martes, 3 de marzo de 2020

Cumpliendo ilusiones


A Carmen, siempre.

Vista nocturna de la Gran Vía desde una de las terrazas de la habitación 2028 del Hotel Riu Plaza de España


Sucede a menudo que lo no vivido se me hace presente de tal modo que, en virtud de unos extraños mecanismos, puedo reconstruir sus perfiles, trazar un plano con sus detalles e iluminarlo todo con esa luz que cada uno de nosotros irradia sobre lo que considera propio. Si tuviera que remontarme a los orígenes de esta “facultad”, que en no pocas ocasiones resulta ser un doloroso defecto, me veo de niño asistiendo como espectador no invitado, a veces incómoda presencia, a las conversaciones de los mayores, intentando desentrañar el sentido de sus gestos y ademanes, de sus pausas y silencios, el significado de aquellas palabras cuyo alcance se me escapaba pero que transmitían alegría o sufrimiento, serenidad o angustia. De cualquier forma, podía llegar a asumir como mías esas historias, padeciendo o gozando las circunstancias descritas en esas narraciones a las que, prudentemente, fingía no prestar la menor atención.





La cosmogonía infantil, edificada sobre los cimientos de una imaginación no pocas veces morbosa, a base de retazos de diálogos, interesadas tergiversaciones y recuerdos compartidos o robados, necesariamente acaba siendo contrastada con todo aquello que rodea al niño que fuimos, experimentando ambas, memoria y realidad, importantes matizaciones y trasvases de información. Creo que ahí radica la base del conocimiento primero, ese que nos permite encajar en el mundo que gira a nuestro alrededor y proyectarnos al futuro sin perder de vista el lugar de dónde venimos.




La nostalgia de lo que no se ha conocido es un recurso al que debe acudir el historiador, enriquece al poeta y, transformada en melancolía enfermiza, resulta letal en el político. Por lo demás, no deja de ser balsámico en algunos momentos, como el que me ocupa.




La entrada en escena de la generación de mis padres, esos años 40 y 50 que tantos imaginan en un triste y apagado blanco y negro, yo los percibí siempre a pleno color, con las tonalidades inherentes a una juventud, la suya, que sufrió en su primera adolescencia, y en carne propia, los crueles zarpazos de una guerra terrible para todos, pero que encaraba un futuro siempre incierto con unas dosis de optimismo, alegría, vitalidad y esperanza que envidiaríamos muchos de nosotros. Gracias a las fotografías que dormitaban en esos álbumes que de tarde en tarde visitábamos, de los objetos personales conservados (ropa, complementos…), de las anécdotas familiares que salpicaban sus historias, historias y anécdotas tantas veces repetidas, iba poniendo en pie una vida, la suya, de la que, en cierta medida, me consideraba (y considero) uno de sus depositarios y guardianes.





Sus interminables años de noviazgo, larga demora debida a la falta de vivienda que, entre otras cosas, caracterizó la precariedad previa a la etapa del desarrollismo, quedó inmortalizada por mi padre en las numerosas fotografías que conservamos de ellos. Recuerdo ahora una, fechada en 1947, que un tercero tomó a los dos paseando por la calle Bailén. ¿Paseando? Puede que mi padre acompañara a mi madre a su casa, en la calle de San Isidro, de vuelta del trabajo que compartían ambos en el las oficinas del Sindicato del Papel, en el edificio del Palacio de la Prensa, en la Gran Vía. Él, más bajito que ella, no para de hablar mientras camina por la calzada; ella, más alta que él, habiendo renunciado ya a los tacones, andando por la acera, parece ajena a su perorata. En otra instantánea, mi madre posa de perfil, en algún punto de la confluencia de las calles Ferraz y Bailén, con un vestido blanco de tirantes y (creo, ya me falla la memoria) un pañuelo en la cabeza. A sus espaldas se puede ver la “Torre de Madrid” en construcción e, imponente, el flamante y rutilante “Edificio España”




Calles de Ferraz, Bailén, Plaza de España, Gran Vía… Para un niño de barrio como yo, criado al otro lado del Manzanares, en un ambiente y entorno controlados donde cada cosa estaba en su sitio, siempre los mismos comercios, las mismas caras de los vecinos y de la gente con la que te cruzabas por la calle, idénticas rutinas de horarios y hábitos, el respetuoso silencio de la siesta y el más largo y profundo de la noche, para mí, digo, el centro de Madrid ejercía una poderosa atracción. La espontaneidad, la aparente ausencia de normas, la libertad con la que se movía la gente por la calle, entrando y saliendo del metro, de grandes almacenes y modernas cafeterías y restaurantes, el constante y ruidoso fluir de coches, motos y autobuses resultaba fascinante.




Más o menos a los once años, cogí el autobús sólo por primera vez, sin la preceptiva compañía de adultos, con mi amigo Arturo, para ver “El libro de la selva”, que ponían en el ya desaparecido Cine Imperial, de la Gran Vía. Y debió ser por entonces cuando, ahora no recuerdo con quién, nos colamos en el Edificio España con el objeto de vender unas papeletas. Las lámparas suntuosas del vestíbulo, el mármol verde que cubría sus paredes y los dos monumentales relieves que lo adornaban, le daban al conjunto un empaque propio de otros tiempos, rebosante de glamour y elegancia. Mezclados en la marea de los huéspedes que entraban y salían del Hotel Plaza, de los empleados de las numerosas oficinas y agencias de viajes que albergaba el edificio, y de los vecinos del mismo, alcanzamos uno de los ascensores sin que nadie se percatara de nuestra presencia y fuimos parando en las diferentes plantas. Venta de papeletas aparte, lo que de verdad me interesaba era asomarme por las ventanas de los pasillos que daban a la calle Maestro Guerrero y admirar la altura desde el piso 15, 20, 25…, con los tejados a nuestros pies y la gente y los coches diminutos allá abajo.




Desde siempre, ese edificio, así como la Gran Vía, representa para mí la faceta más moderna y cosmopolita de Madrid, sin renunciar en ningún momento a sus raíces, a su originalidad. Era el espacio que ocupaban mis padres, las calles que pateaban, el escenario de sus fotografías, donde desarrollaban sus vidas. De la mano de sus palabras, de lecturas posteriores (un coche bajando a toda velocidad por la Gran Vía en “Tiempo de destrucción”, de Martín Santos; los jóvenes descerebrados de “Nuevas amistades” de García Hortelano en Rosales…), de esas películas españolas tan inocentes y coloristas, de la música que tarareaban y las modas que seguían, alimentaba una imagen de aquellos años no vividos y, sin embargo, en cierta medida, añorados.




Hace poco más de un mes, cenando en un restaurante de la calle Guareña, Carmen sugirió que podíamos celebrar San Valentín en el Hotel Riu Plaza de España. Su propuesta no podía ser más original y oportuna. Mi apatía y abulia proverbiales se habían acentuado estos últimos años a causa de unos achaques periódicos que me estaban minando el ánimo y la moral de tal manera que, ocupándome únicamente de lo urgente y cotidiano, del puro día a día, había abandonado lo importante hasta el punto de poner en serio peligro nuestra relación. No quería ver lo que a todas luces era evidente. Es un error considerar eterno lo que nos ha sido dado de forma gratuita. El amor es una planta delicada, de la que hay que estar pendiente a diario si no queremos que se marchite o, lo que es más habitual, mute en cariño y respeto. Y en plena reconquista de un espacio común iniciada hace solo unos meses, la idea de enlazar esa parte que anidó en mi alma, con un presente ilusionado y que quiero cargado de porvenir, me llenó de emoción. No exagero al afirmar que la tarde-noche del viernes y la mañana del sábado fueron uno de los momentos más felices de mi vida.




Difícilmente tenían encaje en la realidad de 2020 el reparto y la escenografía de ese mundo de los 40-50 que un buen día comencé a soñar e imaginar. O quizás sí. Si lo poco o mucho que la cadena hotelera propietaria había sido capaz de conservar de la decoración original del edificio (mármoles y relieves del vestíbulo, escalera principal, cuadros de bronce de los ascensores…), los pequeños detalles de nueva creación pero inspirados en el momento (pienso en parte del mobiliario de la habitación que ocupamos), si todo eso, digo, con no poco esfuerzo, consigue trasladarte al año 1953, lo abigarrado de los huéspedes del hotel y la especie de discoteca acristalada de la planta 26 te anclan definitivamente a la actualidad. Pero poco importa ya todo aquello cuando se trata de cerrar un círculo, de incorporar el pasado al presente, o permitir que el ayer no sea atropellado por un hoy enloquecido. Alojados de forma imprevista en la lujosa Suite Presidencial ubicada en la planta 20 (habitación 2028), con dos enormes terrazas que propiciaban una panorámica privilegiada del más bonito Madrid, disfrutamos (creo poder hablar por los dos) como no puedo recordar hace tiempo. Cenar en el 360 Rooftop bar de la planta 27 es toda una experiencia, como atravesar la pasarela de cristal que une dos de los cuerpos posteriores del edificio que da a la calle Maestro Guerrero y sentirte suspendido en el aire…

Cumplido uno de mis sueños en la mejor compañía.


En un mundo tan supersticioso como el nuestro, se "eliminó" la planta 13 del Edificio España. La gran terraza que siempre ocupó la planta 26 y última, ahora está en la 27. 


Nota: Excepto la primera y última fotografía que ilustran el texto, el resto han sido tomadas del interesantísimo informe redactado el 4 de junio de 2014 por Madrid. Ciudadanía y patrimonio "El Edificio España"
Los paseantes de la Gran Vía fueron retratados por el genial Francisco Catalá Roca. 



viernes, 31 de enero de 2020

Una guerra sin fin. "Antes de decirte adiós" (Guillermo Galván Olalla, 2010)

"La verdad se puede contar de muchas formas. La novela es una de ellas" (p. 185)


Para Borges, el libro no es más que una extensión de la imaginación y la memoria. Nos ayuda, pues, a fijar el recuerdo, a solventar su intrínseca precariedad, a reconstruirlo cuando se trata de noticias sueltas o deslavazadas, o a levantar uno con el que nunca habíamos contado. Cuando un creador es capaz de tocar esa fibra en el lector, éste consigue establecer una relación con su obra muy difícil de romper. Algo similar me sucedió con la novela que paso a comentar, varias veces leída, anotada, manoseada, arrumbada en ese purgatorio de los libros que nunca se acaban de dar por amortizados, mientras acumula polvo componiendo un apretado pelotón que se niega a formar con aquellos otros que ya nos han dado todo lo que esperábamos de ellos.

De mi primer acercamiento a ella conservo la impresión que me causó, por un lado, la descripción de los alrededores del Puente de Segovia y de la Puerta del Ángel una fría noche de finales de marzo de 1939 y, por otro, la escena de unos niños de doce años hurgando entre los escombros de una casa bombardeada en el barrio de Lavapiés en busca de maderos con que alimentar el fuego.

Estos días se cumplen diez años de la aparición en las librerías de “Antes de decirte adiós”, sexta novela del escritor valenciano Guillermo Galván (Grao, 1950). Firmada en Tres Cantos en mayo de 2004, tardaría más de cinco años en salir de la imprenta, plazo a todas luces excesivo tratándose de un autor ya consagrado por aquel entonces. La propia dedicatoria de esta novela (“A mi padre, in memoriam por caprichos del mercado”) nos da una pista sobre el tipo de obra que tenemos entre manos: novedosa, atrevida, ¿tendrá fácil acogida?...



Efectivamente, en “Antes de decirte de adiós” se combinan a la perfección el género policíaco (la intriga, el suspense, un final insospechado), el picaresco, el romántico y el histórico, con el siempre exitoso tema del “manuscrito encontrado”, la denuncia política y la Guerra Civil (considerada prácticamente un género en nuestro mundo literario) como hilo conductor de la trama. Su estilo, que muy a menudo alcanza altas cotas de lirismo, se sirve a discreción del ritmo proporcionado por la técnica periodística, e incluso, en más de una ocasión, cinematográfica.

Su armazón estructural, de una solidez y firmeza poco comunes, vertebra  la narración en dos (quizá tres) partes perfectamente diferenciadas.


Guillermo Galván Olalla

La primera, “Cuatro días de marzo”, título que nos recuerda a los “Tres días de julio” (Luis Romero, 1967) es una novela en sí misma. En ella asistimos a las últimas jornadas de la guerra civil en Madrid. Matías Cabedo, Marcos Tobera “Marquitos”, Nick y Fidel Ubiazu, soldados pertenecientes a un batallón penitenciario de Los Llanos, bajo la atenta vigilancia del sargento Burgallo y del teniente Laviana, se trasladan a la capital para cumplir una misión un tanto extravagante, absurda y bastante arriesgada ordenada por el capitán Gandarias: rescatar el cadáver de Anselmo Carrachano, un antiguo profesor de Azaña.

“La senda de los vencidos” es el título de la segunda parte. Cambiamos completamente de registro y damos un salto de más de 20 años. Abril de 1961. Plena Guerra Fría. Fidel Castro ha afianzado su poder en Cuba, la Unión Soviética supera a Estados Unidos en la carrera espacial, un grupo de exiliados franceses en Madrid, mezclados en la trama de la independencia de Argelia, es protegido por policías españoles destinados en la Brigada de Extranjería. Uno de estos agentes, Dimas Tallón, hijo mayor de un conocido notario y consejero nacional del Movimiento, ante la insistencia de Mercedes Dávila, madre de Rosa, la novia de su hermano Rodrigo, acepta investigar los sucesos recogidos en un manuscrito que ha llegado a sus manos titulado “Cuatro días de marzo".

Podríamos considerar “Vivos y muertos” como una tercera parte de la novela, aunque parece más bien un acelerador al que llegamos después de atar los cabos que han ido quedando sueltos a lo largo de la trama. En una tensión cada vez más acentuada y, en cierto punto, frenética, se nos muestran los aspectos más turbios del ejército de África de los años 20 (informe Picasso), el mundo del cine, el soborno, la corrupción… desencadenando un desenlace verosímil que con toda seguridad satisface al lector.

“Media docena de hombres en busca de un olvido del presidente, o ex presidente, qué coño importaba ya, Azaña” (p. 20)




¿Otra novela sobre la guerra…? Sí… y no. Me voy a detener únicamente en un par de aspectos

“Cuatro días de marzo”, efectivamente, es una narración de guerra cuya trama se desarrolla en Madrid los cuatro últimos días de marzo de 1939. Se trata de una unidad independiente, autónoma, un relato de 136 páginas que tendría vida propia desgajado del conjunto de “Antes de decirte adiós”; sin embargo ésta no tendría sentido sin “Cuatro días de marzo”. Sus protagonistas están nítidamente caracterizados, huyendo del arquetipo fácil, lo que hace de ellos unos personajes creíbles, muy realistas y cercanos. Con algunos recuerdos iniciales de la ofensiva contra Huesca o la batalla del Alfambra, necesarios para comprender las especiales circunstancias del “héroe” principal, Matías Cabedo, un hombre hecho a sí mismo, con una infancia que no deja de recordarnos a la de los pícaros de las novelas de nuestro Sigo de Oro. Las alusiones al momento histórico concreto vienen de la mano de las notas de prensa (Heraldo de Madrid, El Sol, El Mercantil Valenciano), de los anuncios de la cartelera (“Gary Cooper y la Marion Davis en La espía número trece […] Pompoff y Thedy que dice el papel que están en el Variedades”, p. 79…); de las alocuciones radiofónicas en Unión Radio de miembros de la Junta; de la definitiva ruptura del frente en el sector de Pozoblanco y en Toledo, “camino de Ocaña” (p. 74); de las menciones a los escasos bares y restaurantes (El Vencejo, Casa Luis, Chicote…); y, por último, de las descripciones, a pinceladas gruesas pero expresivas, de esos lugares de una ciudad fría y gris, alfombrada de cascotes y miseria, por los que pulula el grupo de soldados de paisano un tanto alucinado, siempre desubicado: el pueblo de Vallecas, Atocha, Embajadores, Lavapiés… y el Puente de Segovia, con su glorieta, el Paseo de Extremadura y la Puerta del Ángel, escenario del prolegómeno impactante y dramático de un final no menos cruel e inesperado:

“La piedra centenaria del puente disfrazada ahora de sombra esculpida, cañada para reses destino al matadero…. A la derecha [del Puente de Segovia], el pardo cemento de la Casa de Socorro se alzaba mudo y ciego; a la izquierda, en medio de la plazoleta, el viejo cuartel de carabineros […] A una orden […] se plantaron ante los muros de un bloque evacuado, como lo estaban todos los del barrio desde que en noviembre del treinta y seis el ejército franquista se presentó en las puertas de la ciudad: a partir de esa fecha, y tras los iniciales escarceos de vaivén, ni un palmo se había movido el frente, instalado un kilómetro largo más arriba, en lo alto de la ancha calle, una zona donde cada acera estaba dominada por un bando y los combatientes se hostigaban de un lado a otro de la calzada desde parapetos y ventanas, o bajo tierra como topos cargados de dinamita. […] Bajo la protección de muros y sombras, siguieron sus pasos hasta los alrededores de la iglesia de Santa Cristina sin percibir el menor movimiento humano y, desde allí, por la Puerta del Ángel, se sumergieron entre la arboleda de la Casa de Campo hasta las cercanías de un edificio de planta baja con muros calados por la metralla y tejado milagrosamente intacto. A su pie, y junto a lo que en tiempos debió de ser un pequeño y coqueto cenador, el chico descubrió una boca de tierra bien oculta bajo un disco de metal…” (p. 114 y 116)


Vista del Puente de Segovia

Respecto a otras “novelas de/sobre la guerra” que hemos comentado en este blog, y a falta de establecer un esquema o estructura común en el que se sientan cómodas, “Cuatro días de marzo” comparte ciertos rasgos con ellas.

La ciudad de Madrid con un papel que, en cierto modo, trasciende al de mero “escenario de los hechos” (“Madrid parecía asumir con estoicismo lo inevitable” p. 42), adquiriendo un rol protagonista, humanizado (“Acero de Madrid”, de José Herrera "Petere"; "A lo lejos, una lucecita", de Manuel Chaves Nogales,  “Celia en la revolución”, de Elena Fortún, “Las últimas banderas”, de Ángel María de Lera, “San Camilo, 1936”, de Camilo José Cela…)

El héroe o actor principal como un ser desarraigado, con una vida rota, truncada (“Celia…”, “Duelo en El Paraíso”, de Juan Goytisolo, “Las últimas banderas…”,  “San Camilo…”) que concibe América como un Edén. En palabras del protagonista de “Las últimas banderas”, ese lugar “que les esperaba y donde, en su opinión, el trabajo valía más que nada y la libertad era, para los hombres, como el aire para los pájaros”

Para Matías Cabedo, encerrado en el batallón penitenciario del acuartelamiento del aeródromo de Los Llanos, la proximidad de los aviones le inspiraba, necesariamente, “Volar. Y llegar a América, a esa tierra cuya noche es nuestro día y el día nuestra noche, donde los inviernos se hacen veranos y los hemisferios se disputan la hegemonía de los puntos cardinales. América, el lugar donde se palpan estrellas nunca vistas y promesas diferentes. Buenos Aires, Caracas, Río quizá, ciudades cuyos cielos son distintos y en las que los sueños pueden ser soñados bajo otras constelaciones” (P. 28-29)

Al igual que en la novela de Ángel María de Lera, asistimos en “Cinco días de marzo” a la socorrida y exitosa escena cervantina del escrutinio de libros: “[Inés Alfaro] con una caja a su lado llena de libros y papeles que ella iba depositando ritualmente en el fuego y removía con un atizador como si cocinase un caldo de brasas […] Libros de Marx, Bakunin, Engels y otros autores que le sonaban a personajes revolucionarios, documentos de trabajo de la Agrupación Socialista Madrileña y de la UGT, proclamas y octavillas llamando a la resistencia antifascista.” (p. 50-51) De la quema se salvará "Crimen y castigo", de Dostoievski. La personalidad de su protagonista, Raskòlnikov, gravitará sobre la figura de Matías Cabedo y el ejemplar rescatado de la segura destrucción adquirirá una importancia vital hacia el final de la novela.

Con “Acero de Madrid” y “Tiempo de héroes”, de Jorge Martínez Reverte, “Cinco días de marzo” comparte una ausencia, una renuncia: en ningún momento, ni autor ni protagonistas se plantean la necesidad de proponer una reflexión sobre el conflicto que están sufriendo. Desprecian aventurar una explicación de largo alcance, lo menos circunstancial posible; parecen cerrarse a indagar en las actitudes propias y ajenas, tanto políticas como sociales, del presente y del pasado, las causas del desastre.

“También los muertos tienen derecho a que se piense en ellos” (p. 201)

Nos preguntábamos si “Antes de decirte adiós” es otra novela de guerra. Podemos añadir que es la novela de una guerra que no ha terminado aún.

El título que encabeza la segunda parte o narración, “La senda de los vencidos” y el delirante desenlace “Vivos y muertos”, parecen bastante elocuentes. Por si fuera poco, abundan las referencias a las luchas de poder dentro del Régimen, duras críticas a Franco y a su dictadura, alusiones a Millán Astray, Pemán, Manuel Aznar, la amargura de los vencidos por su doble derrota (militar y civil) o la impotencia a la hora de hacer frente a la nueva situación política. 

En abril de 1961, Madrid es una ciudad de claroscuros. Ya no es el lugar frío, gris, húmedo, con ese cielo de acero que amenaza con desplomarse sobre los actores de “Cuatro días de marzo”. Pero las borrascas no terminan de disiparse. Guillermo Galván recurre sistemáticamente a la simbología del tiempo atmosférico para ambientar el estado de ánimo de sus personajes. La guerra, como los nubarrones que descargan inopinadamente, sigue presente, y a Dimas Tallón, el agente de Extranjería protagonista de esta “segunda novela”, encargado de “custodiar” a Salan, uno de los militares franceses enredados en el conflicto por la independencia de Argelia perseguido por el gobierno De Gaulle, le recuerda todo eso al 18 de julio, “primero África y después la metrópoli” (p. 205)

Dimas Tallón, policía fumador de grifa, gran escéptico, unido sentimentalmente a una prostituta, un poco de vuelta de todo ("tiene que ser reconfortante creer en algo", p. 209), sin esperanzas ni ilusiones, enfrentado con su padre, destacado jerarca del Régimen, que representa lo que más odia, se vuelca en el esclarecimiento de los hechos narrados en un manuscrito titulado “Cuatro días de marzo”, lo que le da nuevo sentido a una existencia anodina en virtud de la similitud de lo expuesto en el texto con su propia vida.

“Al avanzar en el último capítulo, con referencias concretas al paseo de Extremadura, tuvo que tomarse un respiro. Abrumado por la familiaridad del escenario, por un aluvión de recuerdos infantiles que le llegaban en tromba como una horda invasora […] El cuartel de carabineros frente al puente de Segovia, la Casa de Socorro, la tienda de jabones de don Manuel en el número 8…; la carnicería de doña Silvestra en el 10… [el] colegio del Ave María de doña Antonia Medrano. Y de nuevo su madre, el vientre hinchadísimo como nunca y sin apenas poder dar un paso, organizando la evacuación de su casa, como se evacuaban todas las del barrio porque los fascistas, así los llamaban todos, tiraban ya desde muy cerca. Y el grupo de milicianos que cargaba su escasa media docena de muebles hasta un camión, y entre ellos, vestido como un miliciano más, a don Simón Valera, el cura de Santa Cristina” (175-176)


El estilo y el ritmo cambian de forma radical en "Vivos y muertos". La narración nos traslada a otros escenarios, como Aranda de Duero, Aranjuez, Chinchón y Pau, y se intercalan los largos testimonios en primera persona de Rodrigo Tallón, Néstor Plaza y Pedro Gandarias que, al modo cervantino de novela dentro de la novela, ponen en pie las vidas de los personajes de "Cuatro días de marzo", salvándolos de un casi inevitable olvido.


En conclusión, y para no alargar más de lo debido este comentario, "Antes de decirte adiós", con la excusa de un impecable "manuscrito encontrado", entra de lleno en el género policíaco, de suspense muy bien trabado, donde se aclaran todos y cada uno de los puntos oscuros planteados con una enorme pericia y se cierra un círculo que nos mantiene suspendidos durante toda su lectura.


"No le ibas a abandonar, y yo no podía contártelo todo antes de decirte adiós para dejarte con esa verdad comiéndote la vida" (p. 396)

Guillermo Galván. Antes de decirte adiós. 1ª edición. Madrid: Santillana Ediciones Generales, 2010. Colección "Suma de Letras". 421 p.



miércoles, 22 de enero de 2020

Una justificación circular


Aquel día, ya anochecido, regresaba a casa con los pequeños después de dar un paseo por el parque. Era uno de los previos a Reyes, cuando las fiestas declinan a la espera de la traca final y el tiempo nos regala, como anticipo de lo que ha de venir, algunos minutos más de luz y unos olores nuevos, como de estreno.

Durante la caminata habíamos tocado, como en tantas otras ocasiones a lo largo de la última semana, con la intención de dulcificar el desencanto que rumiaba Sara desde que el día de Navidad recibiera como un jarro de agua fría la “mala nueva” de la humanidad de Papá Noel y de Sus Majestades de Oriente, de la permanencia de la magia, de la ilusión, de la creencia en lo que no se ve; de mantener encendidas unas tradiciones, costumbres o hábitos que nos van a acompañar, moldeándonos de alguna manera, durante toda la vida; de la necesidad de cierta liturgia, de cultivar unos ritos que reconocemos como propios y auténticos, asumimos de nuestros padres y esperamos transmitir a nuestros hijos.

Mientras esperábamos en silencio que bajara el ascensor, recibí una llamada de Carmen. Desde algún centro comercial apalabraba con urgencia los últimos regalos.

-“¿Qué tienes de Ayn Rand?”, preguntó a bocajarro.

“Todo, o casi todo”, pensé

Patricia Neal y Gary Cooper
En ese instante, de una duración incalculable, como invocados por el nombre de la rusoamericana, se agolparon en mi cabeza un par recuerdos, más o menos recientes, y una sensación agridulce.

El recuerdo amargo de una tarde de junio, cubriendo a pie la distancia entre Alonso Martínez y Plaza de España después de renovar nuestros carnets de identidad en Santa Engracia. Bajábamos por Fuencarral callados los tres, (Sara, Carmen y yo), sin atrevernos a pronunciar una palabra que sonara a reproche o a culpabilidad utilizados como armas arrojadizas, intentado encajar de la mejor forma posible la última ocurrencia de la dirección de colegio de la niña. A la altura de la Casa del Libro, en Gran Vía, mientras ellas continuaban su camino, me detuve sorprendido al ver que uno de los escaparates lo ocupaba, creo que en su totalidad, un buen número de ejemplares de una recientísima edición de “La rebelión de Atlas”.

El recuerdo sensual asociado al tacto, al olor, a los colores que siempre acompaña al libro de segunda mano, cuando compré en una librería de viejo “Los que vivimos”, con ese papel tan ácido y precario de los años cuarenta, áspero, demasiado oscuro, como sucio, casi quebradizo; y “El manantial”, este ya era otra cosa, con su cubierta a todo color protegida por una solapa de plástico, en la que Patricia Neal y Gary Cooper, los protagonistas de la película de King Vidor, posaban sonrientes.

-“¿Qué tienes de Ayn Rand?”. Insistió

-¿Por qué? – Respondí con una pregunta retórica, pues ya adivinaba la respuesta, sujetando la puerta del ascensor mientras entraban en la cabina Sara y Alejandro,

- “La rebelión de Atlas”, ¿lo tienes?


Siempre había querido tener una edición en papel que facilitara su lectura lenta, anotada, reposada; que permitiera registrar todos sus detalles, los guiños, los mensajes reiterativos que contiene… Aunque ya han pasado muchos años de mi inmersión apresurada, un tanto agitada y muy superficial, en la obra de A. Rand, (1, 2, 3, 4 y 5),  reconozco ahora que el deslumbramiento que me provocaron sus novelas, como tantas veces me ocurre, se transformó en poco tiempo en una obsesión, y fue uno de los motivos que me empujaron a iniciar la andadura de este proyecto truncado de blog un 27de mayo de 2011. 

Últimamente recurro a menudo a la idea del retorno a los orígenes, a visitar de nuevo esos lugares del alma en los que uno se reconoce y sosiega; allí encuentro tantas explicaciones como fuerza para afrontar lo venidero. Con ese símil circular, donde ignoramos qué ocurrirá cuando se cierre la figura, me identifico plenamente.

Creo que fue en ese momento, mientras subíamos en el ascensor, cuando resolví volver a escribir. De ahí la sensación agridulce, teñida de ilusión y de temor, que acarrea la intención que hoy asumo de recuperar y reanudar una relación que rompí por pereza y desidia, sin dar ninguna explicación, el 25 de julio de 2017.

Desde el 6 de enero el grueso tomo de “La rebelión de Atlas”, en su edición española revisada de 2019, me vigila desde la mesita del sofá como el testigo de un compromiso que espero no defraudar esta vez.

martes, 25 de julio de 2017

El límite de la ausencia. Continuidad y despedida. 1


El sencillo gesto de enunciar un hecho o de expresar una realidad con frecuencia es suficiente para darles carta de naturaleza. Mientras permanezcan ocultos, disfrazados o mezclados con otros completamente ajenos vivirán en la mentira y el error. No existirán. No serán. Otro tanto ocurre con la libertad. Actuar como si esta existiera, por mucho que se empeñen algunos (o la mayoría) en coartarla, refuerza su carácter de ámbito innegociable, de condición imprescindible para el desarrollo integral de la persona. Asombra comprobar cómo durante esos años de hierro, pese al agobio de las consignas y discursos, a las estrecheces materiales y a la dureza de la represión de todo tipo, se daban pasos, al menos en el mundo más privado, íntimo o personal, así como en el del pensamiento y la creación, hacia la conquista y paulatina ampliación de un espacio de libertad, condición sine qua non para la extensión de las libertades públicas posteriores que hoy todos disfrutamos.

Si pensamos en La filosofía española actual : Unamuno, Ortega, Morente, Zubiri la obra de Julián Marías publicada por Espasa-Calpe en 1948, nos encontramos ante la constatación de un hecho y una realidad a la que ya no puede, porque nunca quiso, renunciar su autor. Filosofía, no mera escolástica, como se venía haciendo en la Facultad desde 1939; española, esto es: elaborada en España y en español; actual, presente, vigente, con un pie en el pasado, recogiendo los frutos de la rica tradición de la generación del 98 y siempre proyectada hacia el futuro. El reconocimiento a los maestros en un sincero homenaje independientemente de las ampollas que en los círculos oficiales pudiera levantar su simple mención refleja el nivel de seguridad y confianza en la veracidad de su pensamiento al que había llegado Marías. Algo similar sucede con el texto de ese mismo año, publicado en Santander, Ortega y la idea de la razón vital.

Pero a este estado de ánimo no se llega de forma gratuita. No olvidemos el impacto que  supusieron para la joven pareja las jornadas lisboetas junto a Ortega en verano de 1944, que se repitieron un año después. Fue un acicate para consolidar y afirmar la vocación creadora de Marías, a lo que hay que añadir el nacimiento de su primer hijo Julianín, el 11 de noviembre de 1945.
 

“Tenía delante, o en los brazos, una vida que empezaba; era una persona nueva; y, sobre todo, era alguien a quien Lolita y yo habíamos ayudado a existir; en ese sentido, “nuestro”; y, lo que se suele olvidar, íbamos a ser “suyos”” (Julián Marías. Una vida presente, I, 1988, p. 358)

Con el regreso de Ortega y el nacimiento de Julianín, auténticos estímulos, aborda y culmina sucesivos proyectos de gran alcance.


Finalizada en 1945. Publicada en 1950
Por una parte, La filosofía en sus textos finalizada en 1945 pero que retrasos burocráticos y técnicos obligaron a aplazar su publicación hasta 1950. Concebida como una biblioteca en miniatura para un mundo, el de la postguerra europea, que había sufrido la destrucción de innumerables librerías y colecciones bibliográficas, se presentaba como una gran antología filosófica.
De forma casi simultánea, comienza la redacción de la monumental Introducción a la filosofía que, tras 17 meses de intenso trabajo, finalizará en enero de 1947. Si en Historia de la Filosofía se concentra, como vimos, una gran dosis de pensamiento, en Introducción… destaca el papel de una mirada profunda: “Recorrer la realidad con la mirada, fielmente, dejándome llevar por ella, sin detenerme” (Julián Marías, Op. Cit., p. 363). De “mirada responsable” calificará a la Filosofía en 1970, en Antropología metafísica. Más que una materia o disciplina, se aborda la introducción a la Filosofía como una empresa, “la de introducirse alguien –yo, en primer término; el hombre occidental de mediados del siglo, también- en la filosofía”. Como no podía ser de otra manera, el método empleado iba a ser el de la “razón vital”, hijo de Ortega pero del cual había escrito muy poco:

Tras 17 meses de intenso trabajo...
“Yo lo había puesto en juego [el método de la razón vital] en todos mis escritos anteriores, con bastante fruto dados mis escasos recursos; pero nunca a fondo, sistemáticamente y desarrollando a la vez la teoría. El resultado fue un libro sistemático, pero de un tipo de sistema impuesto por la realidad, no voluntario: el sistema que corresponde al sistematismo de la vida humana”(Op. Cit., p. 363)

Desde la distancia observamos que la trayectoria intelectual de Julián Marías por aquellos años parece obedecer a un plan preconcebido que gira en torno a la continuidad de un latido cultural y de civilización que la guerra civil y sus secuelas no consiguieron apagar del todo. Sus obras parecen orientadas a alimentar esa llama que un conglomerado de fuerzas se empeñaba en extinguir.
 

Codirigida junto a Germán Bleiberg
Ese mismo deseo de continuidad y recuperación, nunca abandonado, se adivina en Diccionario de Literatura Española, aparecido en la Editorial Revista de Occidente en 1949 bajo la dirección de Marías. En esta obra monumental se trata con idéntico rasero, en pie de igualdad, a los autores que permanecieron en España y a los que optaron por el exilio, dando así por liquidada, diez años después, la guerra.
A esta lucha en defensa de unos claros principios de libertad, representada en esta nómina de trabajos de una valentía que asombra teniendo en cuenta la enemistad oficial y administrativa, habría que sumar una serie de desgracias personales, de sinsabores que a más de uno le habría empujado a tirar la toalla. He tomado esta frase, “el límite de la ausencia”, con la que hacía referencia Marías al estado de ánimo que motivó el regreso de Ortega a España porque, aparte de su enorme carga emocional, es lo suficientemente expresiva, no solo del sentimiento de Ortega, sino del reto, del golpe que tuvo que padecer Marías con las muertes casi simultáneas de su padre y de su hijo Julianín en 1949. Si los nueve años de alejamiento de España los compensó Ortega con una serie de proyectos más o menos exitosos (Instituto de Humanidades, conferencias en Alemania y Estados Unidos…), Julián Marías tendrá que arrastrar para siempre la ausencia del hijo, transformada en una dolorosa presencia nunca del todo mitigada.
“Aquella noche [Julianín] se puso a hablar, apaciblemente: “Soy un niño con más suerte… Tengo un papá y una mamá tan buenos, que me quieren tanto; tengo una cuna tan bonita y muchos juguetes…” Un par de horas después, súbitamente, se moría. No puedo decir nuestro hundimiento, nuestra desesperación. Lo adorábamos; nos parecía un don inmerecido, el hijo que hubiéramos soñado. Al ver su cuerpecillo inerte, la vida nos resultaba insoportable. No quiero recordar aquellos días atroces, únicamente apoyados Lolita y yo, el uno en el otro. ¿Días? Meses, años de insomnio, de tristeza incontenible, de incomprensión del sentido de todo aquello. Nos hablaron de meningococos con una localización suprarrenal, infrecuentísima y que entonces al menos no tenía arreglo. No sé. Tenía tres años y medio, era el 25 de junio. Su hermano Miguel, un niño alegrísimo y lleno de vitalidad, lo buscaba por todas partes. Cuando nació, Julianín lo miró en su moisés y dijo gravemente: “No sabe hablar, no tiene memoria y no tiene dientes” Cuando el pequeño cogía juguetes del mayor, y los rompía, el dueño se reía y decía: “Déjalo que los rompa. Es brutillo, pero es bueno. Yo lo quiero” Ahora, Miguel, gateando, lo buscaba y parecía que nos pedía cuentas: “Tintín, Tintín” Era desolador. No sé cómo pudimos resistirlo sin enloquecer” (Op. Cit., p. 379-380)
 
Programa del curso organizado por Ortega y Marías
Pero la vida tenía que seguir su curso, con el peso de la ausencia sobre los hombros y una carga de trabajo suficiente para intentar rellenar un vacío que nunca se colmatará... Por aquellas fechas, ya estaba en marcha el Instituto de Humanidades, organizado en 1948 por Ortega y Marías sobre otro proyecto, Estudios de Humanidades, que por diversos motivos no llegó a cuajar. El Instituto…, creado en el ámbito de lo privado, de espaldas y sin apoyos de ningún organismo oficial, supuso un auténtico soplo de aire fresco, otro logro más en el apuntalamiento de cierta continuidad. Concebido como un conjunto de cursos, seminarios y coloquios, se celebraba en un piso de la calle Serrano, 50, a excepción del curso de Ortega que, por la masiva afluencia de asistentes se tuvo que dar, el primer año, en el salón del Círculo de la Unión Mercantil, en Gran Vía. Para evitar sospechas, el Instituto de presentaba como una actividad más de Aula Nueva.

Fruto de las tareas del Instituto..., de las conferencias y coloquios, fue la publicación en forma de libro del curso de Marías sobre El método histórico de las generaciones  y de un resumen del de Ortega, redactado por Marías, Una interpretación de la historia universal. En torno a Toynbee.


En un artículo publicado en ABC el 26 de febrero de 1989, Julián Marías hacía memoria de las “Humanidades, hace medio siglo”:
“Era una empresa arriesgada, improbable. Sirvió para convocar a un par de decenas de personas eminentes, que colaboraron con entusiasmo en los trabajos del Instituto, con un nivel que nada tenía entonces. Pero, por otra parte, el curso de Ortega, «Sobre una nueva interpretación de la Historia Universal», atrajo un público de unas seiscientas cincuenta personas, una muestra del Madrid de hace medio siglo, que asistía a algo desconocido desde hacía largo tiempo, que había parecido impensable.
El conjunto de las demás actividades del Instituto descubrió la existencia de investigadores y profesores eminentes, de inmenso saber, en su mayoría creadores –en gran parte oscurecidos por la situación política–; era un descubrimiento de la España real, casi soterrada, con frecuencia mal vista, si no perseguida.
El entusiasmo fue considerable; los oyentes no salían de su asombro; el Instituto fue –no se olvide esto– un inmenso suscitador de esperanza”
Una prueba del impacto del Instituto la encontramos en Elena Fortún, que regresó a España desde su exilio argentino movida por esa esperanza de recuperación del mundo intelectual que conocía representado en esos cursos.
Las reacciones no se hicieron esperar. Las reseñas de los cursos publicadas en la prensa no podían exceder las veinte líneas y las críticas adversas a los mismos no admitían réplica. Sin los apoyos que se esperaba en un inicio y con las dificultades que había que vencer día a día, Ortega, quizá más atraído por otros quehaceres, decidió interrumpir los cursos una vez finalizado el de 1949-1950.
“En conjunto, la reacción social de España al Instituto de Humanidades fue ejemplar. Fue un revulsivo extraordinario, la toma de posesión de muchas posibilidades que habían permanecido ignoradas hasta entonces y que fueron súbitamente descubiertas.

Sería posible, y apasionante, perseguir las consecuencias de aquella sobria audacia que cumple medio siglo. La poderosa censura impidió que quedase constancia pública adecuada de sus efectos; pero se puede adivinar al trasluz lo que significó”. (ABC, 26 de febrero de 1989)
 
 
Ver:
La resaca de un sueño (Julián Marías. 1) 21 de Junio de 2017
"Por mí, que no quede" (Julián Marías. 2) 27 de junio de 2017
Encuentro (Julián Marías. 3) 4 de julio de 2017
Reencuentro (Julián Marías. 4) 11 de julio de 2017