“Las
culturas no pueden existir sin memoria, pero tampoco sin olvido. Mientras que
la Biblioteca se obstina en recordarlo todo, la Librería selecciona, desecha,
se adapta al presente gracias al olvido necesario” (p. 300)
El
establecimiento de puentes entre el autor de un libro y el lector al que va
destinado resulta una auténtica obra de ingeniería que en muy contadas
ocasiones se ve recompensada con el éxito. Se trata de aunar disposiciones y
entusiasmos, de hacer coincidir intereses que den lugar a esos contactos tan
fructíferos y fascinantes que se pueden contar con los dedos de una mano y
conservar en la memoria del que lee. Si concebimos la lectura como un diálogo,
tienen cabida esas palabras de Fray Martín Sarmiento: “La elocuencia no está en el que habla, sino en el que oye… si no
precede esa función en el que oye, no hay retórica que alcance”
Ya
que al escritor se le escapa la infinidad de gustos e inclinaciones que se
ocultan en lo más íntimo del posible comprador de su obra, no le queda más remedio, de no
querer abandonar la senda de la integridad y de la honradez, que escribir sobre
aquello que de verdad le apasiona, lo que a buen seguro le reportará el
beneficio del hallazgo de un lector tan hechizado como él.
No
otra cosa hacemos los que leemos cuando lo hacemos por placer: elegir aquél
asunto que nos sirva de momentánea evasión, o volver de nuevo (siempre hay que
volver) a aquellos libros olvidados, pero que nos trasladan a esos instantes,
fugaces en el recuerdo, en que mantuvimos con ellos una estrecha e irrepetible relación.
¿Resultaría
descabellado afirmar, retorciendo la anotación de Sarmiento, que la retórica
estalla cuando el que lee (o escucha) se tropieza con aquellas palabras que a
él mismo le habría gustado escribir (o pronunciar)?
Porque
a mí me ha sucedido, entre otras, con “Librerías” (finalista del 41º Premio
Anagrama de Ensayo 2013) de Jorge Carrión (Tarragona, 1976) desde que me
tropecé con ella, durante una visita que hicimos con los niños a “La Central”
de Callao estas navidades. Incluso antes de leerla, mientras aguardaba su turno
en la montonera correspondiente, intuía que no se trataba de un libro más, de
un necesario cambio de aires que me permitiera retomar con más energía el plan
de lectura que tenía marcado y que pocas veces llego a cumplir.
“Librerías”
es, ante todo, una obra en marcha, abierta, inacabada e interminable, por la
misma dificultad de agotar el tema tratado. Su propia naturaleza marca la pauta
e imposibilita aproximarnos a un resumen o comentario del mismo: libro de
viajes, recopilación de alusiones a las librerías en la literatura, el cine y la televisión, homenaje a
iconos literarios (Joyce, Borges, Bowles...), memorias o biografías de libreros y
editores, como Sylvia Beach, reflexiones sobre el mercado del libro, retos a los que se enfrenta
en este mundo digital y cambiante, testimonio personal de una vida de lector e
incansable visitante de librerías a todo lo largo del planeta…
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Librería Shakespeare and Company |
Si se pudieran sumar a sus páginas las experiencias que cada lector ha ido acumulando en su relación con el libro y las librerías, con el libro y las librerías como escenario narrativo, con el libro y las librerías tal como fueron, son y deberían ser, con el libro y las librerías como entidades soñadas, imaginadas o presentidas, nos enfrentaríamos a un trabajo que se acercaría a (y solo tendría sentido en) ese mundo de innumerables conexiones y vínculos, de enlaces y puentes que es Internet y sus posibilidades.
Sería
absurdo ensayar un catálogo de los establecimientos que reseña Jorge Carrión en
“Librerías”, de los movimientos intelectuales que tuvieron su parada y fonda, y
su cobijo, en París o Tánger, en Londres o en Marrakech,
estimulados por este o aquel librero. Basta con abrir el volumen y dejarse
llevar por las impresiones que anotó el autor, viajero incansable, en su
moleskine (de papel o digital):
“…cuando
Goethe viajaba por Italia sus visitas de [sic] las librerías formaban parte del
continuum
espacial que configura todo
desplazamiento, junto con las iglesias, las ruinas, las casas de eruditos, los
restaurantes o los hoteles. Tanto el viaje como las librerías han estimulado la
agorafilia desde siempre” (259)

Porque
ya queda dicho que también es un libro de viajes, de un viaje sin fin arrastrando una maleta, o sentado frente al
monitor de un ordenador, pero tomando el viaje, el tránsito, como una forma,
bastante costosa eso sí, de adquirir conocimiento.
“…
la esencia del turismo es el eco y una librería clásica, con su pátina de
antigüedad, debe aparentar cierto desorden, la acumulación de estratos que le
vincula con lo que el tópico identifica con la Gran Tradición del Saber: ese
caos aparente que va revelando su orden” (244)
“En
la democracia se multiplica exponencialmente aquel sueño de los trovadores: que
la pertenencia del lector a las comunidades de mayor excelencia de su época
dependa de su cultura, de su formación, de su capacidad artística, y no de su
poder adquisitivo o de su sangre. Sin embargo, lo cierto es que para poder
valorar e interpretar la arquitectura, el diseño o la oferta de las librerías
espectaculares es necesaria una educación que se paga con dinero, y no puede
cualquiera costearse los viajes que permiten conocer esas librerías” (261)
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James Joyce y Sylvia Beach |
Ese
caos que refleja un orden interno, característico de “la librería” clásica que
menciona el autor en el primero de los párrafos citados, se magnifica y
racionaliza en la “librería espectacular”, feliz imagen utilizada por Carrión, modelo
al que tienden los grandes (y no tan grandes) establecimientos editoriales,
donde tiene cabida el restaurante y la conferencia, la cita y el comercio de
material de escritorio, de artículos de regalo:
“La
decoración, el mobiliario, la sección infantil disfrazada de ludoteca o la
conversación entre colores y texturas distintos remiten a un interiorismo
emocional cuya finalidad es prolongar la estancia del cliente en la librería,
hasta convertirla en una vivencia que implique todos los sentidos y las
relaciones humanas” (256)
Consuela
constatar que el libro y su comercio, lejos de estar amenazado por las nuevas
tecnologías (que no dejan de ser eso: instrumentos, herramientas) han sabido
sumarse a los nuevos tiempos que corren:
“Por
primera vez en la historia de la cultura esas librerías ingresan inmediatamente
en el circuito internacional del turismo, los marcadores se aceleran, se
produce un contagio inmediato – al ritmo del corta y pega – en páginas web,
redes sociales, blogs y microblogging, se impone el deseo de conocer, de
visitar, de viajar, de fotografiar, sin que sea necesaria la Historia ni la
participación de escritores famosos ni de libros míticos…” (263)
“La
librería, entonces, deviene una metáfora posible de Internet: como en la red,
los textos ocupan un ámbito significativo pero limitado, pequeño en comparación
con el que invaden lo visual y sobre todo lo indefinido y lo vacío (257)
Es
un constante esfuerzo de adaptación, de asimilación que ha asumido, que está
asumiendo la librería lo que le ha permitido seguir adelante mientras otros
negocios, con mayores visos de futuro y mejores augurios, se han quedado
tristemente en el camino
“En
un nuevo contexto histórico, en que el reciclaje ha cobrado un nuevo sentido,
en que la cultura se ha digitalizado y, sobre todo, en que la existencia de
todo lo real es –simultáneamente- física y virtual, esas catedrales de la
cultura escrita adquieren un significado
entre religioso y apocalíptico, profundamente capitalista pero también con una
ambición artística con escasos precedentes. En ambos planos, la impronta de los
espectacular es decisiva” (262)
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Livraria Bertrand (Lisboa). La más antigua de Europa |
Lo
que en principio pudiera parecer un torbellino inmanejable, ese reciclaje
infinito que define la modernidad, mejor dicho: esa post-modernidad que tanto cautivaba a parte de mi generación hará
unos 25 años, (cocktail de Nietzsche y Heiddegger mal digerido, filtrado por hábiles
camareros, como Gianni Vattimo), en el que uno perdía pie con frecuencia
cayendo fácilmente en el relativismo y la indefensión; ese descolocamiento, insisto, esa
zozobra se diluye casi al final del libro, cuando Jorge Carrión cambia el tono
del mismo introduciendo de forma magistral un aire fresco de intimismo al recordar su
infancia acompañando a su padre (empleado de Telefónica por las mañanas;
distribuidor de libros del Círculo de Lectores por las tardes) mientras
recogían y entregaban, por las casas de su barrio, los pedidos de los suscriptores.
Y es que por muy rápido y trepidante que resulte el intercambio de datos e
ideas a través de los blogs y las redes sociales en Cosmopolis, “tu cuerpo sigue pisando una topografía
doméstica y local” (272)
“…
me doy cuenta ahora de que el ritmo de este libro ha sido el de las búsquedas
en la materia de los libros y en la inmateria de la pantalla, una sintaxis de
ida y vuelta, continua y discontinua como la propia vida, cómo disfrutaría
Montaigne en los extravíos de los buscadores, en su capacidad de generar
asociaciones, vínculos, extravíos fértiles, analogías” (290)