lunes, 10 de septiembre de 2012

Del "Cuartel de la Montaña" a la Montaña palentina. 24 de julio-4 de agosto de 2012

Ignoro si es por cultura o por tradición, pero el caso es que consideramos las vacaciones como la meta en una carrera de desgaste, maratoniana y rompedora, lo cual no se explica muy bien teniendo en cuenta nuestros escasos hábitos calvinistas, ni siquiera anglosajones. Por regla general, abordamos ese periodo de impass en las peores condiciones posibles. Ignorando que esa total ruptura con la normalidad solo es pasajera, que las tres o cuatro semanas son eso, una veintena de días, a la vuelta de los cuales nos zambulliremos sin salvavidas en el torbellino de siempre, nos empeñamos en cortar con todo practicando una insensata política de tierra quemada. El balance es la pérdida de un tiempo precioso, despilfarrado al principio restañando las heridas provocadas por el cansancio acumulado de todo un curso y malgastado los últimos días lamentando su final o temiendo el retorno.

 

Portada del número 21 de la revista "Frente de Madrid" aparecido este mes de julio. Hace más de seis años, mucho antes de iniciar ningún tipo de relación con la asociación que la edita, lancé en su foro una pregunta sobre la desaparición y muerte de mi abuelo Leopoldo en otoño de 1936 en Madrid. En este número, por invitación de uno de los vocales de GEFREMA, aparece un artículo que publiqué aquí mismo sobre "Las últimas banderas", de Ángel María de Lera
Este artículo es el primero de los tres en que intentaré resumir nuestras vacaciones de este verano de 2012.
Con Itziar y Alejandro de campamento en Asturias, aprovechamos la calurosa tarde del martes 24 de julio para acudir a la presentación del número 21 de la revista “Frente de Madrid”, órgano oficial de GEFREMA (Grupo de Estudios del Frente de Madrid), que ya empieza a tener su huequito no desdeñable en este blog. Fuimos convocados en la sede de Ecologistas en Acción, que había cedido sus locales situados en Marqués de Leganés, una pequeña calle a espaldas de la Gran Vía, entre San Bernardo y Libreros. Como viene siendo habitual, la revista recoge en cada número un trabajo, que podríamos llamar monográfico, y otros artículos de menor extensión agrupados en diferentes secciones fijas. En esta ocasión, haciendo coincidir la fechas de publicación con alguna efeméride, estaba dedicado al asalto al madrileño Cuartel de la Montaña (20 de julio de 1936), uno de los primeros episodios del inicio de la Guerra Civil. Otros años era recordado por la Asociación con una visita a lo que queda del escenario de aquellos sucesos, guiada e ilustrada por Bibiano, el padre de Antonio Morcillo (presidente de GEFREMA), testigo presencial de esas horas desdichadas, fallecido recientemente. Cuádruple homenaje, pues, el que rindió Antonio Morcillo en la larga y, sin embargo, muy amena y erudita conferencia que pronunció con el Cuartel de la Montaña como eje. Sentido homenaje a la memoria de su padre, a la de los defensores y asaltantes de la plaza, y a su propia infancia, en cierta medida vinculada a aquel barrio.



"El frente de la Casa de Campo", monografía de Antonio Morcillo que recoge un inventario de los restos de la Guerra Civil que se conservan en un sector muy concreto de la Casa de Campo. Lo que son las cosas... Antonio es profesor del colegio Lourdes, adscrito en su dia a la Fundación Hogar del Empleado, de la que formaba parte también el centro donde estudié desde párvulos hasta 3º de BUP (Santa Cristina). El colegio Lourdes, además, está puerta con puerta con el local del Grupo Scout de Alejandro e Itziar...Esta guía contiene un plano muy detallado donde están señalados los restos visitables, así como fotografías y bocetos de las secciones de los diferentes tipos de fortificación, además de una interesante introducción histórica a la Casa de Campo como lugar de recreo de la Monarquía y como frente de guerra

No voy a hablar aquí del artículo, ahí está la revista para quien esté interesado, de la conferencia o del hecho en sí que inauguró el baño de sangre que se prolongaría casi tres años. Unos y otros se sentirían cargados de razones para manejarse como lo hicieron. Con los años, a unos y a otros nos merecerán distintas opiniones dichos motivos. Lo cierto es que la chapuza, la indecisión y la improvisación, al más puro estilo español, guiaron los actos de los de dentro y de los de fuera, con unos resultados a partes iguales heroicos y sanguinarios, teñidos de valentía y cobardía. Muy crueles de cualquier modo, si nos atenemos a que el número de muertos en las seis horas que duró el asedio ascendió a más de doscientos.
 
Pasada la gasolinera que se encuentra en la confluencia de la Avenida de Portugal y el Paseo de Extremadura, donde hemos repostado infinidad de veces, a mano derecha, se encuentra la Puerta de Dante, uno de los accesos de toda la vida a la Casa de Campo abiertos en la antigua cerca de ladrillo y mampostería levantada por Fernando VI . Esta entrada da a un parque y a la carretera que baja hasta el Parque de Atracciones. Allí mismo comienza el itinerario, con dos búnker y la base de una fuente construída durante la República, hoy desaparecida


Con Sara, experta trepadora de fortines
 
 
 
Después de la conferencia, mientras bebíamos unas cervezas, saludamos a José María Sánchez (¡gracias por sugerir la publicación de mi artículo sobre “Las últimas banderas”!) y a Antonio Morcillo y estuvimos hablando un buen rato de todo un poco: sobre nuestra afición a los restos de la guerra, el tratamiento de la historia en los estudios de secundaria (Antonio es profesor en el Colegio Lourdes) y el desarrollo del frente en la Casa de Campo…




En arqueología la imaginación es una herramienta fundamental de conocimiento. Aquí tenemos los restos de una casamata fortificada de ladrillo junto a la pista que sube al Teleférico desde el Pinar de las Siete Hermanas, pasada la acequia abandonaba. Con veinte kilos menos, cuando todavía no peinaba canas, habré pasado por ese mismo lugar miles de veces, pues forma parte del tramo llano del comienzo del circuito de footing. A su alrededor se aprecian todavía las trincheras


 
Fortín abovedado
Retomando el proyecto de una excursión demorada ya en demasiadas ocasiones, aunque un poco fuera de estación, decidimos el sábado 28 visitar los restos de las fortificaciones que aún se conservan en la Casa de Campo, que no son pocos. Con la publicación de Antonio Morcillo como guía, cargamos un par de mochilas con agua y bocadillos, nos calzamos las gorras, prometimos a Sara encontrar algún parque y atravesamos la Casa de Campo, subiendo y bajando cerros, saltando alguna que otra alambrada, desorientándonos más de una vez, y sudando de lo lindo, desde la Puerta del Dante (conocida entonces como Puerta de la República), hasta el Puente de los Franceses.
 



Entre 1939 y 1946 permaneció cerrada al público la Casa de Campo, que se iría abriendo por partes en años sucesivos. El motivo: la limpieza de los restos de bombas y metralla que pudiera quedar. Y ¿por qué no?: el enterramiento de los fortines bajo toneladas de tierra, cascotes y olvido
Impresiona la cantidad de ejemplares inventariados, una veintena, en un espacio relativamente limitado, lo que nos puede dar una idea de la actividad bélica que sufrió este sector. El hecho de que la Casa de Campo se mantuviera cerrada al público durante siete años, sometida a labores de limpieza y retirada de materiales peligrosos, además del deterioro que presentan los búnker, nidos y casamatas demuestran igualmente un fuerte intercambio artillero.


Sara, testigo de excepción, posa ante uno de esos búnker que solo pudo localizar Carmen después de saltar una alambrada. "Seguro que ya falta poco para llegar a el parque", parece pensar.



Cuando la Casa de Campo era una finca real con su propio sistema de explotación agrícola-ganadera, contaba con un importante número de empleados. Estos son los restos del "cementerio de empleados". Al fondo, uno de los postes del tendido del Teleférico



 
Itinerario de la excursión
En este sentido, Carmen recordaba lo nervioso que se ponía su padre (“!No te metas por ahí, que puede haber una bomba¡”) cuando, siendo una niña, jugaba alrededor de las fortificaciones próximas a la Carretera de Boadilla. Años después, convertida en una auténtica rastreadora, sin necesidad de consultar el plano que recoge la guía, nos llevaba, siguiendo el nervioso racimo de las trincheras, como esos entretenimientos consistentes en unir unos puntos numerados hasta conseguir formar una figura, a todos los hitos que, inmediatamente, serían fotografiados. Figura ésta que se asemeja a un arco, un tanto quebrado, con sus extremos en la Puerta de Dante y en la Casa de Covatillas. Debo confesar que solo fui capaz de localizar a ciegas un resto casi al final de la ruta.




El fuerte calor nos obligaba a rellenar de vez en cuando las botellas de agua

 

Desde esa línea ofensiva, Madrid ofrece, para mi gusto, su imagen más hermosa, limpia y evocadora. ¿Qué pensarían los ocupantes de esos fortines, levantados una vez estabilizado el frente en julio de 1937, tras la batalla de Brunete, cuando veían extendida a sus pies, casi al alcance de la mano, esta ciudad tan próxima y lejana a un tiempo, siempre esquiva?



Lento atardecer en la canícula, descendiendo desde los últimos restos hasta el Paseo del Marqués de Monistrol
Desentrenados, llegamos a casa bastante maltrechos, (a excepción de Sara que, entera y verdadera, apenas acusó la caminata), pero con ganas de repetir la experiencia en otoño o invierno, con el tiempo más a nuestro favor...

 

Panorámica de la Ciudad Universitaria desde último fortín visitado. Los restantes
quedan emplazados para otra oportunidad

 
El 31 de julio regresaron Alejandro e Itziar de Asturias sin rasguño ni abolladura y fuimos cubriendo la primera semana de agosto, entre Parque de Atracciones y Zoo, sorteando como podía, antes de que fueran pronunciadas, las denuncias de aburrimiento que nos arrojan a la cara nuestros hijos, y creo que los de todos, que comparten esa generacional intolerancia al tedio.



Con Antonio en Frómista


Fachada de San Zoilo (Carrión de los Condes)

 
El sábado 4 nos acercamos a Frómista, donde habíamos quedado con Rosa, Antonio y Jorge, que estaban con su temporada palentina de todos los años, a la que habían invitado otra vez a Itziar. Allí se celebraba una fiesta del peregrino, por lo que abundaban caminantes y ciclistas de todo tipo, color y condición.




El río (Carrión) a su paso por Carrión de los Condes

 

Sara en Carrión de los Condes
 
Después de comer, visitamos Carrión de los Condes, que albergaba aquellos días una de esas ferias aproximadamente medievales, por las que siempre da gusto perderse un poco, en la que se promocionaba el turismo cultural de la comarca y de la región. Paseamos por la ciudad y la ribera, disfrutando de una temperatura muy agradable, el cielo encapotándose por momentos, tan lejana del calor madrileño que presagiaba las olas sucesivas que nos acompañarían el resto del verano. Descartamos la idea primera de ir a Palencia, sustituida por la de acompañarlos a ellos a Villorquite, donde se alojaban en casa de la familia del padre de Rosa.



Desde la bodega de la familia de Rosa se tiene el privilegio de asistir a escenas como ésta
 
Villorquite de Herrera es un pueblecito con no más de 20 habitantes. La primera vez que estuve allí, por esas mismas fechas, y con igual motivo de llevar a Itziar, quedamos con Antonio a pocos kilómetros, en un cruce de carreteras. Nada más bajar del coche, toqué el asfalto con la mano y ¡estaba frío!... ¡Impresionante…!. Y el pueblo, otro tanto: prácticamente deshabitado en invierno, cuando deben caer chuzos de punta quedándose aislado del resto del mundo por la nieve y las heladas, durante el verano no es mucho menos tranquilo. Lugar perfecto para caminar, montar en bicicleta, correr o, simplemente, no hacer nada, al caer la tarde desciende la temperatura de forma brusca, con lo que resulta necesario cargar con ropa de abrigo y echarse una (o dos) mantas para dormir. Muchos vecinos cuentan, en las afueras, con una bodega o cueva centenaria enterrada en una pendiente, unas más habilitadas y actualizadas que otras, donde se reúnen para comer, tomas unos vinos o, sencillamente, sentarse a la puerta a observar cómo descienden los corzos del monte para pastar en un claro en esa inquietante hora del relevo de luces…


Alejandro, con la pañoleta como segunda piel, y Sara observan una exposición de aves rapaces, con su cetrero y todo.A sus espaldas, Jorge y yo pelín decapitados.
Carrión de los Condes
 
A Itziar, que todavía no es muy sensible a las tentaciones del conflicto generacional, y a mí nos sedujo desde el principio. “Es de esos pueblos que tanto nos gustan, donde seguro que huele a leña”, dijo aquella vez. Por eso quería que Carmen lo conociera, así que no puse ningún reparo cuando optamos por no ir a Palencia.


Itziar con los árboles de la ribera del Carrión al fondo
 
A eso de las 12 de la noche emprendimos el camino de regreso. Pasamos un control de alcoholemia al entrar, por equivocación (mea culpa) en Herrera de Pisuerga, donde, como en un silencioso carnaval, todo lo festivo y bullanguero que puede ser un sarao castellano, nos cruzamos con varias carrozas que cargaban con enormes y aparatosos crustáceos construidos con cientos de bombillas, celebrando la fiesta del cangrejo.



Monumental friso en la portada de la iglesia de Santiago (Carrión de los Condes)
 

Pasadas las cuatro de la mañana llegamos a Madrid.

 
(Continuará)

jueves, 9 de agosto de 2012

Rozados por el ángel. "La guerra del fin del mundo" (Mario Vargas Llosa, 1981)


Escribo con la boca reseca por el polvo y la arena, los ojos irritados por la pólvora, el estómago revuelto por el olor a cadáveres en descomposición y los oídos aterrados por el graznido de los urubús y los buitres, los chillidos de las ratas… He dejado pasar un día con la esperanza de que se disipara el horror, esa impresión marcada al fuego tras la lectura de la novela. Confieso que en muy pocas ocasiones un relato me ha causado tan hondo malestar que haya estado a punto de abandonarlo, cerrar el libro y arrojarlo al rincón más olvidado. Pero, aun a sabiendas del final de la historia, un impulso irreprimible me empujaba a continuar con la tarea, dolorosa y gozosa a un tiempo.



Hace ya demasiados años me asomé al libro, en una edición de Plaza & Janés. Estaba en casa de mi hermana Guada y era una tarde de verano como la de hoy. Pero no fui capaz de adentrarme más allá de un par de páginas, quizá porque recordaba lo poco que me había gustado “La ciudad y los perros”, lectura en su momento obligada y que no sé por qué extraño motivo se me atragantó. Ahora mismo no podría poner en pie la trama de ese primer gran éxito de Mario Vargas Llosa (1936), pero me comprometo aquí a leerlo de nuevo con otros ánimos.


Después tuve conocimiento del MVLL liberal a través de una recopilación de artículos, “Desafíos a la libertad”, publicada por El Pais-Aguilar y, paulatinamente, gracias también a un ensayo escrito por JJ Armas Marcelo, me fui reconciliando con él, aunque mi ignorancia hacia su narrativa seguía siendo enciclopédica. Con el tiempo, fueron apareciendo todas sus obras en una colección barata que se vendía en los quioscos y así me fui tragando, como una boa constrictor, “La casa verde” “La tía Julia y el escribidor”, “Conversaciones en la Catedral”, “La fiesta del chivo”...

Preparativos de guerra


Sin desmerecer a las demás, “La guerra del fin del mundo” encierra todo lo que se le puede exigir a una obra de arte: realismo e imaginación, dolor y belleza, tranquilidad y espanto… pero, sobre todo, verdad. Y denuncia. Es un mundo en sí mismo, en el que el peruano ha sabido mezclar con maestría personajes históricos y ficticios, en virtud de una concienzuda labor de investigación tanto en archivos y bibliotecas como sobre el terreno donde se desarrolla la acción. ¿Quién merece más credibilidad, Moreira César o Maria Quadrado, la Madre de los Hombres?, ¿cualquiera de los yagunzos o el Mayor Febronio de Brito? Ahí radica la grandeza de la novela.



El hecho histórico alrededor del cual gira la trama, más que una guerra, es un conjunto de expediciones militares que la flamante República brasileña lanzó contra un territorio del nordeste, una comarca de Bahía, cuyo núcleo es Canudos. Allí confluyen todos los desheredados, bandidos, enfermos y desahuciados de la región imantados por las prédicas de Antonio el Consejero, una especie de santón o mesías que consigue dar sentido a unas vidas quebradas, agobiadas por la pobreza, el hambre, las epidemias, la sequía y la muerte.

Una vez descubiertos los restos del Consejero, fue
decapitado para estudiar su cráneo

“Estas piedras se volverían ríos, esos cerros sembríos fértiles y el arenal que era Algodones un jardín de orquídeas como las que crecían en las alturas de Monte Santo. La cobra, la tarántula, la suçuarana serían amigas del hombre, como hubiera sido si este no se hubiera hecho expulsar del Paraíso. Para recordar estas verdades estaba en el mundo el Consejero” (236)



Por sus obras los conoceréis. Antonio el Consejero, cuya biografía es conocida, aparece en la novela reconstruyendo iglesias y cementerios, restaurando el culto allí donde la desidia y el abandono lo habían olvidado, aglutinando a su alrededor a la hez de la hez que lo seguirá dando tumbos por el sertón, entre macambiras, mandacurús y xique-xiques… Pero, sobre todo, rezando.
“Y, sin embargo, pese a la miseria, esa gente es feliz… La más feliz que he visto, señor. Es difícil admitirlo, también para mí. Pero es así, es así. Él les ha dado una tranquilidad de espíritu, una resignación a las privaciones, al sufrimiento, que es algo milagroso” (264)
Se pasean por la novela, además de los cangaçeiros (bandidos), una troupe circense cuyos miembros irán desapareciendo poco a poco hasta quedar reducido al Enano, un científico escocés iluminado por las doctrinas frenológicas tan en boga por la época (Galileo Gall), un ser deforme, giboso, que camina a cuatro patas y formará parte del círculo más estrecho del Consejero (El León de Natuba), los indios kariris, Jurema, el pistero Rufino, el periodista miope…

“Aquí se ven todavía más desechos. ¿Has visto nunca tantos mancos, ciegos, tullidos, tembladores, albinos, sin orejas, sin narices, sin pelos, con tantas costras y manchas? Ni te has dado cuenta, Jurema. Yo sí. Porque aquí me siento normal” (377)
Cabe preguntarse dónde radicaba la auténtica miseria. Aquí resplandece el valor de la novela, en la denuncia de la vertiente moral de la misma, no la física y evidente. Estas gentes abandonadas que encuentran por fin un objetivo por el que guiar sus vidas, que se deleitan con las historias de los trovadores que habrían “llegado a estos lugares  haría siglos en las alforjas de algún navegante o de algún bachiller de Coimbra” (375), que saben organizarse como una sociedad, no tenían cabida en un Estado fuerte y que se presumía poderoso. El Consejero repudia la República por atea y defensora del matrimonio civil, y rechaza todos los mecanismos del estado moderno, como puede ser la extensión de los impuestos y la implantación del censo, como herramienta de control.
“Me devanaba los sesos, tratando de entenderlo, y ahí está la explicación. Raza, color, religión. ¿Para qué podía querer averiguar la República la raza y color de la gente, sino para convertir otra vez en esclavos a los negros? ¿Y para qué la religión sino para identificar a los creyentes antes de la matanza?” (466-467)
Con la Iglesia en contra del movimiento asentado en Canudos, por heterodoxo; los terratenientes bahianos, conservadores por tradición, viendo peligrar sus propiedades; y con el auge de Río y Sao Paulo, donde radicaba el poder político, siempre un poco de espaldas a esa tierra, solo bastaba encender la mecha para que el polvorín saltara por los aires.
“Los corresponsales… Podían ver pero sin embargo no vieron. Solo vieron lo que fueron a ver… Todos vieron pruebas flagrantes de la conspiración monárquico-británica. ¿Cuál es la explicación?
La credulidad de la gente, su apetito de fantasía, de ilusión… Había que explicar de alguna manera esa cosa inconcebible: que bandas de campesinos y de vagabundos derrotaran a tres expediciones del Ejército… La conspiración era una necesidad: por eso la inventaron y la creyeron” (422)
¡Y de qué manera! La cuarta y última parte de la novela, que se extiende a lo largo de más de 200 páginas, describe con todo lujo de detalles la última y definitiva expedición militar contra Canudos, la que consiguió la total destrucción y aniquilamiento de la población. Las descripciones rayan lo dantesco y el conocimiento que despliega MVLL del terreno es proverbial. Se llega a palpar el sufrimiento, el dolor, el hambre, la sed y la muerte. El holocausto al que fue sometido Canudos sigue siendo inexplicable. Se barajan cifras de entre cinco y treinta mil muertos, con las deportaciones masivas de mujeres y niños. Muchos de sus protagonistas decían haber sido rozados por el ángel…

PD. Para leer un buen resumen de la guerra de Canudos, pinchar aquí

viernes, 27 de julio de 2012

Parada y fonda. Llames de Parres (Asturias), 21 y 22 de julio de 2012

Dedico estas líneas a todos los que, en mayor o menor medida, se ocuparon de la organización y buena marcha del campamento del Grupo Scout Planeta en Llames de Parres este verano: Kibu, Nacho, Alberto, Arco Iris, Natalia y todos los demás cuyos nombres aún no he llegado a aprenderme. Como antiguo scout, me ha hecho revivir muchos momentos que creía olvidados y brotar alguna que otra cana más. ¿Debería agradecéroslo?





Llegando a Llames de Parres

Agobiados por la enorme distancia y el escaso tiempo de permanencia, además del calor y el cansancio acumulados las dos últimas semanas, emprendimos el viaje muy avanzada la tórrida tarde del viernes 20 de julio. Pero había que ir, al menos hacer acto de presencia. Itziar y Alejandro llevaban acampados desde el día 16 en un pueblo ilocalizable, como fantasma, de la montaña asturiana y el grupo scout Planeta, al que pertenecen los niños, habían planificado, en principio, para los días 21 y 22 una especie de jornada de puertas abiertas para los padres.

La Posada del Monasterio, en Vega de Caseros o Villanueva de Cangas

Superado el inevitable atasco para salir de Madrid por la Carretera de La Coruña, y a medida que nos alejábamos de la sartén de la meseta sur, el termómetro descendía a la misma velocidad que aumentaban nuestros ánimos y se despejaban las dudas iniciales. Después de las preceptivas desorientaciones provocadas por el sueño y por un itinerario completamente desconocido, a eso de las tres de la mañana llegamos a la Posada del Monasterio, albergue que ocupa una edificación del siglo XVIII situado en Vega de Caseros (o Villanueva de Cangas, que por los dos nombres es conocido), barrio o pedanía de Cangas de Onís, a orillas del Sella.

Alrededor del campamento

La primera impresión, inmejorable. El cielo estrellado y una temperatura de 18 ºC presagiaban una jornada de buen tiempo que diluía los temores de Carmen, siempre recelosa de un norte estival, encapotado y lluvioso. Por si fuera poco, ¡dormimos con manta y colcha!, un auténtico lujo asiático, para mi gusto.

Alejandro (Sol) con Kibu (Gran Castora), junto a la tienda.
Parece que se viene arriba...

Amaneció como ya imaginábamos, con un sol espléndido, radiante, confirmándose lo que solo pudimos sospechar durante el viaje: estábamos en un entorno idílico, rodeados por la sierra de Faces que iba tomando altura hasta Picos de Europa. El verde restallaba en todas sus tonalidades y brillos y la vegetación era allí un verdadero jardín botánico, muestrario de especies y colores.

Uno de los palacetes en la playa de Santa Marina (Ribadesella).
Regusto indiano donde lo haya

En el albergue-posada, muy bien equipado y atendido, se alojaban montañeros y excursionistas en grupos más o menos reducidos. Desayunamos bastante bien y nos dirigimos al campamento, atravesando Villanueva, Las Rozas, Coviella… con sus casas al pie de la carretera, franqueadas por macizos de hortensias y balcones cuajados de flores, como preparados para algún solemne recibimiento. Nos cruzábamos con ciclistas y camionetas que arrastraban remolques cargados de piraguas. En Arriondas tomamos el camino de Ozanes y enseguida, a mano izquierda, enfilamos una estrecha carretera que nos llevó, en un par de kilómetros, a Llames de Parres.

Carpa del comedor e instalaciones anexas desde la carretra

Llames de Parres es un pequeño caserío que cuenta con un alojamiento rural, dos bares y no muchas más viviendas. Allí coincidimos con unos monitores por los que supimos que los niños aun estaban haciendo actividades y que hasta la una no podríamos bajar. Hicimos un poco de tiempo tomando café y charlando con Gaspar y Julio, que gestionaban uno de los bares además de un apartamento, el prado donde acampaban nuestros hijos, una vaquería y algo más. Precisamente Itziar y su grupo estuvieron trabajando un día para Gaspar limpiando la cuadra, recibiendo a cambio un plato de garbanzos que, como comprobamos más tarde, les supo a gloria. Trabajo por comida y cobijo, gran enseñanza: a eso le llamaban supervivencia. Julio, director de cine, nos enseñó un antiguo teatro que fue visitado por Jovellanos e Isabel II. De este hecho se conserva como testimonio el nombre de un sendero, Camino de la Reina, que recuerda aquella estancia.

Otra panorámica del campamento, a vista de pájaro, esto es, desde el camino

Desobedeciendo el mandato de los monitores, a las doce y media no pudimos resistirlo más y bajamos hacia el campamento por una carretera aún más estrecha que la que nos había llevado al pueblo. Dejamos el coche a un lado y, escondidos entre los árboles, cotilleamos, sin ser vistos, desde lo alto. En un pequeño prado rodeado de robles, hayas y castaños, de tejos, olmos, acebos, alisos y fresnos, rodeados por dos altas montañas tapizadas de helechos y salpicadas por algún que otro eucalipto, se extendía la campa. A la derecha, las tiendas de la cocina, la despensa y el material, la carpa del comedor que cobijaba dos mesas alargadas con sus respectivos bancos corridos, el fregadero, con las escudillas, vasos y cubiertos, y las duchas, que consistían en cuatro alcachofas de jardín que apuntaban a un palé sobre una zanja, que tomaban el agua de una manguera conectada a un motor que a su vez se alimentaba del arroyo que rodeaba el prado por uno de sus lados. A la izquierda, desde nuestro privilegiado observatorio, se levantaban las tiendas de los castores y de la tropa, así como las de los monitores, y a un lado, perfectamente camufladas e higienizadas, las letrinas. Los mayores acamparon en un pequeño claro cruzando el arroyo.

Itziar en tiempo libre el sábado al mediodía

Solo cuando terminaron los juegos y comenzó uno de esos intervalos de tiempo libre bajamos los trescientos metros de una empinada trocha sombreada por los árboles que unían sus copas formando una bóveda tupida, y los encontramos estupendos, algo aturdidos por nuestra presencia. Itziar, que desde los seis años ha ido de campamento todos los veranos (aunque ninguno como éste, en lo que a supervivencia se refiere) nos recibió con cordialidad, como si nos acabara de ver el día antes; Alejandro, en cambio, hizo un despliegue de su armamento de chantaje y, aunque le habíamos visto entregado como el que más a los juegos, ensayó uno de sus gestos de sufrimiento y abandono encaminados a minar la moral de su madre. Pero, poco a poco, se vino arriba, enseñándonos la tienda donde dormían, el macutero y todas las obras de ingeniería que habían levantado esa semana. Estuvimos un rato con ellos hasta que llegó la hora de comer e hicimos mutis dos o tres horas. Sobre las cuatro estábamos de vuelta, después de dar buena cuenta de una fabada en un restaurante ente Soto de Dueñas y Sevares.


Alejandro detrás de las tiendas. Esto ya es otra cosa...

A la vuelta, el grupo de padres, un grupo o rama dentro de los scouts al que no pertenecemos, iban a preparar alguna cosilla para el fuego de campamento, para lo que habían convocado una reunión donde Gaspar. La idea no nos seducía ni poco ni mucho. Podíamos excusarnos aduciendo que, mientras ellos tenían una estrecha relación desde años atrás, pues sus hijos son compañeros de colegio, nosotros apenas les conocemos. Pero lo cierto es que no nos acabábamos de ver haciendo el oso,y eso que el escenario se prestaba a ello. Así que, recurriendo al argumento infalible de la siesta de Sara, y a la amenaza de destrozar cualquier plan nocturno si no descansaba un poco, cogimos el portante y subimos a Ribadesella, que se encuentra a apenas 20 kilómetros del campamento. Ya que habíamos hecho tropecientos kilómetros, no era cuestión de volver a Madrid con lo puesto, sin haber visto ni siquiera los alrededores.

Sara, pensativa: "¿Por qué no me dejarán quedarme con los pollitos?"

Ribadesella nos encantó. Aparcamos junto a la playa de Santa Marina, en cuyo paseo se alineaban, como si de una exposición se tratara, los chalets que los indianos, enriquecidos con el comercio del tabaco en Cuba, levantaron en los primeros 20 años del siglo pasado sobre los terrenos que pertenecieron al marqués de Argüelles. En la entrada de cada petit palais, pues con esa ostentosa intención fueron construidos, un letrero proporcionaba información sobre el edificio: propietario inicial, arquitecto, estilo artístico y, casi siempre, dueño actual… O tempora…. Tomamos café en una terracita, envidiando a los paseantes con su jersey en la mano y a los escasos bañistas que se atrevían a chapotear en el agua.


¿En qué estará pensando Ichi?


Sobre las ocho de la tarde regresamos al campamento, participamos con la mejor de nuestras sonrisas en algún que otro juego y cenamos las viandas que trajimos de Madrid, todos bajo la carpa. Ya de noche, encendieron unas tímidas antorchas y lumigas y dio comienzo el fuego (desnaturalizado) de campamento, con las bromas, chanzas y canciones que suelen amenizar semejantes eventos y que se prolongaría hasta pasadas las doce, momento en que cada cual se fue a su tienda. Alejandro, viendo que algunos padres habían acampado alrededor de ellos, no entendía muy bien por qué nosotros no habíamos hecho lo propio lo que, sumado al cansancio y al trastorno de todo un día de ajetreo, le provocó cierto marasmo, del que solo pudo salir acompañándole Carmen a la tienda. Parece ser que todos los castores estaban nerviosos y alterados, y las pobres Kibu y Arco Iris tuvieron que redoblar sus esfuerzos para que los críos consiguieran dormir.


El Sella a su paso por Vega de Caseros (o Villanueva de Cangas)

A la una y media estábamos en la Posada del Monasterio, Carmen un poco angustiada al ver cómo se había quedado Alex y yo renegando por lo bajo de la tradición del día de padres que siempre acarrea esos daños colaterales. Sara, por el contrario, encantada. Si por ella fuera, se habría quedado allí, ovillada junto a su hermano.





Carmen y Sara con el puente romano al fondo

Yo recuerdo mi primer campamento. Aunque era algo mayor que mi hijo, también me dio penita, como es natural. Por suerte para mí, era Semana Santa, es decir, solo tres o cuatro noches, con lo que las ausencias eran más cortas.

Con Sara sobre el puente romano de Cangas de Onís



Hay que reconocer que los chicos lo tenían muy bien montado. Y así se lo hicimos notar. Desde luego, nosotros no teníamos ducha ni fregadero. Hace 35 años nos lavábamos en el río, así como la ropa y los cacharros de la cocina, algo impensable en este mundo tan respetuoso con el medio (ambiente) que nos ha tocado vivir. Las letrinas siempre fueron un proyecto inacabado, con lo que nos aliviábamos como podíamos en medio del monte. Y no pasaba nada. Bien es cierto que el campamento de Llames de Parres no olía como los de mi infancia, a mezcla de comidas, río, jabón de fregar con un toque de agua estancada, hierba pisoteada y otros aromas inclasificables.

San Vicente de la Barquera. Parece una postal

El valor del campamento, como banco de pruebas de todo lo que encierra el scoultismo, no es otro que el igualitarismo y, en la medida de lo posible, la fusión del hombre con la naturaleza. En cuanto a la igualdad, partiendo cada uno de sus propias circunstancias, se pretende que todos sean capaces de hacer las mismas cosas con una gran precariedad de medios, acostumbrarse a la escasez, a la falta de comodidades y, sin embargo, alcanzar cierto grado de felicidad en esas condiciones y, en ocasiones, buscarlas expresamente. Como meta, es impecable. Y por lo que respecta a la naturaleza, conocerla, protegerse de sus inclemencias, identificar plantas y animales, saber lo que te puede dar y lo que siempre te va a negar…

San Vicente de la Barquera

En el plan pergeñado a última hora para esas jornadas de puertas abiertas, no sé muy bien si por los padres o por los monitores, figuraba toda la mañana del domingo, con desayuno incluido, repleta de juegos y gincanas, lo que nos aterrorizaba enormemente. Pero Carmen tenía que solucionar el entuerto de la noche anterior y, en contra de la idea inicial, que consistía en volver a Madrid por Santander, optamos finalmente por acercarnos a Cangas de Onís y hacernos con algún amuleto que consolara el mal de ausencias de Alejandro. Así que recogimos la habitación, entregamos la llave y cruzamos el puente sobre el Sella para echar un vistazo al Parador Nacional y el impresionante ábside románico de la iglesia aneja al mismo. En Cangas, algo así como la calle Preciados de Madrid una tarde de Navidad, encontramos una pañoleta muy, muy asturiana que podía dar bastante juego. Nos llegamos con la prenda al campamento (“¿Todavía estáis aquí?”, nos dijo Itziar asombrada), Carmen hizo un prolongado aparte con Alex y la pañoleta mágica, sobre la que realizó el infalible (e inefable) conjuro que la bruja de Cangas, famosa vendedora de recuerdos y cucharillas, nos había aconsejado para ahuyentar la ausencia, y nos despedimos de los niños y sus monitores, todos embarcados en una vorágine lúdico-festiva. Cree en algo y lo conseguirás.

San Vicente de la Barquera

Muy tarde ya, más cerca de las cuatro que de las tres, comimos en un hostal de Cangas, dimos una vuelta por el pueblo, ya menos concurrido, y su puente romano, bajo cuyo arco y cruz con el alfa y omega se bañaban unos chavales, y a punto estuvimos de coger el autobús que subía a los lagos y a Covadonga, pero nos disuadió la hora, pues regresaría a Cangas sobre las ocho de la tarde. ¡Otra vez será!

San Martín de Frómista. Siempre pensé que era más grande...

Decidimos volver a Madrid pasando por San Vicente de la Barquera. Paseamos por el puerto, cruzamos el puente y tomamos café en una terraza. Sin mediar palabra, Carmen confesó que sí, que no estaría mal pasar una semanita de verano en el norte, ahí mismo, en San Vicente, mientras frente a nosotros se extendían las playas de los Vagos y el Tostadero y el camarero nos hablaba maravillas de la judería, del castillo…


Los Alejandros (Sol y Niebla) con Arco Iris (la otra Gran Castora)

Nos llegó la hora de cenar en Frómista. La iglesia románica de San Martín, tan de manual, tan restauradísima, parecía una bombonera comparada con los edificios que la rodeaban. Tenuemente iluminada debido, imaginamos, a los recortes que nada perdonan, fue como un broche de oro que cerraba este milkilométrico fin de semana asturiano

viernes, 13 de julio de 2012

Juan Casco Solís a través de Arthur Machen y la crisis

 
En agosto de 1914, unos ángeles del cielo impidieron que el ejército
alemán invadiera Inglaterra. Curioso


El mes de julio transcurre con lentitud y parsimonia. Parece que no quiere terminar sus días, que nadie ose arrancar su hoja del calendario. Y se aferra a esa falsa esperanza de eternidad que le proporciona el continuo fluir de acontecimientos que devoramos como boas constrictor incapaces de entender, y mucho menos digerir. Y las tardes cansinas y pesadas como una noche de camino, en las que se quiebra la voluntad golpeada por la pereza y el sopor, se alargan con la luz de un sol inclemente y cruel que no cesa, empeñado en aplastarnos e inmovilizarnos contra el suelo.

  
Consciente de los compromisos que debo cumplir, de los planes y proyectos que yo mismo me he marcado, mientras el reloj imperturbable sigue su curso, me vence la parálisis y atiendo exclusivamente las necesidades más inmediatas.


 La actualidad nos envenena y la crisis, como una amenazadora nube gris que oculta el horizonte, distorsiona un futuro que solo podemos adivinar como un dramático muestrario de renuncias y penalidades. A la espera del milagro que no llega, discurre nuestra vida en una constante expectación muy receptiva a las promesas de lo irracional y a las delicias de los cantos de sirena que estrellarán sin remedio nuestra nave contra las rocas.



Últimamente me acuerdo mucho de Juan Casco Solís y de las charlas que mantenemos en los descansos de nuestras respectivas ocupaciones. Mi trabajo me ha brindado la oportunidad de conocer a gente interesante, personas que tienen mucho que ofrecer y cuya conversación es un auténtico regalo. Después de un par de meses de silencio, el otro día hablamos por teléfono. Abrumado por el “turismo de los pobres”, como él llama a las continuas visitas al hospital que se ven obligados a girar los enfermos crónicos, entre pruebas, análisis y revisiones sin fin, se puso en contacto conmigo como en tantas otras ocasiones en que espacia sus trabajos en la biblioteca más de lo acostumbrado. Invariablemente, cuando descuelgo el auricular después de una de estas ausencias prolongadas, noto en su voz ese matiz en el que se mezcla un temor recién despejado y el alivio consiguiente. Temor de que no sea yo el que conteste y alivio disimulado con el desmesurado interés sobre mi estado y mis cosas.

Una institución psiquiátrica

Psiquiatra jubilado, se está dedicando estos años a reconstruir el tortuoso camino seguido por la psiquiatría española en su formación como disciplina independiente y autónoma. Consulta de manera exhaustiva prensa especializada, tratados y folletos del siglo XIX sobre la materia, con la tranquilidad que otorga trabajar por amor al arte, sin prisas, deteniéndose con auténtico deleite el tiempo que haga falta en la lectura de aquellos asuntos que, lejos de su objetivo inicial, despierten su interés. Amor al arte o laborterapia, usando otra de sus expresiones, con que ocupar la peligrosa inactividad en la pueden y suelen caer los viejos.

Relato de Machen que dio lugar a la
leyenda de los Ángeles de Mons. ¿Seguro?

 No consigo poner en pie aquella vez que empezamos a intercambiar algo más que los saludos de rigor. Pero lo cierto es que no tardamos en conectar. Entre lectura y lectura hablamos de todo un poco: me comenta lo que acaba de leer identificando siempre un nexo de unión entre el pasado y el presente, o relacionándolo con algo de la actualidad, o sea, la crisis, esta crisis que él califica como posmoderna por los desconocidos derroteros que está siguiendo.

Y si no puedo ubicar ese primer recuerdo, me sucede lo mismo con el motivo que ha inspirado estas líneas, ya demoradas en exceso. El caso es que varios asuntos me han llevado a la persona de Juan, convertido así en el punto de convergencia de numerosos caminos.
Por un lado, un proyecto en el que nos hemos embarcado relacionado con las topografías médicas, curiosas e interesantes publicaciones a las que dedicó uno de los dos únicos trabajos de calidad existentes hasta el día de hoy, centrados en su sistematización, y en cuyo catálogo o inventario anexo aparece la que escribiera su padre: Geobiografía e historia de Quintana de la Serena (Prensa Española, 1961). Más casualidades o coincidencias, pues esto es como coger una cereza y arrastrar dos o tres enredadas por los rabos. A Juan Casco Arias, su padre, que ejercía de médico en Quintana de la Serena (Badajoz) le entrevistó Ángel María de Lera que, ya con el Premio Planeta en el bolsillo, estaba realizando una serie de entrevistas a médicos rurales. Cuando me lo dijo Juan, yo acababa de leer Las últimas banderas (1967) y tanto me había impresionado que estaba preparando un comentario, resumen o reseña de la novela.

Paisajes después de la batalla (o de la crisis)

Por otro lado, la irracionalidad a la que hice mención más arriba. Y esta confusión, este no saber qué dio pie a la conversación sí que me molesta, pues solo conservo el regusto agradable del momento, pero no sus detalles. En dicha ocasión, no sé muy bien a raíz de qué acontecimiento, pero que debió ser lo suficientemente sonado, hablando sobre las alucinaciones e histerias colectivas, las leyendas urbanas o la imperiosa necesidad de creer en algo a pies juntillas aunque no se sostenga bajo ningún concepto, Juan sacó a relucir el caso de los Ángeles de Mons, ese ejército celestial que, presuntamente, se interpuso entre las tropas alemanas y las inglesas la noche del 22 al 23 de agosto de 1914 impidiendo la invasión de las islas británicas por los teutones. Mencionó a Arthur Machen, el novelista que popularizó el montaje en su relato The Bowmen (“Los arqueros”) publicado un mes después de la batalla, el 24 de septiembre, en The Evening News, aunque no está muy claro qué fue primero, la gallina o el huevo, la leyenda o su narración. A los pocos días me regaló Juan un librito del propio A. Machen, El terror, escrito y ambientado igualmente durante la Gran Guerra.



A lo que iba. En dicho relato se describe un ambiente muy similar, salvando las distancias, al que vivimos hoy en día. Se intuye que algo malo, muy malo va a ocurrir, pero no se sabe muy bien qué es, aunque se sospecha su enorme y terrible dimensión. Una angustiosa calma que precede a la tempestad. Y tenemos experiencia de lo calamitosas que resultan en España esas tormentas de julio.
Ya falta menos para que llegue el mes de septiembre y volvamos a vernos para retomar esas charlas interrumpidas sobre la psiquiatría española durante la guerra civil, la sanidad en el siglo XIX o por qué extraños vericuetos llegaron los libros propiedad de Jaime Vera a la biblioteca.

martes, 26 de junio de 2012

De sueños y huidas

Anoche soñé que escribía. Las ideas que quería expresar quedaban plasmadas, con una asombrosa sencillez y fidelidad a lo deseado, en cientos de papeletas que volaban por los aires en un torbellino sin fin. Y me empeñaba en recogerlas para agruparlas en virtud de unos criterios extraños y desconocidos. Pero era un trabajo imposible, como un castigo mitológico. Las reunía en montoncitos de tamaños idénticos, cada uno encabezado por una tarjeta donde, con una letra que no era la mía aunque me resultaba familiar, aparecía en grandes y cuidados caracteres una palabra que no podía descifrar, como escrita en un idioma ya desaparecido, pero que suponía de grandilocuentes connotaciones. Como si tuvieran vida propia, se desbarataban y volvían a bailar por el aire de la habitación con un ritmo burlón y enloquecido. Incluso sentía la caricia fría y seca de sus carcajadas de papel. Y así una y otra vez, hasta que desperté empapado en sudor, estremecido por el aire que se colaba a borbotones a través de los visillos.

Lo cierto es que, últimamente, suelo recordar con bastante exactitud los sueños (y las pesadillas) que me visitan estas primeras y agitadas noches de calor. Consignar todas y cada una de ellas en un cuaderno podría parecer una tarea interesante, e intentar interpretarlas, un auténtico suicidio. Aquí me gana mi pereza proverbial, pues esta labor requeriría levantarme de la cama en cuanto me despertara y ponerme a escribir de forma apresurada y frenética, con el compromiso de completar las notas así transcritas más adelante. Pero mi natural dormilón me lo impide, no sé si para bien.


De una naturaleza similar a la de los sueños es la de la fantasía, esos mundos imaginarios por los que transitamos con frecuencia e, inocentemente, creemos dominar a voluntad. Es una reminiscencia de la infancia. Entonces estábamos convencidos de que los anhelos se verían cumplidos con solo cerrar los ojos fuertemente, hasta que nuestra ceguera se poblaba de diminutos puntos y estrellitas de colores, y pensar con igual intensidad en el objeto de nuestros deseos. Poco importaba que, una vez devueltos a la realidad, eso que tanto esperábamos no apareciera por arte de magia delante de nosotros; seguramente, había fallado algún extraño mecanismo. Sería cuestión de depurarlo la próxima vez.



¿Y qué decir de los recuerdos? Pasamos media vida maquillándolos, puro mecanismo de defensa que nos facilita el olvido de los malos momentos, recreando con deleite y desmesura aquellos que nos proporcionan sensaciones agradables o excusas que justifican nuestro proceder. De tanto manipularlos, llegamos a deformarlos, y aquí no hay arqueología que valga ni método capaz de devolvernos la realidad fidedigna de lo vivido. Es un continuo hacerse y deshacerse con materiales de derribo, puro afán de reconstrucción que amenaza con transformar la misma vida en literatura.



Hay algo a medio camino entre la fantasía y el sueño, entre el deseo, la esperanza y los recuerdos, participando de las características de cada uno de ellos: la huída. Puede ser definitiva o momentánea, fingida o real, pero siempre voluntaria. Implica un riesgo mayor o menor, que puede poner o no nuestra vida en peligro. Ignorancia de lo que pueda suceder, aventura gozosamente asumida, idealización de lo desconocido, descubrimiento enriquecedor, exploración de nuevas realidades, dejarse llevar sin exigir nada a cambio…



No se trata necesariamente de algo espectacular, delirante y rupturista. Solo con salirnos de los caminos que habitualmente transitamos, estamos practicando una huída. Pienso en aquellas ocasiones en que, literalmente, me habría gustado abandonar la carretera seducido por un paisaje que se me antojara evocador, como aquellos pueblos que se deslizan por la ladera de Gredos en su vertiente sur. En más de una ocasión he estado tentado en tomar el primer desvío de la Nacional V a la derecha, antes de llegar a Talavera, y recorrer aquella zona sin rumbo fijo, con la esperanza de encontrar algún valle a modo del locus amoenus por el que suspiraban nuestros clásicos. O subir por la carretera local, por la vía de los Pantanos, seguramente en mal estado, que nos llevaría a un pueblecito llamado Minas de Santa Quiteria, pues el mismo nombre justificaría por si solo una huída. O, alrededor de Cíjara, coger la pequeña carretera que, descendiendo entre pinos, anuncia Navahermosa a ¡80 km.¡
Tomado del cuaderno de notas. "Domingo, 10-6-2012. Hoy el cielo parece que quiere cubrirse de blancas nubes esponjosas. No arranca la furgo. Los de la Mútua vienen enseguida, le dan un chispazo, cojo a los pequeños y hacemos kilómetros para cargar la batería. Casi llegamos hasta la resi. Los coches con los que nos cruzamos llevan las luces encendidas !a las 12 de la mañana! ¿Querrán llamar a un invierno que ya se ha ido?Alex y Sara se duermen. Me gustaría perderme, tomar cualquier carretera y llegar a un lugar nuevo, completamente desconocido y, desde allí llamar a Carmen y a Itziar. "Aquí estamos, no hay nada que hacer y... !esto es tan bonito¡" Porque seguramente sería muy bonito, quizá un lugar ameno, como esos dos o tres que he disfrutado en mi vida. "!Qué bien se está aquí¡" Tumbarse sobre la hierba, cerrar los ojos. La luz, atravesando atropelladamente el ramaje, quiere inundar mis párpados, pero yo solo veo lucecitas brillantes, y se apodera de mí un tremendo deseo de dormir... Porque el tiempo ya no es una espada y el olor caliente de la hierba recién cortada, y el agua cristalina y fresca que salta enre las rocas, y las hojas de los árboles que brillan con un verde rabioso como un millón de espejos, y esos pájaros cuyo nombre ignoro pero que conozco tan bien..."