miércoles, 14 de noviembre de 2012

Una foto por 40 euros


Un espectáculo: La Serena verde como hacía años


Que el tiempo y el espacio están ligados de alguna manera ha sido y es materia de estudio y reflexión por parte de físicos, filósofos y poetas. A mis cortas entendederas se le escapan los detalles de sus cálculos y conclusiones, todas ellas cargadas de poderosas razones científicas susceptibles de réplica o debate. Sin embargo, desde muy pequeño sí he percibido la intervención del tiempo en el espacio. Y no me refiero al tiempo cronológico, al de reloj o calendario, y a su labor de desgaste; ni siquiera al tiempo meteorológico, al que tanta atención prestamos y que a menudo nos condiciona. Hablo de una acepción más anodina o convencional del tiempo, más humana de cualquier forma: es el tiempo que marcan los días de la semana, regulado por la actividad del hombre, ese trabajo que, de ordinario y dependiendo de nuestras ocupaciones, nos sustrae del entorno en que vivimos y nos movemos.
 
Paseando por el Zújar

 
Como decía, en relación al poder del tiempo sobre el espacio, conservo esas impresiones infantiles, no muy distintas de aquellas que vuelvo a sentir de vez en cuando en la actualidad. Era la luz que entraba en mi habitación en aquellas ocasiones que una indisposición me impedía ir al colegio y mi madre, tras una breve exploración que descartara pereza o fingimiento, me aconsejaba permanecer en la cama hasta que llegara el médico. Solo me levantaba mientras ella aireaba el cuarto, estiraba las sábanas y recogía la ropa y los trastos. Cuando volvía a acostarme, al cabo de unos minutos, ahí seguía esa luz, tan distinta de aquella que inundaba las aulas después de acariciar las enormes y majestuosas copas de los retorcidos pinos del patio y la torre neo-mudéjar de Santa Cristina. Quizás fuera más brillante y fría, con toques metálicos, cristalinos. Y a lomos de la luz, los sonidos de la calle: el afilador con su silbante llamada a los potenciales clientes, apostado en alguna esquina estratégica; el butanero, golpeando las bombonas a la espera de que alguien, desde la ventana, le hiciera una seña con los dedos (una, dos); el tapicero, proclamando la excelencia, baratura y rapidez de su trabajo; el repartidor de Skol, que suministraba, además de cerveza, gaseosa de Mora (Toledo) y que aumentó su oferta de productos hasta incluir dulces y mantecados… A esos sonidos se sumaban los puramente domésticos, como el de la lavadora, la aspiradora, el frenético silbido de la olla a presión o el timbre que anunciaba la visita más o menos oportuna de alguna vecina, dependiendo de lo avanzado o no del estado de las tareas planificadas por mi madre para ese día. La fiebre y ese runrún me adormecían, creando una especie de atmósfera protectora y amable.
 
 
 
 
El viernes pasado tuve una experiencia muy parecida. Cuando salimos del Pantano camino de Villanueva me invadió esa sensación de diferencia, como si el campo fuera consciente de que se trataba de un día laborable y nosotros fuéramos insignificantes (e invisibles) forasteros. Había otra luz, una calma y quietud características. ¡Qué sensación de bienestar! El pasto, de un verde poderoso y contundente, brillaba despidiendo mil destellos, meciéndose con la brisa templada de esta húmeda primavera de noviembre. Punteado de flores blancas y amarillas, recorrido por caudalosos (ayer secos) y sonoros arroyos que recogían las aguas de las colinas, se extendía como un manto ondulado hasta las sierras de Castuera y Monterrubio, en cuyas alturas se enredaban nubes esponjosas y de un blanco insultante. El momento pedía una fotografía, que decidimos posponer hasta terminar las gestiones que nos habían llevado a Villanueva.
 
 
 
 
Sobre las tres de la tarde retomamos el camino acompañados de una pequeña borrasca que, descargando parte de su contenido en el pueblo, seguía nuestros pasos. Al llegar al punto donde tanto nos había impactado el paisaje, detuvimos el coche en la carretera y salí a hacer con el móvil las fotos que reclamaba la situación. La borrasca que parecía perseguirnos y las nubes enredadas en la sierra amenazaban con unirse, oscureciendo un tanto el entorno. Aún así, tiré unas cuantas hasta que un coche de la Guardia Civil, que venía desde La Coronada, se detuvo a mi lado. Se apeó uno de los agentes y me espetó:
 
El río Zújar. Las aguas bajan ocres de tanto barro recogido

 
-¿Sabe Vd. que no puede detenerse aquí?- Me dijo en un tono de enfado, como si se tratara de algo personal.
-Sí… Bueno, creo que no molesto a nadie-Efectivamente, el tráfico era inexistente-De todas formas, ya me voy
-De momento, le voy a poner una sanción… Son 80 €, si la abona antes de 20 días, se queda en 40. Así que, suba al coche y deténgase pasado el río, a la derecha.
Estupefacto, miré a su compañero, que no sabía muy bien dónde meterse. Obedecí sin rechistar.
 
 
Canal del Zújar

Paramos pasado el Zújar e intentamos suavizar la tensión del momento, aduciendo que estábamos de acuerdo con que había cometido una falta (leve: puntualizó el agente), pero que no creíamos causar ningún perjuicio a la circulación ya que, aparte de no existir, estábamos bastante alejados de cualquier cambio de rasante que supusiera, de antemano, un peligro. Que sí, que el código de circulación lo dice bien claro, pero que también se puede contar con la flexibilidad de su intérprete y ejecutor; que, en realidad, si observamos los códigos con lupa y aplicamos con rigor todas sus normas, no hay nadie que se libre de infringir todos los días un par de veces lo estipulado en alguno de sus artículos. Eso no pareció gustarle:
-Vd. no tiene que decirme cómo debo hacer mi trabajo- Protestó el que llevaba la voz cantante, encantado de su condición de autoridad a tenor de cómo presumía del uniforme y las exageradas e inoportunas gafas de sol que no se dignó a quitarse en ningún momento- ¡Haga el favor de enseñarme la documentación!
Le acerqué lo que pedía. Carmen insistía en mantener con ese individuo una charla entre amistosa y firme, lo cual parecía gustarle:
-Señora, con Vd. sí se puede hablar. Voy a decirle una cosa. –Entonó de forma didáctica y solemne- Yo hago todos los meses 9000 kilómetros. Si a fin de mes ve mi jefe que no he puesto ninguna sanción, ¿qué cree que me diría?
-¿…?
-Pues que no estoy cumpliendo con mi obligación
-O sea, que no cumple objetivos…
-No, no… No son objetivos, son puntos. Si yo paro a un conductor y da positivo en el control de alcoholemia y me dice que no volverá a hacerlo, yo tengo que sancionarle, de todas formas. Es mi trabajo. Además su sanción (la de Vds.) es muy leve, la pueden pagar en cualquier sucursal del Santander
-A ver, un momento- Insistió Carmen- Yo creo que con un rapapolvo, con ponernos la cara colorada, el objetivo de la sanción está cubierto. Tenga por seguro que ya no se nos ocurrirá pararnos otra vez en la carretera
-No sigan por ahí, que no me van a convencer. Además, tenemos mucha prisa, pues tenemos aviso de un accidente en esta misma carretera, no sé si por allí o por allí.
-¡…!
-La ley es la ley y todos tienen que cumplirla, ¿o no?. Así que, haga el favor de firmar en este recuadro. Tengo que dársela en papel porque aquí no tengo cobertura.
Solo faltó decirnos: “Anda, continúen su camino, y no pequen más”
 
Canal del Zújar

Con el sentimiento de haber sido víctimas del sheriff de Nottingham, mezclado con el convencimiento de que la arbitrariedad y la corrupción (“Bonificación por pronto pago”) están tan arraigados que va a ser difícil la necesaria regeneración, seguimos carretera adelante, bendecidos por una autoridad que, en sus formas, nos acerca cada día más a latitudes que nunca hubiéramos imaginado habitar.
Sin embargo, no sé si será el yoga, pero el caso es que este incidente no consiguió empañar un gran día.
 
 
 
  

jueves, 8 de noviembre de 2012

Divagaciones



Todavía es de noche... El edificio España desde Maestro Guerrero
 
Sobreponiéndose al sopor de los prolegómenos del amanecer, la ciudad comienza a palpitar con un frenesí digno del estudio de cualquier etólogo. Es cierto que muchas especies de animales desarrollan su actividad durante la noche; pero también es verdad que estos seres dedican una gran parte de las horas de luz a ralentizar sus biorritmos, practicando algo parecido al descanso o, al menos, a un duermevela reponedor.

No así los hombres, que más nos valdría dejar de torturarnos para acompasar estrechamente nuestra vida con la naturaleza. De ahí que el apócrifo autor del lema-amenaza recogido en un tonante, y casi bíblico: “¡Trabajarás de sol a sol!”, se sonrojaría de pura vergüenza al comprobar que alguien, mucho más audaz y preparado para la vida moderna que él, consiguió evadir el curso marcado por los astros, dándole otra vuelta a la tuerca del suplicio para sumir al hombre en un labora sin opción a ora.

Son los gajes del mundo actual, más evidentes y dolorosos en los sufridos urbanitas.
 

Esto es lo que se ve desde una de las salas del centro médico Gran Vía (o Delvesa)

 
A las siete de la mañana, cuando cojo el Metro o el autobús, Madrid es un hervidero porfiado, alentado por unas prisas plomadas de cansancio y de rutina. Me entretengo observando rostros, algunos ya familiares, espiando miradas y gestos, todos ellos ensimismados, como protegiéndose del exterior con la infranqueable coraza de los auriculares o de la lectura. Parece que poco sacamos en limpio de la música que escuchamos, de la literatura o prensa gratuita que leemos, a tenor del escasito aprovechamiento que extraemos de una y otra. Últimamente ambas, en cualquiera de sus formatos y dispositivos, se me caen de las manos. Si estoy en el Metro, prefiero cerrar los ojos y dedicarme (o fingir) un sueño. Si es el autobús el que me traslada, me pierdo disfrutando del trayecto mil veces transitado, recreándome en las modificaciones en la fisonomía de las calles y fachadas impuestas por las actuaciones municipales o la desidia de sus propietarios. A menudo me duelen los cambios, sobre todo cuando estos se traducen en la desaparición de los espacios de mi niñez. Miro hacia otro lado al aproximarme al solar que en su día ocupara el complejo de la piscina Miami, hoy escombrera irreconocible, o al dejar a mi izquierda el terraplén de la calle Caramuel, frente al parque, coronado durante años por las paredes desnudas de una casa en ruinas sobre la que volaba mi imaginación de entonces, tan grata a los espectáculos de ruina y desolación.

El autobús, del todo ajeno a mis ensoñaciones, sigue su curso cronometrado, atravesando Caramuel para enfilar el Paseo de Extremadura, cruzar el Puente de Segovia con esa carísima fiesta de luz y color que es Madrid-Río por la noche, recorrer rápidamente el Paseo de la Virgen del Puerto, deteniéndose en el embudo de Norte, y ascender renqueante, animal ya cansado, la Cuesta de San Vicente hasta Plaza de España, para depositar su carga humana en Maestro Guerrero, en las oscuras espaldas del Edificio España.
 

Ya es de día. Las espaldas del Edificio España (C/ Maestro Guerrero)

El contraste de esta torre apagada y muerta con lo que debió ser en su día, emblema de modernidad y glamour, de prosperidad e iniciativa en un extremo de la Gran Vía, no se me iba de la cabeza durante las tres semanas que veía amanecer en unas salas de fisioterapia del centro médico Delvesa, en la acera de los impares de la en su día rebautizada como Avenida de José Antonio, aunque nadie se refiriera a la misma con ese nombre tan circunstancial. Dicho centro médico ocupa tres o cuatro de los diez pisos del número 67 de la Gran Vía. Las salas de medicina física y rehabilitación están en la séptima planta, respetando con cierta fidelidad la distribución original de la vivienda que fuera en su momento. Los casi 60 minutos que duraba cada sesión daban para mucho, aunque lo más interesante era el cuarto de hora de la magneto(terapia). Tumbado en una camilla, dentro de una sección de cilindro, se alcanzaba un alto grado de relajación que contribuía, qué duda cabe, a aumentar la sensación de bienestar. En alguna ocasión, sobre todo los primeros días, Gema, una de las encargadas, abría los ventanales para disipar el aire espeso acumulado durante la noche, dejando a la vista el espectáculo de los tejados de Madrid, con el Palacio y el Teatro Real al fondo, auténtico skyline que se difuminaba en el verdor de la Casa de Campo y de la Sierra.
 

Y esta... de medio perfil


Con los ojos cerrados, dejaba saltar mi fantasía desde la recreación de la vida de los primeros habitantes de aquel piso, allá por los años treinta, pasando por nuestras ya antiguas y casi olvidadas visitas a los balnearios de Jaraba, revividas por el artículo que escribió Pilar Bosqued sobre sus jardines, hasta perderme en diversas divagaciones sobre la inutilidad de la medicina agresiva cuando uno es capaz de cuidar y cultivar su propio cuerpo…

Pero el caso es que nunca lo hacemos. Solo nos damos cuenta de lo que tenemos al momento de perderlo. Y a veces es ya demasiado tarde. En mi caso, llevaba arrastrando desde agosto un dolor lumbar que se extendía por la pierna provocando parestesia y hormigueo. El malestar aumentó en septiembre, y el miedo a que fuera a más me hizo ponerme en manos de un especialista que, después de las pruebas de rigor (que incluían un desagradable electromiograma), me recomendó 15 sesiones de rehabilitación.
 
 

Nunca hay que perder los pequeos detalles
El otoño en el Parque Aluche. También relaja, ¿no?

Las otras dos terapias (tens y onda corta) las hacía al final de un largo pasillo, donde Antonia desplegaba su poderío y capacidad organizativa entre los pacientes, muchos de ellos ya conocidos de años antes. Este salón daba a la Gran Vía. Un día no pude resistirme y, arriesgándome a recibir un “!No!” por toda respuesta, me atreví a preguntarle a la jefa si podía hacer una foto. Me miró un tanto perpleja por mi interés y, de forma displicente, como perdonándome la vida, me franqueó el paso al balcón.
 

Desde la misma sala

La Gran Vía y el Edificio España (mucho más que la plaza donde se yergue), al que yo llamaba de pequeño Hotel Plaza, son dos de los espacios más impresionantes que tiene Madrid, aunque poco a poco van perdiendo su encanto. Uno, porque está cerrado y sólo Dios sabe cuándo volverá a abrir sus puertas y en qué condiciones. El otro, porque se ha dejado por el camino, además de casi todos los cines, un gran número de establecimientos de toda la vida, sustituidos por comercios efímeros, sin gracia ni empaque, y esa elegancia y cosmopolitismo de foto antigua que solo se conserva en recopilatorios y postales.
 

Parece que quieren estirarse más. y más, hasta arañar el cielo..


Con todo y con eso, aquellos madrugones me han reconciliado en parte con esa calle que al final de mi infancia ejercía sobre mí la misma atracción fatal que practica la luz sobre las polillas, al erigirse entonces como meta y destino de nuestras excursiones al centro: tardes de cine y zumo en Vitamina, el olor de palomitas de maíz impregnándolo todo… Mucho después, durante años, me acostumbré a evitarla, tal era el agobio que me producía la intensidad de su tráfico o la fauna que pisaba su suelo, cada vez más enrarecida. Pero ahora la veo con otros ojos, quizá no tan entusiasmados, asumiendo que, como todos, tiene una deuda con la historia y su forma de pago es convertirse en cliché. Al final, siempre queda esa forma de enfrentarse a los hechos consumados, que no es otra que volcar los recuerdos, las esperanzas y los temores en el mundo que nos rodea para moldear así una realidad grata y amable: vivible.

sábado, 27 de octubre de 2012

Enfilando la tercera vía. James Burnham (1905-1987)

"La revolution sociale qui s'accomplit sos nos yeux n'est pas identique à la transformation de la féodalité en société capitaliste, mais les analogies entre ces deux événements sont suffisamment marquées por que nous puissions tirer du passé des enseignements por l'avenir" (p. 114)

Los procesos de cambio, los periodos de transición de un estado a otro ejercen un poderoso influjo en aquellas personas capaces de apreciar la diferencia o de adelantarse a la novedad. Lo constante y cotidiano, lo normal y habitual aletarga el entendimiento, suaviza las reacciones y hace que todo fluya con serenidad, a un ritmo lento y acompasado.

Porque todos, lo queramos o no, estamos hechos de historia. Mas pocas veces somos conscientes de la ingente labor de las generaciones que nos han precedido moldeando nuestra cálida y blanda arcilla hasta convertirla en ese cuerpo que habitamos y esa mente que nos empuja a seguir viviendo.

La llama de la conciencia histórica, y vuelvo al principio, la aviva la percepción del cambio, gozosa cuando el balance es positivo, y dolorosa si no cuadran las cuentas. Al evidenciarse un tremendo desfase entre el debe y el haber; en el momento en que asumimos el mal uso de la herencia recibida, muy a menudo mortal despilfarro, se disparan las señales de alarma y comenzamos a cuestionarnos las cosas, la realidad que nos rodea y sus absurdos derroteros.

Son muchos los pensadores que, desde la Edad Media (si no antes) hasta nuestros días, han sido aguijoneados por esa llamada a la reflexión, a plantearse el estado de cosas que ha provocado el marasmo en el que se ven sumidos sin remedio, y a aventurar las posibles salidas de semejante atolladero.

Hoy me quiero referir a uno de esos momentos de cambio, de transición; más que al momento histórico en cuestión, a la reacción que produjo en el mundo intelectual. Y es que la Segunda Guerra Mundial (2GM), antes de acumular muerte, destrucción y vergüenza, tuvo la rara virtud de despertar más de una conciencia que se vio en la perentoria necesidad de trascender lo puramente bélico que se avecinaba, para aportar algunas claves explicativas del problema y su génesis, con las que anticipar la anatomía del mundo que emergería de la escombrera.



Entre los escritores que trabajaron en esta dirección, de momento me quedo, sin lugar a dudas, con Hayek y su Camino de servidumbre. Lectura auroral, me proporcionó un sinfín de claves y me orientó hacia otros autores y otros libros  que han hecho de mí lo que ahora soy y pienso.
No hace mucho rescaté de la basura (algún día hablaré de cómo la gente se desprende de ellos) un libro publicado en París en 1947 por la editorial Calmann-Lévy. En principio, la fecha y la edición nada aportan. El tomo pertenecía una colección, Liberté de lÉsprit, dirigida por Raymond Aron (1905-1983). El director y el título de la serie despertaron mi curiosidad, que pronto se vio desinflada cuando en la portada leí que el prólogo estaba a cargo del famoso político francés Léon Blum (1872-1950), cuyas acciones y omisiones jugaron un papel no desdeñable en nuestra guerra civil. Y no era un prólogo de encargo, pues de sus 24 páginas sobrarían 23 si solo se tratara de meros elogios sin sentimiento.

El título de la obra, L’Ère des organisateurs. (Managerial revolution), es por si solo sugerente, y que Raymond Aron lo incluyera en su colección lo revestía de antemano de cierto prestigio.
James Burnham (1905-1987)
Desconocía a su autor, James Burnham (1905-1987), pensador americano encuadrado en las filas comunistas de su país, oscilando hacia el trotskismo al fundar el Partido de los Trabajadores de los Estados Unidos, desengañado ya de todo aquello hacia los años 40, para convertirse en un furibundo anti-comunista. Asiduo colaborador de la National Review, será condecorado en 1983 con la Medalla Presidencial de la Libertad por el mismo Ronald Reagan.

La obra original, The Managerial Revolution: What is Happening in the World, apareció en 1941, y con ella planteaba una especie de tercera vía en la resolución del conflicto que acababa de estallar. Mientras unos defendían que, tras la 2GM, se iba a mantener el capitalismo tal como se conocía entonces, otros pensaban que, por fin, se podría instaurar el socialismo por tantos deseado. Burnham rechaza de plano las dos posibilidades y asegura que, en un plazo de tiempo muy corto, no más de 15 años, el sistema capitalista que ha dirigido hasta entonces las políticas y economías de las grandes potencias será reemplazado no por el socialismo, sino por un sistema, perdóneseme el palabro, gerencial o directorial. La idea es buena y cumple con todo objetivo que persigue una gran idea que se precie: resultar epatante y descuartizar a las que supone contrarias.
No se trata de una tercera vía deseable, alternativa a las otras dos, si no de una realidad naciente, imparable y con vocación de eternidad.


"A sa façon, encore confuse, le New Deal a, lui aussi, opposé avec insistance, l'État à l'individu, la planification à l'entreprise privée, la sécurité à l'initiative, les "droits humains" aux "droits de propriété"" (p. 193)

Pero la lectura del libro nos hace ver que, primero, la descripción que nos brinda del mundo capitalista en trance de desaparecer se queda bastante coja aunque parece enderezarse cuando critica el New Deal de Roosevelt (1882-1945). A menudo resulta cruel con el papel asignado al individuo y a la libertad en el pensamiento liberal. !Qué lejos queda el entusiasmo desplegado por Mises o Hayek en su defensa!. Por otra parte, no carga demasiado las tintas al referirse al comunismo encarnado en la flamante Unión Soviética de Stalin.

Con todo y con eso, es interesante la presentación de un mundo nuevo organizado por aquellos que no tienen nada que ver con la producción de bienes, que desconocen absolutamente sus procesos y que demuestran la típica incapacidad que es el fruto de la ignorancia. Burnham acierta al identificar a uno de los culpables del estallido de la revolución gerencial. Con ese lenguaje cargado de materialismo histórico, deuda debida a su formación, acusa a la burguesía de haber renunciado a sus principios basados en la libertad y el individuo. De haber creído en ellos, asegura (aunque él mismo es el primero que parece burlarse de los mismos), no habría sido posible el auge del totalitarismo alemán ni de cualquier otro signo.

El actual estado del mundo sí nos hace pensar en las aportaciones de Burnham. Extrapolándolas con precisión casi casi matemática, llegaríamos a sorprendernos. ¿Podemos calificar la política económica que padecemos de liberal o capitalista? Rotundamente, no. ¿Y socialista? Tampoco


"Le contrôle des instruments de production y sera exercé par les directeurs, grâce a leur contrôle de fait des institutions de l'État et directement, de par les positions-clés qu'ils occuperont dans l'État "ilimité" qui, dans la société directoriale, englobera les organismes politiques et toute l'économie." (p. 123)

Parece que ese mundo organizado por gerentes y directores que tejen y destejen una tupida red con el poder económico y el político es aquel que nos ha tocado vivir. Intervención, regulación, planificación, relaciones tóxicas entre políticos, banqueros, multinacionales... ¡La revolución managerial est en marche!

James Burnham. L'Ère des organisateurs. (Managerial Revolution). Traduit par Hélène Claireau; Préface de Léon Blum. Paris: Callmann-Lévy, 1947. (Col. Liberté de l'Esprit. Dirigée par Raymond Aron). 261 p.

viernes, 19 de octubre de 2012

Metáforas de la crisis. Mazagón (Huelva), 25 de agosto - 1 de septiembre de 2012




Pinares alrededor del Parque de Doñana



Parece que el verano, ya más que avanzado octubre, se retira a sus cuarteles dejando paso a un otoño que se ha hecho de rogar. Llega el frío, y con las primeras lluvias, nos preparamos para afrontar el invierno. Antes de desprendernos de las últimas adherencias estivales; mucho antes de que el olvido se entregue a su propia labor de zapa haciendo sitio en nuestra memoria a nuevos recuerdos que desplacen a los viejos ocupando su lugar, me gustaría dejar constancia de los últimos días de nuestras últimas vacaciones. Last but not least…


 Engalanaduras en Almonte


Alejandro en una calle de Moguer. Al fondo Sara con alguna de sus ideas



Porque creo que es necesario ese trabajo de recapitulación, de ordenación de cosas y lugares. Y no solo por lo que a nosotros nos atañe como ejercicio mental no desdeñable, si no para ir amasando  un legado que dejar a nuestros hijos, aunque luego hagan con él lo que se les antoje, como seguramente ocurrirá. En este sentido, Carmen lleva una buena temporada seleccionando fotografías con las que, una vez comentadas y ordenadas de una determinada manera, edita unos álbumes que no están nada, pero que nada mal. Suele decir que, de esta manera, cuando la edad pueble de profundas e insalvables lagunas su memoria y nuestros hijos vayan a verla a la residencia de turno con esas fotografías, ella quedará doblemente sorprendida: primero, por aquellos desconocidos que se sientan a menudo a su lado e insisten en darle cháchara y, segundo, por las fotos de esos sitios tan bonitos y con esos niños tan guapos y sonrientes que le obligan a contemplar.



Carmen e Itziar esperando el "trenecito" de Mazagón



Itziar en uno de los patios de la casa-museo de Zenobia y Juan Ramón (Moguer)

Mi padre hizo algo muy parecido en 1990. Seleccionó un buen número de fotografías y las pegó en unas holandesas en cuyo reverso escribía a mano un comentario sobre la imagen siguiente. Luego introducía cada foto así comentada en una funda de plástico y, una vez reunidas varias decenas, las encuadernó. Hace poco volví a echar un vistazo a ese álbum y, con él, recuperé la imagen de mi padre sentado en la mesa abatible de nuestra habitación, inclinado bajo el flexo encendido y observando detenidamente cada instantánea, a veces preguntándose en voz alta cuándo y porqué había sido tomada. Rostros en blanco y negro que sonreían a la cámara sobre fondos grises, esos jerseys de lana que tejía mi madre y que heredábamos, el aspecto pelado de La Serena, desierta incluso de retama; y después, fotos en color, con mis sobrinos mayores aún bebotes… Leyéndolo otra vez, uno se imagina con qué gusto se embarcó en esa labor, aún a sabiendas que los motivos que le empujaron a hacerlo, y que ahora no viene al caso mencionar, no eran muy agradables. Placer no muy diferente del que experimentamos Carmen y yo, cada uno a su manera, cuando emprendemos este camino de las fotos comentadas.


Sara y Alejandro haciendo de las suyas en
un resto romano de Huelva



Pinares camino de Moguer


Uno de los primeros álbumes monotemáticos que hizo Carmen estaba dedicado a Isla Canela, donde pasamos una semana el verano de 2010. Al año siguiente, tanto nos había gustado Huelva, le tocó el turno a Isla Antilla, que también tiene su testimonio fotográfico. Y este año probamos con Mazagón.



Esperando el "trenecito" de Mazagón


Carmen en Moguer A su derecha, las clarisas


Al igual que nos ocurrió en su día con Cádiz, o siempre con Lisboa, Segovia, Jaraba o Soria, y al contrario de lo que reza la canción, no nos da ningún apuro revisitar aquellos lugares donde hemos sido felices. Y Huelva, hasta el momento, es uno de ellos.



Cerca del puerto deportivo de Mazagón, sin buscarlos, nos encontramos con
dos fortificaciones, dos bunkers





El viernes 25 de agosto llegamos a Mazagón, un pueblecito a menos de 20 kilómetros de Huelva. Nos alojamos en el Hotel Solvasa. El apartamento, impecable: amplio y espacioso, con mucha luz y una grandísima terraza en forma de ele. El resto de las instalaciones y servicios no iban a la zaga. La playa, enorme, infinita, muy familiar y limpia.


La piscina del hotel Solvasa (Mazagón)



A lomos de Platero, en el patio de la casa del poeta




La mayoría de los huéspedes del hotel habían contratado ese sistema de alojamiento y pensión todo incluido (TI) cada día más extendido, con lo cual era muy difícil tropezarse con ellos fuera de la piscina, bar y comedor. Salvando las enormes distancias, me recordaban a los obedientes enfermos que compartían con Hans Castorp, el personaje de Thomas Mann, las atenciones médicas en la clínica de Davos tan ricamente descritos en La montaña mágica. Lo de las cinco comidas suculentas y abundantes, y la eterna inactividad narradas por el alemán, aquí se reducía a tres tomas cargaditas y no tan suculentas y al levantamiento de cubata, cerveza o tinto de verano en tubo de plástico. ¿Cómo era posible tener apetito? Imposible saberlo. Ya se sabe, donde pago... Primera metáfora de la crisis



Terraza del hotel Solvasa


Como de costumbre, combinábamos playa con alguna que otra excursión para conocer los alrededores, no alejándonos demasiado de la costa por aquello de los rigores del calor. Aunque de poco servía, porque a unos diez kilómetros del agua la temperatura subía no menos de cinco grados.




Bajando a la playa del Parador Nacional de Mazagón


Una visita obligada era el Rocío, con sus calles sin asfaltar y sus numerosas cofradías, tanto antiguas como de más reciente creación. Las fachadas de sus casas, muy aseaditas, aunque muchas de ellas cerradas, con todos esos arreos que indican la presencia, uso y exhibición de caballerías, comparten todas ese aire festivo y de romería, de vino y palmas. Las tiendas de recuerdos de la Virgen, tascas, hoteles y restaurantes no muy concurridos delataban la ausencia de su Moradora, que un par de días antes había sido trasladada, en ceremoniosa peregrinación, a Almonte. El camino que había seguido la imagen hasta su salida de la aldea estaba jalonado por postes, guirnaldas y falsos túneles formados por miles de blancas flores de papel.



Playa de Mazagón desde el Hotel




Fachada de la casa de Zenobia y Juan Ramón en Moguer, ahora Museo

Camino de Almonte, en aquellos lugares donde hacían un alto los fieles portadores, se veían pequeños altares con los mismos detalles y colgaduras, plétora de cadenetas y lazos blancos en medio de pinares sin fin.








Esta explosión ornamental se hizo casi omnipresente en Almonte. Un hombre celebró la presencia de la Virgen, con gran susto para nosotros, con un disparo de escopeta al aire, mientras buscábamos las flores blancas de papel que indicaban el itinerario que había seguido la imagen hasta su actual ubicación. En las calles sombreadas con ese derroche de adornos figuraban como hitos curiosos numerosas inscripciones que indicaban en qué momentos de crisis (epidemias, guerras, hambrunas, sequías…) la Virgen había abandonado su instalación en la Aldea para ocupar la de Almonte. ¿Sería ésta ocasión una de ellas…? Segunda metáfora de la crisis.




Escaleras infernales, interminables que comunican la piscina del Parador
con la playa. Ningún empleado las utiliza, por algo será



Moguer




Otro día nos acercamos a Moguer. Allí todo es Juan Ramón, Zenobia y Platero. La casa-museo donde vivió el poeta es una sorpresa por su sencillez y por el buen gusto con que está montada, aprovechando el ajuar y la biblioteca que dejó la pareja en su domicilio de Madrid cuando marchó al exilio, del que nunca regresó, durante la guerra civil. La película con la que se inicia la visita merece la pena ser vista por el recorrido que hace de la vida y avatares del poeta.




Viviendas a orillas de la playa de Mazagón


Moguer


Rocío, Huelva, Almonte, Moguer.. Algunas tardes nos llegábamos a la playa del Parador Nacional de Mazagón que tiene un asesino acceso a la misma, exclusivo de sus huéspedes, mediante una escalera de unos cinco mil escalones sin un triste descanso. Desde aquella vez que se me ocurrió bajarlas llevo arrastrando una lesión que lleva su nombre. Por lo demás, la playa es estupenda siempre que se deje el coche en un aparcamiento ad hoc junto al Parador. Buenas olas y aire para volar la cometa.




Playa del Parador. Está saliendo la luna




Biblioteca de Juan Ramón y Zenobia



Más que pueblo, Mazagón es una zona residencial que conserva un inconfundible sabor a barrio. Me gusta, es todo muy sencillo y local. Desde el hotel hay un paseo de dos o tres kilómetros pegadito a la playa. Poco antes de llegar al puerto deportivo nos encontramos dos búnker en un perfecto estado de conservación. Habría que investigar su origen, ya que pueden ser de nuestra guerra o posteriores, levantados en previsión de un ataque naval a la costa durante la Segunda Guerra Mundial.




El Rocío....



El uno de septiembre terminaron nuestras vacaciones. Como cayó en sábado pensamos que no era mala idea hacer una parada en el Pantano para dejarnos cosas allí y volver el domingo a Madrid más ligeros de equipaje. Comimos ese día en un pueblo de la sierra norte de Sevilla, El Pedroso, donde, por accidente, había nacido la madre de Carmen y al que nunca llegó a conocer. Pasamos por Cazalla de la Sierra, Guadalcanal y saltamos a Badajoz.



...con Sara...



... Itziar...





.... y Alejandro.



Cementerio de los italianos (Campillo de Llerena, Badajoz)
Entre parque temático y jardín zen


Más allá de Llerena y en dirección a Castuera, dejando a la derecha el acceso a Campillo de Llerena, se encuentra a la izquierda, en una rotonda, el Cementerio de los Italianos. Llevábamos años intentando visitarlo. En más de una ocasión, camino de Andalucía, en las calurosas noches de agosto, hemos pasado por delante de sus puertas sin poder, claro está, detenernos. Aquel día era perfecto para hacerlo. En aquel camposanto descansaban los restos de soldados italianos del CTV y algunos españoles que lucharon del lado de Franco durante la guerra por esos campos extremeños. Recientemente remodelado, prácticamente convertido en un parque temático, poco tiene que ver con el original que se levantó durante la contienda. A uno le hace pensar sobre el abuso de las restauraciones de los restos arqueológicos. Eso sí: no falta ningún detalle en los tres o cuatro paneles informativos que explican dónde te encuentras. El caso es trastocar o edulcorar el pasado. Tercera, y última por hoy, metáfora de la crisis.

Mazagón


Hasta aquí, nuestro verano. Como decía mi padre en ese álbum, concluido el 25 de marzo de 1990, y trastocando unas líneas del final Apocalipsis de San Juan, hay muchos más detalles y paisajes visitados, sensaciones vividas y momentos para recordar. Pero harían falta años para consignar todos y cada uno de ellos.