de la guerra, hasta los restos enterrados de un fortín en los jardincillos de una vivienda del Paseo de la Ermita del Santo (dato aportado por José Sánchez Díaz, vecino del barrio y miembro de Gefrema), pasando por la Quinta de Goya y la mención a la estación del ferrocarril de vía estrecha del mismo nombre del que partía un tren blindado que tuvo parte activa en la guerra de minas que se desarrolló en el sector durante la Batalla de Madrid, y los restos algo más evidentes de otro fortín en un terraplén del parque de Caramuel.
Lo que perece ser aspillera y restos de impactos en el muro del cementerio de San Justo |
Fortín medio enterrado en el parque de Caramuel |
De allí pasamos al Barrio de Goya donde Jacinto M. Arévalo, autor de una monografia sobre trenes blindados, aprovechando que estábamos (Calle Sepúlveda) en el trayecto del ferrocarril del vía estrecha, habló sobre ese tipo de armamento utilizado antes de nuestra guerra, e incluso en la II Guerra Mundial. Cruzando el barrio de Goya, del que apenas quedan un par de casas de la época, llegamos a las sacramentales, en cuyos muros se conservan restos de aspillera (o troneras) desde las cuales se hacía fuego sobre las líneas enemigas. En los románticos y ostentosos mausoleos que abundan en esas grandes necrópolis (San Justo, San Isidro y Santa María), levantadas durante la primera mitad del siglo XIX, también se pueden ver impactos de proyectiles. Pasamos por delante del cementerio inglés, que luce un precioso escudo del imperio británico, atravesamos el frente nacional establecido en General Ricardos para visitar el último cementerio (San Lorenzo y San José) y finalizar la ruta en la cervecería de la Cruz Blanca, en Marqués de Vadillo, con el cielo plomizo y amenazante, hablando de Brunete, las brigadas internacionales, Martínez Bande, esperando encontrarnos de nuevo en la próxima ruta por la Casa de Campo.
Un panteón del cementerio de San Isidro, con impactos de bala |
Cementerio de "los ingleses" |
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