lunes, 2 de septiembre de 2013

Un mes de julio sin fin


Monsagro (Cantabria)
El canto de las cigarras, su cháchara frenética que obedece a una ley desconocida, siempre mensajera del calor y de los presagios más oscuros, me acompaña las primeras horas de la tarde. En vano intento dormitar mientras el volumen de su metálico cri-cri asciende a rachas, como olas que se rompen hasta desaparecer durante unos minutos. Creo que solo callan para reponer fuerzas, pues enseguida regresa, corregida y aumentada, su loca sinfonía. Como ejércitos al acecho, se esconden entre las ramas de las moreras y los plataneros que dan sombra a la calle, y solo parece silenciar su orden de ataque el cansino jadeo del autobús. 


Itziar y Alejandro en el nacimiento del Ebro (Fontibre)

Me tumbo sobre el lado izquierdo, el del corazón, el que convoca a las pesadillas, dando la espalda a la ventana y a sus amenazas, y juego a componer un texto a base de retazos, de materiales de derribo, como si se tratara de una labor de patchwork. Porque estos dos últimos meses he sido incapaz de coger el cuaderno y disfrutar con el mero hecho de escribir. Lo llevo a todas partes y guardo entre sus hojas cuadriculadas recibos del banco, avisos de convocatorias del colegio, fotocopias… Y cuando lo abro para descargar el peso del macuto, encuentro las últimas y desordenadas anotaciones del mes de mayo sobre los cuervos y su graznido. Después, el vacío blanco y delator…

Picos de Europa (Fuente Dé)


El calor y las cigarras invocan imágenes y sensaciones que solo recuerdo estos días de verano. Me acuerdo de la terraza de Caramuel con los toldos bajados y meciéndose con el aire caliente, mi madre haciendo punto en la terraza con las piernas estiradas, cruzadas a la altura de los tobillos. Llega hasta nosotros un olor como de trapos quemándose y al final de la calle, sobre los tejados abigarrados de las chabolas, asciende una columna de humo negro.. Y los documentales de la guerra, con dos o tres cadáveres debajo de un pino, en blanco y negro, con las cigarras como agobiante banda sonora… 

Al concierto desacompasado de las cigarras se suman hoy los lamentos terribles de la vecina. Al principio era como el zureo desgarrado de una enorme paloma, hasta que Itziar me aclaró que aquellos gritos no procedían de ningún animal herido, sino de la garganta aterrorizada de una mujer que vive en el portal de al lado, que se pasea por la terraza cono un lobo enjaulado vistiendo una especie de camisón, mientras estruja entre sus manos una tela y se mesa los cabellos. El calor parece agudizar sus temores, es como si le persiguieran recuerdos o visiones del horror, como si viviera inmersa en un mundo de pesadilla. 


Fontibre

En este tiempo de la siesta, los minutos se convierten en horas y el reloj se detiene. Cierro los ojos con la vana esperanza de descabezar un sueño y así esquivar las reclamaciones de Sara y Alejando, a los que la temperatura no parece afectar. Oigo sus carreras por el pasillo, cómo cuchichean algo incomprensible cuando se aproximan a la puerta de nuestra habitación, y al igual que los indios ante una víctima propiciatoria, me lanzan sus flechas cargadas de exigencias.

-. ¿Por qué no vamos a la piscina? Podemos coger las bicis, el patín, el cubopala (esta es Sara). ¡Lo prometiste!

Me libero de ellos con un rabotazo más o menos destemplado, sabiendo que sólo detendré su ataque momentáneamente, que sus reclamaciones y exigencias seguirán allí, tan acusadoras como la inactividad y pereza que me atenazan, y que Carmen no deja de reprocharme. 


Mirador de Piedras Luengas (Montaña Palentina)

Pero me empecino en ensamblar escenas y sensaciones dispares, en rechazar un discurso lógico, coherente.

Desde el mes de mayo, el cuerpo me pedía recordar de alguna manera el cierre de la bolsa de La Serena, aprovechando que en julio se cumplía su 75 aniversario. En ese sentido, orienté mis lecturas de entonces, aderezadas con las sugerencias tomadas de los correos que me enviaba mi amigo Juan Casco Solís que, conociendo mi estado de letargo, tan pronto me hablaba de Arthur Machen, los ejércitos celestiales y el peso del “Diccionario infernal”, de Collin de Plancy, en la redacción de “Oficio de tinieblas 5”, como de las memorias de Cela, donde narra sus aventuras por los alrededores de La Serena, en las últimas y demenciales semanas de la guerra civil. 


Potes

Ante el desbarajuste emocional que supuso la desaforada confirmación de Itziar y los sucesos que se desencadenaron a continuación, me impuse, no sé muy bien porqué, la obligación de releer “Oficio de tinieblas”, que pude recuperar cuando estuvimos en el Pantano el primer fin de semana de julio. La tarde de ese sábado, fuimos a bañarnos a la Isla del Zújar. Sentado en la orilla, frente a la vía cortada y con la silueta de los eucaliptos al fondo que, difuminada por la calima, se asemeja a un perro gigantesco con las fauces abiertas, comencé a verlo claro. En el corazón de la península de los Caserones, el mismo escenario donde se desarrollaron los acontecimientos de los que estos días se cumplen los 75 años, enfrentamiento tan sangriento como inútil y, lo que es incluso peor, tan olvidado por unos y por otros, convertido hoy en una zona de recreo y esparcimiento, comprendí el absurdo de mi insistencia en el asunto. Y la inmersión en el universo tan demencial como humano de la novela de Cela no me hizo sentir mucho mejor. 


Vistas desde los apartamentos Fargo

Julio transcurría despacio y plomizo, con sus tardes eternas y vacías, con menos calor que el habitual, pero con mucho más que el vaticinado por algunos. Nos acostumbramos a combinar el logopeda de Sara y la piscina del polideportivo de Aluche, transformada por las circunstancias en una festiva reunión de la organización de estados americanos. De vez en cuando, a última hora, nos dejábamos caer con las bicis por el parque de las Cruces, o nos pegábamos una andana de campeonato hasta Madrid Río, una auténtica maravilla por la noche, con sus terrazas junto a la Estación del Norte. Si el trabajo se lo permitía, Carmen le daba un empujón a la tarea de recopilar material para uno de los dos capítulos del libro que le encargaron. Pasaron los días, fuimos a Acebedo a ver a Alejandro, entreteníamos las horas de ocio como buenamente podíamos, llegaron los mayores del campamento y preparamos el viaje a Proaño.

Torre de Proaño

Una noche lluviosa y desapacible de esta Semana Santa en el Pantano, mientras tomábamos algo alrededor de la mesa camilla con la prima Mari Cruz, Pepe, Antonio y Rosa, salió a relucir Proaño y un viaje que hizo Mari Cruz con unos amigos hace más de 20 años por el norte. Proaño es una aldea de Cantabria, muy cerca de la estación invernal del Alto Campóo, donde se levanta una torre señorial del siglo XIII, que ha pertenecido desde entonces a la familia de los Ríos, a su rama santanderina. El abuelo de Carmen y su tío José Luis (padre de Mari Cruz) dedicaron muchos años de sus vidas a investigar en archivos y bibliotecas el origen y las vicisitudes del apellido de los Ríos, y el fruto de tanto esfuerzo es un manuscrito de más de 200 páginas donde se recogen los avatares de la familia y de sus diferentes ramas. El tío José Luis le dio una copia del mismo a Carmen que, con 14 o 15 años, tuvo la ocurrencia de elaborar un gigantesco árbol genealógico con los datos tomados del texto. Como por estas fechas Itziar suele pasar unos días en Villorquite, que está relativamente cerca de Proaño programamos una visita a la torre, que pudimos hacer por fin el fin de semana del 3 y 4 de agosto, y tributar así un recuerdo a José Luis, a quien tan unida estaba Carmen. 

Sara y Alejandro. Al fondo, los Picos de Europa

Como es natural, Carmen estaba entusiasmada con la idea, así que se puso en contacto con Jesús Martín de los Ríos (rebautizado como “el primo Jesús”), el actual propietario de la torre, fotocopió algunas de las hojas del manuscrito que hacían referencia a Proaño, y concertamos una visita para el sábado 3 de agosto.

Salimos de Madrid el viernes por la tarde con dirección a Potes. La rapidez con la que hicimos la reserva en los Apartamentos Fargo, nos impidió caer en la cuenta de que la aparente proximidad en el mapa entre Potes y Proaño, al encontrarse las dos en el corazón de Picos de Europa, no era tal si teníamos que trasladarnos en coche con ciertas garantías de seguridad. Al final, nos liamos la manta a la cabeza, nos apretamos más de 500 kilómetros, pues tuvimos que subir hasta Torrelavega, para bajar luego hacia Unquera, Panes, desfiladero de la Hermida, terrible a las doce de la noche, y llegar agotados a Ucedo, un pueblecito a dos kilómetros escasos de Potes.



Madrugamos el sábado, volvimos sobre nuestros pasos, pasando y repasando el Deva, con los cortes espectaculares del desfiladero, y llegamos poco antes de las doce a Proaño, muy cerca de Reinosa, donde habíamos quedado con Rosa y Antonio.

Santo Toribio

Jesús, acompañado de su hijo Carlos y su mujer Blanca, nos recibieron afectuosamente, enseñándonos no solo la torre, sino también la vivienda, un edificio del siglo XVIII habitado durante casi todo el año por Jesús, que conserva un mobiliario espléndido, parte del cual era originario de la casa y otra parte traído desde Cebreros, perteneciente a una herencia familiar. Tuvimos la suerte de ver numerosos ejemplares de la biblioteca que fuera de Ángel de los Ríos, el “Sordo de Proaño inmortalizado por Pereda en su novela “Peñas arriba”, último habitante de la torre y sus dependencias hasta finales del siglo XIX. La biblioteca también cuenta con una colección de la correspondencia que mantuvo Ángel de los Ríos con personajes como Menéndez Pelayo o el propio Pereda… La casa cuenta igualmente con una deliciosa galería acristalada desde la que se disfruta de unas vistas impresionantes de los Picos de Europa. 

Los niños intimaron enseguida con las hijas de Blanca y Carlos, a las que no tardaron en llamar primas.

-. Primas. Sí… pero muy, muy, muy lejanas

-. No tanto, responde Catalina. Muy lejanas no somos, porque vivimos en Madrid...

Nos despedimos de la familia con el compromiso de intercambiar correos y no perder contacto.

Balneario de la Hermida, en el desfiladero del que recibe el nombre, a orillas del Deva

Comimos muy cerca de Proaño, en Espinilla, y nos acercamos a Fontibre, donde se localiza el nacimiento del Ebro. De allí, bajamos a Reinosa, que en mi mente cargada de prejuicios imaginaba gris e industrial, pero la realidad vino a desbaratar dicha imagen, pues se trata de un pueblo bastante digno y cuidado. Allí comimos unas pantortillas, muy recomendadas y jaleadas por Blanca. 

Antonio y Rosa regresaron a Villorquite, y nosotros volvimos a casa de Jesús a devolver a la “prima Catalina” unas zapatillas que le había dejado a Sara cuando esta se metió en un riachuelo cerca de la casa, empapando las que llevaba.. 

Vivienda aneja a la Torre, donde nos recibió Jesús

El domingo, Rosa y Antonio tuvieron que salir precipitadamente a Ponferrada a recoger a Jorge, que un malentendido había dejado tirado en Compostela con las bicicletas con las que Héctor y él habían hecho parte del camino de Santiago. Nosotros nos acercamos a Potes, uno de los pueblos más bonitos e inaccesibles que conozco. A pesar de la dificultad de llegar a él, al mediodía era un hervidero de turistas y visitantes. (Sobre estos, quiero destacar su carácter, que tan poco tiene que ver con las maneras tumultuosas y ruidosas del típico sumakilómetros con el que te sueles topar en otras latitudes. Abunda el viajero de autocaravana o furgoneta, con su casa y enseres a cuestas, pero cuya presencia no deja ningún plástico residuo ni contaminación acústica). Vimos en la torre del Infantado la exposición sobre el Beato de Liébana, que ocupa tres de sus cinco plantas, una verdadera muestra de erudición y didactismo, paseamos por el pueblo, a esas horas próximas al mediodía prácticamente intransitable, con los intrépidos que se lanzaban en tirolina desde un puente, junto a la torre, hasta la orilla del río, unos doscientos metros más allá. Nos llegamos a Santo Toribio en el momento en que exhibían un fragmento del lignum crucis, comimos unos bocatas en unos bancos reservados a los peregrinos y, sobre las cuatro, subimos a Fuente Dé. Allí cogimos el teleférico que ascendía casi mil metros en un trayecto de lo más alpino. Los niños se entretuvieron con unas cabras, que parecían contratadas por la Consejería de Cultura de Cantabria, tan mansas y civilizadas se mostraban. Tras una larga espera, cogimos de nuevo el teleférico y, en un involuntario homenaje a las arcas de Repsol, nos dirigimos a Herrera del Pisuerga vía Cervera, haciendo una parada en Monsagro, por una carretera de curvas enloquecidas que tomamos en Potes. En Cervera dejamos a Itziar, una vez recuperado Jorge y las bicicletas.

Sara bajo un panel de la exposición que visitamos en Potes
Termino de escribir estas líneas con el canto de las cigarras de fondo. Al final, no ha sido tan difícil, parece que me reconcilio con ellas y con el verano cuando pensaba que había llegado al final de un camino sin retorno. Hoy empezamos las vacaciones. De un momento a otro llegará Carmen y cargaremos el coche. Espero dar cumplida cuenta de todo lo que nos suceda a partir de ahora.

viernes, 26 de julio de 2013

Como un sol de invierno al mediodía. Acebedo (León), 20 y 21 de julio de 2013



Embalse de Riaño, también conocido como Fiordos Leoneses
La luna, colgada de un firmamento azul y limpio, se reflejaba espléndida en la superficie esmeralda y cristalina. A medida que descendíamos por las curvas de la CL635, como si de una epifanía se tratara, nos mostraba el embalse tramos cada vez más grandes de su lecho, hasta llegar al espectáculo de Riaño iluminado. Como un paseo marítimo interior, dejaba adivinar la simetría y el ritmo arquitectónico del urbanismo al que servía de pantalla. Y por encima de todo aquello, la silueta alpina y encrestada de los Picos de Europa que, en el apogeo del plenilunio, adquiría matices fantasmagóricos, con la textura del sueño.


Alojamaiento rural "Sol del Mediodía". Un auténtico descubrimiento
Acebedo (León) C/Caldevilla, 2
Pocas horas antes, paramos a cenar algo en una estación de servicio ya pasado Venta de Baños. A nuestras espaldas quedaba el llano castellano y sus campos amarillos recién segados. Sara cenó de lujo y Carmen apuntó las señas del lugar para volver en nuestro próximo viaje a Potes.
-. Deberíamos llevar un cuaderno y anotar todas estas cosas..
Nos acordamos de nuestro amigo Pepe, libreta en mano. Al principio escribía medio a escondidas, apoyando el papel en la pierna, por debajo de la mesa: la marca del vino, el nombre del restaurante donde estábamos comiendo o del pueblo que se veía en el horizonte. A medida que ganaba confianza, ponía la agenda sobre el mantel e incluso se la prestaba a Sara para que garabateara…
Dejamos atrás el pueblo que da su nombre al embalse y, atravesando Burón y Lario, llegamos a Acebedo poco después de medianoche. Aparcamos el coche en la calle Caldevilla, 2 y enseguida salió a recibirnos Ester, la dueña de la casa rural “Sol del Mediodía”, donde habíamos alquilado una habitación. La temperatura exterior, que apenas llegaba a 14 grados, la paz que todo lo inundaba con el contorno grisazulado del Mampodre de fondo y la afabilidad de Ester que, después de las presentaciones, se dirigía a nosotros como si nos conociera de toda la vida, presagiaban un buen fin de semana, disipando las dudas que nos acompañaron durante el viaje.


Alturas del Mampodre con sus neveros
El motivo de nuestra estancia en el pueblín leonés era pasar el día con Alejandro, que llevaba acampado en los alrededores, con el resto del grupo scout Planeta, desde el martes 16 de julio. Al igual que sucediera el año anterior en Llames de Parres, los familiares de algunos niños, que se han construido un nicho en el mismo (“Rama de Padres”), habían organizado una “jornada partida” de padres consistente en una velada nocturna el sábado y un maratón de juegos la mañana del domingo, con la traca final del cocido al que nos invitaban los monitores. La idea no nos seducía ni poco ni mucho, no acabábamos de vernos jugando al pañuelo o a guerras de agua. Pero si queríamos estar con Alejandro (Itziar todavía estaba haciendo el camino de Santiago, entre San Sebastián y Bilbao, y no se incorporaba al grupo hasta el martes 23), no teníamos más remedio que transigir y pasar por el aro…
Los senderos que se bifurcan, como en el cuento de Borges
A las diez de la mañana del sábado, durante el típico desayuno a base de pan tostado, bizcocho, zumo y café, coincidimos en el salón-comedor con tres o cuatro parejas, perfectamente pertrechadas, que hablaban de hacer un tramo del Cares.
Preguntamos a Ester cómo se llegaba a la campa:
- ¿A cuál de las dos…?
No sabíamos que había otro grupo en las proximidades. Por lo visto, estaban en unos prados, a dos o tres kilómetros del pueblo. Como no teníamos nada mejor que hacer, echamos a andar y, antes de salir de Acebedo, nos cruzamos con dos coches conducidos por gente conocida:
- Si seguís el camino – nos indicaron- veréis unos coches aparcados. Allí está el otro grupo. Más adelante, hay un coche gris debajo de un poste. Arriba están los nuestros. ¿Vais a acampar?
- No, estamos aquí, en el pueblo
- !Ah, bueno...¡ Los que traen tiendas, han quedado a las cinco para plantarlas cerca del campamento… Nosotros llegamos anoche
-. ¿…?
Seguimos subiendo, sin toparnos con ningún coche aparcado
Acebedo es un pueblo pequeño, con una treintena de casas de piedra, rodeadas de impecables jardincillos y huertos, dos bares y una panadería. Los vecinos parecen competir en el cuidado y apariencia de sus hogares, pues abundan las flores adornando balcones y fachadas. En la plaza, una fuente que mana agua helada, la iglesia parroquial consagrada a Nuestra Señora de la Puente, con cierto regusto minero y, a pocos metros, el ayuntamiento, levantado en los años veinte.


Arroyo Erendia. Campa Planeta
Saliendo del pueblo, el camino se bifurca y, tal vez por pereza, tomamos el que bajaba (!y luego, subía, claro¡). En dos kilómetros, unos coches estacionados a la derecha del sendero, anunciaban la cercanía del primero de los campamentos. Nos asomamos al terraplén y, al fondo, a orillas del río de la Vega, se veían unas cuantas tiendas, y dos o tres piscinas hinchables para los más pequeños. Proseguimos con la marcha y, al final de una cuesta, bajo un poste de la luz, aguardaba el coche gris. Al fondo y a la izquierda, los picos pelados de Cuesta Rasa, Valjarto y Mediodía, con alturas entre 1900 y 2200 metros conservaban aún, a estas alturas de julio, algún que otro nevero, cuya visión ya nos había sorprendido desde la ventana de la habitación. Dejamos atrás el coche, nos quitamos las cazadoras (hasta entonces, no sobraban) y Carmen se adelantó con la cámara. Sara y yo, rezagados, nos entreteníamos viendo el paisaje, las vacas que pastaban a ambos lados del camino, las cigüeñas que surcaban el cielo con su parloteo inconfundible… Al llegar a un arroyo, que se precipitaba desde los picos, nos detuvimos, incapaces de vadearlo sin mojarnos los pies. Al poco, apareció Carmen, que no había dudado en empaparse.
-.  Por aquí no hay nada. Tendremos que enterarnos mejor, si no queremos perdernos esta noche.


Nunca viene mal un achuchón en medio del camino
Regresamos sobre nuestros pasos. Al alcanzar de nuevo el coche testigo, nos pararon tres automóviles que manejaban sendos padres del otro campamento. Durante la charla, dedujimos que los Planeta habían acampado siguiendo un camino de cabras muy empinado que nacía justo donde el coche gris de marras. Y allá fuimos, subiendo y bajando cuestas hasta alcanzar un otero desde el cual, esta vez sí, se veía el campamento. Es más: a una distancia por encima de trescientos metros, Carmen llegó a distinguir a Alejandro. Confieso que yo no fui capaz.
-. Sabes que no podemos pasarnos hasta la noche…
-. Bueno, ahora nos vamos a comer a Riaño, compramos una empanada, y la traemos a las cinco



Enormes y verdes prados
En uno de los mil juegos que tenían preparados...
Bajamos al pueblo, cogimos el coche y llegamos a Riaño en media hora. Aparcamos en la Avenida de Valdayo y encargamos una empanada, que estaría lista sobre las tres. Mientras tanto, tomamos algo en una terraza sobre el embalse, en la Plaza de Cimadevilla, junto a la iglesia parroquial y el museo etnográfico. Al marco no se le podía pedir más y nos extrañaba que no estuviera impracticable. Todo era nuevo y limpio, como de exposición…; y todo estaba vacío. Alguna pareja de extranjeros se desperdigaba por las mesas, plano en mano y macuto al hombro. Al embalse le venía que ni pintado el apodo que recibía: Fiordos Leoneses.

Y otra vez las flores por doquier y, en el hotel La Presa, apoyadas sobre una pared, rodeadas de rosales y buganvillas, cuatro o cinco bicicletas pintadas de negro, sostenían macetas de prímulas, margaritas, tagetes, pensamientos y gitanillas. Recogimos la empanada, comimos unos garbanzos con setas, calamares y gambones y sobre las cinco regresamos a Acebedo, subiendo con el coche hasta el dichoso poste de la luz.


Desde el otero



Bajando al campamento


Alejandro y Sara, la "precastora"
Madrigueras de los castores
Algunos padres se habían atrevido a acercarse conduciendo hasta el otero, junto a La Matona, desde el que divisaba el campamento. Por la mañana solo estaba el Qashcai alquilado por el grupo, con el que iban a hacer la compra al pueblo y a Riaño. Bajamos la cuesta, cruzamos el arroyo Erendia sobre unos tablones que bailaban y no sé cómo aguantaban con nuestro peso, y nos dejamos caer, como quien no quiere la cosa, y con la excusa de la empanada, en La Frecha, donde habían instalado el campamento. Vimos a Alejandro y le prometimos que volveríamos por la noche.

Para hacer tiempo, bajamos andando al pueblo por tercera vez y con gran disgusto de Sara, que no entendía cómo no hacíamos el trayecto en coche. De tanto andar (calculo que hicimos unos 15 kilómetros aquel día) y con el tiempo que disfrutábamos, nos habíamos abrasado. Tomamos algo en uno de los bares de Acebedo y charlamos un poco con Ester en su jardín. A su casa, “Sol del Mediodía”, no le faltaba ningún detalle, todos ellos escogidos con gusto. Cuajada de manualidades y cacharros recuperados, plantas aromáticas que despedían ese aroma inconfundible, como de balneario, y que aumentaban la sensación de confort y recogimiento, tanto que nos propusimos volver con Alex e Itziar más adelante, en otoño. Las parejas con las que coincidimos esa mañana en el salón, ya estaban de vuelta: eran los padres de algunos críos del otro campamento que pertenecían a un grupo scout que se reunía, antes de que lo cerraran indefinidamente, en el Centro Cultural Fernando de los Ríos. ¡Ya es casualidad!
Lateral del hotel La Presa (Riaño)

El hotel La Presa, desde la plaza de Cimadevilla
Subimos (cuarta vez) sobre las nueve, comimos unos bocadillos en el otero acompañados por tres terneros y su madre que nos observaban con desconfianza, a cierta distancia. A la hora fijada bajamos de nuevo al campa. Los padres implicados plantaron sus reales en un pequeño claro, prudentemente alejados de las instalaciones. Perfectos campistas, se habían llevado todos los archiperres necesarios para hacer más llevadera su estancia montuna.



La plaza de Cimadevilla (Riaño). !Triste y sola...¡
En La Frecha abundaban los robles y las hayas, helechos y abedules, cerezos y manzanos silvestres. A esas horas, se mezclaba el aroma dulzón de la hierba húmeda al de la boñiga, y con el sonido cristalino del Erendia saltando las rocas, nos vimos sumergidos en un ambiente de lo más bucólico y pastoril, tan relajante y entrañable como un sol de invierno al mediodía. Junto a la cocina, un avellano de mil varas cobijaba con su sombra a quien así lo quisiera.
A esta distancia Carmen fue capaz de identificar a Alejandro...
Carmen participó en la gincana prevista, a la que asistieron los monitores como simples comparsas, como si nada tuvieran que ver con el asunto, de tal manera había acaparado la atención el grupo de padres que, no lo olvidemos, eran los invitados de sus hijos. Con la noche, comenzó el frío y el cansancio de las andanas acumuladas. Sara se durmió en una silla y yo no veía el momento de que acabara la fanfarria.



Sara posando en la Avenida de Valdayo (Riaño)
A las doce y media, y gracias a que Jorge, el cocinero, se apiadó de la niña y nos acercó al coche, ya estábamos, molidos y destrozados, en la cama.


Gárgola inquietante de la Catedral de Palencia


Quemado por el sol
Aunque los actos del domingo empezaban a las diez de la mañana, nosotros teníamos que dejar la habitación, por lo que no llegamos hasta las once y media. Con todo y con eso, Sara se hartó de jugar, Carmen de hacer fotos y yo de tumbarme bajo la sombra protectora del avellano que presidía la campa. Lo que realmente queríamos, para lo que habíamos recorrido 400 kilómetros, era para estar con Alex, que nos enseñara su tienda y las cosas que habían hecho. Comimos con ellos un cocido (muy aparente, todo hay que decirlo) y cuando pudimos nos despedimos, después de que el niño nos mostrara orgulloso (no era para menos) las madrigueras (así llaman a sus tiendas) de los castores, el macutero, el tendedero, las duchas junto al arroyo e, incluso, las letrinas perfectamente adaptadas. Este era su segundo campamento, y aparte de la lógica morriña (tiene 8 años) se veía integrado y feliz, algo que nos preocupaba razonablemente. 
Junto a la iglesia rescatada de las aguas (Riaño)
Esto del “día de padres”, nuestras reticencias hacia la forma que tienen de plantearlo, y no me refiero al kraal o monitores, si no a la rama paternal que ha monopolizado el asunto con la mejor de sus intenciones, resulta a todas luces una batalla perdida de antemano. En mis años de scout la cosa era más sencilla: te visitaban los padres en el campamento, les mostrabas orgulloso las tiendas y comías con ellos allí o en los alrededores. Aprovechabas para ver lugares que, de otra manera, no podías ver; si no venían los tuyos, te acoplabas con otra familia (o al revés), y se dejaba a los monitores unas horas de merecido descanso. El año pasado Alejandro no llegó a visitar Ribadesella o Cangas, y este año le pasará lo mismo con Riaño



En la plaza del ayuntamiento palentino
La intención de Carmen era parar en varios sitios de camino a Madrid, pero la villa romana de La Olmeda, cerca de Saldaña, ya estaba cerrada y el cielo amagaba tormenta. Entramos en Palencia, una ciudad y provincia que hasta hace pocos años me resultaban completamente desconocidas, hasta el punto de preguntar, medio en guasa, medio en serio: “Pero… ¿Palencia existe?” Tuvimos la suerte de cruzar las puertas de la iglesia de San Miguel cuando estaba terminando la misa y el sacerdote transmitía a los fieles allí congregados un mensaje del obispo que, ante la proximidad de la festividad de Santiago Apóstol, y teniendo en cuenta que este año era laborable, aconsejaba a los “patrones” [sic] que permitieran a todos los que se dedicaban aquellos días a las labores de la siega [sic] a asistir a los oficios religiosos [y sic]. Era como hacer un viaje en el tiempo hasta una Castilla inmóvil, detenida, orgullosa y sorda, en algún momento indefinido de la Historia.
Palencia. Plaza del Ayuntamiento
La ciudad en si nos decepcionó. No había padecido los estragos de una guerra o de una catástrofe natural, si no algo infinitamente peor: los despropósitos de un urbanismo descerebrado y un tanto psicópata. A muy pocos metros de la Catedral, con sus gárgolas sobrecogedoras, se levantan unos edificios que destrozan el entorno de forma imperdonable. Alguna calle (como la del casino o la plaza del ayuntamiento) conserva todavía ese encanto provinciano tan característico pero, a falta de una visita más detenida, son bastante pocas.
Volvimos a Madrid con un buen número de imágenes y sensaciones impresas en la memoria, con el gusto de dejar Alejandro en mejores condiciones que el año pasado, esperando la llegada de las vacaciones y del próximo viaje.


Esquinazo del Casino
P. D. Agradecemos desde aquí a Kike, Alberto, Rasti, Carlota, Jorge, Dudu, Arco, los chavales "de prácticas" y al resto del Kraal el esfuerzo invertido en la organización y buena marcha de este campamento 2013, así como en acompañar a los niños en esos momentos de inseguridad y "penita". A Ester, por su hospitalidad y cercanía, de las que tan escasitos andamos últimamente. Y pido perdón por los errores que haya podido cometer en la identificación de localizaciones: ya va siendo hora de seguir el buen ejemplo de Pepe y meter en el bolsillo libreta y lápiz...


La felicidad...

sábado, 29 de junio de 2013

Bajo las alas del cuervo

 “Pálidos miedos comparados con los que experimentan todos los niños en la oscuridad de sus lechos, sin poder confesárselos a nadie en la esperanza de ser comprendido, a no ser a otro niño. No hay terapia de grupo, ni psiquiatría, ni servicios sociales de la comunidad para el niño que debe hacer frente a eso que todas las noches está en el sótano o debajo de la cama, a eso que acecha, se mueve y amenaza detrás del punto donde la visión se acaba. Y noche tras noche hay que librar la misma batalla solitaria, y la única cura es que al final las facultades imaginativas terminan por anquilosarse, y a eso se le llama ser adulto.” Stephen King, Salem’s Lot, 1975


La otra noche soñó Alejandro con el Pequeño Vampiro. Allí estaba Rüdiger, en nuestra casa que, a la vez, era el colegio y mi hijo, convertido por arte de birlibirloque en un nuevo Anton, disfrutó tanto de aquel momento que, al día siguiente, nada más levantarse, le faltó tiempo para contármelo con todo lujo de detalles. No contento con ello, volvió a la carga por la tarde, y hablamos largo y tendido de los sueños, asunto que, por otra parte, me apasiona; de cómo se sirve de ellos la mente para descansar mientras procede a una ordenación de la información almacenada durante el día; de esos sueños que nos traen a los que ya no están y de los que despertamos dulcemente; o de aquellos otros que nos sumergen en una angustia que ahoga y de la que no podemos huir…. El niño fijaba la mirada en algún punto del vacío, signo inequívoco de que iba a proceder con una batería de preguntas que venía acariciando horas antes. Hasta entonces nunca había manifestado la menor curiosidad por ese mundo que habitamos mientras dormimos, por lo que no tardó en recuperar el tiempo perdido. ¡Y de qué manera! Yo respondía a su interrogatorio como buenamente podía intentando, por un lado, calmar sus inquietudes quitándole hierro al hecho de soñar, pues me daba cuenta de hasta qué punto le había afectado el asunto; y, por otra parte, de forma un tanto irresponsable, animándole, ma non troppo, a explorar ese terreno de lo irreal y fantástico a modo de entretenimiento y escape. Por la noche, cenó a toda velocidad, se duchó, y se metió en la cama cuando apenas habían dado las nueve. “¿No es un poco pronto, Alejandro? ¡Aún es de día!”, le pregunté un tanto extrañado. Con la mayor naturalidad, me respondió: “Así duermo más horas y, a lo mejor, sueño con Doraemon”.




Siempre hemos cultivado, Carmen en bastante mayor medida que yo, ese mundo de magia e ilusión que rodea a los niños. Debo confesar que a mí, en determinadas ocasiones, como las navidades, sus cumpleaños y otro tipo de celebraciones, llega a agotarme físicamente mantener tanta tensión, pero, al cabo, participo en el jolgorio de mejor o peor gana y en la medida de mis posibilidades. Quedan en la historia familiar aquella bruja que se escondía en un armario del piso de mis suegros y a la que el abuelo Fernando logró arrebatarle hace años un jirón de su vestido. O la casa de los tres cerditos completamente arruinada por las fechorías del lobo, uno de los primeros hitos que hay que superar si queremos alargar un tanto los paseos en el Pantano….

Algunos de los educadores que han estado a cargo de nuestros hijos insisten en el carácter infantil e inmaduro que comparten los tres. Nos cuesta trabajo entender cómo es posible que unos niños, carne de guardería, comedores escolares y “horas extendidas” desde los cuatro meses de edad que, al contrario que la inmensa mayoría de sus compañeros, no han gozado de la entrega sin límites de sus abuelos, y que han visto a sus padres trabajar como mulas dentro y fuera de casa, sean tan infantiles e inmaduros como nos aseguran.

Habría que aclarar qué se entiende por madurez en una sociedad que contrapone este concepto al de ingenuidad, de manera que la inmadurez y el infantilismo se caracterizarán por la simpleza, la facilidad de ser engañado, la ausencia de malicia, astucia o doblez al obrar, la inocencia, la sinceridad y carencia de malas intenciones.


Es cierto que, como acabo de decir, hemos alimentado en no poca medida ese mundo mágico que no nos parece mal visiten con frecuencia, como también es verdad que siempre procuramos que tengan seguridad en si mismos, en el mundo y en la gente, sobre todo en la más cercana a ellos, y que valoren, además de lo propio, a las personas,  no en función de qué beneficio puedan obtener de ellas, si no en virtud de sus principios y del ejemplo que ofrecen. Es una tarea muy difícil, ya que a menudo hay que sustraerse del ambiente que nos rodea que muy poco ayuda.

En este empeño siempre hemos depositado toda nuestra confianza en aquellos profesores y personal no docente que durante ocho horas diarias tienen en sus manos la educación y el cuidado de los niños. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a Enriqueta y Conchi, Susana, Marta y Adolfina, Sergio, las dos Encarnas, Manolo y Gema, Sandra, Jesús, Virginia y Mª Carmen, Nieves, Elena y Esperanza… Todos ellos supieron ver más allá de las apariencias y los gestos de los críos, encauzando su energía, descubriendo sus potencialidades, corrigiendo sus defectos o advirtiendo sus temores para poder disiparlos, al tiempo que les transmitían conocimientos y, lo que es más importante: las ganas y la curiosidad por adquirirlos.

El fruto de su trabajo ahí está, y guardamos hacia ellos el afecto y el agradecimiento más sincero. Dedicados a la siembra y cultivo de una serie de valores muy poco cotizados hoy en día, como el esfuerzo, la integración, el optimismo, el respeto a la diferencia, la curiosidad y admiración por el mundo en torno…, reflejaban en todos y cada uno de sus actos la vocación propia del maestro. Esta palabra tan grande, tan cargada de significado: Maestro, está siendo sustituida hoy por la de educador, ambigua y extraña, cajón de sastre y arma de doble filo, cuando por experiencia profesional o perfil vital aún no se está a la altura de tan excelso papel.



Porque de arma letal podemos calificar aquellas artimañas, las de algunos educadores que, no contentos con renunciar a guiar al alumno en el aprendizaje y en la adquisición de las herramientas que tan útiles le serán en la vida, vuelcan todo su afán en ahondar en sus debilidades, para apartarlo del grupo, o en segar con violencia aquellas actitudes o inclinaciones, no estrictamente académicas, que le hacen destacar por encima del rebaño. Son unos auténticos maestros, pero de la exclusión y de la segregación, alrededor de los cuales gira necesariamente todo un enjambre de psicólogos, y psicopedagogos que en ocasiones les proporcionan el argumentario imprescindible para justificar todas las torpezas que tienen ocasión de  perpetrar a diario.

Recientemente tuvimos una experiencia difícil de calificar a raíz de una gamberrada infantil que había cometido Itziar. Tan grande fue para nosotros el impacto recibido, por lo inesperado, arbitrario e incomprensible, que pasamos un fin de semana toledano, de esos que no se olvidan fácilmente. Carmen, con su cabeza siempre más ordenada y metódica, no tardó en racionalizar el asunto, haciendo acopio de datos que avalaban no solo la falta de apoyatura legal de la medida adoptada (nada más y nada menos que una expulsión del centro), sino también el repudio que inspiraba entre los expertos en la materia. Pero de nada sirvió. Lo que se perseguía con la sanción era precisamente  la eliminación social, el apartamiento momentáneo de la víctima del grupo al que pertenece justo en la edad en que tanto se valora la opinión que los demás tienen de uno mismo. Es decir: la más descarada humillación.

Podemos atribuir tal decisión, con el ánimo de sortear todo conflicto, a la inexperiencia (y consiguiente inseguridad) de quien tuviera la potestad de escoger la sanción más adecuada a la falta cometida… teniendo en cuenta que en un contexto escolar el castigo no busca reprimir conductas sino encauzar comportamientos. El caso es que, a medida que avanzaba la regañina, (pues me citaron, no para consensuar la sanción más adecuada, dentro de la tradicional llamada a la colaboración de los padres con la escuela, sino solo para rubricar una decisión inapelable), se inflamaba su discurso, se multiplicaban los improperios, alusiones a denuncias anónimas y argumentos contradictorios bajo la comprensión hacia nuestra dificultad para educar correctamente a los niños. Y en un discurso que se decía  y desdecía con pasmosa soltura, afloró por fin aquello que convertía un delito aparentemente trivial en un comportamiento  intolerable y preocupante: el don de gentes de Itziar (“haga lo que haga tu hija, a la que tenemos, por otra parte, un gran cariño, le seguirán todos los demás, y eso no podemos consentirlo”) y su defensa a cualquier precio de una reivindicación reclamada por sus compañeros y de la que la niña no se iba a beneficiar pues no le interesaba lo más mínimo, pero que estaba obligada a defender en su calidad de delegada y representante de sus compañeros.

Era inevitable nuestra perplejidad ante lo que no podíamos valorar más que como una reacción violenta y algo primitiva ante el  temor de que se tambalee un mundo de adulación y ciego seguidismo que, consciente o inconscientemente,  termina por edificar una visión así del mundo. Como afirma Plutarco: “El hombre supersticioso teme la tierra y el mar, el aire y el cielo, las tinieblas y la luz, el ruido y el silencio: teme hasta los sueños

Sea como fuere el daño ya está hecho. Yo apenas acabo de salir del marasmo. Porque por encima de esa mezcla, desgraciadamente muy común hoy en día, de inexperiencia e inseguridad, se veían las negras alas del saqueador de conciencias, de ese cuervo empeñado en abortar cualquier atisbo de diferencia, en desgarrar todo conato de cuestionamiento de la arbitrariedad impuesta, ofendiendo no solo a la razón, si no poniendo en entredicho los más altos principios, con la apelación a rumores e infundios que se prestan a  tergiversaciones… dicho sea en un plano abstracto y desde el más profundo respeto.

Sin duda su intención era acelerar la entrada en la madurez de la educanda. Pero probablemente sin quererlo han pisoteado su ingenuidad (no olvidemos que ingenuidad también es sinónimo de libertad y se opone a esclavitud y servilismo), dificultando su  acceso a la madurez de la mano del tiempo y la experiencia adquirida, como es lo deseable. De momento, y como primer éxito de gestión, han conseguido confundir, en una mente en plena formación, acción de la Pastoral (loable en si misma, pero independiente de la acción docente) con actividad académica (guiada por  criterios pedagógicos y nunca doctrinales), ahondando un poco más en la dificultad que cualquier adolescente tiene para diferenciar ambientes distendidos (lo denominan así) de vida escolar. Por todo ello no puedo evitar que me venga a la cabeza aquella famosa cita  bíblica "!Ay de quien escandalice a estos pequeños, más le valdría no haber nacido¡".

Con planteamientos así no veo que se pueda establecer ningún puente ni valen medias tintas. Tampoco cabe aquello de "el mejor desprecio es no hacer aprecio", ni diplomacia, ni mucho menos elegancia.  Entablar un diálogo con quien solo acepta lo que piensa poder imponer a la fuerza es ridículo, un vano esfuerzo. Como bien dijo Churchill a Chamberlain cuando éste aprobó la invasión de los Sudetes por Hitler, con el estúpido objetivo de apaciguar a la bestia: “Te han dado a elegir entre el deshonor y la guerra. Elegiste el deshonor, y tendrás la guerra” Bastante clara tenía la bestia su meta y se perdió un tiempo precioso (y millones de vidas) en filigranas y puentes que una de las partes jamás tuvo intención de cruzar.


Por suerte en esta ocasión soy consciente de ser tremendamente exagerado (y me tranquiliza constatar que el centro por el momento no dispone de duchas ni de jabón). Sin duda el humor es una salida más inteligente que el conflicto cuando el individuo se niega a renunciar a la razón. Clasificaré este post en la categoría de Desahogos y no en Personal. Espero no terminar siendo esclavo de mis palabras.