jueves, 12 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Sexta parte (y última)


Soldados leyendo
Que la guerra está perdida es un hecho que todos parecen asumir... menos Celia. Todavía en Madrid, poco antes de emprender el camino a Valencia y al exilio, la antigua alumna del Instituto San Isidro se encuentra a una profesora, la señorita Amelia:




“- [] Mi esperanza de “Escuela Única” la he visto aquí realizada [] ¡Es milagroso lo que hemos conseguido aquí en unos meses…! ¡Lástima que todo esté próximo a terminar!

-¿Usted cree..?

-Sí… ¡todo está perdido! Creo que por culpa de unos y otros [] Tu padre pasará los Pirineos, y… yo me quedaré aquí… pase lo que pase [] y no sé lo que harán conmigo por mi pecado de democracia [] Por lo menos me llevará a la cárcel… Es lo lógico… Yo también les llevaría a ellos con el único fin de que no me inquietaran…” (295-296)

Poco a poco va asumiendo las dimensiones del desastre y surge, en las últimas páginas de la novela (hay que recordar que se trata de un borrador, muy completo, pero no definitivo) la auténtica Elena Fortún, nos referimos a los tres detalles personales o biográficos más evidentes. En primer lugar, aparece la figura de Aguilar, que no es otro que Manuel Aguilar Muñoz (1888-1965), fundador y propietario de la prestigiosa editorial que lleva su nombre y en la que publicó su obra Encarnación Aragoneses (Elena Fortún). Este le prestará todo su apoyo, e incluso intentará, en vano, disuadirla de emprender el viaje final.

“No se vaya, hija, no se vaya –dice la madre [de Aguilar]-. Una mujer sólo está segura en su casa.

-¡Estoy sola! –digo casi llorando.

-Nos tiene a nosotros que la queremos de verdad. Tendrá trabajo en nuestra editoral.

-¿Mis hermanitas?

-Su padre le enviará a las niñas y seguirá siendo su madrecita.” (306-307)

Camino de Valencia, es abordada por un joven:

“-Discúlpeme, señorita… ¿Usted es Celia Gálvez… la de “Blanco y Negro”?... La que contaba cuentos y…

-Sí, señor…

-Me han dicho que usted sabe leer las líneas de las manos, ¿es verdad?” (315)

Vasco nacido en Argentina, confunde autor con personaje y protagoniza uno de los momentos más surrealistas de la novela, cuando le confiesa a una Celia ya de vuelta de todo, que ha inventado un sistema para que el hombre vuele por sus propios medios:

“-Figúrese usted… Si un hombre solo vuela, bien puede volar un ejército cogidos de las manos, formados, como una nube que se abate sobre una nación, o un pueblo…” (322)

Esta habilidad quiromántica, de la que Celia reniega una y otra vez, podría estar relacionada con uno de los momentos más duros de la vida de la Fortún: la muerte de su primer hijo, a los diez años de edad, momento en el que, sumida en una profunda depresión, se abandonó a prácticas espiritistas y de comunicación con el más allá. Es una hipótesis.

La última pista biográfica es su salida de España en barco rumbo a Francia, desde un puerto próximo a Valencia. Sabemos por Inés Field, íntima amiga de Encarnación en Buenos Aires, que la embarcación en que navegaba naufragó, permaneciendo a la deriva a cierta distancia de la costa hasta que el pasaje fue rescatado. En las últimas páginas del borrador abundan las advertencias a los riesgos que conlleva el viaje, reiteradas una y otra vez por sus amigos y los que, sabedores que los suyos ganarán la guerra, comienzan a darle la espalda. Del 18 de marzo de 1939, fecha en la que emprende el exilio, es esta cita:

“Yo oigo hablar de todo esto como los moribundos deben de oír hablar de la vida… Ya estoy al margen de todo… Ya no soy de este mundo… Dentro de unas horas navegaré hacia no sé dónde, sin un céntimo… sola…” (338)
El madrileño Instituto de San Isidro, varias veces
mencionado en la novela.

No me gustaría finalizar este ya demasiado largo comentario, más paráfrasis que reseña, sin señalar la importancia que otorga Celia a los libros, la lectura y la Historia. Apuntamos más arriba, en referencia a Eusebio Gorbea, marido de Encarnación Aragoneses, las estrechas vinculaciones de la pareja con el ambiente creado en torno a y a partir de la Institución Libre de Enseñanza. Elena Fortún será socia del Lyceum Club, un centro de reunión de carácter femenino, un lugar de encuentro y de remanso de mujeres rondando la cuarentena, lejos del bullicio e inquietudes consideradas entonces eminentemente masculinas. Impulsado por María de Maeztu (1882-1948), contaba con una nutrida biblioteca y sería incautado por Falange en 1939.

“Es como si me fuera de la revolución del frente, de los fusilamientos y me refugiara en una época de paz de la Historia de España… ¿cuándo? ¿Reinando Fernando VII? ¿O Carlos IV?... No, es antes… aún Galdós no ha conocido a Gabrielillo… ni Inesita ha ido a vivir con Don Braulio a la calle de la Sal…” (178)

En Barcelona, acompañada por su amiga Lydia, se detienen ante el escaparate de una librería:

“¡Cuántos libros! Nos pasamos media hora en el escaparate.

-¿Tú has leído algo de Valle-Inclán? Yo, no.

Compramos dos libros, y pedimos un catálogo para comprar más.

-Tengo que consultar a papá. Él quiere leer “La Montaña Mágica” y se la voy a regalar por su santo.” (226)

Curiosamente, con Valle-Inclán montaría Eusebio Gorbea una efímera compañía de teatro que representaba sus obras en casa de Ricardo Baroja. Y la mención a la obra de Thomas Mann, que rezuma enfermedad y muerte, parece un anticipo macabro del triste final de Eusebio Gorbea, en el que se inspiró Elena Fortún para levantar el personaje del Señor Gálvez. En 1948, mientras Encarnación Aragoneses estaba en Madrid preparando el regreso definitivo a España, su marido pondrá fin a su vida en su apartamento de Buenos Aires, incapaz de superar la pérdida de la guerra.

Y no podía faltar la referencia a la lectura en el frente:

“-Y ¿es verdad que en el frente los soldados reclaman libros? ¿Es verdad que leen?

-Sí, se lee mucho… se lee como no se ha leído nunca… Mucha gente había que en su vida cogió un libro en sus manos y ahora lee con una ansiedad... como para desquitarse del tiempo perdido…

-¿Leen a Galdós?

-Sí… y a Pereda, y a Valera, y a Gómez de la Serna, y a Pérez de Ayala, y a Azorín… Pio Baroja gusta mucho… Y también se leen muchos libros extranjeros traducidos… Todos los libros tienen público… Es posible que la guerra tenga un fin social que nadie hubiera sospechado...” (333)

Al igual que sucediera con los cuentos de Chaves Nogales, “Celia en la revolución” no podía gustar a nadie. Por esa misma razón, en carta a Inés Field desde Madrid, en la que le ruega le envíe un cajón con sus libros y escritos, insiste en que dicho paquete no incluya el sobre con el borrador de la novela. Ni el Régimen de Franco ni el exilio aceptarían de buen grado lo que en ella se cuenta, por lo que estaría condenada, antes de nacer, a la censura o al ninguneo. Como bien dice Andrés Trapiello, “Celia en la revolución” tendría que ser leída detenidamente por los nietos de los unos y de los otros.


“Casi tres años de revolución y guerra, de seres absurdos, de sangre y de destrozos, han gastado la curiosidad de todos. [] A nadie le importa el ruido. Por estas callecitas de colonia suburbana han pasado cañones ruidosos, tanques, soldados, gentes silenciosas con sólo el ruido de sus pasos y que caminaban hasta hallar una tapia donde poner a un hombre, gentes gritonas, mujeres y chicos corriendo desatinados hacia la carnicería donde despachaban carne de burro o de caballo… Por eso la curiosidad se ha gastado. ¡A nadie le importa ya nada!” (289)

El final de la guerra.

FIN

Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Cuarta parte
Quinta parte