
Aunque años después haya renegado de esa primera etapa narrativa, de la que creo (escribo de memoria) llegó a eliminar de sus obras completas "La Isla" (1961; hoy solo rescatable en librerías de viejo), considero que semejante juicio se debe más a sus elecciones político-vitales, que se enunciarán en "Señas de identidad" (1966), para estallar definitivamente en "Reivindicación del Conde Don Julián" (1970), que a la innegable calidad literaria de las mismas.
La acción de la novela que nos ocupa se sitúa el 6 de febrero de 1939 en un pueblecito de Gerona, a 15 kilómetros de Palamós, cuando Martín Elósegui, un soldado del ejército republicano, descubre el cuerpo de un niño asesinado: Abel Sorzano:
Abel estaba boca arriba, tendido cuan largo era, lo mismo que si se hallara sumido en profundo sueño. Tenía los brazos extendidos, siguiendo la línea del cuerpo, y alguien le había colocado un ramo de amapolas encima del jersey. En la sien derecha tenía un agujero del tamaño de un garbanzo, por el que brotaba aún la sangre... En la mano izquierda le habían puesto una flor roja, que el muerto sostenía en actitud angelical. En la otra había un mensaje: DIOS NUNCA MUERE..." (p. 17)

En el primer capítulo abundan las descripciones de los desastres de la guerra, del éxodo de la población, anunciado por un clima de irrealidad (P. 15) y una atmósfera quieta, mágica (P. 33):

La carretera dejaba a sus orillas un reguero de muerte: soldados ametrallados por los aviones, presos fusilados al borde del camino, desertores con una bala en la nuca... " (P. 19)
Con esta dura realidad de fondo, se presenta la acción de la novela como un torrente de seres dislocados, que se nos aparecen desde dos puntos de vista: el soñado o imaginado por ellos, y el objetivo, sin que haya entre ambos ningún puente de unión, lo cual provoca en todos una insalvable sensación de insatisfacción. Abel Sorzano, mientras Filomena y Estanislaa se empeñan en vestirle como a una niña, protesta porque no puede vivir la guerra de una forma más directa y sueña con crecer para incorporarse a filas; la tía Águeda, con indumentaria de colegiala a los 32 años, se derrite con los consultorios femeninos de la radio:
"La vida en El Paraíso se hacía difícil de soportar si no iba acompañada de evasiones al futuro o al pasado..." (P. 102-103)
Los niños refugiados en la escuela, desde que murió la maestra en un bombardeo "han perdido toda la vergüenza y se dedican a correr por ahí, como bandidos, ingeniando Dios sabe qué maldades... Hace más de tres años que se han acostumbrado a oír estadísticas de muertos, de asesinatos, de casas destruídas y ciudades bombardeadas. La metralla y las balas han sido sus juguetes. Aquí, en la escuela, han creado un verdadero reino de terror, con sus jefes, lugartenientes, espías y soplones. Ya sé que es difícil creerme viéndoles la cara infantil y las mejillas aún sin bozo. Pero es la pura verdad. . Sé perfectamente que tienen un código para castigar los "delitos" y un sistema coactivo para obtener la obediencia. Durante la noche, el dormitorio se convierte en una guarida de serpientes y leopardos, en una verdadera celda de tortura..." (P. 57)
Dora, la maestra, muerta durante un bombardeo, como la madre de los Goytisolo, como la madre de Abel estando embarazada:
"...Abel había sentido dentro de si un rabioso deseo de conocer al hermanito, pero nadie le había comprendido cuando, a gritos, pidió que lo salvaran; aquel niño oculto como en lo hondo de un huevo, que veía avanzar a su encuentro, abriéndose paso a través de hondas de agua y de telas de araña finísima, precedido de un halo de burbujas, era su hermano y lo quería más que a nadie y que nada. Lo sacaron a rastras del depósito, medio ahogado de ira y de vergüenza, y aquel hermano-huevo, que imaginaba a un tiempo en forma de pez y de sirena, había penetrado en el undo de susu sueños aureolado de un prestigio radiante" (P. 108-109)
Junto a esos niños reales, con los que entrará en contacto Abel, para su desgracia, en la última parte del relato, están los que él mismo, distorsionados por su imaginación calenturienta, enviaban a Italia en barco y "ahogan durante el viaje... Ya se sabe. Los niños pagan siempre" (P. 91)
"La guerra había abierto entre padres e hijos un abismo difícil de colmar. Se necesitaba mucho arrojo y valentía para cruzarlo... "De lo ocurrido, todos somos, en parte, responsables, y hemos de procurar que nadie lo olvide. La paz es algo por lo que se debe luchar a diario, si se quiere ser digno de ella"...- Nadie tiene la culpa. A esos niños que no tienen padre ni madre es como si les hubiesen estafado la infancia. No han sido nunca verdaderamente niños. - Mi hijo...- comenzó Santos. -Tampoco puede usted reprocharle nada. Ha vivido demasiado aprisa para su edad... Los padres deberán, en adelante, comprender este cambio. Si no... se exponen a perder a sus hijos para siempre." (P. 130-131)
Esta reflexión, cargada de lugares comunes, por muy tristes que estos sean, da paso a una larga interpolación: la historia de David y Romano ("Los dos eran jóvenes y hermosos" (p. 132)), los hijos nuertos de Estanisláa, que con un estilo diferente al resto de la obra, cargado de lirismo y melancolía, nos muestra el proceso de desequilibrio mental de la tía-abuela de Abel, que desemboca en la grotesca escena que se desarrolla en el lecho de muerte de su marido el mismo día que estalla la guerra.
"Todo son espejismos, querido Abel. Mira la luna cómo aumenta de tamaño cuando emerge del mar; introduce un bastón en el agua y lo verás dividido. Todo es ilusión: la vida, la muerte, el ansia de durar. Mucho antes de que nacieses, otros seres iguales que tú quisieron olvidarse de que eran sueño y fracasaron (sus cuerpos abonan los arbustos de algún camposanto) Oirás decir qué ha sido de los niños que mueren cuando nacen, pero yo te pregunto: ¿qué es de los niños que no mueren, el que fui yo, el que fue Filomena, el que fue Águeda? ¿Dónde está su cadáver, su tumba, el cementerio? No seas presuntuoso; deja correr las aguas. Matar un pájaro es algo tan absurdo como patalear en el vacío..." (P. 183)
Y mucho más: el hambre, el ansia de paz, la iniciación a la violencia..
Independientemente de los derroteros que tomara posteriormente la obra de Juan Goytisolo, o de las manifestaciones más bien poco afortunadas del autor en diferentes asuntos, esta segunda lectura de Duelo en "El Paraíso", confirman la madurez narrativa de Goytisolo a sus 23 años.
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