"La verdad se puede contar de muchas formas. La novela es una de ellas" (p. 185)
Para Borges, el libro no es más que una extensión de la imaginación y la memoria. Nos ayuda, pues, a fijar el recuerdo, a solventar su intrínseca precariedad, a reconstruirlo cuando se trata de noticias sueltas o deslavazadas, o a levantar uno con el que nunca habíamos contado. Cuando un creador es capaz de tocar esa fibra en el lector, éste consigue establecer una relación con su obra muy difícil de romper. Algo similar me sucedió con la novela que paso a comentar, varias veces leída, anotada, manoseada, arrumbada en ese purgatorio de los libros que nunca se acaban de dar por amortizados, mientras acumula polvo componiendo un apretado pelotón que se niega a formar con aquellos otros que ya nos han dado todo lo que esperábamos de ellos.
De mi primer acercamiento a ella conservo la impresión que me causó, por un lado, la descripción de los alrededores del Puente de Segovia y de la Puerta del Ángel una fría noche de finales de marzo de 1939 y, por otro, la escena de unos niños de doce años hurgando entre los escombros de una casa bombardeada en el barrio de Lavapiés en busca de maderos con que alimentar el fuego.
De mi primer acercamiento a ella conservo la impresión que me causó, por un lado, la descripción de los alrededores del Puente de Segovia y de la Puerta del Ángel una fría noche de finales de marzo de 1939 y, por otro, la escena de unos niños de doce años hurgando entre los escombros de una casa bombardeada en el barrio de Lavapiés en busca de maderos con que alimentar el fuego.
Estos días se cumplen diez años de la aparición en las
librerías de “Antes de decirte adiós”, sexta novela del escritor valenciano
Guillermo Galván (Grao, 1950). Firmada en Tres Cantos en mayo de 2004, tardaría
más de cinco años en salir de la imprenta, plazo a todas luces excesivo
tratándose de un autor ya consagrado por aquel entonces. La propia dedicatoria
de esta novela (“A mi padre, in memoriam por caprichos del mercado”) nos da una
pista sobre el tipo de obra que tenemos entre manos: novedosa, atrevida, ¿tendrá fácil acogida?...
Su armazón estructural, de una solidez y firmeza poco
comunes, vertebra la narración en dos (quizá
tres) partes perfectamente diferenciadas.
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Guillermo Galván Olalla |
La primera, “Cuatro días de marzo”, título que nos recuerda a los “Tres días de julio”
(Luis Romero, 1967) es una novela en sí misma. En ella asistimos a las últimas jornadas
de la guerra civil en Madrid. Matías Cabedo, Marcos Tobera “Marquitos”, Nick y
Fidel Ubiazu, soldados pertenecientes a un batallón penitenciario de Los
Llanos, bajo la atenta vigilancia del sargento Burgallo y del teniente Laviana,
se trasladan a la capital para cumplir una misión un tanto extravagante,
absurda y bastante arriesgada ordenada por el capitán Gandarias: rescatar el
cadáver de Anselmo Carrachano, un antiguo profesor de Azaña.
“La senda de los vencidos” es el título de la segunda parte. Cambiamos
completamente de registro y damos un salto de más de 20 años. Abril de 1961.
Plena Guerra Fría. Fidel Castro ha afianzado su poder en Cuba, la Unión
Soviética supera a Estados Unidos en la carrera espacial, un grupo de exiliados
franceses en Madrid, mezclados en la trama de la independencia de Argelia, es
protegido por policías españoles destinados en la Brigada de Extranjería. Uno
de estos agentes, Dimas Tallón, hijo mayor de un conocido notario y consejero
nacional del Movimiento, ante la insistencia de Mercedes Dávila, madre de Rosa, la novia de su hermano Rodrigo, acepta investigar los sucesos recogidos en un manuscrito que ha llegado a sus manos titulado
“Cuatro días de marzo".
Podríamos considerar “Vivos y muertos” como una tercera parte de la novela,
aunque parece más bien un acelerador al que llegamos después de atar los cabos
que han ido quedando sueltos a lo largo de la trama. En una tensión cada vez
más acentuada y, en cierto punto, frenética, se nos muestran los aspectos más
turbios del ejército de África de los años 20 (informe Picasso), el mundo del
cine, el soborno, la corrupción… desencadenando un desenlace verosímil que con
toda seguridad satisface al lector.
“Media docena de hombres en busca de un olvido del presidente, o ex
presidente, qué coño importaba ya, Azaña” (p. 20)
¿Otra novela sobre la guerra…? Sí… y no. Me voy a detener únicamente en un par de aspectos
“Cuatro días de marzo”, efectivamente, es una narración
de guerra cuya trama se desarrolla en Madrid los cuatro últimos días de marzo
de 1939. Se trata de una unidad independiente, autónoma, un relato de 136
páginas que tendría vida propia desgajado del conjunto de “Antes de decirte
adiós”; sin embargo ésta no tendría sentido sin “Cuatro días de marzo”. Sus
protagonistas están nítidamente caracterizados, huyendo del arquetipo fácil, lo
que hace de ellos unos personajes creíbles, muy realistas y cercanos. Con algunos recuerdos iniciales de la ofensiva contra Huesca o la batalla del
Alfambra, necesarios para comprender las especiales circunstancias del “héroe”
principal, Matías Cabedo, un hombre hecho a sí mismo, con una infancia que no deja de recordarnos a la de los pícaros de las novelas de nuestro Sigo de Oro. Las alusiones al momento histórico concreto vienen
de la mano de las notas de prensa (Heraldo
de Madrid, El Sol, El Mercantil Valenciano), de los anuncios de la
cartelera (“Gary Cooper y la Marion Davis en La espía número trece […] Pompoff y Thedy que dice el papel que
están en el Variedades”, p. 79…); de las alocuciones radiofónicas en Unión
Radio de miembros de la Junta; de la definitiva ruptura del frente en el sector
de Pozoblanco y en Toledo, “camino de Ocaña” (p. 74); de las menciones a los escasos
bares y restaurantes (El Vencejo, Casa Luis, Chicote…); y, por último, de las
descripciones, a pinceladas gruesas pero expresivas, de esos lugares de una
ciudad fría y gris, alfombrada de cascotes y miseria, por los que pulula el
grupo de soldados de paisano un tanto alucinado, siempre desubicado: el pueblo de Vallecas, Atocha,
Embajadores, Lavapiés… y el Puente de Segovia, con su glorieta, el Paseo de
Extremadura y la Puerta del Ángel, escenario del prolegómeno impactante y
dramático de un final no menos cruel e inesperado:
“La piedra centenaria del puente disfrazada ahora de
sombra esculpida, cañada para reses destino al matadero…. A la derecha [del
Puente de Segovia], el pardo cemento de la Casa de Socorro se alzaba mudo y
ciego; a la izquierda, en medio de la plazoleta, el viejo cuartel de
carabineros […] A una orden […] se plantaron ante los muros de un bloque
evacuado, como lo estaban todos los del barrio desde que en noviembre del
treinta y seis el ejército franquista se presentó en las puertas de la ciudad:
a partir de esa fecha, y tras los iniciales escarceos de vaivén, ni un palmo se
había movido el frente, instalado un kilómetro largo más arriba, en lo alto de
la ancha calle, una zona donde cada acera estaba dominada por un bando y los
combatientes se hostigaban de un lado a otro de la calzada desde parapetos y
ventanas, o bajo tierra como topos cargados de dinamita. […] Bajo la protección
de muros y sombras, siguieron sus pasos hasta los alrededores de la iglesia de
Santa Cristina sin percibir el menor movimiento humano y, desde allí, por la
Puerta del Ángel, se sumergieron entre la arboleda de la Casa de Campo hasta
las cercanías de un edificio de planta baja con muros calados por la metralla y
tejado milagrosamente intacto. A su pie, y junto a lo que en tiempos debió de
ser un pequeño y coqueto cenador, el chico descubrió una boca de tierra bien
oculta bajo un disco de metal…” (p. 114 y 116)
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Vista del Puente de Segovia |
Respecto a otras “novelas de/sobre la guerra” que hemos
comentado en este blog, y a falta de establecer un esquema o estructura común
en el que se sientan cómodas, “Cuatro días de marzo” comparte ciertos rasgos
con ellas.
La ciudad de
Madrid con un papel que, en cierto modo, trasciende al de mero “escenario
de los hechos” (“Madrid parecía asumir con estoicismo lo inevitable” p. 42),
adquiriendo un rol protagonista, humanizado (“Acero de Madrid”, de José Herrera "Petere"; "A lo lejos, una lucecita", de Manuel Chaves Nogales, “Celia en la revolución”, de Elena Fortún, “Las últimas banderas”, de Ángel María de Lera, “San Camilo, 1936”, de Camilo José Cela…)
El héroe o actor
principal como un ser desarraigado, con una vida rota, truncada (“Celia…”,
“Duelo en El Paraíso”, de Juan Goytisolo, “Las últimas banderas…”, “San Camilo…”) que concibe América como un
Edén. En palabras del protagonista de “Las últimas banderas”, ese lugar
“que les esperaba y donde, en su opinión, el trabajo valía más que nada y la
libertad era, para los hombres, como el aire para los pájaros”
Para Matías Cabedo, encerrado en el batallón
penitenciario del acuartelamiento del aeródromo de Los Llanos, la proximidad de
los aviones le inspiraba, necesariamente, “Volar. Y llegar a América, a esa
tierra cuya noche es nuestro día y el día nuestra noche, donde los inviernos se
hacen veranos y los hemisferios se disputan la hegemonía de los puntos
cardinales. América, el lugar donde se palpan estrellas nunca vistas y promesas
diferentes. Buenos Aires, Caracas, Río quizá, ciudades cuyos cielos son
distintos y en las que los sueños pueden ser soñados bajo otras constelaciones”
(P. 28-29)
Al igual que en la novela de Ángel María de Lera,
asistimos en “Cinco días de marzo” a la socorrida y exitosa escena cervantina
del escrutinio de libros: “[Inés
Alfaro] con una caja a su lado llena de libros y papeles que ella iba
depositando ritualmente en el fuego y removía con un atizador como si cocinase
un caldo de brasas […] Libros de Marx, Bakunin, Engels y otros autores que le
sonaban a personajes revolucionarios, documentos de trabajo de la Agrupación
Socialista Madrileña y de la UGT, proclamas y octavillas llamando a la
resistencia antifascista.” (p. 50-51) De la quema se salvará "Crimen y castigo", de Dostoievski. La personalidad de su protagonista, Raskòlnikov, gravitará sobre la figura de Matías Cabedo y el ejemplar rescatado de la segura destrucción adquirirá una importancia vital hacia el final de la novela.
Con “Acero de Madrid” y “Tiempo de héroes”, de Jorge Martínez Reverte, “Cinco días de marzo” comparte una ausencia, una renuncia: en ningún
momento, ni autor ni protagonistas se plantean la necesidad de proponer una reflexión sobre el conflicto que están
sufriendo. Desprecian aventurar una explicación de largo alcance, lo menos
circunstancial posible; parecen cerrarse a indagar en las actitudes propias y
ajenas, tanto políticas como sociales, del presente y del pasado, las causas del desastre.
“También los muertos tienen derecho a que se piense en ellos” (p. 201)
Nos preguntábamos si “Antes de decirte adiós” es otra
novela de guerra. Podemos añadir que es la novela de una guerra que no ha
terminado aún.
El título que encabeza la segunda parte o narración, “La senda de los vencidos” y el delirante desenlace “Vivos y muertos”, parecen bastante elocuentes. Por si fuera poco, abundan las referencias a las luchas de poder dentro del Régimen, duras críticas a Franco y a su dictadura, alusiones a Millán Astray, Pemán, Manuel Aznar, la amargura de los vencidos por su doble derrota (militar y civil) o la impotencia a la hora de hacer frente a la nueva situación política.
En abril de 1961, Madrid es una ciudad de claroscuros. Ya no es el lugar frío, gris, húmedo, con ese cielo de acero que amenaza con desplomarse sobre los actores de “Cuatro días de marzo”. Pero las borrascas no terminan de disiparse. Guillermo Galván recurre sistemáticamente a la simbología del tiempo atmosférico para ambientar el estado de ánimo de sus personajes. La guerra, como los nubarrones que descargan inopinadamente, sigue presente, y a Dimas Tallón, el agente de Extranjería protagonista de esta “segunda novela”, encargado de “custodiar” a Salan, uno de los militares franceses enredados en el conflicto por la independencia de Argelia perseguido por el gobierno De Gaulle, le recuerda todo eso al 18 de julio, “primero África y después la metrópoli” (p. 205)
El título que encabeza la segunda parte o narración, “La senda de los vencidos” y el delirante desenlace “Vivos y muertos”, parecen bastante elocuentes. Por si fuera poco, abundan las referencias a las luchas de poder dentro del Régimen, duras críticas a Franco y a su dictadura, alusiones a Millán Astray, Pemán, Manuel Aznar, la amargura de los vencidos por su doble derrota (militar y civil) o la impotencia a la hora de hacer frente a la nueva situación política.
En abril de 1961, Madrid es una ciudad de claroscuros. Ya no es el lugar frío, gris, húmedo, con ese cielo de acero que amenaza con desplomarse sobre los actores de “Cuatro días de marzo”. Pero las borrascas no terminan de disiparse. Guillermo Galván recurre sistemáticamente a la simbología del tiempo atmosférico para ambientar el estado de ánimo de sus personajes. La guerra, como los nubarrones que descargan inopinadamente, sigue presente, y a Dimas Tallón, el agente de Extranjería protagonista de esta “segunda novela”, encargado de “custodiar” a Salan, uno de los militares franceses enredados en el conflicto por la independencia de Argelia perseguido por el gobierno De Gaulle, le recuerda todo eso al 18 de julio, “primero África y después la metrópoli” (p. 205)
Dimas Tallón, policía fumador de grifa, gran escéptico, unido sentimentalmente a una prostituta, un poco de vuelta de todo ("tiene que ser reconfortante creer en algo", p. 209), sin esperanzas ni ilusiones, enfrentado
con su padre, destacado jerarca del Régimen, que representa lo que más odia, se vuelca en el esclarecimiento de los
hechos narrados en un manuscrito titulado “Cuatro días de marzo”, lo que le da
nuevo sentido a una existencia anodina en virtud de la similitud de lo expuesto
en el texto con su propia vida.
“Al avanzar en el último capítulo, con referencias concretas al paseo de
Extremadura, tuvo que tomarse un respiro. Abrumado por la familiaridad del
escenario, por un aluvión de recuerdos infantiles que le llegaban en tromba
como una horda invasora […] El cuartel de carabineros frente al puente de
Segovia, la Casa de Socorro, la tienda de jabones de don Manuel en el número
8…; la carnicería de doña Silvestra en el 10… [el] colegio del Ave María de
doña Antonia Medrano. Y de nuevo su madre, el vientre hinchadísimo como nunca y
sin apenas poder dar un paso, organizando la evacuación de su casa, como se
evacuaban todas las del barrio porque los fascistas, así los llamaban todos,
tiraban ya desde muy cerca. Y el grupo de milicianos que cargaba su escasa
media docena de muebles hasta un camión, y entre ellos, vestido como un
miliciano más, a don Simón Valera, el cura de Santa Cristina” (175-176)
El estilo y el ritmo cambian de forma radical en "Vivos y muertos". La narración nos traslada a otros escenarios, como Aranda de Duero, Aranjuez, Chinchón y Pau, y se intercalan los largos testimonios en primera persona de Rodrigo Tallón, Néstor Plaza y Pedro Gandarias que, al modo cervantino de novela dentro de la novela, ponen en pie las vidas de los personajes de "Cuatro días de marzo", salvándolos de un casi inevitable olvido.
"No le ibas a abandonar, y yo no podía contártelo todo antes de decirte adiós para dejarte con esa verdad comiéndote la vida" (p. 396)
Guillermo Galván. Antes de decirte adiós. 1ª edición. Madrid: Santillana Ediciones Generales, 2010. Colección "Suma de Letras". 421 p.
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