martes, 18 de julio de 2017

Lisboa : O que o turista deve ver = What the tourist should see (Fernando Pessoa. Livros Horizonte, 2013)



Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos (Fernando Pessoa. Libro del desasosiego)

José Ortega y Gasset solía recomendar a sus alumnos la gimnasia del pensamiento, que consistía en pensar, al menos, diez minutos al día, lejos de la escritura y la lectura, y comprobar así cómo se desarrolla la musculatura intelectual. ¿Se podría aplicar igualmente este consejo al recuerdo, al trabajo de rememorar, de traer al presente para desempolvarla la vida pasada? Si aceptamos como válida la importancia de la perspectiva a la hora de interpretar la realidad de ayer y de hoy, esa capacidad que tiene de darle forma, sentido y vigencia, nos encontramos ante un escenario enriquecido en el que podemos hacer pie con relativa seguridad, despejadas todas las dudas y sombras que proyectamos a la hora de recuperar un momento pretérito.

Cuando intento pescar las primeras impresiones que produjeron en mi mente infantil Portugal en general, y Lisboa en particular, me vienen a la cabeza mi tía Pili, con mi tío Celes y mis primos Rudi y Pili, veraneando en una casita baja que alquilaban todos los años en Caparica, un pueblecito próximo a Lisboa. Por aquel entonces (yo aun no había nacido) no debía ser más que un pueblo de pescadores. Pero en mi imaginación, alimentada con las historias que años después me contaban mis padres, y con esos objetos fantásticos procedentes de Portugal (vistosas gafas de sol, bolsos, toallas, accesorios varios… ¡incluso mantequilla “a media sal”!) que traían invariablemente cada vez que iban a Badajoz, o venían mis tíos y primos a Madrid, se iba construyendo un Portugal estupendo, impregnado de un glamour y un bienestar muy alejado del prosaísmo común a una familia numerosa, la mía, que vivía sin estrecheces, pero con lo justo, en un popular barrio madrileño.
Acepto que la realidad portuguesa de los primeros años setenta poco tuviera que ver con la que yo me había forjado. Pero esta, para mi gobierno, me resultaba al menos tan válida como la otra, cuyos detalles, atrapados al vuelo entre noticias y comentarios, muchos de ellos a media voz, como en susurros, se me escapaban por completo. Igualmente, de mis primeras visitas a Portugal, de las que dan fe algunas fotografías conservadas en los álbumes familiares, no conservo un recuerdo tan vivo como esa impronta a la que acabo de hacer referencia, sin contar con una escala que hicimos en el Pantano, volviendo de Portugal, con una varicela galopante que me impedía salir del coche. De ese momento solo recuerdo la fiebre y una mujer de negro, con un bebé en brazos, apoyada en el marco de la puerta de una especie de nave. Pero eso ya es otra historia...

En este mismo blog y en 2012, aprovechando la coyuntura de las sucesivas olas de calor que, como las presentes, atravesábamos, sin un amago de estoicismo por lo que a mí respecta, dejé por escrito un recuerdo lisboeta, quizá el primero realmente constatable:
Hace más de 25 años, y en unas circunstancias muy similares, estábamos mi hermano José Ramón y yo en casa de mis padres, en el Pantano. Mi padre, bastante comedido y paciente por lo general, se veía tan crispado por el calor que tomó una decisión arriesgada y aventurada. Cogimos el coche (yo me acababa de sacar el carné, esto sería sobre el 85-86) y con lo puesto (“Y lo que me quito cuando me acuesto”, como apostillaba mi madre cuando se refería al equipaje más escueto posible) nos marchamos a Lisboa. Recuerdo que cogimos un par de habitaciones en el hotel Ambos Mundos, muy próximo a la Rua da Prata y durante las dos o tres noches que pasamos allí nos lavaban la ropa del día para tenerla lista a la mañana siguiente. También me acuerdo del pánico que me entró, conductor novato tenía que ser, al atravesar el puente de Salazar (perdón, “25 de abril”) y desembocar en una glorieta donde no había una triste señal que regulara el tráfico. “Respeta siempre a la derecha”, me repetía mi hermano. Incapaz de controlar el desbarajuste, le dejé el volante y no volví a cogerlo. Durante esos días que pedimos asilo vital en Lisboa, tomábamos el autobús que nos llevaba a Caparica, la playa más popular de la capital, y pasábamos el día como una familia lisboeta más. Entre la playa y los paseos por la ciudad, a pie o en tranvía, transcurrieron los más agobiantes días de aquella ola de calor un cuarto de siglo atrás”
En nuestra geografía sentimental Lisboa ocupa, pues, un lugar tan destacado (Vivir otra vida, El tiempo no se detiene) que sentía como una falta de consideración, una especie de ofensa hacia la ciudad donde tan buenos momentos he vivido con Carmen y los niños, no haberle dedicado ni una sola línea a un librito que compramos durante la última estancia en casa de Marisa, en 2015. Con la lectura aún reciente de Librerías, de Jorge Carrión, decidimos acercarnos un día a Bertrand, la librería más antigua del mundo que se encuentra ahora en la Rua Garret, en el corazón del Chiado. Por comprar algo, y venciendo a mi proverbial tacañería, aparte de alguna que otra libreta que eligieron los pequeños, opté por un tomito editado por Livros Horizonte en su colección “Cidade de Lisboa”.


 
Se trata de “Lisboa : O que o turista debe ver = What the tourist should see” una “guía turística” bilingüe escrita hacia 1925, o muy poco después, por Fernando Pessoa (1888-1935) y rescatada del conjunto de su obra inédita (el famoso arca o espólio de Pessoa, hoy custodiado en la Biblioteca Nacional portuguesa) con motivo del centenario del nacimiento del autor del Libro del desasosiego pero que, por retrasos burocráticos, no vio la luz hasta 1992.

Teresa Rita Lopes, en el detallado e interesante prólogo a esta guía, nos cuenta cómo fueron repartidos entre los “exploradores” del arca los más de 27.000 inéditos de que constaba, manuscritos en papel de oficio de aquellas empresas comerciales donde prestaba sus servicios el poeta. Entre el material entregado a Maria Amélia Gomes, una de las integrantes del grupo, se encontraban 42 páginas mecanografiadas, algo poco frecuente en el conjunto de sus inéditos, en inglés y portugués, con numerosas correcciones manuscritas, lo que venía a ser una obra cerrada, presta a su publicación.

Del proyecto de esta guía que estamos comentando, que sería solo una parte de una empresa de mayor calado: “All about Portugal”, existen bastantes pistas en el espólio: “guide to travellers in Portugal”, “guide-books, desenvolvidos e resumidos, para touristes”… Lo cierto es que hacia 1917-1918 Fernando Pessoa comienza a sentir la imperiosa necesidad de combatir lo que denomina descategorização europeia o descategorização civilizacional, es decir: elevar a Portugal (y, de paso, a Brasil) a la altura de los tiempos. En este sentido, proyecta un auténtico plan de acción dirigido a “colmatar as lacunas da informacão estrangera a respeito de Portugal”, ya que para el común de los extranjeros, si hacemos excepción de los españoles, “Portugal is a vague small country somewhere in Europe, sometimes supposed to be part of Spain”. El programa comprendía la publicación de libros y estudios orientados a la propaganda y reunidos en el mencionado “All About Portugal”, y la fundación en Londres de una revista, Portugal, en principio mensual. Esta acción exterior contemplaba la creación, en el ámbito intelectual, de un Grémio de Cultura Portuguesa, en el económico, de un “club comercial” portugués y, finalmente, Cosmopolis como institución oficial aglutinadora de tales esfuerzos. Por debajo de todo esto, aparte de la pretensión de armonizar los contrarios en un soñado nacionalismo cosmopolita, late ese aliento profético y mesiánico que, bautizado como Quinto Imperio, dibujará una línea sinuosa entre el sebastianismo y el propio Pessoa, con el supuesto impulso del malogrado y efímero quinto Presidente de la República, Sidónio Pais (1872-1918).


 
Nos encontramos, pues, con una obra de altos vuelos, que trasciende, a pesar de su brevedad -204 páginas de un texto bilingüe-, las intenciones de una simple guía turística, trasladando al lector, a lomos de una prosa bastante aséptica, carente de lirismo, casi administrativa, el orgullo que siente el autor por habitar la ciudad que describe con todo lujo de detalles. La guía comienza con el recurso literario a la figura del turista que desembarca en Alfãndega –¿no nos recuerda, acaso, a otra llegada, la del protagonista de El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago?- lo que le da pie a Pessoa a presentar la ciudad y sus servicios al imaginario visitante que se mueve en automóvil por la capital. Atravesamos con él las principales calles y avenidas, nos detenemos en cada monumento, escuchamos la historia de cada hito, conocemos el nombre de los escultores, arquitectos, pintores, diseñadores de cada plaza y rincón, de los jardines: Vítor Bastos, Mateus Vicente, Reinaldo Manuel, Verísimo José da Costa… Pessoa nos llama la atención sobre una fachada, sobre los horarios de visita a los museos, las tarifas de diversos servicios, mientras nos lleva de la mano -entramos agora, voltemos agora… tendo chegado até este ponto, o turista não debe agora deixar de visitar um dos mais belos parques de recreio de Lisboa –o Parque Eduardo VII…- para ver todo aquello que no debemos pasar por alto.
Ver, admirar, comparar... y asumir. Nos habla de las dimensiones de las grandes avenidas (Liberdade), de las fechas de construcción de los principales edificios y monumentos, de la calidad de los comercios, a la altura de cualquiera de similares características en Europa, del ocio y recreo de los lisboetas en zonas al aire libre con su media docena de bibliotecas  municipales, o en locales de  cierto empaque (Maxim's). Asistimos a la materialización de una continuidad histórica en la que no cabe el morbo de la melancolía. Desde la era de las exploraciones (Belem, los Jerónimos...; con anterioridad, la ), pasando por el delirante siglo XVIII pombalino, y todo el siglo XIX, hasta los años 20 de la pasada centuria, desfila ante nuestros ojos un proyecto de civilización cumplido y, en la mente de su autor, con claros visos de futuro.

A la guía le acompañan dos textos breves, igualmente bilingües: Jornais de Lisboa = Lisbon Newspapers –relación de diarios y semanarios publicados en la capital, con indicación “da sua natureza e da localização dos seus escritorios”-; y Uma visita a Sintra, via Queluz = A visit to Cintra, via Queluz: “O nosso automóvil avança agora definitivamente para fora da cidade”, donde nos describirá Benfica, Amadora, Queluz…
Unas mínimas fotografías de época, demasiado pequeñas para ser apreciadas en su justo valor, acompañan los textos, sirviendo de ilustración al relato.
Tenemos entre las manos un libro fundamental, de recomendada lectura antes, durante y después de una visita a la capital del Tajo y que nos puede enseñar a ver las cosas, a vernos en ellas e intentar admirarlas y aceptarnos tal como somos.












 
 


 

martes, 11 de julio de 2017

Reencuentro


“A Ortega le sorprendió que me hubiese detenido tanto, y hubiera entendido, su tesis:  “La reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del hombre”, y que me hubiera percatado de lo que es razón vital. Nuestra vinculación personal y filosófica quedó sellada para siempre” (Julián Marías Una vida presente, 1, 1988, p. 351)


En el prólogo a la cuarta edición de España invertebrada, Ortega y Gasset recogía una cita de Tácito: “quince años son una etapa decisiva del tiempo humano”, haciendo referencia al período transcurrido entre la primera edición de la obra (1920) y la que introducía con estas palabras en 1934, año bisagra en la historia de la joven II República. Esta idea, como eje del método de las generaciones históricas, tendrá su desarrollo en el volumen En torno a Galileo, y en 1949 será completada, matizada y sistematizada por el propio Julián Marías en la obra casi, casi homónima El método histórico de las generaciones.

Curioso: 1920-1934-1949…Si jugamos con esa cifra, quince, aplicándola a nuestra propia vida, y nos dejamos llevar por los encantos de la numerología, podemos llegar a conclusiones tan sorprendentes como ciertas, basadas todas ellas en el concepto de vida como argumento, trama o tragedia que se va escribiendo día a día, minuto a minuto, en tanto en cuanto tenemos capacidad de elegir una trayectoria o la contraria, en virtud de las circunstancias que tenemos a mano, y estas mismas trayectorias, proyectos u objetivos se cruzan y entrelazan con los del prójimo planteando nuevas empresas que podrán arribar o no a buen puerto, proponiendo a su vez diferentes escenarios de forma indefinida.

La de Julián Marías, como vida que fue, no se sustrae a esta gozosa interpretación. Sin profundizar demasiado, podemos trazar al menos tres segmentos vitales que responden, solapándose a menudo, a la afirmación del historiador romano:
1.      1933-1948. Con las fechas extremas en el Crucero efectuado con sus compañeros de facultad visitando todos aquellos lugares de las riberas del Mediterráneo donde nace la cultura occidental, y la creación con Ortega del efímero Instituto de Humanidades que pretendía re-iniciar, fuera de la órbita oficial, el tono académico interrumpido por la guerra y la primera postguerra. Del conocimiento del “mundo exterior”, con el consiguiente afianzamiento de aspiraciones y vocación, a la opción por la permanencia en España, consolidando una trayectoria liberal, de rescate de los valores de civilización y convivencia.


2.      1936-1951. La guerra, cómo no, deja su impronta y su enseñanza, la forma de ver las cosas se modifica, se aprecia la ruptura, el hiato entre lo real y lo oficial, la verdad y la mentira. Momento inaugural que acelera el conocimiento del entorno, el mero discernimiento, el comportamiento humano, la traición y el desengaño. Consolida su vocación de escritor (Blanco y Negro, ABC, Hora de España…). Convive con la Dictadura sin interiorizar su argumentario, sin adherirse a su discurso. Asume los reveses, encaja los golpes, supera las frustraciones… En 1951, “escritor español, profesor americano”, como le gustaba definirse, es contratado para impartir diversos cursos e inicia sus colaboraciones en la prensa española


3.      1931-1946. La instalación de la República coincide con el ingreso de nuestro autor en la Universidad. Inicio de una vida nueva, amistad con Dolores Franco, albores de su faceta intelectual, contacto con Ortega y otros maestros, estallido de la Guerra Civil, apoyo a Julián Besteiro en la tarea de liquidación de la misma, meses de prisión en 1939, ruptura del ambiente cultural en el que se había formado, imposibilidad de acceso a la docencia universitaria, veto a sus colaboraciones en prensa, sistemático ninguneo hacia su persona (silencio en torno a la concesión del Premio Extraordinario de Licenciatura, suspenso contra todo pronóstico de su tesis doctoral), boda con Dolores Franco y nacimiento de su primer hijo, publicación de sus primeras monografías de tema exclusivamente filosófico (Historia de la filosofía, La filosofía del P. Gratry…) En 1946 verá la luz Filosofía española actual en la que se pueden leer las biografías de sus maestros más admirados (y odiados por el Régimen): Unamuno y Ortega, además de las de García Morente y Zubiri. Filosofía española… constituye un hito, ejemplo de lo que se puede hacer apurando y ampliando el escaso margen de libertad concedida por el sistema vigente.


Edición de De vita beata

Son como tres dramas, con su planteamiento, nudo y desenlace, historias cerradas que dan paso a nuevos argumentos. Hoy me quiero referir solo a uno de ellos, concretamente a un fragmento de uno de esos periodos, el que se extiende entre 1939 y 1944.


Entre el 15 de mayo y el 7 de agosto de 1939 Julián Marías sufre prisión como consecuencia de una denuncia tramada por un antiguo amigo y compañero del Instituto. Su nombre permanecerá oculto hasta que, no hace mucho, lo sacó a la luz su hijo, Javier Marías. En pleno procedimiento, uno de los testigos de cargo le confesó a Dolores Franco: “Si Marías no vuelve a acordarse de que tiene una carrera, podrá vivir; en otro caso, lo hundiremos; porque gentes como Ortega, en España sobramos” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 276) ¿Cómo se podía superar semejante situación? Había terminado la carrera con cierto prestigio, colaborado en la prensa, realizado varias traducciones. Le esperaba el doctorado y trabajar al lado de sus maestros. Pero ya nada podía ser igual. Con Ortega, Zubiri y Gaos en el exilio, García Morente preparando su ordenación sacerdotal, Besteiro encarcelado y la reciente experiencia que le colocaba bajo sospecha, el mundo conocido parecía desmoronarse.



De izquierda a derecha: Zubiri, Ortega y García Morente


“Al lado de esto persistía mi vocación intelectual, nunca extinguida; el repertorio de mis estudios y lecturas; una resistencia a abatirme y darme por vencido, que nunca me ha abandonado; una fe religiosa, ciertamente puesta a prueba por unos y por otros, pero que era capaz de distinguir de todas las adulteraciones. Y un puñado de amigos leales, sobre todo –como siempre- amigas. Y Lolita. De ella dependía todo; vivía desde hacía mucho tiempo vuelto hacia ella, dándole todo lo que podía, recibiendo su maravillosa personalidad, su inagotable ternura, su inteligencia clara, su valor. Por ella valía la pena seguir viviendo y no ser un despojo, sino algo que se le pudiera ofrecer” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 280)


Edición introducida y anotada por Julián Marías


Una vez puesto en libertad, con un “sobreseimiento provisional”, se convocan en septiembre de 1939 las pruebas para obtener el premio extraordinario de licenciatura, al que optaban los alumnos que habían terminado sus estudios con la calificación de sobresaliente. Con el objeto de poder costearse el título y de continuar con una carrera y vocación a las que no quería renunciar, se presenta y lo obtiene, con la cerrada oposición de miembros del SEU que lo único que consiguieron fue que su nombre no apareciera en las listas de los premiados que se leen en la inauguración oficial del curso, el 1º de octubre.


Espasa-Calpe publicará una selección de esta obra
“Desde entonces, y durante muchos años, cada vez que hacía algo que rozara lo público, se lanzaban sobre mí con una saña que en el fondo me sorprende, dándome una importancia que sinceramente no creía tener” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 286)

Haciendo de la necesidad virtud, este alejamiento de lo público y oficial, marcará casi todo su hacer intelectual. Volcado en el anonimato, en el ámbito más estrictamente privado y rozando la invisibilidad, se dedica a la traducción mal pagada de obras de pensamiento para la Editorial Revista de Occidente (Max Scheler) y la Colección Austral (Paul Marcoy), y a dar clases de “Cultura” en una Academia que preparaba a los aspirantes a la Escuela de Caminos. Pero todo esto chocaba con su auténtica vocación tripartita: la universitaria, la filosófica y la de escritor. Vetadas como estaban sus colaboraciones en la prensa, por no hablar de la enseñanza universitaria, la única salida posible era escribir libros de filosofía. Aquí, la dificultad estribaba en que, para ser aceptados por un editor (sus posibilidades se reducían a Espasa-Calpe y la Revista de Occidente) debían tener una alta calidad y venderse bien.

Con Unamuno, en Santander


“Tanto como filósofo, tenía que ser escritor. Luego vi con claridad que para ser de verdad buen filósofo es menester ser buen escritor, pero esta condición se me impuso imperativamente para poder subsistir” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 293)
 

Tesis doctoral suspendida. Imagen de la obra antes de ser censurada con la retirada de la cubierta original

El primer fruto de este esfuerzo es su Historia de la Filosofía, un grueso volumen de 413 páginas dedicado a Lolita y que vio la luz en enero de 1941 en la editorial de la Revista de Occidente. La historia de su gestación es muy curiosa y refleja el papel de Dolores Franco en la vida de Julián Marías. Abatido, desanimado por las circunstancias que le rodeaban, Lolita le propuso poner en orden y publicar las lecciones de historia de la filosofía que durante el curso de 1933 impartió a algunas compañeras de la Facultad que tenían que superar el examen intermedio. La tarea parecía insuperable, pero Lolita, como alumna en ese momento, conservaba un puñado de cuadernos con las notas tomadas en las clases que se celebraban en la Residencia de Señoritas “los domingos, un par de horas por la mañana; y algunos días más. La historia entera de la filosofía, desde los presocráticos hasta el siglo XX; los problemas del conocimiento, la creación, la razón, la sustancia, Dios, qué sé yo. Lo más interesante es que las chicas, que eran encantadoras e inteligentes, no me tenían ningún respeto, porque yo era un estudiante como ellas; no cabía usar el argumento de autoridad; exigían entender por qué eran las cosas así, por qué tal filósofo pensaba una teoría, y por qué al siguiente le parecía inadmisible. Es decir, para que lo entendieran todo, tenía que entenderlo primero yo. No es para dicho el esfuerzo que tenía que hacer; pero, en primer lugar, lo pasábamos muy bien: era una delicia ver a aquellas muchachas curiosas, con cabezas claras, un poco irónicas, tratando de penetrar en la filosofía; pero además tuve que esforzarme en poner en claro, en sus líneas generales, toda la filosofía occidental; nadie, ni siquiera mis maestros, me había enseñado tanto como aquellas chicas” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 140-141)
 
Escrito a lo largo de 1940 en un frío piso de la C/ Encarnación
Sobre la base de dichos cuadernos, con una información evidentemente ampliada gracias la rica biblioteca personal que Marías iba engrosando día a día, después de un año de intenso trabajo y una “desusada dosis de pensamiento”, Historia de la Filosofía será el primer libro nuevo de un autor novel en la España de los cuarenta. La originalidad de todo esto estriba en que se trataba de una obra de pensamiento, escrita por un joven de 26 años, con un contenido actualizado (durante el proceso de corrección de pruebas fallece H. Bergson, noticia que será recogida en la obra), prologada por Zubiri (sibilinamente apartado de su cátedra madrileña) y que finalizaba con un párrafo que se podría considerar explosivo: “La historia de la filosofía se cierra en el presente, pero el presente, cargado de todo el pasado, lleva dentro de sí el futuro y su misión consiste en ponerlo en marcha. Tal vez en el tiempo venidero no sea ya ajena a ese movimiento España, que en Ortega ha hecho suya la filosofía”
En 1943 aparece Miguel de Unamuno. "Para entender a Unamuno, había puesto en juego lo que procedía del pensamiento de Ortega; pensé que este libro significaba... una especie de "reconciliación" real de los dos grandes maestros" 

La escritura, las clases privadas a grupos reducidos (Aula Nueva de Preparación Universitaria), la participación en modestas empresas editoriales (“Colección Ciencias del Espíritu” de la Editorial Pegaso), las traducciones, el cultivo de las nuevas amistades que van ampliando su círculo (Lilí Álvarez, José Luis Pinillos, Juan Lladó, Laín Entralgo, Enrique Lafuente, Fernando Chueca, Dámaso Alonso, Azorín, Menéndez Pidal…), la vida nueva junto a Lolita Franco, ocupan estos primeros años de postguerra. Si en octubre de 1939 la administración silencia su obtención del Premio Extraordinario de Licenciatura, en enero de 1942 hará algo parecido con su Doctorado. Antes de presentar la tesis sobre P. Gratry, Laín le propuso editarla en la colección “Escorial” de la Editora Nacional. Cuando, de forma extraordinaria, fue suspendida la tesis (en la papeleta solo podía figurar Aprobado  o Sobresaliente, aunque podía ser devuelta al aspirante), La Filosofía del P. Gratry ya se había publicado; lo único que pudo hacer la censura (aparte de darle un buen susto a Pedro Laín Entralgo) fue retirar las cubiertas de la edición para que no figurara mención alguna a la Editora Nacional ni a la colección “Escorial”.
Guillermo Lissarrague

En 1943, después de un desencuentro con la editorial Pegaso, publica en Espasa-Calpe su Miguel de Unamuno y El tema del hombre. Por su parte, Dolores Franco saca a la luz La preocupación de España en su literatura en Ediciones Adán, proyecto editorial nacido entre los alumnos de Aula Nueva y al que Marías prestó su apoyo intelectual, a comienzos del año siguiente. De estos primeros años datan las ediciones anotadas de Leibniz (Discurso de la metafísica) y de Séneca (Sobre la felicidad) Pronto le seguirá la recopilación de ensayos San Anselmo y el insensato. Con todo y con eso, la pareja Marías-Franco llegaba a fin de mes con no pocas dificultades.


1944. Recopilación de textos anteriores

Y un buen día, en la primavera de 1944, en este ambiente de angostura y precariedad recibe, por mediación de Salvador Lissarrage, una invitación de Eugenio Montes, a la sazón director del Instituto Español de Lisboa. Intelectual falangista, propone a Julián Marías dictar una conferencia en la capital portuguesa y aprovechar la ocasión para reencontrarse con Ortega, que había dejado Buenos Aires en 1942 “lleno de desilusión y melancolía”. Las pocas páginas en las que hace referencia Marías a este viaje son tan expresivas, tan emotivas, que no me resisto a traer aquí alguno de sus párrafos. Ortega, al que no veían desde el verano de 1936, recibe al joven matrimonio en la estación de Rossio. Instalados en un hotel de la Avenida da Liberdade, la primera impresión que les causa la ciudad del Tajo es impactante: “Vista desde Madrid, la capital portuguesa parecía una maravilla de prosperidad y refinamiento. Las tiendas estaban llenas de productos, muchos extranjeros; había muchos más coches, y mucho mejores. El ambiente era pacífico, con holgura y bienestar. Se trataba de una dictadura, ciertamente, pero la de Salazar no se parecía a la española: no procedía de una guerra, no había vencedores y vencidos, ni las terribles cicatrices […] No había represión, porque no había resistencia. Ambas cosas vinieron después, pero no existían en 1944. Cuando le preguntaron a Ortega qué le parecía Salazar, contestó: “Bien, muy bien; no se puede gobernar mejor a ocho millones de difuntos”” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 349-350)

Lisboa. Avenida Cinco Outubro 10.
Residencia de Ortega hasta 1945
(Fotografía: Marisa García Arévalo)
Fue una intensa semana de contacto con el maestro, con el amigo, juntos día y noche, paseando por los parques y las calles lisboetas, o en casa de los amigos del exiliado. “Teníamos hambre de palabras, de filosofía, de España, del mundo, de nuestras vidas. Nuestra amistad, tan viva, había ido madurando y creciendo en la distancia, en el silencio...” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 351)
Eugenio Montes
La conferencia proyectada por Eugenio Montes, finalmente no se pudo dar en el Instituto Español. Se optó por un gran salón de la Sociedad de Geografía. Y allí habló Marías sobre Unamuno. “Ortega había leído mis escritos, salvo el libro sobre Unamuno, que nunca quiso leer. “Yo no puedo leer un libro suyo sobre Unamuno –me dijo-; para usted es un tema; no se da cuenta de que me he pasado la vida luchando con él; me afectaría demasiado””

Sociedade de Geografía de Lisboa
“Ortega había llegado al límite de la ausencia; necesitaba volver a ver España, a vivir entre españoles. A total distancia del Estado, del régimen, quería experimentar de nuevo la sociedad española, conocer a los jóvenes, que al cabo de nueve años de exilio le eran desconocidos. Contaba con reacciones hostiles, que ciertamente no faltaron; pero sabía que eran muchos los que lo aguardaban con esperanza; y, sobre todo, que España lo necesitaba. Aquel otoño, conservando su residencia legal en Lisboa, llegó por fin a Madrid” (Julián Marías Una vida presente 1, 1988, p. 353)


Lisboa. Jardim das Amoreiras



Ver:
La resaca de un sueño. (Julián Marías. 1) 21 de junio de 2017
"¡Por mí, que no quede!". (Julián Marías. 2) 27 de junio de 2017
Encuentro. (Julián Marías. 3) 4 de julio de 2017




martes, 4 de julio de 2017

Encuentro



A menudo sucede que nos tropezamos en la vida con ciertas personas en las que identificamos afinidades, coincidencias de mayor o menor calado, rasgos comunes a nuestra propia existencia. Puede que nos separen de ellas enormes distancias geográficas, cronológicas o intelectuales; incluso es posible que la muerte haya hecho acto de presencia. Da lo mismo: la comunicación unidireccional, y en el mejor de las casos mutua, ya se ha establecido, de manera que nuestro patrimonio vital se ha visto aumentado, matizado, de cualquier forma enriquecido. Ese territorio común que habitamos no tiene que estar sustentado necesariamente por sentimientos profundos o fuertes experiencias. Un comentario, un asomo de sensibilidad, la constatación de haber admirado las mismas cosas o pisado idéntico suelo se transforman en salvoconducto suficiente para que el otro pase a ocupar un espacio en nuestro pensamiento.
 
No obstante, se necesita determinada disposición, apertura, receptividad…; un estado de aceptación, de dejarse impregnar de lo que el prójimo nos quiera transmitir. Y no siempre ocurre, pues dependemos demasiado del ánimo del momento. Muy bien lo expresó en el siglo XVIII nuestro Martín Sarmiento: “La elocuencia no está en el que habla, sino en el que oye… si no precede esa función en el que oye, no hay retórica que alcance”
 
Cuando esa función es simultánea en el que ofrece y en el que recibe se provoca la auténtica comunicación, esa descarga eléctrica capaz de ampliar el horizonte hasta límites insospechados.
Me pregunto qué extraños mecanismos facilitan que dichas conexiones se den con mayor frecuencia en unos períodos históricos que en otros.

José Ortega y Gasset, (Ignacio Zuloaga, 1920)

Todo esto viene a colación de la relación existente entre José Ortega y Gasset y Julián Marías, algo que fue más allá de la que se suele dar entre maestro y discípulo: amistad, magisterio, lealtad y, por qué no, necesidad.
 
Personalmente, experimento siempre una viva emoción cuando leo las páginas que escribió Marías en muchas de sus obras sobre el ambiente universitario que tuvo la suerte de conocer y hacer suyo desde su acceso a los estudios superiores en 1931, a los 17 años de edad, simultaneando el primer año Ciencias y Filosofía, para decantarse muy pronto por la segunda. En aquella Universidad, al menos en la Facultad de Filosofía y Letras, primero en San Bernardo, al poco, a partir de 1933, en la flamante Ciudad Universitaria, se daba una perfecta coordinación entre los profesores, integrándose unos cursos con otros, eludiendo la rutina, sin el constante recurso a los libros de texto.

Antigua Facultad de Filosofía y Letras, en la C/ San Bernardo

“Esta facultad era, ni más ni menos, vida intelectual, subrayando tanto el sustantivo como el adjetivo. Me descubrió mi vocación profunda por todo aquello junto –adiviné la honda conexión, hoy tan desconocida, de todas las disciplinas de humanidades-, con un centro organizador en la filosofía, desde la cual había de mirarlo todo, que había de constituir, en una dimensión decisiva, el argumento de mi vida” (Julián Marías. Una vida presente, 1, 1988, p. 101)
 
Basta echar un vistazo a la nómina de profesores y sufrir al momento, cierta sensación de vértigo: Decano, Claudio Sánchez Albornoz, sustituido por Manuel García Morente cuando se hizo cargo del Rectorado; Literatura Española, Luis Morales Oliver, Historia de la Cultura, Andrés Ovejero Bustamante; Introducción a la Filosofía, Xavier Zubiri Apalategui. Más: José Gaos, Ramón Menéndez Pidal. Suma y sigue: Manuel Gómez Moreno, Obermaier, Ballesteros Beretta, Pío Zabala, Américo Castro, Asín Palacios, González Palencia, Pedro Salinas, Lafuente Ferrari, Lapesa…Para Marías, (¿para quién no?) probablemente la mejor Facultad de Europa.

 En este ambiente se produce el encuentro con José Ortega y Gasset:
 
“No era nada alto –tenía exactamente mi estatura, y a veces decía de broma que era “el filósofo más alto de Europa”, porque Heidegger, Gabriel Marcel, Jean Wahl y Zubiri eran ciertamente más bajos-; más bien ancho, corpulento, bien plantado; calvo desde joven, cubría su cabeza con escasos pelos diestramente dispuestos; su piel era gruesa, bastante arrugada para su edad, cuarenta y nueve años que parecían más […] tenía una nariz gruesa, una boca grande y expresiva; los ojos eran lo más notable: luminosos, penetrantes –no como el acero, sino como la luz, dije cuando murió- atentos, cordiales” Continúa esta detallada descripción con su forma de hablar, la impresión que enseguida causaba en el oyente y, lo más importante… “se lo veía pensar. Creo que esta era la sustancia de la impresión que recibíamos. El pensamiento en estado naciente, brotando ante nosotros, con su mecanismo de justificación que llevaba a la evidencia, sus conexiones, su irradiación mediante la belleza de la palabra. La lengua española en su espontaneidad hablada, con la más alta perfección que habíamos conocido”

Suponía asistir a una filosofía en marcha, a la altura de los tiempos y, en gran medida, por encima de la que se hacía en el resto de Europa. Además de asequible, concebida en la lengua de todos, hermosa, impactante y de aplicación práctica. Es lo que más llama la atención de este motor filosófico, el profundo sentido común de que hace gala, eludiendo forzar, violentar la realidad para ajustarla a determinado esquema. Marías se referirá a ella como “rigurosa verdad justificada y que por eso se podía compartir y poseer”

Actual fachada de la Facultad, en la Ciudad Universitaria

La fama, el prestigio, la alta calidad intelectual alcanzada por Ortega, no podía pasar desapercibida, como tampoco la estrecha relación que mantenía con sus alumnos (con los que solía merendar o pasear desde la Facultad hasta Moncloa), su extraordinario poder de convocatoria, repetimos: ese hacer filosofía en español, desde España y con proyección internacional. ¿Podemos encontrar mayor motivo para sentirse orgulloso de pertenecer a ese preciso momento histórico?

“Los que no toleran la calidad, los que sienten lo que luego he llamado “rencor contra la excelencia”, sentían una viva hostilidad contra Ortega; les parecía una provocación, casi un insulto; sentían que los disminuía, hubieran querido borrarlo, anularlo; ya que esto no era fácil, se contentaban con negarlo” (Julián Marías. Una vida presente, I, 1988, p. 111-112)

En plena efervescencia intelectual, cultural y educativa, estalla la guerra civil. Toda la inquina alimentada durante los últimos años, no solamente a partir de la proclamación de la II República, se agolpa contra el filósofo. En el “Epílogo para ingleses”, redactado en el exilio parisino, el mes de diciembre de 1937, y que acompaña a las ediciones posteriores de “La rebelión de las masas”, Ortega se lamenta profundamente de la postura adoptada por los intelectuales europeos ante el conflicto español, tomando claramente partido por uno de los contendientes. Se refiere concretamente a Einstein, que hace suya “la ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglos y siempre”, ejemplo, reflejo y muestra del creciente desprestigio “del hombre intelectual, el cual, a su vez, hace que hoy vaya el mundo a la deriva, falto de pouvoir spirituel

Aspecto de la Facultad durante la Guerra Civil

“Mientras en Madrid los comunistas y sus afines obligaban, bajo las más graves amenazas, a escritores y profesores a firmar manifiestos, a hablar por radio, etc., cómodamente sentados en sus despachos o en sus clubs, exentos de toda presión, algunos de los principales escritores ingleses firmaban otro manifiesto donde se garantizaba que esos comunistas y sus afines eran los defensores de la libertad” (José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas, p. 178-179)

La inteligencia, ese pouvoir spirituel tan reclamado por Ortega, se tomó unas largas vacaciones... Despreciado, humillado por la izquierda y vejado por una derecha que desatará todo su resentimiento, como veremos, en el momento de su muerte, no tendrá más salida que tomar el camino del exilio. Del Madrid en guerra, el filósofo marchará a París, de donde dará el salto a Buenos Aires. Incómodo en Argentina, se acercará a España, instalándose en Lisboa. Un total de nueve años tardará en regresar a su patria.






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La resaca de un sueño (Julián Marías. 1) 21 de junio de 2017
“¡Por mí, que no quede!”  (Julián Marías. 2) 27 de junio de 2017
Reencuentro (Julián Marías. 4) 11 de julio de 2017


martes, 27 de junio de 2017

"¡Por mí, que no quede!"


Tomada de "Una vida presente" I, 1988

El 26 de marzo de 1939, en plenos estertores de la guerra civil, el ABC de Madrid publicó un artículo sin firma titulado “La división del pueblo español”. En él se podía leer lo siguiente:

"La pasión política no suele detenerse ante la verdad de las cosas. Si llega a los extremos de violencia de una guerra, menos aún. Si se trata de gentes tan poco fieles a lo verdadero como los españoles, esto se acentúa. El pueblo español está dividido, y por eso ha habido guerra. El año 36 se había perdido el sentido de la convivencia, el sentido nacional. Vivir en una nación supone que se puede discrepar cuanto se quiera, pero dentro de ciertos límites, en los que se convive. Se puede ser muy diferentes, siempre que a la vez se sea unos. En España, el socialista y el falangista o el republicano y el requeté se sentían separados y opuestos por sus opiniones; esto es justo; pero en cambio, no se sentían unidos de un modo vivo y eficaz por su origen, por su pasado, por todo su haber común y por una cosa muy importante más: por el objeto mismo de esas apasionadas actividades opuestas, que era, ¡qué casualidad!, la misma nación española. Sin acordarse de esto, no pensaron más que en sus divergencias, no contaron con los demás y cada bando se comportó como si fuese, él solo, el pueblo español. Mientras tanto, éste, dividido, más aun desgarrado, se desangraba sobre nuestros campos, a lo largo de la trágica linde de los frentes. Necesitamos rectificar urgentemente esta situación anormal; necesitamos, para eso, entenderla bien. Porque de poco nos servirá dejar el curso libre a los ríos, que ya no arrastrarán sangre mezclada, ni hacer que los ferrocarriles crucen una vez y otra el cuerpo entero de España, si no se hace lo mismo con el pueblo, hasta conseguir que vuelva plenamente a vivir como tal, con todas sus diferencias, pero sin volver la espalda a la unidad, más profunda que todas ellas, en que tiene que estar, quiera o no, irremediablemente” (Tomado de Helio Carpintero. Una voz de la Tercera España. Julián Marías, 1939, 2007, pp. 106-107)
Este texto forma parte de una serie de catorce editoriales que vieron la luz en dicho diario entre el 11 y el 28 de marzo del último año de la guerra. No está de más traer aquí, al menos, los títulos de los 13 restantes: “Juicio ante la historia” (11 de marzo), “Nuestro ejército y la paz” (12 de marzo), “Madrid, lección española” (14 de marzo), “La solución de nuestra guerra la darán los españoles” (15 de marzo), “La ocasión de la paz” (18 de marzo), “La República ante Europa, ante el mundo y ante los españoles” (19 de marzo), “La ruptura con lo anterior” (21 de marzo), “Las condiciones de la paz” (22 de marzo), “El estado de ánimo con que llegamos a la paz” (23 de marzo), “Alrededor de la paz” (24 de marzo), “El papel de los republicanos en la paz” (25 de marzo) y “La nobleza del Consejo de Defensa” (28 de marzo).
Durante demasiado tiempo dichos trabajos, en el mejor de los casos, habían pasado desapercibidos, aunque es de temer que, por lo general, hayan sido despreciados o, siguiendo la más arraigada costumbre hispana, ninguneados. Su anonimato y la forma de abordar el asunto a debate pudieron disuadir a los historiadores a la hora de tenerlos en cuenta en sus estudios sobre el final de la contienda. Basta con echar un vistazo tanto a los ya clásicos de Martínez Bande y Luis Romero, o a los publicados más recientemente por Preston o Bahamonde para comprobarlo.
¿Por qué dicho silencio? Aparte de reflejar la postura de su autor, respondían al sentir general de los miembros del Consejo de Defensa, organismo que, de unos años a esta parte, en virtud de una tendencia generalizada en la historiografía al uso, ha sido objeto de las más duras, y a menudo injustas y despiadadas, críticas. El planteamiento del asunto, tan lejos del utilizado en ambos bandos, es el propio de la mayoría de los que conforman esa Tercera España que a muy pocos interesa hoy reivindicar y a demasiados borrar sus huellas y su recuerdo.

Pero, siendo sinceros y dejando a un lado la historia-ficción o cómo nos habría gustado que hubiese terminado el asunto... ¿qué otra cosa se podía hacer? La dimisión de Azaña, la casi simultánea declaración de guerra por parte de la República (más de dos años después de iniciado el conflicto), la imposibilidad de convocar elecciones en el plazo que marcaba la ley para solventar semejante acefalia en la jefatura del Estado, solo dejaba libre el recurso constitucional al Ejército para manejar las riendas de la situación, posibilidad que ni deseaba ni contemplaba el gobierno errante y, desde ese mismo instante, deslegitimado de Negrín. En esa tesitura, con el final de la guerra en ciernes, se organiza en Madrid el Consejo Nacional de Defensa (Miaja, Besteiro, Casado, Wenceslao Carrillo, Miguel San Andrés, Eduardo Val, José González Marín y José del Río) con un único y claro objetivo: acelerar las negociaciones de paz con el enemigo, pactando una rendición en las mejores condiciones posibles. Que el resultado de las mismas (rendición incondicional) se colocara en las antípodas del deseado (rendición con condiciones), no resta un ápice de valor a las pretensiones del Consejo y al papel de todos y cada uno de sus miembros.
En tal coyuntura, en medio de esa pequeña guerra civil dentro de la guerra civil en que se convirtió la oposición a las legales y legítimas iniciativas del Consejo por parte de aquellos que deseaban continuar con la sangría a cualquier precio, Julián Marías Aguilera, un joven licenciado en Filosofía, movilizado a comienzos de 1937 y destinado en oficinas militares en calidad de traductor, entró en contacto con Julián Besteiro para ofrecerle su apoyo, este sí incondicional.

Una voz de la “Tercera España”. Julián Marías en 1939 es el título del trabajo de Helio Carpintero (Madrid, Biblioteca Nueva, 2007) donde se desvela, a lo largo de 153 páginas la autoría de dichos artículos, reproduciendo íntegramente sus textos. El estilo narrativo de los mismos, el uso holgado de conceptos de clara raigambre orteguiana tan queridos por Marías, bastarían casi por si solos para identificar a su responsable. No obstante, en el tomo primero de sus memorias (Una vida presente) publicado en 1988, Julián Marías hace referencia a sus colaboraciones político-literarias durante la guerra:
“Lo más importante, sin embargo, fue que escribí cierto número de artículos en el ABC republicano que aparecía en Madrid, dirigido primero por Elfidio Alonso, diputado de Unión Republicana y hermano de mi amiga y compañera de la Facultad María Rosa. Me pidió algunas colaboraciones, y cuando dejó el periódico continué en relación con el secretario de redacción Antonio Dorta, canario también y buenísima persona, con quien mantuve gran amistad hasta su muerte hace pocos años. ABC era el menos virulento y tendencioso de los periódicos, en una época en que todos lo eran, en ambas zonas. Cuando reanudaron la publicación de Blanco y Negro, también escribí algunos artículos; recuerdo uno sobre el tercer centenario del Discurso del método, en 1937; y otro, a fines de 1938, sobre la muerte de Unamuno dos años antes. Otros artículos, firmados unos, editoriales otros, se referían a las circunstancias españolas; a veces me asombra cómo pudieron publicarse, y sin graves consecuencias para mí, porque eran de una independencia total y no ahorraban las críticas a lo que parecía deplorable” (Una vida presente, 1, 1988, pp. 222-223). 
Año XLVIII. Nº 10, 1938.
J. Marías La formación del Ejército

Esa misma sorpresa causará a Javier Tusell (1945-2005) la lectura de sus colaboraciones en el diario madrileño cuando se procedió, en los años 80, a la edición de una amplia selección del ABC de la guerra, en tinta azul el impreso en Sevilla y en roja el madrileño. ¿Cómo era posible escribir con tal grado de libertad? Si nos atenemos al lema que Julián Marías hizo suyo y con el que hemos encabezado estas líneas: “por mí, que no quede”, se comprende que la defensa de la verdad y la lucha por la conservación de lo mejor de nosotros mismos poniendo por encima de todo la realidad de la situación, movilizara todas sus energías aun a sabiendas del riesgo real que podía correr su propia vida y la de sus seres queridos. De hecho, por él mismo confesado en estas mismas memorias, en las que brilla por su ausencia todo gesto de vanidad o vanagloria, su actuación durante esos días de marzo de 1939 es una de las pocas cosas de las que se siente realmente orgulloso.




”Para que se pudiera hacer la paz en España –y no me refiero a las negociaciones con el otro bando, que estaban totalmente fuera de mi alcance y que no eran lo decisivo-, lo primero que hacía falta era la expresión y difusión de la verdad. Era menester barrer la espesa nube de mentiras que envolvía a todos los españoles de ambas zonas desde el comienzo de la guerra, de manera que se instalaran en la realidad. Era menester que los republicanos comprendieran y aceptaran su derrota, y reconocieran en qué medida habían contribuido a ella con sus errores y sus crímenes y que los adversarios vieran también la parte que tenían en los mismos males, aunque la suerte –acaso inmerecida- los hubiera acompañado. […] Besteiro me pidió que escribiera lo que me parecía oportuno. Se enviaba a los periódicos y a las emisoras. Dio órdenes de que mis escritos se tomaran como si fueran suyos. […] Cuando pienso en mi edad, en mi insignificancia social, en mi nulidad política, siento asombro y gratitud […] Cubrí un amplio espectro de cuestiones: el balance real de la guerra, las conexiones internacionales, la necesidad de despojarse del espíritu de odio, y aun de beligerancia, el papel que los republicanos, aun vencidos, podrían y deberían representar en la paz. Besteiro estaba enteramente de acuerdo, trabajábamos cada uno por su lado, sin conexión, pero en armonía y aprobaba lo que yo escribía. A tanta distancia de edad, formación, experiencia política y todo lo que se quiera, llegamos a una amistad profunda, hecha de mutua lealtad y confianza, de participación a la vez triste e ilusionada en una empresa que nos parecía justificar nuestras vidas. Yo aportaba mi juventud, un entusiasmo que nunca me abandonó, cierta esperanza en la capacidad creadora de la realidad, que inventa sus fórmulas aun cuando parecen imposibles” (Una vida presente, 1, 1988, pp. 244-246)
Julián Besteiro (1870-1940), “modelo de liberalismo, cordura y tolerancia”

Hasta aquí, este pequeño recordatorio del papel jugado por Julián Marías durante esas convulsas semanas. La lectura de estos editoriales nos llena, a un tiempo, de tristeza y esperanza. Tristeza al comprobar cómo acabaron las cosas, qué lejos quedaba la reconciliación y la mera convivencia. Esperanza al constatar la existencia de personas profundamente liberales que pusieron su vida a una carta, sin importarles el precio de la apuesta, sin permitirse un adarme de derrotismo o envilecimiento.
 
Gracias a la iniciativa de Helio Carpintero, en un leal homenaje a la larga amistad de su familia con el filósofo, conocemos esta faceta fundamental en su trayectoria intelectual, que se puede completar con un “librito” que comentamos aquí hace unos años, "La Guerra Civil, ¿cómo pudo ocurrir?" y con otras referencias dispersas a lo largo de su obra.

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La resaca de un sueño (Julián Marías. 1) 21 de junio de 2017
Encuentro (Julián Marías. 3) 4 de julio de 2017
Reencuentro (Julián Marías.4) 11 de julio de 2017