jueves, 12 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Sexta parte (y última)


Soldados leyendo
Que la guerra está perdida es un hecho que todos parecen asumir... menos Celia. Todavía en Madrid, poco antes de emprender el camino a Valencia y al exilio, la antigua alumna del Instituto San Isidro se encuentra a una profesora, la señorita Amelia:




“- [] Mi esperanza de “Escuela Única” la he visto aquí realizada [] ¡Es milagroso lo que hemos conseguido aquí en unos meses…! ¡Lástima que todo esté próximo a terminar!

-¿Usted cree..?

-Sí… ¡todo está perdido! Creo que por culpa de unos y otros [] Tu padre pasará los Pirineos, y… yo me quedaré aquí… pase lo que pase [] y no sé lo que harán conmigo por mi pecado de democracia [] Por lo menos me llevará a la cárcel… Es lo lógico… Yo también les llevaría a ellos con el único fin de que no me inquietaran…” (295-296)

Poco a poco va asumiendo las dimensiones del desastre y surge, en las últimas páginas de la novela (hay que recordar que se trata de un borrador, muy completo, pero no definitivo) la auténtica Elena Fortún, nos referimos a los tres detalles personales o biográficos más evidentes. En primer lugar, aparece la figura de Aguilar, que no es otro que Manuel Aguilar Muñoz (1888-1965), fundador y propietario de la prestigiosa editorial que lleva su nombre y en la que publicó su obra Encarnación Aragoneses (Elena Fortún). Este le prestará todo su apoyo, e incluso intentará, en vano, disuadirla de emprender el viaje final.

“No se vaya, hija, no se vaya –dice la madre [de Aguilar]-. Una mujer sólo está segura en su casa.

-¡Estoy sola! –digo casi llorando.

-Nos tiene a nosotros que la queremos de verdad. Tendrá trabajo en nuestra editoral.

-¿Mis hermanitas?

-Su padre le enviará a las niñas y seguirá siendo su madrecita.” (306-307)

Camino de Valencia, es abordada por un joven:

“-Discúlpeme, señorita… ¿Usted es Celia Gálvez… la de “Blanco y Negro”?... La que contaba cuentos y…

-Sí, señor…

-Me han dicho que usted sabe leer las líneas de las manos, ¿es verdad?” (315)

Vasco nacido en Argentina, confunde autor con personaje y protagoniza uno de los momentos más surrealistas de la novela, cuando le confiesa a una Celia ya de vuelta de todo, que ha inventado un sistema para que el hombre vuele por sus propios medios:

“-Figúrese usted… Si un hombre solo vuela, bien puede volar un ejército cogidos de las manos, formados, como una nube que se abate sobre una nación, o un pueblo…” (322)

Esta habilidad quiromántica, de la que Celia reniega una y otra vez, podría estar relacionada con uno de los momentos más duros de la vida de la Fortún: la muerte de su primer hijo, a los diez años de edad, momento en el que, sumida en una profunda depresión, se abandonó a prácticas espiritistas y de comunicación con el más allá. Es una hipótesis.

La última pista biográfica es su salida de España en barco rumbo a Francia, desde un puerto próximo a Valencia. Sabemos por Inés Field, íntima amiga de Encarnación en Buenos Aires, que la embarcación en que navegaba naufragó, permaneciendo a la deriva a cierta distancia de la costa hasta que el pasaje fue rescatado. En las últimas páginas del borrador abundan las advertencias a los riesgos que conlleva el viaje, reiteradas una y otra vez por sus amigos y los que, sabedores que los suyos ganarán la guerra, comienzan a darle la espalda. Del 18 de marzo de 1939, fecha en la que emprende el exilio, es esta cita:

“Yo oigo hablar de todo esto como los moribundos deben de oír hablar de la vida… Ya estoy al margen de todo… Ya no soy de este mundo… Dentro de unas horas navegaré hacia no sé dónde, sin un céntimo… sola…” (338)
El madrileño Instituto de San Isidro, varias veces
mencionado en la novela.

No me gustaría finalizar este ya demasiado largo comentario, más paráfrasis que reseña, sin señalar la importancia que otorga Celia a los libros, la lectura y la Historia. Apuntamos más arriba, en referencia a Eusebio Gorbea, marido de Encarnación Aragoneses, las estrechas vinculaciones de la pareja con el ambiente creado en torno a y a partir de la Institución Libre de Enseñanza. Elena Fortún será socia del Lyceum Club, un centro de reunión de carácter femenino, un lugar de encuentro y de remanso de mujeres rondando la cuarentena, lejos del bullicio e inquietudes consideradas entonces eminentemente masculinas. Impulsado por María de Maeztu (1882-1948), contaba con una nutrida biblioteca y sería incautado por Falange en 1939.

“Es como si me fuera de la revolución del frente, de los fusilamientos y me refugiara en una época de paz de la Historia de España… ¿cuándo? ¿Reinando Fernando VII? ¿O Carlos IV?... No, es antes… aún Galdós no ha conocido a Gabrielillo… ni Inesita ha ido a vivir con Don Braulio a la calle de la Sal…” (178)

En Barcelona, acompañada por su amiga Lydia, se detienen ante el escaparate de una librería:

“¡Cuántos libros! Nos pasamos media hora en el escaparate.

-¿Tú has leído algo de Valle-Inclán? Yo, no.

Compramos dos libros, y pedimos un catálogo para comprar más.

-Tengo que consultar a papá. Él quiere leer “La Montaña Mágica” y se la voy a regalar por su santo.” (226)

Curiosamente, con Valle-Inclán montaría Eusebio Gorbea una efímera compañía de teatro que representaba sus obras en casa de Ricardo Baroja. Y la mención a la obra de Thomas Mann, que rezuma enfermedad y muerte, parece un anticipo macabro del triste final de Eusebio Gorbea, en el que se inspiró Elena Fortún para levantar el personaje del Señor Gálvez. En 1948, mientras Encarnación Aragoneses estaba en Madrid preparando el regreso definitivo a España, su marido pondrá fin a su vida en su apartamento de Buenos Aires, incapaz de superar la pérdida de la guerra.

Y no podía faltar la referencia a la lectura en el frente:

“-Y ¿es verdad que en el frente los soldados reclaman libros? ¿Es verdad que leen?

-Sí, se lee mucho… se lee como no se ha leído nunca… Mucha gente había que en su vida cogió un libro en sus manos y ahora lee con una ansiedad... como para desquitarse del tiempo perdido…

-¿Leen a Galdós?

-Sí… y a Pereda, y a Valera, y a Gómez de la Serna, y a Pérez de Ayala, y a Azorín… Pio Baroja gusta mucho… Y también se leen muchos libros extranjeros traducidos… Todos los libros tienen público… Es posible que la guerra tenga un fin social que nadie hubiera sospechado...” (333)

Al igual que sucediera con los cuentos de Chaves Nogales, “Celia en la revolución” no podía gustar a nadie. Por esa misma razón, en carta a Inés Field desde Madrid, en la que le ruega le envíe un cajón con sus libros y escritos, insiste en que dicho paquete no incluya el sobre con el borrador de la novela. Ni el Régimen de Franco ni el exilio aceptarían de buen grado lo que en ella se cuenta, por lo que estaría condenada, antes de nacer, a la censura o al ninguneo. Como bien dice Andrés Trapiello, “Celia en la revolución” tendría que ser leída detenidamente por los nietos de los unos y de los otros.


“Casi tres años de revolución y guerra, de seres absurdos, de sangre y de destrozos, han gastado la curiosidad de todos. [] A nadie le importa el ruido. Por estas callecitas de colonia suburbana han pasado cañones ruidosos, tanques, soldados, gentes silenciosas con sólo el ruido de sus pasos y que caminaban hasta hallar una tapia donde poner a un hombre, gentes gritonas, mujeres y chicos corriendo desatinados hacia la carnicería donde despachaban carne de burro o de caballo… Por eso la curiosidad se ha gastado. ¡A nadie le importa ya nada!” (289)

El final de la guerra.

FIN

Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Cuarta parte
Quinta parte

martes, 10 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Quinta parte




Ludendorff,, creador de la "Guerra total",
posa junto a Hitler.

Hasta aquí, parecería que la obra se limita a la exposición casi pormenorizada de los crímenes perpetrados por uno de los bandos. Nada más lejos. Comprobamos que Elena Fortún habla sólo de lo que conoce, de lo que ha vivido. Aparte del asesinato del abuelo en Segovia, sufrido en primera persona, lo que le llega del otro lado son meras referencias:

“-Ella [le cuenta a Celia María Orduña, en febrero de 1937, refiriéndose a una tercera persona] oye Radio Salamanca todos los días y dice que dentro de un mes está aquí Franco… es un hombre muy piadoso y oye misa todos los días… su mujer es toda una señora… y tienen una niña que es un encanto.” (157)

Lo mismo en Barcelona, cuando la señorita Subiría asigna la responsabilidad última de los ataques aéreos:

“-¡Son italianos! –dice la señorita Subiría-. ¡Son italianos! Han tenido que buscar extranjeros para que nos maten… ellos no se hubieran atrevido… son italianos y alemanes…” (227)

O cuando su amigo Jorge Miranda, ya en Valencia, menciona los asesinatos cometidos en la playa del Saler, y concluye: “No te imagines que los otros hacen menos (181)

El enemigo, ese otro lado nunca bien caracterizado, ocupa su espacio en el relato en forma de aeroplanos (pocas veces dirá Celia aviones) y de obuses. Hará su aparición estelar durante la batalla de Madrid, otoño de 1936:

“... De pronto suena el motor de un aeroplano… y lejos las sirenas con el desgarrador lamento…

-¡Nenas, aquí… venid aquí!

Las tomo de las manos y nos tiramos al suelo… ellas se ríen, divertidas… Pasa bajo… muy cargado… ¡Bummmm! ¡Bum! ¡Bum! Caen las bombas cada vez más cerca… ¡Papá, solo, arriba en su cuarto, pensando en nosotras! Aún oigo tres estallidos más y al fin los aeroplanos se alejan” (107)

En Albacete, mientras intenta localizar a los niños del albergue, su amiga Fifina habla del último bombardeo:

“-.. ¿Y qué dirás que hicieron los bribones? Pues iluminarnos con sus reflectores y, cuando nos veían, bajar, poner de costado el avión y ametrallarnos con las ametralladoras… ¡Canallas! …Yo les insultaba… ¿Y sois vosotros los cristianos? ¿Y eso lo manda Dios? [] ¡No quiero decirte lo que ha sido esto al otro día!... Asaltan la cárcel, sacan a los fascistas… los fusilan, los maltratan… ¡Han fusilado sin piedad!” (173)

Bombardeo sobre Barcelona

O en Barcelona, los primeros meses de 1938, en plena campaña de Levante… Hay un capítulo, el XVIII (“La guerra totalitaria”, derivada infantil de la “guerra total” de Erich Ludendorff), del que traemos aquí una cita muy expresiva:

“¡Esto no es vivir! En Barcelona no hay refugios. El Metro está muy poco profundo…, los bombardeos hay que soportarlos sin amparo ninguno… y ya son continuos… Cuento las veces que han venido aviones en el día y son dieciocho… Dicen que en la Diagonal hay un tronco de mujer colgando de un árbol… Yo he visto un pegote de masa encefálica en la pared de una casa… Ayer corría un hombre llevando en la mano agarrada la otra mano separada del brazo… ¡Se oyen horrores! (238-239)

Insistimos en la postura adoptada por la autora: “dicen que…”, “yo he visto…”

Y teniendo en cuenta que “la bomba que oímos ya no puede hacernos daño… y la que nos mate no la oiremos…” (227), Celia nos proporciona un par de “remedios” para minimizar en lo posible, o evitar, los daños causados por las incursiones aéreas. Además de situarse en las paredes medianeras..

“Me han dicho que es bueno meterse entre los colchones. En los escombros de algunas casas se han encontrado vivas a las personas que habían tomado esa precaución” (215)

Albacete, bombardeado

Sea como fuere, lo mejor es huir. Güena, uno de los amigos que hace nuestra protagonista en Barcelona, indica:

“-… Créeme, se está mejor en el frente… Yo no he visto allí estos horrores… Creo que se llama Ludendorff el que inventó la guerra totalitaria” (221)

Hasta tal punto se hace insoportable la estancia en Barcelona, que decide regresar a Madrid. Es la primavera de 1938 y la capital ha dejado de ser un objetivo militar de primer orden:

“¡Qué aspecto de pueblo grande tiene Madrid! La Castellana, según me voy acercando a las calles del centro, se asemeja a una carretera de las afueras… De árbol a árbol han atado cuerdas donde se seca la ropa de unas pobres mujerucas que cosen al sol, sentadas en sillas bajas, al cuidado de sus ropas… Los palacios están abiertos… En el jardín de uno de ellos una silla de manos preciosa, una joya de museo, ha debido de soportar las lluvias y las heladas del invierno…, uso chiquillos desharrapados entran y salen de ella jugando al escondite… Sin embargo, el ambiente es de paz…, no de paz y trabajo (salvo las mujerucas que cosen al sol), sino de paz de domingo…[] Aquí todo es extraño, desagradable y ajeno a su vida, menos el sol, el dulce sol que visita las covachas y los palacios con la misma alegre ternura…” (257-258)

Pero el hambre, de la que se había librado en Valencia y en Barcelona, ha hecho presa de la población madrileña:

“-Aquí, al principio, nos comíamos las vacas de leche y los bueyes de carreta que traían los refugiados de Talavera [dice María Luisa]… Luego la emprendimos con las mulas y los caballos cansinos… Ya hemos acabado con los perros y los gatos y ahora nos estamos comiendo los burros… Esos van a durar hasta el fin de la guerra, porque ya sabes que son los que más abundan… [] Luego vinieron las habas con bichos… Figúrate: había quien las tenía desde la boda de San Isidro… Aún quedan algunas. ¡Ya verás qué ricas! Ahora, cuando vayamos a casa, te voy a regalar un puñado para que comas mañana, que es domingo…” (259-261)




El hambre que se empezó a padecer en otoño de 1936, alcanza el clímax dos años después en la ciudad sitiada. Hablan María Luisa y Celia:

“-Dice mamá que venas a comer hoy. Ha conseguido una lengua de caballo que le llegaba al animal desde la boca al rabo… [] Luego de la lengua sigue el gorguero, y carne y más carne… Porquerías y piltrafas, hija, que en otro tiempo nos hubieran dado asco, pero que ahora nos vamos a relamer… ¡Ya me estoy relamiendo! []

-¿Tenéis algo de comer?

-Hoy no… un poco de pan…

-En casa tampoco hay nada, pero me dicen que en el Mercado de Torrijos venden hierbas…

-¿Hierbas? ¿Qué hierbas?

-¡Ay, hija, no sé! Hierbas de cuneta de carretera… de las que riegan los milicianos. []

“Se venden ratas, muy grandes y muy gordas, en el barrio de Argüelles” (269-273)

Estas carencias no tardan en provocar debilidad y delgadez extrema en quienes las sufren.

“-… está usted muy delgada… [le dice el portero de María Luisa Celia en cuanto la ve]

No me atrevo a decirle que él es un esqueleto. “ (258)

“La falta de grasa me hace adelgazar horriblemente en unos días… Los párpados se me resecan y la piel de la cara me tira.” (269)

A la falta de alimentos, y la consiguiente malnutrición, se añade la precariedad de combustible, luz eléctrica y otros productos de primera necesidad como el jabón, lo que hace que aflore un sistema de intercambios conocido como la “Bolsa de Contratación”:

“-¿Tenemos carbón?

-No, señorita. Yo hago bolas de papel mojado y las seco al sol… Luego arden bien. Lo malo es que hacen mucho humo y se ensucian tanto los tubos de la cocina que no tienen tiro” (256)

“La luz eléctrica alumbra mucho menos que una vela y no se puede leer ni coser con ella… Además, me entristece, me aplana, como si las tinieblas pesaran y cayeran sobre mí…” (262)

“El combustible se nos ha terminado, y ponemos el puchero en un hornillo eléctrico que calienta poquísimo. Se hace necesario poner el puchero a hervir por la noche al acostarnos, con la esperanza de que por la mañana esté hecho el guiso…” (267)

 “… tirito de frío horas y horas en la biblioteca de papá. El termómetro marca tres grados… Envuelta en mantas oigo a Guadalupe trajinar en la cocina. ¿Qué hace, si no hay nada qué guisar?

-Estoy lavando –me dice.

-¿Y cómo? –desde hace mucho tiempo no hay jabón y es un problema el lavado de la ropa.

-Pues he cocido la ceniza, luego he colado el agua por un paño fino y en esa agua tengo la ropa en remojo… Me ha dado la receta esa señora que vive ahí detrás… en la calle de Padilla…” (286)

“En la calle de Alcalá, después de Torrijos, se hacen cambios en la acera de la izquierda. Ese trozo de calle es llamado “Bolsa de contratación”… (280)

En estas condiciones extremas, se da la circunstancia de que algunas dolencias desaparecen, como ese dolor de estómago que la madre de María Luisa ha dejado de padecer desde el momento en que en los comercios sólo se despachaba té (té chino, té Lipton”) y algunas especias y ella se vio obligada a ingerir más infusiones que de costumbre. Pero también sucumben los más débiles:

“Poco a poco van muriendo todos los ancianos. Tal vez es porque tienen menos resistencia que los jóvenes, y porque se hartan de estar en este mundo, pero también puede ser porque su racionamiento se lo comen los nietos… Todo es posible.” (276)

“Por la noche me duele la cabeza y el estómago. Ya hace días que lo poco que como me produce náuseas. Hoy justamente la señora de Aguilar me ha llamado para llevarme al médico []

-¡Bah, no es nada! Debilidad, cansancio del estómago por la ingestión de tantas cosas absurdas…” (297)

Y también se tienen reacciones alucinadas:

“… un glorioso reflejo me retiene… ¡Naranjas! Un camión cargado de naranjas… Su color caliente, alegre, como el sol hecho fruta, ilumina la calle gris… Todos los que pasan se van parando como yo” (288)

Pero hay que mantener la apariencia de normalidad, ese “aquí no pasa nada” tan a menudo utilizado como arma política. Ya a comienzos de la contienda, con los primeros reveses del ejército republicano, se disfrazaban las derrotas como repliegues o simples maniobras:

“En los árboles frondosos del Prado han aparecido unos carteles: “Los revolucionarios no se detienen, se encauzan”” (150)

Y la vida cotidiana tenía que continuar como de costumbre

“Las tiendas de telas, abiertas porque está prohibido cerrarlas, tienen las estanterías casi vacías, y dos o tres viejos parecen aburridos tras los mostradores” (158)

Lo mismo sucede en Barcelona. En una escena, el padre de Celia se niega a darle permiso para acudir con Jorge a la Ópera:

“¡Ya lo verás! Se ha anunciado mucho esa temporada para dar impresión de tranquilidad y demostrar al enemigo que nosotros vivimos debajo de las bombas como si no ocurriera nada… cosa que está muy bien, pero que nos va a costar caro… ¡Ya verás, ya, lo que va a ocurrir esta noche! []

Los periódicos de la mañana no hablan de desgracias, sino del efecto del teatro, sólo iluminado por dos velas en el escenario y el público de pie cantando el himno de Riego… ¿Qué habrá sido de Jorge?” (236-238)

Tendiendo la ropa en una céntrica calle.

Pero lo cierto es que ya ni el dinero tiene valor. Hasta los trabajos más pequeños se hacen a cambio de comida, tan conscientes son de que se aproxima el final y la moneda oficial no va a servir para nada. Y las pocas mercancías de que disponen los comercios se ocultan, sabedores sus propietarios del precio que pueden alcanzar cuando ya no haya nada de nada en el mercado:
“Por lo visto, no quieren vender.
-No, no quieren –me dice María Luisa-. Están seguros de que pierden la guerra las izquierdas y que el dinero de ahora no servirá para nada luego…Por eso prefieren conservar sus mercancías, que siempre tienen valor…

-Entonces ¿por qué abren la tienda?

-Porque les obligan… ¿No ves las tiendas de comestibles abiertas también? Y, sin embargo, no hay a la venta más que cominos, pimienta y en algunas pimentón y hasta manzanilla…” (261)

Sexta parte

domingo, 8 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Cuarta parte.



Celia, como sus amigas, se ven inmersas en un conflicto cuyos fundamentos políticos e ideológicos ignoran. Pero tampoco hacen nada para cubrir esas lagunas. De este modo, inconscientemente se ponen al margen, aunque sufran los coletazos de unos y otros, al igual que debió hacer la mayor parte de la población:

“-Mis hermanos discuten de la mañana a la noche… [confesará María Luisa a Celia]. Bueno, Jacinto, el mayor, está escondido no sé dónde… Era de Falange…

-¿Qué es eso?

-No sé… un partido o una sociedad, no sé… En cambio, Luis se ha ido a la sierra con el fusil… Te digo que están locos… y la pobre mamá sufriendo por todos…” (65).

En otra ocasión, hablando con Jorge en Valencia a finales de 1937:

 “Yo soy... lo que sea papá y lo que seas tú…

-¡Mira qué idea! ¿De qué partido es tu padre?

-No sé… es republicano… Es muy bueno ¿sabes?

-¡Eres grande, Celia! Tú quieres ser del partido de los buenos, ¿no es eso? Pues yo soy comunista… Si quieres, mañana mismo te presento en el Partido []

-Yo no quiero que me manden así [refiriéndose al Partido]... y que me denuncien por esto o por aquello… y que se tengan que meter en todo lo que hago… [] Lo primero es ser libre y hacer lo que se quiere” (189-192)

Protegiéndose de los bombardeos.

Y más adelante, en la Barcelona acosada por los bombardeos durante los primeros meses de 1938, Celia y Lydia se encuentran con unas amigas de ésta una tarde en el Salón Rosa:

“Hablan siempre de la guerra, de los albergues de los niños.

-Hay que crear en ellos el odio al hijo del burgués, el desprecio al niño rico, el…

-¡No, no! –protesto-. Yo no quiero que mis nenas odien a nadie. Los niños son todos iguales…

Se arma una discusión terrible. Yo no sé discutir. Yo no sé nada de política, ni de sociología… Me gritan cosas que no entiendo, y no puedo contestar.
[]

-Ah, piensas que me van a fusilar! ¡Bah, qué tonta! Eso no puede ser… Papá me ha explicado que eso no puede ocurrirnos ni a él ni a mí…” (224-225)

El padre juega un papel de referente que evolucionará a lo largo de la guerra hasta encarnar el del ídolo caído. Sus parlamentos, con ser un personaje relativamente secundario, son los más largos del relato y están trufados de doctrinas en las que, paulatinamente, Celia deja de creer. Detrás del Sr. Gálvez se adivina la figura del marido de la autora, Eusebio Gorbea, militar y autor teatral relativamente conocido antes de la guerra. Comparten los dos un idealismo imposible de llevar a la práctica:

“-¡Papá,…! El pueblo… ¿sabes que han abierto las puertas de las cárceles? ¿Que hay miles y miles de criminales por las calles?

Papá se pone furioso contra mí, y siento haber hablado.

-¡Tú no sabes lo que dices! ¿Quién tiene la culpa de lo que hace el pueblo? ¿Quién ha hecho esta revolución sino los señoritos? Los señoritos de los cuarteles, los de las borracheras y las juergas de los cortijos… ¿Es que crees que sólo el pueblo mata? A mi primo Ramón, el de Bilbao, lo han matado a palos el otro día los fascistas, y a mi sobrino Felipe, el de La Granja, le han fusilado…, y a tu pobre abuelo…

Los gritos de papá me hacen estallar en sollozos… ¡Dios mío, Dios mío… yo ya no puedo más de horrores!

-¡Hija querida, no llores! No me hagas caso… Es que estoy nervioso… Tienes razón: todos son iguales… ¡La humanidad es una porquería…! La actitud de una persona honrada debe ser la inhibición… Mataos y matadme si no sabéis hacer otra cosa, pero entretanto, dejadme pensar, que es pensando únicamente como me siento fuera de vosotros” (115)

Muy representativo de una época, del ambiente creado por la Institución Libre de Enseñanza, de los ideales educativos que desaparecieron con la Guerra Civil, así como de las asociaciones que surgieron inspiradas en los dictados de los institucionistas, comparte con ellos una fe casi religiosa en la educación y en la instrucción como salvaguardas de la paz social, pero sin abandonar un inconfesado sentimiento de elite, democrático ma non troppo, dirigido a una capa muy concreta de la población:

“[En el Hospital Militar de Carabanchel] La discusión sobre la masa y la lectura y la barbarie comienza a elevarse de tono y papá se sofoca… A mí a veces me parece que tiene razón papá y otras creo que es Gerardo [el primo falangista]…

-Ese pueblo al que defiendes –volvió a decir el primo- está fusilando hombres de ciencia, frailes, bibliotecarios, señores sin otro pecado que ser señores…

-¡Mentira! –chilló papá ahogándose-. ¡Mentira! Y si fusilan tendrán razón: quedáis aún demasiados traidores…
[]

-Eso [los asesinatos], hija mía, es inevitable. Siempre hay gente mala que aprovecha las desgracias para sacar partido… pero ten en cuenta que la educación y la cultura modelan el cerebro y le dan una moral… Esas pobres gentes, golpeadas y maltratadas por una sociedad que les niega todo, devuelven mal por mal… ¡serían ángeles si no lo hicieran!

-Pues ya ves, Valeriana…

-Valeriana es un caso de bondad natural, de vocación, de dedicación… un cerebro perruno…

Pobre Valeriana, ¿qué sería de nosotros sin ella?” (69-76)


Hospital Clínico de Madrid.


Quinta parte
Sexta parte

jueves, 5 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.) Tercera parte


Gran Vía, bombardeada

En la conferencia pronunciada en la Fundación Juan March, Carmen Martín Gaite dice, como de pasada: “Elena Fortún ha matado a Celia para salvarse a si misma” Ese mundo cuyas normas se empeña en modificar la Celia niña, ya no existe; y su creadora, que cuenta con cincuenta años cuando le toca vivir ese nuevo escenario dislocado, renuncia a la protesta, reduciendo su papel al de mera observadora que narra lo que ve, agarrándose, en un principio, a la figura y a las excusas del padre (“Yo soy… lo que sea papá” (189)), más tarde a las de su amigo Jorge, (al que se llamará, también, “Don Quijote en la revolución”), hasta quedar desengañada de todo. En este sentido, destacan las figuras de las mujeres fuertes, como es el caso de Valeriana y Guadalupe, o de las jóvenes Fifina, Lydia y María Luisa que, con los pies en el suelo, intentan salir adelante, permaneciendo en un plano relativamente secundario los personajes masculinos, como el padre, Jorge, Juan…
Avanzada la novela, en Barcelona, Lydia hará un símil del que más adelante se apropiará Celia, comparando la sociedad con un hormiguero al que, por mucho que se desbarate, siempre consigue encontrar el camino:

“… Pues todo sigue igual… ¿No ves? Se revolucionan los soldados, los presos se echan a la calle, se cierran las escuelas, fusilan a la gente, no hay nada que comer… Bueno, pues al año y medio los niños van a los colegios, se come a la una, se compran guantes y cuellos planchados… [] En la puerta de casa había un hormiguero y tía Dolores le echó un cubo de agua… Allá se fueron las pobres hormigas nadando en el agua, y aquello debió de ser una catástrofe. Imagínate cómo correría el agua por dentro del hormiguero, por los dormitorios, y los salones, y las cocheras, y el salón de toillete, etc…. Bueno, pues al otro día por la mañana, el hormiguero estaba como si nada hubiera pasado… [] ¡lo mismo que nosotras! ¡Es inútil! No se puede acabar con las gentes organizadas a hora fija… A las ocho, a levantarse, a las nueve al colegio, a las doce a casa, a la una a comer..[]

-¡Ay, hija, qué atrocidad!” (227)

Como apelando a ese mundo femenino que comenzó a cuajar y a tomar conciencia a principios de siglo, Valeriana sentencia con la seguridad y el aplomo de los que siempre hace gala:

“a mí se me hace que toos los hombres juntos parlando de lo que no entienden, son los que arman las revoluciones… Las mujeres, unas mejor y otras peor, saben cómo arreglar su casa… Si los hombres tienen que arreglar el mundo, ¿por qué no los enseñan?, digo yo” (48)

En contraposición, el jardinero de la casa de Chamartín, dominado por la debilidad y la impotencia, no puede más que lamentarse:

“-¡Ni casi paece que pasara ná! [] ¡Y mire usté si pasa…! ¡Y cualquiera sabe quién tié la razón…! Los de las derechas y los de las izquierdas empeñaos en que tién la receta pa hacernos felices, pero en el entretanto a machacarnos los liendres a los que no sabemos ná de ná… Yo discutía esto con mis pobres hijos… y ellos me decían que no luchaban por ellos, que esta generación se tenía que sacrificar… ¡Cosas que habían oído en los mítines y en los discursos del centro!… Que luchaban por los que venían detrás de ellos…! ¡Mire usté qué necesidá tenían de ocuparse ellos de los que no han nacío aún…! ¡Ya ni siquiá nietos voy a tener…!” (140-141

Eduardo López Ochoa (1877-1936)

Sea como fuere, independientemente de quién tenga la razón o quién haya encendido la llama, ha estallado la revolución (en toda la novela, muy pocas veces se utiliza “guerra civil” para denominar a lo que está sucediendo), que define con gran ingenuidad la todavía inocente Celia hilvanando con los detalles que ve por la calle y lo que oye en las tórridas noches estivales de Madrid un tejido de precariedad y desazón:

“Por las noches oigo descargas y tiros aislados, gritos algunas veces, y carreras desatinadas que pasan debajo de los balcones y se alejan, dejando algo trágico en el aire.

-Esta mañana había tres hombres fusilados en esos desmontes de la esquina –me ha dicho tía Julia-. Yo no sé lo que va a pasar… Todo por no tener creencias ni fe en Dios []

¡Esto es la revolución! Yo me había figurado las revoluciones con muchedumbres aullando por las calles, hombres subidos a los árboles y a las farolas pidiendo cabezas; banderas y oradores que gesticulan en los balcones… Tal vez todo eso lo he visto en algún cuadro de la revolución francesa… Aquí hay silencio, polvo, suciedad, calor y hombres que ocupan el tranvía con fusiles al hombro... pero que en lugar de atacar parece que nos defienden de un enemigo misterioso y oculto debajo de la tierra… No se trabaja en las edificaciones ni en las obras de la calle…tal vez tampoco se trabaje en las fábricas… Los obreros se han ido a la sierra a luchar contra los fascistas o andan por las calles con el fusil preparado. ¿Quiénes son los que por la noche fusilan? Y ¿a quién fusilan?” (57-58)

Muy pronto verá de cerca la muerte y las reacciones que provoca su proximidad. Uno de los capítulos más logrados de la novela, “El Hospital Militar de Carabanchel”, se refiere a la estancia en dicho centro del padre de Celia, herido los primeros días de la guerra durante las escaramuzas en la sierra. Todos los días, al principio desde casa de la tía Julia y, poco después, desde el chalet de Chamartín, se desplaza nuestra protagonista en el tranvía que parte de la Plaza Mayor y que, atravesando el río por el puente de Toledo, termina su recorrido a pocos minutos de lo que es hoy el Gómez Ulla. En una ocasión, cruzando el Manzanares, presencia un espectáculo dantesco:

“-Hoy hay más de cien besugos.

Y todos se arriman

-¿Dónde? ¿Se les ve desde aquí?

-Ayer había doce.

-Yo no los vi.

La conversación se hace general. Comprendo, al fin, que se refieren a los fusilados de la noche.

Todos miran puestos en pie, y yo también me levanto a mirar… Sí, allí veo un montón oscuro… Distingo el blanco de las caras. ¡Cuantísimos, Dios mío!

-¡Bien muertos están! –dice una mujer gorda, cruzando sonriente las manos sobre la barriga cubierta con delantal a cuadros.

-Son fascistas… Chupadores de la sangre del pobre.” (60-61)

En el hospital de Carabanchel, desde donde “aparece a trechos el campo árido, amarillo y seco del que viene olor a rastrojos y también un repugnante hedor a carne putrefacta” (62), convalece de una enfermedad el General de División Eduardo López Ochoa. Es el 17 de agosto de 1936:

“…en el Hospital hay un general que se hace el enfermo para que no le maten… El otro día le querían sacar en una caja de muerto, pero estos son muy vivos y se dieron cuenta…

-¡Qué horror! ¿Y le matarán?

-Mira, hija, yo en esas cosas no pienso, porque si le das vueltas pierdes la alegría, y no, ¿sabes?, no.

[] Oigo decir unas palabras sueltas al pasar:

-¡Llevaba la cabeza en la mano!

-Se la lleva para que la vean…

-Era la cabeza de López Ochoa…

-¡Canalla, qué crimen hizo en Oviedo!

Se oye cantar a los grillos…el sutil viento de la sierra trae un olor nauseabundo al pasar por estos campos.

Me tiemblan un poco los pies al subir al tranvía” (67-71)
Cuartel de la Montaña

Elena Fortún no escatima detalles en la descripción de los paseos. En esta ocasión, al regresar de casa de María Luisa, que había sufrido un registro por parte de los milicianos, a consecuencia del cual es detenido uno de sus hermanos, a Celia le acompañan unos policías:

“Ya subimos hacia Serrano. Es noche de luna, veo el edificio del Albergue iluminado de luz azulada. De pronto el coche se para. El que conduce dice en voz baja al otro:

-Es mejor que no pasemos ahora. Van a dar el paseo a alguien.

De pie, veo un trozo de la tapia del jardín iluminado por los focos de carretera de un auto… Junto a la tapia se mueven varios hombres… luego solo queda una mujer vestida de negro… Su cara se confunde con el fondo iluminado… Súbitamente, una voz llega hasta nosotros: es la mujer que reza:

-Dios te salve, María, llena eres de gracia…

La descarga acaba con la voz y la mujer cae en dos veces, como un muñeco sin goznes…

Me dejan en la puerta, pero cuando voy a bajar, el ruido del motor de un aeroplano me hace levantar la cabeza. Casi al mismo tiempo, un estallido espantoso… y luego otro, y otro…

-¡Están bombardeando Madrid! –dicen.

-¡Era lo único que faltaba para empeorar las cosas…! ¡Qué desatino! Esta noche esos bribones van a fusilar a medio mundo” (99)

Más adelante, en la “colonia suburbana” de Chamartín, mientras hacían cola de madrugada a la espera de recibir algún alimento, pasa un vehículo transportando a una anciana que saluda:

“-Pues ella le ha dicho adiós a alguien, y se me hace que es doña Mariana, la cambista… ¡Menuda sanguijuela, la tal vieja! Y luego mucho ir a misa...- de pronto se da un golpe en la boca-. Anda, si está ahí la hija… en la cola… Es esa medio cegata que ni se ha enterao de ná… Pues me paece a mí que a la madre le iban a dar el paseo…

El corazón se me aprieta, y me duele, y me tiemblan las manos… ¡La madre decía adiós porque la iban a fusilar y la hija está ahí sin saberlo! ¡Dios mío!” (153)

Retrato de Laura de los Ríos. Con Celia e Isabel García Lorca
trabajará en el albergue de niños.


La frecuencia de los asesinatos supone un problema para los residentes en el Albergue infantil donde están alojadas, junto a otros niños huérfanos o cuyos padres están en el frente, las hermanas de Celia y un grupo de cuidadoras, de voluntarias que prestan allí sus servicios de forma desinteresada, entre las que figura Isabel García Lorca (hermana del poeta) y Laurita de los Ríos (hija del ministro Fernando de los Ríos).

“-Lo mejor –me dice [Laurita de los Ríos]- es cerrar las ventanas… y en la madrugada abriremos… cuando la hora de los paseos termine… Anteanoche un pobre hombre pedía socorro cuando le iban a fusilar… ¡Es horrible! Se despertó un niño aterrado… No todos tienen el valor de morir en silencio” (106)

Además del horror de la muerte (la fiel Valeriana protestará: “… a toos los afusilan por esto o por lo otro” (79) o “-¡Tiros!... Siempre tiros… No saben hacer otra cosa más que matar…” (83)), Elena Fortún recoge las reacciones que provoca en algunas personas:

“-¡Lechuzas! Corred, corred a ver los muertos… ¡Qué mujeres, que tienen que meter el cuezo en todo!

-¡Esta noche ha habido una escabechina! –dice el hombre que está sentado frente a mí [en el tranvía]-. ¡Menuda escabechina! Y es lo que tié que ser… Cuanti más bombarderos y más obuses vengan hacia acá… pues más zafarrancho se va a armar. Ya parecía que se estaba calmando too, y ahora otra vez. Van a sacar a toos los de las cárceles o checas, o lo que sea, y no va a quedar ni uno… Ellos se lo están buscando… ¡Mirad, mirad allí! ¡Otro besugo en la cuneta!” (118)



Hospital Militar de Carabanchel



Cuarta parte
Quinta parte
Sexta parte

lunes, 2 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.) Segunda parte






“Celia en la revolución” no es ni más ni menos que la vida de Celia Gálvez durante la guerra civil, narrada en primera persona y de forma básicamente dialogada. Alcanza en la brevedad de la descripción de lugares, situaciones, emociones y sensaciones altas cotas de expresividad y de lirismo, rayando a veces un tremendismo poco común, teniendo en cuenta la trayectoria anterior de su autora. Ese mismo dominio se deja ver en el manejo de los diálogos, bordando diferentes registros sin caer en esos largos periodos tan tentadores teniendo en cuenta la temática tratada. Se puede decir que nos encontramos ante una novela básicamente dialogada y el acierto de la elección da el tono de una novela que no pretende adoctrinar, sino dar fe y testimonio. A lo largo de poco más de trescientas páginas, recorremos los entresijos de la retaguardia republicana, teniendo como escenario Madrid, Valencia y Barcelona, con una breve estancia en Albacete, las tres ciudades en las que vivió Elena Fortún durante la contienda antes de embarcar hacia Francia en marzo de 1939. Habla de lo que conoce, no de oídas; es una novela vivida, como podremos comprobar.

Tras la sublevación triunfante en la ciudad de Segovia, donde vivía Celia con sus dos hermanas pequeñas (Teresina y Fuencisla) en casa del abuelo materno (Juan Antonio), de ideas republicanas, apresado y fusilado casi de inmediato, Valeriana, la sirvienta siempre fiel, decide huir una noche, a escondidas, con las tres niñas hacia Madrid, a lomos de una mula y con lo puesto, para reunirse con el padre, militar de alta graduación fiel al Gobierno.

La llegada a la capital el 25 de julio, a los pocos días de la toma del Cuartel de la Montaña, supone el primer contacto directo con la auténtica realidad. Hasta entonces la revolución se había reducido a un viaje pintoresco, de cinco días de duración, durmiendo al raso, sintiendo a lo lejos los “fogonazos y los gritos” que llegaban como un “ruido apagado” (44), sin conocer hasta pocos días después el desdichado final del abuelo. Pero al desembocar en la Plaza de España, después de subir la Cuesta de San Vicente, el grupo recibe la primera impresión:

“- Mu puerco está esto pa tener la capital tanta nombradía -dice [Valeriana] gravemente. Es verdad. Los árboles de la plaza están como si hubiera pasado por ellos un huracán, y el suelo cubierto de ramas rotas, de hojas caídas, pero no secas -¡estamos en pleno verano!-, de papeles, de libros y de pedazos de plomo. Tomo uno y me lo pongo en la mano.

-Es una bala.

-¡Suelta eso!- dice Valeriana asustada” (52)

La sensación de que ha “pasado un huracán”, lógica en una niña de 17 años, perteneciente a la burguesía madrileña y que hasta entonces había tenido una vida confortable y muelle, la percibe no solo en el aspecto de las calles (“Preciados está levantada y los raíles del tranvía al descubierto…” (53)), sino también en las gentes, en la forma de narrar, por ejemplo, lo sucedido en el Cuartel:

“… Murieron achicharraítos como chinches… a algunos los arrastraron por aquí.

-¡Pobres! –se lamentó Valeriana.

-¡Qué pobres ni que ná! Cochinos, digo yo, que se beben la sangre de los pobres.

-Pero ¿cuáles tienen razón? –preguntó Valeriana.

Y Teresina y yo atendemos también, deseando ponernos del lado de la justicia.

-¿De dónde sale usted, señora? –pregunta con sorna la otra mujer-. El pueblo es el que tié razón…” (52)

Los coches que circulan “desatinados, como manejados por quien no sabe”, por cuyas ventanillas asoman cañones de fusil; el tuteo generalizado, los hombres y mujeres con la “cabeza al aire”, las tiendas con los cierres a medio echar… “¡Si me encontrara a alguna de mis antiguas compañeras del Instituto! Debo parecer una obrerita con su madre que viene del pueblo. Y no sé por qué me pongo colorada” (54), todo nos va introduciendo en una atmósfera irreal que se completa en casa de tía Julia, en Goya, donde esperaban encontrar a su padre:

“Tu padre es un loco y esta mañana se ha ido a la sierra con la escopeta de caza de Gerardo. Dice que por allí andan los fascistas… ¡Quién le meterá a él en lo que no le importa…! hubierais hecho mejor en quedaros en Segovia donde todo está tranquilo y mandan las gentes de orden... Don Juan Antonio estará asustado sin ustedes.

-El señor ya no nos necesita –dijo Valeriana sordamente-. Lo han afusilao.

-¡Dios mío!

Teresina me tira de la falda y me mira con sus ojos redondos como interrogándome.

-Nada, tonta” (56)

En estas primeras páginas de la novela convergen las líneas maestras de la trama, dirigida a la búsqueda de las hermanas de Celia cuyo albergue, después de trasladarse de Madrid a Valencia y de allí a Barcelona, se ha instalado en Francia, y a la reunificación de la familia en torno al padre. Constituyen el esqueleto de la misma que se irá encarnando a lo largo de la narración, por eso me he extendido tanto. En ellas ya se perfila el sentimiento de abandono de la joven Celia, la incomprensión de lo que está sucediendo, la ruptura de un ámbito familiar y, no es exagerado afirmar, moral que hasta entonces parecía inquebrantable, provocando un distanciamiento respecto a cualquiera de los bandos en liza, por mucho que intente, por simple lealtad filial, tomar partido.


viernes, 29 de abril de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Primera parte



Monumento a Elena Fortún en el Retiro

A modo de justificación

Hace ya tres años, en su blog “Carta de batalla”, Bremaneur lanzó una pregunta al aire: “¿Qué queremos leer sobre la guerra?”. Pocos días después, el 3 de septiembre, colgué este comentario al final del post: “…espero encontrar ese detalle, ese pálpito de vida que haga más inteligible el desastre. A veces me temo que solo nos queda la literatura para hacernos una idea aproximada de la realidad”.


Esa esperanza nunca me ha abandonado, y únicamente se ha visto satisfecha, aunque de forma parcial o fragmentaria, en alguna de las novelas o ensayos que me he atrevido a reseñar aquí estos últimos años, a excepción del librito de Julián Marías “La GuerraCivil, ¿cómo pudo ocurrir?”  y los relatos de Manuel Chaves Nogales reunidos bajo el título “A sangre y fuego”. Si el primero me ayudó a cimentar sobre una sólida base de pensamiento todas las ideas dispersas que había ido acumulando sobre los motivos que empujaron a los españoles a un enfrentamiento de semejante envergadura, la lectura de las narraciones del periodista sevillano supuso el descubrimiento de una forma diferente de recrear lo sucedido, un camino que se salía de lo común, una vía, esa “tercera vía” tan traída y llevada, como desconocida, silenciada y, ¿por qué no decirlo?, ninguneada por todos.



Con la impresión que me habían dejado los cuentos de Chaves Nogales todavía a flor de piel, volví a toparme con el personaje en la monumental obra de Andrés Trapiello “Las armas y las letras”, otro Eldorado, una fuente inagotable de datos y opiniones a la que siempre hay que acudir y que merece algún comentario que no puedo abordar aquí y ahora.
Encarnación Aragoneses (Elena Fortún, 1886-1952)

Y como si de un canasto de cerezas se tratara, tirando de Trapiello salió enredada otra pieza y con ella se derramó todo el cesto, mezclándose sobre el tapete lo personal y lo intelectual, los recuerdos familiares y muchas preguntas que, apena reconocerlo, ya nunca obtendrán respuesta. Porque cada libro que leemos, aparte de lo que invoca su lectura, vive unido al momento en que decidimos dejarnos llevar de su mano y a las circunstancias que lo rodean, creando otra narración, otra historia, que añaden un valor intangible y emocional al original...

Intentaré explicarme.
A finales del pasado año y comienzos de este se divulgó la noticia de la inminente reedición de la novela de Elena Fortún “Celia en la revolución”, puesta en borrador el 13 de julio de 1943, e inédita hasta 1987, 35 años después de fallecer su autora. Desde entonces, se había convertido en una de esas rarezas bibliográficas que los aficionados son incapaces de encontrar por mucho que rebusquen en librerías de viejo. El prólogo de esta nueva edición, que saca a la luz la editorial sevillana Renacimiento, corre a cargo de Andrés Trapiello, al que sigue una pequeña, demasiado escueta introducción de Marisol Dorao, biógrafa de Encarnación Aragoneses (1886-1952), la escritora que se oculta detrás del pseudónimo de Elena Fortún, y a cuya tesis doctoral en curso hacía referencia, lamentando no haber podido ocuparse de este trabajo, Carmen Martín Gaite en un ciclo de conferencias que dictó en la Fundación Juan March en otoño de 1992 bajo el título “Elena Fortún y su tiempo”. Antonio Gallego actuó como maestro de ceremonias en dicha ocasión, anunciando que en cualquier momento TVE proyectaría la serie “Celia”, con guión escrito al alimón por la salmantina y José Luis Borau. Dicha serie, que consiguió grabar en video mi cuñado después de mil insistencias de su madre y cuando habían pasado ya diez años de su estreno televisivo, se veía una y otra vez, independientemente de la calidad de una cinta gastada por exceso de uso, en casa de mis suegros con la intención de entretener, con mayor voluntad que éxito, a nuestra hija Itziar, que no contaría con más de cuatro o cinco años y que apenas era capaz de entender el aparentemente sencillo argumento de la trama. Qué duda cabe que con ello la abuela Clara recuperaba un paraíso infantil a través de una niña en la que podía verse reflejada, al haber compartido unas circunstancias vitales similares, a lomos del recuerdo de los momentos de placer que le proporcionó la lectura de su vida y andanzas. También disfrutaba sacando parecidos entre la niña que interpretaba a la preguntona e inquieta Celia e Itziar que, como no podía ser menos, salía ganadora de toda comparación.

Yo no sé si mi madre leyó alguna novela de Elena Fortún, aunque conocía los cuentos de Celia y su hermano Cuchifritín (apelativo que siempre he considerado a medio camino entre lo ñoño y lo pijo) y probablemente cayera en sus manos antes de la guerra algún ejemplar de Celia editado por Aguilar y que fueron prohibidos por la censura en 1945, curiosamente el mismo año en que se alzara Carmen Laforet con el Premio Nadal con su novela “Nada”, una novela en absoluto complaciente con la realidad que le rodeaba. Cosas de la censura. Lo cierto es que al leer “Celia en la revolución”, no he dejado de pensar en ella, en mi madre, y de recordar todas esas anécdotas que nos contaba de pequeños, mil veces repetidas, pero que en cada ocasión parecía única, ya fuera por la entonación o la emoción que se adivinaba detrás de sus palabras y sobre todo, de sus silencios. Los miedos, las penalidades, los bombardeos, el hambre, el ingenio desplegado para paliar en lo posible las necesidades y las ausencias son los motores que impulsan la vida de Celia Gálvez en la novela que vamos a reseñar, los mismos que padecieron Merche, Pili y Menchu, mi madre y sus hermanas, tres chicas de la misma edad que la protagonista, que compartían el miedo a los coches que frenaban en seco delante del portal y que, seguidos de pasos apresurados por la escalera, no auguraban nada bueno, las incursiones aéreas, o las ratas que campaban a sus anchas por las calles. De haber tenido entonces las inquietudes que ahora me acompañan, habría intentado apurar al máximo ese caudal de recuerdos, retomando un hilo ya imposible de recuperar.




Portada de la edición de 1987 de "Celia en la Revolución"