domingo, 22 de enero de 2012

"American Horror Story" o la moral en TV

Parece extraño que la TV se dedique a algo distinto del adoctrinamiento y la propaganda disfrazados  de entretenimiento e información. Miento: tembién suele emplearse en el embrutecimiento del sufrido y pagano telespectador.



Hace unos días anoté aquí mismo la grata sorpresa que me deparó el descubrimiento de alguna serie en la versión española del canal temático norteamericano FOX, donde se estrenan no pocos títulos que a las pocas semanas se podrán ver en nuestros canales de TV.



Concretamente estoy hablando de American Horror Story. Creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk, responsables también de Glee y Nip/Tuck, está protagonizada por  Dylan McDermott (Ben Harmon), Conie Britton (Vivien Harmon), Evan Peters (Tate Langdon), Taissa Farmiga (Violet Harmon), Jessica Lange (Constance) y Frances Conroy/Alexandra Breckenridge (anciana y joven Moira O'Hara). Se estrenó en Estados Unidos el 5 de octubre de 2011 y empezó a emitirse en España, con un descanso en navidades, el 7 de noviembre.



Se trata, en apariencia, de un thriller que combina el suspense con el terror en el escenario nada original de una mansión de Los Ángeles poblada de fantasmas. Con guiños descarados a Los otros, El sexto sentido y La semilla del diablo, y con el aditamento de escenas y situaciones francamente tórridas y escabrosas, se lanza de lleno a la explotación de un tema muy querido por la literatura de todos los tiempos: la combinación explosiva del sexo, el pecado y la muerte. Ignorando si el desenlace de la trama traerá consigo algún tipo de "enseñanza moral" explícita, sí es cierto que, hasta el momento, los horrores que entretejen el argumento y desencadenan la tensión, a menudo insufrible, que alientan la serie son la infidelidad, la promiscuidad sexual y el aborto a gran escala. La práctica de estos pecados, que los personajes asumen poco a poco como tales, les lleva inexorablemente a la muerte, que no se concibe como un descanso, ni siquiera como una nada absoluta, si no como una eterna continuidad de los yerros cometidos en vida, más infierno que purgatorio, en constante conflicto con los vivos que tienen la desdicha de compartir su espacio.



Tan permeable resulta la frontera entre vivos y muertos, tan sutil, que estos se permiten el lujo de impartir lecciones a los primeros. En este sentido, hay una escena especialmente llamativa en la que Moira O'Hara, la vieja criada de la casa que practica un extraño feminismo, adoctrina a la dueña, Vivien Harmon, sobre la supuesta inferioridad del sexo masculino respecto al femenino, afirmando que, mientras las mujeres son capaces de ver el interior de los hombres, estos sólo ven lo que quieren ver, de manera que Ben Harmon, el psiquiatra marido de Vivien, muy a menudo no ve en la sirvienta a una mujer mayor, con un ojo de cristal, si no a una joven con un provocativo disfraz de criada más propio, como él dirá, de una "orgía fetichista". En otro capítulo Moira, hablando siempre con Vivien, expondrá una curiosa teoría de la histeria, en virtud de la cual esta patología fue convertida por los hombres en un arma de dominio sobre la mujer, hasta tal punto que los médicos de la antigüedad pretendían sanar a las histéricas provocándoles violentos orgasmos.



Esta vía dolorosa hacia la deshumanización y el sadismo la transitan todos los personajes: los dos hombres que se entregan, o pretenden entregarse, a prácticas masoquistas; los tres jóvenes que quieren reproducir, en las personas de Vivien y su hija Violet, con todo lujo de detalles y exactitud, un horrendo crimen perpetrado en la casa treinta años antes; el joven Tate, acosado por unos irreprimibles deseos de matar... Todos se ven empujados, movidos por un afan destructivo que no cesa con la muerte.

!Qué lejos quedan las historias de terror en las que éste podía ser conjurado con un simple crucifijo, una ristra de ajos o una aspersión de agua bendita¡ De las acechanzas del demonio en El exorcista, y de las tentaciones de cualquier drácula de tres al cuarto se podía uno librar con una profesión de fe o una cruz colgada al cuello. Era un miedo, digamos, razonable, producto de una sociedad estable, segura de si misma y de sus capacidades. Se temía, sobre todo, a la muerte o a dejar de seguir existiendo de una forma convencional.

El terror sofisticado de AHS es muy difícil de abarcar, de reducir o de objetivar, ya que nace del hombre mismo, de sus miserias y debilidades. La muerte no supone el desenlace final del horror, si no la amplificación del mismo, la condena a repetir hasta el infinito los mismos errores. El leit motiv por todos compartido es la insatisfacción y la cobardía. La insatisfacción provocada por los problemas cotidianos que, con enorme cobardía, se afrontan con el escapismo, complicándolo todo hasta el infinito. ¿Terror postmoderno? ¿Horrores solamente americanos? Esperemos el desenlace.

viernes, 13 de enero de 2012

Madrid. Zona Centro. 9.30 a.m. Recuerdos y reflexiones

Cruce de la Cuesta de Santo Domingo con la C/ Arrieta.
Al fondo, el Teatro Real
Por mucho que se empeñen las autoridades municipales, Madrid nunca dejará de ser un pueblo grande, muy grande. Podrán peatonalizar (¡qué palabro!) las vías principales del centro, encargar a Agatha Ruiz de la Prada la decoración navideña, postularse como capital olímpica para las juegos que se celebren allá por el titantosmil, freir a impuestos y multas (¿no son una y la misma cosa?) a sus sufridos habitantes para financiar sus faraónicas fantasías… pero no hay caso: Madrid es lo que es y ha sido siempre: un pueblo grande, muy grande, con un rascacielos pequeño, muy pequeño (ahora, dos o tres más).

Calle del Espejo. A ambos lados, tiendas de instrumentos
musicales. En el último bloque vivió Francisco de Goya
en 1777
Esta condición añeja, como de postal, la delatan el olor a puchero, a guisote que impregna las calles del centro al mediodía, el lento despertar de los pocos comercios que sobreviven a primera hora de la mañana, el tañido de las campanas de iglesias y conventos marcando los cuartos y las horas. Como ya nos hemos subido al carro del ecologismo y del consumo energético responsable, echo en falta otro olor: el de las calderas de carbón cuyas emanaciones desplegaban una boina gris sobre nuestras cabezas durante las largas visitas invernales del anticiclón de las Azores.

C/ Arrieta desde la Real Academia Nacional de Medicina.

Desde la salida del Metro de Ópera poco antes de las ocho
de la mañana. Las calles vacías no me obligan a esperar
para lanzar la foto.
La ciudad tarda en desperezarse. Como un gigante dormido, muy seguro de cada uno de sus movimientos, siente cómo late la vida bajo su suelo herido por infinidad de túneles por los que discurren, como si se tratara de arterias esclerotizadas a punto de reventar, centenares de kilómetros de carreteras y vías de tren que lentamente derraman su contenido en forma de rostros cansados, cuerpos que aún no se han desprendido del cálido recuerdo de las sábanas. Todavía no ha amanecido.


Las calles del centro son frías como el fondo de un saco donde se acumula, sin posiblidad de escape, el aliento helado de la sierra. Y allí permanece durante horas, en las fachadas que por su orientación guardan fidelidad a la umbría, en las aceras que alguien se empeña en regar convirtiéndolas en improvisadas pistas de patinaje hasta que una mano benéfica se apiada de los magullados peatones y esparce unos kilos de sal gorda. Pasadas las nueve de la mañana de un día cualquiera de enero, y no de los más fríos (según los bienpensantes, los efectos del cambio del clima climático ya se están dejando notar), los termómetros no saben qué camino elegir, y se quedan clavados en un largo doble cero.
La C/  Independencia es muy corta, una veintena de metros apenas.
A la altura de esta tienda de guitarras cambia su nombre
por el de C/ del Espejo
Qué diferencia con la imagen que conservo de aquel otro Madrid, el de mi infancia, ese paisaje un tanto lejano y misterioso al que me asomaba desde la terraza de la casa de mis padres, observatorio privilegiado que me mostraba, en amplia panorámica, la fachada oestesuroeste de la ciudad, con las elegantes torres de Rosales, la Torre de Madrid y el glamouroso edificio España, Palacio Real, Viaducto, San Francisco y Seminario. A ese centro al que me refiero subíamos andando por la Cuesta de la Vega los sábados por la mañana a las reuniones del grupo scout Virgen del Puerto que se celebraban en unos locales cedidos por el Convento que tienen las Hermanas Reparadoras en la C/ Torija, frente al Café de Chinitas. Y jugábamos en los Jardines de Sabatini o, más cerca de casa, en el Parque de Atenas
Suelo mojado (y helado) de la Plaza de Santiago
Era un Madrid mágico el que construía en mi imaginación, poblado por gentes modernas, muy distintas de aquellas con las que trataba a diario. Vivían en pisos grandes (!en el centro!) y les suponía una vida trepidante, agitada. Representaban un mundo contrapuesto al mío, abigarrado, abierto. Aunque esa magia y fantasía pronto sería sustituída por todo lo contrario: la de un lugar inseguro, donde te podían atracar a la primera de cambio. Era la edad de oro del macarra y navajero que, amparados por el anonimato que facilitaba la multitud, hacían (o al menos así lo creíamos) auténticos desmanes. Esas distintas sugerencias de Madrid se superponían unas a otras hasta construir un Madrid ideal, cosmopolita, con aire de gran urbe con la Gran Vía y sus alturas como emblema.

Con el tiempo cambió mi concepto del centro. Paulatinamente se fue modificando, con las miras puestas más en el turista que en sus habitantes: aumenta el número de calles peatonales y las que siguen abiertas al tráfico tienen el aparcamiento restringido, floreciendo bolardos, pivotes y bolas que convierten en una odisea detener el coche sin encajar una multa; apenas quedan comercios de toda la vida (ultramarinos), teniendo que llenar la cesta de la compra en los pocos mercados tradicionales (Mostenses) que no han sucumbido (Cebada) a la supermodernidad, o en Hipercor. Sin ambiene de barrio, aunque con olor a puchero, ha sido elegido como lugar de residencia por artistas y famosos con los que uno se suele tropezar a menudo. Si bien es cierto que se ha invertido mucho en su conservación y embellecimiento, ese esfuerzo ha tenido como contrapartida hacer del centro de Madrid un lugar que atrae al turista, pero que resulta incómodo a todo aquel que no tenga un alto poder adquisitivo.

Y además hace frío. Mucho frío.

 

lunes, 9 de enero de 2012

Resumen de diciembre y Navidad 2011



Empieza un nuevo año, de la misma forma en que mueren y nacen todos los demás: envueltos en la vorágine de las prisas, la resaca de los preparativos y la fe en el casi imposible cumplimiento de unos propósitos siempre diferidos. Pero la vida es así y de nada valen enmiendas y lamentos.


Personalmente, estas navidades se inauguraron y clausuraron con dos reuniones familiares. El 6 de diciembre acompañamos a las "Pilares" a una visita el Cerro de los Ángeles. Fue una jornada cargada de emoción y de recuerdos, ya que el 12 de octubre de 1939 mi abuela decidió acercarse con sus hijos al santuario en modo peregrinación o romería. Desde entonces, creo que mi tía no había vuelto por allí y la superposición de las imágenes de un cerro destruído, escenario de unos combates muy sonados, y lo que es ahora, debió impresionarle. Y el domingo, 8 de enero, nos juntamos todos los hermanos (y casi todos los sobrinos), para celebrar el cumpleaños de mi hermana Guada en un restaurante de la Casa de Campo.

En lo tocante a la política, solo quiero dejar constancia de la victoria pírrica del PP, con la confirmación de las sospechas que muchos albergábamos al respecto; la votación en el colegio de Alejandro para imponer la jornada escolar contínua durante todo el curso; y la pequeña victoria que supuso, para la sociedad civil, la organización de la cabalgata de reyes por los vecinos del barrio. Se me puede tachar de exagerado, pero el hecho de que un Ayuntamiento tan despilfarrador como el nuestro se negara a gastarse un duro en las cabalgatas de los distritos (no así en la del centro) y que en uno o dos días se movilizara la gente y pusiera en la calle un desfile modesto pero lucido, hace que recupere la confianza en la sociedad civil, en la capacidad de la gente a la hora de organizarse para alcanzar unos objetivos al margen (o al lado) de los poderes públicos...

Para el común de los mortales, las fiestas navideñas, en el mejor de los casos, se limitan a eso: al 25 de diciembre, 1 y 6 de enero. Los más afortunados, entre los que me incluyo, (¡ojala por mucho tiempo!) logramos arrimar a cada festivo, uno o dos días, de manera que conseguimos reunir tres o cuatro jornadas, con lo que, sumado al puente de la Constitución y la Inmaculada, el mes que cierra el año queda bastante mermado y se desliza, como a trompicones, hacia la pendiente de algo más o menos parecido a unas vacaciones que, en realidad, no son tales, si no una mera alteración de los biorritmos, ya que no es posible verificar una completa desconexión con la rutina diaria.
Este 2011, tan presentes las ausencias familiares, decidimos alterar las costumbres de los últimos años y, como dice Carmen, incomunicarnos en el Pantano, tan lejos del bullicio como de una limpia cobertura telefónica, al menos los dos días fuertes (sobre todo, el más sensible para ella: Nochevieja) y algunos adyacentes. Así que, preparamos el hatillo y nos apretamos unos dos mil kilómetros.
Cumplimos nuestros ritos básicos (todas las familias los tienen, digo yo) que son: la Misa del Gallo a las seis o siete de la tarde del día 24, la posterior visita de Papá Noel en carne mortal y una gira por Elvas, que siempre provoca el asombro de nuestros amigos de Badajoz. Este año, mi obsesión (Carmen dixit) por los restos de la Guerra Civil ha reivindicado su espacio, centrando dos o tres excursiones.
Uno de tantos oratorios de Elvas. Este, muy
cerca del restaurante Lagar
La Misa, impartida desde siempre por Fermín en la ermita que corona una colina sobre el embalse, y a la que asistió una treintena de personas, concluyó con los versos alusivos a la Navidad de algún poeta local que, como todos los años, interpretó el hoy alcalde de Castuera, Paolo Atalaya. Poco después, ante la estupefacción y asombro mal contenidos de los niños, hizo acto de presencia el mismísimo Papá Noel en persona, entregándoles algún regalo.

Mi gente frente a la antigua Se de Elvas, bajo el árbol de Natal

Más azulejos...
El 25 volvimos a Madrid y, tras un interruptus de cuatro días, regresamos al Zújar con la intención de pasar el fin de año. El 30 fuimos a comer Elvas y a dar un paseo por sus calles, con sus templetes y oratorios barrocos, cargados de angelotes y azulejos blanquiazules, su arquitectura ilustrada, racional, de fachadas encaladas que guardan una perfecta simetría y ventanas doblemente acristaladas, como de zona costera, tan distinta y alejada de la española. Ciudad fortificada, siempre temiendo una agresión militar por nuestra parte, de donde nunca podía venir ni bom vento ni bom casamento, posee un encanto especial y ese aire moderno, cosmopolita, de ciudad comercial, abierta a todos, con sus calles engalanadas y los villancicos de música de fondo por las vías que ascienden a la plaza principal, presidida por la antigua Sé, en cuya escalinata ponen un Nacimiento de tamaño natural. Solo he visto algo parecido a ese esplendoroso siglo XVIII, tan pombalino y espectacular, además, claro está, del Algarve, Lisboa y alrededores, en Gibraltar. A menudo comentamos, con cierta sorna, que un criterio que distingue a las personas en nuestra escala de valores es su opinión sobre Portugal, en general, y Lisboa, en particular: están aquellos a los que les parece desconchado y sucio, y aquellos otros que no se cansan de visitarlo. Indudablemente, nos alineamos en el segundo grupo, (lamentando que unas políticas erradas hayan llevado al abismo a unas gentes tan industriosas y exquisitamente educadas), y desconfiamos de las apreciaciones de los primeros..
El búnker del Zújar, en una imagen tomada en octubre



El mismo búnker, hace unos días, visto desde el puente
republicano. Realmente, debía imponer lo suyo
Por la tarde, siguiendo la raya de Portugal, entramos en España por Olivenza, con la idea de acercarnos a Alqueva, el mayor embalse de Europa, a caballo entre los dos países. Pero desistimos, pues íbamos a llegar de noche. ¡Otra vez será!


Los días siguientes (31, 1 y 2), aprovechando las escasas horas de luz, pudimos visitar algunos restos frente de la GC en La Serena que nuestros amigos Antonio y Rosa no conocían, nos perdimos buscando los del río Guadalefra y Juan Antonio nos enseñó, el día 2, poco antes de volver a Madrid, una línea de trincheras que dominaban el río, muy cerca de casa.
El río Guadalefra, cerca de la ermita de Piedra Escrita.
Los restos que no conseguimos localizar se encuentran
siguiendo su curso, a un par de kilómetros

Aguijoneado por la arqueología, Juan Antonio (más interesado en los vestigios antiguos que en los modernos) me comentaba en el coche la cantidad de restos prerromanos, romanos, visigodos e hispanoárabes que salpican el Zújar, señalándome un castillete romano que prospectaba Pelegrí y una necrópolis al otro lado del río.

Puente republicano sobre el Zújar, a pocos metros del búnker nacional

Empezamos así el 2012 con el fin del mundo como telón de fondo y la intención (otra más) de no abandonar este blog.





sábado, 17 de diciembre de 2011

De memoria y cabalgatas

Memoria, memoria... !cuántos desmanes se cometen en tu nombre!


Denuncia Manuel Barragán, no sin motivo, la subvención que el Ayuntamiento de Cáceres, con holgada mayoría del PP, ha concedido a alguna agrupación adoradora de la zurda memoria. Su condición de historiador le mueve a identificar los antecedentes del asunto, exhumar papeles y aportar testimonios que ilustren su más que fundada protesta. Pero a mi amigo Manuel le pierde su juventud y su fe, a veces ciega, en ese partido que en pocos días se encargará de formar gobierno.


Siempre es difícil escoger el camino
adecuado. Mucho peor es el resultado
de no elegir ninguno



No hace mucho (lo hemos mencionado aquí en varias ocasiones), a raíz de las jornadas  celebradas en Castuera, que motivaron una pataleta protagonizada por el PSOE local, Manuel aplaudió la decisión del flamante alcalde popular de dicha localidad de tolerar aquella reunión. Digo bien: tolerar, porque no otra cosa fue la decisión del consistorio: permitir con cierta desgana la concentración de una veintena de personas convocadas por Ángel David Martín Rubio y Luis Vicente Pelegrí. De tolerante y equidistante podemos calificar semejante actitud, que se limitó a aportar una pareja de policías locales en previsión de unos altercados que nunca tuvieron lugar.


Los rostros amables son los mejores transmisores
de las verdades a medias





Esta equidistancia municipal no impidió, sin embargo, que continuaran los ataques socialistas contra unas jornadas que ya habían pasado, y contra el propio Manuel. La inhibición practicada por las autoridades, en este y en otros muchos casos, creo que se debe a una mezcla letal y destructiva de temor hacia las reacciones de un adversario político al que siempre ha querido agradar (¿o hacerse perdonar?, ¿pero... qué?) y, lo que es más preocupante, una carencia casi total de ideología, lo que ha provocado, en gran parte de los potenciales seguidores de esa formación, muy probablemente, un hastío y decepción que justifican por si solos la escasísima subida en el número de los votos obtenidos el pasado 20 de noviembre por el PP.


¿No estarán trucados los resultados de los sondeos
de audiencias? Tantos millones, no me cuadran

Si la fe de Manuel le ha causado semejante disgusto, por su juventud no recordará similares renuncias del PP durante la mayoría de que disfrutó hasta marzo de 2004. No es cuestión de elaborar un catálogo de abandonos y traiciones. Pero como muestra, un botón que abrió un mundo de posibilidades que convirtió en realidades el zapaterismo, en este caso, televisivo. Me estoy refiriendo a una de las series de mayor audiencia del mundo mundial transmitida por TVE: "Cuéntame cómo pasó". Como la memoria zurda, al igual que la muerte, acaba afectando a todos, llegó a emponzoñar a los responsables de la cosa cultural (o de agit-prop) del PP cuando perpetraron aquella felonía que presumía de reconstruir de manera fidedigna, año a año, los últimos cuarenta de nuestra historia. La deformación, tergiversación, exageración de unos extremos y omisión de otros, todo ello con ínfulas de investigación histórica y un minucioso trabajo de documentación, tuvo un paralelismo, gracias al éxito alcanzado, en otro engendro infumable y pretencioso que está copando, como "Cuéntame...", las cuotas de audiencia: "Amar en tiempos revueltos"


"Crónicas de un pueblo" adoctrinaba a los españoles
con los principios fundamentales del Movimiento

Ignoro qué política cultural esconderá en la manga Rajoy en lo tocante a TVE. La verdad, tampoco me interesa demasiado, porque sospecho que continuará todo igual, es decir, siguiendo la estela de "Crónicas de un pueblo". Lo único que puedo asegurar es que, en cuanto a la economía, las medidas de racionalidad se van a hacer sentir en muy pocos días en mi barrio, pues nuestro modesto, sencillo y ahorrador alcalde, Alberto Ruiz Gallardón, ha tomado una decisión mediante la cual se estremecerá el Misterio, nunca mejor dicho: a la Cabalgata que introducía todos los años, la tarde-noche del 5 de enero, a los Reyes Magos en el barrio de Aluche, se le ha negado el permiso necesario para transitar por nuestras calles. Con el ahorro que se conseguirá retirando media docena de camionetas engalanadas, imagino se sanearán las milmillonarias deudas del Ayuntamiento y, por qué no, se dará en todo el gusto a los que siempre han aborrecido estas festividades. Pero...¿se suspenderá igualmente la gigantesca cabalgata del centro? Mucho me temo que no.


Carroza de SM el Rey Baltasar en alguna de sus cabalgadas
por Aluche. Parece que esta tradición, en la que se volcaban varias
asociaciones del barrio, supone un dispendio insoportable para nuestras arcas.

viernes, 16 de diciembre de 2011

La función social de los abuelos

Todavía hay quien busca sin descanso el elixir de la eterna juventud

Decir que vivimos en una sociedad cambiante es una perogrullada tan gruesa que avergüenza un poco insistir en la idea. Como un organismo vivo, pues no otra cosa es la unión de millones de seres humanos, está sujeta a contínuas crisis, desarrollos y regresiones; de lo contrario, estaría condenada a la extinción. Eso no justifica que actitudes y comportamientos muy extendidos merezcan el aplauso, cuando no la indiferencia general.


Como me rechina un poco hablar de grupos sociales o colectivos (el lenguaje es, ciertamente, perverso y debemos escoger las palabras con lupa para no caer en las trampas que nos tienden aquellos a quienes repudiamos), considero más acertado, en aras de la objetividad, manejar un término tan frío como imparcial: tramos de edad.

En la actualidad hay dos tramos de edad que parecen ser los únicos que merecen una atención especial por parte de la misma sociedad en la que se encuadran y de los poderes públicos.

Vivienda digna, salario digno, trabajo digno...
Y ¿por qué no? Madrid con puerto de mar


Por un lado tenemos el sector comprendido entre, digamos, los 18-19 y 28-29 años, es decir: adolescentes, post-adolescentes y primera juventud. En un mundo en el que se da de lado a la diferencia, a lo que se aleja de la norma (siempre que la diferencia y la norma no sean consensuadas); cuando se aprecia, por encima de otros valores, la perfección física y la plenitud sexual; donde se oculta y maquilla el dolor y el sufrimiento, la enfermedad, la muerte... esta edad, pletórica de vida, hormonas y no pocos despropósitos, es el espejo en el que todo el mundo se quiere ver reflejado. Abundan las políticas sociales dirigidas a asegurar su bienestar, a suavizar los obstáculos con los que se pueden tropezar en el camino, a facilitar, en definitiva, el desenvolmimiento de sus deseos y esperanzas.


Y en segundo lugar nos encontramos con los mayores, la tercera edad, jubilados  y pre-jubilados, pensionistas en plena posesión de sus facultades físicas y mentales. Si con la juventud las políticas del Estado del Bienestar pretenden alargar una soñada infancia, dorada y muelle, con nuestros mayores se afana en proporcionarles unas expectativas que, en buena lógica, resultan disparatadas, ya que no todos pueden acceder a ellas y, en definitiva, suponen una carga más que debe arrastrar el contribuyente.



Dicen que, a partir de los cincuenta y tantos, si te levantas de la cama sin
algún dolor significa que estás muerto. No me gustaría volver a bregar con bebés dentro de 20 años.
Pero, como reza el refrán, nunca digas de este agua no beberé...



Fuera de los desvelos del Estado Providencia quedarían los, a mi modo de ver, dos sectores fundamentales para que este mundo en que vivimos, con todos sus errores y horrores pero el único vivible mientras no se demuestre lo contrario, no se derrumbe como un castillo de naipes. Me estoy refiriendo a la infancia y a la madurez.
Nos sorprendería descubrir cuántos de estos abuelos tan entregados han
jugado con sus hijos, les han cambiado los pañales o han visto cómo pasaban las
horas
dándoles de comer


La infancia se ha transformado en un laboratorio donde, lejos de preparar a los niños a enfrentarse a un mundo, a partes iguales, maravilloso y cruel, los iluminados de todo pelaje ensayan sus fantasías educativas siempre tendentes a inhibir sus potencialidades y su capacidad creadora, igualarles en la mediocridad, cerrando esas vías de emulación y estímulo, únicas que capacitan al hombre para alcanzar el progreso.


¿Y qué decir de la madurez? Nada: son los años del trabajo y la producción, de puesta en práctica de lo aprendido durante años, en los que el hombre, como premio a su esfuerzo y dedicación, se ve esquilmado y exprimido para mantener las ensoñaciones de una juventud que todavía no aporta, pero que ya exige y consume, y de una vejez que no se resiste a dejar de gestionar, que cree erroneamente vivir de las rentas acumuladas en su nombre por el sistema durante toda su vida laboral y que, con su comportamiento, introduce un importante factor de distorsión social


De manera infructuosa, en más de una ocasión he practicado proselitismo en
el parque de mi barrio. Esfuerzo inútil: los abuelos no quieren vivir sus vidas,
Prefieren sacrificarlas por sus hijos y nietos

Y no exagero cuando hablo de distorsión. Si nos detenemos en el ámbito familiar, célula de toda sociedad, el papel de los abuelos implicados se deja sentir en:

1. Prolongación indebida de la adolescencia en los padres jóvenes. La existencia de abuelos que colaboren en el cuidado y educación de los nietos hacen que sus padres:
  • Destinen parte de sus ingresos a continuar la vida que llevaban antes de tener hijos, como salir y viajar solos
  • Eviten asumir los sacrificios y renuncias que, junto a las satisfacciones y gratificaciones, suponen los hijos, lo que desemboca inevitablemente en frustración y decepción cuando llega el momento de cortar el cordón umbilical
2. Innecesaria confusión en los niños que, al verse rodeados de dos autoridades diferentes (padres y abuelos) pero difícilmente compatibles, acaban frecuentemente perdiéndole el respeto a unos y otros, conviertiéndose en seres caprichosos y adultos tiranos.

También se ve afectado en gran medida el sistema educativo:

1. La implicación de los abuelos en la ayuda a sus hijos, hace que los horarios escolares de los niños tiendan hacia la jornada intensiva durante todo el curso académico, ya que siempre habrá alguien que pueda ocuparse de ellos desde el mediodía

2. Esa misma ayuda minimiza la terrible repercusión que los larguísimos periodos vacacionales escolares tienen en aquellas familias que no pueden disfrutar de abuelos entregados

3. Por ende, la reducción en el número de horas lectivas, hace que se desaproveche la tremenda capacidad de aprendizaje que tienen los niños, lo cual se puede calificar de delito de lesa educación y que en el medio-largo plazo se dejará sentir dolorosamente en la falta de competitividad (y capacidad de esfuerzo y sacrificio) que padecerán las próximas generaciones

De todo esto se deduce que la tan manida conciliación de la vida laboral y la familiar es una entelequia o una broma pesada mientras los abuelos se empeñen en ayudar a sus hijos en la crianza y educación de los nietos.

La función social de los abuelos es, así, una artimaña semejante a otra función social: la de la empresa. Si consideramos que la negativa a asumir la senectud con salud, como ese periodo de la vida en el que el hombre puede dedicarse, por fin, a desarrollar las aficiones emplazadas durante años, tiene como corolario una intromisión no venial en el desarrollo´natural de la sociedad, adjudicar a la empresa una función (la social) ajena a la que se espera de ella (mejorar procesos y ganar dinero) conduce necesariamente a confundir la realidad con los deseos.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Sobre cine y series. "Hair", "American horror story" y "The walking dead"



Mi cultura cinematográfica es paupérrima, lo confieso. Muchas veces lo he comentado y, cuando lo hago, la gente me mira con extrañeza. Porque no comprendo que nadie, en su sano juicio, sea capaz de ver dos, tres o cuatro películas a la semana y pretenda conservar cierto grado de equilibrio emocional. Bueno, acepto tanta ingesta de cine en un crítico (no en vano, se gana los garbanzos con ello, al igual que los que disecan cadáveres) o en alguien a quien le dé igual ocho que ochenta debido a su falta de criterio o a un desaforado afán de consumo cultural. Miento: también comprendo a la generación de nuestros padres, que engañaban el frío y el hambre de la guerra y la posguerra, y lograban olvidar por un momento las penurias y carestías gracias a los noventa minutos de glamour que les debían proporcionar esas películas de la edad de oro.
Esta inclinación mía se ha visto agudizada con los años, hasta el punto de desconocer gran parte de la nómina de actores que la gente ensalza o denigra según el favor del viento. Y, que quede claro, no hago distingos entre el cine nacional y el foráneo.


Las razones son muy sencillas, y quedan resumidas en una sola: mi tendencia maldita a creerme lo que me cuentan. Me identifico con aquellos espectadores que huían despavoridos cuando se proyectaban las primeras películas con caballos que galopaban hacia el (o locomotoras que se lanzaban al) patio de butacas. Si se trata de un melodrama, me emociono con los protagonistas, y si hablamos de horrores reales, me dura la resaca un par de días. La decisión de Sophie, La lista de Shindler,.. me provocaron tanta zozobra que juré que una y no más...


La primera vez que experimenté esa desazón fue por culpa de la película de Milos Forman Hair. Musical hippy cuando ya no los había, que se debió estrenar en España en 1980 y lo proyectaron, entre otros, en el cine Extremadura, una de esas salas de sesión contínua donde no se caían los carteles durante semanas. Aparte del Extremadura, en mi barrio (y en mi época) había otros dos: el Astoria, muy cerca del Puente de Segovia, y el Lisboa, en el Alto de Extremadura, y los fines de semana también "echaban películas" en el colegio de los Salesianos. La escena del hipy embarcando en el avión rumbo a una muerte segura en Vietnam me apenaba, cuando lo traigo a la memoria treinta años después, de una forma un tanto excesiva.



"Aquarius", una de las canciones emblemáticas de Hair, la escuché el otro día en la entrada del capítulo segundo o tercero de una de las series más impactantes de los últimos tiempos: American horror story. Porque si mi rechazo al cine es casi total, por la razón más arriba expuesta, mi adhesión a las series de ambientes un tanto extraños y retorcidos empieza a ser preocupante.


Aprecio en estas series la atmósfera que han conseguido crear y la tensión sostenida.

En el caso de The walking dead se palpa el calor, la humedad de los estados sureños. Queda muy bien reflejado el agobio de esos personajes agotados, sudando constantemente, sucios, transitando por un mundo que se va pero que ellos insisten en conservar, con el sonido angustioso de las cigarras como un hilo conductor que une lo improbable con lo imposible. Con ser lo más vistoso, los muertos vivientes, zombies o caminantes como les llaman ellos, no es, sin embargo, lo más importante de la trama. Esta se nutre más bien de las distintas posturas adoptadas ante lo que parece ser el fin del mundo, un mundo donde ha desaparecido cualquier rastro de autoridad y organización, donde la máxima es el sálvese quien pueda, pero en el que, sin embargo, se lucha por reconstruir una imagen de lo que fue.

La angustia y la opresión de American horror story reside en la casa de Los Ángeles, receptáculo de ese mal intrínseco tan grato a Lovecraft. Cada capítulo es introducido por uno de esos crímenes espantosos, reales o ficticios, al estilo de los perpetrados por Charles Manson. Aún teniendo una gran carga erótica, así como elevadas dosis de escenas gore y de casquería, lo mismo que sucede con The walking dead, el interés de esta serie reside en la confusión y el desorden, no saber quién está vivo y quién no, qué se debe a los efectos del láudano y qué es real, dónde está la barrera entre la vigilia y el sueño.... Es de destacar, igualmente, la intención moral del argumento al presentar la infidelidad matrimonial como un desencadenante de la trama y que provocó en su momento la destrucción de casi todos esos personajes que pululan alrededor de la casa, como las polillas se ven atraídas por la lámpara incandescente.

Ya que vamos de confesiones, ahí va otra: mi proverbial dispersión solo puede verse retenida ante una permanencia no superior a sesenta minutos ante la TV. Por lo tanto, los canales que me proporcionan el visionado completo de un capítulo de cualquier serie son FOX y TNT, responsables de otros productos del mismo género, aunque en su faceta vampírica. Aquí sí hago distingos entre lo nuestro y lo que no lo es. Pero eso es harina de otro costal.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Hacer difícil lo fácil o Elogio de la sencillez


No nos engañemos. Este contrasentido, paradójicamente, guía nuestra vida. Porque el ser humano, con tal de no hacer lo que tiene que hacer, es capaz de enredarse en los más desagradables (y costosos) berenjenales, para adentrarse en los cuales debe, además, invertir un esfuerzo mayor que aquel que pretende ahorrarse con el atajo, recogiendo, como fruto, las más desagradables consecuencias. Los ejemplos abundan por poco que escarbemos y todos, en más de una ocasión, nos hemos visto envueltos en esa madeja que una falsa estratagema de la comodidad se entretiene en anudar hasta el infinito.


Si nos detenemos por un momento en el pensamiento político, y en todas las recetas que filósofos, historiadores, visionarios, economistas y sociólogos han extendido a aquellos que querían facilitar la vida del hombre que anhelaba alcanzar la felicidad en comunidad, el elogio de la sencillez se convierte en una voz que clama desde la cara oculta de la Luna.


Porque no puedo entender de otra manera el éxito absoluto de esos productos ideológicos que, para rizar más el embrollo, no son capaces ni siquiera de adoptar una marca, pero que yo me empecino en llamar hijos de la multípara ideología social. En ese cajón de (de)sastre ebullen como en una olla al fuego todas las fantasías que un día se llamaron socialismo, anarquismo, fascismo, corporativismo, nacionalismo, comunismo, nazismo, socialdemocracia, democracia-cristiana... Todas aquellas construcciones que durante dos siglos han jugado a gobernar, con los resultados por todos conocidos; ese pensamiento que, cada vez que se expresa, no abandona, ni por equivocación, el campo semántico que tiene sus puntos cardinales en grandilocuencias como Sociedad, Solidaridad, Igualdad, Humanidad, Fraternidad.. Esas elucubraciones salpimentadas con una pizca de cristianismo mal entendido, anacronismo barato, romanticismo de opereta, mesianismo de salón, culturalismo ñoño y cientificismo sin ciencia son las que hoy rigen nuestros destinos


La confusión es tal, que ya no hay rojos ni azules, derechas ni izquierdas; se ha extendido por doquier el morado y el espíritu ambidiestro (o ambizurdo, valga el neologismo). Quien no comulge con ruedas de molino, pasa a convertirse en un outsider sin remedio y provocará sonrisistas de conmiseración en su entorno.

Y por mucho tiempo, pues cualquiera es el guapo que se arriesga a devolver al individuo las riendas de su propia vida sin morir en el intento.