miércoles, 30 de mayo de 2012

Los pájaros del diablo

En estos días de mayo y junio, todo apunta al verano, a ese tiempo detenido, como en suspenso, receptáculo de muchas esperanzas infundadas y acumuladas durante todo el curso, de planes demorados y siempre pospuestos, de proyectos emplazados a julio y agosto, cuando no pocas ilusiones se ven frustradas. Estas tardes largas, eternas, a menudo bochornosas, de las jornadas que ahora nos toca vivir, contemplan cómo arrastramos nuestras tareas y obligaciones como si de un pesado fardo se tratara. Y los niños conviven varias semanas con esa mezcla extraña de sensaciones incompatibles (cansancio e inquietud, expectación y nerviosismo), y con sus horarios trastocados por la proximidad de las (sus) vacaciones. Y se expanden los olores dulzones y melifluos, oleosos y penetrantes de la primavera en plena sazón. Y la luz brilla cristalina y cálida, a veces insultante en su poderío. Y los sonidos, con su enorme poder evocador,  se multiplican, como si quisieran sacudirse el silencio y recogimiento impuestos los meses pasados.

A propósito, ahora me vienen a la cabeza aquellas mañanas de las excursiones escolares, que todos los años por estas fechas hacíamos a algún lugar de interés cultural o de simple esparcimiento alrededor de Madrid. Prestábamos mucha atención al parte meteorológico, pues el capricho del tiempo primaveral, con algún despiste del anticiclón de las Azores, podía fastidiar la ocasión con una brusca bajada de temperatura o unas lluvias fuera de lugar y prolongadas en el tiempo. Y preparábamos las visitas con antelación, anticipándonos a todo lo que íbamos a ver, haciendo acopio de la más disparatada imaginación. Recuerdo especialmente el Alcázar de Toledo con el despacho de Moscardó y la grabación de la conversación recreada que mantuvo con su hijo durante el asedio. Volvíamos de Segovia, Toledo, El Pardo, Aranjuez, La Granja o El Escorial (los destinos favoritos de mi colegio) cargados de cansancio y postales, con muchas cosas que contar que ponían a prueba la siempre infinita paciencia de nuestros padres.


Volviendo a aquellas mañanas de las excursiones y después de una noche agitada en la que mi mayor temor era quedarme dormido y no oír la llamada del despertador, o levantarme a deshora y llegar al colegio cuando el autocar ya había partido, dejándome en tierra, saltaba de la cama mucho antes de lo necesario, y pululaba por la casa silenciosa, que conservaba aun el aire quieto de la noche que poco a poco se diluía despejando las sombras. Espiaba las habitaciones donde mis hermanos apuraban los últimos minutos del sueño. O hacía ruido, pensando que mi madre se había olvidado de qué día era. Salía descalzo a la terraza y me estremecía la tibieza del alba. Me acodaba como podía en la alta barandilla, intentando seguir el vuelo desenfrenado y circular de los vencejos, su piar enloquecido, como festejando la llegada de un nuevo amanecer. Cuando entraba en el comedor, mi madre ya estaba en la cocina y calmaba mi ansiedad (“Hay tiempo, descuida, todavía es pronto…”), mientras preparaba la tortilla de patata y los filetes empanados, buscaba el “táper” adecuado, apañaba la mochila con los cubiertos, servilletas y cantimplora, y me hacía el desayuno. Y todo a la vez, en un tiempo que hoy considero record y al que nunca conseguí ni siquiera aproximarme.
Muy a menudo, después de una tormenta, aparecía en el suelo de la terraza algún vencejo derrotado, que parecía implorar su salvación, apoyándose en sus enormes y negras alas, incapaz de remontar el vuelo por sí mismo, ya que sus patas diminutas, prácticamente atrofiadas, no son, desde luego, el mejor de los trenes de aterrizaje ideados por la naturaleza. Si estaba mojado, procurábamos secar sus plumas hasta dejarlo volar en libertad. Alguna ventaja tenía haberse desplomado en la terraza de un quinto piso (sin ascensor, que conste).


En mi barrio, desconozco la razón, no veo muchos vencejos. Abundan, eso sí, las cotorras burlonas y chismosas que amenazan con destrozar los enormes abetos que pueblan el parque. Quizá los espacios demasiado abiertos aturden al vencejo, y la falta de cubiertas de teja o de prolongados aleros donde gustan anidar, les empujan a buscar cielos y aires más propicios. 

Ayer, por pura casualidad, leí que no hace mucho descubrieron los ornitólogos que los vencejos solo detienen su aleteo para incubar los huevos, pues duermen y se aparean en pleno vuelo. De noche, ascienden mil o dos mil metros, ralentizan el batir de sus alas y duermen dibujando círculos, al igual que los tiburones. Ah, se me olvidaba: también pude saber que en algunos países les llaman pájaros del diablo.

domingo, 27 de mayo de 2012

Un año de blog.

Hace ahora un año, en una tarde de primavera como la de hoy, comencé esta singladura con tanta ilusión como escasita esperanza de arribar a algún puerto que mereciera la pena. Después de 70 anotaciones, comentarios, post o, apuntando demasiado alto: artículos, creo que estoy en condiciones de echar la vista atrás y hacer balance y propósitos de enmienda, si fuera necesario.







Aclarar las ideas nos ayuda a enfrentarnos a
los problemas cotidianos aprendiendo
a pronunciar esta palabra: NO


En principio, mantener un blog es algo parecido al ejercicio de la pesca. Aunque hace años que no la practico con asiduidad, recuerdo la sensación de recorrer la orilla de un río o un pantano, caña en mano, buscando aquella recula o tabla de aguas mansas donde uno cree que puede picar algo, lanzar el sedal y aguardar la mordida que puede llegar o demorarse indefinidamente. Nos podemos entretener contemplando el paisaje, levantando castillos en el aire, tomando el sol o descabezando un sueño. Personalmente, yo prefería la pesca con cucharilla, al carecer de la paciencia necesaria para observar cuándo se inclinaba la caña por las acometidas del pez contra el cebo.


Los aprendices de brujo, tan presentes en nuestras vidas, y en este blog

En una ocasión, hace más de 35 años, me bajé con mi padre al “cuenco”, que así llamaban a un remanso que se formaba al pie de la presa, buen lugar para mojar el sedal sentado cómodamente en una especie de gradas. Debía ser en Semana Santa, pues en mi memoria me veo con un abrigo o gabardina, el cielo gris y todo en blanco y negro. Había mucha gente perfectamente pertrechada y con uno o dos master a sus espaldas en ese deporte. Mi padre y yo, meros aficionados y, además, de Madrid, llegamos con nuestro humilde instrumental, y nos íbamos a acomodar en un hueco cuando apareció Pepe "El Pescaor”, un chaval unos cinco años mayor que yo, cuya pericia era y es por todos conocida y alabada. Echó un vistazo al agua, imagino que también olfatearía el viento, y sentenció: “Aquí no hay nada”. Cogió el portante, y se fue por donde había venido. Efectivamente, aquella mañana nadie fue capaz de sacar ni una triste boga. Esta es una de las razones por las que prefiero la cucharilla, saltar piedras, darme un chapuzón cuando el calor aprieta e imaginarme al enorme black-bass que, en el lugar más insospechado, se va a sentir atraído por los destellos y colores cimbreantes del metal asesino.



Itziar, Sara y Alejandro pululan por buena parte de los artículos que
hoy cumplen un año


La impaciencia o la inconstancia han sido características en la gestión de este “cuaderno de notas” público. Pocas veces he intentado captar la atención del lector donde sabía que podía encontrarla. A excepción de algunas entradas redactadas al calor del 15M o de la huelga en la enseñanza, o las últimas reformas, generalmente le he dedicado más tiempo a refrescarme del sopor ambiente en aquellos asuntos que más me interesaban, espantando de esta manera una pesca casi segura. Lo que me ha llevado, por otra parte, a entablar una relación insana con este medio, exigiéndole al contador de visitas el número de lectores que en mi fantasía me merecía, o al lector invisible el comentario que nunca llegaba. En más de una ocasión tuve la tentación de arrojar la toalla, abandonarlo todo y retomar la tradición de emborronar el cuadernito inacabado.

Siempre a garrotazos. ¿Aprenderemos alguna vez a soportarnos?


Pero al final, esto del blog y, en general, el mundillo 2.0 es, como dice Carmen, una auténtica droga que, como tal, consume los escasos recursos, en este caso, de tiempo, de que disponemos, y cualquier intento de marcar distancias respecto al mismo o romper relaciones, provoca un inmediato síndrome de abstinencia. Así me vi yo el verano pasado, con el blog en pleno rodaje, un tanto desquiciado porque no tenía la cobertura suficiente para conectarme a internet con el móvil, comprobar las visitas y publicar los comentarios que me pudieran hacer.


Estupor, sorpresa, miedo... La crisis saca lo mejor  de cada uno


En otro orden de cosas, y en la línea de la inconstancia a la que acabo de hacer referencia, más que inconstancia, temor, muchas entradas ("Llegaron los sarracenos..." , "Anatomía del saqueador" , "¿Dónde se esconde Abraham van Helsing?", o  "Confesiones de un voyeur") están escritas con un pie en el freno, como sometido a cierta autocensura, a la presión de no mencionar nombres ni lugares, con lo que la redacción se resiente, se ve forzada y yo incapaz de sortear esos obstáculos autoimpuestos que reducen la claridad en la exposición, enturbiando innecesariamente su comprensión. Esos escritos parecen inacabados, abiertos, como si les faltara un hervor. “Los terminaré en otro momento”, me digo. Aunque… ¿es necesario?, ¿no sería mejor dejarlos como están?


De fondo, el liberalismo y todas las fórmulas de libertad que seamos capaces de articular


Estos textos, contaminados por el excesivo, aunque prudente y me temo que necesario autocontrol, beben de unas fuentes determinadas, son como la aplicación práctica de una teoría. Las primeras entradas  las dediqué Ayn Rand (1, 2, 3 y 4), a su filosofía, su novela emblemática "La rebelión de Atlas" o su protagonista, John Galt. La lectura y relectura de "La rebelión..." me proporcionó la clave interpretativa del estado de cosas que nos ha tocado vivir, así como las soluciones a muchos de nuestros problemas. La mención a esta escritora maldita, a partes iguales odiada y querida, levantó varias críticas negativas por parte de anónimos comentaristas, y alguna que otra desmedida alabanza. A Ayn Rand llegué de la mano de escritores que giraban en la órbita de la Escuela Austriaca, a uno de cuyos máximos exponentes, Hayek, también le dediqué unas líneas, como a otro valiente: el francés inclasificable Revel (1 y 2). En el panteón de mis ídolos, figuran también otras dos grandes mujeres, que nada tienen que ver entre si, pero que merecían cierta atención: Oriana Fallacci y Carmen Martín Gaite. Si la ruso-americana y la italiana son ejemplo de entereza y de ánimo para afrontar la denuncia de innumerables injusticias, la salmantina fue la autora de las primeras novelas que leí con cierta seriedad y detenimiento, cautivándome su estilo y cadencia. Otros autores, igualmente dispares, que de alguna manera me han influido, se asomaron también a esta pantalla: Torrente Ballester, Jorge Berlanga o Luis S. Granjel.


Noviembre de 2011. Por tierras de Segovia (Cedillo de la Torre)


Me atreví con un ensayo, con pretensiones de serie, al hilo de los principios y las libertades (1, 2 y 3), donde quería expresar lo que entiendo por libertad y cómo se ha ido fraguando a lo largo de la historia. Espero darle continuidad en un futuro.


Tardío homenaje a un maestro que se fue;
la mejor definición de la memoria histórica


Pero lo que más me sorprendió, porque no me lo esperaba, fue la acogida que tuvo una especie de crónica sobre unas jornadas de historia que se celebraron en Castuera el mes de septiembre. Sin una relación causa-efecto, la Guerra Civil ha absorbido bastante energía de este blog, y eso que era un asunto que me desagradaba enormemente tratar. Pero después de adoptar la necesaria distancia y de la impresión que me causaron las visitas a varias fortificaciones, abordo con mucha ilusión todos los asuntos relacionados con la misma. Prueba de la misma son: "San Camilo 1936", "Novelas con la guerra al fondo. "Duelo en El Paraíso"", "Un paseo por la memoria. Ruta por el parque de Caramuel...", "Consideraciones sobre la memoria histórica", "Frente de Madrid...", "Política de ayer...", "El sentido de una fotografía", "Principio y fin", "Olvido sobre el olvido" , "Entre el desarraigo y la deshumanización" o "Ingeniería efímera"



Parece difícil interiorizar este esquema


Igualmente despertaron interés entre los amigos las crónicas de nuestras salidas y andanzas: "Jaraba", "Navidad 2011""De la Siberia a Montánchez...", o "Fin de semana castellano"...., con su recopilación de fotos e impresiones.


Paseo a orillas del río Mesa, en Jaraba


Con humor, y sin ánimo de ofender, escribí sobre Almudena Grandes, la pareja Ana Belén-Víctor Manuel o Angela Merkel y Sarkozy; con sorpresa y admiración, sobre "American Horror Story"; con un puntito de nostalgia sobre las calles de Madrid, los amigos de la infancia o las cabalgatas; con simpatía, sobre Israel; con preocupación sobre política internacional; y con creciente estupor sobre los cambios que se aprecian en nuestra cultura, en las conductas, el creciente y abusivo papel asignado a los abuelos, la crisis siempre presente, o la manía de buscar el camino fácil en la vida.



Sin saberlo, Carmen, Mario y yo nos convertimos en propagandistas
de la Fallaci.

Por último, quise dejar enlaces a la música de una vida, con algunos comentarios. Pero quedó en mero intento sin continuidad (1, 2, 3 y 4).



En definitiva, sin mucha fe al principio, considero que la pesca ha sido buena y la navegación, fructífera. Quiero agradecer aquí a todos los que me han seguido y han aportado su granito de arena en esta experiencia bloggera con sus comentarios y sugerencias: Carmen, Elena Clásica, Marina, Mario, Gerión, José Mª Sánchez, Manuel Gallardo, Manuel Barragán, Rafa, Patucos, Bubu, Agustín, Fernando, Arrowtada, Rafael Moreno García, Moisés Domínguez, Eduardo, Family Lawyer Brampton, Ricky Mango, Nemo y todos aquellos que no quisieron dar más señas de sus personas que el frío anonimato, pero cuyas palabras, os lo aseguro, no cayeron en saco roto.


Bunker nacional junto al Zújar. Restos de la guerra civil que visitamos siempre
que podemos

miércoles, 23 de mayo de 2012

Un cambio de civilización... O casi.

Parece que se está recuperando la costumbre
 de los cupones, una forma cómoda de ahorrar o,
al menos, de obtener esos productos
que no eran de primerísima necesidad, pero hacían 
la vida más fácil
Hablar de la crisis se ha convertido, en España, en un deporte de masas con vocación de disciplina olímpica, a tenor del elevado número y gran calidad de sus practicantes. Ya mencionamos aquí, como de pasada, a nuestros arbitristas, que desde el siglo XVI han dejado el pabellón muy alto. Y si nos fijamos en otro género muy español, ¿cómo no acordarnos de la zarzuela y Don Hilarión lamentándose una calurosa noche del agosto madrileño y cañí de la política, con sus “consumos por aquí, consumos por allá”?

 A pesar de todo ello, se echa de menos una sistematización, una organización, digamos, al menos, una jerarquización de los problemas y de sus responsables para intentar siquiera un abordaje de los mismos con una mínima probabilidad de éxito.

Postal familiar de los setenta. Desde entonces, la
tele como centro de todas las miradas

Todos los días, con asomarnos a las redes sociales, podemos tropezarnos, si queremos, con sesudas y bien argumentadas teorías económicas, de muy fácil aplicación, que solucionarían de un plumazo nuestras cuitas.


Los basureros y los carteros subían todas las
navidades a casa y se les daba su merecido aguinaldo.

Con voluntad, también podemos eliminar a todos aquellos causantes de este estado de cosas que tanto nos aflige, pues nunca faltan adivinos que, consultando su bola de cristal, elaboran con gran precisión la nómina de los malos, cuyo medallero, como esas imágenes de la Virgen que se custodian y veneran por riguroso orden en muchos hogares, se exhibe equitativamente en las casas de los funcionarios, políticos, banqueros y empresarios, según el favor del viento o el cabreo de la gente.

Las "pequeñas cosas" de hace 40 años se están
conviertiendo en auténticos objetos de culto.

Lo cierto es que la dimensión de esta crisis desborda los cauces de lo político y económico anegando los terrenos adyacentes de la educación, la cultura y la mera conducta. ¿Y si, en realidad, el movimiento fuera el inverso? ¿Y si una previa crisis de cultura, de educación y de comportamientos, ha trascendido a lo puramente económico y político, convirtiendo a esto último en la punta del iceberg? En este caso, las críticas a lo evidente tendrían el mismo efecto que la pretensión de curar una infección a base de  antitérmicos: aliviar los síntomas sin destruir a su causante que, en el mejor de los casos, permanecería latente para volver a dar la cara a la primera de cambio. Lo triste es que todas las fórmulas que se proponen aquí y allá van en este sentido.


El otro día, vi un 1500 parado en un semáforo.
Lo que son las cosas: lo que me parecía enorme de pequeño,
un auténtico cochazo, 
cómo es capaz de menguar con el paso de los años...

No hace mucho, mi primo Rudi me pasó un artículo de Fernando Sánchez Salinero publicado en su blog Territorio PYME con el título “La generación que construyó España”. La sencillez de su argumentario, la mención a una generación, la de nuestros padres, a la que tanto debemos, y el hecho de tratar el cambio de actitud como clave de interpretación de la crisis, hace obligada su lectura y meditación. Dejo aquí algunos párrafos, me temo que casi todos, pues lo mío no es el recorte:


Fernando Sánchez Salinero

“… no tengo ninguna duda de que una de las principales causas de la prosperidad que vivimos en los años pasados fue la actitud de la generación de nuestros padres, y una de las principales causas de la crisis, es haber perdido esa actitud”
Mis padres tienen en torno a 70 años, y siempre han sido un ejemplo de trabajo, honradez, austeridad, previsión y generosidad. Pertenecen a una generación que, como dice mi padre, les tocó el peor cambio: de jóvenes trabajaron para sus padres y de casados para sus hijos.
“Son gente que veían el trabajo como una oportunidad de progresar, como algo que les abría a un futuro mejor, y se entregaron a ello en condiciones muy difíciles. Son una generación que compraba las cosas cuando podía y del nivel que se podía permitir, que no pedía prestado más que por estricta necesidad, que pagaban sus facturas con celo, y ahorraban un poco “por si pasaba algo”, que gastaban en ropa y lujos lo que la prudencia les dictaba y se bañaban en ríos cercanos, disfrutando de tortillas de patata y embutidos, en domingos veraniegos de familia y amigos…”
“Sabían que el esfuerzo tenía recompensa y la honradez formaba parte del patrimonio de cada familia. Se podía ser pobre, pero nunca dejar de ser honrado.
“La democracia significaba libertad y posibilidades y seguir viviendo en armonía y respeto.
“Y cometieron los dos peores errores imputables a esa generación:
“1) “Que mis hijos no trabajen tanto como trabajé yo”. Nos cargamos la cultura del esfuerzo y del mérito de un plumazo, convirtiendo el trabajo en algo a evitar.
“2) “Como tenemos unos ahorrillos, hijo, tú gasta, que para eso están tus padres”. Con lo que mi generación empezó a pensar que el dinero nacía en las cuentas corrientes de sus padres, que daban la impresión de ser inagotables y que los bancos eran unas fuentes inagotables de hipotecas, rehipotecas y contrarehipotecas.
“Y entonces, eclosionó nuestra generación (yo soy del 67). La generación de los nuevos ricos, la generación de “los pelotazos”, del gasto continuo, de la especulación, de la ingeniería financiera, de la exhibición del derroche, la de lo quiero todo y lo quiero ya, la de “papá dame”.
“Y todos nos volvimos ricos (en apariencia), todos nos convertimos en gastro-horteras. ¿Conocéis a alguien que se atreva a comer un bocata de chorizo? Le corren a gorrazos por paleto. Ahora hay que comer hamburguesas deconstruidas al aroma de los almendros al atardecer. ¿Y qué decir del vino? Pasamos del Don Simón con Casera, al Vega Sicilia sin fase de descompresión. El vino ya no está “bueno”, ahora tiene matices a fruta del bosque, con un retrogusto alcohólico, que adolece de un cierto punto astringente, con demasiada presencia de roble. Esto, por supuesto, a golpe de docenas de euros, que para ser un “enterao” hay que pasar por taquilla. ¡Y es que pocas cosas cuestan tanto, como ocultar la ignorancia!
“Somos la generación de “endeudarse para demostrar que eres rico”. Increíble pero cierto….
“En Alemania no daban abasto a fabricar Mercedes, Audis, BMW para los españoles.


Seat 850-D. Conozco una familia muy, muy
numerosa que viajaba, sin complejos, en un "ochoymedio"

“Irrumpió Europa en nuestras vidas y llegó en forma de mega infraestructuras que producían mega comisiones para todos los involucrados. ¡Viva el cazo! ¡Viva el yerno del Rey! ¡Que se besen los padrinos! Además llovían las subvenciones, nos daban una fortuna por plantar viñas y luego a los dos años otra fortuna por arrancarlas…
“Si algún “tarao” dice que hay que parar esto, se le lapida y “que no pare la fiesta”. Por supuesto que todos estamos de acuerdo que esto es imposible que se sostenga, pero hay que empezar a recortar por el vecino, que lo mío son todo derechos esculpidos en piedra en la sacrosanta constitución.
“De la siguiente generación mejor no hablar (lo dejaré para otro post). Esa es la generación que dice el aforismo que será pobre, por ser nieta de ricos.
“Si somos incapaces de volver a los valores con los que se construye una sociedad sostenible, nos hundiremos, eso sí, cargados de reivindicaciones.
“En mi casa siempre he tenido un ejemplo vivo de cordura, honradez y esfuerzo. Y no han sido menos felices que nosotros. Los psiquiatras, de hecho, dicen que al revés, que han sido bastante más. Debe ser que la sencilla tortilla, el melón fresquito, comprar el sofá cuando se podía, poner las cortinas cosidas por nuestra madre, con ayuda de la abuela, trabajar y echarle huevos para emprender (aunque no lo llamaban así) no debía ser mala receta.
“Desde aquí quiero dar las gracias a mis padres y a toda esa generación que nos regalaron un país cojonudo, que nos hemos encargado de arruinar (entre todos, que todos hemos aplaudido la locura), y que sólo con que nos descuidemos un poquito más, le vamos a dejar a nuestros hijos un protectorado chino, donde serán unos esclavos endeudados y tendrán unas historias legendarias sobre la prosperidad que crearon sus abuelos, empeñaron sus padres y son incapaces de imaginar los nietos.
“Estamos a tiempo de cambiarlo, pero cada vez tenemos menos. Podemos encontrar maestros en casa.”

Sánchez Salinero abre su artículo con un aforismo castellano:
“¿Quiénes son los pobres? Los nietos de los ricos”.


En esta tarde fría y desapacible de un domingo de mayo, viendo desde la ventana cómo se encabalgan las borrascas descargando con trompetería y un poco de furia, no es fácil encontrar más verdades en menos palabras, apuntando a una de las principales causas del mal, incluyendo un sentido homenaje a quienes nos precedieron. Como Fernando Sánchez Salinero, yo también nací en 1967 y aunque, en mi descargo, no haya participado en ningún pelotazo y creo no haber esquilmado a mis padres, que nos dejaron hace ya demasiados años, identifico con toda claridad la generación por él descrita.

Comenzaba su artículo con una anécdota que había escuchado en labios de un empresario que describía la economía china, comparándola con la española de los años 70: “China va a ser imparable. Cuando llegas allí el ambiente te recuerda la España de los años 70. Todo el mundo quiere trabajar mucho, ahorrar, comprarse su casa, su coche, que sus hijos vayan a la universidad… Cuando una generación está así centrada, no hay quien la pare”.


Habría que plantearse el grado de responsabilidad histórica que podemos contraer todos y cada uno de nosotros si permitimos que se destruya una civilización con más de dos mil años de historia. Porque un cosa es un cambio, inherente a todo organismo vivo, y otra muy diferente su eliminación. Y nuestra cultura, centrada en el individuo y sus infinitas capacidades de adaptación a las circunstancias adversas, respetando una amalgama de derechos con la libertad como fondo y garantía, no casa bien con la oriental, por muy productiva y dinámica que sea.


sábado, 19 de mayo de 2012

Ingeniería efímera

Búnker republicano en El Dorado (Castuera)
Por la brevedad o urgencia en su uso, me vienen a la cabeza dos tipos de creaciones: lo que, en bibliografía se denomina ephemera, esto es: carteles, calendarios, posters, cajas de cerillas…, aquellos materiales “de usar y tirar”, algunos de ellos realmente encantadores y objeto de la codicia de los coleccionistas; y la arquitectura efímera, monumentos conmemorativos de un hecho concreto, elaborados con materiales livianos, acompañados de poemas elogiosos y de exuberante decoración, que se destruían inmediatamente después de celebrarse el acontecimiento en cuestión, cuyos ejemplos más característicos son los arcos y falsas fachadas, puro atrezzo, que se levantaban a toda velocidad cuando, por ejemplo, un monarca hacía su entrada triunfal en la corte. Distintas serían las obras de urgencia destinadas a paliar un problema circunstancial y que una vez solventado se procede a su desmantelamiento.

Otra vista del búnker de El Dorado

¿Qué decir de las fortificaciones y defensas construidas durante una guerra? ¿Se acometieron con vocación de permanencia? ¿Qué “vida” le otorgaban sus creadores cuando se ponían a diseñarlos sobre un papel? Por no hablar del coste inherente a las mismas, algo que se escapa a cualquier cálculo económico dictado por la razón, ya que en una economía de guerra se trastocan todas los usos convencionales al entrar en juego factores tan extemporáneos como las requisas de material, las expropiaciones masivas o el uso de mano de obra esclava o casi, casi gratuita.

Alrededor del búnker, posibles observatorios


Fases de la reconquista de este sector
de La Serena por el ejército
republicano.
¿Y la vida de los usuarios y ocupantes de esas instalaciones? ¿Cómo transcurrían los días de calma chicha? ¿Cómo se atendían los enfermos y heridos, cómo se evacuaban los muertos? ¿Cómo se verificaba el abandono de las mismas y en qué situación quedaban?.


Bastantes restos de lo que podríamos llamar “ingeniería militar efímera” quedaron integrados en el paisaje urbano, como las murallas que no fueron destruidas durante los sucesivos ensanches de las ciudades o los fuertes fronterizos reutilizados con la misma función que tuvieron en su origen.
Sin embargo, los fortines, trincheras, casamatas, blocaos, nidos de ametralladora, empalizadas…, testigos a la vez que escenarios de cruentos enfrentamientos, elementos a los que no se les puede dar un uso diferente a aquel que les da sentido, permanecen aislados, en medio de ninguna parte, a la espera de que alguien se entretenga en su inventario.
Nido de ametralladora en la línea de Miraflores (Castuera)

Aquí he dejado constancia de algunos ejemplares ya conocidos que hemos visitado desde septiembre del año pasado, cuando se despertó en mí un interés sobre este asunto, tan inédito hasta el momento como absorbente y, en cierto modo, “ladrón de energías”. No echo en saco roto la idea de dedicarle, en un futuro, el tiempo que se merece y del que ahora carezco, consultando documentos de archivo referidos como de pasada por los historiadores y recogiendo las noticias dispersas en otras fuentes. Por el momento, me limito a anotar impresiones y colgar las fotografías que vamos acumulando como turistas japoneses sin demasiado criterio pero con mucha ilusión.
Miraflores (Castuera)

“La que podríamos llamar planicie de La Serena es un terreno descubierto de vegetación de monótono y triste aspecto, difícil de identificar por carecer en general de detalles sobresalientes, cruzado por innúmeras veredas y surcos carretables, que forman confusa madeja, en la que el extravío o pérdida del viajero es muy fácil, y donde, sin embargo, hay los suficientes caminos e itinerarios a cubierto de vistas por donde un enemigo audaz puede desliarse, y en que para ir de un lugar determinado a otro hay necesidad de dar grandes rodeos , recorriendo mucho más camino del que directamente mediara entre ellos” (palabras del teniente coronel Eduardo Cañizares, jefe de la 21ª división nacional. José Manuel Martínez Bande, p. 262)

Puente de Tablillas sobre el río Guadalefra



Trinchera en el valle del río Guadalefra
Cuando esta Semana Santa mi amigo Segura me comentó que había descubierto unos restos interesantes, aplazamos la visita a aquellos días en que los “compromisos” de los niños nos dejaran retenidos en el pantano, sin posibilidad de desplazarnos más allá de 20 kilómetros en un tiempo no superior a un par de horas.

Alrededor del búnker de El Dorado

Una mañana, nos montamos en su coche y enfilamos la carretera de Castuera hasta desviarnos por una pista, una vía pecuaria que desembocaba en Cabeza de Buey. El paisaje de El Dorado, nombre por el que es conocido, francamente lunar, conservaba el aspecto yermo, ocre y desolado de meses atrás, con la ausencia del pasto que otros años cubría por estas fechas el suelo con su manto verde, salpicado de amarillo, rojo y morado, de manzanilla, amapola y cantueso.

Búnker de El Dorado

Después de 4 o 5 kilómetros de baches, detuvimos el coche al borde del camino, saltamos una alambrada y, en un centenar de metros, nos encontramos ante lo que parecía, a simple vista, una zahúrda, aunque lo reducido de su espacio, su forma de U y, lo más importante, la cantidad de casquillos de bala que afloraban escarbando un poco con el pie, hacían pensar que nos hallábamos ante un búnker, fortín o refugio. Eso sí, muy diferente de los que habíamos visitado hasta entonces, construido con lajas de pizarra, posiblemente reaprovechadas de alguna construcción anterior. Antonio, más atraído por los restos romanos que por los de la guerra, aventuraba la idea de que los materiales habrían sido reutilizados desde época prerromana. Lo cierto es que, en un gran perímetro, en el que no se veían muchas pizarras, aparecían esparcidas estas planchas, mezcladas con fragmentos de ladrillo, y no resulta descabellado pensarlo, ya que en la zona se han localizado numerosos restos de la época.

Miraflores (Castuera)


Volviendo al búnker, y a su complejo, este contaba con varios puestos de observación o vigilancia que se adelantaban en dirección a Castuera, cuyo caserío se dejaba ver, apoyado en la falda de la sierra, a unos 6 o 7 kilómetros al sur. A una distancia similar, hacia el oeste, se encuentra la línea de fortines y trincheras de Miraflores.

Miraflores (Castuera)


“El día 23 [de julio de 1938] Burillo ordena a Rúbert que reconquiste a toda costa Castuera [tomada por las tropas de Franco el día anterior], ciudad que ataca Sánchez Carmona desde el exterior con toda la división del Zújar, mientras desde el interior de la bolsa lo hacía De Blas con dos batallones de la 91ª o de la 20ª brigada mixta y con el batallón disciplinario del VII Cuerpo de Ejército, apoyados por un escuadrón de Caballería del quinto regimiento y el tren blindado. Cada una de las agrupaciones disponía de una compañía de tanques. El ataque fracasa completamente y el día 24, perdida toda esperanza de poderse mantener en la bolsa, se ordena la retirada de De Blas, que debía escapar por Campanario… pero la orden se cursó demasiado tarde y ya las tropas de Saliquet y Queipo habían enlazado en Campanario, consumando el cierre de la bolsa, donde quedó copada casi íntegra la 37ª división” (Ramón Salas Larrazábal, p. 2824)

Atardecer desde El Dorado. Al fondo, se encienden las
primeras luces de Castuera

Se trataría, pues, de una de las fortificaciones republicanas que quedarían copadas en la campaña del cierre de la bolsa de La Serena, en julio de 1938, y que, durante el mes de agosto, jugarían un importante papel durante la contraofensiva gubernamental que reconquistara toda la zona, empujando a las tropas nacionales, en este área, hasta fijarlas en la línea defensiva que iba de Castuera a los alrededores de Campanario, por el río Guadalefra.

Entrada a uno de los nidos nacionales de Miraflores

En esta línea defensiva, vimos en septiembre uno de los bunker de Miraflores, el que se sitúa a la derecha de la carretera de Castuera a Puebla de Alcocer. Una tarde, acompañados por Sara, nos acercamos a los otros dos alineados junto a las minas, al otro lado de la carretera. Aquí nos encontramos con una entramada red de trincheras que debían continuar, hacia el suroeste, hasta llegar a Campanario, en las proximidades del Guadalefra. Mientras Carmen hacía las fotos de rigor y Sara insistía en jugarse la vida entre las pizarras, apareció un coche de una finca cercana, sospechando, sin duda, que éramos furtivos o ladrones de ganado. Pero al constatar que éramos completamente inofensivos, volvió por donde había venido.

Trincheras y nido de ametralladoras en Miraflores


Entre los restos del valle del Guadalefra, aparte del bunker del que ya hemos hablado, tenemos el puente de Tablillas y varios kilómetros de trincheras de ambos bandos.
Alrededor de los nidos de Miraflores

Toda esta zona, limitada por el río Guadalefra, la línea Campanario-Castuera-Cabeza de Buey y el río Zújar, una gran extensión inhóspita, con una vegetación muy pobre o prácticamente inexistente, fue ocupada por la 21ª división nacional, a las órdenes del Tte. Coronel Eduardo Cañizares. Esta división, cansada y con la moral bastante baja por los enfrentamientos, no pudo resistir los ataques del ejército de Extremadura reorganizado por Prada y sucumbió desalojando todo el sector entre el 23 y el 29 de agosto de 1938. Para Salas (Ramón Salas Larrazábal, p. 2833) esta división de Cañizares “era menos que mediana, tanto en sus mandos como en sus tropas, y “chaqueteó” de lo lindo abandonando sus posiciones” Cañizares, destituido, sufrió un Consejo de Guerra , y se le dio de baja en el ejército.

Trincheras en Miraflores


Los combates que tuvieron como escenario estos parajes durante los meses de julio y agosto de 1938 se saldaron con unas 12.500 bajas, entre muertos y heridos, bastantes de ellos a causa de las elevadas temperaturas, por lo que no se entiende el escaso eco que ha tenido entre los estudiosos e historiadores.
La imaginación se dispara ante estos conjuntos de piedras que abundan
en las proximidades de las trincheras y búnkers

La Batalla del Ebro, que se inició cuando el ejército republicano cruzó el río la noche del 25 de julio, eclipsó estos episodios, provocando la retirada de parte del ejército nacional que luchaba en esta zona, vacío que fue aprovechado por Prada para iniciar con gran éxito la contraofensiva. ¿Qué pasó en el interior de la bolsa desde agosto de 1938 hasta el final de la guerra?


Trincheras junto al río Guadalefra

Se cuenta que, durante las obras de construcción de la presa del Zújar, a principio de los 60, se halló una fosa con un buen número de cuerpos, quedando paralizadas las mismas hasta que un forense levantó acta. De los cuerpos, nunca más se supo. ¿Pertenecerían a los de los combatientes que lucharon duramente en Los Caserones, río arriba, hoy un complejo turístico bautizado como "Isla del Zújar"? ¿Y esos montículos de piedras, a modo de testigos, que hemos visto junto a varios fortines y trincheras? ¿Y las alambradas de púas oxidadas que hasta no hace mucho cercaban las fincas? ¿Serían las mismas que protegían las fortificaciones? Muchas preguntas sin respuesta...


Puente de Tablillas, sobre el río Guadalefra
Obras consultadas:

Ramón Salas Larrazábal. "Historia del Ejército Popular de la República. IV. De la batalla de Levante al final de la guerra" La Esfera de los Libros, 2006

José Manuel Martínez Bande (ed.) "La Batalla de Pozoblanco y el cierre de la bolsa de Mérida". Servicio Histórico Militar, 1981

viernes, 11 de mayo de 2012

De "La guerra de los mundos" a un mundo en crisis, seguido de unas notas de esperanza y humor.



En 1979 se publicó en España la sinfonía-rock creada por Jeff Wayne “La guerra de los mundos” y al poco tiempo me debieron regalar el disco. Junto con “Evita” y “Jesucristo Superstar” forma parte de mi escasita educación musical de la cual, no obstante, hacía gala en mi adolescencia, y que llegaba a exasperar a mi padre. Tanto la ostentación, como la misma ignorancia, que quería paliar con una suave inmersión en la música clásica, a la que yo, por conflicto generacional supongo, me resistía. Más de treinta años después no he conseguido suplir esa carencia. Me veo a los 13 años, la edad que tiene ahora mi hija mayor, encerrado y a oscuras en la habitación que compartía con mis hermanos, tumbado en el sofá-cama mientras el tocadiscos emitía, una y otra vez, la voz cavernosa de Teófilo Martínez declamando las primeras líneas de “The Eve of the War”, capítulo inicial de la inmortal novela de H. G Wells que vio la luz en 1898, ¡menudo año!:



“Nadie hubiera creído a finales del siglo XIX, que la vida humana estaba siendo observada desde los mundos infinitos del espacio. Nadie habría podido soñar que estábamos siendo estudiados como se examinan bajo un microscopio los organismos en una gota de agua. Pocos hombres admitían incluso la posibilidad de vida en otros planetas. Sin embargo, a través del abismo espacial, mentes infinitamente superiores a las nuestras dirigían su codiciosa mirada hacia esta tierra. Y lenta, pero inexorablemente, dispusieron sus planes contra nosotros...”




Entonces me resultaba emocionante, así como los cuatro o cinco temas musicales de la obra y su inquietante final. Los dibujos del libreto, que recogía también las letras en inglés de las canciones, con las fotos de sus intérpretes, transmitían el clímax de pánico, de no saber qué hacer ni a dónde huir para defenderse de los extraterrestres: 
The chances of anything coming from Mars
are a million to one, he said.”

De un mundo que había alcanzado las más altas cotas de progreso, bienestar y libertad conocidas hasta entonces, donde la ciencia sorprendía diariamente a todos con nuevos e importantes descubrimientos y avances; en el que las distancias entre los continentes se acortaban vertiginosamente y las comunicaciones se agilizaban y abarataban… De ese mundo que representaba lo mejor del siglo XIX, por ser su lógica culminación, y de la civilización hasta entonces conocida se pasaba, nadie sabía muy bien porqué (mero preludio de los desastres que asolaron Europa pocos años después), a otro donde se mezclaban los ricos con los “mendigos y parias” (en palabras de Wayne) en la lucha por preservar sus vidas y haciendas de una amenaza que se escapaba a la razón, mientras se derrumbaba un Londres cosmopolita, moderno y gigante, y el buque de guerra “Thunder Child” se enfrentaba inútilmente a la imponente y metálica criatura venida del espacio para ser aniquilado, ante la sorpresa y el anonadamiento de los espectadores que en él habían puesto todas sus esperanzas de salvación, con una pasmosa facilidad:
“The chances of anything coming from Mars
are a million to one. But still, they come!”

Una estupefacción no muy diferente es la que padecemos hoy en día, pero sin un Hijo del Trueno capaz de apuntar sus cañones hacia el monstruo de la crisis.

Alex Kicillof, en sí mismo todo un comité de sabios al servicio de los caprichos
de su Presidenta, Cristina Kirchner

Hoy solo se disparan las señales de alarma que pocos parecen escuchar.
El sobresalto es una constante en nuestras vidas, aunque todavía conserva esa rara capacidad de aturdirnos, y su atención sustrae un tiempo precioso que podíamos dedicar a otras tareas. Con el sopor de un verano que ha llegado sin pedir permiso y sin avisar, intento hilvanar con coherencia las noticias que tanto nos ocupan, pero al instante me veo superado por nuevos despropósitos que impiden dotar de cierta lógica al discurso.

¿Qué está pasando?
Reconozco que mi cabeza está en otra parte. En lugar de empaparme de los planes de operaciones de los ejércitos en Extremadura, de la composición y origen de sus unidades o de las biografías de sus mandos y los avatares de sus tropas, me distraigo con los rescates y nacionalizaciones de bancos y cajas, las reformas emprendidas por (o que amenaza con abordar el) Gobierno, los tijeretazos y recortes, las protestas, con o sin fundamento, en el ámbito de la educación pública, o cualquiera de los otros mil tentáculos que va generando esta monstruosa crisis y que amenaza con cubrirlo todo.

La Presidenta de Argentina a la que, si no me equivoco, se le
concedió la llave de Madrid. ¡Cuidado con las carteras...!

Al final hago oídos sordos a lo que me pide el cuerpo y se me aparece, pongamos por caso, un Rodrigo Rato saliendo de Bankia como lo haría un elefante de una cacharrería, barritando bajito y sin mirar hacia atrás. O este chaval de nombre imposible, formación keynesiana y cara de telenovela de/para adolescentes australes, Axel Kicillof, susurrando a la viuda Kirchner la receta mágica para paliar los problemas energéticos pamperos dándole, además, una patada en salva sea la parte a esa madrastrona que es, ha sido y siempre será España… O esos dizque liberales, deslumbrados por las economías emergentes asiáticas, donde es conocido por todos su respeto por la persona, su libertad y sus derechos, que no verían inconveniente alguno en aplicar una batería de medidas draconianas que pisotearían los principios que defienden con tanta porfía. O la teutona Merkel, que todavía anda buscando el lugar bajo el sol que se merece una Alemania, tan imperialista y tan dada a experimentos sociales de triste memoria, empeñada en ser la locomotora de Europa a costa de su propia vida (la europea, claro está).

Todo vale, excepto exigir a cada cual lo que de él se espera, cosa que nadie parece plantearse.

A los bancos (zapatero a tus zapatos), que se limiten a comerciar con dinero y que devuelvan los inmuebles a quienes, sin capacidad hoy de hacer frente a sus hipotecas, puedan saldarlas en un plazo de tiempo más largo a cambio de abonar cuotas más pequeñas. Una mente no obnubilada por los cantos de sirena de una política tremendamente intervencionista y “estimuladora” (casi consoladora) vería con claridad que es mejor recibir 10 en 30 años en lugar de en 20, que no recibir nada y acumular un stock de viviendas que no hace más que dislocar un mercado libre, y “obligar” a los gobiernos que se presten a ello a salir en su ayuda con el dinero de todos.

A los pijos iluminados de altas escuelas de negocios sudamericanas, dedicarse a las empresas de papá, viajar hasta el infinito y más allá, y no calentar la cabeza a tiranuelas de tres al cuarto, émulas de Eva Perón, la mayor aportación hispana a la historia inacabada de la demagogia universal; y a las corporaciones industriales que teman ser expropiadas por estos sujetos, proceder a una rápida desinversión de capital en dichos países, después de desmantelar las infraestructuras por ellos creadas y buscar nuevos horizontes, ya que el mundo es enorme y está cuajadito de posibilidades de negocio, siempre que se quieran buscar y respondan a las necesidades de la gente.

A los aprendices de empresarios, que cifran todos los remedios en la "flexibilidad" de un mercado laboral que no existe, enseñarles que, si pretenden dárselas de tales, la operación resultante de restar a los beneficios obtenidos los gastos generados en su producción nunca debe ser igual a cero. Si en sus cálculos y previsiones eso es lo único que se obtiene, dedíquense a otra cosa. Ya lo apunté hace poco: si uno no tiene dinero para comprar gasolina, mejor haría deshaciéndose del coche, para ponerlo en manos de aquel que sí sepa hacer un buen uso del mismo. Los experimentos consistentes en trabajar las mismas horas por menos dinero, más horas por el mismo dinero o, rizando el rizo hasta la locura, y doy fe de esto último, más horas por menos dinero, si no se aplican de la misma manera a todos, y no responden a un plan previsto de antemano con unos plazos acordados de ejecución y un calendario perfectamente definido y delimitado, comprometiendo fechas de inicio y fin, no solo resultan contraproducentes, si no que crean una animadversión y hostilidad cuyas heridas tardan en cicatrizar. Pues el incremento del esfuerzo, si no es voluntario y consensuado, para lo cual debe mediar el ejemplo y la emulación, no tarda en convertirse en sacrificio, holocausto e inmolación en el altar de un dios terrible y caprichoso, al que no podemos poner rostro.

Y a la alemana, ¡qué sé yo!, que los tiempos de los Reich ya han pasado, que recuerde lo que le costó a Europa la asunción de su patio trasero, que todavía no está del todo integrado, y que, por encima de todo, así como no hay dos personas iguales, tampoco existe la igualdad entre los países, que eso no es más que un sueño imperial extemporáneo y un tanto ridículo (y caro, muy caro). Pero ya se sabe: siempre se ha admirado más a la tiranía que a la libertad.


La estilosa Eva Perón asombró, en 1947,  a una España
hambrienta que restañaba aún las heridas de
la guerra civil, cambiándose de
costosísimos vestidos y aderezos tres o cuatro veces al día.
Esta es una de las madres del "tó pal pueblo".

Por encima de cualquier otra consideración, les pediría a todos que comprendieran que en este mundo, menos la muerte, nada es inevitable y que no podemos esperar la suerte que tuvieron los personajes de Wells cuando las bacterias terminaron con la vida de los que manejaban esas máquinas de hierro que pretendieron dominar el mundo.
Estoy con Beth, la mujer del pastor agonizante de la sinfonía de Jeff Wayne, que confiaba en la venida de alguien que, con su ejemplo de heroísmo, valentía y fortaleza, grabara en el espíritu del hombre las claves necesarias para levantar la civilización de sus cenizas, siempre y cuando esta mereciera ser rescatada:

“There must be something worth living for.
there must be something worth trying for.
even something worth dying for.
And if one man can stand tall.
there must be hope for us all.
Somewhere , somewhere in the spirit of man”

Como todavía soy optimista y conservo algo de humor, dejo aquí una de las explicaciones más claras de esta crisis económica que, además, ha merecido un premio en el X Festival de cortos en internet. Como decía ese personaje de Quino, las cosas no están tan mal como para tomárselas a broma. ¿O sí?