viernes, 12 de febrero de 2016

Juan Modesto, que estás en los cielos ("El tiempo de los héroes", Javier M. Reverte, 2013)




“- Me recuerda el Madrid de hace dos años – dijo Delage.

- Pero sin hombres en las barricadas dispuestos a morir por defenderla…

- No es tiempo de héroes, Juan.

- O es que todos los héroes están muertos, amigo” (535)


La mitología es la aliada fiel del miedo y la incertidumbre, de la inseguridad y el desconocimiento. El recurso al mito facilita el ensamblaje de los hombres en el interior de la maquinaria de un mundo perfecto, organizado a priori, donde no cabe la improvisación ni el desconcierto. Cuando invocamos a los héroes o a los dioses para comprender una realidad compleja y enmarañada, aceptamos de antemano nuestra derrota e incapacidad a cambio de una interpretación amable de la vida, ajustada a nuestra siempre limitada perspectiva, dulce lenitivo que nos libra del enojoso trabajo de cuestionarnos determinados dogmas de fe.

La forja de un héroe, desde que el mundo es mundo y el hombre que lo habita se ha visto en la imperiosa necesidad de crear un ídolo que alivie sus miserias al verse por él siempre superado, meta inalcanzable y sobrehumana, ha seguido siempre un mismo camino, unas pautas propias de manual de uso y entretenimiento. Ya se trate de héroes mitológicos, políticos o de andar por casa, todos ellos comparten un número variable de características que podríamos resumir en las que siguen: una infancia desdichada (por exclusión, pobreza o el ejercicio de un duro trabajo prematuramente impuesto) hace que nuestro protagonista sea consciente antes de tiempo de la realidad que le rodea y luche por alzarse sobre ella destacando del resto de sus coetáneos. Una vez superadas las dificultades iniciales, procederá a sobreactuar en el desarrollo de una serie de virtudes: hombría de bien, desprendimiento, solidaridad, valentía y arrojo, defensa del débil o el desvalido…. La formación intelectual y las herramientas sociales que no pudo adquirir en su plenitud durante su infancia, adolescencia y juventud, tiempo invertido en defenderse de las tiranías de un medio hostil, las procurará a su manera, despertando en quienes le rodean un sentimiento mezcla de admiración y compasión. Y así transcurrirá su existencia, dejando rastro de su paso por el mundo y una cohorte de seguidores que alimentarán y, en la medida de lo posible, inflarán su fama cuando se haya ido.

El uso de esas herramientas fantásticas y estupendas en cualquier mitogénesis que se precie, previa aceptación acrítica e incondicional de postulados mil veces repetidos, puede ser involuntario, puro reflejo de una mentalidad acomodaticia; o premeditado, lo que conlleva invertir un esfuerzo sobrehumano a quien lo elige y abraza, semejante al de hacer pasar un elefante por el ojo de una aguja.

José Miaja (1878-1958) y El Campesino
Javier M. Reverte (Madrid, 1944), en su novela de 2013 “El tiempo de los héroes”, se entrega gozoso a esta segunda opción, a saber: presentar nuestra Guerra Civil a través de la figura gustosamente mitificada de uno de sus protagonistas: Juan Modesto Guilloto (1906-1969). En este sentido, el libro que nos ocupa se presta muy bien a tres lecturas y otras tantas interpretaciones: una novela de acción, una biografía novelada  y un alegato político.


Como mera ficción, dejando a un lado la historicidad de lo narrado, resulta ágil, amena y de un agradable dinamismo. Desde su presente narrativo, los días de marzo previos al final de la guerra, con el desbarajuste de las autoridades republicanas ultimando los preparativos de su marcha al exilio, se aborda el desarrollo de la contienda con la descripción cronológicamente ordenada de los episodios que jalonan el conflicto, en los que Modesto, por acción o por omisión, ha jugado un destacado papel. Aquí destaca el talento de Javier M. Reverte como novelista y autor de libros de viaje, a medio camino entre el periodismo y el testimonio.

“Entre el 6 y el 27 de febrero [de 1937, refiriéndose a la batalla del Jarama] los ejércitos excavaron trincheras y alzaron refugios en los pequeños valles de tierra arcillosa cubiertos de vegetación salvaje. Se combatió con saña y dureza, sin apenas tregua, en cerros como el Pingarrón y la colina del Suicidio. Se luchó en las trincheras igual que en la Gran Guerra y miles de hombres pelearon a la bayoneta en los extensos olivares de las llanadas que dominaban el Tajuña. Hubo cargas de caballería a la usanza del siglo XIX. Y se emplearon unidades blindadas, un preludio de las grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial” (189)

Sin embargo, no renuncia a cierto lirismo, de carácter simbólico, como la acertadísima imagen del caballo cartujano que debutará en el relato caracoleando en el dantesco escenario de un patio del madrileño Cuartel de la Montaña sembrado de cadáveres, tras el fracaso de la rebelión militar en Madrid:

“Y de súbito se oyó un sonoro relincho. Un airoso y ligero caballo, de pelaje blanco y crines tocadas de una luz dorada entró a galope en la explanada, escapado de las cuadras del fondo del cuartel… El tiroteo cesó en uno y otro lado. Y el silencio se posó sobre el cuartel. El corcel recogió el paso, trotó entre los muertos, dio breves galopes a un lado y a otro del patio, como si bailara,… y miró con sus ojos negros a los hombres” (29-30)

Este caballo, propiedad de un Osborne “militar señorito, señorito de Jerez” aparecerá en, al menos, seis ocasiones más a lo largo del relato, constituyendo algo así como un nexo sentimental del protagonista con su Cádiz natal y, curiosamente, proporciona al autor la posibilidad de mostrarnos el lado más humano de Modesto, lejos del encorsetamiento y los lugares comunes que abordaremos enseguida. Así, cuando cae Cataluña y un amplio contingente del ejército popular se vea obligado a pasar a Francia, el ya coronel Modesto, acompañando a las tropas en desbandada, se encuentra con el “señorito de los Osborne” que persigue a las unidades que se agolpan en la frontera. En el horizonte, identifica a Capitán que así se llama el caballo, montado por Modesto:

“- Te vimos desde lejos y yo te reconocí… por el animal [dice el oficial franquista] Quería decirte que tu mujer y tus hijas están bien. Mi familia se ha ocupado de ellas. Y ahora, en cuanto esta guerra termine, haré que pasen sanas y salvas a Francia. Es lo que tu esposa desea… ¿Le digo algo a tu mujer?

- Dile que vuelvo a la guerra… Porque, que lo sepas, señorito Osborne, esto no ha terminado mientras quede un Guilloto suelto.

- ¡Cabalga de una vez y no vuelvas la cabeza!

- Nunca dejaré de volverla, aunque tenga que cabalgar de espaldas. Me gusta mirar de frente al enemigo. ¡Salud, paisano!” (567-568)

Enrique Líster y Fidel Castro

Esta fanfarronería, o exceso de testosterona, y aquí entramos ya en la segunda lectura, o forma de abordar la narración como biografía novelada, es una constante en el relato. El autor no oculta la admiración que le inspira Modesto, teniendo en cuenta el calificativo del que echa mano a la hora de definir su obra en el epílogo como “una novela trágica, en el sentido clásico de la palabra” (581) y recurrir a la autoridad de Aristóteles que, en su “Poética”, al hablar del objetivo del bardo, afirma que “no es tanto contar las cosas que realmente han sucedido cuanto narrar aquellas cosas que podrían haber sucedido y las cosas que son posibles de acuerdo con la verosimilitud o la necesidad” (581). Con semejantes premisas, ya está servido el plan de la biografía-hagiografía-panegírico a mayor gloria de Juan Modesto Guilloto.

En primer lugar, nuestro protagonista es un héroe:

“- Eso le digo yo, camarada Modesto. Soy de las Juventudes Socialistas  y estoy orgullosa de saludar a un héroe.

Modesto dejó escapar una leve carcajada.

- Héroes somos todos, guapa camarada” (350)

Como todo héroe consciente de su condición, y haciendo honor a su apodo, practica la modestia : “Se le hacía extraño y en cierto modo incómodo sentirse querido y saberse famoso. Siempre había detestado la vanidad” (119)

Su presencia y aspecto, “de mirada directa y escrutadora, rostro tostado por el sol de las batallas de la sierra y sonrisa siempre presta a asomar burlona en los finos labios” (122) no dejaba indiferentes a hombres ni a mujeres:

“Le gustaban su torso velludo, sus firmes muslos, los brazos musculosos, el recio perfil de la nariz romana, los cabellos revueltos sobre la almohada y, sobre todo, aquella oreja mutilada que, para ella, retrataba una naturaleza salvaje” (153).  
Miguel Hernández (1912-1942)
Tipo legendario donde lo haya, muy a menudo se mueve por instinto e intuición: “no sé; no era yo. La acción me arrastraba, no era capaz de detenerme” (346) y siente el peso sobrehumano de su responsabilidad: “El heroísmo es una cosa extraña: debes enfrentarte al mismo tiempo a tu sufrimiento y a tu esperanza. No es algo fácil de comprender y asumir, Dolores. Te lo digo yo, que estoy en medio de la refriega” (390)
Y aunque desprecia la venganza como acto de justicia (parece ser que su intervención en el Cuartel de la Montaña evitó un aun mayor derramamiento de sangre), no por ello deja de ser un sentimental al que le duele el sufrimiento ajeno y el horror. En toda la novela solo hay un pasaje en el que Modesto hace uso de la violencia más allá del campo de batalla. Al entrar en el Casar de Escalona, que había sido tomado y abandonado por las columnas franquistas apenas unas horas antes, los hombres de Modesto se encuentran un gran número de civiles asesinados.

María Teresa León (1903-1988)

“Entre los cadáveres había numerosas muchachas. Modesto recordaba a una de ellas, casi una niña… yacía tendida boca arriba, con sus cabellos rizados de color trigueño bañándose en el charco de su propia sangre… Muchos hombres curtidos en las recientes luchas de la sierra lloraron ese día y el siguiente. No hubo prisioneros… “ (99)

Por último, cabe destacar la gran labor de documentación llevada a cabo por Javier Reverte a la hora de allegar materiales para la novela, lo cual no le impide caer en determinados clichés, como ese maniqueísmo tan manido al que a tantos y tantos autores les cuesta sustraerse, pero que, en su caso, es consciente, deliberado y confeso, lo cual no solo no le quita ningún mérito a la obra, más bien avala su calidad indiscutible. Abundan las referencias a intelectuales (Rafael Alberti, María Teresa Léon, Miguel Hernández…), corresponsales extranjeros (Louis Fischer (1896-1970), Herbert Matthews (1900-1977), Hemingway (1899-1961), Henry Buckley (1904-1972), Franciszek Pruszynsky (1907-1950), Ilyá Ehrenburg (1891-1967), Robert Capa (1913-1954), Martha Gellrhom (1908-1998), Jeannete Cohen…”su buen amigo Mijail Koltsov” (387)), a sus vidas a cuerpo de rey en los hoteles madrileños, así como a los brigadistas internacionales, de los que alaba su elevada condición intelectual que no duda en contraponer a la inane de sus enemigos. “Aquel día, la línea de fuego de la Casa Blanca, en donde perecieron doscientos veinticinco de los seiscientos británicos que la defendían quedó bautizada como la Colina del Suicidio. Cuando los soldados rebeldes recorrieron las trincheras y parapetos británicos, repletos de cadáveres y de miembros humanos desgajados de sus cuerpos por los bombardeos, encontraron abundancia de libros entre las armas y los equipos abandonados. No eran breviarios religiosos, ni biblias ni coranes. Los firmaban gentes que casi ningún soldado ni oficial franquista podían reconocer: Shakespeare, Dickens, Darwin…” (207) Y lamenta el trato que recibieron los más de dos centenares de voluntarios extranjeros fusilados por uno de sus jefes, Marty, en el monte del Pardo durante la batalla de Brunete, lo que no le impide hacer un alarde de realpolitik ante su comisario político, Luis Delage García (1908-1991), un curioso y muy acertado personaje a medio camino entre Pepito Grillo y coro de tragedia griega, que acompañará a Modesto durante todo el relato a modo de conciencia, freno y acicate. Ante la protesta expresada por Delage por semejante masacre, replica Modesto:”-… No puedo hacer nada, Luis, no se puede hacer nada. Marty tiene mucho peso en la Internacional Comunista, es un hombre de confianza de Stalin. Es terrible lo que ha hecho, pero ya no tiene remedio y no podemos actuar contra él…, la guerra. Si en mi mano estuviera, yo le fusilaría esta misma tarde. Pero el Partido no lo consiente, y son muchos los que aconsejan volver la cabeza hacia otro lado, que es lo que estamos haciendo tú y yo.
-. Algún día me cagaré en Stalin.
- Ni te he oído, comisario Luis. Stalin nos envía armamento” (333-334)

Rafael Alberti (1902-1999)


En el mismo sentido se enmarcan las palabras del comandante George Natham (1895-1937) cuando se pregunta si tienen derecho a fusilar a los voluntarios internacionales que huían aterrorizados: “En la Gran Guerra fusilamos a muchos de los nuestros por cobardía ante el enemigo. Creo que ejecutamos a demasiados y que algún día lo lamentaremos” (320). Dicho lo cual, cayó abatido por una granada.


Segismundo Casado
La fuerza que no pudo ejercer contra André Marty (1886-1956), no dudó en aplicarla, aunque de palabra, contra otros jefes de milicias, como Valentín González, El Campesino (1904-1983), el anarquista Cipriano Mera (1897-1975), que en un momento de la novela increpará a Modesto con una frase lapidaria: “Lo peor de los comunistas es que siempre creéis que la razón es vuestra. Sois como los curas” (336), el coronel Segismundo Casado (1893-1968), al que amenazará durante una comida: “En tu corazón anida la traición, Casado, lo leo en tus ojos. Algún día te pegaré un tiro en la sien. Eres un malnacido…” (543) y el general Manuel Matallana (1894-1952), contrarios los tres últimos, al final de la guerra, a la política de Juan Negrín (1892-1956), el presidente del Gobierno hacia el que no ahorra ditirambos, al igual que admira a Vicente Rojo (1894-1966) y, con alguna reserva, a Enrique Líster (1907-1994), con el que compartió formación  en Frunze, la Academia Militar del Ejército Rojo.

Respecto al Campesino, apelando a las palabras de Aristóteles recogidas más arriba, recrea una conversación que no tiene desperdicio entre Santiago Carrillo (1915-2012) y Modesto en plena batalla de Teruel:

“- Hace tiempo que quiero saber qué pasa con el Campesino, Santiago… ¿Quién le apoya en el Partido?

- La dirección

- No lo entiendo

- Es un mito, ha conseguido convertirse en una leyenda: el soldado surgido del pueblo, valiente y generoso

- Es todo lo contrario, Santiago: ese hombre está loco.

- Pero la gente cree otra cosa… Y en la guerra necesitamos de leyendas que ayuden a mantener elevada la moral del pueblo.

- Al pueblo no le gustará saber que un día le creamos héroes falsos.

- Yo no apoyo a Valentín; pero la mayoría de la dirección sí lo hace.

- No me gusta que mi partido engañe, Santiago… Yo soy un hombre de trincheras y tú eres un hombre de pensamiento. Pero ambos defendemos unos principios de justicia y de igualdad, ¿no? ¿O es que lo hemos olvidado?...” (411)

Juan Negrín
En fin, como casi toda novela histórica con intenciones didácticas (y esta las tiene), el autor, en boca de su protagonista, facilita una explicación que aclare el final del drama. Sirviéndose de una conversación entre Modesto  y Negrín, se aportan una serie de claves que ilustran la inevitable salida del conflicto. En opinión de Modesto, la derrota de la República se debió exclusivamente a factores externos: “superioridad del enemigo en armamento, en municiones, en tanques y en aviación… cobardía de las democracias, Inglaterra y Francia en particular, y por la traición de Casado” (354), a los que añadirá Negrín el papel jugado por los comunistas, que alertó a las democracias europeas de la posibilidad de que se creara “un Estado de signo socialista con serias posibilidades de que fuese controlado por los comunistas españoles, por un partido puesto al servicio de Stalin”, para concluir que “la guerra ha destruido cualquier salida de signo democrático y liberal al estilo de Europa” (355)


“Vendrá un tiempo de héroes fatigados, tipos que pondrán en cuestión la necesidad de luchar y morir por una idea. Ya no habrá héroes, tan solo caricaturas de una raza extinguida a la que usted pertenece, Modesto. Y luego vendrá la barbarie” (457)

jueves, 9 de julio de 2015

Vivir otra vida (Verano 2014. Tercera parte)


Un rincón del Palacio de Pombal (Oeiras)


Itziar (Oeiras)
El sol, derramándose en la mullida alfombra del salón, inundaba con su luz bañada en un azul brillante nuestras mañanas. A través de la ventana, veíamos algún que otro autobús descendiendo silencioso la pronunciada pendiente de Alfonso III que desemboca en la breve Rua Nelson de Barros que, al bordear en su flanco norte el convento da Madre de Deus, recibe su nombre para adentrarse en Xábregas, acariciado por el Tajo pocos kilómetros antes de morir en el mar. Esas mañanas cristalinas y azules de Lisboa, mientras apañábamos el piso de Marisa antes de echarnos a la calle, la televisión local emitía un programa de música en el que una pieza fundamental y repetida hasta la saciedad era Chandelier, de la australiana Sia, que empezó a arrasar en España ya terminadas las vacaciones de verano. Los pequeños se alborotaban con el clip de la niña, (“!!Mamá, papá, el video de la niña que baila¡¡”) e intentaban imitar, con mayor voluntad que éxito, sus contorsiones y piruetas, o esa voz que cambiaba de registro pasando de la borrachera al lamento y al grito desgarrado.


Cacilhas


No sé por qué, pero la imagen de esa niña tocada con una peluca platino y embutidas sus escurridas carnes infantiles en unas mallas de bailarina, ejecutando una serie de movimientos y poses muy lejos de los propios de la niñez, me ha acompañado durante estos últimos once meses. Esos giros dislocados, así como la voz de Sia a ratos distorsionada y forzada por exigencias del guión, han ocupado un lugar desproporcionado, han adquirido un peso y una dimensión que no les pertenece por derecho a la hora de hacer recuento y pescar en el río de los recuerdos a recuperar del pasado mes de agosto.

La mítica Livraria Bertrand (Lisboa)

En  memoria a los portugueses caídos
durante la Grande Guerra.
Casi un año después de todo aquello, con este calor espeso que se ha apoderado de Madrid, más enrarecido aún con los rabiosos cantos de las cigarras de todo tipo, pelaje y condición que atronan día y noche sin cuartel, se echa de menos el silencio de Lisboa y a uno le gustaría descender de nuevo por la Avenida de Alfonso III, dejar a la derecha el desmonte que linda con los restos del fuerte de Santa Apolonia, donde pastan entre las basuras decenas de palomas alborotadas, enfilar la Calçada da Cruz da Pedra, que enseguida cambia su nombre por los de Rua de Santa Apolónia, Bica do Sapato y Caminhos de Ferro hasta desembocar en la plaza donde se enfrentan las impresionantes fachadas de la estación de ferrocarril bautizada con el nombre de la santa y la del Museo del Ejército, coronado con un gigantesco grupo escultórico. A estas alturas el paseante podría continuar por la Avenida del Infante Don Henrique, con su incesante tráfico rodado y sus interminables obras, u optar por Jardim do Tabaco. Lo mismo da. Con el Tajo casi convertido en mar a nuestra izquierda, y las mareas de turistas que todo lo invaden, el caminante menos avisado ya percibe la proximidad del centro de la ciudad. Jardim do Tabaco enlaza con la Rúa do Terreiro do Trigo, donde los monarcas ilustrados acumulaban el grano para distribuirlo entre los lisboetas en momentos de escasez, que no debían de ser pocos a tenor del señorío y majestad del edificio levantado al efecto. Sin abandonar el camino, ahora Cais de Santarem, poco después Alfandega, llegamos, a los veinte minutos de salir del piso, a la Praça do Comércio, que atravesamos para disfrutar de ese paseo marítimo sobre la Ribera das Naus salpicado de terrazas que compiten en chilloutismo.
Playa de Comporta
Sara (Oeiras)

Este trayecto, una y mil veces repetido durante los últimos años, es el único que los pequeños son capaces de afrontar sin manifestar la más mínima protesta. Ahí empiezan las negociaciones. La perspectiva de un día de caminata subiendo y bajando sin orden ni concierto por las empinadas calles de la ciudad, no les seduce ni poco ni mucho, por lo que solo nos queda el recurso de la playa. Fue posible visitar la Librería Bertrand, el Museo del Ejército, el de la Moneda o el ascenso inexcusable (¡ya nos vale!) al Cristo de Almada, intercalando entre unos y otros unas horitas en la Praia de Santo Amaro (Oeiras) o en la de Comporta (Setúbal). Esas horitas, convertidas en jornadas completas desde el momento en que tienes que echar mano del coche, nos depararon, no obstante, varias sorpresas.

Cala junto a la playa de Santo Amaro (Oeiras)



La playa de Santo Amaro, en Oeiras, de aguas esmeralda, es relativamente pequeña, y uno se siente trasladado, sin pensarlo, a algún lugar del Caribe, como Cuba o Santo Domingo, al estar ocupada en su mayoría por familias angoleñas, mozambiqueñas o guineanas. En este pueblecito cercano a Lisboa, se encuentra el Palacio del Marqués de Pombal con sus jardines neoclásicos, verdadero remanso de paz...

Palacio del Marqués de Pombal (Oeiras)
Por su parte, la playa de Comporta, muy conocida por los extremeños por ser de las más próximas a Badajoz, es otra cosa. Su difícil acceso, o el hecho de encontrarse rodeada por un paraje natural protegido, hace que sea frecuentada por el famoseo televisivo portugués. Más grande y abierta que la de Santo Amaro, comparten las dos una tonalidad en la coloración de sus aguas realmente de impresión.
Alejandro
Vivir otra vida… Así como la niña interpretaba un papel que no le correspondía al traducir a movimientos extravagantes la canción de Sia, yo al menos me sentía obligado, por un lado, a sumergirme en la vida de Nicolás Monardes para cumplir con el compromiso firmado con la Fundación Ignacio Larramendi para redactar la biografía del médico sevillano. Todo en Lisboa te traslada a otra época y el autor de la Historia medicinal se refería en muchas ocasiones a aquellos productos que, procedentes de Brasil, de la India o de China, arribaban al puerto lisboeta del Terreiro do Paço. Por otra parte, disfrutaba imaginando la vida en aquellos edificios levantados después del terremoto de 1755. Meses después, durante nuestra habitual visita navideña a Elvas, tuvimos la ocasión de conocer el interior de una vivienda dieciochesca, típica propiedad de un comerciante, con sus techos pintados, así como los zócalos y una pequeña capilla comunicada con el dormitorio de la dueña.

Baena


Vivir otra vida… A los pocos días de abandonar Lisboa, y con una interesante bajada de la temperatura, aterrizamos en Baena, donde pudimos saludar personalmente a los primos Pepe Cortés y Luis Salas, que ejercieron a la perfección su papel de cicerone, además de recibirnos y agasajarnos como si nos conocieran de toda la vida. Alojados en la céntrica Casa Grande (una vez más, gracias a Marisa), y de la mano de Pepe y de Luis, Carmen les puso cara a todas las historias, anécdotas, escenarios y dramas que había escuchado desde niña de labios de su madre, pisando los lugares donde se desarrollaron, entre otros,  los sangrientos episodios del verano de 1936: la Plaza y el Convento de San Francisco. Esas imágenes familiares, tan a menudo desdibujadas, de perfiles difuminados por lo inconexo de los datos con los que estaban formadas, iban adquiriendo cuerpo y sentido a medida que se contrastaba la dispersa información con que contaban unos y otros. Pero también planteaba nuevas interrogantes, lo que obligaba a adentrarse más y más en las interioridades de sus protagonistas: los abuelos y sus hermanos y primos, para recrear con la mayor fidelidad posible sus vidas. A finales de mes, regresando al Zújar desde Matalascañas, hicimos un alto en Umbrete (Sevilla), en casa de Lina Trujillo. La lectura de su novela “Los latidos del tambor”, un feliz descubrimiento, nos había acompañado durante todo el mes, excitando aún más la curiosidad de Carmen al ver en ella confirmadas muchas historias de familia. La conversación con Lina y con Juan se alargó durante horas gracias al frescor de la noche en su jardín hasta que, ya avanzada la madrugada, enfilamos al Pantano afrontando el final de nuestras vacaciones.

Inmensos olivares alrededor de Baena


lunes, 15 de diciembre de 2014

Persiguiendo una luz cegadora... "Y a lo lejos, una lucecita" (Manuel Chaves Nogales, 1937)



Manuel Chaves Nogales
(Sevilla, 1897-Londres, 1944)
En 1937 el semanario francés Candide¸ la revista mexicana Sucesos para todos, el diario británico Evening Standard y el neozelandés Weekly News sacaron a la luz de forma casi simultánea una serie de relatos de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944), escritor y periodista español, director del diario Ahora, afín a Manuel Azaña, entre 1931 y  noviembre de 1936. Fue durante esos convulsos días de otoño, con la batalla de Madrid a punto de desatarse y el gobierno de la República estableciéndose en Valencia, cuando nuestro autor, republicano por convicción y liberal por temperamento, decide abandonar la capital para emprender un exilio que le llevará, con su familia, de Barcelona a París y de allí, perseguido por la Gestapo, a Londres, donde fallecerá a la edad de 47 años.

Poco después de aparecer dichos relatos, la editorial chilena Ercilla los reunió en un volumen con el título A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, a la que siguieron las ediciones inglesas de Nueva York, Londres y Toronto entre 1937 y 1938. Curiosamente, la edición inglesa de Heinemann (Londres-Toronto, 1938) lleva por título el de una de las narraciones en ella recogidas, And in the distance a light…?

El argumento de Y a lo lejos, una lucecita da pie a Chaves Nogales a llevarnos de la mano, como Dante por el infierno en la Divina Comedia, a lo largo de apenas 26 páginas y en el intervalo que va de la noche de un día al amanecer del siguiente, por la geografía del miedo de una ciudad, Madrid, a cuyas puertas se aproximan las tropas rebeldes. La excusa: el traslado precipitado de un depósito de municiones a los sótanos del Teatro Real a causa de una filtración de su ubicación por los espías al ejército enemigo. En esta atmósfera de psicosis generalizada Pedro, miliciano anarquista de guardia durante la noche en una calle del barrio de Salamanca, detecta una luz intermitente transmitiendo señales desde la azotea de uno de los edificios que custodia. Finalizado su servicio, ya en el cuartelillo o ateneo libertario instalado en los bajos de uno de los palacetes del barrio, escucha junto a sus compañeros las soflamas lanzadas a diario por Queipo de Llano desde Radio Sevilla, insistiendo en la inminencia de la entrada de las tropas de Franco en la ciudad y apostillando: “… Sí, señor; han metido las municiones en los sótanos del Teatro Real con mucho sigilo. Pero aquí se sabe todo. ¡Ja, ja, ja!”. Informado Jiménez, el responsable del grupo (“un muchachito pálido y delgado, con ojos de loco disimulados tras unos gruesos cristales”) de la posible existencia de un emboscado en las proximidades, y enardecidos por las palabras del general speaker, se inicia una auténtica cacería del hombre encabezada por él mismo, Pedro y un par de milicianos más.
Londres-Toronto, 1938

Como si de una road movie se tratara, persiguiendo una luz capaz de cegar los sentidos, saltamos del barrio de Salamanca a una torre de Santa Bárbara, y de allí a un hotel de la Gran Vía, el Paseo de Rosales, una casita en la Cuesta de las Perdices, un hotelito en el Plantío, una choza de pastor en Torrelodones, un sanatorio antituberculoso cerca de Navacerrada “evacuado ya a medias” hasta llegar, con las primeras luces del alba a una meta que, aunque previsible, no deja de sorprender.

Más que los catorce muertos con que se salda esta carrera infernal, importa destacar el acertado uso que hace Chaves Nogales de la simbología para expresar la profunda repulsa que le provoca la guerra y sus secuelas, su capacidad de distorsionar lo humano que queda en el hombre sometido a presiones extremas. Ya desde el principio, la calle, y por extensión la ciudad, se presenta como una “sima honda, larga y negra. Una hendedura [sic] en la corteza de un astro muerto”, idéntica impresión que inspirará siete años después, el mismo del fallecimiento de nuestro autor, el primer verso de Hijos de la ira (Dámaso Alonso): “Madrid es una ciudad de un millón de muertos”.
La edición chilena de 1937

También resulta curioso el abuso de los tópicos, como ya sucediera en la obra de José Herrera “Petere” Acero de Madrid, presentando ciertos barrios de la ciudad con una tacha, merecida o no, de sospechosos, como el Paseo de Rosales, cuyos residentes, todos acomodados, “habían huído al campo faccioso o estaban presos”; así como la descripción de los comportamientos, de los que sobresale, por el detenimiento con el que lo analiza Chaves, el de la señorita Carmiña “hundida entre los encajes de un lecho de gran espectáculo”, o las pinceladas con las que retrata y machaca a algunos personajes, así el “buen señor gordo y calvo con aire de burócrata”

Los que matan y los que mueren no le merecen a Chaves Nogales ningún respeto. Él mismo, como confiesa en el prólogo de A sangre y fuego… se apartó “con asco y con miedo de la lucha”, por lo que su posición respecto a lo tratado no puede ser más fría y distante. Son simples máquinas de matar y de morir. Los unos, matan descerrajando un tiro en la nuca de su víctima, a la que ni siquiera son capaces de mirar a la cara; (“¿Quién era? ¿Cómo sería su cara? ¡Bah! Uno; un enemigo menos. ¿Qué más le daba?”); los otros mueren sin un asomo de dignidad, sin una protesta, sin apenas defenderse, cayendo “como un guiñapo”, con “un aire grotesco y elegante de pierrot de trapo”, “como en una escena de polichinela, [desplomándose] sin proferir un grito”, “sobre la grava del sendero quedó tirada una pierna fina y larga como esas piernas de cera que se exhiben en los escaparates”.

Chaves Nogales y Fernando de los Ríos
No hay grandeza en los que asesinan por la espalda, como tampoco la hay en la señorita Carmiña, la amiga del Ministro de la Gobernación y del Director General de Seguridad, en el comandante de Ingenieros, en el “pastor” que muere blasfemando, y en cuya coronilla “erizada de pelos cortos y tiesos, se le advertía aún la señal de la tonsura”…

Por no hablar de aquellos personajes menores definidos por su actitud: los dos milicianos que no dudan en abandonar a Pedro y a Jiménez cuando descubren la locura que los empuja al abismo; los tuberculosos ingresados en el sanatorio, “fascistas unos y antifascistas otros, se agredían verbalmente desde sus camastros con una saña verdaderamente patológica”; los porteros delatores, el camarada comptoir del hotel de la Gran Vía insistiendo a los milicianos en que hicieran desaparecer el cadáver del joven aviador republicano por el hueco del ascensor… Y, por encima de todo, ese miedo que todo lo apunta y contamina:

“No había miedo de que el estrépito de la descarga alborotase a la vecindad. Ni una sola ventana se abrió; ni una voz alarmada pudo oírse… En el cuarto inmediato, el inquilino comprobó satisfecho que los tiros no le habían matado a él, se tapó la cabeza con la almohada y así se estuvo quieto, quieto, hasta que fue de día”

El hombre reducido a su condición animal se guía siempre por el hambre (recordemos Las últimas banderas, de Ángel María de Lera “Si la gente comiera, siquiera medianamente, terminarían la guerra nuestros nietos”), una sensualidad desaforada y rijosa (que tiñe gran parte de San Camilo, de C.J. Cela: “si un hombre está cachondo y además le remuerde la conciencia, ¿qué más puede pedir?”), el miedo al que acabamos de referirnos, tan presente en otros cuentos de Chaves (Massacre, massacre, por ejemplo) y el sueño, del que tanto se queja Pedro en este relato: “De la guerra y la revolución … lo peor es el sueño que se tiene siempre. ¡Si se pudiera dormir! La guerra y la revolución serían menos duras y menos crueles si los hombres que las hacen hubieran dormido bien…”
Chaves Nogales y Kerensky en 1931

Que Y a lo lejos, una lucecita, así como el resto de las narraciones que forman A sangre y fuego… no podía gustar ni a tirios ni a troyanos, es un hecho que explica el silencio que rodeó la obra de Manuel Chaves Nogales, a excepción de la biografía de Juan Belmonte (1934), durante más de setenta años. Felizmente recuperada la producción del periodista gracias al trabajo de María Isabel Cintas a partir de 2011, el mismo año que Jaime Márquez Sierra publicó una reseña de la obra en el número 20 de esta revista, ya va siendo hora de situar al sevillano en el lugar que se merece dentro del panorama de la literatura española sobre la guerra civil.





Este artículo fue publicado en la revista "Frente de Madrid"

lunes, 1 de diciembre de 2014

Luis S. Granjel (1920-2014). In memoriam


Creo que fue a mediados de 2012. Estaba sentado con Julián Sanz Esponera mientras Mercedes recogía el coche para regresar a Salamanca. Bromeaba feliz, radiante, satisfecho después de entregar los trastos a su sustituto. Desde entonces, manteníamos una regular comunicación telefónica y comprobaba con tristeza cómo se iban apagando sus fuerzas, pero no así sus ganas de trabajar. No hace mucho, con la intención de abrir la espita del recuerdo, hablamos de los últimos días de la Guerra Civil y lamenté sinceramente que se hubiera negado a escribir sobre las experiencias vividas y todas aquellas personas con las que trató, auténticos protagonistas de un siglo XX, un siglo que se cierra con él.
La tarde del sábado, 29 de noviembre, murió Luis S. Granjel a los 94 años de edad. Con él se va una forma de hacer historia, una manera de estar en el mundo. Descanse en paz.
Reproduzco a continuación un texto que escribí en este mismo sitio hace más de dos años.
Luis S. Granjel (Segura [Guipúzcoa], 1920). La pasión por el trabajo.
23 de marzo de 2012.



El martes pasado no pudo disimular su enojo. Mientras le exponíamos Araceli y yo el proyecto que poco después iba a ser presentado a la Junta Directiva de la Academia, aumentaba su inquietud, su disgusto al sospechar que el trabajo de descripción archivística se vería interrumpido indefinidamente. De poco sirvieron nuestras protestas y explicaciones. A pocos meses de dejar su cargo de Académico Bibliotecario, confirmaba uno de sus grandes temores: el catálogo del Archivo no vería la luz antes de 2012.

La elaboración de la Historia de la Real Academia Nacional de Medicina (2006) le puso en contacto con la documentación recogida en su archivo, así como con la casi total ausencia de instrumentos de descripción capaces de recuperar de forma satisfactoria la información contenida en el mismo. Este hombre metódico, con una enorme capacidad de trabajo, que siente como una obligación moral inherente al cargo que desempeña dejar un testimonio fehaciente de su paso por el mismo, apoyó sin reservas mi propuesta de encargarme de la catalogación, bajo su directa supervisión, de los más de dos centenares de legajos y otros materiales que daban fe de la andadura de la Real Academia Nacional de Medicina desde su fundación allá por 1733.


La confianza que Luis S. Granjel depositó en mí, traducida en el reconocimiento remunerado de un trabajo intelectual justo en el momento en el que esperábamos la llegada de nuestro segundo hijo, justifica estas líneas de homenaje y sincero agradecimiento.




Tomo V y último de su Historia general de la
medicina española (1985), que cubre desde
principios del s. XIX hasta 1936
Hoy lamento no haber registrado todas las conversaciones celebradas con el Profesor, esa ventana abierta a la historia de España de los últimos setenta años. Un simple estímulo, un comentario al hilo de, eran/son suficientes para provocar una lección magistral. Al principio, esas lecciones se limitaban a eso, casi a discursos, a emocionadas peroratas que no daban opción a intervención alguna. Con el tiempo, el monólogo fue dando paso a un diálogo, que daba pie a saltar de un tema a otro, de una época a otra, hilvanando datos, anécdotas y curiosidades capaces por si solas de completar un volumen de historia vivida. En más de una ocasión le sugerí la empresa, pero él se ha negado de forma sistemática a escribir sobre el presente, sobre la actualidad que comienza con la guerra civil.
Lo repito. Me arrepiento enormemente de no haber anotado, a modo de periodista, el resumen de todas las charlas mantenidas con Granjel, que recordaba  la figura de Unamuno paseando por las calles de Salamanca, o la amistad entablada años después con Pío Baroja, del cual siempre llevaba consigo una novela para leer en el tren, o del comentario que corría por las tertulias que regentaba Antonio Tovar acerca de Carmen Martín Gaite y las "cosas raras" que escribía a raíz del tifus que padeció... Entre ambos momentos, la guerra civil que se llevó por delante a un hermano suyo, y a él mismo a las proximidades del frente de Madrid, en Pozuelo; y a punto estuvo de participar en la última gran batalla de la contienda que se desarrolló al sur de la provincia de Badajoz a principios de 1939, de no ser por una enfermedad que le devolvió a Salamanca...


Publicada en 2008, dedicada por el autor a la
Real Sociedad Bascongada de Amigos
del País, donde ingresó en 1982
Historiador de vocación, su carrera médica, orientada hacia la psiquiatría, se vería afortunadamente truncada durante los cursos de doctorado a principios de los cuarenta, tras un encontronazo con Vallejo Nájera, factótum por aquel entonces de la disciplina en España. Una de las asignaturas la impartía Marañón, que acudía a la Facultad en un coche de la embajada británica, ya que su situación, nada más regresar del exilio, no debía estar muy clara. De Marañón escribiría la primera y una de las mejores biografías en 1960, que publicaría Gredos, la prestigiosa editorial donde conoció a Torrente Ballester, que también tramitaba la edición de su famoso manual de literatura...

El camino hacia la simbiosis entre la medicina y la historia se lo abrió Laín Entralgo cuando, al ver cerradas las puertas de la psiquiatría, le aconsejó, casi le hizo el encargo de dedicarse al estudio de la historia de la medicina española, campo que desde que fuera trillado, a principios del siglo XIX, por Villalba, Chinchilla y Hernández Morejón, había permanecido inculto e intransitado. Y se puso a la tarea con el mismo ahínco que aún hoy, a sus 92 años y con las limitaciones que la edad impone a la vida, imprime a los trabajos que emprende, e impresiona a propios y extraños.

Es la laborterapia de que habla mi amigo Juan Casco Solís, único salvavidas al que aferrarse si las desgracias familiares o la enfermedad hacen estragos en uno. Del marasmo que le produjo la muerte de su mujer y de un hijo muy joven, consiquió salir redoblando los esfuerzos invertidos en el trabajo cuando, una vez jubilado o próximo a retirarse, alejado de las aulas, se podía permitir el lujo de practicar el ocio.



Trabajo y rutina. El 12 de marzo de 2003, hace ahora nueve años, ingresa en la Academia de Medicina. Tiene 83 años, lo que no le impide viajar todos los martes a Madrid. Obligado a participar en la vida de la Academia, presenta comunicaciones, interviene activamente en las conferencias de su especialidad. Pasa la noche en un hotel de la Cuesta de Santo Domingo y los miércoles por la mañana trabaja en la Biblioteca, para regresar a Salamanca, en tren, al mediodía. Aunque, en su opinión, el café que sirven en Madrid es muy malo y los colchones de los hoteles habría que tirarlos a la basura, persiste en sus viajes semanales, hasta que un par de caídas, y el lógico temor de sus hijos a que sufra un accidente más grave, le sugieren espaciar sus venidas a Madrid. Algún que otro achaque le mantuvo en la inactividad durante cierto tiempo. Por teléfono me transmitía su contrariedad, y se podía adivinar un conato de depresión. Las molestias en la espalda y en las piernas le dieron como compañero un bastón del que ya no se desprende.



Cuando todo estaba por hacer...
No hace mucho, me transmitió un plan de trabajo personal que abarcaba la friolera de tres años, en los que tenía que ventilar todo el material acumulado en cajas y carpetas, entre el cual se encontraba el relativo a una inconclusa historia de la vejez. Pero no debe extrañarnos. Con un tesón a prueba de bombas, levantó ex nihilo  todo un centro de investigación de historia de la medicina, el Seminario de Historia de la Medicina Española, vinculado a la Universidad, en el palacio salmantino de Fonseca, reuniendo un gran número de ejemplares microfilmados de los títulos más significativos de la medicina clásica hispana, sobre los que puso a trabajar a un nutrido grupo de investigadores, a partir de una guía, una especie de catecismo que publicó en 1961: Estudio histórico de la medicina. Lecciones de metodología aplicadas a la historia de la medicina española. Allí debió concebir el ambicioso plan editorial que dio a luz múltiples publicaciones monográficas, tanto propias como de sus alumnos, y una de las revistas más interesantes de su campo: Cuadernos de Historia de la medicina española (1962-1975), donde se podía leer a todos los que tenían que decir algo en la materia: Diego Gracia Guillén, Agustín Albarracín Teulón, Antonio Carreras Panchón, Juan Riera, José Danon, Linage Conde, José María López Piñero, Rafael Sancho de San Román, José R. García-Talavera, Juan Luis Carrillo, Luis García Ballester..., unos, tristemente desaparecidos, otros, aun en activo, todos ellos creadores de escuela en los departamentos de historia de la ciencia de las diferentes universidades o en el Instituto de Hstoria del CSIC.

Luis S. Granjel siempre ha supervisado  muy de cerca  la
edición de sus trabajos, sobre todo los aspectos tipográficos
Resulta asombroso (y envidiable) su afán de independencia, de "no molestar a nadie", como él dice. Pasea todas las mañanas antes de que las calles de su ciudad se llenen de turistas y de universitarios. Lee y trabaja hasta que se le cansa la vista. Y protesta. Protesta porque ya no tiene la misma energía que años atrás. Puede parecer huraño, un tanto misántropo al expresar su indiferencia hacia todo lo que no le interesa personalmente. Pero casi un siglo de vida te da derecho a eso y mucho más.




Su penúltimo proyecto de recuperación
de los clásicos españoles. La modesta pero elegante
edición facsímil de la obra del médico español
Martín Martínez (1684-1734)


Últimamente bromea con los cambios que aprecia a su alrededor. Injustamente amortizado, no se recata a la hora de ironizar sobre el rumbo que adoptan aquellas instituciones por las que tanto ha luchado durante años. Asomado a la atalaya levantada por la edad, la experiencia y el aval de un trabajo concienzudo, puede discernir lo permanente de lo efímero, lo consistente de lo frágil y endeble, virtud esta que no le es dada a todo el mundo.

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Fotografías tomadas durante el homenaje que le hizo el Colegio de Médicos de Salamanca.
Semblanza de Luis S. Granjel escrita por José María Urkia Etxabe.