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Parece que se está recuperando la costumbre
de los cupones, una forma cómoda de ahorrar o,
al menos, de obtener esos productos
que no eran de primerísima necesidad, pero hacían
la vida más fácil |
Hablar de la crisis se ha convertido, en España, en un deporte de masas con vocación de disciplina olímpica, a tenor del elevado número y gran calidad de sus practicantes. Ya mencionamos aquí, como de pasada, a nuestros arbitristas, que desde el siglo XVI han dejado el pabellón muy alto. Y si nos fijamos en otro género muy español, ¿cómo no acordarnos de la zarzuela y Don Hilarión lamentándose una calurosa noche del agosto madrileño y cañí de la política, con sus “consumos por aquí, consumos por allá”?
A pesar de todo ello, se echa de menos una sistematización, una organización, digamos, al menos, una jerarquización de los problemas y de sus responsables para intentar siquiera un abordaje de los mismos con una mínima probabilidad de éxito.
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Postal familiar de los setenta. Desde entonces, la
tele como centro de todas las miradas |
Todos los días, con asomarnos a las redes sociales, podemos tropezarnos, si queremos, con sesudas y bien argumentadas teorías económicas, de muy fácil aplicación, que solucionarían de un plumazo nuestras cuitas.
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Los basureros y los carteros subían todas las
navidades a casa y se les daba su merecido aguinaldo. |
Con voluntad, también podemos eliminar a todos aquellos causantes de este estado de cosas que tanto nos aflige, pues nunca faltan adivinos que, consultando su bola de cristal, elaboran con gran precisión la nómina de los malos, cuyo medallero, como esas imágenes de la Virgen que se custodian y veneran por riguroso orden en muchos hogares, se exhibe equitativamente en las casas de los funcionarios, políticos, banqueros y empresarios, según el favor del viento o el cabreo de la gente.
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Las "pequeñas cosas" de hace 40 años se están
conviertiendo en auténticos objetos de culto. |
Lo cierto es que la dimensión de esta crisis desborda los cauces de lo político y económico anegando los terrenos adyacentes de la educación, la cultura y la mera conducta. ¿Y si, en realidad, el movimiento fuera el inverso? ¿Y si una previa crisis de cultura, de educación y de comportamientos, ha trascendido a lo puramente económico y político, convirtiendo a esto último en la punta del iceberg? En este caso, las críticas a lo evidente tendrían el mismo efecto que la pretensión de curar una infección a base de antitérmicos: aliviar los síntomas sin destruir a su causante que, en el mejor de los casos, permanecería latente para volver a dar la cara a la primera de cambio. Lo triste es que todas las fórmulas que se proponen aquí y allá van en este sentido.
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El otro día, vi un 1500 parado en un semáforo.
Lo que son las cosas: lo que me parecía enorme de pequeño,
un auténtico cochazo,
cómo es capaz de menguar con el paso de los años... |
No hace mucho, mi primo Rudi me pasó un artículo de Fernando Sánchez Salinero publicado en su blog Territorio PYME con el título “La generación que construyó España”. La sencillez de su argumentario, la mención a una generación, la de nuestros padres, a la que tanto debemos, y el hecho de tratar el cambio de actitud como clave de interpretación de la crisis, hace obligada su lectura y meditación. Dejo aquí algunos párrafos, me temo que casi todos, pues lo mío no es el recorte:
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Fernando Sánchez Salinero |
“… no tengo ninguna duda de que una de las principales causas de la prosperidad que vivimos en los años pasados fue la actitud de la generación de nuestros padres, y una de las principales causas de la crisis, es haber perdido esa actitud”
“Mis padres tienen en torno a 70 años, y siempre han sido un ejemplo de trabajo, honradez, austeridad, previsión y generosidad. Pertenecen a una generación que, como dice mi padre, les tocó el peor cambio: de jóvenes trabajaron para sus padres y de casados para sus hijos.
“Son gente que veían el trabajo como una oportunidad de progresar, como algo que les abría a un futuro mejor, y se entregaron a ello en condiciones muy difíciles. Son una generación que compraba las cosas cuando podía y del nivel que se podía permitir, que no pedía prestado más que por estricta necesidad, que pagaban sus facturas con celo, y ahorraban un poco “por si pasaba algo”, que gastaban en ropa y lujos lo que la prudencia les dictaba y se bañaban en ríos cercanos, disfrutando de tortillas de patata y embutidos, en domingos veraniegos de familia y amigos…”
“Sabían que el esfuerzo tenía recompensa y la honradez formaba parte del patrimonio de cada familia. Se podía ser pobre, pero nunca dejar de ser honrado.
“La democracia significaba libertad y posibilidades y seguir viviendo en armonía y respeto.
“Y cometieron los dos peores errores imputables a esa generación:
“1) “Que mis hijos no trabajen tanto como trabajé yo”. Nos cargamos la cultura del esfuerzo y del mérito de un plumazo, convirtiendo el trabajo en algo a evitar.
“2) “Como tenemos unos ahorrillos, hijo, tú gasta, que para eso están tus padres”. Con lo que mi generación empezó a pensar que el dinero nacía en las cuentas corrientes de sus padres, que daban la impresión de ser inagotables y que los bancos eran unas fuentes inagotables de hipotecas, rehipotecas y contrarehipotecas.
“Y entonces, eclosionó nuestra generación (yo soy del 67). La generación de los nuevos ricos, la generación de “los pelotazos”, del gasto continuo, de la especulación, de la ingeniería financiera, de la exhibición del derroche, la de lo quiero todo y lo quiero ya, la de “papá dame”.
“Y todos nos volvimos ricos (en apariencia), todos nos convertimos en gastro-horteras. ¿Conocéis a alguien que se atreva a comer un bocata de chorizo? Le corren a gorrazos por paleto. Ahora hay que comer hamburguesas deconstruidas al aroma de los almendros al atardecer. ¿Y qué decir del vino? Pasamos del Don Simón con Casera, al Vega Sicilia sin fase de descompresión. El vino ya no está “bueno”, ahora tiene matices a fruta del bosque, con un retrogusto alcohólico, que adolece de un cierto punto astringente, con demasiada presencia de roble. Esto, por supuesto, a golpe de docenas de euros, que para ser un “enterao” hay que pasar por taquilla. ¡Y es que pocas cosas cuestan tanto, como ocultar la ignorancia!
“Somos la generación de “endeudarse para demostrar que eres rico”. Increíble pero cierto….
“En Alemania no daban abasto a fabricar Mercedes, Audis, BMW para los españoles.
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Seat 850-D. Conozco una familia muy, muy
numerosa que viajaba, sin complejos, en un "ochoymedio" |
“Irrumpió Europa en nuestras vidas y llegó en forma de mega infraestructuras que producían mega comisiones para todos los involucrados. ¡Viva el cazo! ¡Viva el yerno del Rey! ¡Que se besen los padrinos! Además llovían las subvenciones, nos daban una fortuna por plantar viñas y luego a los dos años otra fortuna por arrancarlas…
“Si algún “tarao” dice que hay que parar esto, se le lapida y “que no pare la fiesta”. Por supuesto que todos estamos de acuerdo que esto es imposible que se sostenga, pero hay que empezar a recortar por el vecino, que lo mío son todo derechos esculpidos en piedra en la sacrosanta constitución.
“De la siguiente generación mejor no hablar (lo dejaré para otro post). Esa es la generación que dice el aforismo que será pobre, por ser nieta de ricos.
“Si somos incapaces de volver a los valores con los que se construye una sociedad sostenible, nos hundiremos, eso sí, cargados de reivindicaciones.
“En mi casa siempre he tenido un ejemplo vivo de cordura, honradez y esfuerzo. Y no han sido menos felices que nosotros. Los psiquiatras, de hecho, dicen que al revés, que han sido bastante más. Debe ser que la sencilla tortilla, el melón fresquito, comprar el sofá cuando se podía, poner las cortinas cosidas por nuestra madre, con ayuda de la abuela, trabajar y echarle huevos para emprender (aunque no lo llamaban así) no debía ser mala receta.
“Desde aquí quiero dar las gracias a mis padres y a toda esa generación que nos regalaron un país cojonudo, que nos hemos encargado de arruinar (entre todos, que todos hemos aplaudido la locura), y que sólo con que nos descuidemos un poquito más, le vamos a dejar a nuestros hijos un protectorado chino, donde serán unos esclavos endeudados y tendrán unas historias legendarias sobre la prosperidad que crearon sus abuelos, empeñaron sus padres y son incapaces de imaginar los nietos.
“Estamos a tiempo de cambiarlo, pero cada vez tenemos menos. Podemos encontrar maestros en casa.”
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Sánchez Salinero abre su artículo con un aforismo castellano:
“¿Quiénes son los pobres? Los nietos de los ricos”. |
En esta tarde fría y desapacible de un domingo de mayo, viendo desde la ventana cómo se encabalgan las borrascas descargando con trompetería y un poco de furia, no es fácil encontrar más verdades en menos palabras, apuntando a una de las principales causas del mal, incluyendo un sentido homenaje a quienes nos precedieron. Como Fernando Sánchez Salinero, yo también nací en 1967 y aunque, en mi descargo, no haya participado en ningún pelotazo y creo no haber esquilmado a mis padres, que nos dejaron hace ya demasiados años, identifico con toda claridad la generación por él descrita.
Comenzaba su artículo con una anécdota que había escuchado en labios de un empresario que describía la economía china, comparándola con la española de los años 70: “China va a ser imparable. Cuando llegas allí el ambiente te recuerda la España de los años 70. Todo el mundo quiere trabajar mucho, ahorrar, comprarse su casa, su coche, que sus hijos vayan a la universidad… Cuando una generación está así centrada, no hay quien la pare”.
Habría que plantearse el grado de responsabilidad histórica que podemos contraer todos y cada uno de nosotros si permitimos que se destruya una civilización con más de dos mil años de historia. Porque un cosa es un cambio, inherente a todo organismo vivo, y otra muy diferente su eliminación. Y nuestra cultura, centrada en el individuo y sus infinitas capacidades de adaptación a las circunstancias adversas, respetando una amalgama de derechos con la libertad como fondo y garantía, no casa bien con la oriental, por muy productiva y dinámica que sea.