lunes, 2 de mayo de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.) Segunda parte






“Celia en la revolución” no es ni más ni menos que la vida de Celia Gálvez durante la guerra civil, narrada en primera persona y de forma básicamente dialogada. Alcanza en la brevedad de la descripción de lugares, situaciones, emociones y sensaciones altas cotas de expresividad y de lirismo, rayando a veces un tremendismo poco común, teniendo en cuenta la trayectoria anterior de su autora. Ese mismo dominio se deja ver en el manejo de los diálogos, bordando diferentes registros sin caer en esos largos periodos tan tentadores teniendo en cuenta la temática tratada. Se puede decir que nos encontramos ante una novela básicamente dialogada y el acierto de la elección da el tono de una novela que no pretende adoctrinar, sino dar fe y testimonio. A lo largo de poco más de trescientas páginas, recorremos los entresijos de la retaguardia republicana, teniendo como escenario Madrid, Valencia y Barcelona, con una breve estancia en Albacete, las tres ciudades en las que vivió Elena Fortún durante la contienda antes de embarcar hacia Francia en marzo de 1939. Habla de lo que conoce, no de oídas; es una novela vivida, como podremos comprobar.

Tras la sublevación triunfante en la ciudad de Segovia, donde vivía Celia con sus dos hermanas pequeñas (Teresina y Fuencisla) en casa del abuelo materno (Juan Antonio), de ideas republicanas, apresado y fusilado casi de inmediato, Valeriana, la sirvienta siempre fiel, decide huir una noche, a escondidas, con las tres niñas hacia Madrid, a lomos de una mula y con lo puesto, para reunirse con el padre, militar de alta graduación fiel al Gobierno.

La llegada a la capital el 25 de julio, a los pocos días de la toma del Cuartel de la Montaña, supone el primer contacto directo con la auténtica realidad. Hasta entonces la revolución se había reducido a un viaje pintoresco, de cinco días de duración, durmiendo al raso, sintiendo a lo lejos los “fogonazos y los gritos” que llegaban como un “ruido apagado” (44), sin conocer hasta pocos días después el desdichado final del abuelo. Pero al desembocar en la Plaza de España, después de subir la Cuesta de San Vicente, el grupo recibe la primera impresión:

“- Mu puerco está esto pa tener la capital tanta nombradía -dice [Valeriana] gravemente. Es verdad. Los árboles de la plaza están como si hubiera pasado por ellos un huracán, y el suelo cubierto de ramas rotas, de hojas caídas, pero no secas -¡estamos en pleno verano!-, de papeles, de libros y de pedazos de plomo. Tomo uno y me lo pongo en la mano.

-Es una bala.

-¡Suelta eso!- dice Valeriana asustada” (52)

La sensación de que ha “pasado un huracán”, lógica en una niña de 17 años, perteneciente a la burguesía madrileña y que hasta entonces había tenido una vida confortable y muelle, la percibe no solo en el aspecto de las calles (“Preciados está levantada y los raíles del tranvía al descubierto…” (53)), sino también en las gentes, en la forma de narrar, por ejemplo, lo sucedido en el Cuartel:

“… Murieron achicharraítos como chinches… a algunos los arrastraron por aquí.

-¡Pobres! –se lamentó Valeriana.

-¡Qué pobres ni que ná! Cochinos, digo yo, que se beben la sangre de los pobres.

-Pero ¿cuáles tienen razón? –preguntó Valeriana.

Y Teresina y yo atendemos también, deseando ponernos del lado de la justicia.

-¿De dónde sale usted, señora? –pregunta con sorna la otra mujer-. El pueblo es el que tié razón…” (52)

Los coches que circulan “desatinados, como manejados por quien no sabe”, por cuyas ventanillas asoman cañones de fusil; el tuteo generalizado, los hombres y mujeres con la “cabeza al aire”, las tiendas con los cierres a medio echar… “¡Si me encontrara a alguna de mis antiguas compañeras del Instituto! Debo parecer una obrerita con su madre que viene del pueblo. Y no sé por qué me pongo colorada” (54), todo nos va introduciendo en una atmósfera irreal que se completa en casa de tía Julia, en Goya, donde esperaban encontrar a su padre:

“Tu padre es un loco y esta mañana se ha ido a la sierra con la escopeta de caza de Gerardo. Dice que por allí andan los fascistas… ¡Quién le meterá a él en lo que no le importa…! hubierais hecho mejor en quedaros en Segovia donde todo está tranquilo y mandan las gentes de orden... Don Juan Antonio estará asustado sin ustedes.

-El señor ya no nos necesita –dijo Valeriana sordamente-. Lo han afusilao.

-¡Dios mío!

Teresina me tira de la falda y me mira con sus ojos redondos como interrogándome.

-Nada, tonta” (56)

En estas primeras páginas de la novela convergen las líneas maestras de la trama, dirigida a la búsqueda de las hermanas de Celia cuyo albergue, después de trasladarse de Madrid a Valencia y de allí a Barcelona, se ha instalado en Francia, y a la reunificación de la familia en torno al padre. Constituyen el esqueleto de la misma que se irá encarnando a lo largo de la narración, por eso me he extendido tanto. En ellas ya se perfila el sentimiento de abandono de la joven Celia, la incomprensión de lo que está sucediendo, la ruptura de un ámbito familiar y, no es exagerado afirmar, moral que hasta entonces parecía inquebrantable, provocando un distanciamiento respecto a cualquiera de los bandos en liza, por mucho que intente, por simple lealtad filial, tomar partido.


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