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Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) |
Poco después de
aparecer dichos relatos, la editorial chilena Ercilla los reunió en un volumen
con el título A sangre y fuego. Héroes,
bestias y mártires de España, a la que siguieron las ediciones inglesas de
Nueva York, Londres y Toronto entre 1937 y 1938. Curiosamente, la edición
inglesa de Heinemann (Londres-Toronto, 1938) lleva por título el de una de las
narraciones en ella recogidas, And in the
distance a light…?
El argumento de Y a lo lejos, una lucecita da pie a
Chaves Nogales a llevarnos de la mano, como Dante por el infierno en la Divina Comedia, a lo largo de apenas 26
páginas y en el intervalo que va de la noche de un día al amanecer del
siguiente, por la geografía del miedo de una ciudad, Madrid, a cuyas puertas se
aproximan las tropas rebeldes. La excusa: el traslado precipitado de un
depósito de municiones a los sótanos del Teatro Real a causa de una filtración
de su ubicación por los espías al ejército enemigo. En esta atmósfera de
psicosis generalizada Pedro, miliciano anarquista de guardia durante la noche en
una calle del barrio de Salamanca, detecta una luz intermitente transmitiendo
señales desde la azotea de uno de los edificios que custodia. Finalizado su
servicio, ya en el cuartelillo o ateneo libertario instalado en los bajos de
uno de los palacetes del barrio, escucha junto a sus compañeros las soflamas
lanzadas a diario por Queipo de Llano desde Radio Sevilla, insistiendo en la
inminencia de la entrada de las tropas de Franco en la ciudad y apostillando:
“… Sí, señor; han metido las municiones en los sótanos del Teatro Real con
mucho sigilo. Pero aquí se sabe todo. ¡Ja, ja, ja!”. Informado Jiménez, el
responsable del grupo (“un muchachito pálido y delgado, con ojos de loco
disimulados tras unos gruesos cristales”) de la posible existencia de un
emboscado en las proximidades, y enardecidos por las palabras del general speaker, se inicia una auténtica cacería
del hombre encabezada por él mismo, Pedro y un par de milicianos más.
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Londres-Toronto, 1938 |
Como si de una road movie se tratara, persiguiendo una
luz capaz de cegar los sentidos, saltamos del barrio de Salamanca a una torre
de Santa Bárbara, y de allí a un hotel de la Gran Vía, el Paseo de Rosales, una
casita en la Cuesta de las Perdices, un hotelito en el Plantío, una choza de
pastor en Torrelodones, un sanatorio antituberculoso cerca de Navacerrada
“evacuado ya a medias” hasta llegar, con las primeras luces del alba a una meta
que, aunque previsible, no deja de sorprender.
Más que los catorce
muertos con que se salda esta carrera infernal, importa destacar el acertado
uso que hace Chaves Nogales de la simbología para expresar la profunda repulsa
que le provoca la guerra y sus secuelas, su capacidad de distorsionar lo humano
que queda en el hombre sometido a presiones extremas. Ya desde el principio, la
calle, y por extensión la ciudad, se presenta como una “sima honda, larga y
negra. Una hendedura [sic] en la corteza de un astro muerto”, idéntica
impresión que inspirará siete años después, el mismo del fallecimiento de nuestro
autor, el primer verso de Hijos de la ira
(Dámaso Alonso): “Madrid es una ciudad de un millón de muertos”.
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La edición chilena de 1937 |
También resulta curioso
el abuso de los tópicos, como ya sucediera en la obra de José Herrera “Petere” Acero de Madrid, presentando ciertos
barrios de la ciudad con una tacha, merecida o no, de sospechosos, como el
Paseo de Rosales, cuyos residentes, todos
acomodados, “habían huído al campo faccioso o estaban presos”; así como la
descripción de los comportamientos, de los que sobresale, por el detenimiento
con el que lo analiza Chaves, el de la señorita Carmiña “hundida entre los
encajes de un lecho de gran espectáculo”, o las pinceladas con las que retrata
y machaca a algunos personajes, así el “buen señor gordo y calvo con aire de
burócrata”
Los que matan y los que
mueren no le merecen a Chaves Nogales ningún respeto. Él mismo, como confiesa
en el prólogo de A sangre y fuego… se
apartó “con asco y con miedo de la lucha”, por lo que su posición respecto a lo
tratado no puede ser más fría y distante. Son simples máquinas de matar y de
morir. Los unos, matan descerrajando un tiro en la nuca de su víctima, a la que
ni siquiera son capaces de mirar a la cara; (“¿Quién era? ¿Cómo sería su cara?
¡Bah! Uno; un enemigo menos. ¿Qué más le daba?”); los otros mueren sin un asomo
de dignidad, sin una protesta, sin apenas defenderse, cayendo “como un
guiñapo”, con “un aire grotesco y elegante de pierrot de trapo”, “como en una escena de polichinela, [desplomándose]
sin proferir un grito”, “sobre la grava del sendero quedó tirada una pierna
fina y larga como esas piernas de cera que se exhiben en los escaparates”.
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Chaves Nogales y Fernando de los Ríos |
No hay grandeza en los
que asesinan por la espalda, como tampoco la hay en la señorita Carmiña, la amiga del Ministro de la Gobernación y
del Director General de Seguridad, en el comandante de Ingenieros, en el
“pastor” que muere blasfemando, y en cuya coronilla “erizada de pelos cortos y
tiesos, se le advertía aún la señal de la tonsura”…
Por no hablar de
aquellos personajes menores definidos por su actitud: los dos milicianos que no
dudan en abandonar a Pedro y a Jiménez cuando descubren la locura que los
empuja al abismo; los tuberculosos ingresados en el sanatorio, “fascistas unos
y antifascistas otros, se agredían verbalmente desde sus camastros con una saña
verdaderamente patológica”; los porteros delatores, el camarada comptoir del hotel de la Gran Vía
insistiendo a los milicianos en que hicieran desaparecer el cadáver del joven
aviador republicano por el hueco del ascensor… Y, por encima de todo, ese miedo
que todo lo apunta y contamina:
“No había miedo de que
el estrépito de la descarga alborotase a la vecindad. Ni una sola ventana se
abrió; ni una voz alarmada pudo oírse… En el cuarto inmediato, el inquilino
comprobó satisfecho que los tiros no le habían matado a él, se tapó la cabeza
con la almohada y así se estuvo quieto, quieto, hasta que fue de día”
El hombre reducido a su
condición animal se guía siempre por el hambre (recordemos Las últimas banderas, de Ángel María de Lera “Si la gente comiera, siquiera
medianamente, terminarían la guerra nuestros nietos”), una sensualidad
desaforada y rijosa (que tiñe gran parte de San
Camilo, de C.J. Cela: “si un hombre está cachondo y además le remuerde la
conciencia, ¿qué más puede pedir?”), el miedo al que acabamos de referirnos, tan presente en otros cuentos
de Chaves (Massacre, massacre,
por ejemplo) y el sueño, del que tanto se queja Pedro en este relato: “De la
guerra y la revolución … lo peor es el sueño que se tiene siempre. ¡Si se
pudiera dormir! La guerra y la revolución serían menos duras y menos crueles si
los hombres que las hacen hubieran dormido bien…”
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Chaves Nogales y Kerensky en 1931 |
Que Y a lo lejos, una lucecita, así como el
resto de las narraciones que forman A
sangre y fuego… no podía gustar ni a tirios ni a troyanos, es un hecho que
explica el silencio que rodeó la obra de Manuel Chaves Nogales, a excepción de
la biografía de Juan Belmonte (1934), durante más de setenta años. Felizmente
recuperada la producción del periodista gracias al trabajo de María Isabel
Cintas a partir de 2011, el mismo año que Jaime Márquez Sierra publicó una
reseña de la obra en el número 20 de esta revista, ya va siendo hora de situar
al sevillano en el lugar que se merece dentro del panorama de la literatura
española sobre la guerra civil.


Este artículo fue publicado en la revista "Frente de Madrid"