Una parada en el camino, a la sombra de la Torre de Belém |
Decía Unamuno que se viaja no en busca de un destino, sino para huir de
donde se parte. En opinión de su contemporáneo Pessoa, alto poeta, los viajes
son los viajeros, o sea: lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos. Yo
estoy con Unamuno y con Pessoa, y comparto las palabras del gran Disraeli, que
también pudo haber pronunciado Pero
Grullo: yo he visto más cosas que las que recuerdo y recuerdo más cosas que
las que he visto.
Típica calle de la Alfama. Por ahí nunca pasan los años... |
¿Y alguien puede dudar, como afirmaba Montaigne, que los libros sean el
mejor viático para este “humano viaje”? La polifacética y galardonada Colette,
siguiendo la estela de su paisano y, un poco antes, Emily Dickinson, aseguraban
que los viajes solo eran necesarios para las imaginaciones cortas y que la
mejor nave para viajar era un libro.
Batalha. En los libros de arte parece más grande |
Cuando Stevenson, culo inquieto donde lo haya, viajaba por el hecho de
viajar, (la cuestión es moverse), Alphonse Karr ya se quejaba de que no se
viajara por viajar, sino por haber viajado, signo de estos tiempos que nos ha
tocado vivir. Y algo de esa triste modernidad debía barruntar Carlo Goldoni, en
la Italia ilustrada, cuando afirmaba que un viajero sabio nunca debe despreciar
su país, o el fabulista La Fontaine, un siglo antes, al advertir que quien
mucho ha visto, poco puede retener. El belga Maeterlinck apuntará muchos años
después, como quien no quiere la cosa, que lo mejor del viaje es lo de antes y
lo de después…
Playa de la Aldea do Meco |
Recorriendo la playa entre Matalascañas y Sanlúcar. Parque Nacional de Doñana |
Sara busca algo durante una parada en las dunas (Doñana) |
Junto a las Portas do Sol nos hicimos amigos de un senegalés que hablaba maravillas de sus años de trabajo en Almería |
Sin embargo, de ese calor que te aplasta contra el suelo y te altera hasta perder las formas, afortunadamente, no hay constancia en las fotos, y de nada vale lamentar su ausencia.
Palacio Nacional de Ajuda |
Como de
anécdota, bastante desagradable, eso sí, podemos calificar el tropiezo que
tuvimos con unos trabajadores de las Auto-Estradas
do Atlántico el sábado 17 de agosto. Debían ser las diez de la noche, plena
madrugada lusitana cuando, saliendo de Nazaré camino de Lisboa, nos encontramos
levantadas las barreras de la auto-estrada.
Los coches cruzaban el peaje sin reducir un ápice la velocidad y por lo tanto
creímos que, al igual que en las radiales
que rodean Madrid, a partir de cierta hora y determinados días, con el
objeto de ahorrarse unos euros en el salario de los empleados, se podía
circular gratis.
Cuando llegamos al passagem de acceso a la capital por el Norte y nos topamos con las barreras bajadas, explicamos a la señorita de la cabina lo sucedido a la salida de Nazaré, razón por la cual no teníamos títolo que validar. Ésta, ni corta ni perezosa, pretendió hacernos pagar lo mismo que si hubiéramos tomado la autovía en Oporto, esto es, ochenta y tantos euros. Evidentemente, nos negamos en redondo a ser objeto de semejante atraco. La mujer, Goldie Hawn un tanto descuidada y con unos años de más, cierto es que te repetía la normativa de aplicación sin convicción alguna. Bajamos del coche y, en un aparte, me dijo que teníamos tres alternativas: podíamos pasar a la oficina, poner una reclamación y pagar, o pagar y reclamar acto seguido, o, en voz queda, pasar de todo y continuar el camino sin abonar nada. A todo esto, ni siquiera había bajado la barrera para impedir nuestra huída. Cuando nos disponíamos a obedecer a Goldie, los coches que esperaban su turno comenzaron a impacientarse y descendió de no sé donde un empleado con toda la pinta de jefecillo a punto de perder los papeles. La rubia se encerró en la cabina y el buen señor nos dijo, en un tono muy poco habitual en nuestros vecinos, que la autopista no era nuestra y que esto no era España. Obedecimos humildemente, nos subimos al coche, y enfilamos la carretera sin mirar atrás.
Doñana. Junto al Palacio de las Marismillas |
Cuando llegamos al passagem de acceso a la capital por el Norte y nos topamos con las barreras bajadas, explicamos a la señorita de la cabina lo sucedido a la salida de Nazaré, razón por la cual no teníamos títolo que validar. Ésta, ni corta ni perezosa, pretendió hacernos pagar lo mismo que si hubiéramos tomado la autovía en Oporto, esto es, ochenta y tantos euros. Evidentemente, nos negamos en redondo a ser objeto de semejante atraco. La mujer, Goldie Hawn un tanto descuidada y con unos años de más, cierto es que te repetía la normativa de aplicación sin convicción alguna. Bajamos del coche y, en un aparte, me dijo que teníamos tres alternativas: podíamos pasar a la oficina, poner una reclamación y pagar, o pagar y reclamar acto seguido, o, en voz queda, pasar de todo y continuar el camino sin abonar nada. A todo esto, ni siquiera había bajado la barrera para impedir nuestra huída. Cuando nos disponíamos a obedecer a Goldie, los coches que esperaban su turno comenzaron a impacientarse y descendió de no sé donde un empleado con toda la pinta de jefecillo a punto de perder los papeles. La rubia se encerró en la cabina y el buen señor nos dijo, en un tono muy poco habitual en nuestros vecinos, que la autopista no era nuestra y que esto no era España. Obedecimos humildemente, nos subimos al coche, y enfilamos la carretera sin mirar atrás.
Fregenal de la Sierra (Badajoz) |
Bajando a la playa. Cuesta Maneli. Doñana |
Por lo que
nos dio a entender el trabajador de la auto-estrada,
debe ser una costumbre muy extendida entre los españoles lo de saltarse a la
torera los peajes pasando a toda velocidad por la barrera, siempre levantada,
de adherentes. Pero no era nuestro
caso, pues en todas las ocasiones en que hemos hecho uso de la autovía, excepto
en ese momento, abonamos religiosamente lo establecido. Además, creemos haberlo
pagado con creces aguantando durante varios días los reproches de Alejandro,
temeroso de convertirse en víctima de esos guardiñas
cuya presencia invocaba Carmen mientras discutíamos con la Señora (o
Señorita) Hawn. Hasta la fecha, no hemos recibido ninguna notificación de la GNR (Guarda Nacional Republicana), ni siquiera de la Interpol, dándonos
por prófugos.
Interiror de la abadía de Alcobaça. Panteón real |
El precio
de los peajes, así como el de acceso a los museos, es algo que se deberían
replantear las autoridades competentes pues, unido al del combustible, siempre
en aumento, se puede convertir fácilmente en el capítulo más importante dentro del
presupuesto de cualquier españolito medio que se plantee pasar a Portugal.
Patio sin terminar del igualmente inacabado palacio de Ajuda |
Ese mismo
sábado nuestra intención primera era pasarlo en Nazaré, del que guardaba Carmen buenos recuerdos infantiles, pero
decidimos pararnos en Óbidos, donde
echamos toda la mañana paseando por sus calles y el adarve de la muralla, sin
una triste barandilla a modo de quitamiedos.
Este detalle de los quitamiedos, barandillas, pasarelas, barandas o como queramos llamarle, es decir: su ausencia casi total en lugares bastante transitados por el turista, que revisten cierto peligro e inspiran gran desconfianza en aquellos que padecen vértigo, es bastante común en Portugal. Además de en Óbidos, también se puede apreciar en la fachada del monasterio de San Vicente da Fora, donde uno se puede precipitar al vacío desde una altura de más de dos metros a poco que se empeñe.
De este pueblecito medieval muy bien conservado, del que, aparte de unas fiestas donde se recrean esos siglos oscuros, y que se habían celebrado unos días antes, con sus casitas de corcho y contrachapado, como de cuento de hadas, y unos rincones bien cargados de pintoresquismo, cabe destacar, entre otras muchas cosas, una librería muy bien surtida habilitada en la nave de una iglesia, próxima a la Pousada.
Óbidos |
Este detalle de los quitamiedos, barandillas, pasarelas, barandas o como queramos llamarle, es decir: su ausencia casi total en lugares bastante transitados por el turista, que revisten cierto peligro e inspiran gran desconfianza en aquellos que padecen vértigo, es bastante común en Portugal. Además de en Óbidos, también se puede apreciar en la fachada del monasterio de San Vicente da Fora, donde uno se puede precipitar al vacío desde una altura de más de dos metros a poco que se empeñe.
Nazaré. Visita emplazada |
De este pueblecito medieval muy bien conservado, del que, aparte de unas fiestas donde se recrean esos siglos oscuros, y que se habían celebrado unos días antes, con sus casitas de corcho y contrachapado, como de cuento de hadas, y unos rincones bien cargados de pintoresquismo, cabe destacar, entre otras muchas cosas, una librería muy bien surtida habilitada en la nave de una iglesia, próxima a la Pousada.
Atardecer en Cuesta Maneli. Doñana |
Doñana. Pino de curioso crecimiento |
Paisaje dunar |
Una vez
comidos, nos dirigimos a Alcobaça, cuna
del gótico portugués con su impresionante abadía cisterciense que hace las
veces de panteón real donde descansan los restos mortales de los primeros reyes
lusos, así como de Pedro I y la noble gallega Inés de Castro, mandada asesinar
por su futuro suegro. La verdad, hay parentescos bastante jodidos. De allí
saltamos a Batalha con tan mala pata
que la imponente iglesia ya estaba cerrada y no pudimos disfrutar del
espectáculo de sus vidrieras atravesadas por los rayos de un sol que,
paulatinamente, se iba ocultando tras las nubes. Poco tardaron estas en cubrir
el cielo, de manera que, al llegar a Nazaré,
ya de noche, comenzaron a descargar una lluvia fina. Aparcamos arriba, junto al
acantilado y la piedra donde la Virgen salvó a Dom Fúas Roupinho de una muerte segura cuando este, en una noche de
niebla, perseguía a un ciervo. Como dice Antonio, había que rendir homenaje al
caballero que le dio nombre a la calle donde se encuentra la casa de Marisa de la que
tanto hemos disfrutado estos dos últimos años.
No sé si sería el tiempo o el cansancio, pero Nazaré, al menos la parte del pueblo
sobre el acantilado, me decepcionó un poco. Salvo la iglesia y el edificio
anejo, con su preciosa logia, no aprecié en él el encanto de los pueblos
portugueses, y ese espacio de la plaza, ocupado en uno de sus lados por el templo,
mostraba un estilo arquitectónico bastante anodino, sin contar con el hecho
curioso de las mujeres haciendo publicidad en plena calle de habitaciones de
alquiler, o el exceso de puestos de venta de cachivaches turísticos,
rápidamente recogidos bajo la llovizna…
Del pueblo nuevo, el de la playa, el
que se levantó tras el terremoto de 1755, nada puedo decir porque solo lo vimos
desde la altura. Allá abajo, a más de cien metros, se apreciaba un grupo de
surfistas recogiendo sus tablas. Como sucediera con Belém el año pasado, queda emplazado para el próximo una visita de
jornada completa a Nazaré. El paseo
que no pudimos dar por Belém en 2012
a causa de la lluvia, y de la andana previa, lo dimos el viernes 16, nada más
llegar al piso de la Rúa Dom Fúas
Roupinho, deshacer las maletas y comer. Se lo debía a Carmen y lo prometido
es deuda. Nos perdimos por el barrio donde se levantan numerosos palacetes que
albergan legaciones extranjeras, nos asomamos al jardín botánico e intentamos
acercarnos al Palacio de Ajuda, pero
nadie supo indicarnos correctamente dónde estaba. Entramos en los Jerónimos y
compramos, por fin, los pastelitos típicos de Belém.
La mañana
del domingo la dedicamos a pasear por Lisboa, que siempre proporciona rincones
desconocidos por muchas veces que se pateen sus calles. Entramos en el
gigantesco Panteón que ocupa la iglesia de Santa Engracia, y que fue rematado
en tiempos de Salazar después de trescientos años, varias veces interrumpidos,
claro está, que duró su edificación. Curiosamente, quien dio por terminadas las
obras no está enterrado ni recordado allí; eso sí, los que a él se opusieron
ocupan en él una sala. Subimos hasta la cúpula y la terraza que corona el
edificio, después de asomarnos a la tumba de Amalia Rodrigues, siempre adornada
con flores frescas. De allí, nos acercamos a los miradores de la Porta do Sol, donde tomamos algo en su
terraza tan chill out (creo que esto
ya lo he dicho en otro lugar), y de Santa
Luzia, parada siempre inexcusable.
En este último mirador me hizo Carmen una foto con Itziar siendo esta un bebé de meses. Durante un par de años o tres, solíamos pasar una semana en julio en Caparica. Por la tarde, cogíamos el ferry en Cacilhas, Porto Brandao o Almada y desembarcábamos en la Praca do Comércio… Pero eso es otra historia.
Palacio Nacional de Queluz |
En este último mirador me hizo Carmen una foto con Itziar siendo esta un bebé de meses. Durante un par de años o tres, solíamos pasar una semana en julio en Caparica. Por la tarde, cogíamos el ferry en Cacilhas, Porto Brandao o Almada y desembarcábamos en la Praca do Comércio… Pero eso es otra historia.
Alcobaça |
También pudimos acceder, por fin, al interior de la Sé que, por incompatibilidades horarias, nunca antes habíamos visitado. Regresamos a Fúas Roupinho callejeando por la Alfama, siempre deudora de una imagen que hay que conservar pase lo que pase. Por la tarde, un poco descolocados tras la siesta, decidimos coger un autobús que nos llevara al Parque das Naçoes, donde se levantaron las instalaciones de la Exposición Universal celebrada en Lisboa en 1998, y que ya conocíamos de una escapada que hicimos con Itziar en Semana Santa, cuando todavía no había nacido Alejandro, ocho o nueve años atrás.
El metro y el autobús, aparte de trasladarte de un lugar a otro, también sirven, si no para conocer, sí al menos para tener una idea aproximada de sus usuarios. La distancia entre el piso de Marisa y la Estaçao Oriente, si bien es corta cubriéndola en coche, por tu cuenta, (tomando Alfonso III hasta Infante Don Henrique y sin abandonar esta interminable avenida, se llega enseguida), se alarga perezosamente en autobús público, con numerosas paradas en los barrios de Xábregas, Madre de Deus, Marvila, Chelas…, subiendo y bajando empinadas cuestas, acercándote y alejándote del Tajo una y otra vez, deteniéndote tanto en barrios de reciente construcción, con sus flamantes edificios de viviendas de más de diez alturas, como en zonas “desmilitarizadas”, un poco arrasadas, digamos, pintorescas Atravesamos la tan alabada Estaçao Oriente, en pleno Parque das Naçoes, cruzamos el modernísimo y animado Vasco de Gama Shoping Center, paseamos por toda aquella zona no hace mucho recuperada, bajo las ya detenidas cabinas del teleférico, con el kilométrico Ponte Vasco de Gama a nuestras espaldas y el sol apagándose en la línea del horizonte. Hay que alabar el esfuerzo invertido por los lisboetas a la hora de ganar para el caminante las orillas del Tejo. Cuando terminen las obras en la ribera del río a pocos metros de la Praça do Comércio, casi, casi se podrá recorrer en bicicleta o corriendo (el portugués es bastante presumido y le gusta cuidar su cuerpo) la distancia que separa Belém del Ponte Vasco de Gama...
Torre la Higuera. Matalascañas |
El metro y el autobús, aparte de trasladarte de un lugar a otro, también sirven, si no para conocer, sí al menos para tener una idea aproximada de sus usuarios. La distancia entre el piso de Marisa y la Estaçao Oriente, si bien es corta cubriéndola en coche, por tu cuenta, (tomando Alfonso III hasta Infante Don Henrique y sin abandonar esta interminable avenida, se llega enseguida), se alarga perezosamente en autobús público, con numerosas paradas en los barrios de Xábregas, Madre de Deus, Marvila, Chelas…, subiendo y bajando empinadas cuestas, acercándote y alejándote del Tajo una y otra vez, deteniéndote tanto en barrios de reciente construcción, con sus flamantes edificios de viviendas de más de diez alturas, como en zonas “desmilitarizadas”, un poco arrasadas, digamos, pintorescas Atravesamos la tan alabada Estaçao Oriente, en pleno Parque das Naçoes, cruzamos el modernísimo y animado Vasco de Gama Shoping Center, paseamos por toda aquella zona no hace mucho recuperada, bajo las ya detenidas cabinas del teleférico, con el kilométrico Ponte Vasco de Gama a nuestras espaldas y el sol apagándose en la línea del horizonte. Hay que alabar el esfuerzo invertido por los lisboetas a la hora de ganar para el caminante las orillas del Tejo. Cuando terminen las obras en la ribera del río a pocos metros de la Praça do Comércio, casi, casi se podrá recorrer en bicicleta o corriendo (el portugués es bastante presumido y le gusta cuidar su cuerpo) la distancia que separa Belém del Ponte Vasco de Gama...
En el mirador de Santa Luzía, observando el cofrecillo adquirido en Nazaré |
Si a Carmen
le habíamos prometido una tarde en Belém,
los niños también tenían reservada su jornada playera, aunque poco después nos
fuéramos a tirar una semana en Huelva. Y ese fue el lunes. Tomamos el Ponte 25 de abril, repasamos el peaje,
con las inevitables e insistentes preguntas de Alejandro sobre las
consecuencias de nuestro falso delito del sábado, atravesamos Setúbal hasta adentrarnos en el parque
natural de Arrábida y aparcar como
buenamente pudimos en la Praia da
Figueirinha, batida por las olas y la corriente, lo que limitaba el baño a
una veintena de metros mar adentro. El agua, limpia y helada; la playa, hasta
los topes.
Comimos unos bocatas y con el depósito del coche en la reserva, continuamos al borde de los acongojantes acantilados del parque natural hasta alcanzar una gasolinera donde repostar. De allí, nos llegamos al Cabo Espichel con su iglesia descuidada, pelín arruinada, y las dependencias para peregrinos que escoltan el templo. Punto de peregrinación sacra y profana, fue elegido por la disparatada familia real portuguesa como lugar de descanso y entretenimiento, donde se celebraban grandiosas fiestas con música y teatro barroco.
Un auténtico espectáculo del
que solo se conservan restos abandonados, por la desidia y la incuria, de las
dependencias donde se alojaban los artistas. Parecía un escenario de película
del oeste americano, como de Nuevo Méjico, con su suelo de albero y un par de
tenderetes destartalados que exhibían souvenir
y agua fría, collares de conchas, vieiras decoradas, churros y almendras
garrapiñadas. Dejamos atrás el cabo Espichel
y su faro impecable, los abismos a los que no te podías asomar porque, una
vez más, se les olvidó poner una barandilla y, por otra parte, existía el
riesgo, este sí convenientemente advertido, de desprendimiento. A pocos
kilómetros, a mano izquierda, tomamos una pequeña carretera que desembocaba en la
Aldea de Meco, a cuya Praia, casi virgen, se accede bajando
una pasarela de tropecientos escalones. Allí el agua no estaba tan fría como en
Figueirinha, y las olas eran más
espectaculares, casi tanto como la puesta de sol.
Nazaré. Junto a la roca famosa |
Comimos unos bocatas y con el depósito del coche en la reserva, continuamos al borde de los acongojantes acantilados del parque natural hasta alcanzar una gasolinera donde repostar. De allí, nos llegamos al Cabo Espichel con su iglesia descuidada, pelín arruinada, y las dependencias para peregrinos que escoltan el templo. Punto de peregrinación sacra y profana, fue elegido por la disparatada familia real portuguesa como lugar de descanso y entretenimiento, donde se celebraban grandiosas fiestas con música y teatro barroco.
Queluz. Por este seco canal se navegaba contemplando los azulejos |
Óbidos |
Preparándose para un chapuzón en la playa de Cuesta Maneli (Doñana) |
El martes
dimos por finalizada nuestra estancia en Lisboa. Recogimos la casa, cargamos el
coche y aprovechamos la tarde para acercarnos a Ajuda y a Queluz, antes
de volver al Zújar. Las colas enormes para entrar en el palacio de Ajuda nos hicieron desistir del intento,
conformándonos con ver desde fuera su estructura inacabada pero enorme, diríase
desproporcionada.
Esta falta de proporción, esta discrepancia entre los cánones
arquitectónicos portugueses y aquellos a los que estamos acostumbrados por aquí, hemos tenido
ocasión de comprobarla varias veces: en las enormes esculturas salidas de los
talleres de Joaquim Machado de Castro,
en el monumental Arco Triunfal diseñado por Santos
de Carvalho a través del cual se accede a la Rua
Augusta desde la Praça do Comércio,
en el Panteón, en la estatua ecuestre del condestable, en un costado de la
iglesia de Batalha, en las esculturas
de la fachada principal del monasterio de Alcobaça
o en la iglesia-monasterio-palacio de Mafra,
cuya construcción y sus avatares sirvieron de pretexto para la novela homónima de José Saramago. Y en Queluz. Confieso que esperaba toparme con algo parecido a La Granja,
El Pardo o Aranjuez, por lo que nos sorprendió encontrarnos con un palacete
“modular”, de muy pequeñas dimensiones, donde convive el estilo rocaille con el neoclásico y el rococó. Por 14 euros entramos en los jardines
(creo que ya me he referido al insensato precio de los museos), no muy bien
conservados, desde luego, con la mitad de sus fuentes secas, parterres sin
labrar, las fachadas y carpinterías exteriores pidiendo a gritos una manita de
pintura. Eso sí: los grupos escultóricos son realmente curiosos, pues aparte de
a las típicas escenas mitológicas, abundan las referencias al arte teatral. Sin
llegar a los extremos de abandono de la iglesia de Espichel, va por el mismo camino si no se le pone remedio. Y de
nada vale el manido recurso a la crisis.
Subiendo a la cúpula del Panteón |
Queluz |
Dos jabalís al borde de las marismas de Doñana |
Acceso al Vasco de Gama Shoping Center. Parque das Naçoes (Lisboa) |
Queluz |
Este año, la verdad, no nos movimos mucho. No sé si a
causa de la proximidad del nivel del mar o de la comida del hotel, el caso es
que nos encontrábamos más bien aplatanados, pero a gusto. El lunes a primera
hora nos acercamos a Huelva (a unos 40 kilómetros, vía Mazagón) a cambiar la
luna delantera del coche, que se había rajado. Y por la tarde fuimos a bañarnos
a una playa dentro del Parque Natural de
Doñana, a Cuesta Maneli, en cuyo
aparcamiento destrocé el portón trasero del coche. Después de atravesar un
inmenso pinar durante casi dos kilómetros por una pasarela de tablas llegamos a
la playa. En su día, por la dificultad de acceso, se practicaba allí el nudismo
pero ahora tan solo cuatro o cinco valientes "desnudan sus cuerpos al sol" en un extremo
de la playa. Al ser una playa casi, casi virgen, zona de especial protección y
no estar permitida la entrada de coches, abundan los plásticos y basuras de
todo tipo. Curioso
Interior de la iglesia habilitada como librería. Óbidos |
Y el martes
hicimos una excursión por Doñana que
había reservado Carmen desde Madrid. A las cuatro y media de la tarde estábamos
en el centro de visitantes El Acebuche,
a siete kilómetros de Matalascañas. Allí nos esperaba un
vehículo como de ciencia ficción: un Mercedes con capacidad para veinte
pasajeros, con unas ruedas enormes y altas, muy anchas, especialmente preparado
para circular por el desierto. Salimos por la carretera, dirección Matalascañas.
Antonio, el guía-conductor, que no sabía disimular su pasión por el asunto, iba explicando todo, respondiendo a las preguntas y animándonos a plantearle cualquier duda. Por él supimos que los costosísimos puentes que cruzan la carretera que separa el Parque Natural de Doñana, donde se encuentra El Acebuche, del Parque Nacional de Doñana, se construyeron para que los animales pasaran sin peligro de uno a otro parque. Pero los ciervos, gamos, jabalíes, zorros, linces y demás pobladores del Parque, indiferentes a la enorme inversión que supuso lanzarlos, prefieren cruzar la carretera a la buena de Dios, por lo que dichas millonarias pasarelas están prácticamente sin estrenar. Entramos en el Parque Nacional por el lateral del Hotel El Coto, la última construcción de Matalascañas.
Desde allí hasta Sanlúcar de Barrameda, todo es parque.
Fuimos por la playa, levantando (con mucho respeto, eso sí, que para algo somos
ecologistas) bandadas de gaviotas y otras aves marinas. A nuestra derecha vimos
cómo se acumulaba la basura que arrojaban los barcos al mar y que no se podía
retirar porque, al tratarse de una zona de especial protección, no podían
acceder a ella vehículos a motor [sic]. También pasamos por delante de la Torre de los Carboneros, torre defensiva
que vigilaba la llegada de piratas, y por varias viviendas de pescadores. Llegando
a Sanlúcar y mirando hacia Chipiona se apreciaba en el horizonte la
silueta partida en dos del Weishorn,
barco de bandera chipriota "demediado" en 2004 con un cargamento de seismil
toneladas de arroz y, a orillas del Guadalquivir, mientras abandonábamos la
playa, dos bunkers perfectamente
conservados. Nos adentramos en el Parque y llegamos al Palacio de las
Marismillas, construido a principios de siglo, hoy residencia de verano de los
presidentes de gobierno, desde Felipe González. En pocos minutos entramos en
las marismas, ahora completamente secas, paisaje blanco y lunar a cuyos bordes,
que conservan vegetación y humedad, acuden a pastar todo tipo de animales que,
a esas horas de la tarde ya avanzada, pudimos contemplar sin dificultas. De
allí, a las dunas, con su arena limpia y tibia, de vuelta a la playa y a El
Acebuche. En total, 70 kilómetros y casi cuatro horas de camino.
El
miércoles por la tarde, Carmen e Itziar alquilaron en el taller de Felipe, junto al Hotel El
Coto, dos bicicletas y rodaron por dentro y por fuera de la urbanización
durante más de tres horas. Sara, Alejandro y yo cogimos el típico trenecito,
como el de Mazagón, que te enseñaba lo mismo que vieron ellas, pero bien
sentados. Dato curioso: en Matalascañas abundan las glorietas (como decía de
guasa Antonio, el guía-conductor de Doñana: “Al Alcalde de Almonte le dijeron
un buen día: si compras dos rotondas, te regalamos diez”) y los monumentos. Los
hay dedicados al atardecer, al pescador de coquinas, a los delfines, a los
pescadores, a Santiago, el pescador de “El viejo y el mar”, la novela de
Hemingway… Y como nuestros amigos portugueses, tienen, en mucha menor medida,
eso sí, su propia víctima del terremoto de Lisboa de 1755: la Torre la Higuera (o Torre de la Higuera o Torre
Almenara o La Piedra) edificación
con funciones militares que, literalmente (como no se cansa de decir últimamente Alejandro)
se dio la vuelta con el seísmo y hoy está cabeza abajo, a unos cincuenta metros
de la playa, mar adentro…
En Nazaré |
Antonio, el guía-conductor, que no sabía disimular su pasión por el asunto, iba explicando todo, respondiendo a las preguntas y animándonos a plantearle cualquier duda. Por él supimos que los costosísimos puentes que cruzan la carretera que separa el Parque Natural de Doñana, donde se encuentra El Acebuche, del Parque Nacional de Doñana, se construyeron para que los animales pasaran sin peligro de uno a otro parque. Pero los ciervos, gamos, jabalíes, zorros, linces y demás pobladores del Parque, indiferentes a la enorme inversión que supuso lanzarlos, prefieren cruzar la carretera a la buena de Dios, por lo que dichas millonarias pasarelas están prácticamente sin estrenar. Entramos en el Parque Nacional por el lateral del Hotel El Coto, la última construcción de Matalascañas.
Búnker a orillas del Guadalquivir, frente a Sanlúcar |
Comiendo en Óbidos |
Nazaré |
Para el jueves daban mal tiempo, así que nos fuimos a Niebla. Pero fallaron las predicciones. Aunque por la tarde se levantó una tormenta que quedó en trompetería, no más de cuatro gotas y miles de mosquitos cabreados, la mañana de Niebla fue calurosa. Vimos todo el castillo, menos dos salas que no se podían visitar. Las dedicadas a los instrumentos de tortura podían dar en el gusto a las mentes más sádicas. Las dos iglesias que pudimos ver por fuera (San Martín y Nuestra Señora de la Granada) eran una impresionante acumulación de estilos y formas, y el centro de interpretación del Condado de Huelva, muy bien montado y documentado con gusto y amenidad.
El sábado
31 volvimos al Zújar, por la Vía de la Plata, haciendo una parada en Fregenal
de la Sierra, ya en Badajoz.
Retomando a
Fernando Pessoa, que en gran medida ha dado pie a estas palabras que ya se extienden
demasiado, lo que vemos es lo que somos. Y muy triste sería viajar para huir de nuestras raíces, como lamenta Unamuno. Quizá por eso, confesando cierto
narcisismo, repitamos una y otra vez los mismos viajes, visitemos los mismos
lugares hasta hacerlos nuestros, asumiendo como propios los pequeños cambios
que experimenta el espacio, comprobando, en definitiva, que el tiempo, practicando
su propia labor de zapa, no se detiene nunca, que el paisaje se asocia íntimamente
al estado de ánimo. Para Torrente Ballester, el tiempo lo mide nuestro corazón,
emanando incluso de él. Al final, aseguran Pooper y Toynbee, ciencia y
civilización comparten esa definición del viaje como búsqueda y movimiento constantes, tan
ajena al concepto de acabamiento, de llegada, de pasar página: de final.
Óbidos |
Paseo marítimo en el Parque das Naçoes. |