viernes, 26 de julio de 2013

Como un sol de invierno al mediodía. Acebedo (León), 20 y 21 de julio de 2013



Embalse de Riaño, también conocido como Fiordos Leoneses
La luna, colgada de un firmamento azul y limpio, se reflejaba espléndida en la superficie esmeralda y cristalina. A medida que descendíamos por las curvas de la CL635, como si de una epifanía se tratara, nos mostraba el embalse tramos cada vez más grandes de su lecho, hasta llegar al espectáculo de Riaño iluminado. Como un paseo marítimo interior, dejaba adivinar la simetría y el ritmo arquitectónico del urbanismo al que servía de pantalla. Y por encima de todo aquello, la silueta alpina y encrestada de los Picos de Europa que, en el apogeo del plenilunio, adquiría matices fantasmagóricos, con la textura del sueño.


Alojamaiento rural "Sol del Mediodía". Un auténtico descubrimiento
Acebedo (León) C/Caldevilla, 2
Pocas horas antes, paramos a cenar algo en una estación de servicio ya pasado Venta de Baños. A nuestras espaldas quedaba el llano castellano y sus campos amarillos recién segados. Sara cenó de lujo y Carmen apuntó las señas del lugar para volver en nuestro próximo viaje a Potes.
-. Deberíamos llevar un cuaderno y anotar todas estas cosas..
Nos acordamos de nuestro amigo Pepe, libreta en mano. Al principio escribía medio a escondidas, apoyando el papel en la pierna, por debajo de la mesa: la marca del vino, el nombre del restaurante donde estábamos comiendo o del pueblo que se veía en el horizonte. A medida que ganaba confianza, ponía la agenda sobre el mantel e incluso se la prestaba a Sara para que garabateara…
Dejamos atrás el pueblo que da su nombre al embalse y, atravesando Burón y Lario, llegamos a Acebedo poco después de medianoche. Aparcamos el coche en la calle Caldevilla, 2 y enseguida salió a recibirnos Ester, la dueña de la casa rural “Sol del Mediodía”, donde habíamos alquilado una habitación. La temperatura exterior, que apenas llegaba a 14 grados, la paz que todo lo inundaba con el contorno grisazulado del Mampodre de fondo y la afabilidad de Ester que, después de las presentaciones, se dirigía a nosotros como si nos conociera de toda la vida, presagiaban un buen fin de semana, disipando las dudas que nos acompañaron durante el viaje.


Alturas del Mampodre con sus neveros
El motivo de nuestra estancia en el pueblín leonés era pasar el día con Alejandro, que llevaba acampado en los alrededores, con el resto del grupo scout Planeta, desde el martes 16 de julio. Al igual que sucediera el año anterior en Llames de Parres, los familiares de algunos niños, que se han construido un nicho en el mismo (“Rama de Padres”), habían organizado una “jornada partida” de padres consistente en una velada nocturna el sábado y un maratón de juegos la mañana del domingo, con la traca final del cocido al que nos invitaban los monitores. La idea no nos seducía ni poco ni mucho, no acabábamos de vernos jugando al pañuelo o a guerras de agua. Pero si queríamos estar con Alejandro (Itziar todavía estaba haciendo el camino de Santiago, entre San Sebastián y Bilbao, y no se incorporaba al grupo hasta el martes 23), no teníamos más remedio que transigir y pasar por el aro…
Los senderos que se bifurcan, como en el cuento de Borges
A las diez de la mañana del sábado, durante el típico desayuno a base de pan tostado, bizcocho, zumo y café, coincidimos en el salón-comedor con tres o cuatro parejas, perfectamente pertrechadas, que hablaban de hacer un tramo del Cares.
Preguntamos a Ester cómo se llegaba a la campa:
- ¿A cuál de las dos…?
No sabíamos que había otro grupo en las proximidades. Por lo visto, estaban en unos prados, a dos o tres kilómetros del pueblo. Como no teníamos nada mejor que hacer, echamos a andar y, antes de salir de Acebedo, nos cruzamos con dos coches conducidos por gente conocida:
- Si seguís el camino – nos indicaron- veréis unos coches aparcados. Allí está el otro grupo. Más adelante, hay un coche gris debajo de un poste. Arriba están los nuestros. ¿Vais a acampar?
- No, estamos aquí, en el pueblo
- !Ah, bueno...¡ Los que traen tiendas, han quedado a las cinco para plantarlas cerca del campamento… Nosotros llegamos anoche
-. ¿…?
Seguimos subiendo, sin toparnos con ningún coche aparcado
Acebedo es un pueblo pequeño, con una treintena de casas de piedra, rodeadas de impecables jardincillos y huertos, dos bares y una panadería. Los vecinos parecen competir en el cuidado y apariencia de sus hogares, pues abundan las flores adornando balcones y fachadas. En la plaza, una fuente que mana agua helada, la iglesia parroquial consagrada a Nuestra Señora de la Puente, con cierto regusto minero y, a pocos metros, el ayuntamiento, levantado en los años veinte.


Arroyo Erendia. Campa Planeta
Saliendo del pueblo, el camino se bifurca y, tal vez por pereza, tomamos el que bajaba (!y luego, subía, claro¡). En dos kilómetros, unos coches estacionados a la derecha del sendero, anunciaban la cercanía del primero de los campamentos. Nos asomamos al terraplén y, al fondo, a orillas del río de la Vega, se veían unas cuantas tiendas, y dos o tres piscinas hinchables para los más pequeños. Proseguimos con la marcha y, al final de una cuesta, bajo un poste de la luz, aguardaba el coche gris. Al fondo y a la izquierda, los picos pelados de Cuesta Rasa, Valjarto y Mediodía, con alturas entre 1900 y 2200 metros conservaban aún, a estas alturas de julio, algún que otro nevero, cuya visión ya nos había sorprendido desde la ventana de la habitación. Dejamos atrás el coche, nos quitamos las cazadoras (hasta entonces, no sobraban) y Carmen se adelantó con la cámara. Sara y yo, rezagados, nos entreteníamos viendo el paisaje, las vacas que pastaban a ambos lados del camino, las cigüeñas que surcaban el cielo con su parloteo inconfundible… Al llegar a un arroyo, que se precipitaba desde los picos, nos detuvimos, incapaces de vadearlo sin mojarnos los pies. Al poco, apareció Carmen, que no había dudado en empaparse.
-.  Por aquí no hay nada. Tendremos que enterarnos mejor, si no queremos perdernos esta noche.


Nunca viene mal un achuchón en medio del camino
Regresamos sobre nuestros pasos. Al alcanzar de nuevo el coche testigo, nos pararon tres automóviles que manejaban sendos padres del otro campamento. Durante la charla, dedujimos que los Planeta habían acampado siguiendo un camino de cabras muy empinado que nacía justo donde el coche gris de marras. Y allá fuimos, subiendo y bajando cuestas hasta alcanzar un otero desde el cual, esta vez sí, se veía el campamento. Es más: a una distancia por encima de trescientos metros, Carmen llegó a distinguir a Alejandro. Confieso que yo no fui capaz.
-. Sabes que no podemos pasarnos hasta la noche…
-. Bueno, ahora nos vamos a comer a Riaño, compramos una empanada, y la traemos a las cinco



Enormes y verdes prados
En uno de los mil juegos que tenían preparados...
Bajamos al pueblo, cogimos el coche y llegamos a Riaño en media hora. Aparcamos en la Avenida de Valdayo y encargamos una empanada, que estaría lista sobre las tres. Mientras tanto, tomamos algo en una terraza sobre el embalse, en la Plaza de Cimadevilla, junto a la iglesia parroquial y el museo etnográfico. Al marco no se le podía pedir más y nos extrañaba que no estuviera impracticable. Todo era nuevo y limpio, como de exposición…; y todo estaba vacío. Alguna pareja de extranjeros se desperdigaba por las mesas, plano en mano y macuto al hombro. Al embalse le venía que ni pintado el apodo que recibía: Fiordos Leoneses.

Y otra vez las flores por doquier y, en el hotel La Presa, apoyadas sobre una pared, rodeadas de rosales y buganvillas, cuatro o cinco bicicletas pintadas de negro, sostenían macetas de prímulas, margaritas, tagetes, pensamientos y gitanillas. Recogimos la empanada, comimos unos garbanzos con setas, calamares y gambones y sobre las cinco regresamos a Acebedo, subiendo con el coche hasta el dichoso poste de la luz.


Desde el otero



Bajando al campamento


Alejandro y Sara, la "precastora"
Madrigueras de los castores
Algunos padres se habían atrevido a acercarse conduciendo hasta el otero, junto a La Matona, desde el que divisaba el campamento. Por la mañana solo estaba el Qashcai alquilado por el grupo, con el que iban a hacer la compra al pueblo y a Riaño. Bajamos la cuesta, cruzamos el arroyo Erendia sobre unos tablones que bailaban y no sé cómo aguantaban con nuestro peso, y nos dejamos caer, como quien no quiere la cosa, y con la excusa de la empanada, en La Frecha, donde habían instalado el campamento. Vimos a Alejandro y le prometimos que volveríamos por la noche.

Para hacer tiempo, bajamos andando al pueblo por tercera vez y con gran disgusto de Sara, que no entendía cómo no hacíamos el trayecto en coche. De tanto andar (calculo que hicimos unos 15 kilómetros aquel día) y con el tiempo que disfrutábamos, nos habíamos abrasado. Tomamos algo en uno de los bares de Acebedo y charlamos un poco con Ester en su jardín. A su casa, “Sol del Mediodía”, no le faltaba ningún detalle, todos ellos escogidos con gusto. Cuajada de manualidades y cacharros recuperados, plantas aromáticas que despedían ese aroma inconfundible, como de balneario, y que aumentaban la sensación de confort y recogimiento, tanto que nos propusimos volver con Alex e Itziar más adelante, en otoño. Las parejas con las que coincidimos esa mañana en el salón, ya estaban de vuelta: eran los padres de algunos críos del otro campamento que pertenecían a un grupo scout que se reunía, antes de que lo cerraran indefinidamente, en el Centro Cultural Fernando de los Ríos. ¡Ya es casualidad!
Lateral del hotel La Presa (Riaño)

El hotel La Presa, desde la plaza de Cimadevilla
Subimos (cuarta vez) sobre las nueve, comimos unos bocadillos en el otero acompañados por tres terneros y su madre que nos observaban con desconfianza, a cierta distancia. A la hora fijada bajamos de nuevo al campa. Los padres implicados plantaron sus reales en un pequeño claro, prudentemente alejados de las instalaciones. Perfectos campistas, se habían llevado todos los archiperres necesarios para hacer más llevadera su estancia montuna.



La plaza de Cimadevilla (Riaño). !Triste y sola...¡
En La Frecha abundaban los robles y las hayas, helechos y abedules, cerezos y manzanos silvestres. A esas horas, se mezclaba el aroma dulzón de la hierba húmeda al de la boñiga, y con el sonido cristalino del Erendia saltando las rocas, nos vimos sumergidos en un ambiente de lo más bucólico y pastoril, tan relajante y entrañable como un sol de invierno al mediodía. Junto a la cocina, un avellano de mil varas cobijaba con su sombra a quien así lo quisiera.
A esta distancia Carmen fue capaz de identificar a Alejandro...
Carmen participó en la gincana prevista, a la que asistieron los monitores como simples comparsas, como si nada tuvieran que ver con el asunto, de tal manera había acaparado la atención el grupo de padres que, no lo olvidemos, eran los invitados de sus hijos. Con la noche, comenzó el frío y el cansancio de las andanas acumuladas. Sara se durmió en una silla y yo no veía el momento de que acabara la fanfarria.



Sara posando en la Avenida de Valdayo (Riaño)
A las doce y media, y gracias a que Jorge, el cocinero, se apiadó de la niña y nos acercó al coche, ya estábamos, molidos y destrozados, en la cama.


Gárgola inquietante de la Catedral de Palencia


Quemado por el sol
Aunque los actos del domingo empezaban a las diez de la mañana, nosotros teníamos que dejar la habitación, por lo que no llegamos hasta las once y media. Con todo y con eso, Sara se hartó de jugar, Carmen de hacer fotos y yo de tumbarme bajo la sombra protectora del avellano que presidía la campa. Lo que realmente queríamos, para lo que habíamos recorrido 400 kilómetros, era para estar con Alex, que nos enseñara su tienda y las cosas que habían hecho. Comimos con ellos un cocido (muy aparente, todo hay que decirlo) y cuando pudimos nos despedimos, después de que el niño nos mostrara orgulloso (no era para menos) las madrigueras (así llaman a sus tiendas) de los castores, el macutero, el tendedero, las duchas junto al arroyo e, incluso, las letrinas perfectamente adaptadas. Este era su segundo campamento, y aparte de la lógica morriña (tiene 8 años) se veía integrado y feliz, algo que nos preocupaba razonablemente. 
Junto a la iglesia rescatada de las aguas (Riaño)
Esto del “día de padres”, nuestras reticencias hacia la forma que tienen de plantearlo, y no me refiero al kraal o monitores, si no a la rama paternal que ha monopolizado el asunto con la mejor de sus intenciones, resulta a todas luces una batalla perdida de antemano. En mis años de scout la cosa era más sencilla: te visitaban los padres en el campamento, les mostrabas orgulloso las tiendas y comías con ellos allí o en los alrededores. Aprovechabas para ver lugares que, de otra manera, no podías ver; si no venían los tuyos, te acoplabas con otra familia (o al revés), y se dejaba a los monitores unas horas de merecido descanso. El año pasado Alejandro no llegó a visitar Ribadesella o Cangas, y este año le pasará lo mismo con Riaño…



En la plaza del ayuntamiento palentino
La intención de Carmen era parar en varios sitios de camino a Madrid, pero la villa romana de La Olmeda, cerca de Saldaña, ya estaba cerrada y el cielo amagaba tormenta. Entramos en Palencia, una ciudad y provincia que hasta hace pocos años me resultaban completamente desconocidas, hasta el punto de preguntar, medio en guasa, medio en serio: “Pero… ¿Palencia existe?” Tuvimos la suerte de cruzar las puertas de la iglesia de San Miguel cuando estaba terminando la misa y el sacerdote transmitía a los fieles allí congregados un mensaje del obispo que, ante la proximidad de la festividad de Santiago Apóstol, y teniendo en cuenta que este año era laborable, aconsejaba a los “patrones” [sic] que permitieran a todos los que se dedicaban aquellos días a las labores de la siega [sic] a asistir a los oficios religiosos [y sic]. Era como hacer un viaje en el tiempo hasta una Castilla inmóvil, detenida, orgullosa y sorda, en algún momento indefinido de la Historia.
Palencia. Plaza del Ayuntamiento
La ciudad en si nos decepcionó. No había padecido los estragos de una guerra o de una catástrofe natural, si no algo infinitamente peor: los despropósitos de un urbanismo descerebrado y un tanto psicópata. A muy pocos metros de la Catedral, con sus gárgolas sobrecogedoras, se levantan unos edificios que destrozan el entorno de forma imperdonable. Alguna calle (como la del casino o la plaza del ayuntamiento) conserva todavía ese encanto provinciano tan característico pero, a falta de una visita más detenida, son bastante pocas.
Volvimos a Madrid con un buen número de imágenes y sensaciones impresas en la memoria, con el gusto de dejar Alejandro en mejores condiciones que el año pasado, esperando la llegada de las vacaciones y del próximo viaje.


Esquinazo del Casino
P. D. Agradecemos desde aquí a Kike, Alberto, Rasti, Carlota, Jorge, Dudu, Arco, los chavales "de prácticas" y al resto del Kraal el esfuerzo invertido en la organización y buena marcha de este campamento 2013, así como en acompañar a los niños en esos momentos de inseguridad y "penita". A Ester, por su hospitalidad y cercanía, de las que tan escasitos andamos últimamente. Y pido perdón por los errores que haya podido cometer en la identificación de localizaciones: ya va siendo hora de seguir el buen ejemplo de Pepe y meter en el bolsillo libreta y lápiz...


La felicidad...

sábado, 29 de junio de 2013

Bajo las alas del cuervo

 “Pálidos miedos comparados con los que experimentan todos los niños en la oscuridad de sus lechos, sin poder confesárselos a nadie en la esperanza de ser comprendido, a no ser a otro niño. No hay terapia de grupo, ni psiquiatría, ni servicios sociales de la comunidad para el niño que debe hacer frente a eso que todas las noches está en el sótano o debajo de la cama, a eso que acecha, se mueve y amenaza detrás del punto donde la visión se acaba. Y noche tras noche hay que librar la misma batalla solitaria, y la única cura es que al final las facultades imaginativas terminan por anquilosarse, y a eso se le llama ser adulto.” Stephen King, Salem’s Lot, 1975


La otra noche soñó Alejandro con el Pequeño Vampiro. Allí estaba Rüdiger, en nuestra casa que, a la vez, era el colegio y mi hijo, convertido por arte de birlibirloque en un nuevo Anton, disfrutó tanto de aquel momento que, al día siguiente, nada más levantarse, le faltó tiempo para contármelo con todo lujo de detalles. No contento con ello, volvió a la carga por la tarde, y hablamos largo y tendido de los sueños, asunto que, por otra parte, me apasiona; de cómo se sirve de ellos la mente para descansar mientras procede a una ordenación de la información almacenada durante el día; de esos sueños que nos traen a los que ya no están y de los que despertamos dulcemente; o de aquellos otros que nos sumergen en una angustia que ahoga y de la que no podemos huir…. El niño fijaba la mirada en algún punto del vacío, signo inequívoco de que iba a proceder con una batería de preguntas que venía acariciando horas antes. Hasta entonces nunca había manifestado la menor curiosidad por ese mundo que habitamos mientras dormimos, por lo que no tardó en recuperar el tiempo perdido. ¡Y de qué manera! Yo respondía a su interrogatorio como buenamente podía intentando, por un lado, calmar sus inquietudes quitándole hierro al hecho de soñar, pues me daba cuenta de hasta qué punto le había afectado el asunto; y, por otra parte, de forma un tanto irresponsable, animándole, ma non troppo, a explorar ese terreno de lo irreal y fantástico a modo de entretenimiento y escape. Por la noche, cenó a toda velocidad, se duchó, y se metió en la cama cuando apenas habían dado las nueve. “¿No es un poco pronto, Alejandro? ¡Aún es de día!”, le pregunté un tanto extrañado. Con la mayor naturalidad, me respondió: “Así duermo más horas y, a lo mejor, sueño con Doraemon”.




Siempre hemos cultivado, Carmen en bastante mayor medida que yo, ese mundo de magia e ilusión que rodea a los niños. Debo confesar que a mí, en determinadas ocasiones, como las navidades, sus cumpleaños y otro tipo de celebraciones, llega a agotarme físicamente mantener tanta tensión, pero, al cabo, participo en el jolgorio de mejor o peor gana y en la medida de mis posibilidades. Quedan en la historia familiar aquella bruja que se escondía en un armario del piso de mis suegros y a la que el abuelo Fernando logró arrebatarle hace años un jirón de su vestido. O la casa de los tres cerditos completamente arruinada por las fechorías del lobo, uno de los primeros hitos que hay que superar si queremos alargar un tanto los paseos en el Pantano….

Algunos de los educadores que han estado a cargo de nuestros hijos insisten en el carácter infantil e inmaduro que comparten los tres. Nos cuesta trabajo entender cómo es posible que unos niños, carne de guardería, comedores escolares y “horas extendidas” desde los cuatro meses de edad que, al contrario que la inmensa mayoría de sus compañeros, no han gozado de la entrega sin límites de sus abuelos, y que han visto a sus padres trabajar como mulas dentro y fuera de casa, sean tan infantiles e inmaduros como nos aseguran.

Habría que aclarar qué se entiende por madurez en una sociedad que contrapone este concepto al de ingenuidad, de manera que la inmadurez y el infantilismo se caracterizarán por la simpleza, la facilidad de ser engañado, la ausencia de malicia, astucia o doblez al obrar, la inocencia, la sinceridad y carencia de malas intenciones.


Es cierto que, como acabo de decir, hemos alimentado en no poca medida ese mundo mágico que no nos parece mal visiten con frecuencia, como también es verdad que siempre procuramos que tengan seguridad en si mismos, en el mundo y en la gente, sobre todo en la más cercana a ellos, y que valoren, además de lo propio, a las personas,  no en función de qué beneficio puedan obtener de ellas, si no en virtud de sus principios y del ejemplo que ofrecen. Es una tarea muy difícil, ya que a menudo hay que sustraerse del ambiente que nos rodea que muy poco ayuda.

En este empeño siempre hemos depositado toda nuestra confianza en aquellos profesores y personal no docente que durante ocho horas diarias tienen en sus manos la educación y el cuidado de los niños. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a Enriqueta y Conchi, Susana, Marta y Adolfina, Sergio, las dos Encarnas, Manolo y Gema, Sandra, Jesús, Virginia y Mª Carmen, Nieves, Elena y Esperanza… Todos ellos supieron ver más allá de las apariencias y los gestos de los críos, encauzando su energía, descubriendo sus potencialidades, corrigiendo sus defectos o advirtiendo sus temores para poder disiparlos, al tiempo que les transmitían conocimientos y, lo que es más importante: las ganas y la curiosidad por adquirirlos.

El fruto de su trabajo ahí está, y guardamos hacia ellos el afecto y el agradecimiento más sincero. Dedicados a la siembra y cultivo de una serie de valores muy poco cotizados hoy en día, como el esfuerzo, la integración, el optimismo, el respeto a la diferencia, la curiosidad y admiración por el mundo en torno…, reflejaban en todos y cada uno de sus actos la vocación propia del maestro. Esta palabra tan grande, tan cargada de significado: Maestro, está siendo sustituida hoy por la de educador, ambigua y extraña, cajón de sastre y arma de doble filo, cuando por experiencia profesional o perfil vital aún no se está a la altura de tan excelso papel.



Porque de arma letal podemos calificar aquellas artimañas, las de algunos educadores que, no contentos con renunciar a guiar al alumno en el aprendizaje y en la adquisición de las herramientas que tan útiles le serán en la vida, vuelcan todo su afán en ahondar en sus debilidades, para apartarlo del grupo, o en segar con violencia aquellas actitudes o inclinaciones, no estrictamente académicas, que le hacen destacar por encima del rebaño. Son unos auténticos maestros, pero de la exclusión y de la segregación, alrededor de los cuales gira necesariamente todo un enjambre de psicólogos, y psicopedagogos que en ocasiones les proporcionan el argumentario imprescindible para justificar todas las torpezas que tienen ocasión de  perpetrar a diario.

Recientemente tuvimos una experiencia difícil de calificar a raíz de una gamberrada infantil que había cometido Itziar. Tan grande fue para nosotros el impacto recibido, por lo inesperado, arbitrario e incomprensible, que pasamos un fin de semana toledano, de esos que no se olvidan fácilmente. Carmen, con su cabeza siempre más ordenada y metódica, no tardó en racionalizar el asunto, haciendo acopio de datos que avalaban no solo la falta de apoyatura legal de la medida adoptada (nada más y nada menos que una expulsión del centro), sino también el repudio que inspiraba entre los expertos en la materia. Pero de nada sirvió. Lo que se perseguía con la sanción era precisamente  la eliminación social, el apartamiento momentáneo de la víctima del grupo al que pertenece justo en la edad en que tanto se valora la opinión que los demás tienen de uno mismo. Es decir: la más descarada humillación.

Podemos atribuir tal decisión, con el ánimo de sortear todo conflicto, a la inexperiencia (y consiguiente inseguridad) de quien tuviera la potestad de escoger la sanción más adecuada a la falta cometida… teniendo en cuenta que en un contexto escolar el castigo no busca reprimir conductas sino encauzar comportamientos. El caso es que, a medida que avanzaba la regañina, (pues me citaron, no para consensuar la sanción más adecuada, dentro de la tradicional llamada a la colaboración de los padres con la escuela, sino solo para rubricar una decisión inapelable), se inflamaba su discurso, se multiplicaban los improperios, alusiones a denuncias anónimas y argumentos contradictorios bajo la comprensión hacia nuestra dificultad para educar correctamente a los niños. Y en un discurso que se decía  y desdecía con pasmosa soltura, afloró por fin aquello que convertía un delito aparentemente trivial en un comportamiento  intolerable y preocupante: el don de gentes de Itziar (“haga lo que haga tu hija, a la que tenemos, por otra parte, un gran cariño, le seguirán todos los demás, y eso no podemos consentirlo”) y su defensa a cualquier precio de una reivindicación reclamada por sus compañeros y de la que la niña no se iba a beneficiar pues no le interesaba lo más mínimo, pero que estaba obligada a defender en su calidad de delegada y representante de sus compañeros.

Era inevitable nuestra perplejidad ante lo que no podíamos valorar más que como una reacción violenta y algo primitiva ante el  temor de que se tambalee un mundo de adulación y ciego seguidismo que, consciente o inconscientemente,  termina por edificar una visión así del mundo. Como afirma Plutarco: “El hombre supersticioso teme la tierra y el mar, el aire y el cielo, las tinieblas y la luz, el ruido y el silencio: teme hasta los sueños”

Sea como fuere el daño ya está hecho. Yo apenas acabo de salir del marasmo. Porque por encima de esa mezcla, desgraciadamente muy común hoy en día, de inexperiencia e inseguridad, se veían las negras alas del saqueador de conciencias, de ese cuervo empeñado en abortar cualquier atisbo de diferencia, en desgarrar todo conato de cuestionamiento de la arbitrariedad impuesta, ofendiendo no solo a la razón, si no poniendo en entredicho los más altos principios, con la apelación a rumores e infundios que se prestan a  tergiversaciones… dicho sea en un plano abstracto y desde el más profundo respeto.

Sin duda su intención era acelerar la entrada en la madurez de la educanda. Pero probablemente sin quererlo han pisoteado su ingenuidad (no olvidemos que ingenuidad también es sinónimo de libertad y se opone a esclavitud y servilismo), dificultando su  acceso a la madurez de la mano del tiempo y la experiencia adquirida, como es lo deseable. De momento, y como primer éxito de gestión, han conseguido confundir, en una mente en plena formación, acción de la Pastoral (loable en si misma, pero independiente de la acción docente) con actividad académica (guiada por  criterios pedagógicos y nunca doctrinales), ahondando un poco más en la dificultad que cualquier adolescente tiene para diferenciar ambientes distendidos (lo denominan así) de vida escolar. Por todo ello no puedo evitar que me venga a la cabeza aquella famosa cita  bíblica "!Ay de quien escandalice a estos pequeños, más le valdría no haber nacido¡".

Con planteamientos así no veo que se pueda establecer ningún puente ni valen medias tintas. Tampoco cabe aquello de "el mejor desprecio es no hacer aprecio", ni diplomacia, ni mucho menos elegancia.  Entablar un diálogo con quien solo acepta lo que piensa poder imponer a la fuerza es ridículo, un vano esfuerzo. Como bien dijo Churchill a Chamberlain cuando éste aprobó la invasión de los Sudetes por Hitler, con el estúpido objetivo de apaciguar a la bestia: “Te han dado a elegir entre el deshonor y la guerra. Elegiste el deshonor, y tendrás la guerra” Bastante clara tenía la bestia su meta y se perdió un tiempo precioso (y millones de vidas) en filigranas y puentes que una de las partes jamás tuvo intención de cruzar.


Por suerte en esta ocasión soy consciente de ser tremendamente exagerado (y me tranquiliza constatar que el centro por el momento no dispone de duchas ni de jabón). Sin duda el humor es una salida más inteligente que el conflicto cuando el individuo se niega a renunciar a la razón. Clasificaré este post en la categoría de Desahogos y no en Personal. Espero no terminar siendo esclavo de mis palabras.

viernes, 31 de mayo de 2013

Vientos de guerra. “Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid” (Camilo José Cela, 1969)




“...esto no es sino una purga del mundo, una purga preventiva y sangrienta pero no apocalíptica…” (333)

Aprovechando el trigésimo aniversario del final de la Guerra Civil, Camilo José Cela(1916-2002) lanza al mercado editorial una de sus novelas más complejas, elaboradas e inquietantes. Eclipsada por los éxitos de público y crítica justamente obtenidos por “La familia de Pascual Duarte” (1942) y “La Colmena” (1951), y teniendo que compartir el favor de los lectores con todas esas obras nacidas al abrigo del boom literario hispanoamericano, parece que “San Camilo, 1936” (1969) no gozó en su día de la acogida que merecía su indiscutible calidad.

Tal como reza su título completo, “Vísperas, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid”, de acertadas resonancias litúrgicas, es una llamada a la conciencia, al recuerdo del martirio, a la eterna recreación del sacrificio. Pocas veces se encuentra tan imbricado el asunto a tratar con la técnica escogida para su exposición. Larguísimo monólogo reflexivo en segunda persona, como si de una febril letanía se tratara, dividido en tres grandes bloques (vísperas, festividad y octava) y un epílogo, está construido de una manera tremendamente original con materiales de muy distinta procedencia: anuncios de productos farmacéuticos, cuñas publicitarias aparecidas en la radio (Unión Radio), extractos y titulares de noticias, digresiones demenciales del narrador que van de lo escatológico a lo grotesco, rayando a menudo en lo admonitorio… Gracias a las mínimas pinceladas con las que el autor consigue dar consistencia de manera magistral a los más de doscientos cincuenta personajes que se mueven por la novela, mezcladas con los fragmentos referidos más arriba, se ilustra la vida de una ciudad, Madrid, los días inmediatamente anteriores y posteriores al pronunciamiento militar del 18 de julio de 1936, con el asedio al Cuartel de la Montaña de fondo y los premonitorios vientos de guerra. Estos sucesos, presentados de forma aséptica, unas veces como titular y otras como recreación, no destacan entre los demás fragmentos, a no ser porque aceleran o trastocan la evolución de esos personajes.

Esa labor de ensamblaje, que da lugar a un producto cerrado y compacto, con el inequívoco sello del autor, solo es posible con el recurso a las sensaciones de todo tipo. Podríamos calificar  a “San Camilo, 1936” como obra multimedia desde el momento en que nos arroja a la cara, a veces con violencia, una multitud de olores, de ruidos y sabores difíciles de digerir; nos hace experimentar el hambre, la enfermedad o el asco, el miedo y la desesperación, así como la ternura y la empatía, en muchas ocasiones sin solución de continuidad entre una y otra:

“El 14 de abril [de 1931] los oradores hablaron al pueblo desde el balcón del Centro Republicano, la multitud cantaba la Marsellesa pero como la gente no sabía la letra la tarareaba, era un espectáculo bastante raro y dramático oír tararear la Marsellesa a dos o tres mil personas llenas de buena intención y de dudas, de muchas dudas. El 18 de julio [de 1936] a las seis y media de la mañana un automóvil se estrella contra una farola del Banco de España, es un dodge coupé de color negro y tiene manchas de sangre en el parabrisas, en los asientos y en el suelo, mueren sus tres ocupantes, dos señoritos y una prostituta… “ (p. 15-16)

Este párrafo recoge los tres ejes vertebradores de la novela y dos de sus recursos literarios. Por una parte la política que nunca acaba de entenderse del todo, aunque levante adhesiones y entusiasmos:

“la política no es el arte del todo o nada sino al revés, en política no se parte jamás de cero, la política es el arte de salvar lo que se pueda y gobernar a los españoles para que no se cacen a tiros” (`p. 204)


Un joven Camilo José Cela


La juventud, a la que presta su voz un CJC de 20 años que desnuda su alma frente al espejo para exhibir sus miserias, humillaciones y claudicaciones. No en vano, la novela está dedicada a los mozos del reemplazo del 37 “todos perdedores de algo: de la vida, de la libertad, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia”:

“A las siete de la mañana la Estación del Norte es un hervidero de excursionistas que van a la sierra a respirar aire puro, los jóvenes de ambos sexos de los partidos de extrema izquierda, socialistas y comunistas, llevan camisa blanca y pañuelo rojo al cuello y cantan el Chíbiri… hacen gimnasia sueca… algunos hacen la instrucción, comentan textos clásicos del marxismo y se sienten vagamente depositarios de las esencias revolucionarias…” (50) “En el Águila, en la otra acera de la calle de Serrano, toman cerveza los señoritos de Renovación Española, parecen medio inflagaitas pero son valientes, muy valientes, con un valor jaranero y un poco a la antigua entre caballeresco, deportivo y fanfarrón… también hay falangistas y algún estudiante de la AET” (59)

Y de otra, el lado más oscuro y golfo de unos seres que parecen evadirse de una vida cotidiana gris para sumergirse en el igualmente rutinario hedonismo. Toda la novela, sobre todo la primera parte, es un catálogo del golfo Madrid la nuit, con una descripción detalladísima de los prostíbulos, meublées, casas de tolerancia y sus madames y frecuentadores. El deleite del autor en esa sociedad miserable y mezquina, alimentada por el engaño, la impostura y la falsa apariencia, submundo en absoluto representativo del conjunto, concuerda con su visión pesimista e irracional del conflicto que se está gestando:

“la preocupación se quita (o al menos se distrae) yendo de putas, el remordimiento de conciencia ayuda mucho, si un hombre está cachondo y además le remuerde la conciencia, ¿qué más puede pedir?” (180)

La combinación del humor y el chascarrillo con las escenas o situaciones del más puro tremendismo, alcanzando muy a menudo la sordidez, es una constante en la novela, uno de los recursos más felices del autor, logrando, así, un efecto sobrecogedor e impactante en el lector. Del mismo modo, la dosificación de los sucesos reales que presiden y marcan con su pauta la vida de todos esos seres imprime un ritmo infernal, como de pesadilla, al adquirir cada vez más peso hasta llegar a paroxismo en pasajes como el de la petición al Gobierno de entrega de armas a las milicias:

“las revoluciones van a su aire y después salen como pueden, bien o mal pero revolucionariamente, lo que quiere el pueblo es gritar armás, armás, armás e ir de un lado para otro en grupos compactos…” (157)

Porque lo que se persigue es transmitir una atmósfera angustiosa, de la que es imposible escapar; como si estuviéramos inmersos en un absurdo y pesado sueño. Y, lo peor del caso, es que dicho via crucis no tiene un fin purificador. CJC no aporta una solución, pues elude escudriñar las posibles causas finales de la guerra, o facilitar una clave que impida la repetición del mismo drama en un futuro.

Se podría decir que el autor adopta la interpretación más castiza y biológica del conflicto, así como la que menos se presta a debate o a réplica, al rehuir la búsqueda de sus motivaciones y sus causas en el ámbito de la razón. Las citas que, a modo de lemas, encabezan cada una de sus cuatro partes, son suficientemente taxativas. Por ejemplo, el paradójico verso de César Vallejo que abre el Epílogo (“!Cuídate, España, de tu propia España”) se puede interpretar como un guiño al lector: “lo que tienes en tu mano es poesía, no busques nada más”. Porque siempre se prestará más al lirismo hablar del ser de los españoles (“al español le gusta más tirar piedras al suelo que levantarlas” (241)) y de su inevitable destino cruel (“cada cual viene al mundo con su destino señalado, nadie puede escaparse de lo que está escrito” (237)) que una crítica al peligro de una perversa interpretación de determinadas ideologías.

“la estulticia de las fuerzas conservadoras sólo es comparable a la estulticia de las fuerzas revolucionarias, que también son fuerzas al servicio del retrogradismo aunque de signo contrario, las fuerzas revolucionarias no luchan contra las banderas los himnos y las condecoraciones sino en defensa de otras banderas otros himnos y otras condecoraciones, aquí es donde quiebra la teoría y se entumece la autenticidad del hombre..” (331)

Con esta novela dura en su contenido e innovadora en su formato, en la que se da rienda suelta de nuevo la sensibilidad y el absurdo con tanto éxito ensayadas en Pabellón de reposo (1943) y Mrs. Cadwell habla con su hijo (1953), CJC esquiva el enfrentamiento ideológico y opta por una solución de compromiso, que volveremos a encontrar en los años 80 en el bellísimo “Discurso de la quiebra”, puro oxímoron que juega con el recuerdo y el olvido como medicina curativa, que servirá de epílogo a la famosa historia de la guerra civil escrita por Hugh Thomas.


Este artículo se publicó en la revista "Frente de Madrid", número 22, noviembre de 2012.






martes, 14 de mayo de 2013

En busca de la portada perfecta


Ahora mismo no lo recuerdo muy bien, pero debió ser hacia 1987 o 1988 la primera de las dos veces que estuve en Taizé, donde se celebraban los encuentros ecuménicos organizados por el hermano Roger (Roger Schutz, 1915-2005). En aquel pueblecito de la Borgoña se reunían jóvenes de todas las iglesias cristianas (y, si no me equivoco, también de otras confesiones) para, unidos en una sola fe, orar al mismo Dios. Resultaba emocionante comprobar las adhesiones que despertaba frère Roger, tantas que el propio Juan Pablo II se dejaba caer por allí con frecuencia. A Taizé, situado a una decena de kilómetros de Cluny, acudían personas de todos los países, colores y credos, y se respiraba un ambiente festivo y distendido, nada encorsetado, muy alejado de la mojigatería y ñoñez que, en principio, las circunstancias pudieran dar a entender.


Iglesia de la Reconciliación (Taizé)


Por muchos años que pasen, nunca podré olvidar el estado muy cercano a la catarsis que se alcanzaba al escuchar a miles de voces entonar el kyrie Eleison o aquellos versos de Teresa de Jesús, “Nada te turbe, nada te espante…”, a modo de salmodia infinita, de mantra recitado con todos los acentos del mundo. Ni los árboles desnudos que amanecían el domingo de Resurrección engalanados con multicolores huevos de Pascua. También conservo memoria de la lluvia y humedad constantes, de los paseos por Cluny y su abadía, del TGV, el paradigmático tren de alta velocidad que cubría el trayecto París-Lyon y veíamos volar silencioso a lo lejos. Y de las gentes, de esos irlandeses como recién salidos de Las cenizas de Ángela que nos preguntaban muy interesados si a España había llegado la televisión, de los italianos camorreros, los polacos circunspectos, los americanos siempre admirados y curiosos, los graves alemanes… Y esas amistades por correspondencia que  se apagaban poco a poco al ritmo que se desvanecían nuestras ganas de escribir…

Por aquel entonces, yo debía estar enredado con la Confirmación y practicaba cierta vida de parroquia y catequesis. Pero anda todo tan revuelto en la espiral del recuerdo que, a la hora de llamarlo, se me presenta mezclado con fechas y personas que nada tienen que ver entre sí. Quizá en otro momento, revisando fotos, contrastando testimonios y releyendo cartas (si es que no me desprendí ya de ellas al volver alguna página de mi vida), pueda poner en pie mis dos estancias en Taizé y la de Londres, motivadas las tres por el movimiento ecuménico.


Pero hoy las prisas ganan a la reflexión y el acaloramiento e inmediatez a la mesura. Porque los sentimientos que me inspiran  los modos y maneras en que se va a verificar la confirmación de Itziar el próximo sábado 18 de mayo, en nada se parecen a lo que viví en Taizé o en la parroquia de mi barrio, y que se amontonaron el mi cabeza el domingo pasado mientras, sentado a los pies de un pilar de la nave central de la catedral de la Almudena, con Alejandro en mis rodillas acribillándome a preguntas, asistíamos los cinco al ensayo de esa especie de desagravio presentado como macro-Confirmación, verdadero espectáculo que, al igual que el Transiberiano o la muralla china, se podrá ver desde la Luna.
Interior de la iglesia de la Reconciliación


Porque contra todo pronóstico, pateando la tradición, al menos en la Archidiócesis de Madrid, las confirmaciones no las van a impartir los vicarios en las diferentes parroquias. Con la excusa del Año de la Fe (o algo así), será el Cardenal Rouco Varela, con todo su boato, y auxiliado por la friolera de más de una treintena de sacerdotes, quien administre el sacramento a unos 1200 chavales en la explanada de la Catedral. De manera que, si Dios no lo remedia (y parece que no va a ser así) entre confirmandos, padrinos, sacerdotes, catequistas y familiares de los protagonistas del acto nos concentraremos, en el sacro y regio aprisco improvisado en la Plaza de la Armería y la susodicha explanada, no menos de ocho mil personas.


Catedral de la Almudena
 

Querámoslo o no, sin consultar previamente a los interesados (en este caso: afectados), el sacramento que, con la extremaunción, debería ser el más íntimo y familiar que asumiera todo cristiano, se va a convertir en una fiesta de luz, color, calor y tenderete, en una demostración tiránica del poder de convocatoria del Papado madrileño. Lo vivido el domingo en ese pastiche que tenemos por catedral, completamente abarrotada de público, con los chicos exhibiendo el más monumental de los despistes, los padres disimulando a duras penas el cabreo, un sacerdote intentando ensayar unas canciones anodinas, el cardenal pronunciando palabras vacías y un maestro de ceremonias afanándose en que la performance quedara lucida y aconsejando, de paso, generosidad con los donativos…; toda esa escenografía que bien podría haber salido del caletre de un Berlanga o un Almodóvar, resultó algo inenarrable.


Fachada de la catedral, desde la Plaza de la Armería
 

El sentimiento religioso, como cualquier otro impulso, se evapora si no se cultiva, aunque siempre queda un rescoldo capaz de darle vida si se sabe estimular. Si bien es cierto que, por unas razones u otras, tal vez por pura pereza básicamente, hace años que me alejé un tanto de la Iglesia y su entorno, siempre he respetado a la Institución como tal y a sus miembros, y hemos procurado inculcar a nuestros hijos, además del mismo respeto, cierta afición. Personalmente, defiendo y defenderé a la Iglesia de cuantos ataques y críticas infundadas recibe tan a menudo, pues la considero depositaria de unos principios de mera conducta que todos nosotros, independientemente del ambiente en que hayamos crecido, hemos recibido en mayor o menor medida. Tampoco rehúyo sus ceremonias y liturgias, tan revestidas de espiritualidad. Y no obstante conocer (y padecer) a más de un “católico profesional”, con la palma de la mano encallecida de tanto golpearse el pecho; de esos a los que solo les falta exclamar: “¡Hay que joderse lo bueno que soy!” (luego te pago el copyright, Carmen); no obstante el gran número que suman todos aquellos que perpetran tremendas fechorías que nada tienen que ver con el mensaje que aseguran seguir y proclamar, no dejo de pensar que todos ellos no son más que una excepción, una triste anécdota que en nada enturbia una trayectoria, la de la Iglesia, cuyo balance general es positivo.
 
¿Cuántos efectivos de la policía se destinaran a este "servicio"?

Con todo y con eso, repitiéndomelo a diario desde que tuvimos constancia de lo que se avecinaba, no me abandona esa sensación de estar siendo manipulado, esa conciencia de estar regalando un tiempo y un esfuerzo que no me sobran al engrandecimiento de una causa que no es la mía. Porque una cosa es evidente: sólo se puede sacrificar el carácter íntimo y familiar del sacramento de la confirmación cuando el beneficio obtenido es superior al valor al cual se renuncia. Y ahora mismo, cuando Madrid se ha convertido en un “concentracionódromo”, todos quieren echar su cuarto a espadas y demostrar que son capaces de reunir al mayor número de personas. Esfuerzo inútil y ridículo donde lo haya pues nuestra ciudad, con cuatro millones de habitantes, es capaz de dar cabida a varias decenas de miles de personas que respondan a la llamada más insospechada y disparatada. En definitiva, poco importa el motivo que aúne, cuando lo que se persigue en realidad es una favorable reacción de los medios (una buena fotografía, un minuto en un informativo…). Que conste que yo no critico el hecho en sí. Cada cual es muy libre de aportar su granito de arena a la causa que considere más justa. Insisto en el matiz de la libertad. A nosotros nos han obligado a formar en unas filas determinadas para que el domingo 19 de mayo ABC publique una portada en la que se vea a una muchedumbre apiñada de mala manera entre el Palacio Real y la Almudena, bajo este previsible titular: “Madrid se vuelca en la Confirmación de sus jóvenes”

Yo solo pido que respeten mi derecho al pataleo.