martes, 10 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Quinta parte




Ludendorff,, creador de la "Guerra total",
posa junto a Hitler.

Hasta aquí, parecería que la obra se limita a la exposición casi pormenorizada de los crímenes perpetrados por uno de los bandos. Nada más lejos. Comprobamos que Elena Fortún habla sólo de lo que conoce, de lo que ha vivido. Aparte del asesinato del abuelo en Segovia, sufrido en primera persona, lo que le llega del otro lado son meras referencias:

“-Ella [le cuenta a Celia María Orduña, en febrero de 1937, refiriéndose a una tercera persona] oye Radio Salamanca todos los días y dice que dentro de un mes está aquí Franco… es un hombre muy piadoso y oye misa todos los días… su mujer es toda una señora… y tienen una niña que es un encanto.” (157)

Lo mismo en Barcelona, cuando la señorita Subiría asigna la responsabilidad última de los ataques aéreos:

“-¡Son italianos! –dice la señorita Subiría-. ¡Son italianos! Han tenido que buscar extranjeros para que nos maten… ellos no se hubieran atrevido… son italianos y alemanes…” (227)

O cuando su amigo Jorge Miranda, ya en Valencia, menciona los asesinatos cometidos en la playa del Saler, y concluye: “No te imagines que los otros hacen menos (181)

El enemigo, ese otro lado nunca bien caracterizado, ocupa su espacio en el relato en forma de aeroplanos (pocas veces dirá Celia aviones) y de obuses. Hará su aparición estelar durante la batalla de Madrid, otoño de 1936:

“... De pronto suena el motor de un aeroplano… y lejos las sirenas con el desgarrador lamento…

-¡Nenas, aquí… venid aquí!

Las tomo de las manos y nos tiramos al suelo… ellas se ríen, divertidas… Pasa bajo… muy cargado… ¡Bummmm! ¡Bum! ¡Bum! Caen las bombas cada vez más cerca… ¡Papá, solo, arriba en su cuarto, pensando en nosotras! Aún oigo tres estallidos más y al fin los aeroplanos se alejan” (107)

En Albacete, mientras intenta localizar a los niños del albergue, su amiga Fifina habla del último bombardeo:

“-.. ¿Y qué dirás que hicieron los bribones? Pues iluminarnos con sus reflectores y, cuando nos veían, bajar, poner de costado el avión y ametrallarnos con las ametralladoras… ¡Canallas! …Yo les insultaba… ¿Y sois vosotros los cristianos? ¿Y eso lo manda Dios? [] ¡No quiero decirte lo que ha sido esto al otro día!... Asaltan la cárcel, sacan a los fascistas… los fusilan, los maltratan… ¡Han fusilado sin piedad!” (173)

Bombardeo sobre Barcelona

O en Barcelona, los primeros meses de 1938, en plena campaña de Levante… Hay un capítulo, el XVIII (“La guerra totalitaria”, derivada infantil de la “guerra total” de Erich Ludendorff), del que traemos aquí una cita muy expresiva:

“¡Esto no es vivir! En Barcelona no hay refugios. El Metro está muy poco profundo…, los bombardeos hay que soportarlos sin amparo ninguno… y ya son continuos… Cuento las veces que han venido aviones en el día y son dieciocho… Dicen que en la Diagonal hay un tronco de mujer colgando de un árbol… Yo he visto un pegote de masa encefálica en la pared de una casa… Ayer corría un hombre llevando en la mano agarrada la otra mano separada del brazo… ¡Se oyen horrores! (238-239)

Insistimos en la postura adoptada por la autora: “dicen que…”, “yo he visto…”

Y teniendo en cuenta que “la bomba que oímos ya no puede hacernos daño… y la que nos mate no la oiremos…” (227), Celia nos proporciona un par de “remedios” para minimizar en lo posible, o evitar, los daños causados por las incursiones aéreas. Además de situarse en las paredes medianeras..

“Me han dicho que es bueno meterse entre los colchones. En los escombros de algunas casas se han encontrado vivas a las personas que habían tomado esa precaución” (215)

Albacete, bombardeado

Sea como fuere, lo mejor es huir. Güena, uno de los amigos que hace nuestra protagonista en Barcelona, indica:

“-… Créeme, se está mejor en el frente… Yo no he visto allí estos horrores… Creo que se llama Ludendorff el que inventó la guerra totalitaria” (221)

Hasta tal punto se hace insoportable la estancia en Barcelona, que decide regresar a Madrid. Es la primavera de 1938 y la capital ha dejado de ser un objetivo militar de primer orden:

“¡Qué aspecto de pueblo grande tiene Madrid! La Castellana, según me voy acercando a las calles del centro, se asemeja a una carretera de las afueras… De árbol a árbol han atado cuerdas donde se seca la ropa de unas pobres mujerucas que cosen al sol, sentadas en sillas bajas, al cuidado de sus ropas… Los palacios están abiertos… En el jardín de uno de ellos una silla de manos preciosa, una joya de museo, ha debido de soportar las lluvias y las heladas del invierno…, uso chiquillos desharrapados entran y salen de ella jugando al escondite… Sin embargo, el ambiente es de paz…, no de paz y trabajo (salvo las mujerucas que cosen al sol), sino de paz de domingo…[] Aquí todo es extraño, desagradable y ajeno a su vida, menos el sol, el dulce sol que visita las covachas y los palacios con la misma alegre ternura…” (257-258)

Pero el hambre, de la que se había librado en Valencia y en Barcelona, ha hecho presa de la población madrileña:

“-Aquí, al principio, nos comíamos las vacas de leche y los bueyes de carreta que traían los refugiados de Talavera [dice María Luisa]… Luego la emprendimos con las mulas y los caballos cansinos… Ya hemos acabado con los perros y los gatos y ahora nos estamos comiendo los burros… Esos van a durar hasta el fin de la guerra, porque ya sabes que son los que más abundan… [] Luego vinieron las habas con bichos… Figúrate: había quien las tenía desde la boda de San Isidro… Aún quedan algunas. ¡Ya verás qué ricas! Ahora, cuando vayamos a casa, te voy a regalar un puñado para que comas mañana, que es domingo…” (259-261)




El hambre que se empezó a padecer en otoño de 1936, alcanza el clímax dos años después en la ciudad sitiada. Hablan María Luisa y Celia:

“-Dice mamá que venas a comer hoy. Ha conseguido una lengua de caballo que le llegaba al animal desde la boca al rabo… [] Luego de la lengua sigue el gorguero, y carne y más carne… Porquerías y piltrafas, hija, que en otro tiempo nos hubieran dado asco, pero que ahora nos vamos a relamer… ¡Ya me estoy relamiendo! []

-¿Tenéis algo de comer?

-Hoy no… un poco de pan…

-En casa tampoco hay nada, pero me dicen que en el Mercado de Torrijos venden hierbas…

-¿Hierbas? ¿Qué hierbas?

-¡Ay, hija, no sé! Hierbas de cuneta de carretera… de las que riegan los milicianos. []

“Se venden ratas, muy grandes y muy gordas, en el barrio de Argüelles” (269-273)

Estas carencias no tardan en provocar debilidad y delgadez extrema en quienes las sufren.

“-… está usted muy delgada… [le dice el portero de María Luisa Celia en cuanto la ve]

No me atrevo a decirle que él es un esqueleto. “ (258)

“La falta de grasa me hace adelgazar horriblemente en unos días… Los párpados se me resecan y la piel de la cara me tira.” (269)

A la falta de alimentos, y la consiguiente malnutrición, se añade la precariedad de combustible, luz eléctrica y otros productos de primera necesidad como el jabón, lo que hace que aflore un sistema de intercambios conocido como la “Bolsa de Contratación”:

“-¿Tenemos carbón?

-No, señorita. Yo hago bolas de papel mojado y las seco al sol… Luego arden bien. Lo malo es que hacen mucho humo y se ensucian tanto los tubos de la cocina que no tienen tiro” (256)

“La luz eléctrica alumbra mucho menos que una vela y no se puede leer ni coser con ella… Además, me entristece, me aplana, como si las tinieblas pesaran y cayeran sobre mí…” (262)

“El combustible se nos ha terminado, y ponemos el puchero en un hornillo eléctrico que calienta poquísimo. Se hace necesario poner el puchero a hervir por la noche al acostarnos, con la esperanza de que por la mañana esté hecho el guiso…” (267)

 “… tirito de frío horas y horas en la biblioteca de papá. El termómetro marca tres grados… Envuelta en mantas oigo a Guadalupe trajinar en la cocina. ¿Qué hace, si no hay nada qué guisar?

-Estoy lavando –me dice.

-¿Y cómo? –desde hace mucho tiempo no hay jabón y es un problema el lavado de la ropa.

-Pues he cocido la ceniza, luego he colado el agua por un paño fino y en esa agua tengo la ropa en remojo… Me ha dado la receta esa señora que vive ahí detrás… en la calle de Padilla…” (286)

“En la calle de Alcalá, después de Torrijos, se hacen cambios en la acera de la izquierda. Ese trozo de calle es llamado “Bolsa de contratación”… (280)

En estas condiciones extremas, se da la circunstancia de que algunas dolencias desaparecen, como ese dolor de estómago que la madre de María Luisa ha dejado de padecer desde el momento en que en los comercios sólo se despachaba té (té chino, té Lipton”) y algunas especias y ella se vio obligada a ingerir más infusiones que de costumbre. Pero también sucumben los más débiles:

“Poco a poco van muriendo todos los ancianos. Tal vez es porque tienen menos resistencia que los jóvenes, y porque se hartan de estar en este mundo, pero también puede ser porque su racionamiento se lo comen los nietos… Todo es posible.” (276)

“Por la noche me duele la cabeza y el estómago. Ya hace días que lo poco que como me produce náuseas. Hoy justamente la señora de Aguilar me ha llamado para llevarme al médico []

-¡Bah, no es nada! Debilidad, cansancio del estómago por la ingestión de tantas cosas absurdas…” (297)

Y también se tienen reacciones alucinadas:

“… un glorioso reflejo me retiene… ¡Naranjas! Un camión cargado de naranjas… Su color caliente, alegre, como el sol hecho fruta, ilumina la calle gris… Todos los que pasan se van parando como yo” (288)

Pero hay que mantener la apariencia de normalidad, ese “aquí no pasa nada” tan a menudo utilizado como arma política. Ya a comienzos de la contienda, con los primeros reveses del ejército republicano, se disfrazaban las derrotas como repliegues o simples maniobras:

“En los árboles frondosos del Prado han aparecido unos carteles: “Los revolucionarios no se detienen, se encauzan”” (150)

Y la vida cotidiana tenía que continuar como de costumbre

“Las tiendas de telas, abiertas porque está prohibido cerrarlas, tienen las estanterías casi vacías, y dos o tres viejos parecen aburridos tras los mostradores” (158)

Lo mismo sucede en Barcelona. En una escena, el padre de Celia se niega a darle permiso para acudir con Jorge a la Ópera:

“¡Ya lo verás! Se ha anunciado mucho esa temporada para dar impresión de tranquilidad y demostrar al enemigo que nosotros vivimos debajo de las bombas como si no ocurriera nada… cosa que está muy bien, pero que nos va a costar caro… ¡Ya verás, ya, lo que va a ocurrir esta noche! []

Los periódicos de la mañana no hablan de desgracias, sino del efecto del teatro, sólo iluminado por dos velas en el escenario y el público de pie cantando el himno de Riego… ¿Qué habrá sido de Jorge?” (236-238)

Tendiendo la ropa en una céntrica calle.

Pero lo cierto es que ya ni el dinero tiene valor. Hasta los trabajos más pequeños se hacen a cambio de comida, tan conscientes son de que se aproxima el final y la moneda oficial no va a servir para nada. Y las pocas mercancías de que disponen los comercios se ocultan, sabedores sus propietarios del precio que pueden alcanzar cuando ya no haya nada de nada en el mercado:
“Por lo visto, no quieren vender.
-No, no quieren –me dice María Luisa-. Están seguros de que pierden la guerra las izquierdas y que el dinero de ahora no servirá para nada luego…Por eso prefieren conservar sus mercancías, que siempre tienen valor…

-Entonces ¿por qué abren la tienda?

-Porque les obligan… ¿No ves las tiendas de comestibles abiertas también? Y, sin embargo, no hay a la venta más que cominos, pimienta y en algunas pimentón y hasta manzanilla…” (261)

Sexta parte

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