jueves, 3 de noviembre de 2011

Consideraciones sobre la "Memoria Histórica"


"El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo, perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón—. Dante diría per il lago del cor" (José Ortega y Gasset: El espectador, II, "Azorín: primores de lo vulgar")

Eludir cualquier intento de trascendencia; abandonarse a la cómoda inconsciencia para evitar plantearse cuestiones dolorosas; huir de la objetividad, de la realidad, del análisis y la reflexión para perderse en el intrincado bosque de las sensaciones que solo proporcionan espejismos... son actitudes perfectamente comprensibles, por humanas, pero chocan con la lógica y la razón, a las cuales el hombre nunca debería renunciar.

Venimos asistiendo durante bastantes años, pero con mayor fuerza, proyección y efecto mediático desde mediados de los 90, cuando se comenzó a albergar la sospecha vehemente de que las urnas podrían desalojar al PSOE del poder, a un proceso complejo y magistralmente programado de reconstrucción de la historia conocido como Memoria histórica. Auspiciada por organismos públicos a escala nacional, autonómica, provincial y local ha provocado una enorme polémica en pro y en contra, aunque se echa en falta un análisis de conjunto del fenómeno.

Ahora, solo quiero dedicarle unas lineas, sin perjuicio de ahondar un poco más en el futuro.

Memorare. Oración de intercesión a la Santísima Virgen. La versión común dice: "Acordaos [memorare], oh, piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir, que ninguno de los que han acudido a vuestra protección implorando tu auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de la vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén."

El mero enunciado de la cuestión, encierra una contradicción insalvable, puesto que memoria y recuerdo, términos que en su etimología están vinculados a lo sentimental y subjetivo, y cuyo campo de acción no debería sobrevolar la poesía, casan mal con la historia, ámbito donde tiene que primar el análisis objetivo de los hechos y el frío contraste de los testimonios. Pero a medida que se abandonan los principios objetivos que han de guiar la convivencia, gana terreno lo emocional, donde tienen su asiento la confusión y la distorsión. Como en la oracíón a la Virgen, practicar la memoria (histórica) es un ensalmo, obra maravillas, además de avivar las conciencias e identificar (y destruir) a los responsables de nuestras miserias.

Contradicción, taumaturgia..., y proceso de proyección en virtud del cual los auténticos descendientes ideológicos de uno de los bandos, con el que comparten (o han compartido hasta ayer) siglas, himnos, símbolos, objetivos, héroes y mártires arrojan sobre el enemigo (ya no adversario) político una declaración de herederos del vencedor que jamás han reclamado.

La guerra es la guerra

Un extremo del asunto queda meridianamente claro: la no aceptación del resultado final de un enfrentamiento. Esto denota cierto grado de inmadurez y de infantilismo por parte, no de aquellos que protagonizaron los hechos, sino de sus nietos. Me explico.

La guerra es el último recurso del que hay que echar mano cuando todos los demás han demostrado su inutilidad en la resolución de un conflicto. Parece evidente que los momentos que atravesaba España en los años 30 no daba pie a una solución alternativa, ya que las vías liberales de convivencia y de entendimiento no se querían transitar, y resultaba más atractivo (y moderno) abandonarse a las prácticas totalitarias de uno u otro signo. ¿Quién empezó la guerra? Poco importa cuando ambos parecían anhelarla, ya que se había llegado a tal grado de encanallamiento que resultaba insufrible la mera existencia física de quien defendiera postulados políticos diferentes.

Aquellos que participaron activamente en la guerra debían aceptar las reglas del juego y el órdago que supone una contienda entre hermanos, saber que no hay vuelta atrás, que no valen enmiendas cuando te lías a garrotazos con el vecino. Y creo que así fue, que una vez finalizada la guerra, la gran mayoría de los vencidos que permanecieron en España asumió, de grado o por fuerza, su derrota, con todo el sufrimiento y el dolor que acarrea, porque la guerra es la guerra y, si la pierdes, sabes a lo que te expones.

No hubo clemencia ni ley

En el mus y en el tute se puede dar la revancha al terminar una partida. La revancha de una guerra es ampliar, alargar la inicial con su cohorte de destrucción, hambre, miseria y muerte. Exigir legalidad y trato justo no deja de ser palabrería bienintencionada aunque un tanto hipócrita, porque el vencedor siempre aplicará su legalidad y su justicia, no muy distinta de la que hubieran aplicado los contrarios de haber ganado la partida. Y, no debemos olvidarlo nunca, ninguno de los bandos en liza se podía caracterizar de demócrata y amante de las libertades, tal como lo entendemos hoy en día, pues es el marco en el que vivimos y gracias al cual hemos alcanzado cierto nivel de desarrollo.

Y hablar de número de persequidos, encarcelados, represaliados y fusilados no deja de ser una maniobra para eludir el meollo de la cuestión: se trataba de una guerra, no de un juego de niños. Aunque esa maniobra tan cómoda tiene un punto de perversa cuando se pone a la misma altura, en la categoría de las víctimas, a auténticos inocentes (cuya desaparición es justo y necesario denunciar) y a asesinos y psicópatas por todos conocidos.

Quiero dejar claras estas premisas:

1. Estamos hablando de una guerra civil, no de un certamen floral, aunque el gobierno republicano, usando todo tipo de tácticas bélicas, no declarara la guerra hasta casi el final de la misma.
2. Ninguno de los bandos contendientes representaba o defendía un estado de derecho; más bien perseguía una forma autoritaria de gobierno
3. De lo que se deduce que tomar partido por uno u otro equivale a abrazar una ideología totalitaria e inaceptable hoy en día, y supone hacer política con un pasado que no hace más que reabrir heridas en quienes directamente lo padecieron y optaron por el olvido y la asunción de las miserias propias y ajenas para seguir viviendo. Para eso sí vale la memoria, puro mecanismo de defensa: para suavizar el sufrimiento.
4. Como conclusión: el único régimen político aceptable desde principios del siglo XIX, en la mente obnubilada de estos memorialistas, quitando el breve e igualmente convulso Trienio Liberal, sería el representado por la II República. Y cuando claman por la instauración de la Tercera, no piensan más que en resucitar aquella, como si no hubiera solución de continuidad.

Algunos ejemplos



La memoria histórica, al apelar al sentimiento y a la emoción, se nutre de imágenes fuertes, sensibles e impactantes. Entre otras, recurren de ordinario a las fosas comunes y a los campos de concentración (los más audaces, hablan de auténtcos campos de exterminio).

En cuanto a las primeras, la vocación de topo de estos colectivos les ha llevado en muchas ocasiones a desenterrar restos humanos que, ni de lejos, se correspondían con lo que ellos esperaban hallar. Se pudo dar el caso, seguramente, de paseos posteriores al fin de la guerra, pero la legalidad que confería al vencedor el mero hecho de ganar una guerra, dudo mucho que hiciera necesario el recurso masivo a ese expediente. En caso de ser cierta la multiplicación de estos asesinatos indiscriminados, ¿se podría achacar a una falta de control de las autoridades, como, dicen, sucedía en la retaguardia republicana con la represión espontánea a manos del pueblo?. Con publicar en el Boletín Oficial del Estado la lista de desafectos y fusilarlos a continuación tras juicio sumarísimo, se conseguía un doble objetivo: imponer la paz del vencedor e infundir el suficiente terror entre los tibios.

Si hablamos de los campos de concentración, campos de exterminio, tres cuartos de lo mismo: de instituciones penales de corta vida (no debieron durar más de dos o tres años, como media), donde se recluía a decenas de miles de soldados (todo el ejército popular que no pudo - o no quiso - huir) y se distribuían a otros centros según el grado de responsabilidad establecido por la justicia vencedora, han pasado a ser laboratorios donde se practicaban las técnicas de eliminación física que tanto éxito tendrían años después en Treblinka o Dachau. Da igual que sea verdad o mentira. Se ha repetido por activa y por pasiva. ¿Les parece poco triste que el hacinamiento, las enfermedades y el hambre produjeran una mortalidad elevada en esos campos? ¿Hay que recurrir a la mixtificación y al morbo para infundir más sufrimiento al lector-espectador, que ya es consciente de que muchos de los que de allí salían serían fusilados y el resto tuvo que sufrir penalidades?

Lo cierto es que la memoria histórica ha resultado ser un arma arrojadiza de primer orden en cualquier debate político y ha enmarañado de tal manera los estudios de historia española contemporánea, que lo que comenzó siendo una de tantas técnicas de agit-prop típicas de la izquierda, se ha convertido en un handicap que lastra cualquier aproximación a la historia más reciente.

Post scriptum. Hoy mismo, leo en el blog de Manuel Barragán Lancharro que el grupo socialista en el Ayuntamiento de Castuera le ha lanzado unas duras andanadas por las Jornadas celebradas en la localidad el 17 de septiembre y en su momento comentadas aquí mismo, mostrando bien a las claras el alcance y la finalidad de la memoria histórica.

1 comentario:

A. Manuel Barragán-Lancharro dijo...

Totalmente de acuerdo con tu artículo.
Menuda recopilación de cartelería que demuestra que un tema recurrente en la política actual.
Ojalá llegue el día que este tema se despoje de la propaganda.
Saludos