El 14 de abril de 2012
colgué en este blog un comentario sobre la novela de Ángel María de Lera “Las últimas banderas”, ganadora del premio Planeta en 1967. Al poco, José María
Sánchez, editor de la revista Frente de
Madrid, me propuso publicarlo en el número que vería la luz a lo largo del
mes de julio, dedicado a la sublevación en Madrid, concretamente, a los sucesos
que se desarrollaron alrededor del Cuartel de la Montaña, el 20 de julio de 1936. Así, con unos
pequeños retoques, que en nada afectaban al sentido del texto ni a mi intención
al escribirlo, apareció en el número 21 de la revista de GEFREMA (Grupo de
Estudios del Frente de Madrid).
Desde entonces hasta
ahora, esta novela ha salido a relucir en varias ocasiones en que, hablando con
amigos, se han tratado asuntos relativos a la guerra civil en Madrid, o a la
censura de libros durante los años sesenta, proyecto éste en el que se
encuentra embarcada Carmen últimamente.
A medida que pasa el
tiempo, aumenta mi aprecio por la novela de Lera, tan original (y necesaria) en
el tratamiento de nuestra guerra desde la literatura, tan pionera y tan humana,
que en alguna oportunidad he podido percibir la sombra de Ángel María
proyectada sobre textos (por ejemplo, “Antes de decirte adiós” (2010), de
Guillermo Galván) cuyos autores no sé si han reconocido la fuente de su
inspiración…
Por
otra parte, la coherencia ideológica del autor y los juicios que vierte en la
novela, justifican que volvamos la vista a ella de vez en cuando, máxime en
estos años tan convulsos.
Reproduzco, a continuación, el artículo
aparecido en "Frente de
Madrid" (nº 21, julio 2012, p. 49-50)
Entre el desarraigo y la deshumanización. “Las
últimas banderas” (Ángel María de Lera, 1967). Editorial Planeta, Barcelona.
410 páginas.
“En lo más alto quedan siempre las banderas de
la esperanza, madre. Son las últimas que nos quedan y ¿quién será capaz de
abatirlas definitivamente?” (p. 318)
Entre las numerosas obras que tienen como
fondo y excusa la guerra civil española, cabe destacar la novela de Ángel María
de Lera (Baides [Guadalajara] 1912 - Madrid, 1984) “Las últimas banderas”,
ganadora del Premio Planeta en su edición de 1967, título con el que se abre la
serie Los años de la ira, al que seguirían “Los que perdimos” (1974),
“La noche sin riberas” (1976) y, por último, “Oscuro amanecer” (1977).
“Las últimas banderas” expone, con un
escrupuloso respeto a la cronología, y teniendo como eje la figura de Federico
Olivares (claro trasunto del autor), Molina, Julio Cubas, Matilde..., las
vivencias de unos personajes acorralados, atrapados en el Madrid de los últimos
días de la guerra, desde la creación de la Junta de Casado y la reacción
gubernamental, hasta poco después de la entrada de las tropas nacionales. Esta
narración lineal se ve interrumpida ocasionalmente por varias interpolaciones
que nos muestran la fragua de los protagonistas en varios escenarios y
momentos: el comienzo de la guerra en un pueblecito de la costa de Cádiz, la
conquista de Málaga y el consiguiente éxodo de la población, las luchas en
torno a la capital de la República en el otoño-invierno de 1936...
Y por encima de todo ello, como un ave de mal
agüero, el hambre (“Si la gente comiera, siquiera medianamente, terminarían la
guerra nuestros nietos”, p. 85) y el temor (“La verdad, es que lo que todo el
mundo desea es terminar de una vez y volver a vivir normalmente. Unos lo dicen,
pero todos lo piensan. La gente tiene, eso sí, un miedo cerval al desenlace”,
p. 86)
Desarraigo y resignación
Superados por los acontecimientos, los hombres
y mujeres que pululan por la novela son como los habitantes de esa casa de la
película de Buñuel El ángel exterminador, incapaces de cruzar el umbral
de una puerta abierta de par en par, encaminándose sin saberlo hacia la propia
destrucción. Hablan del pasado, de reanudar sus actividades, volviendo a ser
dueños de sus vidas, pero no hacen nada para conseguirlo. Se resignan.
Desarraigados, trasplantados por los efectos de la guerra a una tierra que no
es la suya y con la que no han estrechado vínculos, ponen sus miras en una
América un tanto idealizada “que les esperaba y donde, en su opinión, el
trabajo valía más que nada y la libertad era, para los hombres, como el aire
para los pájaros” (p. 173),
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Ángel María de Lera (1912-1984) |
Deshumanización y embrutecimiento
Por los comentarios y opiniones que vierten
Federico, Julio Cubas, Molina y los miembros del comité que se reúne en la
calle Fortuny, sospechamos su pertenencia a alguna agrupación de tipo
anarquista. Apuntan también a esta adscripción sus críticas a los republicanos burgueses:
“Eran comerciantes o profesionales acomodados. Hombres de casino
republicano y de logia. Pequeños burgueses con hijos radicalizados
políticamente, en uno u otro sentido, a su paso por la Universidad. De
costumbres morigeradas, cuya ideología seguía alimentándose del ¡Escuela y
despensa! de Costa, de los discursos de Castelar y de los recuerdos cantonales de
la primera República. Seres cómodos también, amigos de las plácidas discusiones
de café sobre política, toros o mujeres” (p. 50-51). Los comunistas de Negrín:
“–...más vale morir de pie que vivir de rodillas. –Sí, eso dijo la Pasionaria.
Pero ¿dónde está ahora? –Ella estará donde el partido le haya ordenado que
esté, no lo dudes... –Ni España es Rusia, ni el año 39 es igual que el año 19.
Aquí no habéis luchado solos los comunistas. Aquí hemos luchado todos los
partidos y organizaciones de izquierda, incluso muchos indiferentes y hasta
adversarios en principio que luego se unieron con nosotros. Por consiguiente,
lo verdaderamente democrático hubiera sido consultar a todas las fracciones
antes de tomar una determinación. ¿Que se acordaba resistir? ¡Pues a resistir!”
(p. 190-191).
O el escaso entusiasmo que despierta en ellos
la creación de la Junta de Casado, así como su profesión de fe revolucionaria.
Se consideran menos guerreros que revolucionarios:
“–Me olvidé de que soy un revolucionario...
Nunca fui un guerrero, pero siempre he sido un revolucionario...” (p. 310)
y tan antifascistas o más que el resto,
aunque dudan del fascismo de los que tienen enfrente:
“...¿dónde está el fascismo español? Hay algún
grupito, como tú sabes, pero nada. En España no hay fascismo, como tampoco hay
comunistas. No. Sólo hay derechas enfrente. ¿Y qué pueden pretender las
derechas? Pues la vuelta al principio, es decir, a como estaban las cosas antes
de la venida de la República." (p. 58)
Es curiosa la evolución que experimenta la
figura del enemigo a lo largo de la obra. El elenco de protagonistas está
ocupado exclusivamente por izquierdistas; son los únicos que gozan de una
personalidad definida, expresan opiniones y sentimientos, poseen voz y peso
específico, con todos sus matices, luces, sombras y recovecos.
Por contra, el adversario, que cuando adquiere
personalidad literaria se trata de un mero esbozo, un arquetipo, es como una
música de fondo que está allí, pero sólo entra en escena en los últimos
momentos de la novela, en esas horas finales, como de ensueño.
Así en las interpolaciones, que se sitúan en
las primeras semanas de la guerra, días de confusión y represión, del avance de
las columnas, el enemigo es un ser deshumanizado, una sombra que actúa pero no
se ve, como ese animal que acecha, cuya presencia se percibe pero no así sus
intenciones.
Esta apariencia cambia de forma radical en el
presente de la novela, cuando comienza a adivinarse cierta empatía entre los
bandos en liza y se especula de forma gratuita sobre los planes del vencedor:
“La gente quiere la paz, compañeros, aunque
les cueste mucho, con tal de salvar la vida. Y estoy seguro también que la del
otro lado de las trincheras piensa lo mismo. El pueblo de aquella parte está
también harto de discursos, de sangre y de miedo. Que van ganado, ¿y qué?
Porque ¿quiénes son los que ganan? Unos pocos. Y los que pierden, sea cual sea
el resultado final, son todos los demás, todo el pueblo, el de aquí y el de
allá...” (p. 86)
“Si nos plantásemos, todavía habría mucho que
hablar... ¿y qué necesidad tiene el vencedor de complicarse la vida a última
hora, eh? A enemigo que huye, puente de plata, ¿no es eso? Pues en eso consiste
todo: en que nos dé tiempo para marcharnos los que queramos irnos, que vamos a
ser muchos, pero en buenas condiciones y no como se hizo la evacuación de
Cataluña. ¡Menudo quebradero de cabeza que le quitamos con desaparecer de aquí!
¿Qué iba a hacer con nosotros? ¿Fusilarnos? Somos muchos. ¿Meternos en la
cárcel? Pues no iba a necesitar cárceles ni nada... Además, tendría que darnos
de comer, aunque fuera poco.” (p. 172)
La tercera y última fisonomía que adopta el
vencedor viene acompañada de la sorpresa que provoca en Federico el descubrir
la auténtica personalidad de Matilde. Ahí empieza el derrumbe del protagonista,
su paulatino abandono de toda esperanza, de cualquier salida. La actitud de uno
de los compañeros falangistas de su novia le abre definitivamente los ojos a la
realidad:
“–Como has estado en contacto con los rojos
tanto tiempo, sabrás algunos nombres y direcciones. Nos ahorrarías luego mucho
trabajo... Sí, camarada. Nombres y direcciones de los que hayan cometido
fechorías...
La ira se le amontonó en la garganta a
Olivares…
(Y ese chaval no me gusta. Tiene los ojos de
fanático. Tan joven y ya odiando de esa manera... Claro, a lo mejor tiene
motivos personales para ello... ¡Ha sembrado tanto odio esta guerra! Todo el
país está podrido de odio: el aire, la tierra, las gentes... Como no sea que la
Iglesia nos eche una mano... ¿Pero será capaz de defendernos y de pedir piedad
para los vencidos?)" (p. 314-316)
Ya es un enemigo en el que no caben los
principios porque está por completo deshumanizado; y se ve cómo menudean los emboscados,
se practica el chaqueterismo antes incluso de que finalice la guerra, cómo
todos, el que más y el que menos, arriman su sardina al fuego del ganador
Reflexiones después de la batalla
Mientras Julio Cubas y su amiga intentan una
huída desesperada, muy cinematográfica, y Molina se aferra a un infundado
optimismo antropológico (“Sigo creyendo, y te lo digo en serio, que no habrá
represalias. Vamos, no me cabe en la cabeza.” p. 369), Federico se desconecta
de todo, entre la resignación y la anticipación de un exilio interior,
simbolizado en el hecho de enfrascarse en la lectura de la Historia de Roma de
Theodor Momssen, concretamente los episodios relativos a las guerras civiles.
En una recreación cervantina, Molina arroja al fuego los libros de Marx,
Engels, Sorel, Bujarin... que tenía en su poder (“Siempre me toca quemar
papeles y libros después de cada fracaso... Y no creas que es fácil. Parece al
pronto que el papel arde fácilmente. Pues no es así... ¿Será por las ideas que
lleva dentro?” p. 366). Junto a él, en la cocina familiar, Federico desgrana
las razones que han podido llevarles a la derrota, como las disensiones entre
las facciones republicanas (“Nunca hubo en nuestro campo unanimidad de
criterio”), la actitud de las potencias extranjeras (“se internacionalizó [la
guerra] y eso fue lo peor que pudo ocurrirnos... el principal [enemigo] ha sido
Inglaterra, por encima de Alemania e Italia”) o las características del
adversario:
“En la otra zona estaban los hombres
experimentados…; y, en la nuestra, los ideólogos... Aquí, ni Franco hubiera
podido hacer la unificación. Y aunque hubiéramos ganado la guerra, ¿qué? A
saber lo que hubiéramos hecho después. Yo creo que hubiera pasado lo mismo que
con la República, que entre todos la mataron y ella sola se murió.” (p. 367)
Y otro motivo, en mi opinión, el más
significativo:
“–Hemos pasado revista a alguna de las causas
de nuestra derrota, pero algún día tendrá que hablarse de las conductas. Porque
¿qué me dices de aquellos célebres escritores e intelectuales que trajeron la
República y que fueron nuestros maestros? Ellos nos lanzaron (hablo de los
estudiantes de mi generación) a la lucha por una España nueva, y luego, a la
hora de la verdad, se pusieron al margen y nos dejaron en la estacada. ¡Qué
faena! ¿Qué se creían ellos que iba a pasar cuando el pueblo jugara el papel
que ellos le habían escrito? Yo no sé qué pensaron. Tal vez que el drama
político y social de España podría ventilarse como un acto académico, ¿no? Pero
¿no habían denunciado ellos el hambre y el atraso de nuestras gentes? ¿Es que
luego, con decir que aquello no era lo deseado y hacer frases se puede uno
retirar por el foro mientras los españoles se despedazan? ¡Qué asco!” (p. 368)
Tenemos entre manos el testimonio de un escritor de raza que vivió la
guerra y la posguerra y fue capaz de pintarnos el cuadro de una ciudad y unas
gentes que vivieron el derrumbe de un mundo y el cuestionamiento de la
estructura ideológica que lo sustentaba. Unos con esperanza y otros con
desolación, compartiendo todos, en mayor o menor medida, el desarraigo y la
deshumanización.