miércoles, 23 de mayo de 2012

Un cambio de civilización... O casi.

Parece que se está recuperando la costumbre
 de los cupones, una forma cómoda de ahorrar o,
al menos, de obtener esos productos
que no eran de primerísima necesidad, pero hacían 
la vida más fácil
Hablar de la crisis se ha convertido, en España, en un deporte de masas con vocación de disciplina olímpica, a tenor del elevado número y gran calidad de sus practicantes. Ya mencionamos aquí, como de pasada, a nuestros arbitristas, que desde el siglo XVI han dejado el pabellón muy alto. Y si nos fijamos en otro género muy español, ¿cómo no acordarnos de la zarzuela y Don Hilarión lamentándose una calurosa noche del agosto madrileño y cañí de la política, con sus “consumos por aquí, consumos por allá”?

 A pesar de todo ello, se echa de menos una sistematización, una organización, digamos, al menos, una jerarquización de los problemas y de sus responsables para intentar siquiera un abordaje de los mismos con una mínima probabilidad de éxito.

Postal familiar de los setenta. Desde entonces, la
tele como centro de todas las miradas

Todos los días, con asomarnos a las redes sociales, podemos tropezarnos, si queremos, con sesudas y bien argumentadas teorías económicas, de muy fácil aplicación, que solucionarían de un plumazo nuestras cuitas.


Los basureros y los carteros subían todas las
navidades a casa y se les daba su merecido aguinaldo.

Con voluntad, también podemos eliminar a todos aquellos causantes de este estado de cosas que tanto nos aflige, pues nunca faltan adivinos que, consultando su bola de cristal, elaboran con gran precisión la nómina de los malos, cuyo medallero, como esas imágenes de la Virgen que se custodian y veneran por riguroso orden en muchos hogares, se exhibe equitativamente en las casas de los funcionarios, políticos, banqueros y empresarios, según el favor del viento o el cabreo de la gente.

Las "pequeñas cosas" de hace 40 años se están
conviertiendo en auténticos objetos de culto.

Lo cierto es que la dimensión de esta crisis desborda los cauces de lo político y económico anegando los terrenos adyacentes de la educación, la cultura y la mera conducta. ¿Y si, en realidad, el movimiento fuera el inverso? ¿Y si una previa crisis de cultura, de educación y de comportamientos, ha trascendido a lo puramente económico y político, convirtiendo a esto último en la punta del iceberg? En este caso, las críticas a lo evidente tendrían el mismo efecto que la pretensión de curar una infección a base de  antitérmicos: aliviar los síntomas sin destruir a su causante que, en el mejor de los casos, permanecería latente para volver a dar la cara a la primera de cambio. Lo triste es que todas las fórmulas que se proponen aquí y allá van en este sentido.


El otro día, vi un 1500 parado en un semáforo.
Lo que son las cosas: lo que me parecía enorme de pequeño,
un auténtico cochazo, 
cómo es capaz de menguar con el paso de los años...

No hace mucho, mi primo Rudi me pasó un artículo de Fernando Sánchez Salinero publicado en su blog Territorio PYME con el título “La generación que construyó España”. La sencillez de su argumentario, la mención a una generación, la de nuestros padres, a la que tanto debemos, y el hecho de tratar el cambio de actitud como clave de interpretación de la crisis, hace obligada su lectura y meditación. Dejo aquí algunos párrafos, me temo que casi todos, pues lo mío no es el recorte:


Fernando Sánchez Salinero

“… no tengo ninguna duda de que una de las principales causas de la prosperidad que vivimos en los años pasados fue la actitud de la generación de nuestros padres, y una de las principales causas de la crisis, es haber perdido esa actitud”
Mis padres tienen en torno a 70 años, y siempre han sido un ejemplo de trabajo, honradez, austeridad, previsión y generosidad. Pertenecen a una generación que, como dice mi padre, les tocó el peor cambio: de jóvenes trabajaron para sus padres y de casados para sus hijos.
“Son gente que veían el trabajo como una oportunidad de progresar, como algo que les abría a un futuro mejor, y se entregaron a ello en condiciones muy difíciles. Son una generación que compraba las cosas cuando podía y del nivel que se podía permitir, que no pedía prestado más que por estricta necesidad, que pagaban sus facturas con celo, y ahorraban un poco “por si pasaba algo”, que gastaban en ropa y lujos lo que la prudencia les dictaba y se bañaban en ríos cercanos, disfrutando de tortillas de patata y embutidos, en domingos veraniegos de familia y amigos…”
“Sabían que el esfuerzo tenía recompensa y la honradez formaba parte del patrimonio de cada familia. Se podía ser pobre, pero nunca dejar de ser honrado.
“La democracia significaba libertad y posibilidades y seguir viviendo en armonía y respeto.
“Y cometieron los dos peores errores imputables a esa generación:
“1) “Que mis hijos no trabajen tanto como trabajé yo”. Nos cargamos la cultura del esfuerzo y del mérito de un plumazo, convirtiendo el trabajo en algo a evitar.
“2) “Como tenemos unos ahorrillos, hijo, tú gasta, que para eso están tus padres”. Con lo que mi generación empezó a pensar que el dinero nacía en las cuentas corrientes de sus padres, que daban la impresión de ser inagotables y que los bancos eran unas fuentes inagotables de hipotecas, rehipotecas y contrarehipotecas.
“Y entonces, eclosionó nuestra generación (yo soy del 67). La generación de los nuevos ricos, la generación de “los pelotazos”, del gasto continuo, de la especulación, de la ingeniería financiera, de la exhibición del derroche, la de lo quiero todo y lo quiero ya, la de “papá dame”.
“Y todos nos volvimos ricos (en apariencia), todos nos convertimos en gastro-horteras. ¿Conocéis a alguien que se atreva a comer un bocata de chorizo? Le corren a gorrazos por paleto. Ahora hay que comer hamburguesas deconstruidas al aroma de los almendros al atardecer. ¿Y qué decir del vino? Pasamos del Don Simón con Casera, al Vega Sicilia sin fase de descompresión. El vino ya no está “bueno”, ahora tiene matices a fruta del bosque, con un retrogusto alcohólico, que adolece de un cierto punto astringente, con demasiada presencia de roble. Esto, por supuesto, a golpe de docenas de euros, que para ser un “enterao” hay que pasar por taquilla. ¡Y es que pocas cosas cuestan tanto, como ocultar la ignorancia!
“Somos la generación de “endeudarse para demostrar que eres rico”. Increíble pero cierto….
“En Alemania no daban abasto a fabricar Mercedes, Audis, BMW para los españoles.


Seat 850-D. Conozco una familia muy, muy
numerosa que viajaba, sin complejos, en un "ochoymedio"

“Irrumpió Europa en nuestras vidas y llegó en forma de mega infraestructuras que producían mega comisiones para todos los involucrados. ¡Viva el cazo! ¡Viva el yerno del Rey! ¡Que se besen los padrinos! Además llovían las subvenciones, nos daban una fortuna por plantar viñas y luego a los dos años otra fortuna por arrancarlas…
“Si algún “tarao” dice que hay que parar esto, se le lapida y “que no pare la fiesta”. Por supuesto que todos estamos de acuerdo que esto es imposible que se sostenga, pero hay que empezar a recortar por el vecino, que lo mío son todo derechos esculpidos en piedra en la sacrosanta constitución.
“De la siguiente generación mejor no hablar (lo dejaré para otro post). Esa es la generación que dice el aforismo que será pobre, por ser nieta de ricos.
“Si somos incapaces de volver a los valores con los que se construye una sociedad sostenible, nos hundiremos, eso sí, cargados de reivindicaciones.
“En mi casa siempre he tenido un ejemplo vivo de cordura, honradez y esfuerzo. Y no han sido menos felices que nosotros. Los psiquiatras, de hecho, dicen que al revés, que han sido bastante más. Debe ser que la sencilla tortilla, el melón fresquito, comprar el sofá cuando se podía, poner las cortinas cosidas por nuestra madre, con ayuda de la abuela, trabajar y echarle huevos para emprender (aunque no lo llamaban así) no debía ser mala receta.
“Desde aquí quiero dar las gracias a mis padres y a toda esa generación que nos regalaron un país cojonudo, que nos hemos encargado de arruinar (entre todos, que todos hemos aplaudido la locura), y que sólo con que nos descuidemos un poquito más, le vamos a dejar a nuestros hijos un protectorado chino, donde serán unos esclavos endeudados y tendrán unas historias legendarias sobre la prosperidad que crearon sus abuelos, empeñaron sus padres y son incapaces de imaginar los nietos.
“Estamos a tiempo de cambiarlo, pero cada vez tenemos menos. Podemos encontrar maestros en casa.”

Sánchez Salinero abre su artículo con un aforismo castellano:
“¿Quiénes son los pobres? Los nietos de los ricos”.


En esta tarde fría y desapacible de un domingo de mayo, viendo desde la ventana cómo se encabalgan las borrascas descargando con trompetería y un poco de furia, no es fácil encontrar más verdades en menos palabras, apuntando a una de las principales causas del mal, incluyendo un sentido homenaje a quienes nos precedieron. Como Fernando Sánchez Salinero, yo también nací en 1967 y aunque, en mi descargo, no haya participado en ningún pelotazo y creo no haber esquilmado a mis padres, que nos dejaron hace ya demasiados años, identifico con toda claridad la generación por él descrita.

Comenzaba su artículo con una anécdota que había escuchado en labios de un empresario que describía la economía china, comparándola con la española de los años 70: “China va a ser imparable. Cuando llegas allí el ambiente te recuerda la España de los años 70. Todo el mundo quiere trabajar mucho, ahorrar, comprarse su casa, su coche, que sus hijos vayan a la universidad… Cuando una generación está así centrada, no hay quien la pare”.


Habría que plantearse el grado de responsabilidad histórica que podemos contraer todos y cada uno de nosotros si permitimos que se destruya una civilización con más de dos mil años de historia. Porque un cosa es un cambio, inherente a todo organismo vivo, y otra muy diferente su eliminación. Y nuestra cultura, centrada en el individuo y sus infinitas capacidades de adaptación a las circunstancias adversas, respetando una amalgama de derechos con la libertad como fondo y garantía, no casa bien con la oriental, por muy productiva y dinámica que sea.


sábado, 19 de mayo de 2012

Ingeniería efímera

Búnker republicano en El Dorado (Castuera)
Por la brevedad o urgencia en su uso, me vienen a la cabeza dos tipos de creaciones: lo que, en bibliografía se denomina ephemera, esto es: carteles, calendarios, posters, cajas de cerillas…, aquellos materiales “de usar y tirar”, algunos de ellos realmente encantadores y objeto de la codicia de los coleccionistas; y la arquitectura efímera, monumentos conmemorativos de un hecho concreto, elaborados con materiales livianos, acompañados de poemas elogiosos y de exuberante decoración, que se destruían inmediatamente después de celebrarse el acontecimiento en cuestión, cuyos ejemplos más característicos son los arcos y falsas fachadas, puro atrezzo, que se levantaban a toda velocidad cuando, por ejemplo, un monarca hacía su entrada triunfal en la corte. Distintas serían las obras de urgencia destinadas a paliar un problema circunstancial y que una vez solventado se procede a su desmantelamiento.

Otra vista del búnker de El Dorado

¿Qué decir de las fortificaciones y defensas construidas durante una guerra? ¿Se acometieron con vocación de permanencia? ¿Qué “vida” le otorgaban sus creadores cuando se ponían a diseñarlos sobre un papel? Por no hablar del coste inherente a las mismas, algo que se escapa a cualquier cálculo económico dictado por la razón, ya que en una economía de guerra se trastocan todas los usos convencionales al entrar en juego factores tan extemporáneos como las requisas de material, las expropiaciones masivas o el uso de mano de obra esclava o casi, casi gratuita.

Alrededor del búnker, posibles observatorios


Fases de la reconquista de este sector
de La Serena por el ejército
republicano.
¿Y la vida de los usuarios y ocupantes de esas instalaciones? ¿Cómo transcurrían los días de calma chicha? ¿Cómo se atendían los enfermos y heridos, cómo se evacuaban los muertos? ¿Cómo se verificaba el abandono de las mismas y en qué situación quedaban?.


Bastantes restos de lo que podríamos llamar “ingeniería militar efímera” quedaron integrados en el paisaje urbano, como las murallas que no fueron destruidas durante los sucesivos ensanches de las ciudades o los fuertes fronterizos reutilizados con la misma función que tuvieron en su origen.
Sin embargo, los fortines, trincheras, casamatas, blocaos, nidos de ametralladora, empalizadas…, testigos a la vez que escenarios de cruentos enfrentamientos, elementos a los que no se les puede dar un uso diferente a aquel que les da sentido, permanecen aislados, en medio de ninguna parte, a la espera de que alguien se entretenga en su inventario.
Nido de ametralladora en la línea de Miraflores (Castuera)

Aquí he dejado constancia de algunos ejemplares ya conocidos que hemos visitado desde septiembre del año pasado, cuando se despertó en mí un interés sobre este asunto, tan inédito hasta el momento como absorbente y, en cierto modo, “ladrón de energías”. No echo en saco roto la idea de dedicarle, en un futuro, el tiempo que se merece y del que ahora carezco, consultando documentos de archivo referidos como de pasada por los historiadores y recogiendo las noticias dispersas en otras fuentes. Por el momento, me limito a anotar impresiones y colgar las fotografías que vamos acumulando como turistas japoneses sin demasiado criterio pero con mucha ilusión.
Miraflores (Castuera)

“La que podríamos llamar planicie de La Serena es un terreno descubierto de vegetación de monótono y triste aspecto, difícil de identificar por carecer en general de detalles sobresalientes, cruzado por innúmeras veredas y surcos carretables, que forman confusa madeja, en la que el extravío o pérdida del viajero es muy fácil, y donde, sin embargo, hay los suficientes caminos e itinerarios a cubierto de vistas por donde un enemigo audaz puede desliarse, y en que para ir de un lugar determinado a otro hay necesidad de dar grandes rodeos , recorriendo mucho más camino del que directamente mediara entre ellos” (palabras del teniente coronel Eduardo Cañizares, jefe de la 21ª división nacional. José Manuel Martínez Bande, p. 262)

Puente de Tablillas sobre el río Guadalefra



Trinchera en el valle del río Guadalefra
Cuando esta Semana Santa mi amigo Segura me comentó que había descubierto unos restos interesantes, aplazamos la visita a aquellos días en que los “compromisos” de los niños nos dejaran retenidos en el pantano, sin posibilidad de desplazarnos más allá de 20 kilómetros en un tiempo no superior a un par de horas.

Alrededor del búnker de El Dorado

Una mañana, nos montamos en su coche y enfilamos la carretera de Castuera hasta desviarnos por una pista, una vía pecuaria que desembocaba en Cabeza de Buey. El paisaje de El Dorado, nombre por el que es conocido, francamente lunar, conservaba el aspecto yermo, ocre y desolado de meses atrás, con la ausencia del pasto que otros años cubría por estas fechas el suelo con su manto verde, salpicado de amarillo, rojo y morado, de manzanilla, amapola y cantueso.

Búnker de El Dorado

Después de 4 o 5 kilómetros de baches, detuvimos el coche al borde del camino, saltamos una alambrada y, en un centenar de metros, nos encontramos ante lo que parecía, a simple vista, una zahúrda, aunque lo reducido de su espacio, su forma de U y, lo más importante, la cantidad de casquillos de bala que afloraban escarbando un poco con el pie, hacían pensar que nos hallábamos ante un búnker, fortín o refugio. Eso sí, muy diferente de los que habíamos visitado hasta entonces, construido con lajas de pizarra, posiblemente reaprovechadas de alguna construcción anterior. Antonio, más atraído por los restos romanos que por los de la guerra, aventuraba la idea de que los materiales habrían sido reutilizados desde época prerromana. Lo cierto es que, en un gran perímetro, en el que no se veían muchas pizarras, aparecían esparcidas estas planchas, mezcladas con fragmentos de ladrillo, y no resulta descabellado pensarlo, ya que en la zona se han localizado numerosos restos de la época.

Miraflores (Castuera)


Volviendo al búnker, y a su complejo, este contaba con varios puestos de observación o vigilancia que se adelantaban en dirección a Castuera, cuyo caserío se dejaba ver, apoyado en la falda de la sierra, a unos 6 o 7 kilómetros al sur. A una distancia similar, hacia el oeste, se encuentra la línea de fortines y trincheras de Miraflores.

Miraflores (Castuera)


“El día 23 [de julio de 1938] Burillo ordena a Rúbert que reconquiste a toda costa Castuera [tomada por las tropas de Franco el día anterior], ciudad que ataca Sánchez Carmona desde el exterior con toda la división del Zújar, mientras desde el interior de la bolsa lo hacía De Blas con dos batallones de la 91ª o de la 20ª brigada mixta y con el batallón disciplinario del VII Cuerpo de Ejército, apoyados por un escuadrón de Caballería del quinto regimiento y el tren blindado. Cada una de las agrupaciones disponía de una compañía de tanques. El ataque fracasa completamente y el día 24, perdida toda esperanza de poderse mantener en la bolsa, se ordena la retirada de De Blas, que debía escapar por Campanario… pero la orden se cursó demasiado tarde y ya las tropas de Saliquet y Queipo habían enlazado en Campanario, consumando el cierre de la bolsa, donde quedó copada casi íntegra la 37ª división” (Ramón Salas Larrazábal, p. 2824)

Atardecer desde El Dorado. Al fondo, se encienden las
primeras luces de Castuera

Se trataría, pues, de una de las fortificaciones republicanas que quedarían copadas en la campaña del cierre de la bolsa de La Serena, en julio de 1938, y que, durante el mes de agosto, jugarían un importante papel durante la contraofensiva gubernamental que reconquistara toda la zona, empujando a las tropas nacionales, en este área, hasta fijarlas en la línea defensiva que iba de Castuera a los alrededores de Campanario, por el río Guadalefra.

Entrada a uno de los nidos nacionales de Miraflores

En esta línea defensiva, vimos en septiembre uno de los bunker de Miraflores, el que se sitúa a la derecha de la carretera de Castuera a Puebla de Alcocer. Una tarde, acompañados por Sara, nos acercamos a los otros dos alineados junto a las minas, al otro lado de la carretera. Aquí nos encontramos con una entramada red de trincheras que debían continuar, hacia el suroeste, hasta llegar a Campanario, en las proximidades del Guadalefra. Mientras Carmen hacía las fotos de rigor y Sara insistía en jugarse la vida entre las pizarras, apareció un coche de una finca cercana, sospechando, sin duda, que éramos furtivos o ladrones de ganado. Pero al constatar que éramos completamente inofensivos, volvió por donde había venido.

Trincheras y nido de ametralladoras en Miraflores


Entre los restos del valle del Guadalefra, aparte del bunker del que ya hemos hablado, tenemos el puente de Tablillas y varios kilómetros de trincheras de ambos bandos.
Alrededor de los nidos de Miraflores

Toda esta zona, limitada por el río Guadalefra, la línea Campanario-Castuera-Cabeza de Buey y el río Zújar, una gran extensión inhóspita, con una vegetación muy pobre o prácticamente inexistente, fue ocupada por la 21ª división nacional, a las órdenes del Tte. Coronel Eduardo Cañizares. Esta división, cansada y con la moral bastante baja por los enfrentamientos, no pudo resistir los ataques del ejército de Extremadura reorganizado por Prada y sucumbió desalojando todo el sector entre el 23 y el 29 de agosto de 1938. Para Salas (Ramón Salas Larrazábal, p. 2833) esta división de Cañizares “era menos que mediana, tanto en sus mandos como en sus tropas, y “chaqueteó” de lo lindo abandonando sus posiciones” Cañizares, destituido, sufrió un Consejo de Guerra , y se le dio de baja en el ejército.

Trincheras en Miraflores


Los combates que tuvieron como escenario estos parajes durante los meses de julio y agosto de 1938 se saldaron con unas 12.500 bajas, entre muertos y heridos, bastantes de ellos a causa de las elevadas temperaturas, por lo que no se entiende el escaso eco que ha tenido entre los estudiosos e historiadores.
La imaginación se dispara ante estos conjuntos de piedras que abundan
en las proximidades de las trincheras y búnkers

La Batalla del Ebro, que se inició cuando el ejército republicano cruzó el río la noche del 25 de julio, eclipsó estos episodios, provocando la retirada de parte del ejército nacional que luchaba en esta zona, vacío que fue aprovechado por Prada para iniciar con gran éxito la contraofensiva. ¿Qué pasó en el interior de la bolsa desde agosto de 1938 hasta el final de la guerra?


Trincheras junto al río Guadalefra

Se cuenta que, durante las obras de construcción de la presa del Zújar, a principio de los 60, se halló una fosa con un buen número de cuerpos, quedando paralizadas las mismas hasta que un forense levantó acta. De los cuerpos, nunca más se supo. ¿Pertenecerían a los de los combatientes que lucharon duramente en Los Caserones, río arriba, hoy un complejo turístico bautizado como "Isla del Zújar"? ¿Y esos montículos de piedras, a modo de testigos, que hemos visto junto a varios fortines y trincheras? ¿Y las alambradas de púas oxidadas que hasta no hace mucho cercaban las fincas? ¿Serían las mismas que protegían las fortificaciones? Muchas preguntas sin respuesta...


Puente de Tablillas, sobre el río Guadalefra
Obras consultadas:

Ramón Salas Larrazábal. "Historia del Ejército Popular de la República. IV. De la batalla de Levante al final de la guerra" La Esfera de los Libros, 2006

José Manuel Martínez Bande (ed.) "La Batalla de Pozoblanco y el cierre de la bolsa de Mérida". Servicio Histórico Militar, 1981

viernes, 11 de mayo de 2012

De "La guerra de los mundos" a un mundo en crisis, seguido de unas notas de esperanza y humor.



En 1979 se publicó en España la sinfonía-rock creada por Jeff Wayne “La guerra de los mundos” y al poco tiempo me debieron regalar el disco. Junto con “Evita” y “Jesucristo Superstar” forma parte de mi escasita educación musical de la cual, no obstante, hacía gala en mi adolescencia, y que llegaba a exasperar a mi padre. Tanto la ostentación, como la misma ignorancia, que quería paliar con una suave inmersión en la música clásica, a la que yo, por conflicto generacional supongo, me resistía. Más de treinta años después no he conseguido suplir esa carencia. Me veo a los 13 años, la edad que tiene ahora mi hija mayor, encerrado y a oscuras en la habitación que compartía con mis hermanos, tumbado en el sofá-cama mientras el tocadiscos emitía, una y otra vez, la voz cavernosa de Teófilo Martínez declamando las primeras líneas de “The Eve of the War”, capítulo inicial de la inmortal novela de H. G Wells que vio la luz en 1898, ¡menudo año!:



“Nadie hubiera creído a finales del siglo XIX, que la vida humana estaba siendo observada desde los mundos infinitos del espacio. Nadie habría podido soñar que estábamos siendo estudiados como se examinan bajo un microscopio los organismos en una gota de agua. Pocos hombres admitían incluso la posibilidad de vida en otros planetas. Sin embargo, a través del abismo espacial, mentes infinitamente superiores a las nuestras dirigían su codiciosa mirada hacia esta tierra. Y lenta, pero inexorablemente, dispusieron sus planes contra nosotros...”




Entonces me resultaba emocionante, así como los cuatro o cinco temas musicales de la obra y su inquietante final. Los dibujos del libreto, que recogía también las letras en inglés de las canciones, con las fotos de sus intérpretes, transmitían el clímax de pánico, de no saber qué hacer ni a dónde huir para defenderse de los extraterrestres: 
The chances of anything coming from Mars
are a million to one, he said.”

De un mundo que había alcanzado las más altas cotas de progreso, bienestar y libertad conocidas hasta entonces, donde la ciencia sorprendía diariamente a todos con nuevos e importantes descubrimientos y avances; en el que las distancias entre los continentes se acortaban vertiginosamente y las comunicaciones se agilizaban y abarataban… De ese mundo que representaba lo mejor del siglo XIX, por ser su lógica culminación, y de la civilización hasta entonces conocida se pasaba, nadie sabía muy bien porqué (mero preludio de los desastres que asolaron Europa pocos años después), a otro donde se mezclaban los ricos con los “mendigos y parias” (en palabras de Wayne) en la lucha por preservar sus vidas y haciendas de una amenaza que se escapaba a la razón, mientras se derrumbaba un Londres cosmopolita, moderno y gigante, y el buque de guerra “Thunder Child” se enfrentaba inútilmente a la imponente y metálica criatura venida del espacio para ser aniquilado, ante la sorpresa y el anonadamiento de los espectadores que en él habían puesto todas sus esperanzas de salvación, con una pasmosa facilidad:
“The chances of anything coming from Mars
are a million to one. But still, they come!”

Una estupefacción no muy diferente es la que padecemos hoy en día, pero sin un Hijo del Trueno capaz de apuntar sus cañones hacia el monstruo de la crisis.

Alex Kicillof, en sí mismo todo un comité de sabios al servicio de los caprichos
de su Presidenta, Cristina Kirchner

Hoy solo se disparan las señales de alarma que pocos parecen escuchar.
El sobresalto es una constante en nuestras vidas, aunque todavía conserva esa rara capacidad de aturdirnos, y su atención sustrae un tiempo precioso que podíamos dedicar a otras tareas. Con el sopor de un verano que ha llegado sin pedir permiso y sin avisar, intento hilvanar con coherencia las noticias que tanto nos ocupan, pero al instante me veo superado por nuevos despropósitos que impiden dotar de cierta lógica al discurso.

¿Qué está pasando?
Reconozco que mi cabeza está en otra parte. En lugar de empaparme de los planes de operaciones de los ejércitos en Extremadura, de la composición y origen de sus unidades o de las biografías de sus mandos y los avatares de sus tropas, me distraigo con los rescates y nacionalizaciones de bancos y cajas, las reformas emprendidas por (o que amenaza con abordar el) Gobierno, los tijeretazos y recortes, las protestas, con o sin fundamento, en el ámbito de la educación pública, o cualquiera de los otros mil tentáculos que va generando esta monstruosa crisis y que amenaza con cubrirlo todo.

La Presidenta de Argentina a la que, si no me equivoco, se le
concedió la llave de Madrid. ¡Cuidado con las carteras...!

Al final hago oídos sordos a lo que me pide el cuerpo y se me aparece, pongamos por caso, un Rodrigo Rato saliendo de Bankia como lo haría un elefante de una cacharrería, barritando bajito y sin mirar hacia atrás. O este chaval de nombre imposible, formación keynesiana y cara de telenovela de/para adolescentes australes, Axel Kicillof, susurrando a la viuda Kirchner la receta mágica para paliar los problemas energéticos pamperos dándole, además, una patada en salva sea la parte a esa madrastrona que es, ha sido y siempre será España… O esos dizque liberales, deslumbrados por las economías emergentes asiáticas, donde es conocido por todos su respeto por la persona, su libertad y sus derechos, que no verían inconveniente alguno en aplicar una batería de medidas draconianas que pisotearían los principios que defienden con tanta porfía. O la teutona Merkel, que todavía anda buscando el lugar bajo el sol que se merece una Alemania, tan imperialista y tan dada a experimentos sociales de triste memoria, empeñada en ser la locomotora de Europa a costa de su propia vida (la europea, claro está).

Todo vale, excepto exigir a cada cual lo que de él se espera, cosa que nadie parece plantearse.

A los bancos (zapatero a tus zapatos), que se limiten a comerciar con dinero y que devuelvan los inmuebles a quienes, sin capacidad hoy de hacer frente a sus hipotecas, puedan saldarlas en un plazo de tiempo más largo a cambio de abonar cuotas más pequeñas. Una mente no obnubilada por los cantos de sirena de una política tremendamente intervencionista y “estimuladora” (casi consoladora) vería con claridad que es mejor recibir 10 en 30 años en lugar de en 20, que no recibir nada y acumular un stock de viviendas que no hace más que dislocar un mercado libre, y “obligar” a los gobiernos que se presten a ello a salir en su ayuda con el dinero de todos.

A los pijos iluminados de altas escuelas de negocios sudamericanas, dedicarse a las empresas de papá, viajar hasta el infinito y más allá, y no calentar la cabeza a tiranuelas de tres al cuarto, émulas de Eva Perón, la mayor aportación hispana a la historia inacabada de la demagogia universal; y a las corporaciones industriales que teman ser expropiadas por estos sujetos, proceder a una rápida desinversión de capital en dichos países, después de desmantelar las infraestructuras por ellos creadas y buscar nuevos horizontes, ya que el mundo es enorme y está cuajadito de posibilidades de negocio, siempre que se quieran buscar y respondan a las necesidades de la gente.

A los aprendices de empresarios, que cifran todos los remedios en la "flexibilidad" de un mercado laboral que no existe, enseñarles que, si pretenden dárselas de tales, la operación resultante de restar a los beneficios obtenidos los gastos generados en su producción nunca debe ser igual a cero. Si en sus cálculos y previsiones eso es lo único que se obtiene, dedíquense a otra cosa. Ya lo apunté hace poco: si uno no tiene dinero para comprar gasolina, mejor haría deshaciéndose del coche, para ponerlo en manos de aquel que sí sepa hacer un buen uso del mismo. Los experimentos consistentes en trabajar las mismas horas por menos dinero, más horas por el mismo dinero o, rizando el rizo hasta la locura, y doy fe de esto último, más horas por menos dinero, si no se aplican de la misma manera a todos, y no responden a un plan previsto de antemano con unos plazos acordados de ejecución y un calendario perfectamente definido y delimitado, comprometiendo fechas de inicio y fin, no solo resultan contraproducentes, si no que crean una animadversión y hostilidad cuyas heridas tardan en cicatrizar. Pues el incremento del esfuerzo, si no es voluntario y consensuado, para lo cual debe mediar el ejemplo y la emulación, no tarda en convertirse en sacrificio, holocausto e inmolación en el altar de un dios terrible y caprichoso, al que no podemos poner rostro.

Y a la alemana, ¡qué sé yo!, que los tiempos de los Reich ya han pasado, que recuerde lo que le costó a Europa la asunción de su patio trasero, que todavía no está del todo integrado, y que, por encima de todo, así como no hay dos personas iguales, tampoco existe la igualdad entre los países, que eso no es más que un sueño imperial extemporáneo y un tanto ridículo (y caro, muy caro). Pero ya se sabe: siempre se ha admirado más a la tiranía que a la libertad.


La estilosa Eva Perón asombró, en 1947,  a una España
hambrienta que restañaba aún las heridas de
la guerra civil, cambiándose de
costosísimos vestidos y aderezos tres o cuatro veces al día.
Esta es una de las madres del "tó pal pueblo".

Por encima de cualquier otra consideración, les pediría a todos que comprendieran que en este mundo, menos la muerte, nada es inevitable y que no podemos esperar la suerte que tuvieron los personajes de Wells cuando las bacterias terminaron con la vida de los que manejaban esas máquinas de hierro que pretendieron dominar el mundo.
Estoy con Beth, la mujer del pastor agonizante de la sinfonía de Jeff Wayne, que confiaba en la venida de alguien que, con su ejemplo de heroísmo, valentía y fortaleza, grabara en el espíritu del hombre las claves necesarias para levantar la civilización de sus cenizas, siempre y cuando esta mereciera ser rescatada:

“There must be something worth living for.
there must be something worth trying for.
even something worth dying for.
And if one man can stand tall.
there must be hope for us all.
Somewhere , somewhere in the spirit of man”

Como todavía soy optimista y conservo algo de humor, dejo aquí una de las explicaciones más claras de esta crisis económica que, además, ha merecido un premio en el X Festival de cortos en internet. Como decía ese personaje de Quino, las cosas no están tan mal como para tomárselas a broma. ¿O sí?

jueves, 3 de mayo de 2012

Consecuencias de un mal consejo. "El libro de la fiebre" (Carmen Martín Gaite, [1949])

Carmen Martín Gaite (1925-2000)
A menudo, cuando el sueño se anuncia y acepto sus guiños, me dejo embaucar por sus artimañas y disfruto con la conciencia del desorden que provoca en mi cabeza. De nada sirve oponer resistencia. Poco a poco se suspenden todos los mecanismos de control, hasta que quedo sometido a sus manejos. En el ínterin, puedo ensayar, siempre en vano, un último intento de soberanía, de dominio sobre esa realidad imponente, inapelable. Esa momentánea simbiosis entre la vigilia y el sueño, cuando las personas, las cosas y la atmósfera que las acoge adoptan una extraña consistencia, se repite al despertar durante unos segundos, en  los que lo soñado adquiere las proporciones de lo realmente vivido y busca acomodo en lo verificable y mensurable. Hay veces que se presenta como una lucha sin cuartel hasta que las ensoñaciones se difuminan y desaparecen por completo. Suele quedar, eso sí, la sensación de un mal sueño como una sombra negra suspendida sobre mis pensamientos durante un tiempo indeterminado. Solo la narración de la pesadilla, con todo el lujo de los detalles que sea capaz de rescatar del naufragio, servirá para minimizar sus efectos. En otras ocasiones, el sueño no da tregua, “hinco la testuz” y caigo como en un pozo sin fondo, sin posibilidad de disfrute, resistencia ni deleite; es este un sueño pesado, animal, muy poco reparador. Y, finalmente, está el sueño de la fiebre, en el que se mezclan de forma agitada y morbosa los delirios a la conciencia, lo real a lo temido.
Muchas culturas han intentado recrear esos momentos intersticiales, en los cuales han creído adivinar la presencia de Dios. También las drogas proporcionan un pasaporte a ese mundo inmaterial y difuso, aunque una permanencia indefinida en el mismo suele acarrear la muerte o la locura.

La confusión entre la vigilia y el sueño ha dado también mucho juego al arte, en general, y a las diferentes manifestaciones literarias, en particular, siendo, quizá, el surrealismo quien haya hecho un uso más desmedido de este recurso.

Con “El libro de la fiebre”, obra inédita hasta hace muy poco tiempo (2007), Carmen Martín Gaite (1925-2000) hizo su primera incursión de envergadura en el ámbito de la novela. Es de lamentar que el dogma realista imperante aquellos años empujara a Rafael Sánchez Ferlosio a disuadir a su autora de su publicación. Tuvieron que pasar casi sesenta años para que el lector, gracias a una decisión acertada de la hermana de CMG, Ana María, y precedido por un estudio exhaustivo de su editora Maria Vittoria Calvi, tuviera en sus manos este libro, del que solo contaba con las noticias fragmentarias expuestas en las numerosas conferencias dictadas por la salmantina, las referencias al mismo recogidas en sus diferentes cuadernos de trabajo, y un pequeño fragmento que publicó CMG en “Alcalá. Revista Universitaria Española” (1952). De haber visto la luz en su momento, 1949, los manuales de literatura española contemporánea habrían añadido a los nombres de Dámaso Alonso, Carmen Laforet o Camilo José Cela, el de CMG en la nómina de los grandes hitos de las letras de postguerra. Porque si “Hijos de la ira”, “Nada” y “La familia de Pascual Duarte” supusieron el acta de bautismo de una nueva forma de expresar una realidad quebrada y difícil, “El libro de la fiebre” muestra el necesario contrapunto, al asomarse a las inexploradas regiones del mundo interior:

“… no se puede perder tiempo cuando alguna vez se cae en el laberinto de la fiebre. No se puede perder tiempo desmenuzando el orden de los paisajes y de las visiones, calibrando su importancia. Todo el tiempo es poco para recoger la riqueza que a cada paso se nos brinda” (p. 106)

Toda una declaración de intenciones, que encierra el ansia de la autora por abarcar todo el caudal de experiencias y vivencias que le proporciona la fiebre. Ya no hay un antes y un después, una sucesión lógica de acontecimientos:

“El reloj contaba el tiempo de la manera más absurda, no iba de acuerdo con nada de lo mío, o él o yo mentíamos descaradamente” (p. 124)

Partiendo de un hecho concreto, real y un tanto anodino, como es el de la fiebre tifoidea que contrajo la autora, todo parece indicar que a raíz de una excursión que hizo acompañada de Alfonso Sastre y Rafael Sánchez Ferlosio por los desmontes próximos a la Ciudad Universitaria, nos asomamos a un mundo donde impera el delirio y las imágenes oníricas:

“Aquella noche soñé que bajaba de la mano de mis amigos a explorar las entrañas de la tierra. Íbamos por un pasadizo levemente iluminado, al borde de un río turbio y maloliente. En el pasadizo había varios carteles que decían: Arroyo de Cantarranas. Aquel arroyo se llamaba así y su corriente espesa y oscura venía en sentido contrario a nuestros pasos. Mareaba mirarla…”

Esto repugnaba a aquellos jóvenes que se estaban haciendo un hueco en el stablishment literario del momento, donde había que cerrar filas bajo la bandera de la literatura de compromiso o de testimonio. Difícilmente podía tener cabida en ese mundo que se estaba construyendo con no poco esfuerzo, palabras como estas:

“Acepté la fiebre. Dejé de tenerle miedo. Siempre estaba sobre mis sienes, sin irse…. Me entregué a ella. La lumbre de la fiebre subió en espiral desde mis pies. Subió a remolinos, a escalofríos, y fue llenando todo el sitio que yo ocupaba.

Llenó toda mi casa. Al llegar a los hombros se posó cariñosa como un pájaro. “Anda, ve a distraerte. De vacaciones. Yo me quedaré en tu lugar y nadie notará nada” Sí. Que alguien se quedara en mi lugar. ¿Por qué tener miedo?.

Acepté. Me salí de casa, Dios sabe hacia qué países, y abandoné mi cuerpo a la dulce locura de la fiebre.

Era muy divertido…” (p. 108)

En esta novela inaugural se aglutinan casi todos los temas tan queridos por la autora.

La literatura dentro de la literatura: “Tendré que escribir un libro. Ya lo daré cuando podáis oírme, cuando salga a vuestro campo y me veáis. Tengo que escribir un libro. No puedo esperar más, cargada de riqueza y de alegría. Será mi primer libro, el libro de la fiebre” (p. 114)

La madre: “Mi madre viene. La he llamado dormida y despierta, sus manos son dos manzanas cortadas y me hacen falta sobre la frente. Viene a velar por mí. Solo ella sabe” (p. 112)

La infancia: “¿A qué agotar avaramente las visiones que tuve en el jardín encantado? Yo sé que alguna vez he de volver” (p. 123)

Ese interlocutor que aparece de forma inesperada y entabla una estrecha relación con la narradora. En este caso, Fray Jacopone: “leíamos juntos trozos del Evangelio. Reñíamos… Éramos muy amigos. Y yo esperaba sus visitas como las de un ángel monstruoso y tutelar” (p. 134)

Y todo ello con esa prosa cargada de lirismo que delata la experiencia poética de CMG en sus primeros años de formación literaria:

“¡Cuánto tiempo he perdido durmiendo en este mundo! ¡Cuántos años! Ya no lo haré más. Tengo que recuperarlo. Tengo brazadas de tiempo alerta. No quiero dormirme. Que nunca se acabe esta fiebre” (p. 156)

“El libro de la fiebre”, lejos de ser una novela de iniciación, se trata de una obra madura en la que se puede disfrutar del gran estilo de una de las mejores narradoras españolas contemporáneas. Ignoramos qué derroteros habría seguido su carrera si las palabras de Rafael Sánchez Ferlosio no hubieran tenido el eco que tuvieron
“El caso es que pueda gustarle a Rafael cuando se lo lea, esto es indispensable” p. 173)

Afortunadamente para todos los que la admiramos, el camino emprendido en este libro nunca fue abandonado del todo, y esa atmósfera a veces inquietante y cargada de simbolismo que se respira y nos envuelve, la recuperamos en “El balneario” (1954) y “Retahílas” (1974), para invadir todos los rincones de “El cuarto de atrás” (1978)

miércoles, 25 de abril de 2012

Confesiones de un voyeur

Siempre he tenido un deseo inconfesado, pueril si se quiere. Seguramente lo comparten muchos que lo negarán no tres, si no tres mil veces. No es otra cosa que disfrutar de la facultad, concedida por un geniecillo burlón, de poder observar a hurtadillas, a través de una mirilla o de la rendija de una puerta, lo que hacen nuestros hijos en la guardería o en el patio del colegio, cómo se relacionan con los demás, escuchar sus discusiones cuando empiezan a balbucear sus primeras e incomprensibles palabras… Sin mediar un aparataje propio de espías o de detectives privados, muchos de nosotros nos iremos a la tumba sin llegar a presenciar esas escenas, conformándonos con lo que nos quieran transmitir sus profesores y cuidadores. Y, realmente, tiene que ser así, siempre y cuando no se den esas circunstancias anómalas y espantosas de malos tratos y abusos con las que suelen encogernos el corazón los informativos, y que obligarían a una vigilancia estrecha de su entorno.

Voyeur impenitente, he trasladado esa perversa inclinación a terrenos tan complicados y quebradizos, sembrados de baches y obstáculos, como la política y su representación a pequeña escala: la empresa. Hace bastantes años (¡qué viejos nos vamos haciendo, Dios mío¡) comentaba Leopoldo Calvo Sotelo, con ese medio humor que le caracterizaba, que si los españoles asistieran, sin ser vistos, a un consejo de ministros, formarían colas kilométricas en la frontera huyendo despavoridos al constatar qué suerte de individuos gestionaban la cosa pública. Y no le faltaba razón.
Como toda desviación o parafilia, esta del voyeurismo tiene su lado masoca, por lo que me entretengo, con más frecuencia que la que debiera, recreando la suerte de barbaridades y despropósitos que se manejan con la mayor naturalidad y descaro en el seno de la toma de esas grandes decisiones políticas y económicas que solo se pueden adoptar con el concurso, voluntario o no, de todos y cada uno de nosotros. Entiéndaseme bien: por concurso quiero decir robo sistemático del producto de nuestro trabajo. Lo que me subleva, y por momentos amenaza con minar mi equilibrio mental, no es la maldad intrínseca que destilan esos sujetos, si no la comprobación de una sospecha vehemente: nos toman por imbéciles.
Y, mucho me temo, parece que tienen razón.


Recuerdo una escena de la novela de Juan Rulfo en la que Pedro Páramo, deseoso de apropiarse de las tierras de un tercero, buscaba una estratagema más o menos legal para lograr su objetivo. La solución la encontró acusando a su víctima de “usufruto” [sic]. Y no solo consiguió las tierras que ambicionaba, si no también colgar al “expropiado” de una viga.
La noticia que ha motivado esas reflexiones, la cacería de elefantes a la que asistió el Rey en Botswuana estos días, no deja de ser, tristemente, una anécdota, eso sí, muy ilustrativa de la falta de respeto que muchas instituciones tienen por aquéllos que las mantienen con sus aportaciones.
Y ya que vamos de recuerdos, no puedo dejar de mencionar aquí a mi suegro, fallecido hace ahora un año. Pues bien, refiriéndose a las “pagas” que exigían los hijos, él nunca aceptó esa costumbre, y mucho menos su denominación de paga. Hablaba más bien de “asignaciones semanales voluntarias”. Consciente de que la obligación de sus hijos, mientras vivieran bajo su techo y a sus expensas, era estudiar, y de momento no realizaban ningún trabajo productivo con derecho a remuneración, él les daba la cantidad que estimara oportuna, sin estar sujeta esa entrega a una frecuencia determinada y siempre sometida a su santa voluntad: tal como se lo daba, se lo podía retirar.
Las disculpas ofrecidas por el Rey a la salida del hospital, más se parecen a las de un marido infiel que, descubierto en la cama con otra mujer, jura que no va a suceder nunca más (¿la infidelidad o el descubrimiento in fraganti?) que a la de un Jefe del Estado que representa a España ante el mundo.
¿Qué cara pondría este señor al comunicar a sus más directos allegados su participación en un safari, mientras cinco millones de sus “súbditos” se encuentran en el paro? Aquí el duendecillo me falla. Probablemente la misma que aquellos dizque empresarios que se frotaron las manos al publicarse aquella malhadada e inútil  ley que les daba vía libre para proceder a cuantos despidos se les antojaran. En esta ocasión el “usufruto” al que apelaba Pedro Páramo es la leve sospecha de no obtener en lo sucesivo los beneficios esperados. ¿Qué suerte de empresario cifra sus beneficios en las nóminas de sus empleados? Es como comprarse un coche cuando no se tiene dinero para combustible. ¿No será mejor vender el automóvil a aquel que pueda usarlo, en vez de llevarlo al desguace? Aunque existen cada día más “usufrutos”, tan legales como el mejicano, que se aplican en la elaboración de las nóminas, en los recortes que poco ahorran y mucho escandalizan, en la subida de impuestos, en la autoadjudicación de dietas inexplicables en función de la supuesta dignidad debida al cargo que se ostenta a modo y con la cuantía de sueldos que no se pueden justificar bajo ningún concepto, etc…



En este punto, cabe preguntarse por qué hemos llegado a estos extremos de desvergüenza, qué delito hemos cometido para merecer una clase política y económica de este pelaje.
En mi opinión, hay dos motivos de índole económica y un tercero derivado de los dos anteriores que explican la deriva suicida de nuestra sociedad
¡Maldita economía¡
En primer lugar, hemos acogido como bobos la artificial diferencia entre macro y microeconomía, aceptando de forma acrítica entidades tan huecas como economía financiera, economía bursátil, economía virtual… Se desnaturaliza así la economía a secas, es decir, la gestión de unos recursos siempre limitados para la consecución de unos fines determinados. Dicho de otra manera: tanto tengo, tanto gasto. Si consumo por encima de mis ingresos reales o de los que estimo a ciencia cierta que puedo adquirir en un plazo realista de tiempo, hipotecaré mi vida y la de mis hijos y nietos. No hay más cera que la que arde, es el axioma de la tan denostada por muchos economía doméstica a la que tanto temor inspiran las deudas que no se pueden abonar. La economía es la economía, así como la democracia es la democracia, a secas, sin calificativos. Macro-economía suena a democracia-popular: pura engañifa para violentar los significados.
¡Vivan las caenas¡
En segundo lugar, se ha estigmatizado el concepto garantista de propiedad. Me refiero, por ejemplo, a lo que está ocurriendo con aquellos negocios levantados desde cero, cuyos dueños han invertido esfuerzo y sacrificio para consolidarlos y ahora, sus hijos renuncian a tomar el relevo y prefieren trabajar “por cuenta ajena”, con la excusa de que es muy “esclavo” gestionar una empresa, que no te deja tiempo de ocio, de vacaciones, de estar con tus hijos… Los pequeños negocios, las empresas familiares que formaban auténticos tejidos de libertad, pues en ellos se aplica el conocimiento adquirido para obtener beneficios, adaptándose a las circunstancias adversas, reflejando el esfuerzo y la dedicación de su creador, se han convertido en algo exótico, casi materia de inventario como los yacimientos “visitables” que tanto abundan en la actualidad. Además, los negocios son inseguros, tienes que estar pendiente de los deseos del consumidor, del receptor de tus servicios, ajustándote a sus demandas; tan pronto ganas como pierdes; en fin, no hay nada mejor que percibir todos los meses una nómina, ver cómo la pobreza pasa por delante de tu puerta, pero nunca entra en casa. Se cierran empresas que no “han sabido adaptarse a la crisis”, que han “sucumbido a los ataques del mercado”, o son absorbidas por otras de mayor tamaño; estas últimas, a medida que aumenta su envergadura, se despersonalizan, adquieren mecanismos casi funcionariales, estatales, y ascendemos en la escala hasta llegar a la mayor empresa que la historia del hombre haya conocido jamás, y contra la que ninguna otra organización podrá competir: el Estado.
Ninguneo como norma
Este enorme Leviatán que se alimenta de nuestra renuncia a la libertad y a la dignidad, al que no podemos poner cara porque es irresponsable e intangible, aunque los efectos de sus actos sí que se hacen notar, exige una absoluta sumisión y obediencia a sus mandatos. Rechaza a aquellos que se atreven a cuestionar sus presupuestos con la impecable técnica del ninguneo. Convierte en invisibles, de la naturaleza del cristal, a quienes no secundan sus caprichos, dejándoles como alternativa la ciega obediencia o la huída. Se impone, en definitiva, la mediocritacracia que, como la falsa moneda, va desplazando hacia los márgenes a los capaces y creativos, inquietos y emprendedores.
Este Leviatán de crecimiento desproporcionado exhibe su poder a través de administraciones, diputaciones, fundaciones a cargo del erario, ayuntamientos, corporaciones semi-públicas, instituciones, participaciones en otras empresas… Una tela de araña de ramificaciones impensables y desarrollo cancerígeno por donde fluye un ingente caudal de riqueza administrado por la clase política. Esta pandilla de malhechores, que algún insensato, en su día, calificó de “bien nacional”, cuya calidad disminuye en la misma proporción que aumenta su número y en la que ya no se practica la virtud del “servicio público”, es la verdadera causante de los males que nos invaden, aunque se empeñen en buscar chivos expiatorios en los funcionarios, o los “mercados internacionales”.
¿Y si les retirásemos a toda esta tropa los numerosos sueldos que acumulan, reduciéndolos a la “asignación voluntaria semanal” de la que hablaba mi suegro?